2. De Vélez a
Bucaramanga
Pasando por el alto de Juyamuca subí en dirección norte hacia
Vélez, ciudad de aspecto bastante imponente, fundada en 1539.
Bellamente situada sobre la alta pendiente de roca caliza que
delimita el valle del río Suárez hacia el oeste, la ciudad ofrece
un magnífico panorama, empezando por el inmenso valle y siguiendo
hasta perderse en las montañas de
Boyacá.
Animado por la descripción de Manuel Ancízar, resolví conocer y
estudiar las extensas formaciones calcáreas allí mencionadas como
existentes en los alrededores de Vélez, tales como cuevas, huecos y
otras, fenómenos que en primer lugar me habían inspirado para
emprender la excursión a la mencionada ciudad. Por lo tanto, ya al
día siguiente me trasladé al pueblo de Bolívar, situado a varias
millas de distancia en dirección suroeste de Vélez y en tiempos
pasados territorio nacional especial. Efectivamente, ya en sus
alrededores pude observar algunas cuevas y cursos subterráneos de
algunos riachuelos. De Bolívar seguí hasta el pueblo de Cuevas, que
ya no pertenece a la región fluvial del río Suárez sino a la cuenca
del río Carare, situado sobre el camino que conduce de Vélez a este
río, camino dedicado en primer lugar a la exportación de la corteza
de quina. Según Ancízar, las formaciones calcáreas del distrito de
Cuevas debían ser especialmente abundantes, pero otra era la
realidad que me tocó comprobar. Ya en Vélez, varias personas
conocedoras de la región, en vista de sus frecuentes viajes, me
habían asegurado no saber nada de la existencia de lo buscado, en
tanto que en Cuevas mismo simplemente quedé en ridículo con mi
pregunta, pero recibí en cambio la información de que el nombre de
Cuevas dado al pueblo, era de origen arbitrario, en tanto que en
regiones más abajo tal vez pudiera encontrar los objetos de mi
averiguación. Siguiendo tal indicación, continué mi camino, en
estado nada envidiable, por tres horas más, durante las cuales
rocas calcáreas alisadas por la lluvia se alternaban con lodazales
profundos. Pero cuál sería mi sorpresa al brindárseme la primera
información precisa, inesperadamente y por boca del dueño de un
rancho solitario que apareció en medio de la selva. Más aún, a la
mañana siguiente el hombre mismo me condujo a una cueva de
impresionantes dimensiones, localizada apenas un kilómetro al lado
del camino, pero a la cual llegamos tan solo al cabo de una hora,
toda vez que a machete teníamos que abrir nuestra trocha hacia el
sitio. Cierto que en semejante terreno, cubierto de una selva tan
exuberante, ningún estudio detallado de carácter
geográfico-geológico es realizable todavía sino a costa de una
duración de tiempo desproporcionada, con la única alternativa de
prescindir del todo de él. Tanto más sincera fue mi alegría, cuando
a mi regreso a Cuevas el alcalde me contó que sus averiguaciones
realizadas entre tanto habían revelado la existencia de numerosas
cuevas y huecos en plena tierra rozada, a apenas cinco a diez
minutos del pueblo, quedándose así plenamente confirmadas las
aseveraciones hechas por Ancízar en su precitada descripción. Pero
¡qué descuido del pueblo resalta del hecho de no tener conocimiento
ninguno de la existencia de tan peculiares formaciones a tan corta
distancia de él, y cuyo nombre, además, hacía referencia directa a
ellas! Ello no obstó a que pocos días después se presentara un caso
similar. Informado del reciente descubrimiento de un hueco
especialmente característico, al llegar al sitio señalado, nadie
estaba en condiciones de dar referencias.
