INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO IX

 

VIAJE POR EL ALTO MAGDALENA |
 

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Morales, un pueblo grande, ubicado al flanco izquierdo de una de las islas del Magdalena, perteneciente a la provincia de Mompós, es por su ubicación y bellas casitas uno de los más lindos de esta región. 

Tres de sus costados están rodeados por espesos bosques, en los que hay plantaciones de cacao, caña de azúcar y maíz. El otro lado lo riega el ancho río y se adorna con extensas alamedas de palmeras, por entre cuyos troncos es posible observar la ribera opuesta, colmada de bosquecillos que suben hacia la lejana cordillera de Simití, en cuyos azules perfiles la vista se pierde. 

La gran mayoría de la población está compuesta por indígenas y algunos criollos, que en total llegan a unos mil habitantes. 

Preferencialmente viven de la pesca y del producto de sus sembrados, y en menor medida hacen pequeños envíos de cacao a Mompós. Los alimentos se encuentran en grandes cantidades y a mejores precios que en los puestos de comercio. De allí que las embarcaciones que pasan por este lugar generalmente se quedan un buen tiempo. 

Ahora se encontraban acá dos champanes, en un viaje que ya estaba retrasado dos semanas, cuya tripulación se entretenía dando vueltas por calles y bares. No pasó mucho tiempo sin que mis dos bogadores se unieran a ella, por lo que después no pude encontrarlos durante todo el día. 

Hacia el atardecer retornó el timonel —a quien había encargado el rescate de nuestra tripulación— pero volvió solo con uno de ellos, el que nos informó que su compañero estaba detenido en la cárcel del municipio, pues su anterior patrono se encontraba acá y le había denunciado ante el alcalde, por haber desaparecido luego de cobrar su sueldo por adelantado. 

Su antiguo patrono no quería que lo pusieran en libertad mientras no le devolviera lo que le adeudaba. Ante tal actitud el alcalde le condenó a permanecer bajo arresto hasta encontrar una vacante en algún barco de guerra en el que le colocaría para que saldara su deuda. Esto era un modo común de rectificar la conducta de los marinos y bogadores. 

La situación apremiaba y yo no tenía posibilidad de encontrar un bogador de reemplazo, máxime siendo como era el detenido un negro corpulento y excelente bogador, por lo cual propuse al antiguo patrono que tras pagar la mitad de la cuenta retirara su acusación. Fue lo suficientemente inteligente para sopesar la situación en que se encontraba, puesto que le resultaba mejor negocio pactar conmigo por la mitad del valor que entregarlo a la alcaldía por nada. El impedimento se encontraba en que la autoridad no quisiera hacer entrega del detenido. 

Inmediatamente nos dirigimos al alcalde, criollo pequeño, casi insignificante, que no quería ceder. Le observamos que ante el acuerdo de las partes afectadas no tenía derecho a disponer del prisionero, a lo que solamente contestaba: “Hago lo que debo..., no puedo hacer eso”. 

Ante tal alternativa, no me quedaba otro camino que contratar pronto otro bogador, por lo que me dispuse a solucionar el problema. No alcancé a avanzar mucho cuando se me acercó el patrono antiguo y me aseguró que el alcalde pondría en libertad al preso tras darle a él la mitad del valor de la deuda que el negro tenía contraída. De ese modo lo soltaría por la noche, con el compromiso de que nos marcháramos a la madrugada, antes de que un miembro del tribunal se enterara. 

Tal propuesta no me sorprendió, pues conocía el modo como tales alcaldes “cumplen con sus deberes”. Solo me limité a regatear el valor, así que le envié a decir al alcalde que estaba dispuesto a cancelar solo una cuarta parte de la deuda. Hecha tal contrapropuesta me dirigí a la embarcación seguro de que ya tenía al alcalde en mis manos. 

Fui recibido por el otro bogador, que me comunicó que su compañero se fugaría por la noche. Tenía, pues, dos posibilidades, negociar con la autoridad y esperar la fuga. Sencillamente solo quedaba esperar. De ese modo le indiqué al alcalde que no subiría la oferta y no aceptaba su imposición, por lo cual se vio obligado a admitir mis condiciones. Por lo demás lo único que le interesaba era que zarpáramos temprano por la mañana, antes de que fuese descubierto su negocio. 

