INDICE





PRÓLOGO

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

VIAJES POR LOS ANDES COLOMBIANOS

I - DE LA COSTA A BOGOTÁ

CAPÍTULO I
En el Istmo de Panamá. Arribo a Colón. Viajes por el istmo, antes y hoy. Carácter del paisaje. El canal interoceánico. Panamá. Vista sobre el Océano Pacífico

CAPÍTULO II
En el litoral septentrional. Travesía del golfo del Darién. Cartagena. Arribo a Sabanilla (Salgar). Por ferrocarril a Barranquilla. La ciudad y sus habitantes. Historia e importancia de Barranquilla

CAPÍTULO III
En el río Magdalena. Champanes. Historia de la navegación fluvial. Partida. Estructura e instalación de un vapor del Magdalena. Tripulación y pasajeros. Un día a bordo. Paradas. El río Magdalena y su cauce. El caudal de agua. El cauce cambia de rumbo.

CAPÍTULO IV
Ascenso a la altiplanicie de Bogotá. Comienzo. Ruinas de un ferrocarril. La primera posada. Panorama de la Cordillera Central. Guaduas. Paisanos alemanes. Cambio de aspecto del paisaje. Villeta. Chimbe y Agualarga. Una carretera. Los Manzanos. Atravesando

II - BOGOTÁ Y LOS BOGOTANOS

CAPÍTULO I
La ciudad. Fundación y nombre. Ubicación. Elevación y vista sobre la montaña. Vista panorámica de Bogotá desde la cima; plano ajedrezado de la ciudad. Las calles. Disposición concéntrica. Las orillas de los riachuelos. Suburbios. Paseando la ciudad.

CAPÍTULO II
Los habitantes. Tipos de caballeros y su indumentaria. Las damas. Hombres y mujeres del pueblo. Tipos especiales. Los extranjeros. Número de habitantes. Clases sociales y composición etnográfica de la población. Apellidos y nombres. Nobleza y títulos.

CAPÍTULO III
Las clases elevadas. Descripción de una habitación y su instalación. Alimentación. Transcurso del día para los caballeros, las damas y los niños. Vida social. Diversiones y viajes  

CAPÍTULO IV
Las clases media e inferior. La clase media: habitación, ingresos, etc. La clase baja: habitación, instrucción y comportamiento, ingresos, situación social  

CAPÍTULO V
Clima e higiene. Temperatura y precipitaciones atmosféricas. Enfermedades que predominan. Médicos y farmacias. Higiene pública. Epidemias de viruela  

CAPÍTULO VI
Conexiones de Bogotá con el mundo. Su ubicación en la montaña. Viajeros. Movimiento de carga. Comunicaciones postales y telegráficas. Ideas sobre un traslado de la capital. Proyectos ferroviarios  

CAPÍTULO VII
Comunicaciones y comercio. Tráfico. El mercado. Variedades. Tiendas. Restaurantes y hoteles. Artesanía. Industrias. Almacenes. Comercio  

CAPÍTULO VIII
La vida intelectual, política y eclesiástica. Instrucción pública. Aislamiento intelectual de Bogotá. Retraso de la vida intelectual. Museos, etc. Arte, literatura y ciencias. Política. Vida religiosa y fiestas  

III - VIDA DE VIAJERO
Objeto y planeación de los viajes. Área recorrida. Literatura para el viajero. Información verbal. Excursiones a pie. Mula y caballo. Equipaje. Precio de los animales. ¿Tomarlos en alquiler o adquirirlos en propiedad? Guías y ayudantes.

IV - ESTAMPAS DE LA CORDILLERA DE BOGOTÁ

CAPÍTULO I
Estructura de la montaña y niveles de altura. Conformación geológica del terreno. Regiones de altura  

CAPÍTULO II
El paisaje civilizado. Tipo y belleza del paisaje. Arborescencia primitiva. Transformación del reino vegetal y animal por el hombre. Relación entre la altura y las plantas cultivables. Caña de azúcar. Café. Cacao. Añil. Tabaco. Ganadería.

CAPÍTULO III
El monte. Comparación con el bosque alemán y con la arborescencia de la tierra baja tropical. Impresión del paisaje. Dificultad de la exploración geográfica y geológica. Vientos y nieblas. Estado de los caminos. Lo que produce la selva.

CAPÍTULO IV
El páramo. Contornos y suelo de las cumbres. Condiciones atmosféricas. Vegetación. Vida de los moradores. Disposición anímica del viajero. Visita al Tablazo  

CAPÍTULO V
La altiplanicie de Bogotá. Panorama. En la remota antigüedad era una laguna. Alturas que la bordean. Las lagunas de Guatavita, de Guasca y de Suesca. Vegetación y cultivos. Desarrollo de la civilización  

CAPÍTULO VI
El Salto de Tequendama. Su fama. El camino de ida. La vista del Salto. Altura. La vegetación. Su origen  

CAPÍTULO VII
Fusagasugá y el puente natural de Pandi. Descenso a Fusagasugá. La planicie de Fusagasugá, una terraza de acarreo. El camino a Pandi. El puente natural y su origen  

CAPÍTULO VIII
El valle del río Bogotá. La laguna de Pedropalo. La vista desde Tena. La Mesa. El camino a Tocaima. De Tocaima a Peñalisa. El puente cerca de Girardot y el ferrocarril  

CAPÍTULO IX
Reino mineral y empresas industriales. El yacimiento de sal mineral de Zipaquirá. El monopolio de la sal. El carbón. La ferrería de Pacho. La ferrería de Subachoque. La curtimbre y fábrica de calzado de Agualarga. Situación del obrero alemán.  

