3. Los Estados Unidos de
Colombia
Los Estados Unidos de Colombia creados por la constitución de
Rionegro estaban conformados por nueve estados soberanos, a saber:
Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Panamá,
Santander y Tolima, y de varios territorios nacionales, entre ellos
Caquetá, San Martín, Nevada y Motilones, regiones sin cultivar y
habitadas por tribus de indios salvajes, por derecho público
pertenecientes a varios de los estados federados, pero cedidos por
estos a la nación, en razón a su administración más
efectiva.
La constitución se limitaba a regular las relaciones entre los
estados, a organizar el gobierno común y a determinar ciertos
principios generales previstos como disposiciones comunes para
incluir en las constituciones individuales de cada uno de ellos.
Tanto su elaboración en detalle como la reglamentación eran de
incumbencia de cada uno de los estados. Las relaciones exteriores
quedaban, por lo menos en teoría, a cargo de la nación, por ejemplo
la celebración de contratos y la declaración de guerra, y, en
consecuencia, también el nombramiento tanto de representantes
diplomáticos y cónsules del país, como el reconocimiento de los
ministros plenipotenciarios extranjeros. Para apreciar los efectos,
valga un ejemplo: Un cónsul extranjero con motivo de una de tantas
reclamaciones ante el gobierno del Estado de Panamá, no puede
dirigirse directamente a tal gobierno estatal, sino que tiene que
valerse del representante diplomático de su país en Bogotá, para
que este interceda ante el gobierno nacional. Demorada así la
contestación por lo menos un mes a consecuencia de las deficientes
comunicaciones, el gobierno estatal suele valerse del nacional tan
lejano, para dilatar el asunto aún más, anomalía que ya ha
provocado enérgicos reclamos por parte de las potencias
extranjeras. Al paso que en el comienzo la nación era la única
facultada para mantener un ejército regular, desde 1867 el mismo
derecho se concedió a los estados individualmente, pero sin
coordinar las dos clases de tropa en lo más mínimo. Así las cosas,
veces ha habido en que uno de los estados se levantara en armas
contra el otro, en lugar de concurrir a la decisión del gobierno
federal, lo mismo que contra este han venido dirigiéndose las armas
estatales en casos de mero desacuerdo con su política. En disputa
ardua se tomó en los años siguientes la cuestión de si, en cambio,
el gobierno federal habría de intervenir en defensa del gobierno
estatal existente en casos de sublevación
interna.
Pero, lejos de concretarse al campo militar, semejantes casos de
administración paralela de ordinario solían predominar también en
otras ramas, por ejemplo en la de vías de comunicación, correo y
educación. Así pues la nación tiene a su cargo el mantenimiento de
las principales vías de comunicaciones entre los estados, el
transporte del correo en ellos y la administración de las líneas
telegráficas, en tanto que los caminos y comunicaciones meramente
intermunicipales son de incumbencia de los estados. Los
establecimientos de educación superior, existentes en Bogotá para
todo el país, son manejados por el gobierno nacional, al paso que
las escuelas públicas pertenecen a la administración de los
estados. Y en cuanto toca a la administración de justicia, el
gobierno nacional tiene su corte suprema, con jurisdicción
exclusivamente en los casos de crimen político y de controversias
entre los diferentes estados, en tanto que a estos corresponde la
administración de justicia en general. Como fuentes de entrada la
nación dispone de los derechos de importación y del monopolio de la
sal, fuera de algunas más de menor escala, estando, en contra, a su
cargo la administración de los territorios
nacionales.
El gobierno nacional se divide en los poderes legislativo,
ejecutivo y judicial. El poder legislativo lo constituye el
congreso, subdividido en la cámara de representantes y el senado. A
este último cada uno de los estados designe tres delegados, en
tanto que la cámara de representantes se compone de miembros
determinados por elecciones generales, con un miembro por cada
50.000 habitantes. A la cabeza del poder ejecutivo está el
presidente elegido por un período de dos años. Para resultar
elegido, se requiere mayoría absoluta de los nueve votos
representativos de los nueve estados. Al efecto, cada uno de los
estados votaría por el candidato que en las votaciones dentro del
estado expresamente convocadas para tal fin hubiera obtenido la
relativa mayoría de votos, haciéndolo con el número de estos.