A eso de las dos de la mañana llegó a bordo el negro, e inmediatamente, en absoluto silencio, el champán se puso en movimiento. Reinaba tan extraño mutismo que no hubo necesidad de preguntar la forma en que el prisionero había dejado de serlo. 

(Nota del autor: Tengo que informar que las cárceles eran casas comunes, con paredes de bambú, donde aseguraban a los prisioneros con una gran traba en los pies, la que al parecer, en este caso, no calzaba a la medida de los del negro, ya que éste pudo sacarlos sin ninguna molestia). 

Ante el temor de que les estuviesen siguiendo, trabajaron y bogaron con más fuerza que nunca. Por supuesto que tal agilidad y temor no molestaban en absoluto. 

Al amanecer del 3 de febrero pudimos observar el Cerro de San Lucas, una de las cumbres más elevadas de la serranía de Simití. A eso de las nueve nos dispusimos a desayunar, prosiguiendo luego el viaje con lentitud por la orilla de la isla. Los plantíos ubicados a sus márgenes eran los únicos signos que nos indicaban la existencia de seres diferentes a los monos, papagayos, pájaros y cocodrilos. 

Nada existe tan aburrido como realizar un viaje por esta invariable naturaleza que bordea al Magdalena. Siempre el calmado río, sus playas desiertas y sus orillas cubiertas de altos y grandiosos árboles constituyen los elementos iguales que los ojos pueden recorrer. Es posible, en los amaneceres, avistar el vuelo precipitado de las aves e insectos que salen a danzar dando la bienvenida al astro rey; pero esto no dura mucho pues el mismo sol que les dio esa vida los paraliza..., y pronto solo reina el silencio. Ya los pajarillos han finalizado su coro matutino, los monos terminaron sus bailes ruidosos entre las ramas; los papagayos acallaron su charlatanería, la solitaria cigüeña se ha quedado inmóvil y silente bajo las sombras de la playa, y los cocodrilos con sus bocazas abiertas parecen desear freírse ante los rayos solares..., todo es silencio. Lo único que se mueve es la embarcación y los únicos gritos monótonos son las voces de los bogadores. 

Tal situación reina hasta un poco antes de la caída del sol, cuando la fuerza de sus rayos se hace débil. En ese instante la naturaleza parece cobrar nuevos bríos, volviendo a la vida de la mañana, para detenerse con las sombras del crepúsculo, que sumen todo en silencio una vez más. 

A las siete nos dispusimos a ubicar nuestro albergue, por lo que nos detuvimos en un banco de arena, donde, como era costumbre, pernoctamos. Los rugidos de los tigres se hicieron sentir con mayor intensidad. Comúnmente se dice que cuando desean atravesar el río hacia la orilla opuesta usan este rugido para espantar a los cocodrilos —que son los verdaderos amos del agua— pero que les dejan el paso para cruzar. El tamaño de estos felinos es menor al de los africanos, por lo que mejor les vendría el nombre de jaguares. Sin embargo, los cocodrilos les temen, pues en tierra generalmente son devorados por estas fieras. El tigre les ataca por la parte posterior de la cola, donde son bastante sensibles. 

Pero si el reptil logra llegar hasta el agua y desarrollar la lucha en ese ambiente, invariablemente el vencedor siempre es él. 

El peligro de estos felinos también amenaza a los humanos y en especial a sus animales domésticos, a los cuales atacan pese a la presencia de los perros que les cuidan. Es corriente que también den muerte a uno que otro de los perros guardianes. 

A las cuatro de la madrugada del 4 de febrero se dio comienzo a la jornada diaria. Un rato después nos encontramos pasando frente a Badillo, ubicado en la orilla izquierda del río. 

Por esta época era posible observar una inmensa cantidad de tortugas y huevos depositados en la arena, por lo cual aprovechamos la ocasión para tomar una buena cantidad de ellos. Esta acción resultó tan fructífera como divertida, pues no pasamos ningún día sin “cazar” entre cien y doscientos huevos. 

Esta “caza” tenía mucho de parecido a la de liebres en la nieve, ya que después de entrar en un banco de arena se comienza a rodearlo hasta encontrar una huella de tortuga, la cual, con la subida del agua se dirige hacia ese lugar a colocar sus huevos. El rastro descubierto nos lleva, tras varias vueltas, al sitio donde ellos están depositados. La tarea es ardua, tanto, que es fácil aburrirse, ya que la tortuga tan pronto como coloca sus huevos los cubre con arena, haciéndose imposible distinguir el lugar donde se encuentran, y en seguida se devuelve, antes que la sorprenda la mañana. 

