INDICE





PRÓLOGO

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

VIAJES POR LOS ANDES COLOMBIANOS

I - DE LA COSTA A BOGOTÁ

CAPÍTULO I
En el Istmo de Panamá. Arribo a Colón. Viajes por el istmo, antes y hoy. Carácter del paisaje. El canal interoceánico. Panamá. Vista sobre el Océano Pacífico

CAPÍTULO II
En el litoral septentrional. Travesía del golfo del Darién. Cartagena. Arribo a Sabanilla (Salgar). Por ferrocarril a Barranquilla. La ciudad y sus habitantes. Historia e importancia de Barranquilla

CAPÍTULO III
En el río Magdalena. Champanes. Historia de la navegación fluvial. Partida. Estructura e instalación de un vapor del Magdalena. Tripulación y pasajeros. Un día a bordo. Paradas. El río Magdalena y su cauce. El caudal de agua. El cauce cambia de rumbo.

CAPÍTULO IV
Ascenso a la altiplanicie de Bogotá. Comienzo. Ruinas de un ferrocarril. La primera posada. Panorama de la Cordillera Central. Guaduas. Paisanos alemanes. Cambio de aspecto del paisaje. Villeta. Chimbe y Agualarga. Una carretera. Los Manzanos. Atravesando

II - BOGOTÁ Y LOS BOGOTANOS

CAPÍTULO I
La ciudad. Fundación y nombre. Ubicación. Elevación y vista sobre la montaña. Vista panorámica de Bogotá desde la cima; plano ajedrezado de la ciudad. Las calles. Disposición concéntrica. Las orillas de los riachuelos. Suburbios. Paseando la ciudad.

CAPÍTULO II
Los habitantes. Tipos de caballeros y su indumentaria. Las damas. Hombres y mujeres del pueblo. Tipos especiales. Los extranjeros. Número de habitantes. Clases sociales y composición etnográfica de la población. Apellidos y nombres. Nobleza y títulos.

CAPÍTULO III
Las clases elevadas. Descripción de una habitación y su instalación. Alimentación. Transcurso del día para los caballeros, las damas y los niños. Vida social. Diversiones y viajes  

CAPÍTULO IV
Las clases media e inferior. La clase media: habitación, ingresos, etc. La clase baja: habitación, instrucción y comportamiento, ingresos, situación social  

CAPÍTULO V
Clima e higiene. Temperatura y precipitaciones atmosféricas. Enfermedades que predominan. Médicos y farmacias. Higiene pública. Epidemias de viruela  

CAPÍTULO VI
Conexiones de Bogotá con el mundo. Su ubicación en la montaña. Viajeros. Movimiento de carga. Comunicaciones postales y telegráficas. Ideas sobre un traslado de la capital. Proyectos ferroviarios  

CAPÍTULO VII
Comunicaciones y comercio. Tráfico. El mercado. Variedades. Tiendas. Restaurantes y hoteles. Artesanía. Industrias. Almacenes. Comercio  

CAPÍTULO VIII
La vida intelectual, política y eclesiástica. Instrucción pública. Aislamiento intelectual de Bogotá. Retraso de la vida intelectual. Museos, etc. Arte, literatura y ciencias. Política. Vida religiosa y fiestas  

III - VIDA DE VIAJERO
Objeto y planeación de los viajes. Área recorrida. Literatura para el viajero. Información verbal. Excursiones a pie. Mula y caballo. Equipaje. Precio de los animales. ¿Tomarlos en alquiler o adquirirlos en propiedad? Guías y ayudantes.

IV - ESTAMPAS DE LA CORDILLERA DE BOGOTÁ

CAPÍTULO I
Estructura de la montaña y niveles de altura. Conformación geológica del terreno. Regiones de altura  

CAPÍTULO II
El paisaje civilizado. Tipo y belleza del paisaje. Arborescencia primitiva. Transformación del reino vegetal y animal por el hombre. Relación entre la altura y las plantas cultivables. Caña de azúcar. Café. Cacao. Añil. Tabaco. Ganadería.