Estando regulado por ley estatal, el derecho a votar en algunos
estados puede ejercerse por todos y cada uno de los ciudadanos, en
tanto que otros lo limitan a los capacitados para leer y escribir.
Los funcionarios públicos los nombra el presidente con sujeción a
la aprobación del senado. Hechos los nombramientos por tiempo fijo,
suelen quedarse insubsistentes de todos modos con el arribo de un
presidente nuevo al poder. El oficio de funcionario público no
requiere preparación alguna; para ejercer el cargo de juez tampoco
es necesario haber absuelto el estudio de la jurisprudencia, hasta
tal extremo que algunos estados prescinden de la capacidad del
candidato de leer y escribir. Antes nombrados con carácter
vitalicio de acuerdo con la usanza nuestra, con la implantación de
los principios radicales el término se ha reducido a un año, lo que
prácticamente equivale a declarar la movilidad de los jueces,
quienes así en un todo quedan dependientes del gobierno. Con su
concepto mucho más detallado que el nuestro, la ley también abarca
ordenanzas y medidas administrativas, con el efecto de obligar a la
cámara de representantes y más aún al senado a ocuparse de mínimos
detalles. Aprobada una ley en tres sesiones por cada una de las dos
cámaras, pasa al presidente a objeto de su sanción. A falta de
esta, se devuelve a las cámaras, con cuya segunda aprobación al
presidente no le queda más remedio que el de
sancionarla.
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Pero también en otros aspectos la constitución colombiana se
asemeja a la de los estados europeos más radicales. Obvio es que
los crímenes se juzgan por jurado, al paso que la ley penal es muy
liberal; por ejemplo, diez años de presidio constituyen la máxima
pena aplicable. Existe libertad incondicional de palabra y prensa,
tanto que las ofensas más cínicas proferidas contra funcionarios
públicos quedan impunes. Con orgullo especial se destaca la
abolición tanto de la obligación de llevar pasaporte como la de
cuarentena.
Excesivas ya en gran parte estas concesiones desde el punto de
vista conservador, este se escandalizó más todavía por las leyes
referentes a la política eclesiástica. Ya comenzada en los años de
1851 a 1853 la legislación eclesiástica liberal con la abolición de
la exclusividad de la iglesia católica y en cambio sí la concesión
de la libertad de credo, y la imposición del matrimonio civil como
obligatorio, lo mismo que la separación completa de la iglesia
católica del estado con miras a quitarle todo apoyo a aquella y a
prescindir a la vez de toda futura injerencia, Mosquera durante su
dictadura ideó aún mucho más contra la Iglesia, uno de los apoyos
principales del partido conservador, disponiendo por ejemplo el
requisito de su previo visto bueno gubernamental para todo clérigo,
así como la supresión de los conventos, con incautación de sus
bienes y la encarcelación del arzobispo de Bogotá en contestación
de su protesta contra tales medidas, las que, ratificadas más tarde
por la convención de Rionegro, habrían de constituirse en una de
las más enardecidas controversias políticas durante los dos
decenios siguientes. Ocupado Mosquera en castigar al vecino Ecuador
por haberse comprometido en la pasada guerra civil neogranadina, en
Antioquia estalló una rebelión, seguida por otras ocurridas bajo la
presidencia de Murillo en las más variadas partes del país, pero
sofocadas todas con relativa prontitud.
Mosquera, luego de haber permanecido como enviado
plenipotenciario en Europa, volvió a asumir la presidencia en 1866.
Con su acostumbrada actitud despótica, las controversias con la
mayoría del congreso no tardaron en presentarse. Habiendo concedido
ya en marzo de 1867 a los estados el derecho de mantener sus
contingentes de tropa permanente aun en épocas de paz, el congreso
emitió en abril de 1867 dos importantes leyes más, del todo
contrarias a las ideas de Mosquera y con el efecto de una bofetada
para él. La primera le impuso estricta neutralidad al gobierno
nacional en casos de presentarse revoluciones en cualesquiera de
los estados, en tanto que Mosquera demandaba el apoyo federal al
gobierno estatal implicado. Por medio de la otra ley se facilitó el
regreso de los obispos y sacerdotes, expulsados en su tiempo. Rotas
en consecuencia sus relaciones con el congreso, Mosquera una vez
más se autocalificó de dictador, haciendo capturar a varios
escritores y congresistas. Pero transcurridas apenas unas semanas,
fue el mismo dictador a quien un número de ciudadanos, ayudado por
la guarnición de Bogotá, capturó, para hacerlo juzgar y destituir
por el congreso.
