INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa

Viajes por Colombia

| Viaje por Colombia

 

| Carl August Gosselman
 

Casi en su centro está la plaza mayor, cobijando a la Catedral. De allí las calles rectas, con sus empedrados y sus aceras. recortadas en ángulos rectos, forman un conjunto de cerca de doscientas cuadras. Las casas son muy similares, la distinción se basa en los tamaños. Tienen uno o dos pisos levantados en piedra, cuyos muros blancos contrastan con el rojo ladrillo de los techos. Están premunidas de grandes ventanales forrados en hierro, ya que los vidrios no abundan.

Gran cantidad de iglesias muestran sus torres, que sobrepasan las techumbres de las casas y de los conventos, de los cuales puede encontrarse cerca de una docena. Con todo, el volumen llega a unas treinta y dos construcciones religiosas, suficientes para atender a una ciudad con treinta y cinco mil habitantes. La solidez de todas esas construcciones parece un desafío a los movimientos de tierra que puedan presentarse.

Cuando ya veníamos de regreso comenzamos a apreciar la belleza de la catedral, que había terminado de construirse en 1814. Pocas iglesias católicas pueden comparársele, ya que en su gusto sencillo equilibraba la riqueza pura de su arquitectura y el ornamento interior. Por supuesto que riqueza no le faltaba. El oro brillaba por todas partes. Una imagen de la Virgen, rica en perlas y joyas, demostraba que su valor era bastante grande. Una capilla interior mostraba una inmensa cantidad de cuadros pintados al óleo, haciendo un bello efecto con la pintura que decoraba el cielo raso.

La fachada da hacia la plaza, de la que está separada por un paseo muy solicitado en los atardeceres especialmente por los personajes más prestantes de la ciudad, cuyos exponentes masculinos se pasean de un lado a otro con sus grandes cigarros.

Frente a ella se halla el antiguo palacio de los Virreyes que actualmente es la residencia de los presidentes, hoy habitado por el vicepresidente, ya que el presidente se encuentra ausente. Pudiera decir que tal palacio no tiene belleza exterior ni interior. Consiste en una casona de piedra, de dos pisos, pintada_ de blanco, de techo plano, con dos plantas adicionales, una de ellas ocupada por el canciller y la otra por la guardia.

Más allá de la plaza, en una de las calles principales, está el Senado, edificio que antaño era una parte del gran convento de los Dominicos. Entrando en su inmenso patio encontramos una escalera de piedra que nos lleva a una amplia galería que rodea el interior de la construcción y sirve de pasillo a las salas ubicadas en el piso superior.

Por una de las diversas puertas se ingresa a la sala de sesiones de los senadores, que es un recinto largo y angosto donde una barrera de madera separa a estos del público, que posee libre entrada. Arriba de esta sala, es decir en su . parte más alta, está el asiento del presidente, pintado en un tono de damasco intenso, sobre el cual cuelga el retrato de Bolívar, en tamaño natural.

A su lado se encuentra la mesa del secretario. En todo el espacio que separa la barrera se encuentran cuarenta y ocho sillas, donde toman asiento los senadores. Hoy una cantidad ínfima de esas sillas estaba ocupada, pues la sesión parecía no tener demasiada importancia. Solo se trataba de la lectura de una serie de materias que luego deberían ser discutidas.

Mi compañero me mostró a los delegados de mayor importancia, entre los que estaban el presidente Baralt, el senador Balarino y el doctor Soto, todos considerados liberales de tomo y lomo, y el último de ellos uno de los mejores oradores. ~

Una vez que escuchamos y vimos una sesión del Senado, que no resultaba impresionante, nos marchamos a la Cámara de Diputados, que se encontraba al frente del recinto donde en estos momentos estábamos.

Seguimos la senda que nos situó en la sala de los diputados, la cual resultó ser más estrecha e incómoda que la del Senado. Una valla de madera pintada de azul encerraba igual cantidad de diputados y de sillas, del mismo color, dejando un espacio mínimo para los asistentes y oyentes. La, propia silla del presidente debía sufrir las consecuencias de la estrechez de la sala. Frente a la mesa del secretario colgaba una pintura de Bolívar, bastante mal hecha. El actual presidente se llamaba Arbelo y entre sus asistentes más notables se encontraban los señores Martín, Mosquera, Torres y Pardo: A este último inmediatamente lo reconocí como al Administrador de Correos de Cartagena. Se acercó prontamente a mí y sonriendo me saludó con un fuerte apretón de manos, al tiempo que decía: "¿Cómo está, amigo mío?".

