3. La tierra
montañosa de Tunja y Sogamoso
Antes de continuar nuestro viaje de Bucaramanga hacia el norte,
será menester conocer las regiones que se despliegan en dirección
oriental, conformando el mayor territorio del Estado de Boyacá y
que pertenecen en sus partes más pobladas a la cuenca del río
Sogamoso o Chicamocha, gemelo del río
Suárez.
Escojamos, como primer objetivo del viaje, a Tunja, capital del
Estado de Boyacá. Podemos enfocarla desde Bogotá por tres caminos
diferentes, siendo uno de ellos el que pasa por Ubaté y Samacá, en
tanto que otro sale por la laguna de Suesca y el páramo de Las
Ovejeras y el tercero conduce por Chocontá y Ventaquemada. Por mi
parte me decidí en favor del último y más transitado, dejando cerca
del Puente del Común la vía de Zipaquirá y siguiendo el recodo
nordeste de la sabana de Bogotá hasta su extremo en la misma
dirección con los pueblos de Gachancipá y Tocancipá ubicados en el
camino. Una vez atravesadas algunas planicies de menor extensión,
llegamos a la simpática ciudad provinciana de Chocontá, situada a
los 2.640 metros sobre el nivel del mar. De aquí se desvía hacia la
derecha el camino que comunica con el valle de Tenza, nombre
colectivo que abarca varios distritos ya pertenecientes a la cuenca
del río Meta y comprendidos en la tierra templada. Habitados por
agricultores con propiedades de menor extensión, dizque están
formando una de las regiones mejor cultivadas de Colombia. Pasando
por Hatoviejo, nuestro camino sigue todavía por el valle del río
Funza, el mismo que ya conocemos desde la sabana de Bogotá, para
desviar luego pasajeramente a la cuenca del río Meta, que ya
pertenece a la del Orinoco. Pasando a Ventaquemada y dejando a
Turmequé a nuestra derecha, alcanzamos cerca del Puente de Boyacá
el sitio más afamado de la historia colombiana, del cual todo el
Estado de Boyacá deriva su nombre. Es el lugar donde el 7 de agosto
de 1819 los republicanos al mando de Simón Bolívar lograron vencer
a las fuerzas españolas, asegurando así la independencia de la
Nueva Granada e indirectamente también la de Venezuela, Ecuador,
Perú y Bolivia. Cerca del puente encontramos algunas rocas
cubiertas por inscripciones enigmáticas pintadas por los antiguos
indios. Al cabo de otro rato cruzamos una cumbre de poca monta para
entrar al alto valle de Tunja y así pisar terreno de la cuenca del
río Sogamoso.
No solamente en el trayecto a través de la sabana de Bogotá sino
por partes también entre ella y la ciudad de Tunja pudimos cabalgar
por vía carreteable, aunque a veces estas vías en estado bastante
lamentable. Su origen data del año de 1876 más o menos, cuando sé
concibió la idea de conectar a Tunja con la sabana de Bogotá por
medio de una carretera, de la cual el trayecto de Tunja a las
cercanías de Ventaquemada realmente logró terminarse, en tanto que
al remanente, ya trazado y con terraplén construido, le faltaban
apenas el macadam y el afianzamiento lateral, cuando la obra se
abandonó para empezar en su lugar la construcción de una línea
férrea entre Tunja y Bogotá. Así las cosas, no sorprende que
también esta se suspendió con el efecto de que la comunicación
entre las dos ciudades aún hoy día esté restringida al antiguo
camino de herradura. Cierto es que durante la época de verano unos
cuantos carros de tracción animal logran moverse a duras penas por
la carretera abandonada, pero sin que un tráfico regular de esta
índole haya podido establecerse.
Tunja, situada a 2.760 metros sobre el nivel del mar, tiene una
temperatura media de 13°C., o sea 1½ °C. menos que Bogotá. Con el
firmamento generalmente cubierto de nubes se compagina una
inusitada frecuencia de paramitos. Hasta los alrededores padecen de
la ausencia de un ambiente sereno, limitándose la vegetación fresca
a unas pequeñas planicies al norte de la ciudad, mientras que las
colinas apenas ostentan unos matorrales secos y muchos barrancos
dejan a la vista el suelo pelado de color rojizo o amarillo. Así,
el único fenómeno apto para reconciliarnos con la región son dos
fuentes de agua tibia, la una de 19½°C. y la otra de 17½°C., que
emanan al norte y al este de la ciudad respectivamente, ambas
utilizadas para baños termales.