Lo reemplazó el general Santos Acosta, a quien siguieron en su
orden en 1868 Santos Gutiérrez, en 1870 Eustorgio Salgar, en 1872
Manuel Murillo, en 1874 Santiago Pérez y en 1876 Aquileo Parra,
todos afiliados al partido radical. En tanto que los gobiernos de
los cuatro primeros transcurrieron sin eventos mayores dignos de
recordar, por lo menos en cuanto a estorbos de la paz pública, ya
durante la presidencia de Pérez volvieron a presentarse tales
estorbos, al paso que bajo el gobierno de Parra estalló una
revolución conservadora que cubrió todo el país. Tuvo su origen en
un proyecto de ley tendiente a suprimir la enseñanza religiosa en
las escuelas. Aunque modificado luego en el sentido de dejar la
enseñanza como facultativa de los directores, era natural que los
conservadores lo tomaran como motivo o por lo menos de pretexto
para emprender la lucha contra los liberales, cuyo gobierno, a su
modo de ver, ya se había prolongado excesivamente. Pero malograda
la estimación de sus propias fuerzas, la revolución fracasó, con el
resultado de mantenerse los liberales en el gobierno. Sin embargo,
ya bajo la presidencia de Trujillo, de 1878 a 1880, el partido
liberal empezó a desmoronarse con la salida de los independientes
encabezados por Rafael Núñez, antes ultra radical. Más moderados en
sus principios, poco a poco vieron crecer sus influencias, tanto
que Rafael Núñez resultó elegido presidente por el período de 1880
a 1882. Bajo su gobierno fue aprobada la ley sobre orden público
exactamente en la forma en que Mosquera había pretendido en vano
obtener. Su sucesor, Zaldúa, un anciano honrado pero un tanto
testarudo y afiliado a los radicales, subió al poder presidencial
en 1882, viéndose enfrentado a una mayoría de independientes y
conservadores en el congreso.
Al entrar a Bogotá en agosto de 1882, encontramos el mar de la
política muy agitado. A Núñez, quien había abandonado a Bogotá, en
secreto a la sombra de la noche, en viaje a Cartagena, su ciudad
natal, lo habíamos visto en Agualarga. Pero el muy reducido número
de tiros cambiados en Bogotá en aquellos días parece restarle mucho
de la seriedad a tal fuga, hasta llegar a convertirla en comedia
hábilmente tramada por el astuto político en su empeño de no
desgastar su posición prematuramente. Las continuas controversias y
querellas entre el presidente y el congreso probablemente habrían
llevado a otra guerra civil, en caso de que Zaldúa no hubiera
muerto en los últimos días de 1882, es decir, a tiempo. Declinada
la sucesión por Núñez, como primer designado, Otálora en su
carácter de segundo asumió la presidencia. Pero durante su gobierno
el país no quedaba libre ni un momento del constante temor a una
nueva revolución, con todo su efecto paralizante sobre la vida
comercial. ¿Y la razón? Pues la señora de Otálora, que antes había
hecho su vida mediante trabajos manuales, pretendía seguir de
primera dama por otro período. Pero ¿cómo compaginar tal deseo con
la disposición constitucional colombiana que excluye la reelección
para el período inmediatamente posterior? Falto de definición al
efecto, Otálora y sus seguidores, resueltos como buenos radicales a
obstruir una nueva ascensión de Núñez, pretendían la
inaplicabilidad del veto al caso presente, en razón a la ausencia
de reelección, puesto que no había precedido una elección, sino la
designación, argumento que desde luego fue rechazado por los
adversarios. Señalado el día 2 de septiembre para las elecciones,
era imprescindible suspender las sesiones del congreso adverso
hasta aquella fecha, toda vez que reunido tiene la mayor influencia
sobre el resultado de los comicios, pues es él el que no solamente
aprueba o desaprueba todos los nombramientos y medidas, sino
también el que dispone de las fuerzas armadas. El modo de proceder
escogido es un ejemplo sin par de cómo disponer la intriga.