CAPÍTULO III
El monte. Comparación con el bosque alemán y con la arborescencia de la tierra baja tropical. Impresión del paisaje. Dificultad de la exploración geográfica y geológica. Vientos y nieblas. Estado de los caminos. Lo que produce la selva.

CAPÍTULO IV
El páramo. Contornos y suelo de las cumbres. Condiciones atmosféricas. Vegetación. Vida de los moradores. Disposición anímica del viajero. Visita al Tablazo  

CAPÍTULO V
La altiplanicie de Bogotá. Panorama. En la remota antigüedad era una laguna. Alturas que la bordean. Las lagunas de Guatavita, de Guasca y de Suesca. Vegetación y cultivos. Desarrollo de la civilización  

CAPÍTULO VI
El Salto de Tequendama. Su fama. El camino de ida. La vista del Salto. Altura. La vegetación. Su origen  

CAPÍTULO VII
Fusagasugá y el puente natural de Pandi. Descenso a Fusagasugá. La planicie de Fusagasugá, una terraza de acarreo. El camino a Pandi. El puente natural y su origen  

CAPÍTULO VIII
El valle del río Bogotá. La laguna de Pedropalo. La vista desde Tena. La Mesa. El camino a Tocaima. De Tocaima a Peñalisa. El puente cerca de Girardot y el ferrocarril  

CAPÍTULO IX
Reino mineral y empresas industriales. El yacimiento de sal mineral de Zipaquirá. El monopolio de la sal. El carbón. La ferrería de Pacho. La ferrería de Subachoque. La curtimbre y fábrica de calzado de Agualarga. Situación del obrero alemán.  

CAPÍTULO X
Haciendas y estancias. Tierra baldía y distribución de la propiedad. Economía de las estancias. Economía de las haciendas. Construcciones rurales. El terrateniente. Relaciones laborales. Modo de vivir, instrucción y carácter de los campesinos  

CAPÍTULO XI
En una ciudad de provincia. Las localidades. Su origen, denominación y carácter. Su ubicación y planeación. Casas y calles. Particularidades históricas y climáticas. El tráfico. Condiciones sociales. Administración y política locales. El comercio. Fiestas

V - VIAJE A TRAVÉS DE LA CORDILLERA CENTRAL

CAPÍTULO I
La vertiente oriental de la Cordillera Central. Paisaje de conformación tobácea arriba de Honda. Paisaje de la Cordillera Central. Minería y pueblos. Huellas volcánicas cerca de Manzanares. La Picona. El páramo de Herveo  

CAPÍTULO II
En el valle del Cauca. Vista al valle del Cauca. Salamina. Comida antioqueña. Fuentes de aguas salinas. Un guardapuente alemán. El río Cauca. El distrito minero de Marmato y Supía. Carácter de las poblaciones de Riosucio, Quinchía y Ansermaviejo.

CAPÍTULO III
El páramo del Ruiz y Ambalema. Una vía carreteable. Un lodazal. Exhalaciones sulfurosas. Noches y excursiones en el páramo. Nieve y glaciares. Descenso por Líbano y Lérida a Ambalema. Cultivo de tabaco. Regreso a Bogotá

CAPÍTULO IV
Minas de oro y de plata. Clases de gangas y filones. Métodos de extracción y explotación. Aluviones auríferos. Extracción hidráulica  

CAPÍTULO V
Tumbas indias y antigüedades. En búsqueda de guacas. Sus diferentes formas. Significación científica

VI - UNA EXCURSIÓN A LOS LLANOS
Estaciones. El camino de Bogotá a Villavicencio. Primer vistazo a los llanos. Villavicencio. La selva de la planicie. A caballo a través de la llanura. La hacienda “Los Pavitos”. Los llaneros. Cultivos y ganadería. Perspectivas culturales de los llanos.

