INDICE





PRÓLOGO

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

VIAJES POR LOS ANDES COLOMBIANOS

I - DE LA COSTA A BOGOTÁ

CAPÍTULO I
En el Istmo de Panamá. Arribo a Colón. Viajes por el istmo, antes y hoy. Carácter del paisaje. El canal interoceánico. Panamá. Vista sobre el Océano Pacífico

CAPÍTULO II
En el litoral septentrional. Travesía del golfo del Darién. Cartagena. Arribo a Sabanilla (Salgar). Por ferrocarril a Barranquilla. La ciudad y sus habitantes. Historia e importancia de Barranquilla

CAPÍTULO III
En el río Magdalena. Champanes. Historia de la navegación fluvial. Partida. Estructura e instalación de un vapor del Magdalena. Tripulación y pasajeros. Un día a bordo. Paradas. El río Magdalena y su cauce. El caudal de agua. El cauce cambia de rumbo.

CAPÍTULO IV
Ascenso a la altiplanicie de Bogotá. Comienzo. Ruinas de un ferrocarril. La primera posada. Panorama de la Cordillera Central. Guaduas. Paisanos alemanes. Cambio de aspecto del paisaje. Villeta. Chimbe y Agualarga. Una carretera. Los Manzanos. Atravesando

II - BOGOTÁ Y LOS BOGOTANOS

CAPÍTULO I
La ciudad. Fundación y nombre. Ubicación. Elevación y vista sobre la montaña. Vista panorámica de Bogotá desde la cima; plano ajedrezado de la ciudad. Las calles. Disposición concéntrica. Las orillas de los riachuelos. Suburbios. Paseando la ciudad.

CAPÍTULO II
Los habitantes. Tipos de caballeros y su indumentaria. Las damas. Hombres y mujeres del pueblo. Tipos especiales. Los extranjeros. Número de habitantes. Clases sociales y composición etnográfica de la población. Apellidos y nombres. Nobleza y títulos.

CAPÍTULO III
Las clases elevadas. Descripción de una habitación y su instalación. Alimentación. Transcurso del día para los caballeros, las damas y los niños. Vida social. Diversiones y viajes  

CAPÍTULO IV
Las clases media e inferior. La clase media: habitación, ingresos, etc. La clase baja: habitación, instrucción y comportamiento, ingresos, situación social  

CAPÍTULO V
Clima e higiene. Temperatura y precipitaciones atmosféricas. Enfermedades que predominan. Médicos y farmacias. Higiene pública. Epidemias de viruela  

CAPÍTULO VI
Conexiones de Bogotá con el mundo. Su ubicación en la montaña. Viajeros. Movimiento de carga. Comunicaciones postales y telegráficas. Ideas sobre un traslado de la capital. Proyectos ferroviarios  

CAPÍTULO VII
Comunicaciones y comercio. Tráfico. El mercado. Variedades. Tiendas. Restaurantes y hoteles. Artesanía. Industrias. Almacenes. Comercio  

CAPÍTULO VIII
La vida intelectual, política y eclesiástica. Instrucción pública. Aislamiento intelectual de Bogotá. Retraso de la vida intelectual. Museos, etc. Arte, literatura y ciencias. Política. Vida religiosa y fiestas  

III - VIDA DE VIAJERO
Objeto y planeación de los viajes. Área recorrida. Literatura para el viajero. Información verbal. Excursiones a pie. Mula y caballo. Equipaje. Precio de los animales. ¿Tomarlos en alquiler o adquirirlos en propiedad? Guías y ayudantes.

IV - ESTAMPAS DE LA CORDILLERA DE BOGOTÁ

CAPÍTULO I
Estructura de la montaña y niveles de altura. Conformación geológica del terreno. Regiones de altura  

CAPÍTULO II
El paisaje civilizado. Tipo y belleza del paisaje. Arborescencia primitiva. Transformación del reino vegetal y animal por el hombre. Relación entre la altura y las plantas cultivables. Caña de azúcar. Café. Cacao. Añil. Tabaco. Ganadería.

CAPÍTULO III
El monte. Comparación con el bosque alemán y con la arborescencia de la tierra baja tropical. Impresión del paisaje. Dificultad de la exploración geográfica y geológica. Vientos y nieblas. Estado de los caminos. Lo que produce la selva.