De allí que sea común seguir la huella sin que se logre ubicar el depósito de huevos, que generalmente está un pie bajo tierra y contiene entre veinte y veinticinco huevos que, amontonados, fecundan por la acción del calor del sol en la arena. 

El timonel era un experto en esta caza y jamás se equivocó de lugar. Era entretenido observar a este indígena seguir la huella con tanta atención y súbitamente detenerse para gritar: “Aquí está la mata de huevos”. Comenzaba luego a sacar la arena con sus delgadas manos y en corto tiempo tenía todo el depósito en su sombrero de paja. Logró reunir tal cantidad que no alcanzábamos a consumirlos todos, pese a servirnos cerca de veinte cada uno, en las horas de comida; por eso los guardábamos para venderlos al pasar por algún poblado. 

El descubrimiento de las alturas de Ocaña interrumpió la monotonía del paisaje y deleitó nuestra vista. 

Las horas de la tarde no eran tan fructíferas en la consecución de huevos, pues durante el día otros cazadores habían hecho buena provisión. Entre éstos los caimanes y los pájaros salvajes eran los mejores cazadores de huevos de tortuga. 

Yo retorné con una mejor presa, consistente en tres patos, que cacé al otro lado del banco de arena. Eran de un color entre negro y castaño, con el pico y las patas rojas, que tras la caída del sol descendían a los bancos en grandes bandadas, y a los que los indígenas llamaban patos del Magdalena. No era raro ante tal cantidad de ellos, acercarse lo suficiente para disparar y obtener una buena caza. Como estos patos eran muy asustadizos, no había posibilidad de hacer otro disparo, ya que tras el primero emprendían el vuelo y no retornaban. 

Un torrencial aguacero seguido de truenos nos despertó la madrugada del 5 de febrero. Cuando uno se encuentra en tal situación no queda nada más que esperar a que pase, ya que tratar de protegerse, a esas alturas, es tan infructuoso como tonto. La única posibilidad es tomar algunas de las pertenencias de mayor valor o cuidado y ocultarse bajo la canoa. Los bogadores se limitan a proteger de la lluvia sus ropas secas. 

Solo queda la alternativa de situarse bajo un paraguas en espera de que el aguacero acabe; es una especie de lucha en que se trata de saber quién resistirá más, si la lluvia o el paraguas. Como el aguacero dura por horas largas e interminables, uno aprovecha el tiempo para filosofar acerca del diluvio, el arca de Noé, etc. 

La salida del sol ayudó a desparramar las nubes, por lo que pudimos salir de nuestro “refugio” para secarnos. 

La lluvia había refrescado un tanto el ambiente, pero tan pronto como empezó a calentar el sol se tomó insoportable, con el aditamento de que al no contar con ropas secas se arriesgaba contraer un fuerte resfrío. 

Hacia la mañana pasamos por Bocas del Rosario, lugar en que el río se extiende debido a una pared de roca roja llamada Cañaletal, que en realidad no es más que una prolongación de la cordillera de Girón, situada casi en ángulo recto con el río, que comienza en la de Pamplona y llega bastante abajo del Magdalena. El calor era fuerte después de la lluvia y el termómetro marcaba treinta y ocho grados. Como de costumbre, el albergue nocturno fue sobre un banco de caimanes. 

A las cinco de la mañana del día 6 reanudamos el viaje. Para el desayuno nos servimos un delicioso papagayo rojo que logré cazar. En las horas de la tarde cruzamos el lindo pueblo de San Pablo, distante ochocientos kilómetros de Morales; el termómetro indicaba treinta y siete grados.

Ese día uno de los bogadores —el Zambo— comenzó a quejarse de fiebre, la que, si bien no aumentó, lo molestó durante todo el resto de tiempo que quedaba por viajar. A la tarde le di un vomitivo, que le permitió sentirse algo mejor. 

El 7 de febrero logramos pasar uno de los puertos ubicados en el río Cimitarra, llegando a la serranía de Simití, acá denominada Guamoco. 

