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Viaje por
Colombia
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Carl August Gosselman
Casi en su centro está la plaza mayor, cobijando a la Catedral.
De allí las calles rectas, con sus empedrados y sus aceras.
recortadas en ángulos rectos, forman un conjunto de cerca de
doscientas cuadras. Las casas son muy similares, la distinción se
basa en los tamaños. Tienen uno o dos pisos levantados en piedra,
cuyos muros blancos contrastan con el rojo ladrillo de los techos.
Están premunidas de grandes ventanales forrados en hierro, ya que
los vidrios no abundan.
Gran cantidad de iglesias muestran sus torres, que sobrepasan
las techumbres de las casas y de los conventos, de los cuales puede
encontrarse cerca de una docena. Con todo, el volumen llega a unas
treinta y dos construcciones religiosas, suficientes para atender a
una ciudad con treinta y cinco mil habitantes. La solidez de todas
esas construcciones parece un desafío a los movimientos de tierra
que puedan presentarse.
Cuando ya veníamos de regreso comenzamos a apreciar la belleza
de la catedral, que había terminado de construirse en 1814. Pocas
iglesias católicas pueden comparársele, ya que en su gusto sencillo
equilibraba la riqueza pura de su arquitectura y el ornamento
interior. Por supuesto que riqueza no le faltaba. El oro brillaba
por todas partes. Una imagen de la Virgen, rica en perlas y joyas,
demostraba que su valor era bastante grande. Una capilla interior
mostraba una inmensa cantidad de cuadros pintados al óleo, haciendo
un bello efecto con la pintura que decoraba el cielo raso.
La fachada da hacia la plaza, de la que está separada por un
paseo muy solicitado en los atardeceres especialmente por los
personajes más prestantes de la ciudad, cuyos exponentes masculinos
se pasean de un lado a otro con sus grandes cigarros.
Frente a ella se halla el antiguo palacio de los Virreyes que
actualmente es la residencia de los presidentes, hoy habitado por
el vicepresidente, ya que el presidente se encuentra ausente.
Pudiera decir que tal palacio no tiene belleza exterior ni
interior. Consiste en una casona de piedra, de dos pisos, pintada_
de blanco, de techo plano, con dos plantas adicionales, una de
ellas ocupada por el canciller y la otra por la guardia.
Más allá de la plaza, en una de las calles principales, está el
Senado, edificio que antaño era una parte del gran convento de los
Dominicos. Entrando en su inmenso patio encontramos una escalera de
piedra que nos lleva a una amplia galería que rodea el interior de
la construcción y sirve de pasillo a las salas ubicadas en el piso
superior.
Por una de las diversas puertas se ingresa a la sala de sesiones
de los senadores, que es un recinto largo y angosto donde una
barrera de madera separa a estos del público, que posee libre
entrada. Arriba de esta sala, es decir en su . parte más alta, está
el asiento del presidente, pintado en un tono de damasco intenso,
sobre el cual cuelga el retrato de Bolívar, en tamaño natural.
A su lado se encuentra la mesa del secretario. En todo el
espacio que separa la barrera se encuentran cuarenta y ocho sillas,
donde toman asiento los senadores. Hoy una cantidad ínfima de esas
sillas estaba ocupada, pues la sesión parecía no tener demasiada
importancia. Solo se trataba de la lectura de una serie de materias
que luego deberían ser discutidas.
Mi compañero me mostró a los delegados de mayor importancia,
entre los que estaban el presidente Baralt, el senador Balarino y
el doctor Soto, todos considerados liberales de tomo y lomo, y el
último de ellos uno de los mejores oradores. ~
Una vez que escuchamos y vimos una sesión del Senado, que no
resultaba impresionante, nos marchamos a la Cámara de Diputados,
que se encontraba al frente del recinto donde en estos momentos
estábamos.
Seguimos la senda que nos situó en la sala de los diputados, la
cual resultó ser más estrecha e incómoda que la del Senado. Una
valla de madera pintada de azul encerraba igual cantidad de
diputados y de sillas, del mismo color, dejando un espacio mínimo
para los asistentes y oyentes. La, propia silla del presidente
debía sufrir las consecuencias de la estrechez de la sala. Frente a
la mesa del secretario colgaba una pintura de Bolívar, bastante mal
hecha. El actual presidente se llamaba Arbelo y entre sus
asistentes más notables se encontraban los señores Martín,
Mosquera, Torres y Pardo: A este último inmediatamente lo reconocí
como al Administrador de Correos de Cartagena. Se acercó
prontamente a mí y sonriendo me saludó con un fuerte apretón de
manos, al tiempo que decía: "¿Cómo está, amigo
mío?".