La región tiene la particularidad de reunir todos los fenómenos
característicos de un terreno calcáreo, fenómenos todos atribuibles
a la solubilidad de la piedra calcárea en su contacto con el agua,
así sean paredes perpendiculares o pilares solitarios, que,
elevándose pelados y de colores claros en medio de la selva, le
proporcionan sus cualidades excitantes al paisaje. También
encontramos “ojos de agua”, sin salida y rodeados por
pantanos, lo mismo que cuevas con numerosas estalactitas pendientes
de sus techos y a veces atravesadas por riachuelos, que más abajo
vuelven a surgir a la superficie; en tanto que el piso de otras
está cubierto de una arena seca, que a veces se explota por su
contenido de salitre, habiendo dado también oportunidad de
descubrir numerosas guacas, con objetos de oro. Otro fenómeno lo
constituyen los huecos circulares que hay en el suelo, ya sean de
poca profundidad y a menudo llenos de agua, o de una hondura de 50
a 100 metros y cubiertos de abundante vegetación. El más imponente
de esos hundimientos de tierra, o dolinas como se los llama, es el
“Hoyo del Aire”, ubicado a unos veinte kilómetros al
nordeste de Vélez, en medio de los caminos que conducen a La Paz y
a San Benito. De forma casi circular, tiene un diámetro de 300
metros aproximadamente, con una profundidad de 118 metros, bordeada
por estériles paredes de roca casi perpendiculares, y con un fondo
cubierto de exuberante vegetación. No hay posibilidad de descender.
Un cura de apellido Cuervo, única persona que se sepa que ha pisado
el fondo hasta ahora, se había deslizado por medio de lazos
pendientes de un armazón de madera voladizo, apoyado sobre el borde
del hoyo. “El Hoyo de los Pájaros”, una formación
parecida, pero de menores proporciones, situada entre San Gil y
Mogotes, no tuve oportunidad de conocerlo personalmente. Las otras
partes de Colombia parecen carecer casi del todo de semejantes
zonas calcáreas con tales características, las cuales vuelven a
manifestarse apenas en el nordeste de Venezuela.
El curso de la cadena de montañas de Vélez lo podemos observar
hasta muy al norte, con sus considerables elevaciones de 3.000 a
4.000 metros entre Chima y La Robada. Viene formando el borde
occidental del valle del río Suárez, valle que a la vez separa la
inmensa región selvática despoblada y, raras veces pisada por el
hombre, continúa hasta el río Magdalena. Al Suárez se enfrenta con
una pendiente abrupta y pelada, que contrasta de una manera
peculiar con la meseta del lado derecho del valle, con sus 1.500 a
1.700 metros de elevación y más o menos diez kilómetros de ancho.
Estando ambos lados conformados por la misma arcilla colorada, con
estratos de calcárea y cuarcito intercalados, que predomina en la
Cordillera Oriental, allí los encontramos en posición verticalmente
elevada, en tanto que aquí, o bien están horizontalmente dispuestos
o con un mínimo de declive hacia el oeste. Característico para la
formación topográfica de la meseta es el efecto de la obra de los
ríos que nacen tanto en su borde oriental como en las montañas
orientales adyacentes, ya que con el corte profundo de sus valles a
través de la meseta obligan al constante arriba-abajo tan marcado
en el camino que desde Puente Nacional o de Moniquirá conduce a San
Gil, pasando por Santana, Suaita, Guadalupe, Guapotá, Palmar y
Socorro.