En este lugar encontramos tres huevos de cocodrilo, los que son un tanto más grandes que los de pava, pero blancos y duros como piedras, por lo que eran muy difíciles de romper. Contienen una materia grasa y anaranjada, no muy diferente de las de los huevos de tortuga. Aunque los indios no se los comen, destruyen todos los que encuentran. 

A eso de las seis de la tarde, luego de avanzar solo doscientos kilómetros durante el día, nos dispusimos a atracar y descansar en un banco de arena. El motivo del poco trecho avanzado fue la indisposición del bogador. 

El viaje se reanudó cuando el sol ya se había adueñado del cielo; muy pronto nos encontramos en el centro de una gran cantidad de plantíos y árboles frutales, estos últimos tanto en tamaño como en apariencia, muy parecidos a los de guinda. La fruta que de ellos colgaba parecía un pequeño e irregular melón, sobre la cual estaban asentadas las almendras. Todos los arbustos y árboles que encontraríamos desde aquí en adelante semejaban a los del paisaje de Mompós, y sus productos eran llevados hacia esa ciudad por la ruta del río y también seguían camino a otros puntos. 

Poco después de haber salido de este lugar llegamos al valle del Guamoco y el Girón, que formaban el lecho del Magdalena. 

En la noche se dispuso atracar en la boca del importante río Gallinazo, que tenía su nacimiento arriba en la cordillera. Al lado de Tuña corría a lo largo de la cordillera del este, para continuar paralelo a las montañas del Girón y finalmente caer sobre el Magdalena, tras haber hecho un semicírculo de más de dos mil kilómetros. 

Una fuerte lluvia, que pronto calmó, nos despertó el día 9, pasada la cual proseguimos nuestro viaje. Para el desayuno se contó con una excelente provisión de huevos de tortuga hecha por el timonel, a los que se agregó un faisán cazado por mí, tan grande como un pavo, a la vista del cual gritaban: “Comida muy sabrosa”. Pronto estuvo desplumado y despresado y en seguida se cocinó con un exquisito plato de arroz. La comida era tan buena en una mesa fina como en un banco de arena del río. 

El cubierto de los bogadores era lo mismo de simple que la mesa. Usaban el machete como cuchillo, y como tenedor solo empleaban los cinco dedos. 

Al caer la tarde pasamos por Barrancabermeja; según los bogadores, habíamos realizado la mitad del camino hasta Honda. 

Luego de navegar durante cierto tiempo más, nos detuvimos en un banco de arena para pernoctar, donde una dosis extra de aguardiente y tabaco puso a los bogadores en condiciones de pasar mejor la noche. Como de costumbre, se encendió una gran fogata, alrededor de la cual se conversó y fumó como hasta las diez. 

Cuando los mosquitos se presentaron invitados en grandes cantidades, en otros lugares, siempre se acababan dichas tertulias; pero esa noche tales invitados no aparecieron casi, por lo que fue una de las más agradables que jamás haya vivido a orillas del Magdalena. 

Como siempre, el timonel asumía la palabra y nos narraba sus aventuras durante la guerra, las que a pesar de ser poco importantes, yo escuchaba con gran atención. Este indígena hablaba con una facilidad y una capacidad y fuerza oratoria que realzaba la belleza del idioma castellano. 

Aunque resulte extraño sentir fascinación por el modo de hablar de un nativo, casi sin educación, es cosa propia de casi todos los que venimos del norte, donde sentimos verdadero placer al escuchar el melodioso acento de los naturales de esta América. Con toda seguridad los amantes de estas conversaciones dirían, al escucharles: “Hablan muy gracioso". 

En los largos atardeceres no se les ve hacer otra cosa. Es raro verlos leer durante el día, e imposible durante la noche, pues lo consideran peligroso para la vista y un atentado contra la conversación. 

Es proverbial el caso de encontrar a uno de estos personajes desarrollando y terminando una charla con la dinámica y conocimientos de una persona avezada en la vida social. 

El timonel de este viaje era una de esas personas. Durante mucho tiempo me entretuvo con sus inacabables charlas. Generalmente cuando él terminaba, me pedían que les narrara mi viaje. Era en esos instantes cuando el auditorio permanecía en silencio sepulcral, ya que no me negaba a hablar de mis tierras del norte. 

