CAPITULO IX
VIAJE POR EL ALTO
MAGDALENA
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Morales, un pueblo grande, ubicado al flanco izquierdo de una de
las islas del Magdalena, perteneciente a la provincia de Mompós, es
por su ubicación y bellas casitas uno de los más lindos de esta
región.
Tres de sus costados están rodeados por espesos bosques, en los
que hay plantaciones de cacao, caña de azúcar y maíz. El otro lado
lo riega el ancho río y se adorna con extensas alamedas de
palmeras, por entre cuyos troncos es posible observar la ribera
opuesta, colmada de bosquecillos que suben hacia la lejana
cordillera de Simití, en cuyos azules perfiles la vista se
pierde.
La gran mayoría de la población está compuesta por indígenas y
algunos criollos, que en total llegan a unos mil
habitantes.
Preferencialmente viven de la pesca y del producto de sus
sembrados, y en menor medida hacen pequeños envíos de cacao a
Mompós. Los alimentos se encuentran en grandes cantidades y a
mejores precios que en los puestos de comercio. De allí que las
embarcaciones que pasan por este lugar generalmente se quedan un
buen tiempo.
Ahora se encontraban acá dos champanes, en un viaje que ya
estaba retrasado dos semanas, cuya tripulación se entretenía dando
vueltas por calles y bares. No pasó mucho tiempo sin que mis dos
bogadores se unieran a ella, por lo que después no pude
encontrarlos durante todo el día.
Hacia el atardecer retornó el timonel —a quien había
encargado el rescate de nuestra tripulación— pero volvió solo
con uno de ellos, el que nos informó que su compañero estaba
detenido en la cárcel del municipio, pues su anterior patrono se
encontraba acá y le había denunciado ante el alcalde, por haber
desaparecido luego de cobrar su sueldo por
adelantado.
Su antiguo patrono no quería que lo pusieran en libertad
mientras no le devolviera lo que le adeudaba. Ante tal actitud el
alcalde le condenó a permanecer bajo arresto hasta encontrar una
vacante en algún barco de guerra en el que le colocaría para que
saldara su deuda. Esto era un modo común de rectificar la conducta
de los marinos y bogadores.
La situación apremiaba y yo no tenía posibilidad de encontrar un
bogador de reemplazo, máxime siendo como era el detenido un negro
corpulento y excelente bogador, por lo cual propuse al antiguo
patrono que tras pagar la mitad de la cuenta retirara su acusación.
Fue lo suficientemente inteligente para sopesar la situación en que
se encontraba, puesto que le resultaba mejor negocio pactar conmigo
por la mitad del valor que entregarlo a la alcaldía por nada. El
impedimento se encontraba en que la autoridad no quisiera hacer
entrega del detenido.
Inmediatamente nos dirigimos al alcalde, criollo pequeño, casi
insignificante, que no quería ceder. Le observamos que ante el
acuerdo de las partes afectadas no tenía derecho a disponer del
prisionero, a lo que solamente contestaba: “Hago lo que
debo..., no puedo hacer eso”.
Ante tal alternativa, no me quedaba otro camino que contratar
pronto otro bogador, por lo que me dispuse a solucionar el
problema. No alcancé a avanzar mucho cuando se me acercó el patrono
antiguo y me aseguró que el alcalde pondría en libertad al preso
tras darle a él la mitad del valor de la deuda que el negro tenía
contraída. De ese modo lo soltaría por la noche, con el compromiso
de que nos marcháramos a la madrugada, antes de que un miembro del
tribunal se enterara.
Tal propuesta no me sorprendió, pues conocía el modo como tales
alcaldes “cumplen con sus deberes”. Solo me limité a
regatear el valor, así que le envié a decir al alcalde que estaba
dispuesto a cancelar solo una cuarta parte de la deuda. Hecha tal
contrapropuesta me dirigí a la embarcación seguro de que ya tenía
al alcalde en mis manos.
Fui recibido por el otro bogador, que me comunicó que su
compañero se fugaría por la noche. Tenía, pues, dos posibilidades,
negociar con la autoridad y esperar la fuga. Sencillamente solo
quedaba esperar. De ese modo le indiqué al alcalde que no subiría
la oferta y no aceptaba su imposición, por lo cual se vio obligado
a admitir mis condiciones. Por lo demás lo único que le interesaba
era que zarpáramos temprano por la mañana, antes de que fuese
descubierto su negocio.
