6. En el río
Zulia y en el lago de Maracaibo
Transcurrido el tiempo previsto para mi visita a Cúcuta, esperé
todavía la llegada del siguiente correo desde Europa, para luego
continuar mi viaje. El mayor tiempo gastado en el viaje por los
Estados de Boyacá y Santander me obligó ahora a prescindir de mi
deseo de proseguir por tierra hasta Caracas para así explorar
también el sector venezolano de la Cordillera Oriental y su
relación con la cordillera litoral de ese país. A medida que se
venía oscureciendo el horizonte político, también se desvaneció mi
plan de viajar de Cúcuta a Ocaña y a Puente Nacional, debiendo
cruzan una vez más la Cordillera Oriental, para coger un vapor del
río Magdalena a Barranquilla y embarcarme allí. Pero con la
posibilidad de que estallara la revolución antes de que yo llegara
a Ocaña o a Barranquilla, de seguro podría dificultarse mi salida
del país, así como la venta de mis bestias. Finalmente, noticias
dolorosas encontradas en el correo llegado desde mi tierra, el día
después de la excursión al Tasajero, impulsaron mi decisión de
emprender el viaje de regreso a bordo del próximo transatlántico
señalado para zarpar desde Maracaibo.
Entre los preparativos, por realizar estaba la venta de mis
mulas. Rebajados considerablemente sus precios por temor a la
revolución, crucé la frontera en busca de mejores condiciones en la
población venezolana de San Cristóbal. Ya al cabo de dos días había
logrado mi propósito, gracias a la efectiva ayuda del señor
Henckel, gerente de la Farmacia Alemana de van Dissel, Thies
& Cía. De regreso, en Cúcuta sufrí un ataque de fiebre,
afortunadamente benigno, en vía de despedida que digamos.
Al alba del día 14 de agosto salí de Cúcuta, después de haberme
despedido de la manera más cordial de mis compatriotas. Viajando en
carruaje liviano por la misma vía utilizada el otro día para
regresar del Tasajero, alcancé al cabo de tres horas a Aguablanca,
un grupo de ranchos miserables y terminal en aquel entonces del
ferrocarril. El tren, compuesto de un número de vagonetas de carga
y un solo coche abierto de pasajeros construido a la manera de
nuestros vagones de excursión colectiva, llevaba aparte de este
autor tan solo personas, o bien ocupadas en la construcción del
ferrocarril, o bien con destino a diligencias portuarias. ¡Qué
impresión tan peculiar la de volver a viajar en ferrocarril! En el
trayecto de terreno plano la línea cortaba apenas unas cuantas
colinas bajas, condiciones que favorecieron el desarrollo de una
velocidad satisfactoria. Del matorral seco pasamos poco a poco a
una vegetación más abundante, para luego entrar a una selva
exuberante.
Puerto Villamizar, así llamado en honor de un expresidente del
Estado de Santander, es el antiguo puerto de San Buenaventura, o
San Bueno en lenguaje popular. El vapor, señalado para zarpar hoy
mismo, pero frustrado en su viaje de arribo por el bajo nivel de
agua, no había llegado siquiera. Impedido así de abordarlo de una
vez con mi equipaje, me vi forzado a pasar unas cuantas horas
desagradables en San Bueno, de ellas la primera parte en una
tienda, pequeña y sucia, colmada de tipos repugnantes, en tanto que
la otra en las bodegas, sin duda de mejor ventilación, observando
allí el vaivén de las cajas y fardos, hasta cuando me cogió el
sueño. Despertado de golpe, pero lleno de contento, por el silbato
estridente de una sirena de vapor, me di cuenta de que el
“Venezuela” había arribado. Bajando rápidamente al
muelle, saludé al maquinista norteamericano, en su carácter de
capitán encargado. Afortunadamente me señaló la misma noche como
tiempo para subir a bordo.
Zarpamos a las diez de la mañana y emprendimos un viaje lento.