CAPÍTULO X
Haciendas y estancias. Tierra baldía y distribución de la propiedad. Economía de las estancias. Economía de las haciendas. Construcciones rurales. El terrateniente. Relaciones laborales. Modo de vivir, instrucción y carácter de los campesinos  

CAPÍTULO XI
En una ciudad de provincia. Las localidades. Su origen, denominación y carácter. Su ubicación y planeación. Casas y calles. Particularidades históricas y climáticas. El tráfico. Condiciones sociales. Administración y política locales. El comercio. Fiestas

V - VIAJE A TRAVÉS DE LA CORDILLERA CENTRAL

CAPÍTULO I
La vertiente oriental de la Cordillera Central. Paisaje de conformación tobácea arriba de Honda. Paisaje de la Cordillera Central. Minería y pueblos. Huellas volcánicas cerca de Manzanares. La Picona. El páramo de Herveo  

CAPÍTULO II
En el valle del Cauca. Vista al valle del Cauca. Salamina. Comida antioqueña. Fuentes de aguas salinas. Un guardapuente alemán. El río Cauca. El distrito minero de Marmato y Supía. Carácter de las poblaciones de Riosucio, Quinchía y Ansermaviejo.

CAPÍTULO III
El páramo del Ruiz y Ambalema. Una vía carreteable. Un lodazal. Exhalaciones sulfurosas. Noches y excursiones en el páramo. Nieve y glaciares. Descenso por Líbano y Lérida a Ambalema. Cultivo de tabaco. Regreso a Bogotá

CAPÍTULO IV
Minas de oro y de plata. Clases de gangas y filones. Métodos de extracción y explotación. Aluviones auríferos. Extracción hidráulica  

CAPÍTULO V
Tumbas indias y antigüedades. En búsqueda de guacas. Sus diferentes formas. Significación científica

VI - UNA EXCURSIÓN A LOS LLANOS
Estaciones. El camino de Bogotá a Villavicencio. Primer vistazo a los llanos. Villavicencio. La selva de la planicie. A caballo a través de la llanura. La hacienda “Los Pavitos”. Los llaneros. Cultivos y ganadería. Perspectivas culturales de los llanos.

VII - VIAJES POR SANTANDER Y BOYACÁ

CAPÍTULO I
La laguna de Fúquene y las minas de esmeraldas de Muzo. La salina de Tausa. Paisaje cerca de Ubaté. Navegando por la laguna de Fúquene. Su profundidad y tentativas de desaguarla. Un santuario. Muzo. Esmeraldas y mariposas. La mina de cobre de Moniquirá.

CAPÍTULO II
De Vélez a Bucaramanga. Vélez. Formaciones calcáreas. Cresta de montaña y meseta a orillas del río Suárez. El valle de Sube. A través de la Mesa de Jéridas a Piedecuesta y Bucaramanga. Panorama desde el alto de Gualilo. Excursión a Montebello.

CAPÍTULO III
La tierra montañosa de Tunja y Sogamoso. Caminos de Bogotá a Tunja. El campo de la batalla de Boyacá. Carretera y ferrocarril. Tunja. La ferrería de Samacá. Paipa, Duitama, Santa Rosa, Belén. Caminos a Santander. La laguna de Tota. La sabana de Sogamoso.

CAPÍTULO IV
La Sierra Nevada del Cocuy. El valle del río Sogamoso. La Sierra Nevada. Epoca para visitarla. Primera vista. El Pan de Azúcar. Vista de toda la sierra. Un pequeño glaciar. El ala norte de la sierra. El límite de las nieves perpetuas asciende.

CAPÍTULO V
Cúcuta. Minería en La Baja y Vetas. Pamplona. La penitenciaría. El camino a Cúcuta. Entrada a la ciudad. Terremotos. Arquitectura. Almacenes. Clima. Fiebre. Importancia comercial. Comunicaciones. El ferrocarril. La colonia alemana.

CAPÍTULO VI
En el río Zulia y en el lago de Maracaibo. Realización de las bestias en San Cristóbal. Por ferrocarril a Puerto Villamizar. Navegando en vapor por el río Zulia. El lago de Maracaibo. La ciudad de Maracaibo y sus alrededores.

VIII - DESARROLLO HISTÓRICO Y SITUACIÓN ACTUAL

CAPÍTULO I
La conquista española, la época colonial y la guerra de la independencia. El comienzo de la historia de Colombia. La conquista del país por los españoles. La formación política de la colonia. Política colonial española. Composición de la población.