Quedando sin quórum en tres sesiones consecutivas, el congreso de
hecho se considera disuelto. Casualmente, dos veces ya había
ocurrido así, cuando la primera dama persuadió a un número
suficiente de congresistas a no asistir, para así asegurar la
disolución. Pero los independientes y conservadores acosaron a su
inocente marido, acostado y fingiéndose enfermo como acostumbraba a
enfrentarse a situaciones desagradables, para volver a convocar al
congreso al cabo de apenas dos días. Aunque todos los dignatarios
se habían quedado en Bogotá entre tanto, salvo pocas excepciones
cobraron los altos gastos de ida y regreso por viajes que de
ordinario en menos de un mes no habrían podido realizar. Mantenida
su candidatura todavía durante algunas semanas, Otálora resolvió
renunciarla, agobiado por las amenazas de sus adversarios y por su
temor a una revolución. Ahora, el partido radical se entendió con
el general Solón Wilches, presidente del estado de Santander, quien
a pesar de su afinidad política con Núñez ya se había postulado en
su competencia. Harto difícil era escoger a quien fuera de desear
la victoria, pues en tanto que a Núñez no se le tomaba por un
carácter irreprochable, Wilches era también un individuo
sospechoso, pero de maneras menos refinadas, “a ruffian,”
como lo describió un ciudadano inglés en razón de sus informaciones
obtenidas en Santander. Los colombianos se decidieron por Núñez,
con mayoría en su favor lograda en seis estados. Terminada su
presidencia el día último de marzo de 1884, a Otálora se le demandó
inmediatamente, tanto por maquinaciones políticas como por
desfalcos por él cometidos. Su muerte, acaecida en Anapoima a las
pocas semanas, por cierto puso término al
juicio.
Al parecer, a Otálora le había ocurrido confundir los intereses
oficiales con los suyos propios, lo mismo que los fondos públicos
con su bolsillo particular, procedimientos no del todo
excepcionales entre los políticos colombianos, pero tal vez
aplicados con falta de habilidad en el caso suyo. Contentos de
haber encontrado su chivo expiatorio, los colombianos le achacaron
todo lo que había de enfermizo y podrido en el área oficial, sin
perjuicio del hecho de que todos estos males se derivaban de
períodos anteriores, en su mayor parte y probablemente ya de los
primeros años de vida de la república, deduciéndose su origen tanto
del carácter de la nación como de lo que en esencia significa el
estado.
Desde luego la constitución democrática denota en sus
manifestaciones cierto grado de «diletantismo», toda vez que falta
el cuerpo de empleados permanentes, sistemáticamente enseñado y
entrenado desde el puro principio en todo lo que es la
administración pública. Al contrario, tanto abogados como médicos y
comerciantes son nombrados para los oficios de la más alta
categoría, en general para volver a abandonarlos a los pocos meses,
es decir antes de haber tenido oportunidad de familiarizarse con el
objeto de su nombramiento. Así las cosas, constantes dificultades
ocurren en las relaciones diplomáticas, en tanto que errores
costosos y omisiones deplorables en la administración interna son
las consecuencias ineludibles de semejante sistema, aumentadas
estas todavía por ciertas particularidades del carácter nacional.
Pues inclinado a la inactividad, como hoy está el colombiano,
escasos serán sus esfuerzos de procurar reemplazar su falta de
experiencia mediante un resuelto despliegue de actividades
conducentes. Teniendo apenas las nociones más superficiales,
pretende saberlo todo, para ponerse a tomar medidas del más vasto
alcance, sin haber concurrido a expertos en busca de consejo. Lejos
de ser incapaz, carece de disposición práctica, exponiéndose así a
atacar un problema por el lado menos favorable o inadecuado.
Pretende colocar el techo antes de haber construido la casa, o
bailar antes de haber aprendido a
caminar.
Con todo, a Colombia le iría relativamente bien si la falta de
penetración fuera la única debilidad de sus estadistas. Pero de
efecto mucho más adverso resultan sus defectos en la esfera moral,
siendo así que motivos egoístas constituyen el estímulo primordial
para la mayoría de las actuaciones políticas, tal que para muchos
políticos el Estado no significa más que la vaca de leche con
destino a ser exprimida hasta la última
gota.