Ya los chibchas tenían aquí la ciudad como residencia de su
poderoso Zaque. Todavía hoy día se encuentran encima de las colinas
al oeste de Tunja, cerca del camino que conduce a Leiva, colocadas
sobre un banco de arenisca ferruginosa inclinado hacia el este, dos
lajas de arenisca en forma circular a la manera de molares, pero
con faceta oblicua en el borde superior, los llamados
“cojines”, sobre los cuales los indios antiguos dizque
arrodillados solían elevar sus plegarias, con la cara vuelta hacia
el oriente. Se dice que cerca de aquellas piedras hace poco todavía
estaban a la vista las ruinas del palacio del Zaque. Una vez
subyugados los chibchas por los españoles, también estos
procedieron a fundar una ciudad en el sitio, la cual desde entonces
ha seguido siendo el centro de los poderes civiles y eclesiásticos,
al paso que para el comercio nunca ha adquirido importancia alguna.
Lo que sí tiene Tunja en escala igualada por apenas pocas ciudades
del país son iglesias y otros monumentos de interés arquitectónico.
Traen su origen de la ocupación española, pues la época actual
carece tanto de dinero como de arquitectos capaces de abandonar el
aburrido estilo tradicional tan generalizado en tales obras. En
cambio son pocas las casas de habitación de aspecto sólido y
simpático que encontramos, a la vez que las calles adolecen de la
falta de aseo, lo mismo que esta y la cantidad de bichos molestos
en los hoteles están a la altura de rivalizar con Zipaquirá y
Chiquinquirá.
A unas tres horas distantes de Tunja en dirección oeste está
ubicado el pueblo de Samacá, al cual le sigue a media hora más en
la misma dirección una ferrería fundada ya hace algunos años como
empresa del Estado de Boyacá y subvencionada por el gobierno
nacional. A pesar de los años transcurridos y los $ 800.000
gastados, eran apenas muy pocas las máquinas instaladas, en tanto
que el alto horno ya estaba dañado. El gobierno colombiano echaba
toda la culpa del fracaso a la dirección extranjera, acusando al
primer gerente, un norteamericano de origen alemán, de apellido
Braun, de fraude, para luego absolverlo por falta de pruebas.
También a su sucesor, un tal Mr. Southan, se le calificó de falto
de honradez e incapaz. Pero ¿por qué el gobierno colombiano
contrató de preferencia a personas tan irresponsables? Mas esta no
es la única razón aducible para explicar el estado lamentable de la
ferrería, pues, sea como fuere, buena parte del dinero ha ido a
parar a los bolsillos de funcionarios y periodistas colombianos.
Hasta seis meses de paralización total pasaron a veces los trabajos
por falta de fondos, hecho que motivó a la mayoría de los operarios
ingleses desalentados el regreso a su tierra. En aquel entonces
había apenas cuatro ingleses que se quedaron, se trabajaba en
pequeña escala y todo parecía depender de la llegada de una
comisión encargada de elaborar el veredicto requerido por el
gobierno nacional para resolver sobre la futura subvención, pues de
lo contrario la suerte de la empresa ya estaba
echada.
Me parece acertado el concepto del actual gerente, Mr. Brown, de
que toda la ferrería es una empresa carente de base, lo que por
cierto es un testimonio lamentable sobre la desaforada ligereza
demostrada por el gobierno de Boyacá. Sin cuidadoso análisis previo
del yacimiento se procedió a fundar la empresa, con el resultado de
que después se comprobó que la mina no era de la suficiente
magnitud ni el mineral de calidad satisfactoria, así que no habría
materia prima que excediera a las necesidades de los primeros cinco
a diez años. De mayor volumen, a la vez que de mejor calidad, se
describe el material proveniente de la mina de El Hatico, pero con
la desventaja, para el caso, de media jornada de distancia hacia el
oeste, al igual que del carácter de recurso de emergencia a que se
reduciría la extracción del mineral allí presente en la forma
desfavorable de menas intercaladas entre arcilla esquistosa. Y para
completar la relación de los inconvenientes existentes para la
ferrería, no podemos dejar de incluir su ubicación, ya que Samacá
se encuentra para el efecto en posición inferior a Subachoque y aun
a Pacho.