CAPÍTULO II
La República de Nueva Granada. Relaciones con los Estados europeos. Composición de la nación. No hay motivo para conflictos internacionales. Carácter de la historia de Colombia. Sucesos entre 1830 y 1858. Liquidación de la República.

CAPÍTULO III
Los Estados Unidos de Colombia. La constitución de Rionegro: relación entre la nación y los Estados individuales; composición del gobierno nacional. Funcionarios y jueces. Aspectos progresistas. Leyes relativas a la política eclesiástica.

CAPÍTULO IV
La situación económica y el nivel cultural de Colombia. La escasa y dispersa población. Aprovechamiento de la selva. Agricultura, minería, industria. Importación y exportación. Escasez de bienestar. Distribución de la propiedad.

CAPÍTULO V
La posición del extranjero en Colombia. Nacionalidad y profesiones de los extranjeros. Ventajas y privaciones. Sus méritos para con Colombia. Actitud de los colombianos hacia los extranjeros. Posibilidades de incrementar la inmigración alemana
3.  La tierra montañosa de Tunja y Sogamoso 
 

 

Antes de continuar nuestro viaje de Bucaramanga hacia el norte, será menester conocer las regiones que se despliegan en dirección oriental, conformando el mayor territorio del Estado de Boyacá y que pertenecen en sus partes más pobladas a la cuenca del río Sogamoso o Chicamocha, gemelo del río Suárez. 

Escojamos, como primer objetivo del viaje, a Tunja, capital del Estado de Boyacá. Podemos enfocarla desde Bogotá por tres caminos diferentes, siendo uno de ellos el que pasa por Ubaté y Samacá, en tanto que otro sale por la laguna de Suesca y el páramo de Las Ovejeras y el tercero conduce por Chocontá y Ventaquemada. Por mi parte me decidí en favor del último y más transitado, dejando cerca del Puente del Común la vía de Zipaquirá y siguiendo el recodo nordeste de la sabana de Bogotá hasta su extremo en la misma dirección con los pueblos de Gachancipá y Tocancipá ubicados en el camino. Una vez atravesadas algunas planicies de menor extensión, llegamos a la simpática ciudad provinciana de Chocontá, situada a los 2.640 metros sobre el nivel del mar. De aquí se desvía hacia la derecha el camino que comunica con el valle de Tenza, nombre colectivo que abarca varios distritos ya pertenecientes a la cuenca del río Meta y comprendidos en la tierra templada. Habitados por agricultores con propiedades de menor extensión, dizque están formando una de las regiones mejor cultivadas de Colombia. Pasando por Hatoviejo, nuestro camino sigue todavía por el valle del río Funza, el mismo que ya conocemos desde la sabana de Bogotá, para desviar luego pasajeramente a la cuenca del río Meta, que ya pertenece a la del Orinoco. Pasando a Ventaquemada y dejando a Turmequé a nuestra derecha, alcanzamos cerca del Puente de Boyacá el sitio más afamado de la historia colombiana, del cual todo el Estado de Boyacá deriva su nombre. Es el lugar donde el 7 de agosto de 1819 los republicanos al mando de Simón Bolívar lograron vencer a las fuerzas españolas, asegurando así la independencia de la Nueva Granada e indirectamente también la de Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Cerca del puente encontramos algunas rocas cubiertas por inscripciones enigmáticas pintadas por los antiguos indios. Al cabo de otro rato cruzamos una cumbre de poca monta para entrar al alto valle de Tunja y así pisar terreno de la cuenca del río Sogamoso. 

No solamente en el trayecto a través de la sabana de Bogotá sino por partes también entre ella y la ciudad de Tunja pudimos cabalgar por vía carreteable, aunque a veces estas vías en estado bastante lamentable. Su origen data del año de 1876 más o menos, cuando sé concibió la idea de conectar a Tunja con la sabana de Bogotá por medio de una carretera, de la cual el trayecto de Tunja a las cercanías de Ventaquemada realmente logró terminarse, en tanto que al remanente, ya trazado y con terraplén construido, le faltaban apenas el macadam y el afianzamiento lateral, cuando la obra se abandonó para empezar en su lugar la construcción de una línea férrea entre Tunja y Bogotá. Así las cosas, no sorprende que también esta se suspendió con el efecto de que la comunicación entre las dos ciudades aún hoy día esté restringida al antiguo camino de herradura. Cierto es que durante la época de verano unos cuantos carros de tracción animal logran moverse a duras penas por la carretera abandonada, pero sin que un tráfico regular de esta índole haya podido establecerse. 

Tunja, situada a 2.760 metros sobre el nivel del mar, tiene una temperatura media de 13°C., o sea 1½ °C. menos que Bogotá. Con el firmamento generalmente cubierto de nubes se compagina una inusitada frecuencia de paramitos. Hasta los alrededores padecen de la ausencia de un ambiente sereno, limitándose la vegetación fresca a unas pequeñas planicies al norte de la ciudad, mientras que las colinas apenas ostentan unos matorrales secos y muchos barrancos dejan a la vista el suelo pelado de color rojizo o amarillo. Así, el único fenómeno apto para reconciliarnos con la región son dos fuentes de agua tibia, la una de 19½°C. y la otra de 17½°C., que emanan al norte y al este de la ciudad respectivamente, ambas utilizadas para baños termales. 