CAPÍTULO IV
El páramo. Contornos y suelo de las cumbres. Condiciones atmosféricas. Vegetación. Vida de los moradores. Disposición anímica del viajero. Visita al Tablazo  

CAPÍTULO V
La altiplanicie de Bogotá. Panorama. En la remota antigüedad era una laguna. Alturas que la bordean. Las lagunas de Guatavita, de Guasca y de Suesca. Vegetación y cultivos. Desarrollo de la civilización  

CAPÍTULO VI
El Salto de Tequendama. Su fama. El camino de ida. La vista del Salto. Altura. La vegetación. Su origen  

CAPÍTULO VII
Fusagasugá y el puente natural de Pandi. Descenso a Fusagasugá. La planicie de Fusagasugá, una terraza de acarreo. El camino a Pandi. El puente natural y su origen  

CAPÍTULO VIII
El valle del río Bogotá. La laguna de Pedropalo. La vista desde Tena. La Mesa. El camino a Tocaima. De Tocaima a Peñalisa. El puente cerca de Girardot y el ferrocarril  

CAPÍTULO IX
Reino mineral y empresas industriales. El yacimiento de sal mineral de Zipaquirá. El monopolio de la sal. El carbón. La ferrería de Pacho. La ferrería de Subachoque. La curtimbre y fábrica de calzado de Agualarga. Situación del obrero alemán.  

CAPÍTULO X
Haciendas y estancias. Tierra baldía y distribución de la propiedad. Economía de las estancias. Economía de las haciendas. Construcciones rurales. El terrateniente. Relaciones laborales. Modo de vivir, instrucción y carácter de los campesinos  

CAPÍTULO XI
En una ciudad de provincia. Las localidades. Su origen, denominación y carácter. Su ubicación y planeación. Casas y calles. Particularidades históricas y climáticas. El tráfico. Condiciones sociales. Administración y política locales. El comercio. Fiestas

V - VIAJE A TRAVÉS DE LA CORDILLERA CENTRAL

CAPÍTULO I
La vertiente oriental de la Cordillera Central. Paisaje de conformación tobácea arriba de Honda. Paisaje de la Cordillera Central. Minería y pueblos. Huellas volcánicas cerca de Manzanares. La Picona. El páramo de Herveo  

CAPÍTULO II
En el valle del Cauca. Vista al valle del Cauca. Salamina. Comida antioqueña. Fuentes de aguas salinas. Un guardapuente alemán. El río Cauca. El distrito minero de Marmato y Supía. Carácter de las poblaciones de Riosucio, Quinchía y Ansermaviejo.

CAPÍTULO III
El páramo del Ruiz y Ambalema. Una vía carreteable. Un lodazal. Exhalaciones sulfurosas. Noches y excursiones en el páramo. Nieve y glaciares. Descenso por Líbano y Lérida a Ambalema. Cultivo de tabaco. Regreso a Bogotá

CAPÍTULO IV
Minas de oro y de plata. Clases de gangas y filones. Métodos de extracción y explotación. Aluviones auríferos. Extracción hidráulica  

CAPÍTULO V
Tumbas indias y antigüedades. En búsqueda de guacas. Sus diferentes formas. Significación científica

VI - UNA EXCURSIÓN A LOS LLANOS
Estaciones. El camino de Bogotá a Villavicencio. Primer vistazo a los llanos. Villavicencio. La selva de la planicie. A caballo a través de la llanura. La hacienda “Los Pavitos”. Los llaneros. Cultivos y ganadería. Perspectivas culturales de los llanos.

VII - VIAJES POR SANTANDER Y BOYACÁ

CAPÍTULO I
La laguna de Fúquene y las minas de esmeraldas de Muzo. La salina de Tausa. Paisaje cerca de Ubaté. Navegando por la laguna de Fúquene. Su profundidad y tentativas de desaguarla. Un santuario. Muzo. Esmeraldas y mariposas. La mina de cobre de Moniquirá.

CAPÍTULO II
De Vélez a Bucaramanga. Vélez. Formaciones calcáreas. Cresta de montaña y meseta a orillas del río Suárez. El valle de Sube. A través de la Mesa de Jéridas a Piedecuesta y Bucaramanga. Panorama desde el alto de Gualilo. Excursión a Montebello.

CAPÍTULO III
La tierra montañosa de Tunja y Sogamoso. Caminos de Bogotá a Tunja. El campo de la batalla de Boyacá. Carretera y ferrocarril. Tunja. La ferrería de Samacá. Paipa, Duitama, Santa Rosa, Belén. Caminos a Santander. La laguna de Tota. La sabana de Sogamoso.

