2. En la Costa
Septentrional
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El miércoles, 26 de julio, volvimos a levar anclas con rumbo a
Cartagena, cruzando al efecto el Golfo del Darién. El movimiento
totalmente irregular del oleaje, una especie de marejada
atravesada, causada por la reflexión de las olas en las riberas y
la interferencia del oleaje primitivo en él reflejado, dieron lugar
a que el barco aligerado de su carga, comenzara a cabecear
sensiblemente, con el efecto molesto de una nueva aparición del
mareo entre los pocos pasajeros que quedábamos. La tierra firme
desapareció completamente ante nuestra vista, para reaparecer tan
solo al acercarnos a Cartagena, cuya rada alcanzamos justamente un
día después de nuestra salida de Colón.
El puerto de Cartagena es excelente por naturaleza, pero la
política española cerró su entrada principal en 1795, no habiendo
permitido la indolencia del mismo origen su reapertura. Así que las
embarcaciones de mayor calado se ven obligadas a quedarse sobre la
rada un tanto peligrosa. Cartagena es una de las ciudades más
antiguas del país; data su fundación del año de 1533, es decir poco
posterior a la de Panamá y Santa Marta, a las que pronto llegó a
superar en importancia. Su progreso se debe a que, durante varios
siglos, la única caravana anual del comercio entre España y
Suramérica, arribaba a Cartagena para seguir luego a Portobelo.
Cartagena era pues el único puerto para toda la Nueva Granada y
Ecuador, porque cuanto menos puertos, más fácil su defensa. Más
tarde, es decir en 1778, se anuló el monopolio del comercio
colonial hasta entonces en manos, primero de los comerciantes de
Sevilla y después de los de Cádiz, liberando así el intercambio a
todos los españoles y anulando al mismo tiempo el privilegio de
Cartagena. Pero el comercio legítimo siguió prefiriendo el puerto
ya existente, en el cual, por lo demás, los virreyes con frecuencia
tenían su residencia, protegida por fuertes fortificaciones contra
los piratas ingleses y franceses. Durante la guerra de la
independencia le tocó a Cartagena un papel muy importante. En 1815
sufrió el sitio tremendo por el General Morillo, a quien, después
de ocupar la ciudad, le quedó fácil apoderarse rápidamente de todo
el país. Desde entonces, Cartagena no ha podido rehacerse a
satisfacción, ante la incapacidad de remover o compensar los
obstáculos que se habían unido en su
contra.
Ya nos hemos referido al cierre de la entrada principal de su
puerto por los españoles. Su única vía de comunicación con el
Magdalena, el Canal del Dique, ya en sí deficiente, queda obstruida
por bancos de arena formados en su lecho. Y a estos contratiempos
se suma la pérdida del monopolio disfrutado en la época colonial.
Así las cosas, es apenas natural que el comercio se desplazara a
Santa Marta y, más tarde, a Barranquilla, ambas situadas más hacia
el este y escogidas especialmente por las nuevas líneas
transatlánticas en formación para arribar, facilitando ellas mismas
las instalaciones requeridas.
A las tres de la mañana abandonamos la rada de Cartagena. Horas
después, cuando subí a cubierta, ya estábamos navegando, a bastante
distancia al este, a lo largo de la costa, caracterizada esta por
una serranía baja cubierta de matorral, probablemente el declive de
una altiplanicie. A las 10 a. m. aproximadamente habíamos llegado a
la altura donde esta serranía cae a la llanura. En su cresta
divisamos todavía una mancha blanca que pronto se reveló como una
edificación. Luego observamos al pie otras casas o chozas y,
delante de las colinas, un llano cubierto de monte, formando una
pequeña bahía; después de media hora más anclamos en esta bahía al
costado de un vapor hamburgués y varios veleros. Habíamos llegado
al punto de destino de nuestro viaje marítimo, la rada de Sabanilla
o Salgar.
Pronto vimos partir de la ribera una pequeña embarcación de
vapor con varias lanchas a remolque para arribar al costado del
“Medway”. Subieron a este varios caballeros, pero no eran
los oficiales de la aduana ni de la sanidad portuaria, funcionarios
con quienes el viajero suele establecer su primer contacto. En
cambio, aparecieron un representante de la compañía marítima, el
cónsul británico, deseoso de saludar a su nuevo jefe, y otros
particulares. Colombia había abolido la cuarentena ya desde hacía
algunos años, por considerarla incompatible con los principios de
libertad. El trámite aduanero había sido transferido recientemente
a Barranquilla, un alivio al menos para el viajero, ya que el
gravamen mismo le resulta cosa de mucha monta. Pues cada kilogramo
de equipaje excedente de los cien iniciales, requiere el pago de
sesenta centavos de derechos, equivalentes estos a dos marcos con
40 pfennigs en moneda alemana. La casa blanca en la colina,
originalmente había sido construida como despacho aduanero. Pero
impedida, en vista de su ubicación inadecuada, para cumplir este
cometido, ahora estaba sirviendo de base para la transferencia de
señales marítimas.
