<>Terminada la operación de cargue, se dio la señal de
despeje, se soltaron los cables de amarre del buque, sonó un
silbido estridente de la sirena de vapor, a diferencia de la
campanada en uso entre nosotros, y, en medio de la vocinglería y
las gesticulaciones de la multitud, el vapor se puso en
marcha.
Lentamente se deslizó por el brazo angosto del río, brindándonos
tiempo suficiente para curiosear la nave que, a lo menos por una
semana, habría de albergarnos. Estos buques del Magdalena se
diferencian del todo de los acostumbrados en la navegación fluvial
nuestra. Son más bien del tipo de los conocidos por la mayoría de
mis lectores, a través de dibujos o pinturas, como surcando el río
Misisipí. Sus características más sobresalientes y determinantes de
su llamativo aspecto exterior son la enorme rueda de paletas en la
popa y su quilla extremadamente panda y ancha, que provee, a manera
de primera cubierta, un espacio amplio para la máquina y las
provisiones, tanto de leña como las alimenticias, dando al mismo
tiempo cabida para la estada de la tripulación y los pasajeros de
segunda clase. Encima de este lugar se eleva, con apoyo en pilares
de madera, la segunda cubierta, diseñada en forma diferente en cada
barco, según el destino de su espacio. En el “Montoya”
empieza con una extensión libre en la parte delantera, destinada a
la comodidad para los pasajeros durante el día, aprovechando que el
viento contrario los alivia un poco del calor sofocante cuando la
nave está en marcha. Sigue el corredor con pequeños camarotes a
lado y lado; cada uno de estos tiene un recargo de $ 10 sobre el
precio del pasaje, que es de $ 50. Para los demás pasajeros, lo
mismo que para los mozos, las camas se tienden en la sala y en la
parte delantera ya descrita. Al efecto se usan catres, muy
acostumbrados en tierra caliente y sumamente prácticos. Consisten
en una lona plegable templada sobre cuatro palos. El tendido lo
mismo que el indispensable toldillo, son por cuenta del pasajero.
Pero estando los camarotes previstos para instalar este último, el
viajero europeo ya por esta razón buscará el lujo de reservarse el
suyo. Dos cubiertas, de extensión reducida, que sobresalen de la
segunda, abarcan la habitación del capitán y la rueda del
timón.
Nuestro capitán es americano de origen alemán, pero escasamente
entiende una que otra palabra de este idioma. Un colega suyo de la
misma empresa, que viaja con nosotros, es holandés proveniente de
Curaçao, pero con ya larga permanencia en el país y con rango de
almirante colombiano, dignidad no necesariamente dependiente de la
existencia de una armada. El maquinista es inglés o norteamericano,
siendo el contador y el práctico colombianos, conocedor este último
de las particularidades del río. El contador viste a la manera
europea, mientras el práctico es morador autóctono de la región
fluvial, con nivel educativo apenas superior al de los bogas, es
decir de los tripulantes, conglomerado este de negros y zambos
semidesnudos, que charlan, se carcajean y maldicen sin cesar.
También los pocos pasajeros de primera demuestran haberse
encontrado por puro azar. Además de los Gastrells, de mí y de Mr.
Wheeler, que viaja a Bogotá por motivos de salud y con quien trabé
buena amistad allí, hay un turco de Jerusalén, cuyo hermano tiene
su negocio en Bogotá, y unos colombianos costeños que van a la
capital, gente de poca formación y conducta alegre. En segunda
suele viajar solamente gente de color, de las clases más bajas. En
nuestro viaje había entre ellos unos hombres con entrada
clandestina al país, que fueron encadenados, pero liberados otra
vez contra su promesa de ayudar a los bogas en su
labor.
Un viaje por vapor en un río que atraviesa tierra baja, pronto
se torna monótono y fatigante, a no ser que uno se ocupe en algo
cautivante, como levantar un mapa, por ejemplo. Impedido por varias
razones de hacerlo, uno coge un libro, tornando la vista al paisaje
únicamente de vez en cuando, al volver las hojas. Supongo que
“Ut mine Stromtied” de Fritz Reuter, libro recibido de un
amigo al despedirme, nunca antes se habría leído en el río
Magdalena. Habíamos montado nuestros asientos reclinables; los
colombianos ajustaron sus hamacas en los postes del buque,
meciéndose en ellas, exhalando el humo de sus cigarrillos,
charlando o buscando distracción, de vez en cuando, en uno de esos
libros de cuentos horribles de bandoleros. En alta mar las horas
del crepúsculo habían sido las más acogedoras de todo el día. Aquí
los zancudos, mosquitos y jejenes
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(3)
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estorban su goce, apareciendo
pronto a la puesta del sol y cubriendo cara y manos del viajero con
sus picaduras. Pero el aire acariciaba tan suavemente, y sobre el
fondo oscuro del firmamento las estrellas brillaban con tanta
intensidad, en el extremo norte las osas y, por el otro lado, todos
los astros del hemisferio meridional; al rededor centelleaban
continuamente los relámpagos, así que preferí lo mismo que mis
compañeros de viaje, seguir exponiéndome a las molestias de los
insectos en vez de refugiarme en el camarote con su calor
sofocante.
