2. Los
habitantes
La misma mezcla de rasgos europeos y extraños reflejada en la
conformación de Bogotá la encontramos también en su población. La
ruana, lo mismo que el sombrero alto de paja, accesorios tan
indispensables tanto para viajar como para uso en la vida
campestre, son prendas mal vistas para uso urbano por la alta
sociedad. Así que apenas algunos caballeros ya de edad siguen
vistiendo el antiguo manto español, habiendo adoptado la mayoría el
estilo europeo de vestir. El bogotano elegante raras veces usa
vestidos de color claro, sombreros flexibles de felpa o cómodos
sombreros livianos de paja, andando ufano, por lo general, en
vestido negro con sombrero alto. El joven elegante recién regresado
de París con un amplio surtido de vestidos de última moda, con
botines de charol, con su monóculo puesto y sus maneras afeminadas,
se parece del todo a los “dandies” de las metrópolis
nuestras.
El bogotano distinguido suele ufanarse de su ascendencia
castellana o por lo menos española. Por mezclada que esté, salvo
raras excepciones, alcanza a hacer resaltar el tipo español, en su
curiosa combinación de rasgos indogermanos y semitas. Estaturas
altas y fisonomías perfiladas son frecuentes.
También la gente de la clase media se sentiría sensiblemente
ofendida al no tenérsela por blanca, a pesar de correr por sus
venas por lo menos tanta sangre india como europea. Por lo general
son de estatura más baja y de facciones menos finas que sus
conciudadanos de jerarquía más elevada. Tratar de igualar a estos
en su modo de vestir es la debilidad de los empleados de comercio y
de los funcionarios públicos de menor categoría, que también portan
vestido negro y sombrero alto, aun con frecuencia bastante
deteriorados. Los artesanos visten ruana y sombrero de paja, lo
mismo en la ciudad que en el campo. Indumentaria y aspecto por lo
general permiten distinguir a primera vista a los hombres de las
clases alta y media. Más difícil es esto en cuanto a las mujeres a
causa de la mantilla negra, de tan extraña impresión para nosotros,
que todas ellas acostumbran ponerse alrededor de la cabeza para
salir a la calle, haciéndola pender hacia abajo por los hombros.
Para ir a misa, esta mantilla ha seguido manteniendo su condición
de prenda obligatoria. Su ingenuo reemplazo por el sombrero puesto,
de parte de unas europeas católicas, causó alguna vez el enojo del
sacerdote, con su demora subsiguiente en leer la misa mientras las
provocadoras involuntarias se quitaban el sombrero ofensivo. Las
mujeres bogotanas se someten a la prohibición del sombrero hasta
con agrado, encontrando en la mantilla el mejor recurso para
esconder su tocado incompleto y su cabellera despeinada, sin
impedir a la vez que su cara pintada y sus inquietos ojos negros se
muestren lo suficiente. Para hacer visitas o ir de compras el
sombrero a veces reemplaza a la mantilla, pero sin variar el color
negro de esta. Tan solo los domingos y en reuniones sociales las
damas se presentan en extravagantes vestidos de origen
parisiense.
Naturalmente se me ha preguntado con frecuencia por la belleza
de las jóvenes bogotanas. Pero de gustos no hay disputa. Algunos de
nuestros paisanos han caído prisioneros de sus ojos y de otros
encantos. A mí, las bogotanas del gran mundo con su cara pintada y
su cabellera negra que baja hasta llegar a tapar los ojos, no me
han parecido especialmente atractivas. Tan solo algunas de ellas,
individualmente consideradas, me merecerían la calificación de
bella o bonita. A los catorce años son muchachas casaderas, para
resultar belleza pasada ya a los treinta la mayoría de las veces.
Son mucho más frecuentes las estaturas esbeltas y las caras bonitas
entre las muchachas del pueblo, de origen indio más o menos puro.