Según supimos más tarde, estaba listo un tren especial destinado
a llevar a los pasajeros del vapor “Medway” a
Barranquilla. Pero la administración del ferrocarril, en su
astucia, había omitido dar la nueva al buque, ni siquiera
aprovechando la oportunidad de hacerlo por conducto de los
ocupantes de la lancha. En consecuencia, a falta de toda
información contraria, permanecimos a bordo para tomar el tren
regular que salía apenas al atardecer.
A las tres de la tarde finalmente nos despedimos del vapor y de
su capitán, que nos habían albergado durante tres semanas y media,
para llegar a tierra por medio de una pequeña lancha de vapor, al
cabo de unos veinte a veinticinco minutos. No existiendo estación
de ferrocarril, el tren permanece estacionado en medio de la
población
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(1)
, si es
que el amontonamiento de ranchos infelices merece tal calificación.
Uno de estos ranchos, que no se distingue ni en medidas ni en
aspecto de los demás, es el restaurante ferroviario. Al cabo de una
hora montamos en un vagón largo parecido a un ómnibus y, a poco
rato, el tren se puso en marcha. El ferrocarril, construido en 1870
por una empresa alemana y más tarde adquirido por la nación, lleva
el nombre de Bolívar. La distancia hasta Barranquilla es de 22
kilómetros y se recorre en 45 minutos, tiempo igual al que se toma
un tren de carga en Alemania. El tiquete vale 5 pesos, equivalentes
a 20 marcos, mientras el de primera clase para la misma distancia
entre nosotros, se paga a 1.75 marcos. Con todo, el precio resulta
todavía un poco inferior al panameño. El trayecto está formado por
tierra plana que se eleva apenas del nivel del mar y, a todas
luces, está constituido por sedimentos del río Magdalena. Nos
encontramos aquí sobre el borde occidental de su delta, pues a
nuestra derecha están acompañándonos hasta Barranquilla unas
colinas bajas, de formación más antigua que los sedimentos
fluviales. El viaje es, en este sentido, comparable con el
recorrido de Danzig a Dirschau, que sobre el borde oeste del río
Vístula se realiza al pie de la Chapa Diluvial, exceptuando,
naturalmente, la vegetación diferente, explicable con el hecho de
encontrarnos allí a los 54½° de latitud norte, contra apenas 11° en
este sitio. Aquí hay un paisaje en forma de parque, es decir
llanuras con árboles solitarios y matorrales en que pastan rebaños
de ganado vacuno. A orillas de un brazo estancado del río a la
izquierda se observan muchos mangles con sus raíces peculiares
supraterrestres. Estos mangles o mangroves (rhizophora mangle) se
encuentran en todas aquellas partes de las costas tropicales
afectadas por las mareas y son siempre señal de clima malsano, sea
porque la inundación del suelo con su subsiguiente desecamiento
está causando fiebre o sea que los mismos mangles exhalen
sustancias adversas a la salud humana.
Desde la estación viajamos directamente al Hotel Victoria,
manejado por un irlandés multilingüe y, en aquel entonces, el mejor
hotel de la ciudad. Por dos pesos diarios brindaba alojamiento con
alimentación, esta última de poco agrado a mi paladar, pero
ponderada por varios empleados comerciales alemanes, quienes
estaban de comensales. De vuelta desde el interior del país y con
las experiencias culinarias allí sufridas, probablemente también
elogiaría esta cocina.
Barranquilla está ubicada a orillas de un brazo del Magdalena,
mientras el propio río pasa a media hora de distancia hacia el
este. Por fotografías vistas en Kingston había sacado la impresión
de una ciudad acogedora, situada en un paraje bonito. ¡Cuánto me
desilusionó la realidad! Solamente los cocoteros a orillas del
brazo fluvial y los buques de estilo barroco surtos en él, le
agregan al cuadro un poco de vida. Las calles todas son rectas, en
su mayoría bastante anchas e indescriptiblemente arenosas. Se dice
que la arena proviene de las inundaciones del río Magdalena,
fenómeno este que motiva también la elevación de varios pies que
tienen los andenes a ambos lados de las calles. Fácilmente se puede
imaginar el efecto elevador producido por la arena, sobre todo la
arremolinada, tanto sobre la temperatura del medio como sobre el
reflejo agudo de la luz solar. El área de la ciudad sobrepasa en
mucho la extensión estimada a raíz del número de sus habitantes,
calculado entonces en 15.000. La estación ferroviaria está a un
cuarto de hora, por lo menos, de distancia del centro de la urbe,
no alcanzando con esto todavía su linde extremo. El diámetro de la
ciudad será de unos 2½ kilómetros en promedio, debiéndose su
relativamente vasta extensión a la preferencia dada en su
estructura a las casas de un solo piso
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(2)
. Construcciones de dos pisos no hay sino muy
pocas, y de tres una sola, un hotel, que viene ponderando esta
ventaja dudosa, en su propaganda, de una manera especial.