El orden no parecía ser la máxima en estas sesiones, pues constantemente se interrumpen. Tal como ocurría en la Convención Nacional francesa, se podían encontrar aquí la montaña y la llanura ; el monte y la playa ; ya que se dividían entre liberales y conservadores. (A este último partido pertenece casi todo el clero) .

Ahora seguía la elección de una comisión que se encargaría de tratar algunos temas de importancia. Esto ocurriría durante el período de receso de la Cámara. Esta no proporcionaba muchas comodidades, por lo que era común ver a sus diputados levantarse para dirigirse a la mesa presidencial y solicitar un lápiz con el cual poder escribir el nombre de su elegido. Luego de esto, pasaba el secretario recogiendo, en una fuente de vidrio, las papeletas para proceder a su recuento.

El paseo y las visitas nos ocuparon toda la mañana, por lo que se acercaba la hora de comer. A1 pasar frente a una casa en la que colgaba un letrero que decía "Fonda", nos detuvimos a hacerlo. En Bogotá, además de las posadas, que equivalen a nuestras hospederías, se encuentran numerosos lugares que son las fondas, donde se encuentra comida y refrescos. Así fue que entramos en una habitación bastante grande en la que se veían un mesón, un mostrador y una pared llena de estantes, donde los licores y las fuentes despertaban una grata sorpresa.

Aproveché la ocasión para preparar de antemano una respuesta que resultara aceptable, así es que al serme consultado respondería con un "sí, señor". En las fondas era común una mesa de billar, la que raramente se encontraba desocupada. Siempre apuestan dinero, tanto los jugadores como los mirones. Al fondo se ven unas mesas ocupadas por jugadores de naipes. Tuve la oportunidad, incluso, de ver cómo caballeros de buena posición sacaban de sus bolsillos un naipe y empezaban a jugar. Por supuesto que en Bogotá son aficionados a los juegos --como en la mayor parte del país- y se encuentran muchas casas de juego secretas, es decir, ilegales, donde se juegan altas . sumas, que están prohibidas por el gobierno actual.

Por sobre todos esos juegos de azar emergen las riñas de gallos que se realizan, sagradamente, todos los domingos en la tarde, acá en la capital. Para ellas usan un teatro especialmente construido a tal fin. Cobran una entrada al público, cuyo valor es de medio real. Cuando se ha pasado por un grupo de charlatanes, hombres de juego y gallos cantando se llega a una verdadera pista de circo, cercada con una doble fila de palcos y una barrera de madera que separa a los espectadores del lugar de la pelea. Esta se encuentra formando un círculo menor, cubierta con fina arena. En uno de los mejores palcos está sentado el director del espectáculo, quien con una campanilla da la señal para el comienzo de cada pelea.

Cuando así ocurre, ingresan los dueños de los gallos con estos bajo el brazo. Al encuentro les salen dos tipos que con un limón rebanado, primero, y luego con agua y una toalla secan cuidadosamente las patas y el espolón o arma del gallo para así evitar las posibles puntas envenenadas. Por último amarran a las patas de los "luchadores" un afilado trozo de metal, de tres a cuatro pulgadas de largo, muy bien pulido. Los gallos están criados especialmente para estas competencias. A temprana edad les quitan la cresta y sus partes sensibles y fácilmente atacables ; incluso a algunos se les corta la cola. Son bien alimentados y los tienen en grupos para hacerlos más agresivos. A las patas se les amarra una cuerda lo que impide que se queden agarrados entre sí.

A la otra señal de la campanilla todos se alejan del ruedo e inmediatamente son soltados los gallos, a cierta distancia uno del otro. Parecen ser conscientes de que se trata de una riña de vida o muerte, por lo que durante un instante se contemplan, se estudian. En este momento se hacen casi todas las apuestas. Cuando la pelea empieza, generalmente no dura más de algunos segundos, antes que uno de ellos, o ambos, queden tirados en la pista chorreando sangre. Para asegurarse de cuál es el triunfador sus dueños los cogen y colocan uno frente al otro. Se supone que el que esté más fuerte tratará de dar el último golpe a su rival, el que procurará evitarlo.