A eso de las dos de la mañana llegó a bordo el negro, e
inmediatamente, en absoluto silencio, el champán se puso en
movimiento. Reinaba tan extraño mutismo que no hubo necesidad de
preguntar la forma en que el prisionero había dejado de
serlo.
(Nota del autor: Tengo que informar que las cárceles eran casas
comunes, con paredes de bambú, donde aseguraban a los prisioneros
con una gran traba en los pies, la que al parecer, en este caso, no
calzaba a la medida de los del negro, ya que éste pudo sacarlos sin
ninguna molestia).
Ante el temor de que les estuviesen siguiendo, trabajaron y
bogaron con más fuerza que nunca. Por supuesto que tal agilidad y
temor no molestaban en absoluto.
Al amanecer del 3 de febrero pudimos observar el Cerro de San
Lucas, una de las cumbres más elevadas de la serranía de Simití. A
eso de las nueve nos dispusimos a desayunar, prosiguiendo luego el
viaje con lentitud por la orilla de la isla. Los plantíos ubicados
a sus márgenes eran los únicos signos que nos indicaban la
existencia de seres diferentes a los monos, papagayos, pájaros y
cocodrilos.
Nada existe tan aburrido como realizar un viaje por esta
invariable naturaleza que bordea al Magdalena. Siempre el calmado
río, sus playas desiertas y sus orillas cubiertas de altos y
grandiosos árboles constituyen los elementos iguales que los ojos
pueden recorrer. Es posible, en los amaneceres, avistar el vuelo
precipitado de las aves e insectos que salen a danzar dando la
bienvenida al astro rey; pero esto no dura mucho pues el mismo sol
que les dio esa vida los paraliza..., y pronto solo reina el
silencio. Ya los pajarillos han finalizado su coro matutino, los
monos terminaron sus bailes ruidosos entre las ramas; los papagayos
acallaron su charlatanería, la solitaria cigüeña se ha quedado
inmóvil y silente bajo las sombras de la playa, y los cocodrilos
con sus bocazas abiertas parecen desear freírse ante los rayos
solares..., todo es silencio. Lo único que se mueve es la
embarcación y los únicos gritos monótonos son las voces de los
bogadores.
Tal situación reina hasta un poco antes de la caída del sol,
cuando la fuerza de sus rayos se hace débil. En ese instante la
naturaleza parece cobrar nuevos bríos, volviendo a la vida de la
mañana, para detenerse con las sombras del crepúsculo, que sumen
todo en silencio una vez más.
A las siete nos dispusimos a ubicar nuestro albergue, por lo que
nos detuvimos en un banco de arena, donde, como era costumbre,
pernoctamos. Los rugidos de los tigres se hicieron sentir con mayor
intensidad. Comúnmente se dice que cuando desean atravesar el río
hacia la orilla opuesta usan este rugido para espantar a los
cocodrilos —que son los verdaderos amos del agua— pero
que les dejan el paso para cruzar. El tamaño de estos felinos es
menor al de los africanos, por lo que mejor les vendría el nombre
de jaguares. Sin embargo, los cocodrilos les temen, pues en tierra
generalmente son devorados por estas fieras. El tigre les ataca por
la parte posterior de la cola, donde son bastante
sensibles.
Pero si el reptil logra llegar hasta el agua y desarrollar la
lucha en ese ambiente, invariablemente el vencedor siempre es
él.
El peligro de estos felinos también amenaza a los humanos y en
especial a sus animales domésticos, a los cuales atacan pese a la
presencia de los perros que les cuidan. Es corriente que también
den muerte a uno que otro de los perros guardianes.
A las cuatro de la madrugada del 4 de febrero se dio comienzo a
la jornada diaria. Un rato después nos encontramos pasando frente a
Badillo, ubicado en la orilla izquierda del río.
Por esta época era posible observar una inmensa cantidad de
tortugas y huevos depositados en la arena, por lo cual aprovechamos
la ocasión para tomar una buena cantidad de ellos. Esta acción
resultó tan fructífera como divertida, pues no pasamos ningún día
sin “cazar” entre cien y doscientos
huevos.
Esta “caza” tenía mucho de parecido a la de liebres en
la nieve, ya que después de entrar en un banco de arena se comienza
a rodearlo hasta encontrar una huella de tortuga, la cual, con la
subida del agua se dirige hacia ese lugar a colocar sus huevos. El
rastro descubierto nos lleva, tras varias vueltas, al sitio donde
ellos están depositados. La tarea es ardua, tanto, que es fácil
aburrirse, ya que la tortuga tan pronto como coloca sus huevos los
cubre con arena, haciéndose imposible distinguir el lugar donde se
encuentran, y en seguida se devuelve, antes que la sorprenda la
mañana.
