INDICE





PRÓLOGO

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

VIAJES POR LOS ANDES COLOMBIANOS

I - DE LA COSTA A BOGOTÁ

CAPÍTULO I
En el Istmo de Panamá. Arribo a Colón. Viajes por el istmo, antes y hoy. Carácter del paisaje. El canal interoceánico. Panamá. Vista sobre el Océano Pacífico

CAPÍTULO II
En el litoral septentrional. Travesía del golfo del Darién. Cartagena. Arribo a Sabanilla (Salgar). Por ferrocarril a Barranquilla. La ciudad y sus habitantes. Historia e importancia de Barranquilla

CAPÍTULO III
En el río Magdalena. Champanes. Historia de la navegación fluvial. Partida. Estructura e instalación de un vapor del Magdalena. Tripulación y pasajeros. Un día a bordo. Paradas. El río Magdalena y su cauce. El caudal de agua. El cauce cambia de rumbo.

CAPÍTULO IV
Ascenso a la altiplanicie de Bogotá. Comienzo. Ruinas de un ferrocarril. La primera posada. Panorama de la Cordillera Central. Guaduas. Paisanos alemanes. Cambio de aspecto del paisaje. Villeta. Chimbe y Agualarga. Una carretera. Los Manzanos. Atravesando

II - BOGOTÁ Y LOS BOGOTANOS

CAPÍTULO I
La ciudad. Fundación y nombre. Ubicación. Elevación y vista sobre la montaña. Vista panorámica de Bogotá desde la cima; plano ajedrezado de la ciudad. Las calles. Disposición concéntrica. Las orillas de los riachuelos. Suburbios. Paseando la ciudad.

CAPÍTULO II
Los habitantes. Tipos de caballeros y su indumentaria. Las damas. Hombres y mujeres del pueblo. Tipos especiales. Los extranjeros. Número de habitantes. Clases sociales y composición etnográfica de la población. Apellidos y nombres. Nobleza y títulos.

CAPÍTULO III
Las clases elevadas. Descripción de una habitación y su instalación. Alimentación. Transcurso del día para los caballeros, las damas y los niños. Vida social. Diversiones y viajes  

CAPÍTULO IV
Las clases media e inferior. La clase media: habitación, ingresos, etc. La clase baja: habitación, instrucción y comportamiento, ingresos, situación social  

CAPÍTULO V
Clima e higiene. Temperatura y precipitaciones atmosféricas. Enfermedades que predominan. Médicos y farmacias. Higiene pública. Epidemias de viruela  

CAPÍTULO VI
Conexiones de Bogotá con el mundo. Su ubicación en la montaña. Viajeros. Movimiento de carga. Comunicaciones postales y telegráficas. Ideas sobre un traslado de la capital. Proyectos ferroviarios  

CAPÍTULO VII
Comunicaciones y comercio. Tráfico. El mercado. Variedades. Tiendas. Restaurantes y hoteles. Artesanía. Industrias. Almacenes. Comercio  

CAPÍTULO VIII
La vida intelectual, política y eclesiástica. Instrucción pública. Aislamiento intelectual de Bogotá. Retraso de la vida intelectual. Museos, etc. Arte, literatura y ciencias. Política. Vida religiosa y fiestas  

III - VIDA DE VIAJERO
Objeto y planeación de los viajes. Área recorrida. Literatura para el viajero. Información verbal. Excursiones a pie. Mula y caballo. Equipaje. Precio de los animales. ¿Tomarlos en alquiler o adquirirlos en propiedad? Guías y ayudantes.

IV - ESTAMPAS DE LA CORDILLERA DE BOGOTÁ

CAPÍTULO I
Estructura de la montaña y niveles de altura. Conformación geológica del terreno. Regiones de altura  

CAPÍTULO II
El paisaje civilizado. Tipo y belleza del paisaje. Arborescencia primitiva. Transformación del reino vegetal y animal por el hombre. Relación entre la altura y las plantas cultivables. Caña de azúcar. Café. Cacao. Añil. Tabaco. Ganadería.

CAPÍTULO III
El monte. Comparación con el bosque alemán y con la arborescencia de la tierra baja tropical. Impresión del paisaje. Dificultad de la exploración geográfica y geológica. Vientos y nieblas. Estado de los caminos. Lo que produce la selva.