CAPÍTULO IV
La Sierra Nevada del Cocuy. El valle del río Sogamoso. La Sierra Nevada. Epoca para visitarla. Primera vista. El Pan de Azúcar. Vista de toda la sierra. Un pequeño glaciar. El ala norte de la sierra. El límite de las nieves perpetuas asciende.

CAPÍTULO V
Cúcuta. Minería en La Baja y Vetas. Pamplona. La penitenciaría. El camino a Cúcuta. Entrada a la ciudad. Terremotos. Arquitectura. Almacenes. Clima. Fiebre. Importancia comercial. Comunicaciones. El ferrocarril. La colonia alemana.

CAPÍTULO VI
En el río Zulia y en el lago de Maracaibo. Realización de las bestias en San Cristóbal. Por ferrocarril a Puerto Villamizar. Navegando en vapor por el río Zulia. El lago de Maracaibo. La ciudad de Maracaibo y sus alrededores.

VIII - DESARROLLO HISTÓRICO Y SITUACIÓN ACTUAL

CAPÍTULO I
La conquista española, la época colonial y la guerra de la independencia. El comienzo de la historia de Colombia. La conquista del país por los españoles. La formación política de la colonia. Política colonial española. Composición de la población.

CAPÍTULO II
La República de Nueva Granada. Relaciones con los Estados europeos. Composición de la nación. No hay motivo para conflictos internacionales. Carácter de la historia de Colombia. Sucesos entre 1830 y 1858. Liquidación de la República.

CAPÍTULO III
Los Estados Unidos de Colombia. La constitución de Rionegro: relación entre la nación y los Estados individuales; composición del gobierno nacional. Funcionarios y jueces. Aspectos progresistas. Leyes relativas a la política eclesiástica.

CAPÍTULO IV
La situación económica y el nivel cultural de Colombia. La escasa y dispersa población. Aprovechamiento de la selva. Agricultura, minería, industria. Importación y exportación. Escasez de bienestar. Distribución de la propiedad.

CAPÍTULO V
La posición del extranjero en Colombia. Nacionalidad y profesiones de los extranjeros. Ventajas y privaciones. Sus méritos para con Colombia. Actitud de los colombianos hacia los extranjeros. Posibilidades de incrementar la inmigración alemana
2.  Los habitantes 
 

 

La misma mezcla de rasgos europeos y extraños reflejada en la conformación de Bogotá la encontramos también en su población. La ruana, lo mismo que el sombrero alto de paja, accesorios tan indispensables tanto para viajar como para uso en la vida campestre, son prendas mal vistas para uso urbano por la alta sociedad. Así que apenas algunos caballeros ya de edad siguen vistiendo el antiguo manto español, habiendo adoptado la mayoría el estilo europeo de vestir. El bogotano elegante raras veces usa vestidos de color claro, sombreros flexibles de felpa o cómodos sombreros livianos de paja, andando ufano, por lo general, en vestido negro con sombrero alto. El joven elegante recién regresado de París con un amplio surtido de vestidos de última moda, con botines de charol, con su monóculo puesto y sus maneras afeminadas, se parece del todo a los “dandies” de las metrópolis nuestras. 

El bogotano distinguido suele ufanarse de su ascendencia castellana o por lo menos española. Por mezclada que esté, salvo raras excepciones, alcanza a hacer resaltar el tipo español, en su curiosa combinación de rasgos indogermanos y semitas. Es­taturas altas y fisonomías perfiladas son frecuentes. 