Iniciado un partido en el poder, sea por legítima elección de un
nuevo presidente o por el camino ilegal de la revolución, todo el
conjunto de empleados públicos se renueva, a efecto de ocuparse
todos los puestos con adictos al nuevo gobernante, gente que
posiblemente habría esperado el momento ya desde hace años,
endeudándose mientras tanto para atender a las necesidades de su
triste existencia. Llegado el momento, consiguen un empleo, con
remuneración irrisoria, la cual en general se paga apenas al cabo
de meses de demora, obligando a su beneficiario a empeñarla
mientras tanto, con pérdida considerable para él. Así las cosas,
¿es explicable o no que su conciencia ética tan poco desarrollada
no le impida tratar de aumentar sus ingresos por caminos
pecaminosos que sean accesibles para los sobornos y que
ingenuamente traten de llenar los vacíos de su bolsa particular con
medios sacados de las arcas públicas? Los fallos judiciales por lo
general resultan en favor de la parte más acomodada e influyente,
capaz de convencer al juez por medio de pruebas contantes y
sonantes de lo justo de su causa. No hay negocio posible de cerrar
con el gobierno para comerciantes e industriales sin pagarle al
empleado encargado de tramitarlo un buen porcentaje. Entre las
empresas ferroviarias, de costo millonario para el país, hay muchas
comenzadas únicamente en razón a las considerables ventajas
derivadas del negocio por los presidentes en ejercicio y sus
secretarios. Por conducto de un ciudadano alemán de honradez casi
exagerada en tales circunstancias, se supo que el presidente del
Estado de Cundinamarca le había ofrecido comprarle su finca rural
en $ 120.000 a condición de que en la escritura se mencionaran $
150.000 como precio, para que así pasaran los $ 30.000 al bolsillo
del presidente. Rechazada semejante insinuación por el alemán, se
procedió a ponerlo en aprietos por medio de los más variados
pleitos, los cuales por medio de fallos acomodaticios solían
resolverse en su contra. Un ministro de hacienda se deshizo de sus
deudas insinuándoles a sus acreedores que comprasen bastantes bonos
de deuda nacional a su cotización del mercado, o sea entre el 20% y
el 25%. Por su parte, el ministro se los hizo pagar por las salinas
de Zipaquirá a su valor nominal, para con la diferencia satisfacer
a sus acreedores. Una hacienda situada cerca de la frontera entre
los Estados del Tolima y de Cundinamarca era víctima constante de
abigeato, hecho al cual las autoridades persistieron en hacerse de
la vista gorda. Yendo al fondo del fenómeno, se descubrió que el
presidente del Tolima era el hurtador, en tanto que el de
Cundinamarca le servía de encubridor.
De poca monta es la positiva eficiencia del Estado. No es a su
vigilancia, por ejemplo, a la que se debe el nivel relativamente
alto de la seguridad pública, por lo cual el mérito le corresponde
más bien al carácter bonachón del pueblo. En cambio, las
autoridades suelen presentarse las últimas en los contados casos de
ocurrir una perturbación. En cuanto a las capas menos favorecidas,
sus garantías legales son mínimas, tanto en el caso de delitos
contra la propiedad como de vejaciones de toda clase. En tanto que
la instrucción pública sin duda ha mejorado, sigue careciendo
todavía de la indispensable vigilancia constante. En verdadera
orfandad se ha dejado la construcción de caminos, a la vez que en
proyectos de ferrocarriles se van gastando ingentes sumas de
dinero. Escuelas de agricultura y granjas modelo, fundadas acá y
allá, por lo general vuelven a cerrar sus puertas al cabo de poco
tiempo, así como también en otros ramos las actividades desplegadas
por unos cuantos funcionarios sobresalientes, acostumbran
condenarse prematuramente a la esterilidad.
Las finanzas públicas parecen padecer de anemia crónica. Como
únicas fuentes de ingreso dignos de tal calificativo, el gobierno
nacional dispone de los derechos aduaneros y del producto de su
monopolio de la sal, fuentes que en promedio le produjeron durante
los años de 1877 a 1881 $3.950.000 y $ 1.350.000 respectivamente.