Al norte de Tunja el paisaje sigue conservando todavía por un
buen trecho el mismo carácter de pelado y triste que prevalece
cerca de la ciudad. Duramos unas seis horas cabalgando a lo largo
del valle que se extiende hacia el norte, sobre un suelo resbaloso
de arcilla rojiza, del cual aquí y allá emergen yacimientos de
carbón. Finalmente entramos a la altura de Paipa a otra planicie, o
sea un recodo de la sabana de Sogamoso, la tercera de las tres
altiplanicies de la Cordillera Oriental. A unos cuatro kilómetros
al sur de Paipa observamos numerosas fuentes de agua caliente, las
que depositan cantidades considerables de sulfato de sosa. Este
mineral, hasta el presente de uso exclusivo en la ganadería, según
Boussingault podría convertirse en materia prima para fines
técnicos en gran escala, tanto más cuanto en las cercanías existen
yacimientos de parentales de carbón. A unas pocas horas siguiendo
en dirección nordeste se llega a Duitama, bien sea cruzando un
espolón de montaña o pasando a su alrededor por una meseta
pantanosa. En Duitama llama nuestra atención el establecimiento
educacional de los hermanos Solano, con una cría de gusanos de seda
y un gran vivero de árboles frutales. Como especialidad se producen
en este último exquisitas manzanas, lo que demuestra sin lugar a
duda que la mala calidad de las manzanas cultivadas en la sabana de
Bogotá tiene como única causa la falta de cuido. El recodo de
Duitama muestra abundante arborescencia, la cual unida al verde
fresco de las praderas en las pendientes suaves de la montaña
circundante y a los ranchos dispersos en ellos, ofrece un paisaje
grato y acogedor.
A cuatro horas en dirección norte de Duitama encontramos a Santa
Rosa de Viterbo, antigua capital de la provincia de Tundama, hoy en
día de unos 5.000 habitantes, también situada sobre una meseta,
menor en este caso y sin unión directa con la altiplanicie de
Duitama y Paipa. En su plaza se encuentra expuesto bajo árboles un
bloque de hierro de bastante tamaño, que fue encontrado en 1810
sobre la colina de Tocavita, tomándose por hierro aerolítico. Es de
propiedad del emperador de Alemania, según se me cuenta, y por lo
tanto está protegido contra la destrucción
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(3)
.
Separada por una cadena de colinas se halla otra planicie de
menor área, con los pueblos de Cerinza y Belén erigidos sobre ella.
Aquel es una localidad miserable, en tanto que Belén se nos
presenta como una población acomodada y llena de vida, a pesar de
lo odiados que están sus habitantes en todos los alrededores a
cuenta de su filiación conservadora.
Sobre el lado oriental de la planicie se levanta, con
visibilidad desde lejos, el cerro de Tibe, compuesto de materia
granítica. Su vertiente ha sido explorada en busca de plomo, plata,
oro y esmeraldas, pero sin que las esperanzas en cuanto al
resultado se hubieran cumplido. Al norte del cerro la cadena
granítica se halla interrumpida por la brecha abierta por el río
Suápaga, el cual se encarga de desaguar la planicie de Belén hacia
el río Sogamoso.
Todas las localidades mencionadas entre Tunja y Belén se
encuentran situadas a poca distancia de la divisoria hidrográfica
entre los ríos Sogamoso y Suárez. Pero esta, a diferencia de lo que
indica el mapa de Codazzi, no se identifica con una cadena de
montañas continua, coincidiendo en cambio tan solo en parte con el
rumbo de una cresta para luego saltar a otra que discurre más al
oriente de la primera. Más o menos a medio camino entre Tunja y
Paipa la divisoria empieza a asumir a la vez el papel de frontera
entre Boyacá y Santander, para conservarlo hasta llegar a la gran
brecha abierta por el río Sogamoso hacia el oeste. Para cruzar la
divisoria y a la vez frontera entre Estados, hay diferentes
caminos, casi todos parecidos en un aspecto, o sea el de sus malas
condiciones. Todos pasan por una región montañosa escasamente
poblada antes de alcanzar las localidades principales abarcadas por
el valle del río Suárez.