CAPÍTULO IV
El páramo. Contornos y suelo de las cumbres. Condiciones atmosféricas. Vegetación. Vida de los moradores. Disposición anímica del viajero. Visita al Tablazo  

CAPÍTULO V
La altiplanicie de Bogotá. Panorama. En la remota antigüedad era una laguna. Alturas que la bordean. Las lagunas de Guatavita, de Guasca y de Suesca. Vegetación y cultivos. Desarrollo de la civilización  

CAPÍTULO VI
El Salto de Tequendama. Su fama. El camino de ida. La vista del Salto. Altura. La vegetación. Su origen  

CAPÍTULO VII
Fusagasugá y el puente natural de Pandi. Descenso a Fusagasugá. La planicie de Fusagasugá, una terraza de acarreo. El camino a Pandi. El puente natural y su origen  

CAPÍTULO VIII
El valle del río Bogotá. La laguna de Pedropalo. La vista desde Tena. La Mesa. El camino a Tocaima. De Tocaima a Peñalisa. El puente cerca de Girardot y el ferrocarril  

CAPÍTULO IX
Reino mineral y empresas industriales. El yacimiento de sal mineral de Zipaquirá. El monopolio de la sal. El carbón. La ferrería de Pacho. La ferrería de Subachoque. La curtimbre y fábrica de calzado de Agualarga. Situación del obrero alemán.  

CAPÍTULO X
Haciendas y estancias. Tierra baldía y distribución de la propiedad. Economía de las estancias. Economía de las haciendas. Construcciones rurales. El terrateniente. Relaciones laborales. Modo de vivir, instrucción y carácter de los campesinos  

CAPÍTULO XI
En una ciudad de provincia. Las localidades. Su origen, denominación y carácter. Su ubicación y planeación. Casas y calles. Particularidades históricas y climáticas. El tráfico. Condiciones sociales. Administración y política locales. El comercio. Fiestas

V - VIAJE A TRAVÉS DE LA CORDILLERA CENTRAL

CAPÍTULO I
La vertiente oriental de la Cordillera Central. Paisaje de conformación tobácea arriba de Honda. Paisaje de la Cordillera Central. Minería y pueblos. Huellas volcánicas cerca de Manzanares. La Picona. El páramo de Herveo  

CAPÍTULO II
En el valle del Cauca. Vista al valle del Cauca. Salamina. Comida antioqueña. Fuentes de aguas salinas. Un guardapuente alemán. El río Cauca. El distrito minero de Marmato y Supía. Carácter de las poblaciones de Riosucio, Quinchía y Ansermaviejo.

CAPÍTULO III
El páramo del Ruiz y Ambalema. Una vía carreteable. Un lodazal. Exhalaciones sulfurosas. Noches y excursiones en el páramo. Nieve y glaciares. Descenso por Líbano y Lérida a Ambalema. Cultivo de tabaco. Regreso a Bogotá

CAPÍTULO IV
Minas de oro y de plata. Clases de gangas y filones. Métodos de extracción y explotación. Aluviones auríferos. Extracción hidráulica  

CAPÍTULO V
Tumbas indias y antigüedades. En búsqueda de guacas. Sus diferentes formas. Significación científica

VI - UNA EXCURSIÓN A LOS LLANOS
Estaciones. El camino de Bogotá a Villavicencio. Primer vistazo a los llanos. Villavicencio. La selva de la planicie. A caballo a través de la llanura. La hacienda “Los Pavitos”. Los llaneros. Cultivos y ganadería. Perspectivas culturales de los llanos.

VII - VIAJES POR SANTANDER Y BOYACÁ

CAPÍTULO I
La laguna de Fúquene y las minas de esmeraldas de Muzo. La salina de Tausa. Paisaje cerca de Ubaté. Navegando por la laguna de Fúquene. Su profundidad y tentativas de desaguarla. Un santuario. Muzo. Esmeraldas y mariposas. La mina de cobre de Moniquirá.

CAPÍTULO II
De Vélez a Bucaramanga. Vélez. Formaciones calcáreas. Cresta de montaña y meseta a orillas del río Suárez. El valle de Sube. A través de la Mesa de Jéridas a Piedecuesta y Bucaramanga. Panorama desde el alto de Gualilo. Excursión a Montebello.

CAPÍTULO III
La tierra montañosa de Tunja y Sogamoso. Caminos de Bogotá a Tunja. El campo de la batalla de Boyacá. Carretera y ferrocarril. Tunja. La ferrería de Samacá. Paipa, Duitama, Santa Rosa, Belén. Caminos a Santander. La laguna de Tota. La sabana de Sogamoso.

CAPÍTULO IV
La Sierra Nevada del Cocuy. El valle del río Sogamoso. La Sierra Nevada. Epoca para visitarla. Primera vista. El Pan de Azúcar. Vista de toda la sierra. Un pequeño glaciar. El ala norte de la sierra. El límite de las nieves perpetuas asciende.

CAPÍTULO V
Cúcuta. Minería en La Baja y Vetas. Pamplona. La penitenciaría. El camino a Cúcuta. Entrada a la ciudad. Terremotos. Arquitectura. Almacenes. Clima. Fiebre. Importancia comercial. Comunicaciones. El ferrocarril. La colonia alemana.

