4. La situación
económica y el nivel cultural de Colombia
“¿Le parece muy atrasado el país, caballero?” Esta es
la discreta pregunta, con la cual el viajero europeo se ve
enfrentado casi a diario, con la esperanza evidente de una
respuesta negativa. Pero lejos estaba de mí sucumbir a la misma
debilidad colombiana de contrariar la verdad por meras razones de
cortesía. En consecuencia, mi constante respuesta era: “Pues
sí, señor, lo siento mucho, pero así es,” ofreciendo
casualmente mis excusas por medio de unas palabras explicativas
alusivas a la configuración adversa del terreno colombiano y otras,
toda vez que la importunidad de mi interlocutor no hubiera afectado
mi usual buen humor.
En efecto, y sin perjuicio de la escala aplicada, hemos de
admitir que en su desarrollo cultural Colombia y los colombianos
distan todavía mucho de alcanzar el nivel ocupado por Europa y los
Estados Unidos, y aun aquel de otros países tropicales, incluyendo
ciertas partes de Suramérica.
Todavía es pequeña la proporción del territorio ocupado por el
hombre. El istmo de Panamá, en tiempos de su descubrimiento de
relativamente densa población, está hoy en día en su mayor
extensión cubierto por espesa selva, abundante en lluvias y focos
de fiebre y habitado apenas por escasas hordas de indios. La misma
selva exuberante está cubriendo también toda la vertiente
occidental de la cordillera, para extenderse alrededor de las
vertientes septentrionales de las cadenas occidental y central y
luego seguir el cauce del río Magdalena y sus afluentes hacia
arriba, hasta alcanzar los 5½° de latitud norte. Con escasas
interrupciones vuelve a aparecer también al sur de esta posición,
cubriendo los desfiladeros septentrionales de la Cordillera
Oriental hasta el lago de Maracaibo, lo mismo que gran parte de sus
vertientes orientales, para unirse al sur con la selva de la
llanura oriental. Todas esas regiones han seguido hasta hoy en día
como refugio de las tribus de indios salvajes. En las planicies de
los llanos orientales, con base en su suelo fértil y su magnífica
red de vías fluviales tal vez llamados a convertirse en extensa
región de floreciente agricultura y activo movimiento comercial
Orinoco abajo, hoy apenas pastan manadas de reses semisalvajes
destinadas al consumo interno colombiano, en tanto que escasos
cultivos satisfacen las necesidades más apremiantes de los pocos
habitantes.
Tan solo en las partes céntricas de las cordilleras, o sea a
gran distancia de la costa, encontramos una población de mayor
densidad, a la vez que extensiones de cultivos dignos de mencionar.
Pero aun así, de esas regiones, calificables de cultivadas, la
selva ha desaparecido apenas por partes, estando, fuera de eso,
bajo cultivo y uso ganadero apenas una parte del terreno
desmontado, mientras que lo demás está cubierto de matorral y
rastrojo inútiles y de aspecto heterogéneo, a no ser que aparezca
la roca pelada, por haberse llevado los aguaceros tropicales toda
la capa vegetal.
El total de los indios salvajes se estima en unas 150.000 almas,
en tanto que el censo de 1870 revelaba una población civilizada de
2.900.000, que puede haber aumentado hoy en día a un poco más de
3.000.000. Comparando, tenemos pues que un territorio de extensión
de una y media a dos y media veces el Imperio Alemán —depende
del criterio aplicado sobre el curso de las fronteras todavía sin
definir— tiene una población que apenas excede a la del reino
de Sajonia. De ella la mayor parte, o sea 2.650.000, vive en la
región andina, que, con su extensión de 8.900 millas cuadradas,
denuncia un promedio de 300 habitantes por milla cuadrada, a
diferencia de 4.620 en el Imperio Alemán. Ahora bien, tanto el
estímulo y, desde luego, el roce, requieren como caldo de cultivo
cierta densidad de población como primera condición para incitar a
la ayuda mutua y para desarrollar la división del trabajo, ambas
promotoras esenciales del progreso cultural. En cambio, es la
población escasa y dispersa una de las causas del mal estado de las
vías de comunicación, tan indispensables para la explotación de los
recursos naturales.
Esta se extiende hasta la selva, la cual en su interior guarda
tanto producto valioso, por ejemplo la corteza de quina, que ha
venido demostrando su papel importante para el comercio. Pero es
lógico que también la riqueza de la naturaleza tropical tienda a
agotarse, en caso de continuar el hombre aprovechándose de ella sin
hacer ni el más mínimo esfuerzo para conservarla. Obvio es, por
otra parte, que la vida selva adentro escasee de casi todo lo que
pudiera estimular un desarrollo
civilizador.