Pero la más profunda y grandiosa de tales quebradas
transversales podemos admirarla entre San Gil y Piedecuesta; está
formada por el río Chicamocha o río Sogamoso, la arteria acuática
principal de todo el interior de Boyacá. Reforzada un poco más
abajo con las aguas del río Suárez, sigue su camino hacia el río
Magdalena. El valle tan hondo que atraviesa la mencionada meseta,
lleva el nombre de valle de Sube, derivado del mismo río, que en el
trayecto también se llama río Sube, nombre alusivo, por su parte,
al pueblito de Sube, ubicado en su orilla y en atención al calor
allí reinante, calificado como infierno de Santander, a la vez que
apreciado como sitio de recreo. El valle forma uno de aquellos
espectáculos insistentemente ponderados a los viajeros. Acercándose
desde San Gil y con el pueblo de Los Santos a la vista como ya
cercano, el viajero es incapaz de imaginarse la sorpresa que lo
espera, hasta cuando, de golpe, y ya al borde del mismo se ve
enfrentado a ese valle profundo, el cual le toca atravesar para
llegar a su meta. Increíble parece que el salvar los tres o cuatro
kilómetros de camino que nos separan de Los Santos, puedan demandar
las cuatro horas que evidentemente se requieren. Pero fácilmente se
explica el fenómeno con la necesidad de bajar unos 800 metros y
luego volver a subirlos en el mismo trayecto. Esta diferencia de
nivel equivale a la elevación del Inselberg encima de la ciudad de
Halle en mi patria. Cierto es que las paredes por salvar no son tan
perpendiculares como las del abismo de Pandi, ya que constan de un
material menos duro, parental de granito blando y pórfido, en su
mitad inferior, casi carente de vegetación, que haciendo predominar
un matiz rojo amarillento muy peculiar en todo el paisaje, no son
capaces de sostener los estratos superiores formados por una
calcárea más dura. De un carácter muy parecido se presenta el valle
del río Sogamoso ya un poco abajo de la unión de los ríos Sube y
Suárez, a la altura del cruce del camino que de Barichara conduce a
Zapatoca. La vista ofrecida por aquellos valles es de grandiosa
belleza, comparable a determinados motivos ostentados por el
afamado Gran Cañón del Colorado en
Norteamérica.
Desde Los Santos nuestro camino recorre por varias horas la Mesa
de Los Santos, o Mesa de Jéridas, como también se llama,
Contrariando el concepto prevaleciente de su belleza, por mi parte
confieso no haber encontrado nada que pudiera afirmarlo. Pobre en
extremo es la vegetación que cubre el suelo formado por esquistos
rojizos y arenisca, en tanto que el panorama poco a poco empañado
por las exhalaciones del mediodía, tampoco puede compensar lo
monótono de los alrededores. Tan solo la vista sobre el valle de
Piedecuesta con su arborescencia verde y fresca es capaz de volver
a alegrar el ojo del viajero; son árboles sembrados o conservados
con miras a proteger las plantaciones de cacao. Aquí estamos
aproximándonos a una de las materias cristalinas que en la parte
norteña de la Cordillera Oriental suelen interrumpir lo monótono de
los estratos calcáreos. Nuestro camino, que pasa en medio de esas
formaciones y los desfiladeros norteños de aquella masa, asciende
más allá del pueblo de Florida a la terraza de acarreo que abarca
la ciudad de Bucaramanga.
Un amplio panorama de la región de Bucaramanga le ofrece el alto
de Gualilo, que pertenece a la cresta granítica al este de la
ciudad, quedando a fácil alcance desde ella. A nuestros pies se
extiende la planicie, bordeada por el río Lebrija al oeste y
atravesada por numerosos barrancos enrumbados hacia él. La rocalla,
materia de la planicie, tiene su origen en materiales cristalinos y
abunda en sustancias auríferas dizque de buen contenido, pero con
explotación hasta ahora limitada debido a la falta de agua. Tanto
la terraza misma como las cadenas de montaña circundantes se
caracterizan por una vegetación pobre en extremo, al igual que por
su predominante color rodeno. Al noroeste observamos el río Lebrija
pasando por su brecha abierta a través de la cadena de montes
antepuesta hacia el oeste, en tanto que en el sur apenas una cumbre
baja lo separa del valle del río Suárez, valle este visible hasta
muy arriba. A bastante altura está situada en la pendiente
izquierda del valle, la ciudad de
Zapatoca.