VII - VIAJES POR SANTANDER Y BOYACÁ

CAPÍTULO I
La laguna de Fúquene y las minas de esmeraldas de Muzo. La salina de Tausa. Paisaje cerca de Ubaté. Navegando por la laguna de Fúquene. Su profundidad y tentativas de desaguarla. Un santuario. Muzo. Esmeraldas y mariposas. La mina de cobre de Moniquirá.

CAPÍTULO II
De Vélez a Bucaramanga. Vélez. Formaciones calcáreas. Cresta de montaña y meseta a orillas del río Suárez. El valle de Sube. A través de la Mesa de Jéridas a Piedecuesta y Bucaramanga. Panorama desde el alto de Gualilo. Excursión a Montebello.

CAPÍTULO III
La tierra montañosa de Tunja y Sogamoso. Caminos de Bogotá a Tunja. El campo de la batalla de Boyacá. Carretera y ferrocarril. Tunja. La ferrería de Samacá. Paipa, Duitama, Santa Rosa, Belén. Caminos a Santander. La laguna de Tota. La sabana de Sogamoso.

CAPÍTULO IV
La Sierra Nevada del Cocuy. El valle del río Sogamoso. La Sierra Nevada. Epoca para visitarla. Primera vista. El Pan de Azúcar. Vista de toda la sierra. Un pequeño glaciar. El ala norte de la sierra. El límite de las nieves perpetuas asciende.

CAPÍTULO V
Cúcuta. Minería en La Baja y Vetas. Pamplona. La penitenciaría. El camino a Cúcuta. Entrada a la ciudad. Terremotos. Arquitectura. Almacenes. Clima. Fiebre. Importancia comercial. Comunicaciones. El ferrocarril. La colonia alemana.

CAPÍTULO VI
En el río Zulia y en el lago de Maracaibo. Realización de las bestias en San Cristóbal. Por ferrocarril a Puerto Villamizar. Navegando en vapor por el río Zulia. El lago de Maracaibo. La ciudad de Maracaibo y sus alrededores.

VIII - DESARROLLO HISTÓRICO Y SITUACIÓN ACTUAL

CAPÍTULO I
La conquista española, la época colonial y la guerra de la independencia. El comienzo de la historia de Colombia. La conquista del país por los españoles. La formación política de la colonia. Política colonial española. Composición de la población.

CAPÍTULO II
La República de Nueva Granada. Relaciones con los Estados europeos. Composición de la nación. No hay motivo para conflictos internacionales. Carácter de la historia de Colombia. Sucesos entre 1830 y 1858. Liquidación de la República.

CAPÍTULO III
Los Estados Unidos de Colombia. La constitución de Rionegro: relación entre la nación y los Estados individuales; composición del gobierno nacional. Funcionarios y jueces. Aspectos progresistas. Leyes relativas a la política eclesiástica.

CAPÍTULO IV
La situación económica y el nivel cultural de Colombia. La escasa y dispersa población. Aprovechamiento de la selva. Agricultura, minería, industria. Importación y exportación. Escasez de bienestar. Distribución de la propiedad.

CAPÍTULO V
La posición del extranjero en Colombia. Nacionalidad y profesiones de los extranjeros. Ventajas y privaciones. Sus méritos para con Colombia. Actitud de los colombianos hacia los extranjeros. Posibilidades de incrementar la inmigración alemana
4.  El ascenso a la Sabana de Bogotá 
 

 

La noche la pasamos a bordo, con la intención de iniciar, directamente desde la Bodega, el viaje a Bogotá, a la mañana siguiente. Pero sucumbimos al consejo recibido de salir apenas hacia las tres de la tarde, para pernoctar en Consuelo, beneficiados por su mayor altura y clima más refrescante, desayunar luego en Guaduas a la mañana subsiguiente y llegar a Villeta todavía en la misma tarde. Pero esta cuenta resultó de la categoría de las cuentas alegres, es decir sin considerar las condiciones de nuestras mulas alquiladas ni las mañas de los arrieros colombianos. 