Indiscutible es también la relación existente entre el bajo
nivel del desarrollo económico alcanzado y la extensión y calidad
de los terrenos dedicados a la ganadería, sin perjuicio del
indudable progreso de esta en comparación con su estado en la época
precolonial, pues a los conquistadores españoles les corresponde el
mérito de haber traído los primeros animales domésticos,
desconocidos antes como integrantes de la fauna americana. Cierto
es que la res del país es poco rentable en cuanto a carne y menos
aún en leche, motivos por los cuales sirve apenas para el consumo
doméstico, excepción hecha de las pieles. Pero no menos cierto es
también que la negligencia en el cuido de los animales no permite
dar más.
En materia de cultivos, la característica más importante es su
gran variedad, ya que casi todas las plantas cultivables del mundo
se hallan presentes a relativamente poca distancia. Pues el clima
tropical unido a la facilidad de una amplia rotación de cultivos
produce abundantes cosechas. En cambio es innegable que la
primitividad de la empresa agrícola limita la producción, en tanto
que las comunicaciones deficientes dificultan la distribución de
los productos. Tanto así es que en Boyacá muchas veces la papa no
retribuye su transporte al mercado, en tanto que en el litoral
norte el trigo crecido en la sabana de Bogotá no puede competir con
la harina norteamericana. Queda, por lo tanto, el café
prácticamente como único producto agrícola apto para la
exportación.
Un cuadro más alentador lo ofrece la minería. Habiendo
encontrado oro en grandes cantidades en poder de los indios con
ocasión del descubrimiento del país, los españoles hicieron de los
metales preciosos su mayor punto de atracción relacionado con las
nuevas colonias. Antes de 1720 y luego de 1800 a 1820 la Nueva
Granada era el principal productor de oro del mundo, con una
participación del 35% en la producción total, estimándose su
exportación durante los tres siglos del dominio español en un poco
más de un millón de kilogramos. En tanto que la cuantía absoluta se
mantuvo también más tarde, el descubrimiento de los ricos
yacimientos de oro tanto en Rusia como en California y Australia le
hicieron perder terreno a Colombia en su categoría
|
(1)
. De por sí de cierta
importancia, la minería de plata nunca ha alcanzado a jugar el
mismo papel que la del oro. En la actualidad el Estado de Antioquia
está marchando a la cabeza en la explotación de ambos metales, a la
vez que las minas tanto del Tolima como del Valle del Cauca y del
norte de Santander están apenas en vía de reanudar su explotación,
mientras que en el Chocó, territorio que se extiende sobre la
vertiente oeste de la Cordillera Occidental y llamado la California
colombiana, la espesa selva y el clima mortífero todavía prohiben
la penetración del hombre. La transformación de los minerales
padece todavía del bajo nivel cultural general, así que la
fundición se limita a restringidos lugares, motivo por el cual a
falta de poder aplicar la amalgamación, el mineral como tal se
despacha a Europa. Cierto es que parte de las utilidades para en
manos extranjeras, ya que numerosas minas son de propiedad de
compañías europeas, hecho que, si bien es lamentable para el país,
también lo favorece, manteniendo las minas en
explotación.
De los yacimientos, tanto de carbón como de hierro, casi
limitados a la Cordillera Oriental, poco provecho se ha sabido
sacar en el pasado, ya que la industria colombiana, al igual que la
de la mayoría de los países coloniales tropicales, no ha salido
todavía de su estado incipiente. Aquí unos ejemplos en vía
ilustrativa: Las fibras sacadas de las hojas del fique, una
«fourcroya» parecida al agave, se convierten en lazos, alpargatas y
otros artículos, en tanto que la paja suministrada por la
carludovica palmata, pequeña palmera de abanico, en algunos sitios
sirve para elaborar sombreros de paja, que, aún en cantidad
insignificante, se exportan como sombreros de Panamá
|
(2)
. En las tierras altas de Boyacá
lo mismo que en los alrededores del Socorro, siguen tejiéndose
todavía a la antigua manera india paños para pantalones y ruanas de
algodón y tal vez hoy también de lana, en tanto que en varias
regiones existen alfarerías rudimentarias. Muebles un tanto toscos
y artículos de talabartería se confeccionan. Mientras que en las
ciudades la artesanía ha logrado elevar un tanto su nivel gracias a
la influencia de ciudadanos franceses e italianos inmigrados, las
pocas empresas industriales intentadas en el pasado para una
producción al por mayor, han fracasado en sus comienzos. Por lo
tanto, los artículos manufacturados requeridos por el consumidor
necesariamente siguen importándose de Europa y de los Estados
Unidos.