Quedaban con la boca abierta cuando les hablaba de nuestros inviernos de hielo y nieve fría, del transporte en trineos y las largas caminatas sobre el agua helada. Para ellos entenderlo era muy difícil y les resultaba incomprensible, pues el único conocimiento que de tales cosas podían tener estaba en las palabras de su idioma, pero no en la práctica o realidad, ya que no conocían la nieve ni habían sentido semejante frío.

Lo que más les entretenía era la descripción de las estaciones, ya que las nuestras tienen el triple de duración que las de acá, en tanto que los días del verano son tres veces más largos que los del invierno, y el hecho de que en ciertos lugares no hay noche en verano o en invierno, según corresponda. Ante tales narraciones exclamaban: “Jesús..., tan particular..., válgame Dios..., qué tierra tan maravillosa”. Sin embargo, no envidiaban esa situación, pues siempre acababan diciendo: “Es mejor aquí”. Les agradaba más pelear con los mosquitos. 

Proseguimos nuestro viaje a la salida del sol del día 10, avanzando muy despacio, pues uno de los bogadores aún estaba débil y no podía trabajar mucho. La marcha era lenta. El termómetro señalaba, al mediodía, treinta y cinco grados. 

Al poco tiempo vimos detrás de nosotros una canoa pequeña, sin techo, que empezó a adelantársenos bastante. Al pasar a nuestro lado me di cuenta que se trataba del correo, pues en su costado llevaba la ancha cinta tricolor que la identifica. Cuando estuvo al lado nuestro reconocí a mi antiguo timonel, aquel del viaje entre Barranca y Mompós. También él me reconoció y ordenó a sus bogadores detenerse, al tiempo que me preguntaba si yo deseaba enviar algún mensaje a Honda; pero como mi respuesta fue negativa, se despidió y continuó su viaje. 

La canoa del correo era, a no dudarlo, mucho más liviana y práctica que la nuestra, de ahí que ella realizara el viaje de Barranca a Honda en dieciséis días; es decir, que en ese tiempo recorre cinco mil kilómetros. A esto debe agregarse que la gente que en ella tiene la responsabilidad de remar es seleccionada, muy fuerte, y no elude el trabajo. Además, se hacen dos cambios de bogadores en este viaje. 

Todo era un pequeño reflejo del buen trato y trabajo que realizaba la Administración Postal. Por eso tengo que referirme con mucho respeto a las personas que la forman, como que es una verdadera proeza que con utilidad para el gobierno una pequeña embarcación, desarmada, pueda conducir, pese al peligro constante de ser atracada en alguno de los mil recodos del recorrido, el correo y las grandes sumas de oro y plata que habitualmente transporta. 

Al no existir moneda de cambio, todo se realizaba en estos dos metales preciosos, por ello la responsabilidad tan grande que cumplía la Administración Postal y que hacía de un modo eficiente. 

Atardeciendo bordeamos un montón de chozas de indios ubicadas a ambos lados del río, donde traté, sin éxito, de cambiar al bogador enfermo por otro. Aunque no logramos avanzar cien kilómetros en la jornada del día, tuvimos que detenernos para pasar la noche. 

Como en otras ocasiones, el despertar del día 11 de febrero fue con una lluvia torrencial, que duró hasta la salida del sol y que soportamos como todas las anteriores. En lento avance seguimos hasta la hora del desayuno, cuando nos detuvimos en la Isla de los Bravos. 

La razón de este nombre se debía a que en ese sitio asaltó y robó a muchas embarcaciones menores la tribu de los indios Bravos, que se mantienen en las montañas de Opón, en la margen derecha del río, y por aquella época se deslizaban desde las alturas en las canoas, aprovechando las aguas del Colorado y ocultándose en las islitas y bosques a la espera de sus víctimas. 

En las montañas tienen un pueblo llamado Chacury, pero ya no son tan valientes, y tampoco han sido combatidos por el gobierno. 

Cuando en las horas de la tarde llegamos frente al pueblo de Rompedero intentamos comprar algo, pues nuestras provisiones se habían agotado, pero, fuera de unos pocos plátanos frescos, la tentativa fracasó. 

Comprar algo en las casas cercanas al río era prácticamente imposible, y las únicas respuestas que se oían eran: “No..., tampoco”. Se escuchaban tanto estas contestaciones que, al fin de cuentas, resultaba una repetición agradable oírlas; pero también era desagradable para nuestros estómagos, demasiado cansados de tanta carne salada y tantos plátanos. 