Como cosa obvia, la llegada de las bestias ensilladas se había retardado una hora, así que apenas a las cuatro logramos partir. Nuestro equipaje lo habíamos despachado mucho antes, suponiéndolo, por lo tanto, ya bastante adelante. El primer trayecto, al lado del río, lo pasamos a galope, pero sin encontrar nuestras bestias de carga, como esperábamos. Ante nuestra insistencia, el arriero finalmente confesó que, contrariando nuestras instrucciones, no habían sido despachadas adelante. Para no quedar separados de nuestro equipaje durante la noche, tuvimos que imponernos media hora larga de espera, desde luego imposibilitados así de alcanzar nuestra posada predeterminada, menos aún al paso lento de nuestros animales. Son sufrimientos que esperan a todos los que por primera vez viajan a Colombia, ya que el nuevo modo de viajar demanda aprendérselo a fondo, al igual que el trato con la gente. 

Al principio, la ruta nos lleva por la orilla arenosa del Magdalena. La montaña se acerca bastante al río y el antiguo camino de herradura se ha sacrificado, en gran parte, con la construcción de una vía férrea, quedando los animales obligados a buscar su paso con dificultades. Este ferrocarril, la Western Colombian Railway, es la obra de un norteamericano de apellido Brown. Su propósito era el de continuar la línea hasta Bogotá, con la ayuda de considerables subvenciones estatales. Pero, al parecer, no se había molestado en explorar previamente el terreno con el detenimiento requerido. Por ahora, apenas unos cinco kilómetros estaban completos dentro de una región que ofrecía obstáculos. Unos kilómetros más se encontraban en vía de construcción. Ya en varias ocasiones la de antemano engañosa obra había quedado en suspenso, y al volver a tocar la región al cabo de año y tres cuartos más tarde, la encontré totalmente fracasada, hallándose los rieles y las máquinas en proceso de destrucción por el óxido y los vagones usados como habitaciones familiares sobre ruedas. 

En frente de Honda, cerca de los rápidos, se encuentra Pesquerías, o Pescaderías y, un poco más río arriba, Cifuentes, dos pueblos que deben su subsistencia, en primer término, a la salida del camino de herradura que conduce a Bogotá. Ambos, durante la construcción de la línea férrea, tenían vida un poco más activa. A la altura de Cifuentes, nuestra ruta se dispone a dejar el río, para coger en dirección suroriental, por una serranía angosta y cubierta de monte bajo y desembocar luego al vallecito del Río Seco, un arroyo cuyo nivel de agua, como el de todos los de la región, suele fluctuar de manera extraordinaria, en consonancia con las estaciones. Entre tanto se ha presentado la oscuridad, obligándonos a dar por terminada nuestra jornada en        Tocui, a unos kilómetros más adelante, pidiendo posada. 

Tocui es lo que en Alemania llamaríamos una taberna de carreteros; una posada para los arrieros de las caravanas mulares en el camino entre Bogotá y el Magdalena. Consta de un rancho de adobe con techo de paja, constituido por dos espacios reducidos, otro rancho contiguo que alberga la cocina, y un potrero, es decir, un terreno de pastos cercado, donde se guardan y pastan las bestias. No me acuerdo lo suficiente de la comida que nos ofrecieron. De cama nos sirvieron las llamadas cujas, caballetes de madera con piel de buey estirada encima, que no ofrecen precisamente un lecho muy agradable. Además, tanto en el rancho como en las cujas, pululaban los bichos. 

Apenas dejado Tocui, el camino súbitamente gana altura. El terreno compuesto de arcilla roja como materia predominante muy propicio para atravesarlo montado en época seca, como hoy, pero extremamente resbaladizo en tiempo lluvioso, como habría de experimentarlo en un viaje posterior, cuando mi bestia se resbalaba continuamente. La vegetación se limita a matorral seco, decorado por cantidades de coloridas mariposas y de colibríes en medio, de vez en cuando un rancho solitario rodeado de pequeños cultivos y potreros. 