El presumirnos poseyendo el monopolio de la perfección corpórea, no
es más que orgullo indogermánico injustificado. De los abusos de la
moda, tan generalizados entre la alta sociedad, estas muchachas
indias se han mantenido ajenas todavía. Polvos y cosméticos les son
desconocidos. La larga cabellera negra se lleva partida sobre la
frente, para caer en dos trenzas hasta la cintura. Su vestido
sencillo es de estampado de algodón. Dentro de la casa suelen andar
descalzas, mientras que para la calle calzan alpargatas. Por
cierto, también en ellas la flor de la vida se marchita pronto.
Las mujeres entradas en edad son deformes, su voz es áspera y
chillona, sus movimientos ordinarios y toscos. No contentas con
cigarrillos, como las damas de alta sociedad, fuman tabacos, a
menudo metiendo la punta encendida boca adentro, en busca de mayor
goce. De la cabeza dejan colgar la manta, un pañolón, por lo
general de color oscuro al igual que la falda y, para completar,
encima de la manta se ponen un pequeño sombrero de paja, a menudo
sucio y roto.
Los hombres suelen perder la flor de su juventud aún antes.
Muchas caras bonitas se observan en los niños de las clases pobres,
mal vestidos, a menudo solamente envueltos en harapos. Pero ya en
sus años de mocedad empiezan a sobresalir en ellos los rasgos
característicos del indio chibcha, feos a nuestro modo de ver. De
estatura pequeña y débil por lo general, tienen una frente baja,
pómulos salientes, nariz aplanada y chata, con su raíz casi a nivel
de los ojos, estos pequeños y angostos, piel de color amarillo
oscuro, barba muy escasa. En resumen, la cara reúne todas las
características del conocido tipo mongólico. El cabello de color
negro, por lo general tieso y denso, de preferencia se peina hacia
adelante para cortarlo apenas encima de las
cejas.
Al describírsenos los representantes de la clase baja como
indios puros, a lo sumo, como indios mezclados con blancos, por
cierto no hemos de pensar en los héroes de cabeza adornada de
plumas que recordamos de nuestros cuentos juveniles sobre los
indios de América del Norte como listos a descabellar en el acto a
cualquier humano que cruzara en su camino. Los de aquí son
bonachones inofensivos, de idiomas y costumbres dejados muy atrás y
capaces de dirigirse al viajero en lengua española. Acostumbran
arrodillarse humildemente ante el crucifijo. Han cambiado el adorno
de plumas por el sombrero de paja. Llevan ruana coloreada encima de
la camisa y pantalón común y corriente, tal vez manufacturados en
Alemania. Si no van descalzos, usan alpargatas, y, sobre todo,
exhiben las perfectas huellas de la falta de
aseo.
En toda calle bogotana nuestra vida suele tropezar con tipos
llamativos pertenecientes a la clase inferior. Ahí tenemos los
aguadores y aguadoras, llevando a las espaldas el agua desde las
pilas públicas a las habitaciones, en enormes receptáculos de
barro. Hay pobres diablos harapientos, simplemente llamados peones,
parecidos a nuestros antiguos mozos de cuerda, esperando cualquier
encargo. Otros ya pasan con cajones pesados al hombro, trasteando
muebles en parihuela. Numerosos mendigos están sentados en el andén
a lo largo de los muros de las iglesias, exhibiendo toda clase de
úlceras y otras lesiones, hasta las más repugnantes, con el
propósito de acentuar así su dependencia de la limosna implorada y
tratando de esta manera de convertir en medio para lograr otro fin
distinto, las deplorables consecuencias producidas por su estado de
abandono completo. Allí observamos una cuadrilla de penitenciarios
ocupados en barrer la calle o dedicados a otros oficios similares.
Para custodiarlos están circundados por un número casi igual de
soldados, por lo general indios de Boyacá, muy jovencitos, de unos
14 a 15 años, y apenas capaces de cargar su fusil. Su uniforme es
una imitación del que usan los franceses, pero encontrándose a
menudo en estado deshilachado. Para cubrir la cabeza se suministran
quepis, pero a falta de protección suficiente contra el sol, se
prefiere el sombrero de paja, con el quepis puesto encima. Su
manera de marchar y su porte dejan mucho que desear. En un todo,
entre la presentación de los soldados y la de sus custodiados
apenas hay diferencia, prevaleciendo además un trato amigable entre
unos y otros. Los oficiales, que provienen generalmente de la clase
media, apenas se señalan por la impresión de inteligentes y
distinguidos. Andan a menudo vestidos de civiles, portando como
distintivos profesionales solamente su gorra y, de servicio, su
espada.