De ahí que debimos conformarnos. Solo nos quedaba la esperanza del pueblo de San Bartolomé, que ya íbamos a alcanzar y que, según el timonel, tenía un mercado mucho mejor. Seguramente allí también encontraríamos lo que se necesitaba con mayor rapidez, otro bogador. 

Pronto arribamos a Barbacoa, sitio donde los colombianos infligieron una derrota a las tropas españolas el 29 de enero de 1819. 

Por ese entonces un coronel español, Violon, fue mandado desde Cartagena con un batallón como escolta para una enorme cantidad de municiones que debían ser llevadas a las tropas españolas situadas en Bogotá. El capitán Mantilla, al servicio de la República, logró embarcarse con su compañía y llegar a este lugar sin ser visto, atacó por sorpresa a los españoles y se apoderó del importante cargamento que engrosó los pertrechos de los republicanos. La situación jugó un papel importante en los futuros acontecimientos de Vargas y Boyacá. Nosotros recorrimos el lugar del campo de batalla y lo único que encontramos fue una buena cantidad de huevos de tortuga. 

Mientras unos nos encontrábamos de caza y otros preparando el desayuno del domingo 12 inesperadamente me encontré con una figura que, por su apariencia, no sabía si llamar ser humano o animal y que lloraba frente a mí, en medio de los arbustos. 

Una pequeña cabeza negra de cabellos blancos, cortos y crespos, con ojos entre negros y amarillos, boca ancha con algunos dientes amarillentos que más semejaban colmillos, todo ello sobre un cuello delgado y negro. Poco a poco empezó a aparecer un cuerpo seco, flaco, del mismo color, apoyado sobre dos piernas delgadas, que descansaban sobre dos cortos, gordos e hinchados pies, o al menos eso deberían ser, ya que más parecían patas de león. 

A sus costados colgaban dos largos y delgados brazos, sujetos a sus hombros. En uno de sus brazos sostenía una larga caña de bambú y en el otro un pequeño machete roto. La figura estaba totalmente desnuda, con la sola excepción de un viejo y roto pañuelo rojo que colgaba de sus caderas hacia abajo. Antes de salir de mi sorpresa, el extraño me saludó diciendo “buenos días, mi amo”, término muy usado por sujetos de clase inferior o esclavos cuando se dirigen a una persona de rango superior. 

Francamente no logré contestar ese saludo cortés del extraño, solo tuve mi arma preparada, observándole con la boca abierta. El individuo siguió luego su camino hacia donde el bogador estaba preparando el desayuno. 

Cuando estuve cerca de tal sujeto me enteré de que era un viejo esclavo negro que durante muchos años estuvo al cuidado de una plantación en esa comarca y debido a sus largas permanencias al sol y a la intemperie había sufrido el resecamiento de su piel hasta convertirse en algo muy diferente de lo que se denomina un ser humano, por lo cual los que le conocían le llamaban “patas de león”. 

Al observar con mayor detención a ese extraño comprobé los caprichos de la naturaleza y de los seres humanos. Al comparar a este individuo con una bella joven rubia del norte de Europa tuve un sentimiento de disconformidad, ya que a ambos se les considera personas pero la cadena que puede unirles está separada por distancias indefinidas. 

El calor de hoy no era tan sofocante como en los anteriores días. Hacia la tarde el termómetro señalaba treinta y dos grados. Se logró avanzar con mayor rapidez, lo que aumentó las esperanzas de llegar a San Bartolomé antes del anochecer. 

A media tarde, aprovechando una detención en uno de los muchos plantíos de bananos, nos sumergimos en las aguas del río para aplacar un tanto el calor, y después de comer algo reanudamos la travesía. Poco tiempo medió entre el lugar y el mencionado pueblo. 

No podríamos llamarlo un cuadro hermoso. En el centro una iglesia grande, con su techo quemado, como si una furiosa explosión hubiera desparramado las casas, donde ni árboles ni arbustos habían logrado salvarse. 

A las cinco nos deslizábamos por la orilla inclinada y elevada, en la que se encontraba reunida gran cantidad de gente que miraba con la boca abierta la canoa y la tripulación que llegaba. Fue en este lugar donde encontré una cosa que me agradó y sorprendió. Alguien pronunció en un sueco puro y sin dialecto: “Su humilde sirviente, mi señor”.

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