El horario de comedor en los vapores del Magdalena es idéntico
al que volveremos a encontrar en todo el país. Por la mañana, a la
hora de levantarnos, se nos brinda una taza de chocolate; a las 10½
a. m. hay desayuno y el almuerzo se sirve a las 5 p. m. La
diferencia entre los dos es insignificante. Muchos platos se sirven
a la vez, pero todos carecen de sabor y son poco apetecibles. En la
mesa atienden numerosos muchachos indios y zambos asquerosamente
sucios, que están al mando de un negro jamaicano. Ciertamente
asombroso es observar la torpeza demostrada en su modo de obrar y
la deficiencia del servicio prestado, a pesar de haber tantos
ayudantes como comensales.
De tres a cuatro veces al día el vapor se detiene a recibir leña
para la caldera, pues esta constituye el combustible exclusivo en
los buques del río. Así que cerca de los ranchos que encontramos a
nuestro paso se ve con frecuencia el montón de leña que su dueño
suministra a los vapores, a precio alto, pues el morador de la
región no se presta a rajar leña sino a jornal elevado. El negocio
lo cierra el capitán o el contador, e inmediatamente toda la
tripulación, incluso los meseros, empiezan a cargar la leña en
hombros. No obstante, el trabajo requiere hasta una hora cada vez,
demandando así la sexta parte, más o menos, de cada día, calculado
este desde el amanecer hasta la puesta del sol. Desgraciadamente
estos intervalos por lo general eran demasiado cortos y con
duración siempre imprevisible como para haberme podido alejar
mucho. Además, me sentía corto todavía en el uso del lenguaje y con
dificultad, por lo tanto, para entablar conversaciones y visitar
los ranchos. De caer tales paradas en las horas del mediodía, el
calor, disminuido durante la marcha, se vuelve insoportable,
suspirando todos nosotros por el momento de subirse el último leño
a bordo. En la parte inferior del río la navegación puede continuar
durante la noche, pero, mas arriba, los bancos de arena, lo mismo
que los troncos flotantes, constituyen peligros demasiado serios
para seguir.
El Magdalena no se cuenta entre los ríos gigantes de Suramérica,
ni siquiera aguanta comparación con los afluentes mayores de estos.
Su fuente se encuentra bajo los 2°, su desembocadura a los 11° de
latitud norte, esta un poco más al este que aquella, con una
distancia directa entre las dos un poco superior a 1.000
kilómetros, o sea 140 millas alemanas. La longitud efectiva del
río, computando todas sus vueltas y recodos, es imposible de
calcularla con exactitud, a falta de mapas lo suficientemente
adecuados. Parece ser de 1.600 Kms. aproximadamente, o sea 215
millas alemanas, superando así el largo del Rin en la cuarta parte
de este, pero no alcanzando el del Danubio. El territorio
atravesado por el Magdalena, es decir el área, cuyas aguas corren
hacia el río, comprende unos 240.000 kilómetros cuadrados, o sea
4.400 millas cuadradas alemanas, es decir 500 millas más que el del
Rin, mas el doble del Oder y el quíntuple del Weser. Esta área
abarca la mitad, más o menos, del territorio andino de Colombia,
denominación que, para contrastarlo con el istmo de Panamá y con
los llanos orientales, ya habíamos adoptado. Toda la vertiente
occidental de la Cordillera del Oeste, lo mismo que la parte
meridional del área encerrada entre las cordilleras Occidental y
Central, desaguan hacia el Océano Pacífico, los repechos orientales
de la Cordillera del Este y, en parte, de la Cordillera Central, en
cambio, hacia el Amazonas y el Orinoco. Las ramas septentrionales
de las cordilleras envían sus aguas en parte directamente al Mar
Caribe. Así pues, corresponde al área del Magdalena, en su
definición dada, toda la parte central del macizo andino
colombiano. Sobre la cuantía de agua lluvia recibida por la región
comprendida no hay observaciones fidedignas, pero, de todos modos,
supera a la de la Europa Central. Y aunque también la evaporación
es mayor, con toda probabilidad, el Magdalena reúne en su lecho más
agua que el Rin, y que los otros ríos alemanes no alimentados por
los Alpes. Pero las oscilaciones estacionales entre las cuantías de
agua pluvial que caen, son considerablemente más marcadas aquí en
los trópicos que en nuestra tierra. En consecuencia, de pronto el
río lleva cantidades enormes de agua, para en otros tiempos, quedar
reducido su lecho a un reguero insignificante con bancos de arena
asomados en la superficie. Entonces, solamente el bajo Magdalena
sigue apto para una navegación sin trabas; mientras que más arriba
los vapores pueden moverse tan solo muy lentamente echando plomada
cada rato. Pero aun con estas precauciones, muchos quedan varados
sobre un barranco, para salir a flote a veces semanas
después.