Raras veces las molestias sufridas han igualado a las
experimentadas en el viaje de San Gil a Belén, pasando por Mogotes
y Onzaga. Empezando por el desabrimiento y la inhospitalidad
características de la población, tuve la mala suerte de perder mis
bestias arriba en el páramo, para volver a encontrarlas apenas
cuatro días después. Todos estos caminos son poco transitados, ya
que las vías principales no van en dirección de oriente a occidente
sino de norte a sur. El intercambio comercial se limita a los
productos del país. En los días de mercado se observa a la gente de
Santander subiendo a Belén y Santa Rosa con miel, plátanos, maíz,
etc., al paso que a Onzaga, Charalá, etc. van bajando trigo y papas
los cultivadores de la tierra alta. Pero regresemos a Tunja, con el
ánimo de atravesar también la parte oriental de la tierra alta de
Boyacá, principiando por una visita a la laguna de Tota. Situada a
45 kilómetros en dirección oriental desde Tunja, está separada de
esta ciudad por varias cadenas de montaña que con dirección norte a
sur se elevan hasta las alturas del páramo. Pasando por los pueblos
de Siachoque, Toca, Pesca y Tota, alcancé a los dos días de viaje
la laguna en su rincón suroeste, cerca de los llamados arcos, una
especie de portales naturales excavados por el continuo embate de
las olas en la roca arenisca, que aquí avanza hasta tocar la
superficie del agua. Avanzamos por la orilla meridional del lago,
de ordinario a cierta altura sobre su nivel, ya que las montañas
caen en forma abrupta hacia la superficie. En el extremo sur sale
el río Upía como desagüe del lago, cogiendo por ahora hacia el sur,
pero tornando luego al este, para descender a los llanos como uno
de los principales brazos originarios del río Meta. Cruzando la
última de las lomas, que bordea con su elevación mediana la laguna
hacia el oeste, hemos pasado una vez más la divisoria hidrográfica
entre el Magdalena y el Orinoco. A una hora en dirección nordeste
del río-desagüe tenemos a Puebloviejo, aldea poco aseada, habitada
casi exclusivamente por indios y situada sobre un terreno de
aluvión de poca extensión. No obstante, sus ranchos dispersos entre
campos cultivados y potreros verdes son bastante atractivos desde
el punto de vista pintoresco. Terminada aquí la jornada, me
embarqué la mañana siguiente en una pequeña canoa con rumbo a Cerro
Grande, la mayor de las tres islas que se levantan del lago y que
están formadas de la misma roca arenisca ya mencionada en relación
con los bordes del lago. Por años los indios, dominados por miedo
supersticioso, habían rehusado abordar la isla, hasta cuando al fin
un ciudadano inglés lo hizo, haciendo caso omiso de todas las
prevenciones, para encontrar los pretendidos fantasmas en forma de
unos ciervos huidizos
|
(4)
. Hoy día parte de la isla sirve para la
agricultura. Debido tanto a la demora inicial sufrida para alistar
la canoa como al intermedio de varias horas interpuesto para el
almuerzo, era apenas lógico que ya empezara a oscurecer cuando
volvimos a tocar tierra en el extremo norte de la laguna, o sea el
llano de Alarcón.
Dejando aparte la laguna de La Cocha, o el mar dulce como la
llaman, situada en una región selvática al este de Pasto, habitada
exclusivamente por indios primitivos, el lago de Tota es el mayor
de todos los pertenecientes al sector montañoso del país. Altamente
subdividido por islas y penínsulas, es difícil de abarcar con la
vista y, más aún, de levantar su plano. Su longitud en el sentido
norte-sur es de unos diez kilómetros, en tanto que su ancho máximo
mide seis kilómetros y su superficie 45 kilómetros cuadrados
aproximadamente, área idéntica más o menos a la del lago Ammer o a
la del lago de Thune en Alemania. Como profundidad máxima, un
sondeo realizado en 1875 para investigar la posibilidad de desaguar
el lago indicó 55 metros. Con sus 3.000 metros de elevación sobre
el nivel del mar se distingue marcadamente de los mayores lagos
alpinos, que apenas alcanzan los 600 metros. Enfocado desde
Puebloviejo con las colinas bajas de la orilla occidental en
frente, ciertamente no se presenta muy pintoresco. La vista que más
me ha gustado es la que se extiende desde el lado noroeste, por el
hecho de que abarca el lago a todo lo largo, con las montañas altas
y bellamente formadas del lado sur como fondo. Sin lugar a duda la
laguna de Tota con su inmensa superficie, sus aguas verdosas claras
y las montañas circundantes tanto en el sur como en el este,
tocante a la belleza de su
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paisaje deja bien atrás lo mismo
a la laguna de Fúquene como a las andinas de áreas menores que tuve
oportunidad de conocer. Hasta difícil resulta compararla con los
lagos alpinos, pues al paso que de estos de ordinario las montañas
suelen elevarse desde la superficie en forma escarpada y a
considerable altura, aquí los picos de mayor elevación aparecen más
alejados para, aun ganándoles en altura absoluta, elevarse menos
sobre la superficie del lago, debido a la mayor altura de este. Es
así como se explica la ausencia del aspecto grandioso, a la vez que
el firmamento generalmente cubierto de nubes bajas y la monótona
vegetación del páramo hacen echar de menos la risueña apacibilidad
de las orillas del lago de Zürich o la solemne seriedad que
reflejan las superficies cristalinas de los lagos de la Alemania
del norte, circundados por densos bosques de hayas. Lo que más me
recuerda el paisaje, son los lagos de origen volcánico (Maares),
tan particulares de la montaña Eiffel en Alemania, excepto su
tamaño que los hace parecer como un juguete al compararlos con la
laguna andina.