Insoportable sería el calor en Barranquilla si la urbe estuviera
construida a la manera de las metrópolis europeas o norteamericanas
de edificios altos. En el conglomerado de estos el calor es,
especialmente de noche, mucho más sensible que en los trópicos,
como pude experimentarlo en Nueva York, en el viaje de regreso. En
la distinción de las casas de grado superior de aquellas
inferiores, el material empleado juega papel decisivo. Las
habitaciones de la gente acomodada están preferencialmente
construidas de adobes (ladrillos secados al aire), nítidamente
blanqueadas o pintadas en colores claros. Tienen techos planos o
construidos con tejas cocidas. En lugar de ventanas de vidrio hay,
por lo general, meras aberturas, que de día quedan cerradas por
postigos, a fin de mantener un ambiente fresco adentro. Por fuera,
estas ventanas portan rejas de madera, características de los
países de orientación española. Desde el punto de vista
arquitectónico. Barranquilla carece del todo de obras dignas de
mención. Tampoco la catedral con sus dos torres de diferente
estructura llama nuestra atención. Las casas de los habitantes
acomodados ocupan tan solo unas pocas vías en el centro de la urbe,
viviendo alrededor la gente de condiciones inferiores en sus
ranchos cubiertos con hojas de palmera. A medida que se aleja uno
del centro estos ranchos aumentan en distancia entre sí,
imposibilitando, por lo tanto, la orientación sobre el linde
urbano. Ni en un paseo de tres cuartos de hora de distancia del
hotel, realizado en la primera mañana, logré salir del área de
estas chozas y sus huertezuelos cercados; así hube de limitar mi
actividad a la recolección de unas plantas silvestres. En cambio,
encontré recompensa en un hallazgo geológico: Cerca de la estación
ferroviaria tropecé con un suelo consistente en innumerables
corales cubiertos por una capa arenosa mezclada con restos de
conchas, formaciones originadas en sedimentos del mar, que
evidencian un retroceso del nivel de este.
Lamento haber tenido que abstenerme de inspeccionar las colinas
circundantes, por temor de sufrir de insolación o de ataque de
fiebre. Además, el calor sofocante, mi desconocimiento del idioma y
la falta de relaciones hicieron lo suyo para confinarme
prácticamente al hotel durante nuestra permanencia de dos días en
Barranquilla, a excepción de las noches, que aproveché para
pasearme un rato por las calles. La población me parece que consta,
en su gran mayoría, de mulatos y zambos, es decir, mezclas de
negros con blancos e indios. Además hay mestizos o cholos, es decir
mezclas de blancos con indios, lo mismo que blancos, negros e
indios puros. Así se ven caballeros que llevan vestido blanco fino,
a la vez que pordioseros cubiertos de harapos y negros a
semivestir. Las damas distinguidas se mantienen en sus casas. Las
mujeres del pueblo visten prendas de tela común. El viajero recién
llegado considera como obvio el uso frecuente de los coches; en
cambio llaman su atención los numerosos jinetes que encuentra en la
ciudad. Pues los criollos acostumbran andar a caballo aun para el
camino más corto, teniéndolo siempre ensillado y
disponible.
Barranquilla es actualmente el centro comercial más importante
en las costas colombianas, excepción hecha de Panamá, que se
beneficia del tránsito notable entre los dos océanos. Las casas
comerciales barranquilleras, encabezadas por un número de firmas
alemanas, no solo exportan los productos del país para traer, en
cambio, mercancías europeas, sino que también hacen las veces de
comisionistas para los comerciantes del interior, empeñados en los
mismos oficios. Como ni las líneas marítimas ni la administración
del ferrocarril intervienen en las múltiples tramitaciones
requeridas, los interesados dependen para el efecto de un
comisionista domiciliado. Este se encarga de encaminar las
mercancías de exportación, recibiendo, por el otro lado, y
despachando las provenientes del exterior, atendiendo, entre otras,
las siguientes diligencias: trasbordo entre el vapor marítimo y el
ferrocarril, lo mismo que entre este y el vapor fluvial, escogencia
de las empresas o líneas por ocupar, negociación de los fletes,
diferentes estos entre sí y fluctuantes sobre todo en proporción a
la oferta y demanda y, por último, tramitación aduanera para las
importaciones.