Nosotros tuvimos suerte. El nivel del agua ya no era tan alto
como en días anteriores, así que la nave no tenía que luchar contra
una corriente excesivamente brava, que era suficiente para
evitarnos varadas. El río se presentó con su superficie ancha y
majestuosa, a mi modo de ver con dos a tres veces la anchura del
Rin cerca de Bonn. Muy de vez en cuando encontramos una piragua con
su vela cuadrada o un buque surcando el inmenso nivel. El agua
misma, lejos de agradarnos con el color verde transparente
esperado, se nos presenta como una marea de barro amarillento y
turbia, que, al tomar nuestro baño, deja el cuerpo cubierto por una
costra gruesa. No obstante, se usa sin filtrar, para la cocina y
como bebida para la tripulación.
Poca oportunidad hay para admirar el río en toda su prolijidad,
pues por lo general corre dividido, por trechos más o menos largos,
en varios brazos, unidos estos, por numerosos lechos angostos y
pandos, que, en la época de sequía o verano, se secan por completo.
Los brazos a veces forman entre si lagunas de mayor o menor escala.
Tanto los brazos como sus comunicaciones, desde luego, quedan
sujetos a variaciones continuas en su curso. Al comienzo de los
años sesenta, el Magdalena, cerca de la desembocadura del río
Cauca, había dejado casi por completo su lecho, para forjar su
corriente a través de un antiguo brazo lateral, el de Loba, el que,
un poco más arriba, cerca de Sitionuevo, de suyo ya se une con el
río Cauca. Solamente con alto nivel de agua los vapores pueden
seguir el anterior brazo principal. Por lo general, han de coger la
vuelta considerable formada por el Cauca y el brazo de Loba. La
ciudad de Mompós, ya fundada en 1539 a orillas del antiguo brazo
principal y por mucho tiempo la más importante en el trayecto entre
Barranquilla y Honda, está en decaimiento a consecuencia del
fenómeno. En cambio, Magangué, emplazada en la parte inferior del
Cauca hoy unida con el Magdalena, está ganando importancia. Otra
variación similar de lecho se había producido antes, un poco río
arriba, con los subsecuentes efectos desfavorables para la
población de Morales a cambio del florecimiento de Simaña y Puerto
Nacional.
Por ambos lados el río va encauzado en medio de orillas
arcillosas, que, de gran uniformidad, se levantan de dos hasta seis
metros por encima de su nivel actual, cayendo a este en declive
casi vertical, sobre todo en la ribera externa de las curvaturas
del río. En muchos pasajes se puede observar la corriente en
proceso de roer el terreno así afectado, desplomándose con
frecuencia terrenos enteros ante los ojos de los viajeros, trozos
que el río se lleva para volver a depositar en aguas menos raudas.
Así, pues, con frecuencia se ven bancos bajos de lodo o de arena
antepuestos a las orillas altas y escarpadas, bancos que, al igual
que las pequeñas islas del río, se encuentran en permanente
peregrinación. Son completamente pelados o apenas cubiertos con
escasas yerbas o un poco de matorral, pues el río tan inquieto
habrá vuelto a destruirlos sin dar tiempo a que se desarrolle mayor
vegetación sobre ellos. Forman el paraíso de los caimanes, reptiles
que en Suramérica representan al cocodrilo del Nilo. Con frecuencia
de 20 pies de largo, estos monstruos se ven recostados por docenas
uno al lado del otro, las fauces del todo abiertas, tomando su baño
de sol. No se sienten molestos por el paso del buque. Pero al sonar
algún tiro descargado por uno de los viajeros cazadores, se
levantan lentamente, para deslizarse con pesadez al agua, pues el
tiro a los caimanes constituye el entretenimiento principal a bordo
de los vapores del Magdalena. Sin embargo, los animales saben muy
bien que entre el agua son inexpugnables. Allí son los soberanos
absolutos. ¡Ay del pobre que tiene la desgracia de caer al agua o
se deja sorprender por estos reptiles sanguinarios, bien sea a
bordo de una balsa o cerca de la orilla del río! Aquí yace un
caimán muerto, tal vez derribado por un tiro certero disparado
desde otro buque e imposibilitado así de alcanzar el agua
salvadora. Una bandada de gallinazos se ha encontrado en su
rededor, con ánimo de empezar su banquete. Al lado de los caimanes
se ven las intrépidas garzas blancas, observadas en otras regiones,
tanto posadas en los árboles o cruzando el río a vuelo, con las
piernas extendidas hacia atrás. Pájaros de otras especies todavía
son raros. Parecen intimidados por la anchura del río. Además, para
el viajero, la orilla, por lo general, queda demasiado distante
para reconocer moradores de tamaños menores en los árboles y
matorrales. Durante nuestras primeras jornadas poco monte se
presentó a nuestra vista, quedando la mayor parte de la llanura a
ambos lados del río ocupada por malezas y sabanas, estas últimas de
gramíneas sombreadas aquí y allá por árboles solitarios, en su
mayoría palmeras, sobre todo cerca del río. Muchos árboles nos
sorprenden por su carencia absoluta de follaje, recordando el
paisaje invernal europeo. Pero a diferencia de allá, aquí no son
influencias climáticas las causantes, sino las bandadas de
langostas que se comieron las hojas. En las sabanas hay rebaños de
ganado pastando, con destino, en gran parte, a la exportación a
Cuba. Muchas veces se observan ranchos solitarios rodeados por
pequeños platanales. De vez en cuando una población o pequeña
ciudad se ve intercalada en el paisaje.