De allí que sea común seguir la huella sin que se logre ubicar
el depósito de huevos, que generalmente está un pie bajo tierra y
contiene entre veinte y veinticinco huevos que, amontonados,
fecundan por la acción del calor del sol en la
arena.
El timonel era un experto en esta caza y jamás se equivocó de
lugar. Era entretenido observar a este indígena seguir la huella
con tanta atención y súbitamente detenerse para gritar: “Aquí
está la mata de huevos”. Comenzaba luego a sacar la arena con
sus delgadas manos y en corto tiempo tenía todo el depósito en su
sombrero de paja. Logró reunir tal cantidad que no alcanzábamos a
consumirlos todos, pese a servirnos cerca de veinte cada uno, en
las horas de comida; por eso los guardábamos para venderlos al
pasar por algún poblado.
El descubrimiento de las alturas de Ocaña interrumpió la
monotonía del paisaje y deleitó nuestra vista.
Las horas de la tarde no eran tan fructíferas en la consecución
de huevos, pues durante el día otros cazadores habían hecho buena
provisión. Entre éstos los caimanes y los pájaros salvajes eran los
mejores cazadores de huevos de tortuga.
Yo retorné con una mejor presa, consistente en tres patos, que
cacé al otro lado del banco de arena. Eran de un color entre negro
y castaño, con el pico y las patas rojas, que tras la caída del sol
descendían a los bancos en grandes bandadas, y a los que los
indígenas llamaban patos del Magdalena. No era raro ante tal
cantidad de ellos, acercarse lo suficiente para disparar y obtener
una buena caza. Como estos patos eran muy asustadizos, no había
posibilidad de hacer otro disparo, ya que tras el primero
emprendían el vuelo y no retornaban.
Un torrencial aguacero seguido de truenos nos despertó la
madrugada del 5 de febrero. Cuando uno se encuentra en tal
situación no queda nada más que esperar a que pase, ya que tratar
de protegerse, a esas alturas, es tan infructuoso como tonto. La
única posibilidad es tomar algunas de las pertenencias de mayor
valor o cuidado y ocultarse bajo la canoa. Los bogadores se limitan
a proteger de la lluvia sus ropas secas.
Solo queda la alternativa de situarse bajo un paraguas en espera
de que el aguacero acabe; es una especie de lucha en que se trata
de saber quién resistirá más, si la lluvia o el paraguas. Como el
aguacero dura por horas largas e interminables, uno aprovecha el
tiempo para filosofar acerca del diluvio, el arca de Noé,
etc.
La salida del sol ayudó a desparramar las nubes, por lo que
pudimos salir de nuestro “refugio” para
secarnos.
La lluvia había refrescado un tanto el ambiente, pero tan pronto
como empezó a calentar el sol se tomó insoportable, con el
aditamento de que al no contar con ropas secas se arriesgaba
contraer un fuerte resfrío.
Hacia la mañana pasamos por Bocas del Rosario, lugar en que el
río se extiende debido a una pared de roca roja llamada Cañaletal,
que en realidad no es más que una prolongación de la cordillera de
Girón, situada casi en ángulo recto con el río, que comienza en la
de Pamplona y llega bastante abajo del Magdalena. El calor era
fuerte después de la lluvia y el termómetro marcaba treinta y ocho
grados. Como de costumbre, el albergue nocturno fue sobre un banco
de caimanes.
A las cinco de la mañana del día 6 reanudamos el viaje. Para el
desayuno nos servimos un delicioso papagayo rojo que logré cazar.
En las horas de la tarde cruzamos el lindo pueblo de San Pablo,
distante ochocientos kilómetros de Morales; el termómetro indicaba
treinta y siete grados.
Ese día uno de los bogadores —el Zambo— comenzó a
quejarse de fiebre, la que, si bien no aumentó, lo molestó durante
todo el resto de tiempo que quedaba por viajar. A la tarde le di un
vomitivo, que le permitió sentirse algo mejor.
El 7 de febrero logramos pasar uno de los puertos ubicados en el
río Cimitarra, llegando a la serranía de Simití, acá denominada
Guamoco.