CAPÍTULO VI
En el río Zulia y en el lago de Maracaibo. Realización de las bestias en San Cristóbal. Por ferrocarril a Puerto Villamizar. Navegando en vapor por el río Zulia. El lago de Maracaibo. La ciudad de Maracaibo y sus alrededores.

VIII - DESARROLLO HISTÓRICO Y SITUACIÓN ACTUAL

CAPÍTULO I
La conquista española, la época colonial y la guerra de la independencia. El comienzo de la historia de Colombia. La conquista del país por los españoles. La formación política de la colonia. Política colonial española. Composición de la población.

CAPÍTULO II
La República de Nueva Granada. Relaciones con los Estados europeos. Composición de la nación. No hay motivo para conflictos internacionales. Carácter de la historia de Colombia. Sucesos entre 1830 y 1858. Liquidación de la República.

CAPÍTULO III
Los Estados Unidos de Colombia. La constitución de Rionegro: relación entre la nación y los Estados individuales; composición del gobierno nacional. Funcionarios y jueces. Aspectos progresistas. Leyes relativas a la política eclesiástica.

CAPÍTULO IV
La situación económica y el nivel cultural de Colombia. La escasa y dispersa población. Aprovechamiento de la selva. Agricultura, minería, industria. Importación y exportación. Escasez de bienestar. Distribución de la propiedad.

CAPÍTULO V
La posición del extranjero en Colombia. Nacionalidad y profesiones de los extranjeros. Ventajas y privaciones. Sus méritos para con Colombia. Actitud de los colombianos hacia los extranjeros. Posibilidades de incrementar la inmigración alemana
2.  De Vélez a Bucaramanga 
 

 

Pasando por el alto de Juyamuca subí en dirección norte hacia Vélez, ciudad de aspecto bastante imponente, fundada en 1539. Bellamente situada sobre la alta pendiente de roca caliza que delimita el valle del río Suárez hacia el oeste, la ciudad ofrece un magnífico panorama, empezando por el inmenso valle y siguiendo hasta perderse en las montañas de Boyacá. 

Animado por la descripción de Manuel Ancízar, resolví conocer y estudiar las extensas formaciones calcáreas allí mencionadas como existentes en los alrededores de Vélez, tales como cuevas, huecos y otras, fenómenos que en primer lugar me habían inspirado para emprender la excursión a la mencionada ciudad. Por lo tanto, ya al día siguiente me trasladé al pueblo de Bolívar, situado a varias millas de distancia en dirección suroeste de Vélez y en tiempos pasados territorio nacional especial. Efectivamente, ya en sus alrededores pude observar algunas cuevas y cursos subterráneos de algunos riachuelos. De Bolívar seguí hasta el pueblo de Cuevas, que ya no pertenece a la región fluvial del río Suárez sino a la cuenca del río Carare, situado sobre el camino que conduce de Vélez a este río, camino dedicado en primer lugar a la exportación de la corteza de quina. Según Ancízar, las formaciones calcáreas del distrito de Cuevas debían ser especialmente abundantes, pero otra era la realidad que me tocó comprobar. Ya en Vélez, varias personas conocedoras de la región, en vista de sus frecuentes viajes, me habían asegurado no saber nada de la existencia de lo buscado, en tanto que en Cuevas mismo simplemente quedé en ridículo con mi pregunta, pero recibí en cambio la información de que el nombre de Cuevas dado al pueblo, era de origen arbitrario, en tanto que en regiones más abajo tal vez pudiera encontrar los objetos de mi averiguación. Siguiendo tal indicación, continué mi camino, en estado nada envidiable, por tres horas más, durante las cuales rocas calcáreas alisadas por la lluvia se alternaban con lodazales profundos. Pero cuál sería mi sorpresa al brindárseme la primera información precisa, inesperadamente y por boca del dueño de un rancho solitario que apareció en medio de la selva. Más aún, a la mañana siguiente el hombre mismo me condujo a una cueva de impresionantes dimensiones, localizada apenas un kilómetro al lado del camino, pero a la cual llegamos tan solo al cabo de una hora, toda vez que a machete teníamos que abrir nuestra trocha hacia el sitio. Cierto que en semejante terreno, cubierto de una selva tan exuberante, ningún estudio detallado de carácter geográfico-geológico es realizable todavía sino a costa de una duración de tiempo desproporcionada, con la única alternativa de prescindir del todo de él. Tanto más sincera fue mi alegría, cuando a mi regreso a Cuevas el alcalde me contó que sus averiguaciones realizadas entre tanto habían revelado la existencia de numerosas cuevas y huecos en plena tierra rozada, a apenas cinco a diez minutos del pueblo, quedándose así plenamente confirmadas las aseveraciones hechas por Ancízar en su precitada descripción. Pero ¡qué descuido del pueblo resalta del hecho de no tener conocimiento ninguno de la existencia de tan peculiares formaciones a tan corta distancia de él, y cuyo nombre, además, hacía referencia directa a ellas! Ello no obstó a que pocos días después se presentara un caso similar. Informado del reciente descubrimiento de un hueco especialmente característico, al llegar al sitio señalado, nadie estaba en condiciones de dar referencias. 