Los dos Estados, Magdalena y Bolívar, que ocupan las riberas del
Magdalena inferior, figuran entre los menos progresistas de toda
Colombia, hecho que viene en contra de la esperanza fundada en que
por cercanía de la costa, se hallaran con una cultura más
adelantada. Fuera de la ganadería poco intensiva, solo se encuentra
una agricultura incipiente. En lugar de cultivarse en masa las
plantas tropicales útiles de todos los géneros, su producción se
limita a lo requerido por el consumo propio del habitante, con una
sola excepción, a saber los cultivos de tabaco de El Carmen, en
manos de alemanes. Tan insignificante desarrollo económico tiene
por causa principal, directa o indirecta, el clima caliente y
malsano, que al hombre blanco hace perder su energía y lo rinde
incapaz para todo esfuerzo físico. Por esta razón los españoles al
cabo de la conquista comenzaron a importar esclavos negros, con
cuya ayuda explotaron el país. En el transcurso del siglo presente
la esclavitud se fue aboliendo poco a poco y los negros libres, lo
mismo que los mestizos negroides, limitan su trabajo a lo
absolutamente indispensable para el sustento. En cambio, un
agitador político en su empeño de amotinar al pueblo para la
revolución, en ellos siempre encuentra sus más sumisos oyentes y
más adictos seguidores, no para defender principios políticos, pues
a la lucha se esquivan siempre que sea posible. Pero de hacienda en
hacienda van esas hordas, robando lo que les gusta y destruyendo lo
que no pueden llevar. En ningún sector de Colombia las revoluciones
son tan frecuentes como en estos Estados litorales, y en ninguna
parte han despoblado y devastado al país como
aquí.
En la tarde del primer día divisamos al este una cadena de
montañas con cimas envueltas entre nubes. Era, en todo caso, parte
de la Sierra Nevada
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(4)
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de Santa Marta, el coloso
montañoso aislado que casi en inmediaciones de la costa se levanta,
haciendo brillar, ya desde mucha distancia mar adentro, sus blancas
cumbres nevadas, como para demostrarle al viajero europeo que
también en el trópico hay nieve, si bien limitada a regiones de
mayor elevación sobre el nivel del mar que entre nosotros. Durante
los días siguientes atravesamos terrenos completamente planos. Tan
solo al salir del Cauca para desembocar al brazo de Loba, volvimos
a observar montañas, esta vez pertenecientes a la Cordillera
Oriental, pero todavía lejanas y mostrando únicamente sus contornos
perfilados, al paso que todas las particularidades quedaban
guardadas como un secreto bajo un azul nebuloso. Durante uno de los
días siguientes también la Cordillera Central nos mostró su extremo
septentrional que termina mucho más al sur que el de la Cordillera
Oriental. Más arriba, a menos que la selva ribereña nos privara del
goce, la observación de las montañas se tomó un espectáculo
continuo, presentándose, al efecto, ya la una, ya la otra
cordillera, o, también, ambas a la vez, y con tanto más esplendor y
magnitud cuanto más íbamos acortando distancias. Al séptimo día de
viaje, a la altura de Buenavista, experimentamos la sorpresa de
admirar las dos cimas volcánicas de toda la región, la del Tolima
en forma de cono y la del Ruiz, más aplastada y
ancha.