Apenas con 200 bultos de café por toda carga inicial y su aumento a
400 bultos desde la desembocadura del río de la Grita, el calado
era solamente de 14 pulgadas. El buque, del mismo tipo de aquellos
del Magdalena, pero menor de tamaño, encalló continuamente en los
bancos de arena, obligando a la tripulación, compuesta de indios,
zambos y negros de tipos idénticos a los bogas del Magdalena, a
permanecer casi constantemente metida entre el agua con el objeto
de desvarar la embarcación. De no conseguirlo a meros empujones, un
cable de suficiente resistencia se ajusta en la orilla, el que,
enrollándose en su otro extremo a fuerza de la propia máquina, se
encarga de remolcar el buque. En tanto que la quilla crujía y gemía
hasta el punto de inspirar miedo, se logró vencer el obstáculo,
para, al cabo de poco recorrido, volver a experimentar la misma
situación. Peores todavía eran las condiciones para los bongos y
champanes, aquellas embarcaciones cubiertas que aquí todavía siguen
asumiendo un papel importante en el transporte y que a menudo
requieren la apertura de verdaderos canales en la arena para
desvararse.
Estamos navegando por una planicie de aluvión de considerable
anchura. Ni una sola colina, aun la más insignificante, se eleva en
las orillas, como tampoco en todo nuestro alrededor. Las orillas
están invadidas en su mayor parte por una selva del todo parecida a
la que bordea el río Magdalena. Escasea la población. En tanto que
pueblos establecidos faltan del todo, observamos ranchos solitarios
con la frecuencia de uno por media milla apenas, circundados por
platanales y habitados por indios o zambos civilizados, es decir,
de habla española. Tan solo en la parte baja del recorrido pasamos
por unas haciendas de cacaotales, cuyos árboles dizque están muy
afectados por la “mancha”, una enfermedad que suele
presentarse de improviso.
Ya bien entrada la noche del cuarto día de viaje, llegamos a
Encontrados, lugar que con agua a buen nivel habríamos podido
alcanzar tras un recorrido de diez horas. Es una mera bodega
situada en el punto donde se encuentra el río Zulia con el
caudaloso río Catatumbo, el que no obstante carece de toda
navegación, debido a su paso por regiones selváticas completamente
despobladas. Con buen caudal de agua suele arribar aquí el mayor de
los vapores que surcan el lago de Maracaibo. Imposible esto en la
actualidad, el río no obstante estaba con nivel suficiente para
permitirnos continuar la marcha durante toda la noche. Cuando
desperté en espera del amanecer, ya estábamos cerca de la
desembocadura. Pronto el río empezó a abrirse en varios brazos en
medio de los cuales había contadas lagunas aisladas. Acabando luego
de entrar a una bahía del lago Maracaibo, encontramos anclado allí,
lejos de toda población humana, el “Progreso”, vapor que
habría de llevarnos a Maracaibo. También construido al estilo de
los buques fluviales norteamericanos, es mucho mayor en tamaño y de
instalación más elegante que los vapores del Magdalena; del
“Venezuela” ni hablar. Por la tarde arriba otra nave, de
tamaño todavía inferior a aquella, la que suele navegar por el río
Escalante. Pasamos la mayor parte del día observando el descargue
tanto de esta como del “Venezuela” de sus bultos de café
y pieles y luego el embarque de mercancías europeas y
norteamericanas en las mismas, sufriendo mientras tanto del
sofocante calor reinante. Terminada la obra, me despido del capitán
y del maquinista del “Venezuela”, que al igual que el
“Escalante” comienza su viaje de retorno, en tanto que
nosotros nos demoramos todavía por algunas
horas.
Al paso que durante el día la atmósfera estaba cargada de un
vaho nebuloso, que apenas permitía divisar las cordilleras de
Mérida y de Ocaña, ahora se descargó un intenso relampagueo, que
tiene fama de aparecer todas las noches sobre la desembocadura del
río Catatumbo, que les sirve a los navegantes como medio de
orientación hasta mucho más allá todavía de la Barra de Maracaibo,
fenómeno que ha llegado a denominarse como el “faro de
Maracaibo”. Habiendo zarpado a las once de la noche también
nosotros, arribamos al amanecer a la Bodega de la Ceiba situada en
el extremo sudeste del lago y punto de salida para el camino que
conduce a Trujillo, La Valera y otros pueblos. Aprovechado el día
para embarcar café, la noche se empleó otra vez en navegar,
frustrándose así nuestro deseo de observar más de cerca tanto el
lago como sus orillas.
A la mañana siguiente ya estábamos a corta distancia de
Maracaibo, ciudad que pronto empezó a presentarse a nuestra vista.