Con esta descripción hemos generalizado los grupos de gente que
más llaman nuestra atención en las calles bogotanas. El lector
conocedor de Buenos Aires o Valparaíso tal vez echará de menos toda
referencia a los extranjeros. En realidad, su número es
insignificante. Así pues, de alemanes, mujeres y niños
comprendidos, no hay más de 40 a 60 almas, comerciantes en su
mayoría, profesores y artesanos los demás. La colonia inglesa,
menos numerosa aún, está mas dispersa. En cambio, los residentes
franceses e italianos son un poco mayores en número, aquellos de
profesión modistos, peluqueros, ebanistas y otros por el estilo y
estos de preferencia latoneros y zapateros. Cada extranjero de
posición es conocido de vista en todo Bogotá. Cada recién llegado
se considera un fenómeno, siendo mirado con una boca abierta como
tal, hasta transformarse en personaje de relieve dentro del
repertorio callejero bogotano.
Difícil es formarse una idea sobre la cuantía de la población
metropolitana. Los censos realizados en determinadas épocas
extrañan por los resultados tan extremamente diferentes entre sí
como de lo vivo a lo pintado. A eso de 1800 se informa de 20 a 30
mil habitantes; los censos nacionales posteriores dan resultados:
en 1843 los 40.086, en 1851 29.649 y en 1870 40.083 moradores. En
cambio, los informes del gobierno de Cundinamarca, denuncian para
los años de 1881-1883 de golpe un total de 90.000 habitantes. Tal
aumento al doble, producido en el curso de solo diez años, sería
algo nunca oído, ni en el desarrollo de los centros industriales y
las urbes nuestras, ni en las de los Estados Unidos. Además,
semejante crecimiento habría de reflejarse en el plano de la
ciudad, el cual, sin embargo, denuncia una expansión apenas digna
de mencionarse. Así, probablemente estamos en presencia de errores
cometidos en uno de los censos comprendidos o, tal vez, en ambos.
Para motivar nuestras dudas en cuanto al censo nacional, el más
antiguo de los dos, se podría evocar el recelo, muy común entre
toda gente carente de instrucción, de someterse al censo. Pero
también cabe la posibilidad de que el gobierno del Estado de
Cundinamarca hubiera exagerado el número de habitantes capitalinos,
sea sucumbiendo a una vanidad infantil o persiguiendo fines
políticos, por ejemplo, el de aumentar así el número de sus
delegados al congreso. A efecto de esto último, cabe recordar que,
hace un par de años, el gobierno nacional, para resolver una
situación por el estilo, se vio precisado a anular el censo del
Estado de Bolívar.
Por lo tanto, para formar nuestro juicio en cuanto al número de
habitantes de la capital, no nos quedará más remedio que el de
guiamos por la extensión de su superficie y las características
inherentes a su uso. Al efecto tenemos que la longitud en dirección
norte-sur, medida desde San Diego hasta las Cruces, es de unos tres
kilómetros. Relacionándola con el ancho de dos kilómetros,
comprobado en su punto máximo, llegamos a una extensión de
superficie de unos 4 a 5 kilómetros cuadrados. En nuestra búsqueda
de más puntos de apoyo para nuestro cómputo, recordamos que las
grandes urbes alemanas están dando albergue para 20 a 30 mil
habitantes por kilómetro cuadrado, desde luego teniendo en cuenta
los cuatro a cinco pisos cubiertos por el mismo techo de la mayoría
de las edificaciones, incluyendo el piso bajo y el subterráneo
habitado.