El paisaje ribereño sigue todavía conservando su carácter de
planicie, pero en su composición, que río más abajo era de arcilla
exclusivamente desde los 11° latitud norte, de vez en cuando
aparecen en las orillas unas colinas de la misma composición y de
unos 20 a 30 metros de elevación, con cuestas escarpadas que bajan
hasta el lecho del río. Con frecuencia van marcando los estrechos
de este, que antes iban formando obstáculos de mayor grado para la
navegación. Ya pasadas las desembocaduras de numerosos afluentes de
caudal, el río, como tal, va reduciéndose más y más. Abajo de
Puerto Nacional, el río Cauca, el San Jorge y el Cesar son los de
mayor importancia; arriba de esa población desembocan a la derecha
el río Lebrija, el Sogamoso, el Opón y el Carare, y a la izquierda,
además de varios pequeños, el Nare. La velocidad de nuestra nave ha
disminuido considerablemente, y las noches las hemos de pasar
anclados, todavía con mucha suerte en comparación con otros
vapores, que aún, con más lentitud y frecuentes choques contra
bancos de arena, están maniobrando. Encontramos varios de ellos ya
resignados por la lucha. Y no obstante, todavía el río no ha
llegado a niveles mínimos. Hay semanas que ni los buques pequeños,
de por sí destinados para la navegación en el alto Magdalena,
logran subir hasta Honda, en cuyo puerto al mismo tiempo hay otros
esperando la llamada creciente, es decir la elevación del nivel de
agua, para levar anclas. También los ríos caudalosos de nuestra
patria ofrecerían obstáculos mucho mayores a la navegación, de no
haber sido regulados por el hombre. ¡Qué esperamos entonces de los
trópicos, que, con sus épocas de lluvia tan variables, oponen
dificultades infinitamente mayores! De la canalización del
Magdalena se ha hablado y escrito mucho. Una sociedad se ha formado
a propósito, con su revista propia. Y hasta un ingeniero alemán, de
apellido Striedinger, se contrató para los estudios preliminares
del caso. Pero ya para tales investigaciones en un momento dado
faltaron los recursos, viéndose Striedinger cohibido para continuar
su obra. Así, pues, la costosa regulación del río probablemente
tardará mucho todavía en acometerse.
Las sabanas, predominantes en los primeros días del viaje en el
carácter del paisaje, poco a poco van cediendo su lugar a una selva
más y más densa y frondosa a medida que avanzamos. Esta, con su
renuevo exuberante, repara constantemente las destrucciones, tanto
de la infligida por los leñadores en su afán de proveer la
navegación con el combustible indispensable, como la provocada por
los derrumbes en las orillas y por las alteraciones frecuentes del
mismo lecho fluvial. Ciertamente, para el viajero novato, la selva
tiene algo de desilusionante. La altura de los árboles no alcanza
la figurada en su imaginación de cuentos viajeros, exagerados en
exceso. La exuberancia de la selva tropical se manifiesta desde
otro punto de vista. Todo bosque de nuestra tierra se caracteriza
por el predominio en él, frecuentemente llevado hasta la
exclusividad, de una sola, máximo dos o tres, especies de árboles.
Hablamos de bosques de abeto, o de pino o de haya, alternándose tan
solo a grandes espacios intermedios y bajo condiciones diferentes,
una clase de árbol con otra, para de pronto dominar esta última.
Qué diferencia en la selva tropical con su mezcla de innumerables
especies y la necesidad de buscar mucho a fin de encontrar otro
ejemplar más de una misma especie. La tierra baja tropical carece
del todo de coníferas, que tan solo a mayor altitud se encuentran
de vez en cuando, pero tampoco puede pretenderse que en el clima
cálido las palmeras ocupen su lugar. La propia arboleda tropical se
compone casi exclusivamente de dicotiledóneas, pero con marcada
diferencia de estatura en comparación con nuestros árboles. En
tanto que estos, en su mayoría, todavía cerca del suelo, empiezan a
extender sus primeras ramas, creciendo su tronco alternativamente
con inclinación hacia un lado y el otro, el tronco del árbol en los
trópicos sube esbelto y recto, formando su copa, con figura de
sombrilla, tan solo a mayor altura. Las palmeras pertenecen, casi
en su totalidad, a los árboles de estatura baja, llegando apenas a
la mitad o a las dos terceras partes de la de los gigantes de la
selva. Mientras el suelo de nuestros bosques solamente admite la
existencia de raquíticos matorrales, o, tal como en el bosque de
haya, tan solo un tapete de musgo con algunos helechos, del piso de
la selva tropical se levantan tantos árboles, arbustos y hierbas
cuantos sobre el espacio quepan. Pero aun así, la fuerza productiva
de la naturaleza no queda copada. Las copas de los árboles dan
albergue a numerosas plantas, que se alimentan o bien de los
árboles donde se hallan, o bien de la mera atmósfera. Otras matas
luchan, trepando por los troncos, por ganar, atravesando el
follaje, la luz plena del sol, para lanzarse luego, de árbol en
árbol, fenómeno no limitado a enredaderas blandas, como en nuestra
tierra, sino con especies de madera entre ellas, que se estrechan
más y más alrededor del tronco de su apoyo, para finalmente
estrangularlo, derrumbándose con él, pero volviendo a trepar luego
por el árbol vecino. Así, vista desde el río, la selva se ofrece
como una espesa muralla verde, que impide nuestra mirada hacia
adentro.
Los animales moradores de la selva se esconden en su mayoría
dentro del sombrío. Muy raras son las veces que el ojo del viajero
desde a bordo descubre al puma (león americano) o al jaguar
(tigre), que sí habitan todavía en estas selvas. Ni los monos son
espectáculo muy frecuente, habiendo preferido, probablemente,
retirarse selva adentro, asustados por el ruido de la navegación.
En cambio, los loros se presentan en bandadas, anunciándose ya
desde lejos por su gritería aguda y cruzando el río en vuelo casi
siempre de parejas. Numerosos insectos, entre ellos verdaderas
bellezas de mariposas, se mecen en el
aire.
