4. El ascenso a
la Sabana de Bogotá
La noche la pasamos a bordo, con la intención de iniciar,
directamente desde la Bodega, el viaje a Bogotá, a la mañana
siguiente. Pero sucumbimos al consejo recibido de salir apenas
hacia las tres de la tarde, para pernoctar en Consuelo,
beneficiados por su mayor altura y clima más refrescante, desayunar
luego en Guaduas a la mañana subsiguiente y llegar a Villeta
todavía en la misma tarde. Pero esta cuenta resultó de la categoría
de las cuentas alegres, es decir sin considerar las condiciones de
nuestras mulas alquiladas ni las mañas de los arrieros
colombianos.
Como cosa obvia, la llegada de las bestias ensilladas se había
retardado una hora, así que apenas a las cuatro logramos partir.
Nuestro equipaje lo habíamos despachado mucho antes, suponiéndolo,
por lo tanto, ya bastante adelante. El primer trayecto, al lado del
río, lo pasamos a galope, pero sin encontrar nuestras bestias de
carga, como esperábamos. Ante nuestra insistencia, el arriero
finalmente confesó que, contrariando nuestras instrucciones, no
habían sido despachadas adelante. Para no quedar separados de
nuestro equipaje durante la noche, tuvimos que imponernos media
hora larga de espera, desde luego imposibilitados así de alcanzar
nuestra posada predeterminada, menos aún al paso lento de nuestros
animales. Son sufrimientos que esperan a todos los que por primera
vez viajan a Colombia, ya que el nuevo modo de viajar demanda
aprendérselo a fondo, al igual que el trato con la
gente.
Al principio, la ruta nos lleva por la orilla arenosa del
Magdalena. La montaña se acerca bastante al río y el antiguo camino
de herradura se ha sacrificado, en gran parte, con la construcción
de una vía férrea, quedando los animales obligados a buscar su paso
con dificultades. Este ferrocarril, la Western Colombian Railway,
es la obra de un norteamericano de apellido Brown. Su propósito era
el de continuar la línea hasta Bogotá, con la ayuda de
considerables subvenciones estatales. Pero, al parecer, no se había
molestado en explorar previamente el terreno con el detenimiento
requerido. Por ahora, apenas unos cinco kilómetros estaban
completos dentro de una región que ofrecía obstáculos. Unos
kilómetros más se encontraban en vía de construcción. Ya en varias
ocasiones la de antemano engañosa obra había quedado en suspenso, y
al volver a tocar la región al cabo de año y tres cuartos más
tarde, la encontré totalmente fracasada, hallándose los rieles y
las máquinas en proceso de destrucción por el óxido y los vagones
usados como habitaciones familiares sobre
ruedas.
En frente de Honda, cerca de los rápidos, se encuentra
Pesquerías, o Pescaderías y, un poco más río arriba, Cifuentes, dos
pueblos que deben su subsistencia, en primer término, a la salida
del camino de herradura que conduce a Bogotá. Ambos, durante la
construcción de la línea férrea, tenían vida un poco más activa. A
la altura de Cifuentes, nuestra ruta se dispone a dejar el río,
para coger en dirección suroriental, por una serranía angosta y
cubierta de monte bajo y desembocar luego al vallecito del Río
Seco, un arroyo cuyo nivel de agua, como el de todos los de la
región, suele fluctuar de manera extraordinaria, en consonancia con
las estaciones. Entre tanto se ha presentado la oscuridad,
obligándonos a dar por terminada nuestra jornada en Tocui, a
unos kilómetros más adelante, pidiendo posada.
Tocui es lo que en Alemania llamaríamos una taberna de
carreteros; una posada para los arrieros de las caravanas mulares
en el camino entre Bogotá y el Magdalena. Consta de un rancho de
adobe con techo de paja, constituido por dos espacios reducidos,
otro rancho contiguo que alberga la cocina, y un potrero, es decir,
un terreno de pastos cercado, donde se guardan y pastan las
bestias. No me acuerdo lo suficiente de la comida que nos
ofrecieron. De cama nos sirvieron las llamadas cujas, caballetes de
madera con piel de buey estirada encima, que no ofrecen
precisamente un lecho muy agradable. Además, tanto en el rancho
como en las cujas, pululaban los bichos.