Una excursión emprendida con el señor Keller, residente de
Bucaramanga, a la hacienda Montebello, me brindó la apreciada
oportunidad de conocer la región un poco más a fondo. Montados
atravesamos la terraza en dirección suroeste, aprovechando luego
uno de los barrancos ya descritos para bajar al valle del río
Lebrija, donde pequeños cacaotales con su verde fresco nos agradan.
Siguiendo hora y media más, alcanzamos a Girón, ciudad situada en
medio del valle estrecho y, por lo tanto, dominada por un calor
bastante fuerte. El suelo, conformado por arenisca roja o blanca y
gris jaspeado y por arcilla esquistosa, apenas cubierto con escasa
vegetación, refleja los rayos del sol con ardiente vigor. Empezando
tan solo en la cumbre, la selva se extiende de aquí hasta el río
Magdalena, salvo muy pocas interrupciones. Cerca de Las Nieves se
nos ofrece una vista bastante pintoresca, con el torrente del río
Sogamoso avanzando a nuestros pies por el lado izquierdo en su
valle profundo y estrecho, para unirse dos millas después, al oeste
de Sube, con el río Suárez. Por un corto trayecto sigue la
dirección de este, y luego abandona el valle longitudinal para
atravesar la cadena montañosa antepuesta al oeste. Largo es su
recorrido a la vista desde nuestro punto de observación, empezando
su travesía por las onduladas zonas bajas, para seguir por la
brecha abierta a través de la cadena cubierta de monte espeso del
Cerro de la Paz y, finalmente, verlo desaparecer en su curso por
las llanuras suavemente onduladas hacia el río Magdalena. Más allá
de la cadena nos saludan tanto este poderoso río como los lagos de
su valle con el resplandeciente reflejo del sol, en tanto que por
su otro lado, las montañas del norte de Antioquía forman el telón
de fondo envuelto en humos vaporosos.
En la selva del Cerro de la Paz se da la cuprea, una especie de
corteza de quina, que por mucho tiempo se había considerado sin
ingrediente aprovechable, hasta cuando un peón casualmente le llamó
la atención a un comerciante alemán, el señor von Lengerke, sobre
el sabor amargo de la corteza. Este, para satisfacer su curiosidad,
envió una muestra a Europa para fines de análisis, recibiendo a su
tiempo el resultado afirmativo sobre el contenido de quinina.
Revelado pronto el secreto que amparaba los despachos iniciales, en
Bucaramanga cundió un delirio apenas comparable con la fiebre del
oro californiano de antaño. Los sectores de la selva, real o
presuntivamente contentivos del producto, llegaron a convertirse en
objeto de la más ruda competencia, de cuyo desenvolvimiento no se
excluían ni el soborno ni el engaño como tampoco las refriegas
abiertas libradas entre los peones de las diferentes casas
explotadoras en el interior de la selva. También aquí la
explotación pronto degeneró en pillaje de la peor especie, hasta
tal extremo que en busca de árboles con corteza aprovechable hubo
necesidad de internarse en los rincones selváticos más remotos y
malsanos. Y como agravante de la situación, no tardó en presentaras
la sensible decaída del precio de la corteza, provocada por el
resultado positivo de los ensayos experimentales de su cultivo,
realizados en las colonias británicas y holandesas. Así que la
corteza de procedencia bumanguesa ya despachada quedó almacenada en
Londres sin hallar compradores, a la vez que los comerciantes
experimentados suspendieron las explotaciones.