La población se ha vuelto más y más escasa. Ya no pasamos, como
en la parte inferior del río, por estas ciudades pequeñas que con
sus techos de barro y sus paredes blanqueadas por lo menos
promueven una apariencia de civilización. Hasta pueblos y caseríos
son raros y de aspecto mísero. En intervalos de media hora más o
menos pasamos por ranchos solitarios, construidos de bambú y con
hojas de palmera como techo y circundados por pequeñas plantaciones
de plátano, maíz y caña, con unos árboles frutales para el
sustento, dentro del reducido claro en la selva. El plátano (musa
paradisiaca y sapientum) se considera como símbolo del idilio
tropical, por la facilidad de su cultivo y la excelencia de la
variedad de manjares que con la fruta deliciosa se pueden preparar.
Lo mismo el totumo (crescentia cujete), cuyos frutos en forma de
calabaza se parten por la mitad para producir buenas tazas de
múltiple uso, al igual que el calabazo (lagenaria vulgaris) con
frutos en forma de óvalo irregular, que, perforados y lavados, dan
envases duraderos para líquidos, listos para su uso. Hay también la
guadua o bambú americano, cuyos troncos huecos y divididos por
paredes transversales suelen usarse en las construcciones, lo mismo
que para un número de utensilios, vasos,
etc.
Fuera de algunas gallinas y perros, el morador del Magdalena no
acostumbra mantener animales domésticos. El río le suministra buen
pescado en abundancia, mientras la selva de vez en cuando con la
caza contribuye a variar su comida. Un sinnúmero de sendas,
conocidas únicamente por el dueño del rancho, la atraviesan,
aprovechadas tanto para fines de la caza como para conseguir leña
para su rancho y madera para su canoa. La selva también lo provee
de los bejucos, usados para juntar troncos y otras piezas de
madera; pues los acostumbrados clavos y grapas de hierro, aquí
pronto serían comidos por el óxido. Otra fuente de sustento es la
leña que el morador saca para vender a los vapores y, con su
producto, adquirir vestidos y satisfacer otras necesidades. Tal vez
se dedicará también a la recolección de la tagua, fruto de la
«phytelephas», especie de palmera, o a la tumba de árboles de
caucho (siphonia de varias clases) para sacarles su preciosa resma,
o del llamado cedro (cedrela odorata), de cuya madera se fabrican
las cajas cigarreras. Así se ve que la vida del morador tropical no
queda tan fácil y libre de preocupaciones como la del habitante de
esas regiones pudiéramos imaginar, pues en su soledad ha de
ocuparse de todo, no habiendo a quien acudir en solicitud de ayuda.
Cierto que la naturaleza lo apoya con su generosidad verdaderamente
asombrosa, pero, en cambio, también está continuamente en asecho,
con sus innumerables maneras para hacerle daño. A falta de
atención, la selva pronto vuelve a invadir plantaciones. La
corriente del río amenaza con arrancar las orillas, y, con ellas,
llevarse su rancho. El tigrillo devora sus pocos animales
domésticos. El caimán es un peligro para él mismo, cuando en un
momento de despreocupación se arrima demasiado al borde del río, o
si, por mala suerte, se vuelca su canoa, dejándolo caer al agua.
Una culebra venenosa lo ataca con su mordisco mortal en una de sus
incursiones a la selva. Fiebres peligrosas lo ponen fuera de
combate, acortando sus años. Raras veces el habitante de las
regiones altas o de la tierra templada se atreve a penetrar en las
selvas del bajo Magdalena, pues para el forastero, no adaptado al
clima desde temprana edad, la fiebre resulta mortífera. Se ven
pocos blancos, la gran mayoría de los moradores se compone más bien
de indios y negros, o, tal vez aun en mayor proporción, de zambos,
o sea mezcla de las dos razas. Esa gente, por lo general, se ha
establecido allí sin tener título alguno de propiedad sobre la
tierra, llevando una vida aislada y restringida a sí misma. Nadie
se ha empeñado, hasta ahora en crear cultivos en mayor escala, de
cacao, tabaco, algodón o similares.