Ya los chibchas tenían aquí la ciudad como residencia de su poderoso Zaque. Todavía hoy día se encuentran encima de las colinas al oeste de Tunja, cerca del camino que conduce a Leiva, colocadas sobre un banco de arenisca ferruginosa inclinado hacia el este, dos lajas de arenisca en forma circular a la manera de molares, pero con faceta oblicua en el borde superior, los llamados “cojines”, sobre los cuales los indios antiguos dizque arrodillados solían elevar sus plegarias, con la cara vuelta hacia el oriente. Se dice que cerca de aquellas piedras hace poco todavía estaban a la vista las ruinas del palacio del Zaque. Una vez subyugados los chibchas por los españoles, también estos procedieron a fundar una ciudad en el sitio, la cual desde entonces ha seguido siendo el centro de los poderes civiles y eclesiásticos, al paso que para el comercio nunca ha adquirido importancia alguna. Lo que sí tiene Tunja en escala igualada por apenas pocas ciudades del país son iglesias y otros monumentos de interés arquitectónico. Traen su origen de la ocupación española, pues la época actual carece tanto de dinero como de arquitectos capaces de abandonar el aburrido estilo tradicional tan generalizado en tales obras. En cambio son pocas las casas de habitación de aspecto sólido y simpático que encontramos, a la vez que las calles adolecen de la falta de aseo, lo mismo que esta y la cantidad de bichos molestos en los hoteles están a la altura de rivalizar con Zipaquirá y Chiquinquirá.

A unas tres horas distantes de Tunja en dirección oeste está ubicado el pueblo de Samacá, al cual le sigue a media hora más en la misma dirección una ferrería fundada ya hace algunos años como empresa del Estado de Boyacá y subvencionada por el gobierno nacional. A pesar de los años transcurridos y los $ 800.000 gastados, eran apenas muy pocas las máquinas instaladas, en tanto que el alto horno ya estaba dañado. El gobierno colombiano echaba toda la culpa del fracaso a la dirección extranjera, acusando al primer gerente, un norteamericano de origen alemán, de apellido Braun, de fraude, para luego absolverlo por falta de pruebas. También a su sucesor, un tal Mr. Southan, se le calificó de falto de honradez e incapaz. Pero ¿por qué el gobierno colombiano contrató de preferencia a personas tan irresponsables? Mas esta no es la única razón aducible para explicar el estado lamentable de la ferrería, pues, sea como fuere, buena parte del dinero ha ido a parar a los bolsillos de funcionarios y periodistas colombianos. Hasta seis meses de paralización total pasaron a veces los trabajos por falta de fondos, hecho que motivó a la mayoría de los operarios ingleses desalentados el regreso a su tierra. En aquel entonces había apenas cuatro ingleses que se quedaron, se trabajaba en pequeña escala y todo parecía depender de la llegada de una comisión encargada de elaborar el veredicto requerido por el gobierno nacional para resolver sobre la futura subvención, pues de lo contrario la suerte de la empresa ya estaba echada.

Me parece acertado el concepto del actual gerente, Mr. Brown, de que toda la ferrería es una empresa carente de base, lo que por cierto es un testimonio lamentable sobre la desaforada ligereza demostrada por el gobierno de Boyacá. Sin cuidadoso análisis previo del yacimiento se procedió a fundar la empresa, con el resultado de que después se comprobó que la mina no era de la suficiente magnitud ni el mineral de calidad satisfactoria, así que no habría materia prima que excediera a las necesidades de los primeros cinco a diez años. De mayor volumen, a la vez que de mejor calidad, se describe el material proveniente de la mina de El Hatico, pero con la desventaja, para el caso, de media jornada de distancia hacia el oeste, al igual que del carácter de recurso de emergencia a que se reduciría la extracción del mineral allí presente en la forma desfavorable de menas intercaladas entre arcilla esquistosa. Y para completar la relación de los inconvenientes existentes para la ferrería, no podemos dejar de incluir su ubicación, ya que Samacá se encuentra para el efecto en posición inferior a Subachoque y aun a Pacho. 

Al norte de Tunja el paisaje sigue conservando todavía por un buen trecho el mismo carácter de pelado y triste que prevalece cerca de la ciudad. Duramos unas seis horas cabalgando a lo largo del valle que se extiende hacia el norte, sobre un suelo resbaloso de arcilla rojiza, del cual aquí y allá emergen yacimientos de carbón. Finalmente entramos a la altura de Paipa a otra planicie, o sea un recodo de la sabana de Sogamoso, la tercera de las tres altiplanicies de la Cordillera Oriental. A unos cuatro kilómetros al sur de Paipa observamos numerosas fuentes de agua caliente, las que depositan cantidades considerables de sulfato de sosa. Este mineral, hasta el presente de uso exclusivo en la ganadería, según Boussingault podría convertirse en materia prima para fines técnicos en gran escala, tanto más cuanto en las cercanías existen yacimientos de parentales de carbón. A unas pocas horas siguiendo en dirección nordeste se llega a Duitama, bien sea cruzando un espolón de montaña o pasando a su alrededor por una meseta pantanosa. En Duitama llama nuestra atención el establecimiento educacional de los hermanos Solano, con una cría de gusanos de seda y un gran vivero de árboles frutales. Como especialidad se producen en este último exquisitas manzanas, lo que demuestra sin lugar a duda que la mala calidad de las manzanas cultivadas en la sabana de Bogotá tiene como única causa la falta de cuido. El recodo de Duitama muestra abundante arborescencia, la cual unida al verde fresco de las praderas en las pendientes suaves de la montaña circundante y a los ranchos dispersos en ellos, ofrece un paisaje grato y acogedor.