La región tiene la particularidad de reunir todos los fenómenos característicos de un terreno calcáreo, fenómenos todos atribuibles a la solubilidad de la piedra calcárea en su contacto con el agua, así sean paredes perpendiculares o pilares solitarios, que, elevándose pelados y de colores claros en medio de la selva, le proporcionan sus cualidades excitantes al paisaje. También encontramos “ojos de agua”, sin salida y rodeados por pantanos, lo mismo que cuevas con numerosas estalactitas pendientes de sus techos y a veces atravesadas por riachuelos, que más abajo vuelven a surgir a la superficie; en tanto que el piso de otras está cubierto de una arena seca, que a veces se explota por su contenido de salitre, habiendo dado también oportunidad de descubrir numerosas guacas, con objetos de oro. Otro fenómeno lo constituyen los huecos circulares que hay en el suelo, ya sean de poca profundidad y a menudo llenos de agua, o de una hondura de 50 a 100 metros y cubiertos de abundante vegetación. El más imponente de esos hundimientos de tierra, o dolinas como se los llama, es el “Hoyo del Aire”, ubicado a unos veinte kilómetros al nordeste de Vélez, en medio de los caminos que conducen a La Paz y a San Benito. De forma casi circular, tiene un diámetro de 300 metros aproximadamente, con una profundidad de 118 metros, bordeada por estériles paredes de roca casi perpendiculares, y con un fondo cubierto de exuberante vegetación. No hay posibilidad de descender. Un cura de apellido Cuervo, única persona que se sepa que ha pisado el fondo hasta ahora, se había deslizado por medio de lazos pendientes de un armazón de madera voladizo, apoyado sobre el borde del hoyo. “El Hoyo de los Pájaros”, una formación parecida, pero de menores proporciones, situada entre San Gil y Mogotes, no tuve oportunidad de conocerlo personalmente. Las otras partes de Colombia parecen carecer casi del todo de semejantes zonas calcáreas con tales características, las cuales vuelven a manifestarse apenas en el nordeste de Venezuela. 

El curso de la cadena de montañas de Vélez lo podemos observar hasta muy al norte, con sus considerables elevaciones de 3.000 a 4.000 metros entre Chima y La Robada. Viene formando el borde occidental del valle del río Suárez, valle que a la vez separa la inmensa región selvática despoblada y, raras veces pisada por el hombre, continúa hasta el río Magdalena. Al Suárez se enfrenta con una pendiente abrupta y pelada, que contrasta de una manera peculiar con la meseta del lado derecho del valle, con sus 1.500 a 1.700 metros de elevación y más o menos diez kilómetros de ancho. Estando ambos lados conformados por la misma arcilla colorada, con estratos de calcárea y cuarcito intercalados, que predomina en la Cordillera Oriental, allí los encontramos en posición verticalmente elevada, en tanto que aquí, o bien están horizontalmente dispuestos o con un mínimo de declive hacia el oeste. Característico para la formación topográfica de la meseta es el efecto de la obra de los ríos que nacen tanto en su borde oriental como en las montañas orientales adyacentes, ya que con el corte profundo de sus valles a través de la meseta obligan al constante arriba-abajo tan marcado en el camino que desde Puente Nacional o de Moniquirá conduce a San Gil, pasando por Santana, Suaita, Guadalupe, Guapotá, Palmar y Socorro. 