También la gente de la clase media se sentiría sensiblemente ofendida al no tenérsela por blanca, a pesar de correr por sus venas por lo menos tanta sangre india como europea. Por lo general son de estatura más baja y de facciones menos finas que sus conciudadanos de jerarquía más elevada. Tratar de igualar a estos en su modo de vestir es la debilidad de los empleados de comercio y de los funcionarios públicos de menor categoría, que también portan vestido negro y sombrero alto, aun con frecuencia bastante deteriorados. Los artesanos visten ruana y sombrero de paja, lo mismo en la ciudad que en el campo. Indumentaria y aspecto por lo general permiten distinguir a primera vista a los hombres de las clases alta y media. Más difícil es esto en cuanto a las mujeres a causa de la mantilla negra, de tan extraña impresión para nosotros, que todas ellas acostumbran ponerse alrededor de la cabeza para salir a la calle, haciéndola pender hacia abajo por los hombros. Para ir a misa, esta mantilla ha seguido manteniendo su condición de prenda obligatoria. Su ingenuo reemplazo por el sombrero puesto, de parte de unas europeas católicas, causó alguna vez el enojo del sacerdote, con su demora subsiguiente en leer la misa mientras las provocadoras involuntarias se quitaban el sombrero ofensivo. Las mujeres bogotanas se someten a la prohibición del sombrero hasta con agrado, encontrando en la mantilla el mejor recurso para esconder su tocado incompleto y su cabellera despeinada, sin impedir a la vez que su cara pintada y sus inquietos ojos negros se muestren lo suficiente. Para hacer visitas o ir de compras el sombrero a veces reemplaza a la mantilla, pero sin variar el color negro de esta. Tan solo los domingos y en reuniones sociales las damas se presentan en extravagantes vestidos de origen parisiense. 

Naturalmente se me ha preguntado con frecuencia por la belleza de las jóvenes bogotanas. Pero de gustos no hay disputa. Algunos de nuestros paisanos han caído prisioneros de sus ojos y de otros encantos. A mí, las bogotanas del gran mundo con su cara pintada y su cabellera negra que baja hasta llegar a tapar los ojos, no me han parecido especialmente atractivas. Tan solo algunas de ellas, individualmente consideradas, me merecerían la calificación de bella o bonita. A los catorce años son muchachas casaderas, para resultar belleza pasada ya a los treinta la mayoría de las veces. Son mucho más frecuentes las estaturas esbeltas y las caras bonitas entre las muchachas del pueblo, de origen indio más o menos puro. El presumirnos poseyendo el monopolio de la perfección corpórea, no es más que orgullo indogermánico injustificado. De los abusos de la moda, tan generalizados entre la alta sociedad, estas muchachas indias se han mantenido ajenas todavía. Polvos y cosméticos les son desconocidos. La larga cabellera negra se lleva partida sobre la frente, para caer en dos trenzas hasta la cintura. Su vestido sencillo es de estampado de algodón. Dentro de la casa suelen andar descalzas, mientras que para la calle calzan alpargatas. Por cier­to, también en ellas la flor de la vida se marchita pronto. Las mujeres entradas en edad son deformes, su voz es áspera y chillona, sus movimientos ordinarios y toscos. No contentas con cigarrillos, como las damas de alta sociedad, fuman tabacos, a menudo metiendo la punta encendida boca adentro, en busca de mayor goce. De la cabeza dejan colgar la manta, un pañolón, por lo general de color oscuro al igual que la falda y, para completar, encima de la manta se ponen un pequeño sombrero de paja, a menudo sucio y roto. 

Los hombres suelen perder la flor de su juventud aún antes. Muchas caras bonitas se observan en los niños de las clases pobres, mal vestidos, a menudo solamente envueltos en harapos. Pero ya en sus años de mocedad empiezan a sobresalir en ellos los rasgos característicos del indio chibcha, feos a nuestro modo de ver. De estatura pequeña y débil por lo general, tienen una frente baja, pómulos salientes, nariz aplanada y chata, con su raíz casi a nivel de los ojos, estos pequeños y angostos, piel de color amarillo oscuro, barba muy escasa. En resumen, la cara reúne todas las características del conocido tipo mongólico. El cabello de color negro, por lo general tieso y denso, de preferencia se peina hacia adelante para cortarlo apenas encima de las cejas. 

Al describírsenos los representantes de la clase baja como indios puros, a lo sumo, como indios mezclados con blancos, por cierto no hemos de pensar en los héroes de cabeza adornada de plumas que recordamos de nuestros cuentos juveniles sobre los indios de América del Norte como listos a descabellar en el acto a cualquier humano que cruzara en su camino. Los de aquí son bonachones inofensivos, de idiomas y costumbres dejados muy atrás y capaces de dirigirse al viajero en lengua española. Acostumbran arrodillarse humildemente ante el crucifijo. Han cambiado el adorno de plumas por el sombrero de paja. Llevan ruana coloreada encima de la camisa y pantalón común y corriente, tal vez manufacturados en Alemania. Si no van descalzos, usan alpargatas, y, sobre todo, exhiben las perfectas huellas de la falta de aseo. 