A cuatro horas en dirección norte de Duitama encontramos a Santa Rosa de Viterbo, antigua capital de la provincia de Tundama, hoy en día de unos 5.000 habitantes, también situada sobre una meseta, menor en este caso y sin unión directa con la altiplanicie de Duitama y Paipa. En su plaza se encuentra expuesto bajo árboles un bloque de hierro de bastante tamaño, que fue encontrado en 1810 sobre la colina de Tocavita, tomándose por hierro aerolítico. Es de propiedad del emperador de Alemania, según se me cuenta, y por lo tanto está protegido contra la destrucción | (3)

Separada por una cadena de colinas se halla otra planicie de menor área, con los pueblos de Cerinza y Belén erigidos sobre ella. Aquel es una localidad miserable, en tanto que Belén se nos presenta como una población acomodada y llena de vida, a pesar de lo odiados que están sus habitantes en todos los alrededores a cuenta de su filiación conservadora. 

Sobre el lado oriental de la planicie se levanta, con visibilidad desde lejos, el cerro de Tibe, compuesto de materia granítica. Su vertiente ha sido explorada en busca de plomo, plata, oro y esmeraldas, pero sin que las esperanzas en cuanto al resultado se hubieran cumplido. Al norte del cerro la cadena granítica se halla interrumpida por la brecha abierta por el río Suápaga, el cual se encarga de desaguar la planicie de Belén hacia el río Sogamoso. 

Todas las localidades mencionadas entre Tunja y Belén se encuentran situadas a poca distancia de la divisoria hidrográfica entre los ríos Sogamoso y Suárez. Pero esta, a diferencia de lo que indica el mapa de Codazzi, no se identifica con una cadena de montañas continua, coincidiendo en cambio tan solo en parte con el rumbo de una cresta para luego saltar a otra que discurre más al oriente de la primera. Más o menos a medio camino entre Tunja y Paipa la divisoria empieza a asumir a la vez el papel de frontera entre Boyacá y Santander, para conservarlo hasta llegar a la gran brecha abierta por el río Sogamoso hacia el oeste. Para cruzar la divisoria y a la vez frontera entre Estados, hay diferentes caminos, casi todos parecidos en un aspecto, o sea el de sus malas condiciones. Todos pasan por una región montañosa escasamente poblada antes de alcanzar las localidades principales abarcadas por el valle del río Suárez. 

Raras veces las molestias sufridas han igualado a las experimentadas en el viaje de San Gil a Belén, pasando por Mogotes y Onzaga. Empezando por el desabrimiento y la inhospitalidad características de la población, tuve la mala suerte de perder mis bestias arriba en el páramo, para volver a encontrarlas apenas cuatro días después. Todos estos caminos son poco transitados, ya que las vías principales no van en dirección de oriente a occidente sino de norte a sur. El intercambio comercial se limita a los productos del país. En los días de mercado se observa a la gente de Santander subiendo a Belén y Santa Rosa con miel, plátanos, maíz, etc., al paso que a Onzaga, Charalá, etc. van bajando trigo y papas los cultivadores de la tierra alta. Pero regresemos a Tunja, con el ánimo de atravesar también la parte oriental de la tierra alta de Boyacá, principiando por una visita a la laguna de Tota. Situada a 45 kilómetros en dirección oriental desde Tunja, está separada de esta ciudad por varias cadenas de montaña que con dirección norte a sur se elevan hasta las alturas del páramo. Pasando por los pueblos de Siachoque, Toca, Pesca y Tota, alcancé a los dos días de viaje la laguna en su rincón suroeste, cerca de los llamados arcos, una especie de portales naturales excavados por el continuo embate de las olas en la roca arenisca, que aquí avanza hasta tocar la superficie del agua. Avanzamos por la orilla meridional del lago, de ordinario a cierta altura sobre su nivel, ya que las montañas caen en forma abrupta hacia la superficie. En el extremo sur sale el río Upía como desagüe del lago, cogiendo por ahora hacia el sur, pero tor­nando luego al este, para descender a los llanos como uno de los principales brazos originarios del río Meta. Cruzando la última de las lomas, que bordea con su elevación mediana la laguna hacia el oeste, hemos pasado una vez más la divisoria hidrográfica entre el Magdalena y el Orinoco. A una hora en dirección nordeste del río-desagüe tenemos a Puebloviejo, aldea poco aseada, ha­bitada casi exclusivamente por indios y situada sobre un terreno de aluvión de poca extensión. No obstante, sus ranchos dispersos entre campos cultivados y potreros verdes son bastante atractivos desde el punto de vista pintoresco. Terminada aquí la jornada, me embarqué la mañana siguiente en una pequeña canoa con rumbo a Cerro Grande, la mayor de las tres islas que se levantan del lago y que están formadas de la misma roca arenisca ya mencionada en relación con los bordes del lago. Por años los indios, dominados por miedo supersticioso, habían rehusado abordar la isla, hasta cuando al fin un ciudadano inglés lo hizo, haciendo caso omiso de todas las prevenciones, para encontrar los pretendidos fantasmas en forma de unos ciervos huidizos | (4) . Hoy día parte de la isla sirve para la agricultura. Debido tanto a la demora inicial sufrida para alistar la canoa como al intermedio de varias horas interpuesto para el almuerzo, era apenas lógico que ya empezara a oscurecer cuando volvimos a tocar tierra en el extremo norte de la laguna, o sea el llano de Alarcón. 