También la laguna de Tota estaba en camino de caer víctima del
desagüe artificial proyectado. El objeto era el mismo, también
aquí, de ganar terreno transformable en potreros, combinado con la
esperanza de encontrar tesoros de los indios precolombinos en el
fondo. Pero afortunadamente el empresario ya había gastado todo su
dinero en los preparativos antes de empezar la obra misma. Digo que
el fracaso oportuno era de celebrarse en este caso, por una parte
porque la apertura del canal de desagüe, con su profundidad
requerida de sesenta metros por lo menos, nunca habría llegado a
terminarse, y por otra la desproporción entre las posibles ventajas
y los peligros y desventajas del desagüe sobrepasarían con mucho
los de la laguna de Fúquene.
Al día siguiente seguimos un trayecto de la orilla en dirección
suroeste, para luego cruzar por la mencionada cumbre baja a la
cuenca del río Magdalena. Una vez alcanzado el recodo sur de la
sabana de Sogamoso por el lado del pueblo de Iza, pudimos observar
en sus cercanías unos manantiales calientes, tanto ferruginosos
como azufrados. Los sedimentos formados alrededor de los últimos no
contienen la piedra pómez volcánica, por la cual se acostumbra
tomarla. El camino de Iza a Sogamoso se ha convertido en lodazal
prácticamente sin fondo, a causa de las lluvias caídas en el curso
de las últimas semanas, estando completamente inundadas amplias
áreas a sus lados. Lo mismo les pasa a los demás recodos de la
sabana, cubiertos de agua en su mayor parte en la actual época de
invierno, tal como pudimos comprobar por un vistazo echado al día
siguiente desde la capilla de Santa Bárbara, situada arriba de
Sogamoso, vista que durante el verano apenas revela unas cuantas
pequeñas lagunas. En tanto que tales inundaciones periódicas
naturalmente impiden el cultivo de los terrenos, estos se prestan
por excelencia para la ganadería. Los caballos criados en la región
en tiempos pasados, tenían fama en todo el país. Sorprende por lo
tanto que el ramo hubiera cedido su lugar a la ceba de los ganados
levantados en los llanos de Casanare, que desde aquí se venden a
todos los centros de consumo de Boyacá y Santander. Pero cierto es
que la ciudad de Sogamoso a este negocio ganadero le debe su actual
prosperidad. Situada un tanto a trasmano y carente de productos de
exportación, no puede formar un centro comercial independiente con
conexiones directas a Europa, pero esto no obsta para haberse
constituido en uno de los mercados más importantes del país, que en
razón a su vida económica más activa sobresale de Tunja, la capital
del Estado. Sogamoso es de fundación antigua, al tenor de la
tradición de tener por antiguo todo lo que ya existía antes de la
conquista española. En la época de los chibchas el mismo sitio, o
mejor dicho un lugar a distancia de dos kilómetros al sureste, lo
ocupaba la ciudad sagrada de Iraca, residencia del soberano
espiritual Sugamuxi y asiento de un templo soberbio, el que causó
la admiración de los españoles y con ella misma el motivo de su
destrucción, ya que durante la noche siguiente a la conquista se
quemó por completo a consecuencia de descuido por parte de unos
soldados ávidos.