A ciertas alturas se nos ofrecen admirables vistas sobre el valle del Magdalena con la Cordillera Central en su fondo. Casi en inmediaciones de la sierra en que nos encontramos, el río pasa culebreando como una cinta plateada. Más allá hay una serranía copada de monte bajo y luego aquellas formaciones comparables con castillos, tales como los hemos admirado abajo de Honda. Vistos de aquí, se parecen a enanos, en comparación con la cordillera que se levanta en su fondo. Esta, en frente de nosotros y más hacia el norte, forma una cresta dentada con picos impresionantes. Al suroeste está, coronado por majestuosos nevados a la derecha, el ancho macizo del Ruiz, seguido por unos picos menores y luego, a la izquierda, el maravillosamente proporcionado cono de nieve del Tolima, aplanado en su punta. La Cordillera Central se nos presenta únicamente en las horas matinales, máximo hasta las nueve, para envolverse luego su cresta en las nubes, que, camino arriba van cubriendo el valle. A las dos horas de cabalgar llegamos a Consuelo, sitio que hablamos escogido para la pernoctada anterior. Encontramos un rancho parecido al de Tocui, pero mejor equipado. Aquí tomamos un pequeño desayuno, para luego gozar por un rato de la bella vista, animada con las explicaciones ofrecidas por el amable posadero. Después continuamos nuestro viaje, para llegar al cabo de otra hora al Alto de Sargento, formado por cantos rodados de “nagelfluh” y, según Reiss y Stuebel, con una altura de 1.343 metros sobre el nivel del mar; es decir, superando la de Honda en 1.140 metros. Mirando hacia atrás divisamos una vez más el valle del Magdalena con la Cordillera Central en el fondo, cuyos picos ya se esconden detrás de las nubes. Delante de nosotros tenemos el valle de Guaduas, con otra montaña, un poco más alta aún, a su fondo, también de escasa vegetación y mostrando la misma arcilla roja en sus desfiladeros abiertos, que ya observamos en la sierra de este lado. También en el valle mismo predomina, por ahora, el color rojo, proveniente de un árbol mimosa actualmente en flor, que se usa para el sombrío de los cafetales. 

Mas allá de los cafetales se encuentra la pequeña ciudad provinciana de Guaduas, a 1.036 metros sobre el nivel del mar, con el recién abierto Hotel del Valle emplazado entre las plantaciones y la ciudad. Aquí terminamos la jornada de hoy, aunque estamos apenas al mediodía. Pero encontramos posada relativamente buena y limpia y alimentación pasable, todo probablemente superior a lo que nos esperaría media jornada más adelante. Además, nuestro estado físico había sufrido un tanto por la falta de costumbre de cabalgar por los caminos montañosos colombianos y de soportar el calor bajo el sol tropical. Así no sentimos aversión alguna contra una buena siesta, un poco de holgazanería y un paseo corto a la ciudad. 

Al atardecer llegaron cuatro caballeros más a lomo de mula, para pernoctar en nuestro hotel. Vestidos a la manera de viajeros del país, portaban el sombrero alto de paja, forrado en tela de lienzo, ruana | (7) | azul y, encima de los pantalones, los zamarros anchos, confeccionados de caucho blanco, que proporcionan al jinete cierta apariencia afeminada. Además llevaban las espuelas grandes, que atraviesan los zamarros por una perforación. Con este modo de vestir contrastaban singularmente las barbas rubias, y por su idioma no tardé en comprobar que tres de ellos eran paisanos alemanes: el señor Nikolaus Krohne, encargado de los negocios de la casa Fruehling & Goeschen, quien regresaba de una visita a las plantaciones de tabaco que tenía su firma en Ambalema, arriba de Honda; el señor Soller, secretario de la embajada alemana, y el doctor Walz, médico que practicaba entonces en Bogotá; los últimos dos acompañaban al primero, aprovechando la oportunidad para trocar por unos días el clima frío y húmedo de Bogotá por la tierra caliente. 