En este lugar encontramos tres huevos de cocodrilo, los que son
un tanto más grandes que los de pava, pero blancos y duros como
piedras, por lo que eran muy difíciles de romper. Contienen una
materia grasa y anaranjada, no muy diferente de las de los huevos
de tortuga. Aunque los indios no se los comen, destruyen todos los
que encuentran.
A eso de las seis de la tarde, luego de avanzar solo doscientos
kilómetros durante el día, nos dispusimos a atracar y descansar en
un banco de arena. El motivo del poco trecho avanzado fue la
indisposición del bogador.
El viaje se reanudó cuando el sol ya se había adueñado del
cielo; muy pronto nos encontramos en el centro de una gran cantidad
de plantíos y árboles frutales, estos últimos tanto en tamaño como
en apariencia, muy parecidos a los de guinda. La fruta que de ellos
colgaba parecía un pequeño e irregular melón, sobre la cual estaban
asentadas las almendras. Todos los arbustos y árboles que
encontraríamos desde aquí en adelante semejaban a los del paisaje
de Mompós, y sus productos eran llevados hacia esa ciudad por la
ruta del río y también seguían camino a otros
puntos.
Poco después de haber salido de este lugar llegamos al valle del
Guamoco y el Girón, que formaban el lecho del
Magdalena.
En la noche se dispuso atracar en la boca del importante río
Gallinazo, que tenía su nacimiento arriba en la cordillera. Al lado
de Tuña corría a lo largo de la cordillera del este, para continuar
paralelo a las montañas del Girón y finalmente caer sobre el
Magdalena, tras haber hecho un semicírculo de más de dos mil
kilómetros.
Una fuerte lluvia, que pronto calmó, nos despertó el día 9,
pasada la cual proseguimos nuestro viaje. Para el desayuno se contó
con una excelente provisión de huevos de tortuga hecha por el
timonel, a los que se agregó un faisán cazado por mí, tan grande
como un pavo, a la vista del cual gritaban: “Comida muy
sabrosa”. Pronto estuvo desplumado y despresado y en seguida
se cocinó con un exquisito plato de arroz. La comida era tan buena
en una mesa fina como en un banco de arena del río.
El cubierto de los bogadores era lo mismo de simple que la mesa.
Usaban el machete como cuchillo, y como tenedor solo empleaban los
cinco dedos.
Al caer la tarde pasamos por Barrancabermeja; según los
bogadores, habíamos realizado la mitad del camino hasta
Honda.
Luego de navegar durante cierto tiempo más, nos detuvimos en un
banco de arena para pernoctar, donde una dosis extra de aguardiente
y tabaco puso a los bogadores en condiciones de pasar mejor la
noche. Como de costumbre, se encendió una gran fogata, alrededor de
la cual se conversó y fumó como hasta las diez.
Cuando los mosquitos se presentaron invitados en grandes
cantidades, en otros lugares, siempre se acababan dichas tertulias;
pero esa noche tales invitados no aparecieron casi, por lo que fue
una de las más agradables que jamás haya vivido a orillas del
Magdalena.
Como siempre, el timonel asumía la palabra y nos narraba sus
aventuras durante la guerra, las que a pesar de ser poco
importantes, yo escuchaba con gran atención. Este indígena hablaba
con una facilidad y una capacidad y fuerza oratoria que realzaba la
belleza del idioma castellano.
Aunque resulte extraño sentir fascinación por el modo de hablar
de un nativo, casi sin educación, es cosa propia de casi todos los
que venimos del norte, donde sentimos verdadero placer al escuchar
el melodioso acento de los naturales de esta América. Con toda
seguridad los amantes de estas conversaciones dirían, al
escucharles: “Hablan muy gracioso".
En los largos atardeceres no se les ve hacer otra cosa. Es raro
verlos leer durante el día, e imposible durante la noche, pues lo
consideran peligroso para la vista y un atentado contra la
conversación.
Es proverbial el caso de encontrar a uno de estos personajes
desarrollando y terminando una charla con la dinámica y
conocimientos de una persona avezada en la vida
social.
El timonel de este viaje era una de esas personas. Durante mucho
tiempo me entretuvo con sus inacabables charlas. Generalmente
cuando él terminaba, me pedían que les narrara mi viaje. Era en
esos instantes cuando el auditorio permanecía en silencio
sepulcral, ya que no me negaba a hablar de mis tierras del
norte.