Apenas dejado Tocui, el camino súbitamente gana altura. El
terreno compuesto de arcilla roja como materia predominante muy
propicio para atravesarlo montado en época seca, como hoy, pero
extremamente resbaladizo en tiempo lluvioso, como habría de
experimentarlo en un viaje posterior, cuando mi bestia se resbalaba
continuamente. La vegetación se limita a matorral seco, decorado
por cantidades de coloridas mariposas y de colibríes en medio, de
vez en cuando un rancho solitario rodeado de pequeños cultivos y
potreros.
A ciertas alturas se nos ofrecen admirables vistas sobre el
valle del Magdalena con la Cordillera Central en su fondo. Casi en
inmediaciones de la sierra en que nos encontramos, el río pasa
culebreando como una cinta plateada. Más allá hay una serranía
copada de monte bajo y luego aquellas formaciones comparables con
castillos, tales como los hemos admirado abajo de Honda. Vistos de
aquí, se parecen a enanos, en comparación con la cordillera que se
levanta en su fondo. Esta, en frente de nosotros y más hacia el
norte, forma una cresta dentada con picos impresionantes. Al
suroeste está, coronado por majestuosos nevados a la derecha, el
ancho macizo del Ruiz, seguido por unos picos menores y luego, a la
izquierda, el maravillosamente proporcionado cono de nieve del
Tolima, aplanado en su punta. La Cordillera Central se nos presenta
únicamente en las horas matinales, máximo hasta las nueve, para
envolverse luego su cresta en las nubes, que, camino arriba van
cubriendo el valle. A las dos horas de cabalgar llegamos a
Consuelo, sitio que hablamos escogido para la pernoctada anterior.
Encontramos un rancho parecido al de Tocui, pero mejor equipado.
Aquí tomamos un pequeño desayuno, para luego gozar por un rato de
la bella vista, animada con las explicaciones ofrecidas por el
amable posadero. Después continuamos nuestro viaje, para llegar al
cabo de otra hora al Alto de Sargento, formado por cantos rodados
de “nagelfluh” y, según Reiss y Stuebel, con una altura
de 1.343 metros sobre el nivel del mar; es decir, superando la de
Honda en 1.140 metros. Mirando hacia atrás divisamos una vez más el
valle del Magdalena con la Cordillera Central en el fondo, cuyos
picos ya se esconden detrás de las nubes. Delante de nosotros
tenemos el valle de Guaduas, con otra montaña, un poco más alta
aún, a su fondo, también de escasa vegetación y mostrando la misma
arcilla roja en sus desfiladeros abiertos, que ya observamos en la
sierra de este lado. También en el valle mismo predomina, por
ahora, el color rojo, proveniente de un árbol mimosa actualmente en
flor, que se usa para el sombrío de los
cafetales.
Mas allá de los cafetales se encuentra la pequeña ciudad
provinciana de Guaduas, a 1.036 metros sobre el nivel del mar, con
el recién abierto Hotel del Valle emplazado entre las plantaciones
y la ciudad. Aquí terminamos la jornada de hoy, aunque estamos
apenas al mediodía. Pero encontramos posada relativamente buena y
limpia y alimentación pasable, todo probablemente superior a lo que
nos esperaría media jornada más adelante. Además, nuestro estado
físico había sufrido un tanto por la falta de costumbre de cabalgar
por los caminos montañosos colombianos y de soportar el calor bajo
el sol tropical. Así no sentimos aversión alguna contra una buena
siesta, un poco de holgazanería y un paseo corto a la
ciudad.
Al atardecer llegaron cuatro caballeros más a lomo de mula, para
pernoctar en nuestro hotel. Vestidos a la manera de viajeros del
país, portaban el sombrero alto de paja, forrado en tela de lienzo,
ruana
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azul y, encima de los pantalones, los zamarros anchos,
confeccionados de caucho blanco, que proporcionan al jinete cierta
apariencia afeminada. Además llevaban las espuelas grandes, que
atraviesan los zamarros por una perforación. Con este modo de
vestir contrastaban singularmente las barbas rubias, y por su
idioma no tardé en comprobar que tres de ellos eran paisanos
alemanes: el señor Nikolaus Krohne, encargado de los negocios de la
casa Fruehling & Goeschen, quien regresaba de una visita a
las plantaciones de tabaco que tenía su firma en Ambalema, arriba
de Honda; el señor Soller, secretario de la embajada alemana, y el
doctor Walz, médico que practicaba entonces en Bogotá; los últimos
dos acompañaban al primero, aprovechando la oportunidad para trocar
por unos días el clima frío y húmedo de Bogotá por la tierra
caliente.