En toda calle bogotana nuestra vida suele tropezar con tipos llamativos pertenecientes a la clase inferior. Ahí tenemos los aguadores y aguadoras, llevando a las espaldas el agua desde las pilas públicas a las habitaciones, en enormes receptáculos de barro. Hay pobres diablos harapientos, simplemente llamados peones, parecidos a nuestros antiguos mozos de cuerda, esperando cualquier encargo. Otros ya pasan con cajones pesados al hombro, trasteando muebles en parihuela. Numerosos mendigos están sentados en el andén a lo largo de los muros de las iglesias, exhibiendo toda clase de úlceras y otras lesiones, hasta las más repugnantes, con el propósito de acentuar así su dependencia de la limosna implorada y tratando de esta manera de convertir en medio para lograr otro fin distinto, las deplorables consecuencias producidas por su estado de abandono completo. Allí observamos una cuadrilla de penitenciarios ocupados en barrer la calle o dedicados a otros oficios similares. Para custodiarlos están circundados por un número casi igual de soldados, por lo general indios de Boyacá, muy jovencitos, de unos 14 a 15 años, y apenas capaces de cargar su fusil. Su uniforme es una imitación del que usan los franceses, pero encontrándose a menudo en estado deshilachado. Para cubrir la cabeza se suministran quepis, pero a falta de protección suficiente contra el sol, se prefiere el sombrero de paja, con el quepis puesto encima. Su manera de marchar y su porte dejan mucho que desear. En un todo, entre la presentación de los soldados y la de sus custodiados apenas hay diferencia, prevaleciendo además un trato amigable entre unos y otros. Los oficiales, que provienen generalmente de la clase media, apenas se señalan por la impresión de inteligentes y distinguidos. Andan a menudo vestidos de civiles, portando como distintivos profesionales solamente su gorra y, de servicio, su espada.  

Con esta descripción hemos generalizado los grupos de gente que más llaman nuestra atención en las calles bogotanas. El lector conocedor de Buenos Aires o Valparaíso tal vez echará de menos toda referencia a los extranjeros. En realidad, su número es insignificante. Así pues, de alemanes, mujeres y niños comprendidos, no hay más de 40 a 60 almas, comerciantes en su mayoría, profesores y artesanos los demás. La colonia inglesa, menos numerosa aún, está mas dispersa. En cambio, los residentes franceses e italianos son un poco mayores en número, aquellos de profesión modistos, peluqueros, ebanistas y otros por el estilo y estos de preferencia latoneros y zapateros. Cada extranjero de posición es conocido de vista en todo Bogotá. Cada recién llegado se considera un fenómeno, siendo mirado con una boca abierta como tal, hasta transformarse en personaje de relieve dentro del repertorio callejero bogotano. 

Difícil es formarse una idea sobre la cuantía de la población metropolitana. Los censos realizados en determinadas épocas extrañan por los resultados tan extremamente diferentes entre sí como de lo vivo a lo pintado. A eso de 1800 se informa de 20 a 30 mil habitantes; los censos nacionales posteriores dan resultados: en 1843 los 40.086, en 1851 29.649 y en 1870 40.083 moradores. En cambio, los informes del gobierno de Cundinamarca, denuncian para los años de 1881-1883 de golpe un total de 90.000 habitantes. Tal aumento al doble, producido en el curso de solo diez años, sería algo nunca oído, ni en el desarrollo de los centros industriales y las urbes nuestras, ni en las de los Estados Unidos. Además, semejante crecimiento habría de reflejarse en el plano de la ciudad, el cual, sin embargo, denuncia una expansión apenas digna de mencionarse. Así, probablemente estamos en presencia de errores cometidos en uno de los censos comprendidos o, tal vez, en ambos. Para motivar nuestras dudas en cuanto al censo nacional, el más antiguo de los dos, se podría evocar el recelo, muy común entre toda gente carente de instrucción, de someterse al censo. Pero también cabe la posibilidad de que el gobierno del Estado de Cundinamarca hubiera exagerado el número de habitantes capitalinos, sea sucumbiendo a una vanidad infantil o persiguiendo fines políticos, por ejemplo, el de aumentar así el número de sus delegados al congreso. A efecto de esto último, cabe recordar que, hace un par de años, el gobierno nacional, para resolver una situación por el estilo, se vio precisado a anular el censo del Estado de Bolívar. 