En cambio, Bogotá tiene apenas medio kilómetro cuadrado ocupado
por casas de dos pisos, siendo las demás de uno solo y, a excepción
de los ranchos en los suburbios, de construcción bien esparcida. No
obstante, nuestro cálculo pecaría por incompleto si dejáramos sin
considerar el hecho favorable al mayor resultado de que el total de
personas que ocupan una habitación de igual número de piezas, es
mayor aquí que entre nosotros. Armonizando todos estos factores,
creo no equivocarme mucho al estimar que Bogotá tendrá
aproximadamente la mitad de habitantes por unidad de superficie que
la urbe alemana, o sea un total de 50 a 60 mil
almas.
Ahora recordamos las tres grandes capas sociales que nuestro
vistazo nos ha enseñado como componentes de la población bogotana,
tales como las encontramos en la calle, por cierto sin observar
líneas divisorias muy marcadas entre sí. Notable nos parece que
estas capas sociales también correspondan a tres grupos etnológicos
diferentes, pero dominando la raza blanca en la alta sociedad y la
sangre india en las esferas bajas, quedando formada la clase media
por una mezcla, más o menos por partes iguales entre las dos. Esta
composición de las clases por razas hoy no tiene base legal alguna,
atribuyéndose su origen a una herencia conservada desde la época
colonial, cuyas huellas no se hallan del todo borradas, si bien se
encuentran indios de sangre pura en la clase alta lo mismo que
castellanos de pura cepa en la hez del pueblo. Los descendientes de
raza blanca se ufanan de su linaje español, especialmente en su
trato con europeos. En cambio, al pueblo común se le ha ido
perdiendo casi por completo toda conciencia racista. Como indio
generalmente se califica, de manera despreciativa, al campesino
pobre, mientras, pronunciado por boca de este, el mismo apelativo
circunscribe a los indios bravos aquellos todavía no tocados por la
civilización que, hablando su lengua propia, siguen viviendo en las
planicies calurosas cubiertas de selva, lo mismo que en algunos
rincones montañosos.
Así las cosas, quedará naturalmente harto difícil obtener datos
fidedignos sobre la composición etnológica de la población
bogotana. Sería tarea digna de una comisión integrada por expertos
imparciales, por ejemplo de médicos. Pero a falta de tal estudio,
considero más confiables los resultados de mis propias
observaciones, corroborados por las de amigos, que las conjeturas
inspiradas por la vanidad nacional de escritores colombianos,
acogidas también en libros publicados por ingenuos alemanes. A
diferencia del 50% que estas indican, considero que tan solo el 15%
puede calificarse de gente de raza blanca, probablemente tampoco
del todo libre de mezcla con sangre india, pero quedando esta en
proporción insignificante para el caso. De negros y zambos no hay
sino entre el 1 y el 2 por ciento, componiéndose el remanente de
cholos, o sea una mezcla entre indios y blancos, y de indios puros
o casi puros, por partes iguales más o
menos.
Los apellidos son de origen español y, a veces, vasco. Los de
origen indio, muy frecuentes para denominar lugares, no parecen
existir como apellidos humanos.
De gran interés sería que un experto en costumbres españolas se
pusiera a investigar estos nombres por su lado estadístico, para
ordenarlos por sus provincias de origen, a fin de poder valorar así
la influencia que sobre el desarrollo de las colonias españolas han
tenido los nuevos colonos de acuerdo con su procedencia. Una fusión
peculiar de nombres, apta para desorientar al extranjero
desentendido, tiene lugar con el casamiento. La mujer conserva su
apellido de soltera aun después de contraer matrimonio, añadiéndole
por medio de la preposición “de” el apellido del esposo.
Así, Manuela Uribe de González es una señora apellidada Uribe,
casada con un señor González. Por el contrario, el hijo de ellos
agrega a su apellido paterno el de su madre, sea completo o
mediante la mera sigla, por ejemplo: Eusebio González Uribe (o
González U.). Así hermanos y hermanas quedan fácilmente
distinguibles de parientes más lejanos, o de meros tocayos o
tocayas, a no ser que ambos padres de unos y otros tuvieran los
mismos apellidos. Esta usanza no refleja de inmediato la existencia
del vínculo matrimonial, tal como lo hace la adopción del apellido
del esposo por parte de su cónyuge en otras
partes.