A la mañana siguiente los mencionados caballeros se anticiparon
un poco en la salida, y además, mejor montados, pronto ganaron un
considerable adelanto. El camino atraviesa la ciudad para luego, en
impresionante subida, conducir al Alto del Raizal. En buena parte
está empedrado, pero muy a desdén de las bestias, que hasta donde
les sea posible, siguen su marcha por el borde sin pavimentar.
Crítico resulta el encuentro en pasajes estrechos con una caravana
de bestias de carga. Estas siguen con indiferencia por su camino,
dejando por cuenta del viajero el cuidado de evitar el roce duro de
sus piernas con las cajas y fardos de la carga. Hoy la ruta estaba
transitada con recargo, pues era día de mercado en Guaduas, motivo
por el cual no encontramos solamente las caravanas usuales en
camino de Bogotá a Honda, sino también un gran número de
campesinos, con sus caballos o mulas, y hasta en sus propias
espaldas, cargados de productos de su tierra, con el ánimo de
venderlos o permutarlos en Guaduas. La mayoría de esa gente es del
tipo indio, de estatura baja y débil, con facciones parecidas a las
mongólicas. Los hombres visten pantalones de paño fuerte, ruana
encima de la camisa, sombrero de paja bajo, y, de no andar
descalzos, caminan en alpargatas, una especie de sandalias hechas
también de paja. Las mujeres llevan faldas y mantas de paño oscuro
colgantes de la cabeza, tapadas con sombrero del mismo estilo que
usan los hombres.
Desde el Alto del Raizal el camino va bajando, para atravesar un
vallecito longitudinal con la Hacienda “Los Tibayes”,
luego sube al Alto del Trigo, de altitud todavía un poco mayor, o
sea de 1.928 metros. Delante de nosotros se va abriendo ahora el
valle profundo de Villeta, de cuyo opuesto lado nos saludan las
montañas elevadas que ribetean la sabana de Bogotá. Hemos entrado a
un paisaje con estructura y composición geológica de la montaña,
bien diferentes. Mientras cerca de Honda dominaban un asperón gris
verdoso y el conglomerado, seguidos más tarde por el asperón y la
arcilla, de color rojo ambos, ahora nos encontramos en una región
de pizarras y terrenos arcillosos predominantes, con bancos de
caliza azul dura y asperón cuarzoso blanco intercalados, minerales
ambos que se expresan en formaciones más marcadas. La pendiente a
ambos lados del valle, en lugar de elevarse en forma homogénea, lo
hace por gradas, pero con la particularidad de que estas no
constituyen terrazas planas, sino que terminan en varios picos de
altura idéntica, inclinados hacia atrás según la estructura, pero
con vertiente aún más pronunciada hacia adelante a causa de la
eflorescencia atmosférica. También los picos salientes de la cresta
en que nos encontramos son de esta formación, a diferencia de la
cumbre, más alta, del lado opuesto, o sea al borde occidental de la
sabana de Bogotá, la cual está formada por anchos montes de capas
horizontales, casi unidos entre sí, para asemejarse a un solo muro,
interrumpido de vez en cuando por una especie de hendeduras. Ya
desde lejos podemos observar la posición horizontal de sus
capas.