El camino más transitado a los llanos sale de la sabana a pocas
horas al norte de Sogamoso, a la altura de los molinos de Tópaga,
para, una vez pasado por los pueblos de Tópaga y Mongua, subir al
alto de San Ignacio, el cual brinda un panorama de extraordinaria
belleza, hasta llegar a perderse en las montañas que al occidente
bordean la tierra alta de Boyacá. Apenas pasada la cumbre y con
ella la divisoria hidrográfica entre el Magdalena y el Orinoco, nos
envuelve una niebla bastante densa, que va condensándose en lluvia
mas y mas intensa a medida que avanzamos en la bajada. Al mismo
tiempo, la vegetación del páramo se convierte pronto en monte de
crecimiento alto, interrumpido apenas por cuatro ranchos miserables
con pequeños claros en su alrededor; la salina de Gámeza, alcanzada
a un par de horas, no es más que un grupo de ranchos tristes. La
salina misma, primitiva en sí, está abandonada desde hace catorce
años en atención al poco contenido salífero de la fuente, que ya no
justificaba su explotación. La misma suerte la sufrieron las
salinas de Mongua, situadas a una hora en dirección sureste y un
tanto apartadas del camino y las de Pajarito y Recetor, quedando en
explotación tan solo la salina de Chámeza, pero también con
perspectivas de clausurarse por las condiciones desfavorables de
sus vías de comunicación.
De la salina hacia abajo el camino sigue por el valle del río
Labranzagrande que casi directamente en dirección sudeste va en
declive hacia los llanos y por el cual las nubes van ascendiendo
perpetuamente, y unas veces nos envuelven en nieblas y otras nos
exponen a las lluvias. Por cierto es ahora, en junio, cuando, tanto
en los llanos como en toda la pendiente oriental de la cordillera,
está reinando el invierno en su expresión más enérgica. En gran
parte la selva ha sido reemplazada por el terreno cultivado propio
de la tierra templada, conservándose tan solo en los barrancos y
hondonadas, al paso que la transmontan las crestas escarpadas, bien
sea del todo peladas o cubiertas de gramíneas
|y matorrales
bajos. A media jornada abajo de la salina llegamos al pueblo de
Labranzagrande, pintorescamente situado sobre una terraza de
acarreo y circundado por maravillosos potreros. Al dejar el pueblo,
cruzamos pronto por la última cadena de monte de alguna altura,
para luego acercarnos más y más a la pura tierra caliente. Poco es
lo que la selva pierde de espesura. Unos ranchos solitarios bordean
el camino, el que por trechos conduce horizontalmente por la
vertiente, para de golpe trocarse en subidas y bajadas tanto más
impresionantes cuanto su angostura en muchas partes no permite ni
el dejar pasar, ni el retroceso, sin provocar serio peligro. Desde
la altura allende del Almorzadero se nos presenta, a través de una
angosta trinchera formada por el río, la primera vista sobre los
llanos, los que aquí, cerca de su borde, todavía aparecen bastante
interrumpidos por parches cubiertos de monte. Pero a una jornada
abajo de Labranzagrande aproximadamente, o sea al lado opuesto de
la vega de Fonseca, empezamos a entrar a los
llanos.
Llamativo es el mayor movimiento que ahora encontramos en el
camino, originado en los más voluminosos transportes de ganado de
los llanos a la tierra alta, que suelen llevarse a cabo en junio,
para repetirse en noviembre, aunque en menor escala. En
consecuencia, el viajero hace bien en anticipar demoras a causa de
tales manadas de ganado en camino, las que es mejor evadir, ya que
los animales, antes acostumbrados a una vida en plena libertad,
suelen mostrarse de mal genio en su marcha actual. Por lo tanto es
aconsejable esperar hasta cuando las manadas sean paradas en los
llamados contaderos, para ser reunidas y contadas, dejando la vía
libre mientras tanto. Más o menos una semana de descanso se concede
al ganado en los potreros de Labranzagrande, antes de exponerlo a
la travesía del frío páramo, en la cual no obstante se cuenta por
una pérdida del cinco por ciento de las cabezas en camino. Pero
tampoco los arrieros, que de ordinario son indios de la tierra
alta, en estas travesías ruedan con suerte, pues muchos sucumben en
tales transportes, ya que su nutrición insuficiente, lo mismo que
su ropaje inadecuado y la falta de higiene corporal facilitan la
contracción de la fiebre, tanto más cuanto tales deficiencias van
acompañadas por el consumo desmesurado de guarapo y aguardiente,
vicio al cual están entregados. Y de tal peligro no los salva
tampoco el hecho de que no tengan que penetrar a los llanos, toda
vez que el ganado se les entrega al pie de la
montaña.