A la mañana siguiente los mencionados caballeros se anticiparon un poco en la salida, y además, mejor montados, pronto ganaron un considerable adelanto. El camino atraviesa la ciudad para luego, en impresionante subida, conducir al Alto del Raizal. En buena parte está empedrado, pero muy a desdén de las bestias, que hasta donde les sea posible, siguen su marcha por el borde sin pavimentar. Crítico resulta el encuentro en pasajes estrechos con una caravana de bestias de carga. Estas siguen con indiferencia por su camino, dejando por cuenta del viajero el cuidado de evitar el roce duro de sus piernas con las cajas y fardos de la carga. Hoy la ruta estaba transitada con recargo, pues era día de mercado en Guaduas, motivo por el cual no encontramos solamente las caravanas usuales en camino de Bogotá a Honda, sino también un gran número de campesinos, con sus caballos o mulas, y hasta en sus propias espaldas, cargados de productos de su tierra, con el ánimo de venderlos o permutarlos en Guaduas. La mayoría de esa gente es del tipo indio, de estatura baja y débil, con facciones parecidas a las mongólicas. Los hombres visten pantalones de paño fuerte, ruana encima de la camisa, sombrero de paja bajo, y, de no andar descalzos, caminan en alpargatas, una especie de sandalias hechas también de paja. Las mujeres llevan faldas y mantas de paño oscuro colgantes de la cabeza, tapadas con sombrero del mismo estilo que usan los hombres. 

Desde el Alto del Raizal el camino va bajando, para atravesar un vallecito longitudinal con la Hacienda “Los Tibayes”, luego sube al Alto del Trigo, de altitud todavía un poco mayor, o sea de 1.928 metros. Delante de nosotros se va abriendo ahora el valle profundo de Villeta, de cuyo opuesto lado nos saludan las montañas elevadas que ribetean la sabana de Bogotá. Hemos entrado a un paisaje con estructura y composición geológica de la montaña, bien diferentes. Mientras cerca de Honda dominaban un asperón gris verdoso y el conglomerado, seguidos más tarde por el asperón y la arcilla, de color rojo ambos, ahora nos encontramos en una región de pizarras y terrenos arcillosos predominantes, con bancos de caliza azul dura y asperón cuarzoso blanco intercalados, minerales ambos que se expresan en formaciones más marcadas. La pendiente a ambos lados del valle, en lugar de elevarse en forma homogénea, lo hace por gradas, pero con la particularidad de que estas no constituyen terrazas planas, sino que terminan en varios picos de altura idéntica, inclinados hacia atrás según la estructura, pero con vertiente aún más pronunciada hacia adelante a causa de la eflorescencia atmosférica. También los picos salientes de la cresta en que nos encontramos son de esta formación, a diferencia de la cumbre, más alta, del lado opuesto, o sea al borde occidental de la sabana de Bogotá, la cual está formada por anchos montes de capas horizontales, casi unidos entre sí, para asemejarse a un solo muro, interrumpido de vez en cuando por una especie de hendeduras. Ya desde lejos podemos observar la posición horizontal de sus capas. 

A pesar de distinguir a Villeta desde la altura como colocada a nuestros pies, gastamos varias horas en nuestro descenso. El camino nos conduce constantemente entre ranchos erigidos de lado y lado, con poca distancia entre sí y con pequeños cultivos, cada uno en su rededor, de maíz, plátano, yuca, arracacha, caña de azúcar y tal vez unos cafetos, lo mismo que un potrero de menor o mayor extensión. En medio, matorrales bajos, nacidos en lugares donde el monte se había sacrificado con mira exclusiva a la explotación de la madera, sin labrar la tierra, o donde los cultivos iniciados se habían descontinuado después. Villeta, con sus 813 metros sobre el nivel del mar, es una villa de estructura similar a la de Guaduas, pero menos aseada y menos atractiva que esta. No obstante, constituye un sitio de veraneo predilecto para los bogotanos quienes, en los meses de diciembre y enero, o sea en los meses más pesados del año, suelen gozar por unas semanas del clima de tierra caliente. La atracción de Villeta consiste en el baño agradable que ofrece el río de su nombre en sus aguas descendentes de alturas moderadas y, por lo tanto, de temperatura bien soportable. Inútil es, empero, buscar instalaciones mínimas de balneario, así que de caseta de baño sirve el aire libre. 