Pero la más profunda y grandiosa de tales quebradas transversales podemos admirarla entre San Gil y Piedecuesta; está formada por el río Chicamocha o río Sogamoso, la arteria acuática principal de todo el interior de Boyacá. Reforzada un poco más abajo con las aguas del río Suárez, sigue su camino hacia el río Magdalena. El valle tan hondo que atraviesa la mencionada meseta, lleva el nombre de valle de Sube, derivado del mismo río, que en el trayecto también se llama río Sube, nombre alusivo, por su parte, al pueblito de Sube, ubicado en su orilla y en atención al calor allí reinante, calificado como infierno de Santander, a la vez que apreciado como sitio de recreo. El valle forma uno de aquellos espectáculos insistentemente ponderados a los viajeros. Acercándose desde San Gil y con el pueblo de Los Santos a la vista como ya cercano, el viajero es incapaz de imaginarse la sorpresa que lo espera, hasta cuando, de golpe, y ya al borde del mismo se ve enfrentado a ese valle profundo, el cual le toca atravesar para llegar a su meta. Increíble parece que el salvar los tres o cuatro kilómetros de camino que nos separan de Los Santos, puedan demandar las cuatro horas que evidentemente se requieren. Pero fácilmente se explica el fenómeno con la necesidad de bajar unos 800 metros y luego volver a subirlos en el mismo trayecto. Esta diferencia de nivel equivale a la elevación del Inselberg encima de la ciudad de Halle en mi patria. Cierto es que las paredes por salvar no son tan perpendiculares como las del abismo de Pandi, ya que constan de un material menos duro, parental de granito blando y pórfido, en su mitad inferior, casi carente de vegetación, que haciendo predominar un matiz rojo amarillento muy peculiar en todo el paisaje, no son capaces de sostener los estratos superiores formados por una calcárea más dura. De un carácter muy parecido se presenta el valle del río Sogamoso ya un poco abajo de la unión de los ríos Sube y Suárez, a la altura del cruce del camino que de Barichara conduce a Zapatoca. La vista ofrecida por aquellos valles es de grandiosa belleza, comparable a determinados motivos ostentados por el afamado Gran Cañón del Colorado en Norteamérica. 

Desde Los Santos nuestro camino recorre por varias horas la Mesa de Los Santos, o Mesa de Jéridas, como también se llama, Contrariando el concepto prevaleciente de su belleza, por mi parte confieso no haber encontrado nada que pudiera afirmarlo. Pobre en extremo es la vegetación que cubre el suelo formado por esquistos rojizos y arenisca, en tanto que el panorama poco a poco empañado por las exhalaciones del mediodía, tampoco puede compensar lo monótono de los alrededores. Tan solo la vista sobre el valle de Piedecuesta con su arborescencia verde y fresca es capaz de volver a alegrar el ojo del viajero; son árboles sembrados o conservados con miras a proteger las plantaciones de cacao. Aquí estamos aproximándonos a una de las materias cristalinas que en la parte norteña de la Cordillera Oriental suelen interrumpir lo monótono de los estratos calcáreos. Nuestro camino, que pasa en medio de esas formaciones y los desfiladeros norteños de aquella masa, asciende más allá del pueblo de Florida a la terraza de acarreo que abarca la ciudad de Bucaramanga. 

Un amplio panorama de la región de Bucaramanga le ofrece el alto de Gualilo, que pertenece a la cresta granítica al este de la ciudad, quedando a fácil alcance desde ella. A nuestros pies se extiende la planicie, bordeada por el río Lebrija al oeste y atravesada por numerosos barrancos enrumbados hacia él. La rocalla, materia de la planicie, tiene su origen en materiales cristalinos y abunda en sustancias auríferas dizque de buen contenido, pero con explotación hasta ahora limitada debido a la falta de agua. Tanto la terraza misma como las cadenas de montaña circundantes se caracterizan por una vegetación pobre en extremo, al igual que por su predominante color rodeno. Al noroeste observamos el río Lebrija pasando por su brecha abierta a través de la cadena de montes antepuesta hacia el oeste, en tanto que en el sur apenas una cumbre baja lo separa del valle del río Suárez, valle este visible hasta muy arriba. A bastante altura está situada en la pendiente izquierda del valle, la ciudad de Zapatoca. 

Una excursión emprendida con el señor Keller, residente de Bucaramanga, a la hacienda Montebello, me brindó la apreciada oportunidad de conocer la región un poco más a fondo. Montados atravesamos la terraza en dirección suroeste, aprovechando luego uno de los barrancos ya descritos para bajar al valle del río Lebrija, donde pequeños cacaotales con su verde fresco nos agradan. Siguiendo hora y media más, alcanzamos a Girón, ciudad situada en medio del valle estrecho y, por lo tanto, dominada por un calor bastante fuerte. El suelo, conformado por arenisca roja o blanca y gris jaspeado y por arcilla esquistosa, apenas cubierto con escasa vegetación, refleja los rayos del sol con ardiente vigor. Empezando tan solo en la cumbre, la selva se extiende de aquí hasta el río Magdalena, salvo muy pocas interrupciones. Cerca de Las Nieves se nos ofrece una vista bastante pintoresca, con el torrente del río Sogamoso avanzando a nuestros pies por el lado izquierdo en su valle profundo y estrecho, para unirse dos millas después, al oeste de Sube, con el río Suárez. Por un corto trayecto sigue la dirección de este, y luego abandona el valle longitudinal para atravesar la cadena montañosa antepuesta al oeste. Largo es su recorrido a la vista desde nuestro punto de observación, empezando su travesía por las onduladas zonas bajas, para seguir por la brecha abierta a través de la cadena cubierta de monte espeso del Cerro de la Paz y, finalmente, verlo desaparecer en su curso por las llanuras suavemente onduladas hacia el río Magdalena. Más allá de la cadena nos saludan tanto este poderoso río como los lagos de su valle con el resplandeciente reflejo del sol, en tanto que por su otro lado, las montañas del norte de Antioquía forman el telón de fondo envuelto en humos vaporosos. 