Hoy por hoy el delirio especulativo ha sido reemplazado por una
seria actividad agropecuaria. Ya hace unos veinte años se comenzó a
desmontar la selva, habiendo sido una vez más el señor von Lengerke
quien dio el buen ejemplo, creando la hacienda Montebello, con
cañaverales y cafetales, al lado de extendidos potreros de pasto
artificial destinados a la ceba del ganado, que para el consumo en
el Estado de Santander se trae de los llanos orientales. Pero
todavía predomina la selva, formando con su verde fresco y su
abundante humedad un pronunciado contraste con el área de los ríos
Suárez y Lebrija superior y con las mesetas profundamente cortadas
por ellos, y en cuyos valles aflora la roca pelada. Como la
agricultura y la ganadería no alcanzan a cubrir con su producto el
sustento de la población, para completarlo en la región del Socorro
se recurre a elaborar tejidos de algodón a la manera india antigua
y a confeccionar pantalones, en tanto que en los alrededores de
Bucaramanga, Piedecuesta y Zapatoca está prosperando la hechura de
sombreros de paja en la cual se emplean como materia prima las
hojas de la palmera Nacuma (carludovica palmata), descubierta en
los años veinte por el cura párroco Salgar, de Girón. El entretejer
los sombreros constituye una industria casera, que funciona entre
semana y cuya producción se realiza el día de mercado, proveyendo
así ocupación e ingresos a numerosas muchachas de la región. Cierto
es que el producto no puede competir con los sombreros de Suaza, en
el alto Magdalena y en Guayaquil, sin saberse si a causa de la
calidad inferior de la materia prima o de la menor habilidad de las
manufactureras. No obstante, para el consumo dentro del país tiene
su demanda.
Las regiones altas de Santander están pobladas por los indios
hasta el extremo sur del Estado, en tanto que van en aumento los
mestizos de sangre blanca e india a medida que avanzamos hacia el
norte, gente esta de estatura alta y fornida. Adaptándose al clima
más cálido, prefieren colores más claros y variados en su
vestimenta. En tanto que las mujeres llevan vestidos de algodón,
los hombres por su parte se ponen ruanas de lino. En lugar de
haciendas de áreas mayores con arrendatarios y jornaleros, los que
se limitan a los distritos occidentales recién poblados, prevalecen
las propiedades campesinas de menor extensión. A esta conformación
ya la unión con la sangre de blancos de la población se remonta el
comportamiento independiente y hasta pretencioso de sus
componentes, modo de ser que suele generar potencia en las
actividades económicas de las regiones más accesibles, mientras que
en los municipios apartados, tales como Charalá, Mogotes, Málaga y
otros, acostumbran exteriorizarse en forma desagradable, a través
de intrigas y perturbaciones del orden
público.
Para bajar de Bucaramanga al río Magdalena hay distintos
caminos, que a la vez constituyen las primeras comunicaciones
aprovechables entre el interior de la Cordillera Oriental y su
natural arteria de acceso, contados desde el camino que conduce de
Honda a la Sabana de Bogotá, es decir en dos grados de latitud de
distancia. Otra vía existe en proyecto, o sea la que partiendo de
Chiquinquirá habrá de conducir a la región de Nare, pero su
realización no llegó a pasar de la mitad del trayecto. Mientras que
el camino del Carare está en abominable estado, otro construido por
el señor von Lengerke para comunicar a Zapatoca con Barrancabermeja
vía Montebello, no era utilizable por temor a los ataques de los
indios bravos, cuyo territorio atraviesa. Debido a su escaso uso y
el consiguiente abandono, el camino en su parte inferior se
deterioró completamente. También los caminos que salen de
Bucaramanga, aunque de reciente construcción, se califican de
todavía muy defectuosos. El comercio está utilizando un camino que
conduce a Puerto Botijas, situado a orillas del río Lebrija, camino
por elcual se llega al río Magdalena, mediante uso, en parte,
de canoa y en otra, de un pequeño vapor fluvial. Especialmente para
el ascenso, los viajeros acostumbran preferir el camino a Puerto
Paredes, para desde allí cruzar una laguna hasta Paturia, viaje que
describió el barón von Thielmann, haciendo mención especial de la
vegetación exuberante que pudo admirar. Para el despacho de la
corteza de quina también se solía usar el río Sogamoso, el que, por
otra parte, para un tráfico comercial en general no servía en vista
de lo torrentoso de sus aguas.