El valor total de las importaciones realizadas durante el año
fiscal de 1882/83 está indicado en $ 11.500.000 o sea 46.000.000 de
marcos, con la probabilidad de exceder esta cuantía en algo, desde
que los altos derechos de aduana suelen producir declaraciones
inferiores en valor, en tanto que las declaraciones relativas a las
exportaciones, acostumbran sobrepasar su valor real porque abarcan
el alto costo del seguro marítimo. Una escala un tanto más
fidedigna para la comparación la ofrece la cotización cambiarla,
aunque esta, a su vez, se afecta en sumo grado por la fluctuante
relación entre el precio del oro y el de la plata, pues en tanto
que el valor del peso, en la realidad, por lo menos, está fundado
sobre el patrón de plata, las importaciones oriundas tanto de
Europa como de los Estados Unidos, en general son pagaderas en oro.
Al parecer, hasta 1883 las importaciones se mantuvieron en
equilibrio con las exportaciones, mientras la disminución posterior
de estas provocó un alza de la prima cambiaria al 25%. La baja, ya
iniciada en los años setenta en la exportación de tabaco e índigo,
había encontrado su contrapeso en el incremento inusitado de la
exportación de corteza de quina, provocado por el descubrimiento de
la corteza de la cuprea en las cercanías de Bucaramanga. Pero a
causa de la ulterior barrida de la corteza del mercado londinense y
de los fenómenos adversos ocurridos al mismo tiempo en el mercado
del café, el comercio exterior llegó a un estado tal que en 1884
las exportaciones de oro y plata unidas a la del café, pieles y
otras de menor importancia ya no alcanzaban a cubrir las
importaciones, en tanto que las quejas sobre la mala situación de
los negocios se generalizaron en todo el país.
No obstante, las importaciones consideradas en proporción a la
población numérica no se pueden calificar de altas, en comparación,
por ejemplo, con el estado de cosas en las colonias tropicales de
Inglaterra y Holanda. Es cierto que el papel jugado por Colombia en
el comercio mundial es mucho menor en importancia que el de
aquellas, pero sería inútil buscar la causa del fenómeno en un
aislamiento o en una independencia del país, económicamente
hablando. Tal como hemos visto, la industria colombiana está lejos
de poder satisfacer aspiraciones superiores a cierto nivel, en
tanto que muchas de ellas quedarán del todo sin cubrir, simplemente
por falta de medios para pagarlas. Dicho de otro modo, el
colombiano es un pueblo pobre, hecho que lo evidencia un vistazo
sobre su tenor de vida.
Como el país mismo está suministrando en todos sus niveles de
altura los productos allí cultivables a base de poco esfuerzo, la
alimentación del pueblo no adolece de deficiencia, si bien la
preparación de los platos en general deja que desear. En cuanto a
la vestimenta, la naturaleza tropical ayuda a limitar las
necesidades, cometiéndose por lo tanto un error al relacionar la
deficiencia del ropaje con un estado de pobreza, ya que hasta los
aristocráticos caballeros que en Bogotá andan vestidos a la última
moda parisiense, no tienen inconveniente alguno en calzar zapatos
rotos en sus viajes. Llenas las antesalas de los bogotanos
acomodados de muebles europeos y de lujosos espejos, hasta no caber
más, sus habitaciones y dormitorios, lo mismo que sus casas de
campo apenas ostentan un mobiliario bastante escaso; de las
instalaciones de las habitaciones de las clases populares, media e
inferior, ni hablar, ya que todo artesano o campesino alemán se
avergonzaría de ellas. El que más de la mitad de la población viva
en ranchos miserables, también es cierto. En tanto que las lámparas
de queroseno apenas las usan contadas familias acomodadas en las
ciudades mayores, en general se consumen velas de cebo de mala
calidad. La quinina, a toda evidencia creada por la naturaleza para
combatir las numerosas fiebres, resulta un medicamento muy raro
aquí, en el país de su origen. Libros se encuentran raras veces, en
tanto que cuadros de aceptable valor artístico brillan por su
ausencia.
Se podría argüir que una vida tan austera no está reflejando
necesariamente un estado de pobreza, ya que a la voluntad de cada
cual quedaría el orientar la suya particular hacia niveles más
agradables, aun en el ambiente tropical, de por sí un tanto
antagónico a una actitud ambiciosa.
