2. La República
de Nueva Granada
La guerra de la independencia modificó totalmente las relaciones
de Nueva Granada con el mundo exterior. En un todo dependiente de
España hasta entonces, las relaciones con los demás países europeos
se habían limitado al comercio contrabandista. En cambio, ahora
todo contacto con la madre patria quedó roto durante varios
decenios, hasta cuando España finalmente se dignó reconocer la
independencia de sus colonias americanas. Entre tanto se habían
establecido y desarrollado relaciones amigables con las demás
naciones europeas, entre ellas especialmente con Inglaterra y
Francia, y, en este continente, con los Estados Unidos de
Norteamérica, países que ya durante la guerra habían brindado su
apoyo moral a los republicanos. Casas bancarias londinenses habían
adelantado fondos, si bien a un interés elevado, a tiempo que
voluntarios ingleses e irlandeses habían participado en la lucha.
Sellada la paz, aparecieron ingleses y franceses, más tarde también
norteamericanos, alemanes e italianos, para intensificar las
relaciones o para establecer un intercambio comercial, y también
para establecerse en el país. A la vez, gente acomodada de Nueva
Granada emprendió viaje a Europa, de ordinario a Francia, tenida
por una especie de país hermano, ya por motivos comerciales, en pos
de elevar su nivel cultural o de mera
diversión.
Desde luego, la inmigración europea no podía llegar a guardar
proporción en este país tropical con las iniciadas hacia los
Estados Unidos, o al sur del Brasil, a la Argentina o a Chile. Aquí
la población recibió un refuerzo apenas por aislados extranjeros
como comerciantes, mineros, artesanos, etc., en tanto que el
agricultor europeo no encontraba cómo adaptarse. Forzada la
población a buscar su desarrollo dentro de sí misma, excepto el
escaso apoyo recibido por la sangre extranjera, el único derrotero
hacia su progreso lo encontró trazado por la fuerza de las
circunstancias. Ingresados 5.000 esclavos al ejército en 1820 en
compensación de concedérseles su libertad, por ley del año de 1829
quedaron libres los descendientes de los esclavos, en tanto que
desde el 1° de enero de 1852 la esclavitud se abolió del todo.
También los indios quedaron completamente libres y equiparados a
los blancos, conservándose no obstante los resguardos hasta los
años sesenta como medida protectora contra su explotación.
Comenzada ya en la época colonial, la mezcla de las tres razas
progresó considerablemente, al paso que la consciencia de los
diferentes orígenes raciales fue desvaneciéndose en las masas del
pueblo. Lengua, religión y destino comunes ejercieron su influencia
para crear el sentimiento de la unión nacional.
Mantenido por siglos en casi completa minoría política al igual
que privado de todo contacto vivificante con la evolución histórica
mundial, el pueblo de golpe se vio obligado a responder por sí
mismo, quedando encarado a la vez a la necesidad primordial de
salir del estancamiento, tanto económico como intelectual, heredado
del gobierno español.
Problemas que eran difíciles de solucionar, aun por parte de una
nación mejor preparada, requerían no obstante su máxima atención
previa para poder atinar con el camino recto hacia el bienestar y
una vida nueva.
Había, empero, un factor esencialmente favorable a la
realización, o sea la ausencia de todo motivo para temer
complicaciones bélicas externas. Conflictos con estados europeos no
podrían originarse sino a consecuencia de la violación de los
derechos de sus súbditos, ya sean personales o materiales, por
parte del gobierno colombiano, conflictos que realmente han venido
produciéndose, pero sin pasar del margen de arreglo mediante
demanda de indemnizaciones o por vía de represalias de parte de los
estados perjudicados. Por su naturaleza siempre carecían de
magnitud como para desencadenar una guerra, lo cual, además, no
habría podido llevarse a cabo sin infligir perjuicios a parte y
parte. Problemas fronterizos ha habido con todos los países
vecinos, y los sigue habiendo, originados en la delimitación,
insuficiente y con frecuencia modificada, de las provincias
españolas. Pero lejos de referirse a objetos valiosos en litigio,
tales como la región salitrera que desencadenó la guerra entre
Chile, Perú y Bolivia, aquí se trata de zonas en general
completamente despobladas y carentes de interés específico.
