5.
Cúcuta
Pero desde Bucaramanga tampoco tomé todavía el camino directo a
Pamplona y Cúcuta, que pasa por Tona y el páramo de Tona,
dirigiéndome en cambio por lo pronto en dirección norte a Rionegro,
el centro cafetero de la región, para cruzar de allí por una loma
alta y granítica hacia Matanza, punto central de los colectores de
orquídeas y seguir luego al noreste con rumbo a La Baja (antes
Montuosa) y Vetas, dos sitios mineros que, ubicados en el páramo
frío, en su conjunto forman el distrito de California. Es el único
lugar en toda la Cordillera Oriental donde la explotación se hace
persiguiendo las vetas metálicas, descubiertas según dicen, ya en
1551, por un ciudadano español pobre, que había emigrado a esta
parte de la Nueva Granada con la firme esperanza de encontrar oro.
Parece que al comienzo efectivamente encontró oro, plata y cobre en
cantidades, en tanto que más tarde los resultados se tornaron más
esporádicos y los trabajos, en consecuencia, discontinuos. Una
compañía inglesa que después de la guerra de la independencia había
tomado las minas en alquiler, a poco tiempo volvió a abandonar los
trabajos, al decir de unos en vista de la dificultad de obtener el
metal por la vía de amalgamación y de la prohibición a la vez
existente de exportar el mineral en bruto, pero según otros, por
motivo del derroche sin límites y del mal manejo reinantes. Varios
intentos posteriores también llevaron al fracaso, unos pon falta de
capital, otros a consecuencia de manejo poco afortunado y, por
último, por lo excesivamente gravoso de las regalías pagaderas al
Estado. Desconozco la suerte de otra compañía que acababa de entran
en actividades al tiempo de mi visita.
Allende Vetas cruzamos el alto páramo frío de Santurbán para
luego bajar en dirección nordeste al pueblo de Mutisona y luego
volver a ascender a Pamplona pasando previamente por el Alto del
Frío. Pamplona, situada en la depresión de una laguna antigua
desaparecida, a los 2.300 metros sobre el nivel del mar, pertenece
al grupo de las ciudades fundadas por los españoles en los años
inmediatamente siguientes a la conquista, que por muchos años eran
capitales provincianas y todavía conservan su carácter de sede
episcopal. En tanto que antiguos conventos y otras construcciones
de la época colonial siguen recordando un pasado de mayor relieve,
su ubicación demasiado apartada en las alturas de la montaña le ha
vedado a Pamplona su participación en el desarrollo de una
actividad económica digna de mencionar, habiendo sido aventajada en
cambio por ciudades de fundación más reciente, privilegiadas al
aprovechan las ventajas que ofrecen las nuevas
comunicaciones.
Radicada en Pamplona la penitenciaría del Estado de Santander,
es digno de mencionan el hecho de cómo los ocupantes presionados
para utilizan su tiempo en la elaboración de cosas bonitas, tales
como esteras, canastas, cáscaras de coco talladas, argollas, etc.,
han logrado convertir la ciudad en sede principal de las antes
manuales colombianas. Informado el portero de mi deseo de adquirir
algunos de los productos, me hizo pasar al corredor que circunda el
patio en el segundo piso, en donde los penados, entre ellos el
anterior alcalde de Bucaramanga, desde el patio me alcanzaron
muestras de su obra, sujetas a palos largos, para examinarlas de
cerca. Al cabo de un extenso palabreo, apoyado por los soldados
vigilantes y amigos de los penados vendedores, logré conseguir unos
artículos realmente bien elaborados y propios como regalos para
llevan a Alemania.
El camino a Cúcuta, apenas reconstruido hace algunos años,
recorre de ordinario la orilla del río Pamplonita. Mientras que en
su trayecto superior el valle del río constituye un verdadero
desfiladero, este se ensancha a medida que bajamos, hasta
convertirse en imponentes terrazas de acarreo, al paso que el
paisaje se vuelve más y más estéril, para llegar a asemejarse a
aquel tan típico de la región de Tocaima y Peñalisa. Cactos, agaves
y mimosas espinosas predominan en la vegetación, llegando a formar
en ocasiones verdaderos matorrales. Uno de estos, al cual entré de
improviso, ya en las inmediaciones de Cúcuta, no resultó
precisamente en provecho de mi vestido ni de mis
manos.
Al cabo de jornada y media alcanzamos a Cúcuta o San José de
Cúcuta, como es su nombre completo. Una vez cruzado el hermoso
puente de piedra construido sobre el río Pamplonita, dejamos a
nuestra derecha un grupo de casas miserables, para luego atravesar
unas ruinas con algunos ranchos mezquinos dispersos entre ellas,
para tan solo ahora entrar a la espaciosa plaza y, después de ella,
a la calle principal con los mejores almacenes y casas de
habitación.