Ya hace un buen número de años que el proyecto de un ferrocarril
que habría de comunicar el río Magdalena con Bucaramanga, da lugar
a comentarios. En tanto que la idea primitiva de continuarlo hasta
Bogotá se abandonó en razón del costo excesivo, el Estado de
Santander tomó la iniciativa a través de su presidente Solón
Wilches para realizar la proyectada línea férrea hasta Bucaramanga.
Como punto de partida se había escogido un lugar situado un tanto
abajo de Paturia, sitio que recibió el nombre de Puerto Wilches. Al
pasarlo en nuestro viaje de subida por el Magdalena, de la línea
férrea apenas existía un trayecto muy corto, siendo ínfimo el
progreso que ahora pudimos comprobar durante los dos años. De todas
las empresas ferroviarias colombianas es esta la que se reputa de
menos seriedad en su manejo.
Contadas son las poblaciones dignas de mencionarse que hemos
pasado desde nuestra partida de Puente Nacional y Vélez. Socorro,
la capital del Estado de Santander, carece de atractivo para que la
pudiéramos calificar de ciudad simpática, pues con sus calles mal
pavimentadas y sucias, a más de los numerosos soldados que andan
vagando por ellas y, por último, en razón a la tristemente célebre
depravación de las costumbres morales reinantes, no está llenando
precisamente los requisitos para figurar como
tal.
El hecho de que el Estado de Santander antes podía ufanarse de
su buena administración, en el curso del último decenio ha venido
reduciéndose a un buen recuerdo. Altamente significativo al efecto
es el estado del capitolio. Mientras sus muros no han llegado a
levantarse a más de dos metros desde el suelo, lo único que
sobresale en altura solitaria es la portada, provista con la
inscripción: Construido por Solón Wilches en el año de 1870. Con
Wilches desde hace varios años de nuevo en el poder, en 1884, año
en que hoy estamos, la obra no ha prosperado ni un solo
paso.
Una impresión bastante más ventajosa me dejaron tanto San Gil y
Piedecuesta como Bucaramanga. Con su clima cálido, sin ser
excesivamente caliente, pero seco y sano, ostentan calles limpias y
relativamente bien pavimentadas, con las casas casi todas cubiertas
de tejas. Completado el cuadro con la vestimenta en general nítida
y aseada de sus habitantes, todo refleja cierto bienestar con
relación al tipo de las tres ciudades. Bucaramanga, hoy sin lugar a
duda la más importante de ellas, guardadas las proporciones
colombianas, con sus más o menos 12.000 habitantes, prácticamente
ha de calificarse de urbe. En tiempos anteriores capital del
Estado, hoy en día es un centro comercial con importaciones
directas y proveedor del comercio de las poblaciones menores de
toda la región central de Santander. En su desarrollo ha dejado muy
atrás a Girón, ciudad situada en el valle del río Lebrija, hora y
media distante hacia el oeste, superior en años de existencia y en
su tiempo muy superior en importancia. El factor determinante en
favor del desarrollo de Bucaramanga es sin lugar a duda su
ubicación en un área más abierta, con el subsecuente clima más
fresco y sano.
Dudosa quedará, no obstante, la posible duración de la señalada
prosperidad de Bucaramanga. Al pasado remoto pertenece ya la
exportación de oro, tabaco y cocoa, en tanto que el precio del café
ha bajado y la corteza de quina una vez más ha sido barrida de los
mercados extranjeros en vista de su imposibilidad de competir en
precio con la de otras procedencias. Durante mi estadía los
almacenes estaban todavía bien surtidos, pudiendo fácilmente
competir en su categoría con los bogotanos, a la vez que había
establecimientos grandes carentes de todo medio para satisfacer a
sus acreedores agropecuarios. En tanto que se observaba cierto lujo
en la instalación de las habitaciones, lo mismo que en el modo de
vivir en general, no se podría negar cierta sensación de una
atmósfera cargada, originada en parte en las condiciones políticas,
pero en el fondo en el presentimiento de estar próximo a producirse
una grave crisis económica
|
(2)
.