Mucho tiempo tomó la preparación de un almuerzo frugal que habíamos pedido, exponiéndonos la demora al inconveniente de proseguir nuestro viaje apenas entre las 2 y 3 de la tarde, es decir en pleno ardor del mediodía. No nos apresuramos mucho, pues el caserío de Chimbe, donde queríamos pernoctar, nos fue descrito como fácilmente alcanzable en dos a tres horas. Empezamos por subir un trecho por el valle del río Villeta, para pronto empeñarnos en tomar una pendiente harto escarpada, que, sin embargo, comenzó nuestro esfuerzo permanente con el impresionante panorama sobre la montaña del lado opuesto, que habíamos atravesado por la mañana. Ahora, vista desde lejos, se presentó en un azul delicioso, tal como me había entusiasmado primero en Jamaica, y como habría de encantarme en adelante con frecuencia. Una vez entrada la oscuridad, el paisaje adquirió una expresión mágica a través de las numerosas llamaradas que tremolaban en todo el rededor, proveniente de las quemas de rastrojo y residuos de cultivos recolectados, para así preparar las siembras siguientes. Sufriendo de cansancio por la subida fuerte, nuestras bestias perdieron el rendimiento, de manera que a Chimbe llegamos ya caída la noche, además porque la distancia real era superior a la indicada. Mas atrás se habían quedado nuestros animales de carga, que ya no llegaron esa noche, obligándonos así a contentarnos con la alimentación y las camas recibidas en la posada. Para calificar de agradable la noche así pasada, tendría que exagerar mucho. Además sufrí de una erupción molesta de la piel, causada por el calor sofocante en el Magdalena y las picaduras de zancudos y jejenes. 

Chimbe, a 1.808 metros de altura, se encuentra emplazada en una cresta de montaña que, hacia el norte, cae en declive pronunciado al vallecito de Sasaima, lateral de el de Villeta. Justamente a nuestros pies tenemos la villa de Sasaima con sus extensas plantaciones de café, que tienen la fama de producir el mejor grano de Colombia. En hora y media más o menos de subida llegamos a Agualarga | (8) , con sus 2.250 metros de altura, caserío un poco mayor que Chimbe, con varias bodegas y una empresa de curtidos con fábrica de zapatos en construcción. Aquí comienza la carretera que conduce a la sabana de Bogotá y, atravesando esta, a la capital. Está apenas trazada, empezando desde un poco más abajo, pero falta terminarla. El clima no tenía para nosotros, calentanos experimentados, nada de agradable. Reina­ba un frío húmedo, con nubes bajas acumuladas sobre el monte que empieza a la salida del caserío, para subir hasta la cresta. La vista desde aquí es soberbia. Desde una pequeña colina cerca de la posada abraza todo el valle de Villeta, con la montaña en el fondo. El verde vivo de los platanales y cañaverales obliga involuntariamente a imaginarse el calor tropical en su contraste particular con el clima fresco y sombrío de nuestro paradero.  

Hacia el mediodía llegó el carro que habíamos pedido, para sorpresa nuestra bajo escolta militar. Del mismo se apeó Rafael Núñez, presidente de Colombia en el ejercicio anterior, a quien había parecido aconsejable esquivar los tumultos políticos acabados de estallar en Bogotá, para trasladarse a Cartagena, su ciudad natal. De allí regresaría al cabo de dos años a Bogotá como presidente nuevamente elegido.