Está bastante bien situada al lado norte de una pequeña bahía que
se abre hacia el oeste desde el lago, aquí ya bastante más
estrecho. Una hilera de imponentes casas de dos pisos, con techo de
tejas de barro, o de plataforma, nos ofrece un aspecto
impresionante de la ciudad, tal como hace tiempos no habíamos
tenido oportunidad de experimentar. En la bahía se halla anclado
cierto número de barcos de vela, en parte de cabotaje, pero también
de tamaño mayor, que fácilmente se identifican como del servicio de
ultramar. Finalmente allí está el vapor destinado a la comunicación
con Curaçao.
Maracaibo, segunda en importancia de las ciudades venezolanas,
tiene sus 30.000 habitantes. Como portón de entrada natural y a la
vez centro de las regiones occidentales del país y también del
nordeste de Colombia, siempre ha venido jugando un papel
significativo en la historia venezolana. Como factores restrictivos
de su importancia, por otro lado, no pueden dejar de mencionarse
los siguientes: el difícil acceso a su puerto, de por sí
extraordinario, el clima sofocante, a lo que puede atribuirse la
infortunada mayoría de negros entre su población, y finalmente los
Eternos estorbos políticos, tan de regla en Venezuela como en
Colombia. En el comercio de Maracaibo el papel de mayor importancia
lo están desempeñando los alemanes, en tanto que su presencia
numérica ha venido reduciéndose durante los últimos años, en
consonancia con el receso prevaleciente en los negocios, así que
actualmente la colonia alemana no cuenta sino con treinta personas.
Su convivencia no deja nada que desear, al paso que tratan de
enderezar su vida hacia las mayores comodidades alcanzables dentro
de las circunstancias. Con todo, para mí no hay motivo de
envidiarles la vida en la ciudad de clima tan caliente y tan
insalubre, en que tanta gente cae víctima de la fiebre amarilla. El
comercio con Colombia prácticamente queda dentro del marco de las
transacciones a comisión.
Los alrededores de la ciudad, caracterizados por una planicie de
20 a 30 metros de elevación, entrecortada por barrancos y compuesta
de arcilla rojiza y hematites parda, ofrecen un aspecto
desconsolador, que los cactos y otras plantas espinosas como únicos
representantes de la vegetación no logran aminorar. Tan solo cerca
de Los Haticos, un grupo de pequeñas casas de campo ubicado al lado
sur del puerto, encontramos un tanto de verdor refrescando la zona.
Allí pasé una tarde como huésped de nuestro cónsul, el señor
Bornhorst, en tanto que para excursiones de mayor escala me
quedaron faltando tanto el tiempo como la serenidad, hasta el punto
de no alcanzar a visitar la aldea lacustre india situada a unas
horas de distancia en dirección norte.
En las horas de la noche del 23 de agosto abordé el vapor
“Maracaibo” al cabo de una despedida muy cordial de los
paisanos, que también aquí me habían acogido muy amablemente.
Habiendo zarpado entre las 3 y las 4 de la mañana, a la hora del
amanecer ya estuvimos a la altura de Toas, isla montañosa con
varias islitas planas pobladas de árboles de mangle antepuestas.
Pasada otra isla pequeña destinada a hospital para tuberculosos,
nos acercamos a la isla plana de San Carlos, cuyo fortín, y a la
vez colonia penal, domina la entrada al lago de Maracaibo, la
llamada barra. Al estilo del “Frisches Haff” y
“Kurisches Haff”, el lago de Maracaibo, con sus 400
millas cuadradas de superficie, está comunicado con el mar abierto
por un canal de una anchura de poco más de un kilómetro y de tan
poca profundidad que barcos de mayor tonelaje no lo pueden pasar,
al paso que menores logran atravesarlo con las debidas
precauciones. Con todo, dicho canal provee cierta circulación del
agua, así que la parte norte del lago se distingue por cierta
concentración salina. Pasada la peligrosa barra, inequívocamente
marcada por la fuerte rompiente, hemos entrado a la bahía de
Maracaibo, ampliamente abierta hacia el nordeste. Al comenzar el
vapor a balancear, mi viejo amigo el mareo vuelve a
afligirme.
Con un día de viaje llegamos a Curaçao, donde el
“Valencia”, vapor de mayor tonelaje de la Red-D-Line, ya
estaba esperándonos. En maravillosa travesía de siete días me llevó
a Nueva York, de donde a los quince días el “Ems”, el más
nuevo de los hermosos vapores rápidos de aquel entonces que tenía
el Lloyd Nortealemán (Norddeutscher Lloyd), me devolvió a la tierra
patria, cuyo suelo volví a pisar el día 28 de
septiembre.