Los nombres por lo general son derivados de los santos del
calendario o de personajes notables griegos o romanos. Al efecto,
no deja de parecernos curioso oír llamarse a los tipos más comunes
Don Milciades, Don Aristides, Don César, etc. Pues el nombre, en
vez del apellido, se usa en el contacto común con otra gente, aun
de relaciones superficiales, y aun para dirigírseles en la tercera
persona, anteponiéndose en este caso el “Don”, excepto en
trato de confianza, o de referirse a los peones de la clase baja.
Con menos frecuencia se usa el calificativo de “Doña”,
quedando este reemplazado por “mi señora”, “mi
señorita” o del todo suprimido, para llamarse por su nombre
tanto a señoras casadas como a señoritas. Esta costumbre desde
luego, suele asombrarnos, en cierto modo, a los habitantes de los
países septentrionales, especialmente en vista de los nombres
peculiares propios de muchas colombianas. ¿Qué diría, por ejemplo,
una señora alemana al ser llamada de parte de un joven cualquiera,
como Rosario (Rosenkranz), Constitución (Verfassung), Concepción
(Empfängnis), Mercedes (Gnade) o con otro nombre por el
estilo?
La nobleza, abolida como casta con la independencia, hoy tampoco
sigue existiendo en la vida nacional, lo mismo que los títulos no
son objeto de tanto abuso como entre nosotros, excepción hecha de
aquellos de general y doctor, que se oyen con frecuencia. Pues
doctor no es solamente el médico, sino también abogado y político
cualquiera lo es, a la vez que es general quien en una de las
revoluciones logró poner en pie unos cien hombres. Así que un
colombiano radical, con aire triunfante, alguna vez me expuso que,
de llegar a Colombia, el Emperador Guillermo no sería más que Don
Guillermo, a lo que yo, en burla, le respondí que, a mi modo de
ver, por lo menos le correspondería el título de general. Tampoco
al presidente se le trata sino de señor general o señor doctor,
según el caso, correspondiéndole el calificativo de El Ciudadano
Presidente tan solo en relación con sus funciones
oficiales.
En cuanto a la calificación de profesiones o del trabajo muy
poco se observa en Bogotá, siendo la mayoría de los comerciantes a
la vez hacendados, al igual que muchos abogados y médicos. Para
vigilar las labores más importantes, sea las cosechas, o la
inspección de la ganadería y del efectivo de caballos, van a sus
haciendas una o dos veces al año. El hombre más acaudalado, con
propiedades de varias millas cuadradas de extensión y con sus
relaciones comerciales directas con casas europeas, no considera
indigno el atender personalmente la clientela en el mostrador de su
almacén abierto que mantiene en la ciudad. Ni los asuntos
gubernamentales ni el cargo de juez, requieren preparación o
carrera especial alguna. Lo mismo que en los Estados Unidos de
América y en otras repúblicas, tanto el presidente como los
ministros y demás funcionarios para asumir su cargo con frecuencia
abandonan su mostrador, su consultorio médico o el plantel, para
regresar a tales actividades una vez cumplido su período. Pero
igual que en aquellos países, también aquí entre la gente más
acomodada y mejor preparada es notoria la aversión a los cargos
públicos, a los cuales, en cambio, de preferencia se sienten
impulsados determinados abogados y políticos profesionales, que
podríamos clasificar como el proletariado de esa capa superior. Es
gente sin propiedad raíz ni de otros bienes que, en lugar de
dedicarse a cualquier otro oficio, se mete en política, esperando
que alguna revolución le gane supremacía a su partido, con un buen
cargo público como recompensa personal y buscando mientras tanto su
sustento en la acumulación de deudas o entregándose al
juego.
La costumbre de aprender un oficio para ejecutarlo de por vida,
tampoco entre las gentes de las capas sociales inferiores tiene
mucho arraigo. En cambio, se vive conforme las oportunidades se
presentan, trabajando ora de arriero o de mensajero en los caminos,
ora de recolector de corteza de quina en la selva, ora de albañil
en una obra o de empacador o transportador de mercancías en un
almacén. Asimismo suelen colocarse de sirvientes en casas de
habitación o andar completamente ociosos.