Por lo tanto, para formar nuestro juicio en cuanto al número de habitantes de la capital, no nos quedará más remedio que el de guiamos por la extensión de su superficie y las características inherentes a su uso. Al efecto tenemos que la longitud en dirección norte-sur, medida desde San Diego hasta las Cruces, es de unos tres kilómetros. Relacionándola con el ancho de dos kilómetros, comprobado en su punto máximo, llegamos a una extensión de superficie de unos 4 a 5 kilómetros cuadrados. En nuestra búsqueda de más puntos de apoyo para nuestro cómputo, recordamos que las grandes urbes alemanas están dando albergue para 20 a 30 mil habitantes por kilómetro cuadrado, desde luego teniendo en cuenta los cuatro a cinco pisos cubiertos por el mismo techo de la mayoría de las edificaciones, incluyendo el piso bajo y el subterráneo habitado.  

En cambio, Bogotá tiene apenas medio kilómetro cuadrado ocupado por casas de dos pisos, siendo las demás de uno solo y, a excepción de los ranchos en los suburbios, de construcción bien esparcida. No obstante, nuestro cálculo pecaría por incompleto si dejáramos sin considerar el hecho favorable al mayor resultado de que el total de personas que ocupan una habitación de igual número de piezas, es mayor aquí que entre nosotros. Armonizando todos estos factores, creo no equivocarme mucho al estimar que Bogotá tendrá aproximadamente la mitad de habitantes por unidad de superficie que la urbe alemana, o sea un total de 50 a 60 mil almas. 

Ahora recordamos las tres grandes capas sociales que nuestro vistazo nos ha enseñado como componentes de la población bogotana, tales como las encontramos en la calle, por cierto sin observar líneas divisorias muy marcadas entre sí. Notable nos parece que estas capas sociales también correspondan a tres grupos etnológicos diferentes, pero dominando la raza blanca en la alta sociedad y la sangre india en las esferas bajas, quedando formada la clase media por una mezcla, más o menos por partes iguales entre las dos. Esta composición de las clases por razas hoy no tiene base legal alguna, atribuyéndose su origen a una herencia conservada desde la época colonial, cuyas huellas no se hallan del todo borradas, si bien se encuentran indios de sangre pura en la clase alta lo mismo que castellanos de pura cepa en la hez del pueblo. Los descendientes de raza blanca se ufanan de su linaje español, especialmente en su trato con europeos. En cambio, al pueblo común se le ha ido perdiendo casi por completo toda conciencia racista. Como indio generalmente se califica, de manera despreciativa, al campesino pobre, mientras, pronunciado por boca de este, el mismo apelativo circunscribe a los indios bravos aquellos todavía no tocados por la civilización que, hablando su lengua propia, siguen viviendo en las planicies calurosas cubiertas de selva, lo mismo que en algunos rincones montañosos. 

Así las cosas, quedará naturalmente harto difícil obtener datos fidedignos sobre la composición etnológica de la población bogotana. Sería tarea digna de una comisión integrada por expertos imparciales, por ejemplo de médicos. Pero a falta de tal estudio, considero más confiables los resultados de mis propias observaciones, corroborados por las de amigos, que las conjeturas inspiradas por la vanidad nacional de escritores colombianos, acogidas también en libros publicados por ingenuos alemanes. A diferencia del 50% que estas indican, considero que tan solo el 15% puede calificarse de gente de raza blanca, probablemente tampoco del todo libre de mezcla con sangre india, pero quedando esta en proporción insignificante para el caso. De negros y zambos no hay sino entre el 1 y el 2 por ciento, componiéndose el remanente de cholos, o sea una mezcla entre indios y blancos, y de indios puros o casi puros, por partes iguales más o menos. 

Los apellidos son de origen español y, a veces, vasco. Los de origen indio, muy frecuentes para denominar lugares, no parecen existir como apellidos humanos. 

De gran interés sería que un experto en costumbres españolas se pusiera a investigar estos nombres por su lado estadístico, para ordenarlos por sus provincias de origen, a fin de poder valorar así la influencia que sobre el desarrollo de las colonias españolas han tenido los nuevos colonos de acuerdo con su procedencia. Una fusión peculiar de nombres, apta para desorientar al extranjero desentendido, tiene lugar con el casamiento. La mujer conserva su apellido de soltera aun después de contraer matrimonio, añadiéndole por medio de la preposición “de” el apellido del esposo. Así, Manuela Uribe de González es una señora apellidada Uribe, casada con un señor González. Por el contrario, el hijo de ellos agrega a su apellido paterno el de su madre, sea completo o mediante la mera sigla, por ejemplo: Eusebio González Uribe (o González U.). Así hermanos y hermanas quedan fácilmente distinguibles de parientes más lejanos, o de meros tocayos o tocayas, a no ser que ambos padres de unos y otros tuvieran los mismos apellidos. Esta usanza no refleja de inmediato la existencia del vínculo matrimonial, tal como lo hace la adopción del apellido del esposo por parte de su cónyuge en otras partes. 