En vista de lo dificultoso que se hace el cobro de impuestos
indirectos, debido. tanto al escaso poblamiento como al bajo nivel
de su cultura, también los estados individuales tienen por ingreso
principal los impuestos directos, como peajes, monopolio de
aguardiente y otros. Suficientes en caso de su administración
ahorrativa y honrada, estas entradas en la realidad quedan desde
luego lejos de cubrir las necesidades, toda vez que ya el
presupuesto de los últimos años denunciaba ingresos por casi $
6.000.000 contra egresos por cubrir de $ 11.000.000. Así las cosas,
es apenas lógico que al cabo de unos pocos meses las arcas
estuvieran vacías, con la imposibilidad para el gobierno de seguir
atendiendo compromisos ulteriores, como el pago de sueldos, excepto
aquellos de los funcionarios superiores y de los congresistas, el
de los gastos para asegurar el funcionamiento de las escuelas, con
el efecto de clausurarse estas, el de alimentos tanto de enfermos
como de enfermeros del manicomio de Bogotá. En mora está el pago de
los intereses sobre la deuda pública externa desde el año de 1879,
a pesar de que los acreedores apenas unos años antes habían entrado
en un arreglo extremamente ventajoso para Colombia. Naturalmente,
las condiciones de los préstamos contratados por los estados
suramericanos en Europa durante la guerra de la independencia eran
onerosas, ya que tenían que cubrir riesgos corridos por los
acreedores que con mucho excedían de los normales, envolviendo
hasta la posible pérdida total del capital. Derivar de tal evento
la pretensión de suspender el pago de intereses, como lo han hecho
los colombianos, es sin embargo bastante insensato, a la vez que
injusto. Mayor aún es la injusticia teniendo en cuenta las
diferentes rebajas concedidas sobre las cuantías acrecentadas por
la acumulación, y doblemente insensato resulta el evento si se mira
el efecto perjudicial sobre la reputación crediticia de que gozaba
el país en el exterior. El defender esa reputación sería sin duda
lo más indicado, por cuanto el crédito facilitaría notablemente las
mejoras económicas en los más variados aspectos. Es de prever sin
embargo que al país poco provecho real le traería el dinero en
manos del gobierno, a la medida que gran parte siguiera pasando a
bolsillos particulares, mientras que otro tanto continuara
gastándose en proyectos inútiles, por cuanto, en razón de
diferencia de criterio, los sucesores de los iniciadores los dejan
sin concluir y, por ende, en estado inservible.
Obvio es que el aprovechamiento del gobierno por parte del
partido dominante provoca el enojo, o mejor dicho la envidia de los
núcleos ajenos. ¿Sucederá que esos resentidos se aprovechen de las
siguientes elecciones para tumbar al gobierno? Pero este dispone de
dos posibilidades para manejar tales elecciones a su voluntad. Una
consiste en hacer desaparecer las urnas de alguna manera, para
poner un resultado imaginario en su lugar, en tanto que la otra
provee soldados con bayoneta calada al pie de las urnas, pará así
alejar a los electores del partido oposicionista. Así, a este no le
queda otro remedio que el de fortalecerse lo suficiente para,
llegado el momento, proceder a mano armada a tumbar al gobierno,
para coger las riendas por su cuenta.
El único sostén del gobierno lo forman las fuerzas armadas, que
en tiempos turbulentos se aumentan notablemente. Pero ¿cómo se hace
esto en un país adscrito a la libertad y a la igualdad, en donde a
nadie se le puede obligar a prestar el servicio militar? Muy
sencillo. Patrullas nocturnas se ponen en marcha a fin de coger por
sorpresa a todo candidato que juzguen apto para el servicio,
procedimiento que exceptúa apenas a aquellas personas que, calzando
botas de cuero, así se distinguen como miembros de las clases
acaudaladas. Por otra parte, los pobres diablos atrapados, indios
arrancados de sus hogares, se llevan a la lucha contra sus
congéneres, por motivos que ni siquiera entienden o hasta
aborrecen. Prueba de su indolencia es la de que a pesar de todo se
baten valientemente en lugar de rebelarse contra su yugo, no
obstante lo cruentas que resulten las batallas según fuentes
colombianas, que tal vez exageran un tanto. Pero sea como fuere, no
cabe duda sobre la magnitud de los daños de orden económico también
envueltos, ya que con el solo propósito de infligir perjuicios al
dueño adversario, sus propiedades se destruyen con toda intención,
trátese de plantaciones en pleno desarrollo u otras. Además, no
solo la duración misma de la revolución abarca el cierre de todos
los negocios, sino su mera expectación, mucho más frecuente desde
luego, perjudica la marcha de todo negocio de la manera más
sensible. Por lo tanto, la revolución, intentada a efecto de
mejorar el estado de las condiciones oficiales, como medio
peligroso que es, de seguro encontraría menos atizadores, a medida
que estos aumentaran su interés por el bienestar general con
menoscabo de las esperadas ventajas
personales.