Cuando ya ha pasado ese momento comienza la liquidación de las apuestas ; las más importantes suelen llegar a cien onzas o dieciséis piastras. Es común durante la disputa escuchar los gritos de : "Veinticinco onzas por el colorado . . . , cincuenta onzas por el negro . . . ". La pasión por este espectáculo es tal que puede verse a un esclavo negro llevar una gran bolsa repleta de onzas, con la que los dueños de los gallos hacen sus apuestas, así como también a señores del mejor linaje sacar su gallo favorito, oculto bajo unas mantas. Ese era el caso de Arrubla, un rico comerciante, extraordinariamente apasionado y que poseía una gallería con más de doscientos gallos, criados para peleadores, todos dedicados a ser masacrados en este extraño, ridículo e inhumano espectáculo.

Aparte de esto los habitantes de Bogotá no tienen ningún posible espectáculo, y aunque existe un teatro grande y bien decorado, desde la salida de los españoles no se hacen representaciones. Las únicas que pueden realizarse están en manos de grupos de estudiantes, los que, aun cuando actúan bien, tratan de reemplazar la falta de elenco en las edades y sexos por una brillante variedad de trajes.

Lo otro que podría mencionarse son las corridas de toros, aunque estas parecen haber sido deformadas en toda la república en cuanto a su naturaleza verdadera. Comparadas con las españolas, estas parecen fábulas realizadas por niños, acostumbrados a divertirse e imitar luego la presentación de un teatro móvil, o una obra destinada a entretener a los actores más que a los espectadores.

Al toro, mejor dicho al buey, se le amarra una cuerda a los cuernos y comienza a ser molestado por negros que, con pañuelos y frazadas, actúan como banderilleros, mientras que los picadores solo están armados de palos cortos, y los sonadores, o sea los petardos, se encargan de asustar un poco más al animal, acompañado esto de gritos del público y ejecutantes.

Lo mejor de todo es la resultante de que no se les puede acusar de derramar sangre, ya que cuando el torero tiene algunos problemas, basta que al animal se le cambie la dirección con un simple tirón de la cuerda amarrada a sus cuernos. En cuanto al toro, no corre peligro de que algún matador le haga su víctima : esa única posibilidad está en las manos de un carnicero común. Estas clases de corridas se llevan a efecto en la plaza mayor de Bogotá. Se comenta que están pasando de moda y quizás acaben en el total olvido.

En el centro de la referida plaza se alza una fuente de piedra. El agua se lleva hasta ella desde los cerros cercanos mediante un acueducto subterráneo. Dicha plaza tiene toda su superficie empedrada y con variedad de veredas o caminos angostos que nacen de la bella fuente. Por las veredas de mayor amplitud se deslizan profundas cunetas que aprovechando la pendiente de las calles se encargan de transportar el agua a través de la ciudad. En épocas de lluvia, como la actual, se hace imposible cruzarlas sin la ayuda de los puentes peatonales que para ello se han levantado, los cuales están ubicados en las esquinas de cada bocacalle.

Naturalmente que todo este cuadro hace que la ciudad esté limpia la mayor parte del tiempo. Comprende uno, cuando recuerda, que tenía mucha razón ese Virrey que decía : "El agua de lluvia es uno de los más nobles agentes de policía".

Varias de las calles principales tienen protección contra la lluvia mediante los techos y balcones sobresalientes de las casas. Lo otro llamativo, pese a su deficiencia, es la iluminación nocturna que se hace con los farolitos instalados en las esquinas.

Las casas cercanas al centro o a la plaza generalmente tienen dos pisos. El de abajo está ocupado por pequeños negocios, talleres o depósitos, y el superior se destina a vivienda. Hacia este se llega por anchas escaleras de piedra que conducen a galerías que miran al centro de los patios y hacia el conjunto de plantas que adornan la balaustrada. Aquí se hallan las puertas que dan acceso a las habitaciones, las cuales están compuestas por pequeñas piezas y dormitorios, el comedor y la sala.

Muy llamativos son los tapetes del piso, en su mayoría gruesos trenzados de paja, que son reemplazados, en las casas de los más pudientes y adinerados, por alfombras europeas.

Estos tapetes son considerados indispensables para protegerse del frío, que acá es persistente; suele ocurrir que el termómetro baje hasta diez grados en tiempos como el actual, es decir, de lluvias. No se ven estufas de azulejos. Las piezas están forradas con papel y en pocas casas hay tragaluces. Las ventanas no son de vidrios sino que están protegidas con rejas de madera. La única ventilación que tienen las habitaciones pequeñas es la puerta misma.

Los muebles, sin ser de gran belleza, son los más cercanos a los nuestros que haya visto en las ciudades colombianas. La sala de recepción de las visitas tiene un diseño de conjunto; se pueden ver sillones, un sofá, algunas mesas, un enorme espejo y posiblemente algunos cuadros pendiendo de las paredes color ladrillo, todo lo cual forma un esbozo que, sin ser fastuoso, es increíblemente grato para el forastero.