La importancia de Barranquilla se debe a su ubicación tan cerca
a la desembocadura del río Magdalena, el cual, para la mayor parte
realmente poblada de Colombia, representa la comunicación más
cómoda con su costa. Con todo, la supremacía del sitio apenas data
de los últimos años. Hemos visto que Cartagena mantuvo durante los
tres siglos de la soberanía española el monopolio del comercio
colombiano, para trasladarse este a Santa Marta, una vez terminadas
las guerras de la independencia, puerto este último de mejor
comunicación con el río Magdalena y, además, en condiciones más
favorables después del cierre de el de Cartagena. Las mercancías
descargadas de los transatlánticos en Santa Marta se redespachan en
champanes, es decir en grandes lanchas cubiertas, a través de la
Ciénaga, una especie de lago ribereño, que en su formación tiene
parecido con ciertos golfos de la Prusia oriental, y luego, pasando
por unos brazos fluviales, a Soledad o a Barranquilla, para seguir
de allí río arriba. La navegación a vapor por el río Magdalena,
inaugurada en 1845, había de reducirse a su brazo principal,
teniendo a Barranquilla por punto de partida, donde se efectuaba el
trasbordo desde los champanes a los vapores. Con el tiempo, aquí
también se establecieron comerciantes extranjeros, especialmente
alemanes, mientras que en Santa Marta predominaron los
norteamericanos. Natural era el empeño de aquellos en conquistar la
supremacía para Barranquilla, abriéndole a esta una conexión
directa al mar. La suposición de encontrarla en la misma
desembocadura del río Magdalena no carecía de fundamento, pues,
efectivamente, uno que otro vapor marítimo había subido por esta
vía. Hasta un crucero de la armada alemana había hecho su
presencia, ante el pavor de los habitantes, para exigir una
contribución. A veces la línea “Atlas” se había servido
de la misma vía, abandonándola luego por motivo de la varada de
varios de sus buques; otros, de mayor calado, nunca habían hecho el
ensayo. Una barra formada por sedimentos de fango traído por el río
en su curso y depositado en su desembocadura es la causante del
fenómeno aquí, lo mismo que en muchas otras de las grandes vías
acuáticas. Sabido es, por ejemplo, el alto costo demandado por las
medidas para mantener libre la entrada a los grandes
transatlánticos en la desembocadura del Misisipí. Dificultades
similares probablemente no se harían esperar en la del Magdalena.
Ciertamente tan solo el Estado podría asumir tamaña obra, una vez
alcanzada la respectiva madurez económica del país. A los
comerciantes alemanes les quedó la única solución de construir el
ferrocarril a Sabanilla, que conocimos a nuestra llegada. Una vez
puesto en servicio este, los vapores marítimos tocaron en Sabanilla
en lugar de Santa Marta, con el efecto de un rápido descenso del
comercio en beneficio del correspondiente florecimiento de el de
Barranquilla, ciudad que, en adelante, domina más de las dos
terceras partes del comercio colombiano de importación y
exportación. El número de habitantes, incluyendo suburbios, que,
según censos oficiales, en 1851 era de 6.100, contra 11.600 en
1870, se calcula en 15.000 en 1882. Pero el futuro desarrollo
barranquillero parece dudoso, ya que la rada de Sabanilla-Salgar es
bastante inferior a las de Santa Marta y de Cartagena. Cierto que
se está considerando la prolongación del ferrocarril hasta Belillo
para allí construir un muelle mar adentro, de unos 500 pies de
largo. Pero también está ventilándose la canalización del Dique de
Cartagena, lo mismo que la construcción de un ferrocarril de Santa
Marta a Barranquilla, que más tarde se reemplazaría por un canal.
Un fenómeno típicamente colombiano es el de que el Estado se empeña
en apoyar a la vez todas estas empresas competidoras, no logrando
así, naturalmente, el progreso real y verdadero de ninguna. Solo el
tiempo enseñará cuál de las empresas resultará la más valiosa y
cuál de las tres ciudades saldrá victoriosa de la lucha en pleno
desarrollo.
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(1)
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La población se llama Salgar, mientras Sabanilla es un
pueblo de pescadores, a una hora distante hacia el este. No
obstante, el puerto suele llamarse Sabanilla.(Regresar a 1)
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(2)
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Por estas suelen entenderse aquí
las casas formadas por el “bajo” exclusivamente.(Regresar a 2)
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