La carretera, hábilmente trazada y, en aquel entonces en buen estado, va trepando en grandes recodos a la cumbre de 2.755 metros que, de los robles siempre verdes (quercus humboldtii) abundantes en el monte vecino, lleva el nombre del Alto del Roble, hallándose bastante hundido entre las cuestas densamente pobladas de árboles. Al paso de media hora de suave descenso alcanzamos la sabana cerca del caserío de Los Manzanos, pero todavía inhibidos de gozar el panorama en toda su extensión. A unos kilómetros al este, las colinas parecen volver a unirse. Por encima de ellos es cuando logramos divisar las dos capillas de Monserrate y Guadalupe, monumentos característicos de Bogotá, la capital del país, ubicada al otro extremo de la sabana. 

En Los Manzanos tenemos que esperar la llegada de nuestro equipaje, que se ha quedado bien atrás. Las bestias están bajo contrato hasta aquí no más. Para redespachar el equipaje, es menester ocupar uno de los carros de dos ruedas tirados por bueyes, aquí en uso, con capacidad de ocho a diez cargas de mula. Tan solo al caer la tarde llegan nuestras bestias, demasiado demoradas como para verse cumplidas nuestras esperanzas de alcanzar a llegar a Bogotá hoy mismo. Así nos vemos forzados a pasar la noche en la nada agradable posada de Los Manzanos. 

A la mañana siguiente llegamos en media hora por carretera casi recta a Facatativá, población de provincia carente de aseo. Luego de circundar unas colinas pequeñas, la carretera entra a la altiplanicie, la cual, con todo, no tiene mayor extensión sino en dirección este-sur-este, quedando a la derecha, a corta distancia, tan solo una cadena de colinas bajas de un color rojo extraño y, arrimando desde el norte, dos sierras, que a manera de penínsulas se extienden hacia adelante. No obstante, es una sensación rara encontrar, después de varios días de viaje a lomo de mula a través de elevaciones imponentes y hondonadas intercaladas, en medio de la montaña una tierra absolutamente plana a tan considerable altura sobre el nivel del mar. Y esta sensación se torna aún más impresionante al observar el cambio radical de la vegetación: desaparecieron el plátano, la caña, y los demás representantes del puro trópico, para ocupar su sitio los cultivos de trigo y papa y las inmensas extensiones de potreros de carretón y gramíneas. En las afueras de los jardines y las haciendas, los únicos árboles son los sauces y el gomero australiano o «eucalyptus globulus», en diferentes variedades. Las alturas limítrofes parecen peladas o apenas cubiertas con malezas bajas. 

A una hora de Facatativá pasamos por la población de Serrezuela, nombre hace poco oficialmente cambiado por el de Madrid. Y a media hora más hubo cambio de tiro en Cuatro Esquinas, o Mosquera. Pasada otra hora, cruzamos sobre un terraplén largo con puente de piedra originario de la época española, la depresión pantanosa del río Funza, para atravesar pronto la población de Fontibón, caracterizada por su larga extensión, a lado y lado de la carretera. Ahora las alturas limítrofes en el sur van retrocediendo bastante, para dejar al terreno plano la forma de una especie de bahía. Otra bahía, más extendida, observamos hacia el norte, con una colina baja intercalada a manera de isla. Mientras tanto, también Bogotá se divisa, más y más, con sus numerosas iglesias, y, al cabo de una hora, entramos por sus calles, felices de haber llegado. Pues el viaje de mes y medio, el calor a veces insoportable, lo mismo que la plétora de impresiones, nos han abatido. Pero, a la vez, dudas acosadoras se nos imponen: ¿Cuál será el aspecto de la ciudad, que, probablemente por un año, hemos escogido para nuestra permanencia? ¿Cómo serán sus habitantes? ¿Será posible amoldarse a las circunstancias extrañas? Y para el estudio ¿se encontrará lo esperado?

 



(7) La ruana es idéntica al poncho, es decir un pedazo cuadrado de palio o tela, acuchillado en el centro a fin de permitir meter la cabeza.(Regresar a 7)
(8) Nombre que más tarde se cambió por el de Albán.(Regresar a 8)

anterior | índice | siguiente