Aunque acertado hasta cierto punto, me parece no obstante que
tal argumento no abarca el problema en toda su magnitud. Pues para
llegar a la meta no basta que la gente proceda a construir sus
casas más a su acomodo. Habría que equiparlas también en el mismo
sentido progresista. Pero ¿cómo hacerlo? Para poder adquirir en
mayor escala los objetos de arte y artesanía implicados, primero
necesitarían o bien crearse o traerse de fuera. Obvio es que para
elaborarlos habría que aumentar la potencia productora, en tanto
que para importarlos sería menester incrementar el poder
adquisitivo del país en moneda extranjera. Pero esta última medida
sería de alcance limitado, por cuanto el déficit no es originario
de la falta de producción de bienes exportables, sino de la
dificultad de su venta.
En Colombia la propiedad se halla distribuida de una manera más
favorable que en muchos otros países tropicales, en donde a la
satisfacción originada en el conjunto de su riqueza se mezcla la
amargura que surge al contemplar lo reducido del número de sus
usufructuarios, en tanto que la gran mayoría de la población vive
en una esclavitud o una servidumbre tal, como si ella no existiera
sino para trabajar en satisfacer los menesteres de sus amos.
Abolidas la esclavitud y la servidumbre de los indios, en Colombia
todos los componentes de la población son iguales por lo menos ante
la ley, sin distingos de origen ni de color, pero tal estado de
cosas no se ha traducido todavía por completo a la práctica pues el
pobre indio sigue dependiendo en muchos aspectos del terrateniente;
todavía continúa muy problemático el que los jueces salgan en
defensa de sus derechos, en tanto que son solamente las clases
inferiores las que se enrolan para prestar el servicio militar.
Pero preciso es admitir que hace apenas unos cuantos decenios cosas
por el estilo estaban todavía en boga en países europeos que a la
vez se ufanaban de su nivel de cultura. Consideradas desde el punto
de vista social, las condiciones de Colombia se asemejan a las
reinantes en las provincias orientales de Prusia, predominantemente
dedicadas a la agricultura, exceptuando la intervención estatal
allí existente. Ni aquí ni allá se contemplan problemas sociales de
importancia, toda vez que a falta de la industria misma no hay
trabajadores industriales que pudieran
originarlos.
A pesar del innegable progreso alcanzado en el transcurso de los
últimos decenios, la educación popular dista mucho de igualar a la
nuestra, siendo así que todavía ni la mitad de la población sabe
leer y escribir, en tanto que el pueblo sigue hundido en la
superstición en un grado difícil de imaginar. La disciplina
intelectual de las clases superiores adolece de superficialidad, a
la vez que, muy contrario a la norteamericana, desatiende el
aspecto práctico, motivo por el cual el país para toda realización
en el campo técnico necesita la asistencia del extranjero. Para el
desarrollo de la ciencia, así como del arte y de la literatura,
Colombia casi no ofrece base todavía, ya que tanto el bajo nivel
del bienestar nacional como la organización democrática todavía no
permiten ejercer profesiones en las materias, a la vez que, por
otra parte, el intercambio intelectual con el exterior se dificulta
demasiado. Ciertos comienzos de una vida científica habidos al
principio del siglo, cayeron víctimas de la guerra de la
independencia, en tanto que varios de los jóvenes científicos
perdieron la vida, ya sea en el campo de batalla o bajo el hacha de
los verdugos de Morillo. Pocos son los acontecimientos científicos
acaecidos en los sesenta años de vida republicana transcurridos.
Del campo de la historia patria se ocuparon Restrepo, Joaquín
Acosta, Plaza y Groot; en tanto que Vergara presentó la historia de
la literatura de Nueva Granada, Uricoechea y Zerda se dedicaron al
estudio de las antigüedades indias, mientras que Cuervo elaboró un
diccionario de la lengua española. Caro se dedicó a la traducción
de Virgilio, J. M. González reinstaló el observatorio astronómico
y Triana está dedicado a la flora de Colombia. En el campo de la
poesía dramática y de la novela los frutos no han madurado todavía;
en el de la poesía lírica no soy muy competente, aunque me parece
que entre el diluvio de su producción no habrá sino pocas obras
realmente sobresalientes. Para las artes plásticas y gráficas
parece que el suelo todavía no está
preparado.