A pesar de distinguir a Villeta desde la altura como colocada a
nuestros pies, gastamos varias horas en nuestro descenso. El camino
nos conduce constantemente entre ranchos erigidos de lado y lado,
con poca distancia entre sí y con pequeños cultivos, cada uno en su
rededor, de maíz, plátano, yuca, arracacha, caña de azúcar y tal
vez unos cafetos, lo mismo que un potrero de menor o mayor
extensión. En medio, matorrales bajos, nacidos en lugares donde el
monte se había sacrificado con mira exclusiva a la explotación de
la madera, sin labrar la tierra, o donde los cultivos iniciados se
habían descontinuado después. Villeta, con sus 813 metros sobre el
nivel del mar, es una villa de estructura similar a la de Guaduas,
pero menos aseada y menos atractiva que esta. No obstante,
constituye un sitio de veraneo predilecto para los bogotanos
quienes, en los meses de diciembre y enero, o sea en los meses más
pesados del año, suelen gozar por unas semanas del clima de tierra
caliente. La atracción de Villeta consiste en el baño agradable que
ofrece el río de su nombre en sus aguas descendentes de alturas
moderadas y, por lo tanto, de temperatura bien soportable. Inútil
es, empero, buscar instalaciones mínimas de balneario, así que de
caseta de baño sirve el aire libre.
Mucho tiempo tomó la preparación de un almuerzo frugal que
habíamos pedido, exponiéndonos la demora al inconveniente de
proseguir nuestro viaje apenas entre las 2 y 3 de la tarde, es
decir en pleno ardor del mediodía. No nos apresuramos mucho, pues
el caserío de Chimbe, donde queríamos pernoctar, nos fue descrito
como fácilmente alcanzable en dos a tres horas. Empezamos por subir
un trecho por el valle del río Villeta, para pronto empeñarnos en
tomar una pendiente harto escarpada, que, sin embargo, comenzó
nuestro esfuerzo permanente con el impresionante panorama sobre la
montaña del lado opuesto, que habíamos atravesado por la mañana.
Ahora, vista desde lejos, se presentó en un azul delicioso, tal
como me había entusiasmado primero en Jamaica, y como habría de
encantarme en adelante con frecuencia. Una vez entrada la
oscuridad, el paisaje adquirió una expresión mágica a través de las
numerosas llamaradas que tremolaban en todo el rededor, proveniente
de las quemas de rastrojo y residuos de cultivos recolectados, para
así preparar las siembras siguientes. Sufriendo de cansancio por la
subida fuerte, nuestras bestias perdieron el rendimiento, de manera
que a Chimbe llegamos ya caída la noche, además porque la distancia
real era superior a la indicada. Mas atrás se habían quedado
nuestros animales de carga, que ya no llegaron esa noche,
obligándonos así a contentarnos con la alimentación y las camas
recibidas en la posada. Para calificar de agradable la noche así
pasada, tendría que exagerar mucho. Además sufrí de una erupción
molesta de la piel, causada por el calor sofocante en el Magdalena
y las picaduras de zancudos y jejenes.
Chimbe, a 1.808 metros de altura, se encuentra emplazada en una
cresta de montaña que, hacia el norte, cae en declive pronunciado
al vallecito de Sasaima, lateral de el de Villeta. Justamente a
nuestros pies tenemos la villa de Sasaima con sus extensas
plantaciones de café, que tienen la fama de producir el mejor grano
de Colombia. En hora y media más o menos de subida llegamos a
Agualarga
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, con
sus 2.250 metros de altura, caserío un poco mayor que Chimbe, con
varias bodegas y una empresa de curtidos con fábrica de zapatos en
construcción. Aquí comienza la carretera que conduce a la sabana de
Bogotá y, atravesando esta, a la capital. Está apenas trazada,
empezando desde un poco más abajo, pero falta terminarla. El clima
no tenía para nosotros, calentanos experimentados, nada de
agradable. Reinaba un frío húmedo, con nubes bajas acumuladas
sobre el monte que empieza a la salida del caserío, para subir
hasta la cresta. La vista desde aquí es soberbia. Desde una pequeña
colina cerca de la posada abraza todo el valle de Villeta, con la
montaña en el fondo. El verde vivo de los platanales y cañaverales
obliga involuntariamente a imaginarse el calor tropical en su
contraste particular con el clima fresco y sombrío de nuestro
paradero.
Hacia el mediodía llegó el carro que habíamos pedido, para
sorpresa nuestra bajo escolta militar. Del mismo se apeó Rafael
Núñez, presidente de Colombia en el ejercicio anterior, a quien
había parecido aconsejable esquivar los tumultos políticos acabados
de estallar en Bogotá, para trasladarse a Cartagena, su ciudad
natal. De allí regresaría al cabo de dos años a Bogotá como
presidente nuevamente elegido.