Aquellas ruinas acabadas de pasar constituyen los remanentes del
fuente terremoto que el 18 de mayo de 1875 a las 11 1/4 horas a. m.
alcanzó a convertir en un par de segundos toda la próspera ciudad
en un mar de escombros, sin dejar en pie ni una sola casa. Muertos
2.000 de sus 15.000 habitantes, de los demás muchos resultaron
heridos de mayor o menor gravedad. Así las cosas, un segundo
temblor, al parecer más fuerte todavía, ocurrido durante la noche
siguiente, ya no encontró nada que destruir, aparte del nuevo
efecto horrorizante causado sobre la pobre gente ya tan afligida,
que se había acostado lo más alejada de todo muro con el propósito
de descansar. Como consecuencia inmediata del terremoto estallaron
incendios en muchas partes donde se había guardado pólvora,
petróleo y otros artículos inflamables, para devorar buena parte de
las mercancías, entre otras en la Botica Alemana. A la vez
cuadrillas de rateros aparecieron por todas partes para abalanzarse
sobre los escombros, en tanto que las autoridades y las fuerzas
militares optaron por fugarse cobardemente, así que muchas cosas de
valor se perdieron, las que con oportunas medidas conducentes
hubieran podido salvarse en bien de sus
propietarios.
Durante la época precedente al terremoto dicen que había reinado
una sequía extraordinaria, en tanto que a las dos horas de haber
temblado, cayó un formidable aguacero. También de las sacudidas de
menor alcance se cuenta que suelen suceden al comienzo del invierno
o inmediatamente antes, fenómeno por lo demás a menudo comprobado
en la América tropical. Por cierto que el terremoto no se limitó a
la mera ciudad de Cúcuta, toda vez que la mayoría de las
localidades ubicadas entre Cúcuta y San Cristóbal, lo mismo que
aquellas de la región entre Chinácota y Salazar quedaron
destruidas, en tanto que en Pamplona se derrumbó la catedral; por
otra parte, la sacudida se hizo sentir en regiones tan remotas,
como Caracas, Maracaibo y Ocaña.
Antes del terremoto, las calles de Cúcuta eran estrechas y las
casas, de varios pisos, de una estructura y techos pesados; mas en
razón a la lección recibida, la reconstrucción se realizó con
calles amplias, bordeadas de casas de un solo piso. Las vías bien
aseadas forman un contraste saludable comparándolas con las de la
mayoría de las ciudades colombianas, lo mismo que las casas
simpáticas y limpias, con palmeras cocoteras y otros árboles
dispersos entre ellas, ofrecen un aspecto urbano bastante
agradable, el que desgraciadamente desaparece al salir de la ciudad
para entrar a la zona de los ranchos miserables. Los almacenes nada
tienen que envidian a los de Bogotá, ni en presentación ni en
surtido, hasta el punto de encontrar aquí varios artículos que en
la capital había buscado en vano. También la instalación de las
casas de habitación y el modo de vivir de los habitantes ostentan
cierto estado de comodidad que antes no había encontrado en otras
partes del país, sin perjuicio de pretenden los cucuteños no haber
vuelto a alcanzan todavía el nivel de bienestar perdido pon el
terremoto. Factores que menoscaban en sumo grado el placer de la
vida son el calor sofocante que reina y el polvo que se levanta pon
el fuerte viento que sopla desde el sur a las horas del mediodía,
por lo menos durante los meses de junio a septiembre. Pero con
todo, el clima seco es saludable. Una epidemia de fiebre, ocurrida
a fines de 1883 tanto aquí como en las localidades vecinas, fue
calificada por algunos de la fiebre amarilla, tan temida en todo el
país, en tanto que otros atribuyeron su origen a causas netamente
locales. Sus víctimas se limitaron a unos viajeros descuidados
procedentes de la tierra fría y a algunas personas que carecían de
medios para hacerse tratar. No obstante pasaron meses sin que nadie
se atreviera a venir del interior del país, tiempo durante el cual
se prefería a Bogotá o a Bucaramanga para
aprovisionarse.
Cúcuta constituye el centro comercial de una vasta región de la
Cordillera Central. Al sur su radio de acción toca a aquel de
Bogotá, al suroeste con el de Bucaramanga, en tanto que al oeste se
extiende hasta la reducida región de la apartada Ocaña, para
coincidir al este con la frontera política hacia Venezuela.
Teniendo a Maracaibo por puerto para su comercio exterior, Cúcuta
es uno de los pocos centros independientes del río Magdalena. Sus
comunicaciones con Maracaibo son bastante buenas, así por el lago
de Maracaibo que tanto penetra al continente, como por el río
Zulia. Desde Puerto Villamizar o Puerto Buenaventura, situado al
extremo superior de la parte navegable del Zulia conduce una vía
carreteable a Cúcuta, comunicación en vía de mejorarse por medio de
un ferrocarril en construcción y ya en servicio en sus dos terceras
partes. Por razón de sus fletes considerablemente superiores, los
comerciantes alemanes no aceptan de buen grado los servicios del
ferrocarril, menos aun por cuanto su construcción a la vez llevó a
la destrucción del carreteable. El café, como artículo principal de
exportación desde Cúcuta, cultivado en su mayor cuantía en las
regiones de Salazar y Chinácota, se despacha con preferencia a
Nueva York. No habiendo alcanzado a jugar un papel tan importante
la exportación de la corteza de quina desde aquí, como la tiene
para el comercio de Bogotá, Bucaramanga y Ocaña, su paralización
actual tampoco ha podido afectar en tan alto grado la situación
económica de Cúcuta, aunque los efectos tanto de la baja en los
precios del café como de la inseguridad política, y, por último, de
la epidemia de fiebre, naturalmente se hacen sentir con todo su
peso.