Mención especial merecen actualmente tan solo aquellos puntos
que sirven de partida para caminos conducentes al interior del
país. Verdad que son pocos. Tenemos primero a Simaña, puerto de la
región caficultora del Carmen en el norte de Santander, no
confundible con el distrito tabacalero del mismo nombre en él
Estado de Bolívar; luego Puerto Nacional, y el puerto de Ocaña, uno
de los centros comerciales sobresalientes del país; además Paturia,
de donde el viajero llega, a medio día, por canales y atravesando
pequeñas lagunas, a Puerto Paredes, punto de salidadel camino
de herradura a Bucaramanga
|
(5)
. Otro trecho más arriba tenemos a Puerto
Wilches, en donde una carrilera de ferrocarril nos sorprende. Hace
años ya que se comenzó con la construcción de una línea férrea de
aquí a Bucaramanga, con el propósito de continuarla luego a Bogotá,
eludiendo así todos los sinsabores de la navegación a vapor. Cierto
que, hasta el momento, de la carrilera apenas existen los primeros
dos o tres kilómetros. También Barrancabermeja, que sigue ahora,
parece haber pasado por su época de mayores perspectivas, por
cuanto un alemán muy activo, von Lengerke, había constituido un
camino del puerto de Zapatoca, cuya obra, no obstante, tuvo que
abandonarse a la ruina a raíz de los repetidos asaltos a los
viajeros, cometidos por los indios bravos de la región. En este
punto, más o menos, o tal vez un poco más río arriba, los primeros
españoles, al mando de Quesada, abandonaron el río, para subir a la
montaña por un antiguo sendero indio. Durante largo tiempo este
camino sirvió de comunicación con la costa para los nuevos colonos
españoles, hasta cuando, más tarde, el camino a Honda se construyó
para abandonar aquel. Todavía un tanto más al sur existe el llamado
camino del Carare con salida desde Puerto Carare, ubicado a orillas
del afluente del Magdalena con el mismo nombre. Pero este camino,
por sus malas condiciones y lo poco adecuado del río para viajes de
subida, apenas se toma para la bajada de productos del país. Más
arriba de aquella salida de Paturia a Bucaramanga no encontramos en
la ribera derecha ningún camino distinto hacia el interior del
país, hasta llegar a Honda, nuestro punto de partida para Bogotá.
Pero hemos de recordar todavía un camino que sale de Nare, en la
orilla izquierda del Magdalena, a Medellín y a las otras ciudades
del interior de Antioquía. La Bodega en la ribera del río Nare esta
a media hora más o menos de la desembocadura de este en el
Magdalena. El corto viaje surcando las aguas cristalinas de este
río, con una vegetación de extraordinaria belleza y abundancia en
sus orillas, constituye un cambio altamente agradable. Pero cuidado
de no dejarse seducir por las apariencias, pues Nare es tenido por
uno de los pueblos en extremo malsanos de todo el valle del
Magdalena, motivo suficiente para los viajeros de volver a
escaparse cuanto antes, no obstante lo poco deseable que se
presenta el camino tierra adentro, demandando, en vista de su
estado, de seis a siete días para llegar a Medellín
|
(6)
. También aquí se busca la
solución mediante la construcción de una línea férrea, desde Puerto
Berrío, emplazado un poco río abajo desde Nare. La obra ya había
progresado más que el ferrocarril de Puerto Wilches a Bucaramanga,
pero tampoco sin exceder unos 25 kilómetros completados en varios
años de trabajo, con considerables sacrificios en vidas humanas y
medios financieros. El trayecto terminado estaba casi sin uso
todavía, pues se desconfiaba de su seguridad, con el agravante de
carecer el camino de herradura existente en su prolongación,
todavía de posadas, víveres y hasta agua suficiente. Es de
suponerse que mucho tiempo habrá de transcurrir todavía para poder
celebrar la conclusión de la obra con la llegada a su terminal,
Medellín.
El 5 de agosto por la mañana, precisamente cinco días después de
salir de Barranquilla, habíamos pasado por Puerto Berrío, para
llegar por la noche a Nare, donde pernoctamos. En la tarde del 6
arribamos a Buenavista, anclando por la noche un poco río abajo de
Conejo. A la mañana siguiente el paisaje presentó un carácter
totalmente diferente. Hasta aquí se habían levantado colinas
solitarias en la orilla, pero esta, generalmente hablando, era
plana, con la selva exuberante cubriendo tanto la planicie como las
colinas. Pero de ahora en adelante la montaña arrima al mismo río,
por ambas orillas, mostrando una maleza seca como única vegetación
y pareciendo, en contraste con la selva acabada de dejar, como
completamente pelada. Raras veces he presenciado un cambio de
paisaje tan brusco como este. Los cerros de un lado difieren mucho
en su formación con los del otro. En la orilla derecha hay una
típica sierra, con loma casi de cresta recta, y con una caída muy
pendiente hacia el río. En cambio, por la ribera izquierda se
levantan montes solitarios, formados por capas horizontales, de
centenares de metros de altura, en cuya estructura se suceden peñas
rudas verticales con terrazas casi horizontales, cubiertas de
vegetación, formaciones parecidas a unas de la llamada Suiza
Checo-Sajona. Estos montes descansan sobre una mesa baja formada de
toba volcánica, con unos 20 a 30 metros de elevación sobre el nivel
del río, para acabar luego en un macizo formado por capas
horizontales cerca de Honda.