En la selva del Cerro de la Paz se da la cuprea, una especie de corteza de quina, que por mucho tiempo se había considerado sin ingrediente aprovechable, hasta cuando un peón casualmente le llamó la atención a un comerciante alemán, el señor von Lengerke, sobre el sabor amargo de la corteza. Este, para satisfacer su curiosidad, envió una muestra a Europa para fines de análisis, recibiendo a su tiempo el resultado afirmativo sobre el contenido de quinina. Revelado pronto el secreto que amparaba los despachos iniciales, en Bucaramanga cundió un delirio apenas comparable con la fiebre del oro californiano de antaño. Los sectores de la selva, real o presuntivamente contentivos del producto, llegaron a convertirse en objeto de la más ruda competencia, de cuyo desenvolvimiento no se excluían ni el soborno ni el engaño como tampoco las refriegas abiertas libradas entre los peones de las diferentes casas explotadoras en el interior de la selva. También aquí la explotación pronto degeneró en pillaje de la peor especie, hasta tal extremo que en busca de árboles con corteza aprovechable hubo necesidad de internarse en los rincones selváticos más remotos y malsanos. Y como agravante de la situación, no tardó en presentaras la sensible decaída del precio de la corteza, provocada por el resultado positivo de los ensayos experimentales de su cultivo, realizados en las colonias británicas y holandesas. Así que la corteza de procedencia bumanguesa ya despachada quedó almacenada en Londres sin hallar compradores, a la vez que los comerciantes experimentados suspendieron las explotaciones. 

Hoy por hoy el delirio especulativo ha sido reemplazado por una seria actividad agropecuaria. Ya hace unos veinte años se comenzó a desmontar la selva, habiendo sido una vez más el señor von Lengerke quien dio el buen ejemplo, creando la hacienda Montebello, con cañaverales y cafetales, al lado de extendidos potreros de pasto artificial destinados a la ceba del ganado, que para el consumo en el Estado de Santander se trae de los llanos orientales. Pero todavía predomina la selva, formando con su verde fresco y su abundante humedad un pronunciado contraste con el área de los ríos Suárez y Lebrija superior y con las mesetas profundamente cortadas por ellos, y en cuyos valles aflora la roca pelada. Como la agricultura y la ganadería no alcanzan a cubrir con su producto el sustento de la población, para completarlo en la región del Socorro se recurre a elaborar tejidos de algodón a la manera india antigua y a confeccionar pantalones, en tanto que en los alrededores de Bucaramanga, Piedecuesta y Zapatoca está prosperando la hechura de sombreros de paja en la cual se emplean como materia prima las hojas de la palmera Nacuma (carludovica palmata), descubierta en los años veinte por el cura párroco Salgar, de Girón. El entretejer los sombreros constituye una industria casera, que funciona entre semana y cuya producción se realiza el día de mercado, proveyendo así ocupación e ingresos a numerosas muchachas de la región. Cierto es que el producto no puede competir con los sombreros de Suaza, en el alto Magdalena y en Guayaquil, sin saberse si a causa de la calidad inferior de la materia prima o de la menor habilidad de las manufactureras. No obstante, para el consumo dentro del país tiene su demanda. 

Las regiones altas de Santander están pobladas por los indios hasta el extremo sur del Estado, en tanto que van en aumento los mestizos de sangre blanca e india a medida que avanzamos hacia el norte, gente esta de estatura alta y fornida. Adaptándose al clima más cálido, prefieren colores más claros y variados en su vestimenta. En tanto que las mujeres llevan vestidos de algodón, los hombres por su parte se ponen ruanas de lino. En lugar de haciendas de áreas mayores con arrendatarios y jornaleros, los que se limitan a los distritos occidentales recién poblados, prevalecen las propiedades campesinas de menor extensión. A esta conformación ya la unión con la sangre de blancos de la población se remonta el comportamiento independiente y hasta pretencioso de sus componentes, modo de ser que suele generar potencia en las actividades económicas de las regiones más accesibles, mientras que en los municipios apartados, tales como Charalá, Mogotes, Málaga y otros, acostumbran exteriorizarse en forma desagradable, a través de intrigas y perturbaciones del orden público. 