El futuro brillante de la región llanera se da aquí por
descontado, opinión que comparte toda la gente. El suelo a lo largo
de las orillas de todos los ríos, todavía cubierto de monte, sería
el mejor para cultivar cacao, caña de azúcar y otras plantas, al
paso que las llanuras de por medio seguirían sirviendo para la
ganadería. El clima no se toma por tan malsano como con frecuencia
quiere pretenderse, debiendo achacarse los ataques de fiebre en
muchos casos más bien al modo de vivir de la gente. Los ríos
navegables que atraviesan las llanuras constituirían el medio por
excelencia para abaratar los transportes. Indudablemente tales
argumentos tiene mucho en su favor en el sentido de servir de base
para sostener una población más densa al mismo tiempo que para
fomentar un mayor desarrollo cultural. Pero con todo, no deberá
perderse de vista que, aún así, el progreso demandará mucho tiempo,
toda vez que la autóctona población llanera no se aumenta sino
lentamente, en tanto que para la gente de las tierras altas no es
tan fácil adaptarse al clima llanero.
Cierto es que el desarrollo cultural de los llanos mejoraría a
su paso inmediatamente la situación en las tierras altas de Boyacá,
regiones que hoy por hoy figuran entre las más pobres del país, ya
que al producto de la ganadería, practicada en sus vegas no más, se
reduce, más o menos, el total de sus ingresos. El suelo de las
pendientes no es en todas partes tan árido como en las cercanías de
Tunja. Pero ¿para qué sirve el mejor rendimiento de la tierra si
los productos no encuentran comprador? ¡Partes hay donde dizque no
paga el llevar la papa cosechada al mercado, siendo así que la
tierra templada de Santander constituye la única región consumidora
de afuera para la papa y el trigo boyacenses! Lo mismo pasa con las
ruanas y mantas tejidas a la manera india antigua, que apenas
encuentran mercado antes de llegar a Bucaramanga y Bogotá. En
cambio se acostumbra adquirir de preferencia la miel para preparar
la chicha, así como también los plátanos, el cacao y el café habrán
de traerse de regiones más cálidas. Fácil es por lo tanto imaginar
que en tales circunstancias poco dinero sobrará para la compra de
mercancías europeas. Considerando que el jornal acostumbrado en la
tierra alta apenas asciende a los dos pesos, se explican a secas
tanto el estado desharrapado del ropaje de la gente como las
condiciones miserables de sus ranchos. Al paso que en otras partes
el burro suele emplearse tan solo para traer forrajes y otras cosas
de las cercanías inmediatas, en las tierras altas de Boyacá la
presencia del animal es un fenómeno común y corriente en todas las
vías de la región. Por mucho que la arriería de burros constituya
una prueba de paciencia poco común, el precio bajo de quince pesos
que tiene el animal hace aguantar todas sus desventajas.
Característico para el morador pobre de Boyacá me parece el hecho
de haber escogido para su leal compañero precisamente al burro. Es
ese hombre boyacense el que ha venido conservando su sangre india
en el estado más puro, a la vez que ostenta de la manera más
inconfundible el estigma de su prolongada sujeción y del
subsecuente estancamiento cultural. Pero conste en su favor que al
mismo tiempo viene prestando el mayor contingente en las fuerzas
armadas del país.
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(3)
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Fue Boussingault, químico
francés, quien primero analizó el bloque, teniéndolo por hierro
meteórico. Mide 102 decímetros cúbicos, tiene 7.8 de peso
específico, aspecto celulado, pero superficie no vitrificada y
contiene un 91.4% de hierro, en tanto que el remanente de 8.6% es
níquel. Similar era la composición de unas piezas encontradas en
parte cercana a esta y en otras halladas por el lado de Zipaquirá.
Su origen meteórico no me parece del todo exento de duda, ya que la
roca parental misma del cerro de Tocavita ostenta incrustaciones de
mineral ferruginoso. Desgraciadamente no hubo quien me señalara el
lugar del hallazgo. En las cercanías inmediatas de la población hay
mineral de manganeso (psilomelano) en bancos encerrados entre
arcilla quistosa.(Regresar a
3)
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Ancízar, Peregrinación de Alpha,
pág. 304.(Regresar a
4)
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