Dejando aparte la laguna de La Cocha, o el mar dulce como la llaman, situada en una región selvática al este de Pasto, habitada exclusivamente por indios primitivos, el lago de Tota es el mayor de todos los pertenecientes al sector montañoso del país. Altamente subdividido por islas y penínsulas, es difícil de abarcar con la vista y, más aún, de levantar su plano. Su longitud en el sentido norte-sur es de unos diez kilómetros, en tanto que su ancho máximo mide seis kilómetros y su superficie 45 kilómetros cuadrados aproximadamente, área idéntica más o menos a la del lago Ammer o a la del lago de Thune en Alemania. Como profundidad máxima, un sondeo realizado en 1875 para investigar la posibilidad de desaguar el lago indicó 55 metros. Con sus 3.000 metros de elevación sobre el nivel del mar se distingue marcadamente de los mayores lagos alpinos, que apenas alcanzan los 600 metros. Enfocado desde Puebloviejo con las colinas bajas de la orilla occidental en frente, ciertamente no se presenta muy pintoresco. La vista que más me ha gustado es la que se extiende desde el lado noroeste, por el hecho de que abarca el lago a todo lo largo, con las montañas altas y bellamente formadas del lado sur como fondo. Sin lugar a duda la laguna de Tota con su inmensa superficie, sus aguas verdosas claras y las montañas circundantes tanto en el sur como en el este, tocante a la belleza de su | paisaje deja bien atrás lo mismo a la laguna de Fúquene como a las andinas de áreas menores que tuve oportunidad de conocer. Hasta difícil resulta compararla con los lagos alpinos, pues al paso que de estos de ordinario las montañas suelen elevarse desde la superficie en forma escarpada y a considerable altura, aquí los picos de mayor elevación aparecen más alejados para, aun ganándoles en altura absoluta, elevarse menos sobre la superficie del lago, debido a la mayor altura de este. Es así como se explica la ausencia del aspecto grandioso, a la vez que el firmamento generalmente cubierto de nubes bajas y la monótona vegetación del páramo hacen echar de menos la risueña apacibilidad de las orillas del lago de Zürich o la solemne seriedad que reflejan las superficies cristalinas de los lagos de la Alemania del norte, circundados por densos bosques de hayas. Lo que más me recuerda el paisaje, son los lagos de origen volcánico (Maares), tan particulares de la montaña Eiffel en Alemania, excepto su tamaño que los hace parecer como un juguete al compararlos con la laguna andina. 

También la laguna de Tota estaba en camino de caer víctima del desagüe artificial proyectado. El objeto era el mismo, también aquí, de ganar terreno transformable en potreros, combinado con la esperanza de encontrar tesoros de los indios precolombinos en el fondo. Pero afortunadamente el empresario ya había gastado todo su dinero en los preparativos antes de empezar la obra misma. Digo que el fracaso oportuno era de celebrarse en este caso, por una parte porque la apertura del canal de desagüe, con su profundidad requerida de sesenta metros por lo menos, nunca habría llegado a terminarse, y por otra la desproporción entre las posibles ventajas y los peligros y desventajas del desagüe sobrepasarían con mucho los de la laguna de Fúquene. 