Para bajar de Bucaramanga al río Magdalena hay distintos caminos, que a la vez constituyen las primeras comunicaciones aprovechables entre el interior de la Cordillera Oriental y su natural arteria de acceso, contados desde el camino que conduce de Honda a la Sabana de Bogotá, es decir en dos grados de latitud de distancia. Otra vía existe en proyecto, o sea la que partiendo de Chiquinquirá habrá de conducir a la región de Nare, pero su realización no llegó a pasar de la mitad del trayecto. Mientras que el camino del Carare está en abominable estado, otro construido por el señor von Lengerke para comunicar a Zapatoca con Barrancabermeja vía Montebello, no era utilizable por temor a los ataques de los indios bravos, cuyo territorio atraviesa. Debido a su escaso uso y el consiguiente abandono, el camino en su parte inferior se deterioró completamente. También los caminos que salen de Bucaramanga, aunque de reciente construcción, se califican de todavía muy defectuosos. El comercio está utilizando un camino que conduce a Puerto Botijas, situado a orillas del río Lebrija, camino por elcual se llega al río Magdalena, mediante uso, en parte, de canoa y en otra, de un pequeño vapor fluvial. Especialmente para el ascenso, los viajeros acostumbran preferir el camino a Puerto Paredes, para desde allí cruzar una laguna hasta Paturia, viaje que describió el barón von Thielmann, haciendo mención especial de la vegetación exuberante que pudo admirar. Para el despacho de la corteza de quina también se solía usar el río Sogamoso, el que, por otra parte, para un tráfico comercial en general no servía en vista de lo torrentoso de sus aguas.  

Ya hace un buen número de años que el proyecto de un ferrocarril que habría de comunicar el río Magdalena con Bucaramanga, da lugar a comentarios. En tanto que la idea primitiva de continuarlo hasta Bogotá se abandonó en razón del costo excesivo, el Estado de Santander tomó la iniciativa a través de su presidente Solón Wilches para realizar la proyectada línea férrea hasta Bucaramanga. Como punto de partida se había escogido un lugar situado un tanto abajo de Paturia, sitio que recibió el nombre de Puerto Wilches. Al pasarlo en nuestro viaje de subida por el Magdalena, de la línea férrea apenas existía un trayecto muy corto, siendo ínfimo el progreso que ahora pudimos comprobar durante los dos años. De todas las empresas ferroviarias colombianas es esta la que se reputa de menos seriedad en su manejo. 

Contadas son las poblaciones dignas de mencionarse que hemos pasado desde nuestra partida de Puente Nacional y Vélez. Socorro, la capital del Estado de Santander, carece de atractivo para que la pudiéramos calificar de ciudad simpática, pues con sus calles mal pavimentadas y sucias, a más de los numerosos soldados que andan vagando por ellas y, por último, en razón a la tristemente célebre depravación de las costumbres morales reinantes, no está llenando precisamente los requisitos para figurar como tal. 

El hecho de que el Estado de Santander antes podía ufanarse de su buena administración, en el curso del último decenio ha venido reduciéndose a un buen recuerdo. Altamente significativo al efecto es el estado del capitolio. Mientras sus muros no han llegado a levantarse a más de dos metros desde el suelo, lo único que sobresale en altura solitaria es la portada, provista con la inscripción: Construido por Solón Wilches en el año de 1870. Con Wilches desde hace varios años de nuevo en el poder, en 1884, año en que hoy estamos, la obra no ha prosperado ni un solo paso. 

Una impresión bastante más ventajosa me dejaron tanto San Gil y Piedecuesta como Bucaramanga. Con su clima cálido, sin ser excesivamente caliente, pero seco y sano, ostentan calles limpias y relativamente bien pavimentadas, con las casas casi todas cubiertas de tejas. Completado el cuadro con la vestimenta en general nítida y aseada de sus habitantes, todo refleja cierto bienestar con relación al tipo de las tres ciudades. Bucaramanga, hoy sin lugar a duda la más importante de ellas, guardadas las proporciones colombianas, con sus más o menos 12.000 habitantes, prácticamente ha de calificarse de urbe. En tiempos anteriores capital del Estado, hoy en día es un centro comercial con importaciones directas y proveedor del comercio de las poblaciones menores de toda la región central de Santander. En su desarrollo ha dejado muy atrás a Girón, ciudad situada en el valle del río Lebrija, hora y media distante hacia el oeste, superior en años de existencia y en su tiempo muy superior en importancia. El factor determinante en favor del desarrollo de Bucaramanga es sin lugar a duda su ubicación en un área más abierta, con el subsecuente clima más fresco y sano. 