Tratando de resumir nuestras consideraciones sobre el desarrollo
intelectual colombiano, el resultado no puede diferir de nuestra
opinión emitida sobre el progreso económico. Es decir, que en el
campo de la cultura tanto material como intelectual el cuadro
sintetizado no es halagador, pues el nivel de cultura todavía dista
mucho del alcanzado por otras naciones civilizadas, a la vez que el
progreso parece un tanto demorado.
¿Cuál será el elemento retardante? ¿Lo encontraremos en la misma
naturaleza del país? ¿O en su desarrollo histórico? ¿O tal vez en
el carácter nacional? Para ser justos, preciso será excluir de
antemano toda comparación tanto con los Estados Unidos como con
Chile y la Argentina, y limitarnos a aquella con otros países
tropicales, eliminando a la vez el efecto distintivo que las
diferentes latitudes ciertamente ejercen sobre el proceso
civilizador. En tanto que la naturaleza tropical por un lado
le brinda al hombre con un esfuerzo moderado todo lo que es
esencial para su alimentación, vestimenta y techo, a la vez lo
priva de alicientes más poderosos para trabajar. Tanto la selva
como la llanura de los trópicos estorban sencillamente la
comunicación al igual que la colonización, aislando al hombre y
retardando por lo tanto su progreso así económico como intelectual.
El calor tropical, a la vez que le prohibe al europeo y
especialmente al de origen germánico, el esfuerzo físico, debilita
su capacidad intelectual, sin contar el efecto perjudicial que la
fiebre y otras enfermedades producen sobre su estado de salud y
hasta sobre la duración de su vida. Mientras que los indios se
afectan por los mismos fenómenos, los negros y zambos parecen los
únicos humanos resistentes al clima tropical. Unicamente a mayor
altitud sobre el nivel del mar el europeo encuentra condiciones de
vida parecidas a las brindadas por los países de la zona
templada.
Diversas circunstancias, de orden tanto natural como histórico,
han provocado, en escala mayor que en otros países tropicales, una
concentración preferencial de los habitantes en las montañas, y
especialmente sobre las altiplanicies. Pero en verdad, las ventajas
climáticas así aseguradas se ven enfrentadas a factores
desventajosos. Colombia suele señalarse como país especialmente
privilegiado, calificación escuchada con más frecuencia dentro de
sus fronteras que afuera y que se basa no solamente en sus
yacimientos de oro y plata, sino también en la gran variedad de los
productos compaginables en su cultivo, con el carácter montañoso de
las partes habitadas. Pero el barón von Thielmann acierta desde
luego
|
(3)
|
al
subrayar el hecho de que la posibilidad teórica de cultivar plantas
de todas las zonas por sí sola no debe tomarse por riqueza todavía.
Además es indispensable tener en cuenta que considerables
extensiones de terrenos o bien son áridas por naturaleza o han
venido tomándose así por inconsideración del hombre. Factor
decisivamente adverso a la explotación de la riqueza lo constituye
el problema del transporte, pues en tanto que en Venezuela la
montaña cultivable se eleva en inmediaciones de la costa, la
colombiana se halla en general separada del mar por medio de
extensas llanuras escasamente pobladas o de selvas impregnadas de
la fiebre, estando además tan subdividida, que toda comunicación de
una población a otra generalmente requiere el cruce de altas
cadenas de montaña. Así las cosas, la apertura de considerables
partes del país requiere la construcción de numerosas líneas
férreas y carreteras.
Obvio es que tales obstáculos naturales habrían podido vencerse
en un grado mayor del logrado, así que habrán de aducirse fenómenos
políticos y morales al lado de la evidente configuración
desfavorable del terreno, para explicar el atraso existente hoy en
día en el desarrollo de la cultura colombiana. Insensata me
parecería la pretensión de tomar por freno dilatorio del
desarrollo, el hecho de haber subyugado y hasta cierto punto
asimilado a los indios de aquí en lugar de eliminarlos, tal como
sucedió en los Estados Unidos. Difícil es para mí imaginar que el
sacrificio de los indios hubiera podido favorecer el progreso
cultural, pues tal sacrificio, que estuvo a punto de ocurrir a no
ser por la humanitaria intervención del obispo Las Casas, de seguro
habría producido más víctimas que lamentar en la lucha de los
pueblos por su subsistencia. La comparación con el caso de los
pielrojas norteamericanos no puede convencer, ya que su lugar fue
ocupado por blancos en número muy superior, mientras que aquí los
territorios habrían quedado despoblados, no solo en las regiones
bajas, sino, en vista de las deficientes vías de comunicación,
también en las alturas. Mucho más difícil de contestar sería la
pregunta, de si la traída de los negros ha resultado en beneficio o
en contra de los intereses del país, tanto aquí como en otras
naciones. Cierto es que sin su trabajo muchas riquezas habrían
quedado sin extraer del subsuelo, pero tampoco cabe negar que aquí
ellos hoy en día parecen detener el progreso, a la vez que
constituyen un grave peligro para el futuro del
país.