Al día siguiente seguimos un trayecto de la orilla en dirección suroeste, para luego cruzar por la mencionada cumbre baja a la cuenca del río Magdalena. Una vez alcanzado el recodo sur de la sabana de Sogamoso por el lado del pueblo de Iza, pudimos observar en sus cercanías unos manantiales calientes, tanto ferruginosos como azufrados. Los sedimentos formados alrededor de los últimos no contienen la piedra pómez volcánica, por la cual se acostumbra tomarla. El camino de Iza a Sogamoso se ha convertido en lodazal prácticamente sin fondo, a causa de las lluvias caídas en el curso de las últimas semanas, estando completamente inundadas amplias áreas a sus lados. Lo mismo les pasa a los demás recodos de la sabana, cubiertos de agua en su mayor parte en la actual época de invierno, tal como pudimos comprobar por un vistazo echado al día siguiente desde la capilla de Santa Bárbara, situada arriba de Sogamoso, vista que durante el verano apenas revela unas cuantas pequeñas lagunas. En tanto que tales inundaciones periódicas naturalmente impiden el cultivo de los terrenos, estos se prestan por excelencia para la ganadería. Los caballos criados en la región en tiempos pasados, tenían fama en todo el país. Sorprende por lo tanto que el ramo hubiera cedido su lugar a la ceba de los ganados levantados en los llanos de Casanare, que desde aquí se venden a todos los centros de consumo de Boyacá y Santander. Pero cierto es que la ciudad de Sogamoso a este negocio ganadero le debe su actual prosperidad. Situada un tanto a trasmano y carente de productos de exportación, no puede formar un centro comercial independiente con conexiones directas a Europa, pero esto no obsta para haberse constituido en uno de los mercados más importantes del país, que en razón a su vida económica más activa sobresale de Tunja, la capital del Estado. Sogamoso es de fundación antigua, al tenor de la tradición de tener por antiguo todo lo que ya existía antes de la conquista española. En la época de los chibchas el mismo sitio, o mejor dicho un lugar a distancia de dos kilómetros al sureste, lo ocupaba la ciudad sagrada de Iraca, residencia del soberano espiritual Sugamuxi y asiento de un templo soberbio, el que causó la admiración de los españoles y con ella misma el motivo de su destrucción, ya que durante la noche siguiente a la conquista se quemó por completo a consecuencia de descuido por parte de unos soldados ávidos. 

El camino más transitado a los llanos sale de la sabana a pocas horas al norte de Sogamoso, a la altura de los molinos de Tópaga, para, una vez pasado por los pueblos de Tópaga y Mongua, subir al alto de San Ignacio, el cual brinda un panorama de extraordinaria belleza, hasta llegar a perderse en las montañas que al occidente bordean la tierra alta de Boyacá. Apenas pasada la cumbre y con ella la divisoria hidrográfica entre el Magdalena y el Orinoco, nos envuelve una niebla bastante densa, que va condensándose en lluvia mas y mas intensa a medida que avanzamos en la bajada. Al mismo tiempo, la vegetación del páramo se convierte pronto en monte de crecimiento alto, interrumpido apenas por cuatro ranchos miserables con pequeños claros en su alrededor; la salina de Gámeza, alcanzada a un par de horas, no es más que un grupo de ranchos tristes. La salina misma, primitiva en sí, está abandonada desde hace catorce años en atención al poco contenido salífero de la fuente, que ya no justificaba su explotación. La misma suerte la sufrieron las salinas de Mongua, situadas a una hora en dirección sureste y un tanto apartadas del camino y las de Pajarito y Recetor, quedando en explotación tan solo la salina de Chámeza, pero también con perspectivas de clausurarse por las condiciones desfavorables de sus vías de comunicación. 

De la salina hacia abajo el camino sigue por el valle del río Labranzagrande que casi directamente en dirección sudeste va en declive hacia los llanos y por el cual las nubes van ascendiendo perpetuamente, y unas veces nos envuelven en nieblas y otras nos exponen a las lluvias. Por cierto es ahora, en junio, cuando, tanto en los llanos como en toda la pendiente oriental de la cordillera, está reinando el invierno en su expresión más enérgica. En gran parte la selva ha sido reemplazada por el terreno cultivado propio de la tierra templada, conservándose tan solo en los barrancos y hondonadas, al paso que la transmontan las crestas escarpadas, bien sea del todo peladas o cubiertas de gramíneas |y matorrales bajos. A media jornada abajo de la salina llegamos al pueblo de Labranzagrande, pintorescamente situado sobre una terraza de acarreo y circundado por maravillosos potreros. Al dejar el pueblo, cruzamos pronto por la última cadena de monte de alguna altura, para luego acercarnos más y más a la pura tierra caliente. Poco es lo que la selva pierde de espesura. Unos ranchos solitarios bordean el camino, el que por trechos conduce horizontalmente por la vertiente, para de golpe trocarse en subidas y bajadas tanto más impresionantes cuanto su angostura en muchas partes no permite ni el dejar pasar, ni el retroceso, sin provocar serio peligro. Desde la altura allende del Almorzadero se nos presenta, a través de una angosta trinchera formada por el río, la primera vista sobre los llanos, los que aquí, cerca de su borde, todavía aparecen bastante interrumpidos por parches cubiertos de monte. Pero a una jornada abajo de Labranzagrande aproximadamente, o sea al lado opuesto de la vega de Fonseca, empezamos a entrar a los llanos. 