Los nombres por lo general son derivados de los santos del calendario o de personajes notables griegos o romanos. Al efecto, no deja de parecernos curioso oír llamarse a los tipos más comunes Don Milciades, Don Aristides, Don César, etc. Pues el nombre, en vez del apellido, se usa en el contacto común con otra gente, aun de relaciones superficiales, y aun para dirigírseles en la tercera persona, anteponiéndose en este caso el “Don”, excepto en trato de confianza, o de referirse a los peones de la clase baja. Con menos frecuencia se usa el calificativo de “Doña”, quedando este reemplazado por “mi señora”, “mi señorita” o del todo suprimido, para llamarse por su nombre tanto a señoras casadas como a señoritas. Esta costumbre desde luego, suele asombrarnos, en cierto modo, a los habitantes de los países septentrionales, especialmente en vista de los nombres peculiares propios de muchas colombianas. ¿Qué diría, por ejemplo, una señora alemana al ser llamada de parte de un joven cualquiera, como Rosario (Rosenkranz), Constitución (Verfassung), Concepción (Empfängnis), Mercedes (Gnade) o con otro nombre por el estilo? 

La nobleza, abolida como casta con la independencia, hoy tampoco sigue existiendo en la vida nacional, lo mismo que los títulos no son objeto de tanto abuso como entre nosotros, excepción hecha de aquellos de general y doctor, que se oyen con frecuencia. Pues doctor no es solamente el médico, sino también abogado y político cualquiera lo es, a la vez que es general quien en una de las revoluciones logró poner en pie unos cien hombres. Así que un colombiano radical, con aire triunfante, alguna vez me expuso que, de llegar a Colombia, el Emperador Guillermo no sería más que Don Guillermo, a lo que yo, en burla, le respondí que, a mi modo de ver, por lo menos le correspondería el título de general. Tampoco al presidente se le trata sino de señor general o señor doctor, según el caso, correspondiéndole el calificativo de El Ciudadano Presidente tan solo en relación con sus funciones oficiales. 

En cuanto a la calificación de profesiones o del trabajo muy poco se observa en Bogotá, siendo la mayoría de los comerciantes a la vez hacendados, al igual que muchos abogados y médicos. Para vigilar las labores más importantes, sea las cosechas, o la inspección de la ganadería y del efectivo de caballos, van a sus haciendas una o dos veces al año. El hombre más acaudalado, con propiedades de varias millas cuadradas de extensión y con sus relaciones comerciales directas con casas europeas, no considera indigno el atender personalmente la clientela en el mostrador de su almacén abierto que mantiene en la ciudad. Ni los asuntos gubernamentales ni el cargo de juez, requieren preparación o carrera especial alguna. Lo mismo que en los Estados Unidos de América y en otras repúblicas, tanto el presidente como los ministros y demás funcionarios para asumir su cargo con frecuencia abandonan su mostrador, su consultorio médico o el plantel, para regresar a tales actividades una vez cumplido su período. Pero igual que en aquellos países, también aquí entre la gente más acomodada y mejor preparada es notoria la aversión a los cargos públicos, a los cuales, en cambio, de preferencia se sienten impulsados determinados abogados y políticos profesionales, que podríamos clasificar como el proletariado de esa capa superior. Es gente sin propiedad raíz ni de otros bienes que, en lugar de dedicarse a cualquier otro oficio, se mete en política, esperando que alguna revolución le gane supremacía a su partido, con un buen cargo público como recompensa personal y buscando mientras tanto su sustento en la acumulación de deudas o entregándose al juego. 

La costumbre de aprender un oficio para ejecutarlo de por vida, tampoco entre las gentes de las capas sociales inferiores tiene mucho arraigo. En cambio, se vive conforme las oportunidades se presentan, trabajando ora de arriero o de mensajero en los caminos, ora de recolector de corteza de quina en la selva, ora de albañil en una obra o de empacador o transportador de mercancías en un almacén. Asimismo suelen colocarse de sirvientes en casas de habitación o andar completamente ociosos.

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