La carretera, hábilmente trazada y, en aquel entonces en buen
estado, va trepando en grandes recodos a la cumbre de 2.755 metros
que, de los robles siempre verdes (quercus humboldtii) abundantes
en el monte vecino, lleva el nombre del Alto del Roble, hallándose
bastante hundido entre las cuestas densamente pobladas de árboles.
Al paso de media hora de suave descenso alcanzamos la sabana cerca
del caserío de Los Manzanos, pero todavía inhibidos de gozar el
panorama en toda su extensión. A unos kilómetros al este, las
colinas parecen volver a unirse. Por encima de ellos es cuando
logramos divisar las dos capillas de Monserrate y Guadalupe,
monumentos característicos de Bogotá, la capital del país, ubicada
al otro extremo de la sabana.
En Los Manzanos tenemos que esperar la llegada de nuestro
equipaje, que se ha quedado bien atrás. Las bestias están bajo
contrato hasta aquí no más. Para redespachar el equipaje, es
menester ocupar uno de los carros de dos ruedas tirados por bueyes,
aquí en uso, con capacidad de ocho a diez cargas de mula. Tan solo
al caer la tarde llegan nuestras bestias, demasiado demoradas como
para verse cumplidas nuestras esperanzas de alcanzar a llegar a
Bogotá hoy mismo. Así nos vemos forzados a pasar la noche en la
nada agradable posada de Los Manzanos.
A la mañana siguiente llegamos en media hora por carretera casi
recta a Facatativá, población de provincia carente de aseo. Luego
de circundar unas colinas pequeñas, la carretera entra a la
altiplanicie, la cual, con todo, no tiene mayor extensión sino en
dirección este-sur-este, quedando a la derecha, a corta distancia,
tan solo una cadena de colinas bajas de un color rojo extraño y,
arrimando desde el norte, dos sierras, que a manera de penínsulas
se extienden hacia adelante. No obstante, es una sensación rara
encontrar, después de varios días de viaje a lomo de mula a través
de elevaciones imponentes y hondonadas intercaladas, en medio de la
montaña una tierra absolutamente plana a tan considerable altura
sobre el nivel del mar. Y esta sensación se torna aún más
impresionante al observar el cambio radical de la vegetación:
desaparecieron el plátano, la caña, y los demás representantes del
puro trópico, para ocupar su sitio los cultivos de trigo y papa y
las inmensas extensiones de potreros de carretón y gramíneas. En
las afueras de los jardines y las haciendas, los únicos árboles son
los sauces y el gomero australiano o «eucalyptus globulus», en
diferentes variedades. Las alturas limítrofes parecen peladas o
apenas cubiertas con malezas bajas.
A una hora de Facatativá pasamos por la población de Serrezuela,
nombre hace poco oficialmente cambiado por el de Madrid. Y a media
hora más hubo cambio de tiro en Cuatro Esquinas, o Mosquera. Pasada
otra hora, cruzamos sobre un terraplén largo con puente de piedra
originario de la época española, la depresión pantanosa del río
Funza, para atravesar pronto la población de Fontibón,
caracterizada por su larga extensión, a lado y lado de la
carretera. Ahora las alturas limítrofes en el sur van retrocediendo
bastante, para dejar al terreno plano la forma de una especie de
bahía. Otra bahía, más extendida, observamos hacia el norte, con
una colina baja intercalada a manera de isla. Mientras tanto,
también Bogotá se divisa, más y más, con sus numerosas iglesias, y,
al cabo de una hora, entramos por sus calles, felices de haber
llegado. Pues el viaje de mes y medio, el calor a veces
insoportable, lo mismo que la plétora de impresiones, nos han
abatido. Pero, a la vez, dudas acosadoras se nos imponen: ¿Cuál
será el aspecto de la ciudad, que, probablemente por un año, hemos
escogido para nuestra permanencia? ¿Cómo serán sus habitantes?
¿Será posible amoldarse a las circunstancias extrañas? Y para el
estudio ¿se encontrará lo esperado?
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La ruana es idéntica al poncho, es
decir un pedazo cuadrado de palio o tela, acuchillado en el centro
a fin de permitir meter la cabeza.(Regresar a
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Nombre que más tarde se cambió por
el de Albán.(Regresar a 8)
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