El orden no parecía ser la máxima en estas sesiones, pues
constantemente se interrumpen. Tal como ocurría en la Convención
Nacional francesa, se podían encontrar aquí la montaña y la llanura
; el monte y la playa ; ya que se dividían entre liberales y
conservadores. (A este último partido pertenece casi todo el clero)
.
Ahora seguía la elección de una comisión que se encargaría de
tratar algunos temas de importancia. Esto ocurriría durante el
período de receso de la Cámara. Esta no proporcionaba muchas
comodidades, por lo que era común ver a sus diputados levantarse
para dirigirse a la mesa presidencial y solicitar un lápiz con el
cual poder escribir el nombre de su elegido. Luego de esto, pasaba
el secretario recogiendo, en una fuente de vidrio, las papeletas
para proceder a su recuento.
El paseo y las visitas nos ocuparon toda la mañana, por lo que
se acercaba la hora de comer. A1 pasar frente a una casa en la que
colgaba un letrero que decía "Fonda", nos
detuvimos a hacerlo. En Bogotá, además de las posadas, que
equivalen a nuestras hospederías, se encuentran numerosos lugares
que son las fondas, donde se encuentra comida y refrescos. Así fue
que entramos en una habitación bastante grande en la que se veían
un mesón, un mostrador y una pared llena de estantes, donde los
licores y las fuentes despertaban una grata sorpresa.
Aproveché la ocasión para preparar de antemano una respuesta que
resultara aceptable, así es que al serme consultado respondería con
un "sí, señor". En las fondas era común una mesa
de billar, la que raramente se encontraba desocupada. Siempre
apuestan dinero, tanto los jugadores como los mirones. Al fondo se
ven unas mesas ocupadas por jugadores de naipes. Tuve la
oportunidad, incluso, de ver cómo caballeros de buena posición
sacaban de sus bolsillos un naipe y empezaban a jugar. Por supuesto
que en Bogotá son aficionados a los juegos --como en la mayor parte
del país- y se encuentran muchas casas de juego secretas, es decir,
ilegales, donde se juegan altas . sumas, que están prohibidas por
el gobierno actual.
Por sobre todos esos juegos de azar emergen las riñas de gallos
que se realizan, sagradamente, todos los domingos en la tarde, acá
en la capital. Para ellas usan un teatro especialmente construido a
tal fin. Cobran una entrada al público, cuyo valor es de medio
real. Cuando se ha pasado por un grupo de charlatanes, hombres de
juego y gallos cantando se llega a una verdadera pista de circo,
cercada con una doble fila de palcos y una barrera de madera que
separa a los espectadores del lugar de la pelea. Esta se encuentra
formando un círculo menor, cubierta con fina arena. En uno de los
mejores palcos está sentado el director del espectáculo, quien con
una campanilla da la señal para el comienzo de cada pelea.
Cuando así ocurre, ingresan los dueños de los gallos con estos
bajo el brazo. Al encuentro les salen dos tipos que con un limón
rebanado, primero, y luego con agua y una toalla secan
cuidadosamente las patas y el espolón o arma del gallo para así
evitar las posibles puntas envenenadas. Por último amarran a las
patas de los "luchadores" un afilado trozo de
metal, de tres a cuatro pulgadas de largo, muy bien pulido. Los
gallos están criados especialmente para estas competencias. A
temprana edad les quitan la cresta y sus partes sensibles y
fácilmente atacables ; incluso a algunos se les corta la cola. Son
bien alimentados y los tienen en grupos para hacerlos más
agresivos. A las patas se les amarra una cuerda lo que impide que
se queden agarrados entre sí.
A la otra señal de la campanilla todos se alejan del ruedo e
inmediatamente son soltados los gallos, a cierta distancia uno del
otro. Parecen ser conscientes de que se trata de una riña de vida o
muerte, por lo que durante un instante se contemplan, se estudian.
En este momento se hacen casi todas las apuestas. Cuando la pelea
empieza, generalmente no dura más de algunos segundos, antes que
uno de ellos, o ambos, queden tirados en la pista chorreando
sangre. Para asegurarse de cuál es el triunfador sus dueños los
cogen y colocan uno frente al otro. Se supone que el que esté más
fuerte tratará de dar el último golpe a su rival, el que procurará
evitarlo.
Cuando ya ha pasado ese momento comienza la liquidación de las
apuestas ; las más importantes suelen llegar a cien onzas o
dieciséis piastras. Es común durante la disputa escuchar los gritos
de : "Veinticinco onzas por el colorado . . . , cincuenta
onzas por el negro . . . ". La pasión por este espectáculo
es tal que puede verse a un esclavo negro llevar una gran bolsa
repleta de onzas, con la que los dueños de los gallos hacen sus
apuestas, así como también a señores del mejor linaje sacar su
gallo favorito, oculto bajo unas mantas. Ese era el caso de
Arrubla, un rico comerciante, extraordinariamente apasionado y que
poseía una gallería con más de doscientos gallos, criados para
peleadores, todos dedicados a ser masacrados en este extraño,
ridículo e inhumano espectáculo.