Dudosa quedará, no obstante, la posible duración de la señalada prosperidad de Bucaramanga. Al pasado remoto pertenece ya la exportación de oro, tabaco y cocoa, en tanto que el precio del café ha bajado y la corteza de quina una vez más ha sido barrida de los mercados extranjeros en vista de su imposibilidad de competir en precio con la de otras procedencias. Durante mi estadía los almacenes estaban todavía bien surtidos, pudiendo fácilmente competir en su categoría con los bogotanos, a la vez que había establecimientos grandes carentes de todo medio para satisfacer a sus acreedores agropecuarios. En tanto que se observaba cierto lujo en la instalación de las habitaciones, lo mismo que en el modo de vivir en general, no se podría negar cierta sensación de una atmósfera cargada, originada en parte en las condiciones políticas, pero en el fondo en el presentimiento de estar próximo a producirse una grave crisis económica | (2) .

Entre las casas comerciales de Bucaramanga existen varias alemanas de categoría sobresaliente, mientras que el número total de alemanes residentes ya había bajado a quince, al igual que, desafortunadamente, apenas había quedado rastro de aquella armonía impecable tan ponderada todavía por Thielmann como característica de la colonia alemana. La culpa de tan lamentable realidad se atribuye en parte a las esposas colombianas de los paisanos. Varios aspectos típicos están realzando la influencia alemana en Bucaramanga, entre ellos la existencia de varias tabernas, que invitan a sentarse apaciblemente, a diferencia de la costumbre colombiana de quedarse parado detrás del mostrador para apurar su bebida. 

Un día trágico para Bucaramanga, y para su colonia alemana en especial, fue el 7 de septiembre de 1879. Una pandilla de malhechores, temida por el pánico que sembraba en la ciudad con sus depredaciones, extorsiones, etc., en años pasados, había sido liquidada. Este antecedente no fue impedimento para que el general Wilches, una vez llegado a la presidencia, nombrara a exmiembros de aquella pandilla para ocupar casi todos los puestos públicos en Bucaramanga, designando, entre ellos, para jefe departamental, a un pillo especialmente redomado. En respuesta al cobro de una deuda a su cargo trató de maltratar en persona al comerciante alemán de apellido Fritsch y, al ver fracasado su empeño de mandarlo asesinar, lo siguió perjudicando con la siembra de serias perturbaciones. Muerto por la pandilla un adversario político colombiano con ocasión de las elecciones municipales, su entierro produjo otro atentado contra la vida del señor Fritsch. En seguida el evento se tomó en señal para abrir las hostilidades. En lugar del jefe departamental instigador que se quedó socarronamente en acecho, el alcalde se puso a la cabeza de la pandilla, la que, al no encontrar a Fritsch, su blanco principal escondido, procedió a cometer tropelías contra los demás alemanes, lo mismo que contra los colombianos acomodados. Se dañó el aviso del consulado alemán, en tanto que las casas de varios conservadores, lo mismo que la del acaudalado don José María Valenzuela, fueron saqueadas y destruidas. Dos ciudadanos alemanes, prestos a ayudar a la esposa de este, o sea los señores Hedrich y Goelkel, fueron eliminados a tiros, hasta que al fin los ciudadanos de bien se armaron para restablecer el orden unidos a la tropa que también se había hecho presente. 

Mucho tiempo transcurrió sin que el gobierno alemán reaccionara en forma alguna, demora que en parte se explica con el hecho de que el presidente del consejo de ministros, señor von Grammatzky, acababa de salir a cumplir una misión en el Perú. Tan solo al año y tres meses el gobierno colombiano impuso la orden de saludar la bandera alemana, contra lo cual después de tanto tiempo se obstinaron hasta los colombianos bien intencionados, motivo por el cual el acto no pudo cumplirse sin la presencia de un batallón de tropa nacional al mando de un comandante de confianza, para así evitar nuevos brotes de violencia contra los alemanes. Solamente dos años después de los disturbios los malhechores fueron condenados a penas módicas, parte de las cuales más tarde se suspendieron antes de haberse cumplido su término. Otros, que todavía se me señalaron en la prisión de Pamplona, poco después resultaron acreedores al mismo beneficio, mientras que el jefe departamental como cabecilla había quedado libre desde el principio a cuenta de la intervención del presidente Wilches. Nada había sucedido todavía, en cambio, al tiempo de mi estadía, o sea a los casi cinco años después de los eventos, ni para hacerles justicia a las familias de los finados Hedrich y Goelkel, ni para indemnizar los daños materiales causados, demora cuyas razones ignoro.

(2) Entretanto la mejora del precio del café ha vuelto a reanimar el comercio de Bucaramanga.(Regresar a 2)

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