Llamativo es el mayor movimiento que ahora encontramos en el camino, originado en los más voluminosos transportes de ganado de los llanos a la tierra alta, que suelen llevarse a cabo en junio, para repetirse en noviembre, aunque en menor escala. En consecuencia, el viajero hace bien en anticipar demoras a causa de tales manadas de ganado en camino, las que es mejor evadir, ya que los animales, antes acostumbrados a una vida en plena libertad, suelen mostrarse de mal genio en su marcha actual. Por lo tanto es aconsejable esperar hasta cuando las manadas sean paradas en los llamados contaderos, para ser reunidas y contadas, dejando la vía libre mientras tanto. Más o menos una semana de descanso se concede al ganado en los potreros de Labranzagrande, antes de exponerlo a la travesía del frío páramo, en la cual no obstante se cuenta por una pérdida del cinco por ciento de las cabezas en camino. Pero tampoco los arrieros, que de ordinario son indios de la tierra alta, en estas travesías ruedan con suerte, pues muchos sucumben en tales transportes, ya que su nutrición insuficiente, lo mismo que su ropaje inadecuado y la falta de higiene corporal facilitan la contracción de la fiebre, tanto más cuanto tales deficiencias van acompañadas por el consumo desmesurado de guarapo y aguardiente, vicio al cual están entregados. Y de tal peligro no los salva tampoco el hecho de que no tengan que penetrar a los llanos, toda vez que el ganado se les entrega al pie de la montaña. 

El futuro brillante de la región llanera se da aquí por descontado, opinión que comparte toda la gente. El suelo a lo largo de las orillas de todos los ríos, todavía cubierto de monte, sería el mejor para cultivar cacao, caña de azúcar y otras plantas, al paso que las llanuras de por medio seguirían sirviendo para la ganadería. El clima no se toma por tan malsano como con frecuencia quiere pretenderse, debiendo achacarse los ataques de fiebre en muchos casos más bien al modo de vivir de la gente. Los ríos navegables que atraviesan las llanuras constituirían el medio por excelencia para abaratar los transportes. Indudablemente tales argumentos tiene mucho en su favor en el sentido de servir de base para sostener una población más densa al mismo tiempo que para fomentar un mayor desarrollo cultural. Pero con todo, no deberá perderse de vista que, aún así, el progreso demandará mucho tiempo, toda vez que la autóctona población llanera no se aumenta sino lentamente, en tanto que para la gente de las tierras altas no es tan fácil adaptarse al clima llanero. 

Cierto es que el desarrollo cultural de los llanos mejoraría a su paso inmediatamente la situación en las tierras altas de Boyacá, regiones que hoy por hoy figuran entre las más pobres del país, ya que al producto de la ganadería, practicada en sus vegas no más, se reduce, más o menos, el total de sus ingresos. El suelo de las pendientes no es en todas partes tan árido como en las cercanías de Tunja. Pero ¿para qué sirve el mejor rendimiento de la tierra si los productos no encuentran comprador? ¡Partes hay donde dizque no paga el llevar la papa cosechada al mercado, siendo así que la tierra templada de Santander constituye la única región consumidora de afuera para la papa y el trigo boyacenses! Lo mismo pasa con las ruanas y mantas tejidas a la manera india antigua, que apenas encuentran mercado antes de llegar a Bucaramanga y Bogotá. En cambio se acostumbra adquirir de preferencia la miel para preparar la chicha, así como también los plátanos, el cacao y el café habrán de traerse de regiones más cálidas. Fácil es por lo tanto imaginar que en tales circunstancias poco dinero sobrará para la compra de mercancías europeas. Considerando que el jornal acostumbrado en la tierra alta apenas asciende a los dos pesos, se explican a secas tanto el estado desharrapado del ropaje de la gente como las condiciones miserables de sus ranchos. Al paso que en otras partes el burro suele emplearse tan solo para traer forrajes y otras cosas de las cercanías inmediatas, en las tierras altas de Boyacá la presencia del animal es un fenómeno común y corriente en todas las vías de la región. Por mucho que la arriería de burros constituya una prueba de paciencia poco común, el precio bajo de quince pesos que tiene el animal hace aguantar todas sus desventajas. Característico para el morador pobre de Boyacá me parece el hecho de haber escogido para su leal compañero precisamente al burro. Es ese hombre boyacense el que ha venido conservando su sangre india en el estado más puro, a la vez que ostenta de la manera más inconfundible el estigma de su prolongada sujeción y del subsecuente estancamiento cultural. Pero conste en su favor que al mismo tiempo viene prestando el mayor contingente en las fuerzas armadas del país. 

 

 

(3) Fue Boussingault, químico francés, quien primero analizó el bloque, teniéndolo por hierro meteórico. Mide 102 decímetros cúbicos, tiene 7.8 de peso específico, aspecto celulado, pero superficie no vitrificada y contiene un 91.4% de hierro, en tanto que el remanente de 8.6% es níquel. Similar era la composición de unas piezas encontradas en parte cercana a esta y en otras halladas por el lado de Zipaquirá. Su origen meteórico no me parece del todo exento de duda, ya que la roca parental misma del cerro de Tocavita ostenta incrustaciones de mineral ferruginoso. Desgraciadamente no hubo quien me señalara el lugar del hallazgo. En las cercanías inmediatas de la población hay mineral de manganeso (psilomelano) en bancos encerrados entre arcilla quistosa.(Regresar a 3)
(4) Ancízar, Peregrinación de Alpha, pág. 304.(Regresar a 4)

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