Aparte de esto los habitantes de Bogotá no tienen ningún posible
espectáculo, y aunque existe un teatro grande y bien decorado,
desde la salida de los españoles no se hacen representaciones. Las
únicas que pueden realizarse están en manos de grupos de
estudiantes, los que, aun cuando actúan bien, tratan de reemplazar
la falta de elenco en las edades y sexos por una brillante variedad
de trajes.
Lo otro que podría mencionarse son las corridas de toros, aunque
estas parecen haber sido deformadas en toda la república en cuanto
a su naturaleza verdadera. Comparadas con las españolas, estas
parecen fábulas realizadas por niños, acostumbrados a divertirse e
imitar luego la presentación de un teatro móvil, o una obra
destinada a entretener a los actores más que a los
espectadores.
Al toro, mejor dicho al buey, se le amarra una cuerda a los
cuernos y comienza a ser molestado por negros que, con pañuelos y
frazadas, actúan como banderilleros, mientras que los picadores
solo están armados de palos cortos, y los sonadores, o sea los
petardos, se encargan de asustar un poco más al animal, acompañado
esto de gritos del público y ejecutantes.
Lo mejor de todo es la resultante de que no se les puede acusar
de derramar sangre, ya que cuando el torero tiene algunos
problemas, basta que al animal se le cambie la dirección con un
simple tirón de la cuerda amarrada a sus cuernos. En cuanto al
toro, no corre peligro de que algún matador le haga su víctima :
esa única posibilidad está en las manos de un carnicero común.
Estas clases de corridas se llevan a efecto en la plaza mayor de
Bogotá. Se comenta que están pasando de moda y quizás acaben en el
total olvido.
En el centro de la referida plaza se alza una fuente de piedra.
El agua se lleva hasta ella desde los cerros cercanos mediante un
acueducto subterráneo. Dicha plaza tiene toda su superficie
empedrada y con variedad de veredas o caminos angostos que nacen de
la bella fuente. Por las veredas de mayor amplitud se deslizan
profundas cunetas que aprovechando la pendiente de las calles se
encargan de transportar el agua a través de la ciudad. En épocas de
lluvia, como la actual, se hace imposible cruzarlas sin la ayuda de
los puentes peatonales que para ello se han levantado, los cuales
están ubicados en las esquinas de cada bocacalle.
Naturalmente que todo este cuadro hace que la ciudad esté limpia
la mayor parte del tiempo. Comprende uno, cuando recuerda, que
tenía mucha razón ese Virrey que decía : "El agua de
lluvia es uno de los más nobles agentes de policía".
Varias de las calles principales tienen protección contra la
lluvia mediante los techos y balcones sobresalientes de las casas.
Lo otro llamativo, pese a su deficiencia, es la iluminación
nocturna que se hace con los farolitos instalados en las
esquinas.
Las casas cercanas al centro o a la plaza generalmente tienen
dos pisos. El de abajo está ocupado por pequeños negocios, talleres
o depósitos, y el superior se destina a vivienda. Hacia este se
llega por anchas escaleras de piedra que conducen a galerías que
miran al centro de los patios y hacia el conjunto de plantas que
adornan la balaustrada. Aquí se hallan las puertas que dan acceso a
las habitaciones, las cuales están compuestas por pequeñas piezas y
dormitorios, el comedor y la sala.
Muy llamativos son los tapetes del piso, en su mayoría gruesos
trenzados de paja, que son reemplazados, en las casas de los más
pudientes y adinerados, por alfombras europeas.
Estos tapetes son considerados indispensables para protegerse
del frío, que acá es persistente; suele ocurrir que el termómetro
baje hasta diez grados en tiempos como el actual, es decir, de
lluvias. No se ven estufas de azulejos. Las piezas están forradas
con papel y en pocas casas hay tragaluces. Las ventanas no son de
vidrios sino que están protegidas con rejas de madera. La única
ventilación que tienen las habitaciones pequeñas es la puerta
misma.
Los muebles, sin ser de gran belleza, son los más cercanos a los
nuestros que haya visto en las ciudades colombianas. La sala de
recepción de las visitas tiene un diseño de conjunto; se pueden ver
sillones, un sofá, algunas mesas, un enorme espejo y posiblemente
algunos cuadros pendiendo de las paredes color ladrillo, todo lo
cual forma un esbozo que, sin ser fastuoso, es increíblemente grato
para el forastero.