El clima es más bien frío. El termómetro en raras ocasiones sube de los treinta grados, lo que ayuda bastante a notar las diferencias del vestir de las personas, que parecieran depender de la sensibilidad innata y la oportunidad de mostrar la debilidad que se tiene por los colores fuertes. Al pasearme por la calle real, la principal de Bogotá, me he entretenido mirando los contrastes del vestuario, que me llevaban a pensar que mediante esa apreciación pueden encontrarse los hábitos característicos de cada zona.

Es así como puede observarse a un señor envuelto en su capa azul y cubierto con un negro sombrero muy bien puesto en su cabeza, avanzar suelto y pausadamente, al tiempo que a su lado camina un personaje cuyo sombrero de raíces livianas y saco sencillo de lino parecen dar a entender que no lo considera molesto. Para ellos tampoco tiene importancia.

En sentido contrario veo venir grupos de mujeres que traen sus cabezas libres y llevan vestidos livianos, a pie descalzo o con alpargatas, las que parecen mirar con envidia el vestuario de las damas elegantes que caminan delante de ellas. Estas últimas traen sobre sus cabelleras un sombrero, visten falda negra de seda como las medias, una mantilla y zapatos. Miro más adelante y contemplo algunas señoras que se visten a la usanza europea. El sombrero tan tradicional ha dejado su lugar a uno de gran colorido y plumas teñidas del mismo color que éste, o bien usan sombreros con flores artificiales, al tiempo que la mantilla ha sido reemplazada por una vivaz pañoleta de colores que se anuda lo mismo que las mantillas, con una de sus puntas metida bajo el sombrero, la del medio mantenida sobre el pecho y la de más abajo colgando coquetamente por la espalda..

Cerca de esas señoras veo dos especímenes, dispares entre sí. Uno brillaba por el sudor, pues vestía cuello de piel, gorro con forro y gruesas botas, y el otro se envolvía en un traje de pantalones de lino, medias de seda y zapatos. Si no fuera porque hablan el mismo idioma, tan fuerte como vulgarmente, y fuman sus tabacos con gracia nativa, podría pensarse que se está, frente a un ruso y un francés que tuvieron la ocurrencia de mostrar en este suelo sus respectivos trajes.

Pero esto no es lo único. También podían notarse las diferencias entre los oficiales, que daban pie para que cada uno tuviera ocasión de mostrar un tipo de traje ideado por su mente. En general resultaban vestidos más adecuados para los paseos callejeros en Bogotá que para llevar a la práctica una campaña por el desierto o los llanos, fuera de que el traje casi nunca va acompañado de sus armas.

Sin desear polemizar, considero que los referidos trajes están recargados de costuras, colores y adornos policromos, para lo cual hacen resaltar demasiado el oro, la plata, las medallas, los botones, etc., en una mezcla tan brillante como ridícula, a lo cual se agregan sus gorros y sombreros de tres puntas con penachos y plumas de excesivo colorido. Nunca vi a estos personajes sin pensar si esta manía de vestirse tan multicolor y brillante pudiera ser considerada como una de las consecuencias del trópico, lugar en donde se manifiesta esta variedad en los animales y las personas.

De este modo puede verse a un dragón y a un húsar sobrecargados de trenzas de plata y botones, mientras que sus largos mamelucos rojos escarlatas ven correr' dobles galones dorados hacia las horribles botas con espuelas, bajo un sombrero de tres puntas provisto de recargados penachos. Toda esta chuchería la cubre un largo plumón que el uniformado hace tambalear en el aire.

A su lado es posible que camine un representante de la infantería, que no tiene el gusto en la confección de los trajes del anteriormente reseñado. Sinembargo su colorido y diseño muestran que por lo menos ha intentado lucir tanto como su compañero.

Ante tamaña diversidad, el gobierno se vio obligado hace algún tiempo a establecer un reglamento más rígido sobre los uniformes del ejército, con el fin de impedir que cada cual se vista de acuerdo con su gusto propio y personal. Esta medida se implantó mientras yo me encontraba en Bogotá, lo que me dio ocasión de escuchar la casi unanimidad de criterios que se mostraban disconformes con ella, y muchas veces fui testigo de ' debates sobre detalles insignificantes del traje. Los más discrepantes pertenecían a los recién nombrados tenientes. Aquellos que acompañaron al Libertador en la campaña, no discutían.

 

 

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| Carl August Gosselman

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