El comercio de Cúcuta, que apenas empezó a prosperan en el curso
del siglo presente a consecuencia de la abolición de los
privilegios arbitrarios establecidos para determinadas vías de
comunicación, estaba originalmente en manos de casas de Maracaibo,
las que solían visitar el interior apenas de vez en cuando o
preferían que empleados y agentes suyos hicieran sus veces. Tan
solo gradualmente se abrió paso la idea de intensificar las
relaciones, estableciendo sucursales propias, por lo menos en los
sitios más importantes, tales como Cúcuta y San Cristóbal,
localidad esta también de la vecindad, pero situada en Venezuela.
Con la misma orientación venían fundándose nuevas casas
independientes, las que en Maracaibo apenas ocupaban comisionistas
encargados de asegurar el tránsito de las mercancías tanto entre
sus viajes terrestre y marítimo como por terreno venezolano, lo
mismo que del cumplimiento de otras diligencias inherentes. Las
casas comerciales de mayor importancia estaban en manos de paisanos
alemanes; por ejemplo Minlos, Breuer & Cía., van Dissel, lo
mismo que Thies & Cía. (Farmacia Alemana). La colonia
alemana se componía apenas de doce a quince caballeros, solteros en
su mayoría, encabezados por el cónsul, señor Riedel. Viviendo en
buena armonía, todos me atendieron de la mejor
manera.
Cuidémonos de confundir la ciudad de Cúcuta o San José de Cúcuta
con las localidades vecinas, también con Cúcuta como nombre o
apéndice. La antigua fundación de Cúcuta ubicada a dos kilómetros
al este de la ciudad, no ha pasado del nivel de un pueblo común y
corriente, en tanto que a los ocho kilómetros al sudeste, y allende
la árida loma de una colina, tenemos a Rosario de Cúcuta, situada a
poca distancia de la cuenca del río Táchira, población en cuya
iglesia se reunió el primer congreso constitucional de la Colombia
unificada en 1821. También destruida la localidad por el terremoto
de 1875, su reconstrucción llevada a cabo con una pequeña variación
de su sitio, denota un carácter apenas provisional. Finalmente, a
los tres kilómetros más en la misma dirección sudeste, llegamos a
San Antonio de Cúcuta, ciudad provinciana sin mayor relieve,
situada en la orilla opuesta del río Táchira, o sea ya sobre
terreno venezolano. Pasadas Rosario y San Antonio, el camino
conduce a San Cristóbal, población que constituye el punto situado
más al este que he tocado en todos mis viajes realizados por
tierras suramericanas.
Dignas de mención encuentro en los alrededores de Cúcuta las
fuentes termales ferruginosas con temperaturas de 44° a 46°C. que
surgen al sureste del pueblo de Cúcuta, al igual que las
sulfurosas, de 61° a 56°C., emergentes al este de Ureña, pueblo
venezolano ubicado al pie de la loma en que termina el valle del
Táchira. Pero más atrayente todavía que la visita a aquellas
fuentes resultó una excursión emprendida en compañía de varios
compatriotas al Tasajero, loma aislada visible desde lejos al norte
de Cúcuta, desde el cual gozamos de una vista bastante amplia a
pesar de la atmósfera un tanto nebulosa. Hacia el sur alcanzó a
seguir el valle del río Pamplonita hasta bien arriba, en tanto que
en dirección occidental admiramos varias cadenas de montañas que
sobresalían una sobre la otra en forma de bastidores, la más remota
de las cuales eleva hacia el cielo sus bien marcados picos.
Cruzando aquellas cadenas y los valles intermedios que corren en
sentido sur-norte, pasa el camino hacia Ocaña, el cual en cuanto a
su mal estado dizque resiste toda comparación. El horizonte
oriental está formado por la cadena de montaña que se eleva entre
el río Táchira y San Cristóbal, a tiempo que hacia el norte nuestra
vista abarca las extensas regiones planas y cubiertas de selva que
circundan el borde sur del lago de Maracaibo, hoy desvanecido en la
niebla, mientras que con tiempo despejado el lago se alcanza a
divisar. El presente momento no era propicio para hacerme presentir
el que a las dos semanas más, fuera a atravesar la misma selva por
ferrocarril y a surcar el lago a bordo de un vapor para iniciar mi
viaje de regreso a la patria.