Quedaban con la boca abierta cuando les hablaba de nuestros
inviernos de hielo y nieve fría, del transporte en trineos y las
largas caminatas sobre el agua helada. Para ellos entenderlo era
muy difícil y les resultaba incomprensible, pues el único
conocimiento que de tales cosas podían tener estaba en las palabras
de su idioma, pero no en la práctica o realidad, ya que no conocían
la nieve ni habían sentido semejante frío.
Lo que más les entretenía era la descripción de las estaciones,
ya que las nuestras tienen el triple de duración que las de acá, en
tanto que los días del verano son tres veces más largos que los del
invierno, y el hecho de que en ciertos lugares no hay noche en
verano o en invierno, según corresponda. Ante tales narraciones
exclamaban: “Jesús..., tan particular..., válgame Dios..., qué
tierra tan maravillosa”. Sin embargo, no envidiaban esa
situación, pues siempre acababan diciendo: “Es mejor
aquí”. Les agradaba más pelear con los
mosquitos.
Proseguimos nuestro viaje a la salida del sol del día 10,
avanzando muy despacio, pues uno de los bogadores aún estaba débil
y no podía trabajar mucho. La marcha era lenta. El termómetro
señalaba, al mediodía, treinta y cinco grados.
Al poco tiempo vimos detrás de nosotros una canoa pequeña, sin
techo, que empezó a adelantársenos bastante. Al pasar a nuestro
lado me di cuenta que se trataba del correo, pues en su costado
llevaba la ancha cinta tricolor que la identifica. Cuando estuvo al
lado nuestro reconocí a mi antiguo timonel, aquel del viaje entre
Barranca y Mompós. También él me reconoció y ordenó a sus bogadores
detenerse, al tiempo que me preguntaba si yo deseaba enviar algún
mensaje a Honda; pero como mi respuesta fue negativa, se despidió y
continuó su viaje.
La canoa del correo era, a no dudarlo, mucho más liviana y
práctica que la nuestra, de ahí que ella realizara el viaje de
Barranca a Honda en dieciséis días; es decir, que en ese tiempo
recorre cinco mil kilómetros. A esto debe agregarse que la gente
que en ella tiene la responsabilidad de remar es seleccionada, muy
fuerte, y no elude el trabajo. Además, se hacen dos cambios de
bogadores en este viaje.
Todo era un pequeño reflejo del buen trato y trabajo que
realizaba la Administración Postal. Por eso tengo que referirme con
mucho respeto a las personas que la forman, como que es una
verdadera proeza que con utilidad para el gobierno una pequeña
embarcación, desarmada, pueda conducir, pese al peligro constante
de ser atracada en alguno de los mil recodos del recorrido, el
correo y las grandes sumas de oro y plata que habitualmente
transporta.
Al no existir moneda de cambio, todo se realizaba en estos dos
metales preciosos, por ello la responsabilidad tan grande que
cumplía la Administración Postal y que hacía de un modo
eficiente.
Atardeciendo bordeamos un montón de chozas de indios ubicadas a
ambos lados del río, donde traté, sin éxito, de cambiar al bogador
enfermo por otro. Aunque no logramos avanzar cien kilómetros en la
jornada del día, tuvimos que detenernos para pasar la
noche.
Como en otras ocasiones, el despertar del día 11 de febrero fue
con una lluvia torrencial, que duró hasta la salida del sol y que
soportamos como todas las anteriores. En lento avance seguimos
hasta la hora del desayuno, cuando nos detuvimos en la Isla de los
Bravos.
La razón de este nombre se debía a que en ese sitio asaltó y
robó a muchas embarcaciones menores la tribu de los indios Bravos,
que se mantienen en las montañas de Opón, en la margen derecha del
río, y por aquella época se deslizaban desde las alturas en las
canoas, aprovechando las aguas del Colorado y ocultándose en las
islitas y bosques a la espera de sus víctimas.
En las montañas tienen un pueblo llamado Chacury, pero ya no son
tan valientes, y tampoco han sido combatidos por el
gobierno.
Cuando en las horas de la tarde llegamos frente al pueblo de
Rompedero intentamos comprar algo, pues nuestras provisiones se
habían agotado, pero, fuera de unos pocos plátanos frescos, la
tentativa fracasó.
Comprar algo en las casas cercanas al río era prácticamente
imposible, y las únicas respuestas que se oían eran: “No...,
tampoco”. Se escuchaban tanto estas contestaciones que, al fin
de cuentas, resultaba una repetición agradable oírlas; pero también
era desagradable para nuestros estómagos, demasiado cansados de
tanta carne salada y tantos plátanos.