En este terreno quebrado la corriente se ha tornado tan recia
como para oponer serios obstáculos a la navegación. En épocas
anteriores los vapores terminaban su viaje abajo de los rápidos;
ahora los de mayor fuerza pasan por lo menos una parte de estos. No
es tarea fácil, por cierto, y dizque muchas naves se han perdido en
la maniobra, por haberse excedido algún capitán temerario en las
exigencias demandadas a la máquina. También la caldera de nuestro
“Federico Montoya” está en el máximo de su presión, pero
sin lograr que la nave progrese contra la corriente, que pasa por
acá a la velocidad de unos 4 metros por segundo. Al fin, el capitán
resuelve enviar una parte de la tripulación a tierra para atar un
cable bastante largo y fuerte a unos árboles con uno de sus cabos,
quedando el otro conectado con la máquina, a través del malacate de
a bordo. Este, enrollando el cable, consigue arrastrar la nave por
el primero de los rápidos y luego también por el segundo. Hemos
llegado al término de nuestro viaje fluvial, cuyo recorrido iguala
al de Rotterdam a Basilea por el Rin o al de la desembocadura del
Elba hasta la ciudad de Königgrätz, más o menos. Pasar un buque por
el rápido siguiente llamado el “Salto de Honda” situado
cerca de la ciudad del mismo nombre, es en sumo grado peligroso,
habiéndose realizado la maniobra, por lo tanto, solamente como
extrema excepción. La navegación regular tiene su terminal ya un
poco río abajo. Nosotros anclamos a la altura de la Bodega de
Bogotá, en la orilla derechas, con el pueblito de Caracolí en la
opuesta, desde donde una corta línea férrea comunica con
Honda.
Honda tendrá sus 3.000 habitantes. Vista la ciudad desde la
ribera opuesta del Magdalena, extendiéndose por la pendiente orilla
hacia arriba, con su abundancia de palmeras en combinación con sus
rojas tejas de barro, produce una impresión simpática. Por en medio
de la ciudad el río Gualí lleva sus aguas recias, cruzado por
varios puentes debajo de uno de los cuales se observan todavía las
ruinas de otro, evocando el tiempo de los españoles. En la ribera
izquierda del Gualí se halla emplazado un barrio relativamente
recién construido al estilo usual colombiano, en la derecha
encontramos la antigua ciudad española. Las calles son estrechas y
sucias, las casas construidas en su mayor parte con adoquines.
Aspecto extraño causa el gran número de ruinas, todas las cuales,
lo mismo que las del puente, se remontan al gran terremoto del año
de 1805, de cuyas consecuencias Honda misma ha sido capaz de
recuperarse, sobre todo en atención al pronto estallido de las
guerras de liberación y su frecuente efecto transformador en el
área de las comunicaciones. La historia de Honda tiene mucho en
común con la de Cartagena, habiéndose ambas ciudades beneficiado de
la política española que imponía la exclusividad de determinadas
rutas para el comercio. Así, desde Cartagena, Magdalena arriba, no
se movía solamente el tráfico con destino a Bogotá y Antioquía,
sino también al Valle del Cauca y a Ecuador. Los rápidos obligaban
al transbordo, constituyéndose de esta manera en punto de salida
para un número de vías terrestres de comunicación. De ahí tiene
Honda el origen de su fundación y consiguiente florecimiento
relativo. Ganada la independencia, Ecuador estableció en Guayaquil,
al suroeste de Colombia en Tumaco y Buenaventura, sus puertos
marítimos propios; desde Medellín se construyó el camino a Nare.
Así que Honda perdió parte de su comercio, quedándole, empero, su
carácter de intermediaria en el comercio hacia Bogotá y varios
otros centros del país, por eso, los comerciantes de estos precisan
de comisionistas en Honda que se encargan de recibir las mercancías
a bordo del vapor para redespacharlas a lomo de mula o, viceversa,
de entregar los productos del país a los vapores. Naturalmente,
como parte integrante, florece a la vez el negocio mular. El
comercio propio de Honda es insignificante. Poco tiene para
exportar, y reducido es el círculo de quienes se aprovisionan donde
los comerciantes locales. Estos son del país, en su mayoría. Entre
los comisionistas sobresalen los señores Witney & Crane, a
la vez vicecónsules norteamericanos e ingleses y franceses. Un
paisano alemán, el señor Weckbercker, es, o era por lo menos,
propietario de la Bodega de Bogotá y, a la vez, de una hacienda
grande, con extensión por varias millas a orillas del Magdalena,
pero todavía cubierta de selva en su mayor parte.
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Los zancudos son la variedad
temida de los mosquitos tropicales. El nombre de mosquito cubre el
género de por sí Jejenes son una especie de moscas pequeñas.(Regresar a
3)
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(4)
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Recientemente recorrida por
W. Sievers y descrita en forma interesante en el libro titulado
“Viaje por la Sierra Nevada de Santa Marta”, publicado en
Leipzig en 1887. (Regresar a
4)
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Bien descrito por el barón
von Thielmann bajo el título de “Cuatro Caminos a través de
América”, publicado en Leipzig, 1879, p. 277 etc. (Regresar a
5)
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Véase descripción de F. V.
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Schenck en “Petermanns Mitteilungen”, 1880, p. 43
y, 1883, ps. 87. etc. (Regresar a
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