El clima es más bien frío. El termómetro en raras ocasiones sube
de los treinta grados, lo que ayuda bastante a notar las
diferencias del vestir de las personas, que parecieran depender de
la sensibilidad innata y la oportunidad de mostrar la debilidad que
se tiene por los colores fuertes. Al pasearme por la calle real, la
principal de Bogotá, me he entretenido mirando los contrastes del
vestuario, que me llevaban a pensar que mediante esa apreciación
pueden encontrarse los hábitos característicos de cada zona.
Es así como puede observarse a un señor envuelto en su capa azul
y cubierto con un negro sombrero muy bien puesto en su cabeza,
avanzar suelto y pausadamente, al tiempo que a su lado camina un
personaje cuyo sombrero de raíces livianas y saco sencillo de lino
parecen dar a entender que no lo considera molesto. Para ellos
tampoco tiene importancia.
En sentido contrario veo venir grupos de mujeres que traen sus
cabezas libres y llevan vestidos livianos, a pie descalzo o con
alpargatas, las que parecen mirar con envidia el vestuario de las
damas elegantes que caminan delante de ellas. Estas últimas traen
sobre sus cabelleras un sombrero, visten falda negra de seda como
las medias, una mantilla y zapatos. Miro más adelante y contemplo
algunas señoras que se visten a la usanza europea. El sombrero tan
tradicional ha dejado su lugar a uno de gran colorido y plumas
teñidas del mismo color que éste, o bien usan sombreros con flores
artificiales, al tiempo que la mantilla ha sido reemplazada por una
vivaz pañoleta de colores que se anuda lo mismo que las mantillas,
con una de sus puntas metida bajo el sombrero, la del medio
mantenida sobre el pecho y la de más abajo colgando coquetamente
por la espalda..
Cerca de esas señoras veo dos especímenes, dispares entre sí.
Uno brillaba por el sudor, pues vestía cuello de piel, gorro con
forro y gruesas botas, y el otro se envolvía en un traje de
pantalones de lino, medias de seda y zapatos. Si no fuera porque
hablan el mismo idioma, tan fuerte como vulgarmente, y fuman sus
tabacos con gracia nativa, podría pensarse que se está, frente a un
ruso y un francés que tuvieron la ocurrencia de mostrar en este
suelo sus respectivos trajes.
Pero esto no es lo único. También podían notarse las diferencias
entre los oficiales, que daban pie para que cada uno tuviera
ocasión de mostrar un tipo de traje ideado por su mente. En general
resultaban vestidos más adecuados para los paseos callejeros en
Bogotá que para llevar a la práctica una campaña por el desierto o
los llanos, fuera de que el traje casi nunca va acompañado de sus
armas.
Sin desear polemizar, considero que los referidos trajes están
recargados de costuras, colores y adornos policromos, para lo cual
hacen resaltar demasiado el oro, la plata, las medallas, los
botones, etc., en una mezcla tan brillante como ridícula, a lo cual
se agregan sus gorros y sombreros de tres puntas con penachos y
plumas de excesivo colorido. Nunca vi a estos personajes sin pensar
si esta manía de vestirse tan multicolor y brillante pudiera ser
considerada como una de las consecuencias del trópico, lugar en
donde se manifiesta esta variedad en los animales y las
personas.
De este modo puede verse a un dragón y a un húsar sobrecargados
de trenzas de plata y botones, mientras que sus largos mamelucos
rojos escarlatas ven correr' dobles galones dorados hacia las
horribles botas con espuelas, bajo un sombrero de tres puntas
provisto de recargados penachos. Toda esta chuchería la cubre un
largo plumón que el uniformado hace tambalear en el aire.
A su lado es posible que camine un representante de la
infantería, que no tiene el gusto en la confección de los trajes
del anteriormente reseñado. Sinembargo su colorido y diseño
muestran que por lo menos ha intentado lucir tanto como su
compañero.
Ante tamaña diversidad, el gobierno se vio obligado hace algún
tiempo a establecer un reglamento más rígido sobre los uniformes
del ejército, con el fin de impedir que cada cual se vista de
acuerdo con su gusto propio y personal. Esta medida se implantó
mientras yo me encontraba en Bogotá, lo que me dio ocasión de
escuchar la casi unanimidad de criterios que se mostraban
disconformes con ella, y muchas veces fui testigo de ' debates
sobre detalles insignificantes del traje. Los más discrepantes
pertenecían a los recién nombrados tenientes. Aquellos que
acompañaron al Libertador en la campaña, no discutían.
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Carl August
Gosselman
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