Solamente las fronteras entre Venezuela y Ecuador atraviesan
regiones pobladas. Pero en tanto que las relaciones con Venezuela,
a pesar de su frecuente tirantez no han culminado en guerra, el
Ecuador por su parte ha intervenido en varias ocasiones en las
guerras civiles colombianas a efecto de materializar sus
pretendidos derechos sobre el punto más meridional de Colombia,
pero sin perspectivas de conseguirlo por sí
solo.
Lejos de ser una historia de paz, la de Nueva Granada, o
Colombia, como hoy se llama, es una historia de su política
interna, que no puede callar los frecuentes disturbios civiles en
su papel interruptor del desarrollo pacífico del bienestar y de las
sanas costumbres. Descubriendo que la pretendida lucha por los
principios en general no es, en realidad, más que un pretexto para
la persecución de objetivos egoístas, al europeo poco le interesará
la descripción completa de tales batallas. Así las cosas, nos
limitaremos a ofrecer apenas una recapitulación de la historia, en
tanto que nos proponemos ocuparnos luego con un poco más de
detenimiento en el presente.
En su conjunto el gobierno del general Santander, como primer
presidente constitucionalmente elegido de la República de Nueva
Granada, transcurrió en forma pacífica y con prelación en su obra
de las reformas realizadas, cuadro desfigurado sin embargo por la
cruel persecución a los adversarios políticos. Durante la
presidencia de Márquez, una ley eliminatoria de los pequeños
conventos provocó en 1840 la sublevación de los fanáticos
habitantes de Pasto, quienes ya durante la guerra de la
independencia siempre se habían distinguido por su actitud
favorable hacia los españoles. El general Obando, por su parte,
encabezó la revolución apoyada por el Ecuador, que logró extenderse
por todo el país, hasta cuando el general Herrán alcanzó a
sofocarla. El gobierno de este (1843), por su parte, trajo la
reforma constitucional en el sentido centralista conservador,
provocando a la vez el regreso de los jesuítas, a quienes el
gobierno español había expulsado. De una de las épocas más felices
de la historia colombiana puede calificarse la del gobierno
siguiente, o sea el de Tomás Cipriano Mosquera (1845-1849). Escasa
más bien en sucesos políticos, produjo determinados progresos en el
campo de la cultura, tanto material como intelectual, tales como un
servicio regular de vapores en el río Magdalena, la creación de
nuevas vías de comunicación, la reforma del sistema monetario y la
introducción de las medidas y pesas francesas. Vuelto al poder el
partido liberal con el general López, la vida política de los años
siguientes se tomó un tanto más agitada. Nuevas reformas a la
constitución, esta vez promovidas por los liberales, les aseguraron
mayor independencia a las provincias frente al gobierno central, en
tanto que los impuestos se descentralizaron y la pena de muerte se
abolió, quedando libres a la vez el comercio del tabaco y la
explotación del oro. Tanto estas reformas como la reexpulsión de
los jesuitas y la abolición del diezmo y otras medidas relativas a
la política eclesiástica, provocaron el estallido de una
revolución, esta vez a iniciativa de los conservadores y una vez
más con Pasto como foco, revolución que, sin embargo, logró
reprimirse al cabo de unos tres meses. Asegurada su victoria, el
partido liberal empezó a dividirse, por cuanto los radicales o
gólgotas se separaron del núcleo liberal, cuyo gobierno se había
tornado militar en alto grado. Muy lejos desde luego de compartir
sus principios, a los separatistas se les unieron los conservadores
por ningún otro motivo distinto de su odio a los liberales
antiguos. Así unidos, los partidos impusieron en 1853 una
constitución nueva, que aumentó el número de provincias de 13 a 33,
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concediéndoles a la vez más independencia, suspendió todo
prerrequisito para ejercer un cargo público, otorgó libertad
absoluta de prensa y dispuso la separación total de los poderes
civil y eclesiástico. Adversario como era de tal constitución, el
nuevo presidente, Obando, no obstante no tuvo más remedio que
sancionarla. Enfrentados los partidos con máxima exasperación, la
tensión había llegado a un punto tal que el general Melo,
convencido de poder arriesgarse impunemente, provocó una
sublevación militar para constituirse en dictador (1854). Pero
corta habría de ser la duración de su aparente grandeza, por cuanto
al medio año de lucha con suerte variada, los generales Herrera,
Herrán y Mosquera lograron sofocar la rebelión. A Obando, acusado
de haber participado en la conspiración, le sucedió Mallarino como
presidente (1855), bajo cuya administración se inició la disolución
de la República de Nueva Granada.