Motivado por la persistencia de la agitación política aún
después de la muerte de Otálora y la iniciación de la nueva
presidencia de Núñez, el aumento de las fuerzas armadas en todos
los estados está otra vez en pleno desarrollo. Imposible que
atentos observadores pudieran equivocarse en cuanto a la proximidad
de otra revolución, quedando en duda únicamente el momento y el
lugar de su estallido.
Estas incógnitas se aclararon con motivo de las elecciones para
presidente y asamblea del Estado de Santander, ordenadas para
celebrarse el día 27 de julio de 1884.
Con Solón Wilches de presidente, el Estado de Santander durante
los cuatro años precedentes había sido el escenario de la peor mala
administración. Tributos y derechos de aduana, aumentados en forma
extraordinaria, en parte se habían usado para mantener una fuerza
armada de peligrosidad pública, en tanto que otra parte había
pasado directamente a los bolsillos del presidente y de sus
seguidores. Así las cosas, las finanzas del Estado, antes modelo de
progreso y orden, se habían deteriorado por completo. Cierto es que
Wilches esta vez no era reelegible en persona, pero se tenía por
seguro que Ordóñez, uno de los candidatos y hechura del presidente
en ejercicio, estaba listo para seguir conduciendo el gobierno con
el mismo espíritu. En consecuencia, la gran mayoría de las gentes
independientes, sin distinción de su orientación política, se dio a
respaldar a Eustorgio Salgar, candidato radical y expresidente,
tanto estatal como de la república, de cuya honorabilidad ni sus
adversarios dudaban. Efectivamente parece haber obtenido la mayoría
de votos, pero como Wilches había nombrado presidentes electorales
en todas partes a sus amigos y adictos, se declaró a Ordóñez como
elegido. Los radicales, sintiéndose ofendidos, apelaron al gobierno
nacional en busca de la anulación de los comicios. Corrida la voz
de que Núñez y Wilches, enemigos en lo pasado y adversarios en las
elecciones precedentes para presidente nacional, se hubieran
reconciliado, todo indicaba que Núñez iría a sancionar los comicios
verificados bajo los auspicios de
Wilches.
Por lo tanto, no me sorprendió mayormente la noticia telegráfica
que encontré al arribar a Nueva York el día 2 de septiembre en mi
viaje de regreso a Alemania, de que la revolución había estallado.
Confirmada la sospecha de que Núñez iría a respaldar a Wilches, los
radicales se habían alzado en armas. Rápidamente la revolución se
extendió por toda la república, combatiéndose durante año y medio
con un fanatismo sin par, y volviendo a repetirse todas las
consecuencias desastrosas ya comentadas antes. Para subyugar a los
radicales, el victorioso presidente Núñez se había apoyado
esencialmente en los conservadores, antiguos enemigos suyos. Pero
lo que trajo la guerra civil fue una modificación completa de la
constitución. Dejando de ser una federación de estados, Colombia
regresó al sistema unitario. Ampliándose los atributos del
presidente, se extendió a la vez de dos a cinco años su período. La
separación radical entre iglesia y Estado se abolió, iniciándose al
mismo tiempo una reacción en el sentido eclesiástico. Por mi parte
quisiera tomar por mejoras la mayoría de las medidas señaladas. A
menudo me había pronunciado en conversación con colombianos en
sentido contrario al federalismo, haciéndoles ver las ventajas
traídas por la unificación a mi patria alemana, en contra de la
sofística tesis de presumidos geógrafos que predestinaba al país a
la desunión como por ley de la naturaleza. Pero con solo una o dos
excepciones había tropezado con entusiastas defensores del sistema
federal entre núcleos tanto conservadores como radicales. ¿De dónde
entonces el cambio repentino de la orientación política? Pues
sencillamente porque el sistema unitario sin duda se ajustaba a las
ambiciones de poder del partido dominante tanto como a las del
presidente Núñez. Deseoso de equivocarme, temo que un cambio tan
abrupto no podrá producir la paz anhelada por el país, pudiendo
convertirse al contrario en foco de nuevas agitaciones. ¡A que la
nueva constitución resulte punto de partida para un desarrollo
benéfico, van mis sentimientos más fervorosos!