De ahí que debimos conformarnos. Solo nos quedaba la esperanza
del pueblo de San Bartolomé, que ya íbamos a alcanzar y que, según
el timonel, tenía un mercado mucho mejor. Seguramente allí también
encontraríamos lo que se necesitaba con mayor rapidez, otro
bogador.
Pronto arribamos a Barbacoa, sitio donde los colombianos
infligieron una derrota a las tropas españolas el 29 de enero de
1819.
Por ese entonces un coronel español, Violon, fue mandado desde
Cartagena con un batallón como escolta para una enorme cantidad de
municiones que debían ser llevadas a las tropas españolas situadas
en Bogotá. El capitán Mantilla, al servicio de la República, logró
embarcarse con su compañía y llegar a este lugar sin ser visto,
atacó por sorpresa a los españoles y se apoderó del importante
cargamento que engrosó los pertrechos de los republicanos. La
situación jugó un papel importante en los futuros acontecimientos
de Vargas y Boyacá. Nosotros recorrimos el lugar del campo de
batalla y lo único que encontramos fue una buena cantidad de huevos
de tortuga.
Mientras unos nos encontrábamos de caza y otros preparando el
desayuno del domingo 12 inesperadamente me encontré con una figura
que, por su apariencia, no sabía si llamar ser humano o animal y
que lloraba frente a mí, en medio de los arbustos.
Una pequeña cabeza negra de cabellos blancos, cortos y crespos,
con ojos entre negros y amarillos, boca ancha con algunos dientes
amarillentos que más semejaban colmillos, todo ello sobre un cuello
delgado y negro. Poco a poco empezó a aparecer un cuerpo seco,
flaco, del mismo color, apoyado sobre dos piernas delgadas, que
descansaban sobre dos cortos, gordos e hinchados pies, o al menos
eso deberían ser, ya que más parecían patas de
león.
A sus costados colgaban dos largos y delgados brazos, sujetos a
sus hombros. En uno de sus brazos sostenía una larga caña de bambú
y en el otro un pequeño machete roto. La figura estaba totalmente
desnuda, con la sola excepción de un viejo y roto pañuelo rojo que
colgaba de sus caderas hacia abajo. Antes de salir de mi sorpresa,
el extraño me saludó diciendo “buenos días, mi amo”,
término muy usado por sujetos de clase inferior o esclavos cuando
se dirigen a una persona de rango superior.
Francamente no logré contestar ese saludo cortés del extraño,
solo tuve mi arma preparada, observándole con la boca abierta. El
individuo siguió luego su camino hacia donde el bogador estaba
preparando el desayuno.
Cuando estuve cerca de tal sujeto me enteré de que era un viejo
esclavo negro que durante muchos años estuvo al cuidado de una
plantación en esa comarca y debido a sus largas permanencias al sol
y a la intemperie había sufrido el resecamiento de su piel hasta
convertirse en algo muy diferente de lo que se denomina un ser
humano, por lo cual los que le conocían le llamaban “patas de
león”.
Al observar con mayor detención a ese extraño comprobé los
caprichos de la naturaleza y de los seres humanos. Al comparar a
este individuo con una bella joven rubia del norte de Europa tuve
un sentimiento de disconformidad, ya que a ambos se les considera
personas pero la cadena que puede unirles está separada por
distancias indefinidas.
El calor de hoy no era tan sofocante como en los anteriores
días. Hacia la tarde el termómetro señalaba treinta y dos grados.
Se logró avanzar con mayor rapidez, lo que aumentó las esperanzas
de llegar a San Bartolomé antes del anochecer.
A media tarde, aprovechando una detención en uno de los muchos
plantíos de bananos, nos sumergimos en las aguas del río para
aplacar un tanto el calor, y después de comer algo reanudamos la
travesía. Poco tiempo medió entre el lugar y el mencionado
pueblo.
No podríamos llamarlo un cuadro hermoso. En el centro una
iglesia grande, con su techo quemado, como si una furiosa explosión
hubiera desparramado las casas, donde ni árboles ni arbustos habían
logrado salvarse.
A las cinco nos deslizábamos por la orilla inclinada y elevada,
en la que se encontraba reunida gran cantidad de gente que miraba
con la boca abierta la canoa y la tripulación que llegaba. Fue en
este lugar donde encontré una cosa que me agradó y sorprendió.
Alguien pronunció en un sueco puro y sin dialecto: “Su humilde
sirviente, mi señor”.