Desligados Panamá en 1855 y Santander en 1857 para convertirse
en estados autónomos, Nueva Granada, con el ultraconservador Ospina
acabado de asumir la presidencia en 1858, procedió a convertirse en
la Confederación Granadina, compuesta por los ocho estados
independientes de Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca,
Magdalena, Panamá y Santander.
Pero ya la elaboración de la constitución confederal enardeció
nuevamente los ánimos, especialmente en cuanto se refirió a las
disposiciones sobre elecciones, lo mismo que al hecho previsto que
somete los gobiernos estatales a la responsabilidad ante la corte
federal. La guerra civil así estallada resultó ser la más larga y
sangrienta jamás vista por el país. Abandonando la confederación
los estados de Cauca, Santander, Bolívar y Magdalena, encabezados
por Obando, Herrera y Mosquera —convertido este desde su
presidencia anterior de conservador a liberal radical— se
rebelaron contra el gobierno federal legalmente constituido, para
organizarse bajo la denominación de Estados Unidos de Nueva
Granada. Habiendo entrado a Bogotá el 18 de julio de 1861, su
presidente provisional y dictador Mosquera transformó la capital en
distrito federal. Ahora, la mayoría de los estados se plegó a los
revoltosos victoriosos, en tanto que la guerra continuó hasta el
año siguiente, para terminar después del asesinato alevoso cometido
en la persona de Julio Arboleda. En febrero de 1863 se celebró en
Rionegro, Antioquia, una convención de delegados de los diferentes
estados, aumentados estos a nueve, por haberse separado el Tolima
de Cundinamarca, para elaborar una nueva constitución. Promulgada
esta el 8 de mayo de 1863, se disolvió la Confederación Granadina,
para crear en su lugar los Estados Unidos de Colombia, una
federación de nueve estados soberanos.
Terminó así, por lo menos por ahora, en favor del concepto
federal, la lucha entre los dos principios de gobierno, que ya
había venido desuniendo a los republicanos desde el tiempo de la
guerra de la independencia, o sea desde cuando estaban todavía los
españoles, para resurgir luego desde el año de 1855
aproximadamente. Insensato sería tratar de achacar el mérito o la
culpa, lo que sea, a uno solo de los partidos, bien sea a los
liberales o a los conservadores, ya que, a fin de cuentas, ambos
habían obrado en pos del mismo propósito final. Pero parece que el
federalismo se había convertido en una exigencia nacional, en tanto
que todavía en los años de 1882 a 1884 raras veces se escuchó una
defensa del sistema central. Como ejemplo del alcance, un ministro
federal podía aseverar en público sentirse más tolimense que
colombiano, sin que a nadie se le ocurriera tomarlo como
ofensa.
Además, el principio democrático establecido en contra del voto
de Bolívar al puro comienzo de la independencia para suceder a la
tutela española, “por deducción lógica” al decir de los
políticos colombianos, había experimentado una aplicación un tanto
reñida con su verdadera esencia.
Así las cosas, Colombia, en su desarrollo apenas salida de
pañales, adoptó un régimen político demasiado exigente a veces aun
para naciones europeas, por más cultas que fueran.