Esencialmente atendido hasta ahora el destino del país por el
elemento español, los colombianos de las clases superiores con
preponderancia de estirpe española, acostumbran achacar toda la
responsabilidad a la política colonial de la madre patria. Sin duda
el hecho de limitar todo adelanto a la minería exclusivamente, aun
con perjuicio de la agricultura en varios de sus aspectos, junto a
otras medidas puramente egoístas tomadas por los conquistadores, no
pudieron menos de estorbar el desarrollo económico e intelectual.
Cierto es que así se explica el desmesurado atraso cultural que
existía en las colonias españolas en la época de la emancipación,
pero no menos dudoso es que aun después de que la guerra de la
independencia removió aquellas trabas, el progreso tanto de
Colombia como de los demás países salidos del yugo español ha sido
muy lento. El gastar sus fuerzas y sus medios en querellas
infructuosas y en revoluciones, tal como lo hicieron las naciones
recién fundadas, desde luego no puede ser compatible con un trabajo
serio concentrado en la formación de riqueza y en el progreso
intelectual.
Los colombianos, por su parte, suelen atribuir el fenómeno a su
minería, resultado de los largos años de vivir bajo el yugo
español, excusando a, la vez a la manera de pecados de juventud sus
embrollos y luchas internas, no sin aludir
|a los tumultos y
guerras civiles librados al efecto entre los Estados europeos antes
de entrar ellos en la época comparativamente adecuada para su
constante desarrollo. Admitiendo que tales observaciones aciertan
en parte, no creo, en cambio, poder cargar a la cuenta de la
desbordante fuerza juvenil todo lo que encontramos de disforme y
lamentable tanto en la nación colombiana como en sus
manifestaciones vitales. Reconozco que existe cierto paralelo entre
el joven acabado de salir del ambiente disciplinario de las aulas y
un pueblo que súbitamente adquiere su libertad absoluta después de
prolongada dependencia. Así como al joven en presencia de la
libertad recién ganada sus desbordantes fuerzas fácilmente lo
mueven hacia excesos, también todo un pueblo en la situación
acabada de describir corre el peligro de desacertar en la
escogencia de su camino, para desgastar sus fuerzas en objetivos
inútiles. Muchas cosas hemos de tenerle en cuenta al estado de
juventud, tanto de las personas como de los pueblos, cuidándonos,
entre otras, de censurar á los suramericanos desde un vanidoso
punto de vista de la cultura europea del siglo XIX, que tan
fácilmente nos seduce hacia lo exagerado y presuntuoso. Pero la
falta de laboriosidad y de energía creativa, lo mismo que la
aversión a la vida campestre y la inclinación hacia las intrigas
políticas, como factores integrantes que son de la herencia
española, lejos de ser atributos juveniles, indudablemente
pertenecen a las características de la edad
madura.
A la vez que tanto Chile como Argentina están gozando de una
vida palpitante y floreciente, el ritmo progresista colombiano
parece menos marcado, por lo menos en cuanto al futuro inmediato se
refiere. Pues dentro del país las fuerzas morales, requeridas para
acelerarlo, no se vislumbran, en tanto que la inyección de fuerzas
nuevas a través de una inmigración europea de suficiente magnitud
no es de esperarse. Pero todo intento de anticipar un juicio sobre
el futuro desarrollo de un país tiene valor apenas relativo, ya que
sucesos fuera de todo alcance de la capacidad humana de prever
pueden alterar por completo tanto las condiciones como la celeridad
del desarrollo cultural, sea que se trate de revoluciones, inventos
de gran alcance o influencias de origen religioso o moral.
|
(1)
|
Véase Soetbeer,
Edelmetallproduktion (Producción de Metales Preciosos), Petermanns
Mitteilungen, Tomo Suplementario 57, de 1879. (Regresar a 1)
|
|
(2)
|
La mayoría de los llamados sombreros de Panamá
provienen de Guayaquil, Ecuador.(Regresar a
2)
|
|
(3)
|
“Cuatro Caminos a través de América”,
Leipzig, 1879, pág. 348.(Regresar a
3)
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