Entre las casas comerciales de Bucaramanga existen varias
alemanas de categoría sobresaliente, mientras que el número total
de alemanes residentes ya había bajado a quince, al igual que,
desafortunadamente, apenas había quedado rastro de aquella armonía
impecable tan ponderada todavía por Thielmann como característica
de la colonia alemana. La culpa de tan lamentable realidad se
atribuye en parte a las esposas colombianas de los paisanos. Varios
aspectos típicos están realzando la influencia alemana en
Bucaramanga, entre ellos la existencia de varias tabernas, que
invitan a sentarse apaciblemente, a diferencia de la costumbre
colombiana de quedarse parado detrás del mostrador para apurar su
bebida.
Un día trágico para Bucaramanga, y para su colonia alemana en
especial, fue el 7 de septiembre de 1879. Una pandilla de
malhechores, temida por el pánico que sembraba en la ciudad con sus
depredaciones, extorsiones, etc., en años pasados, había sido
liquidada. Este antecedente no fue impedimento para que el general
Wilches, una vez llegado a la presidencia, nombrara a exmiembros de
aquella pandilla para ocupar casi todos los puestos públicos en
Bucaramanga, designando, entre ellos, para jefe departamental, a un
pillo especialmente redomado. En respuesta al cobro de una deuda a
su cargo trató de maltratar en persona al comerciante alemán de
apellido Fritsch y, al ver fracasado su empeño de mandarlo
asesinar, lo siguió perjudicando con la siembra de serias
perturbaciones. Muerto por la pandilla un adversario político
colombiano con ocasión de las elecciones municipales, su entierro
produjo otro atentado contra la vida del señor Fritsch. En seguida
el evento se tomó en señal para abrir las hostilidades. En lugar
del jefe departamental instigador que se quedó socarronamente en
acecho, el alcalde se puso a la cabeza de la pandilla, la que, al
no encontrar a Fritsch, su blanco principal escondido, procedió a
cometer tropelías contra los demás alemanes, lo mismo que contra
los colombianos acomodados. Se dañó el aviso del consulado alemán,
en tanto que las casas de varios conservadores, lo mismo que la del
acaudalado don José María Valenzuela, fueron saqueadas y
destruidas. Dos ciudadanos alemanes, prestos a ayudar a la esposa
de este, o sea los señores Hedrich y Goelkel, fueron eliminados a
tiros, hasta que al fin los ciudadanos de bien se armaron para
restablecer el orden unidos a la tropa que también se había hecho
presente.
Mucho tiempo transcurrió sin que el gobierno alemán reaccionara
en forma alguna, demora que en parte se explica con el hecho de que
el presidente del consejo de ministros, señor von Grammatzky,
acababa de salir a cumplir una misión en el Perú. Tan solo al año y
tres meses el gobierno colombiano impuso la orden de saludar la
bandera alemana, contra lo cual después de tanto tiempo se
obstinaron hasta los colombianos bien intencionados, motivo por el
cual el acto no pudo cumplirse sin la presencia de un batallón de
tropa nacional al mando de un comandante de confianza, para así
evitar nuevos brotes de violencia contra los alemanes. Solamente
dos años después de los disturbios los malhechores fueron
condenados a penas módicas, parte de las cuales más tarde se
suspendieron antes de haberse cumplido su término. Otros, que
todavía se me señalaron en la prisión de Pamplona, poco después
resultaron acreedores al mismo beneficio, mientras que el jefe
departamental como cabecilla había quedado libre desde el principio
a cuenta de la intervención del presidente Wilches. Nada había
sucedido todavía, en cambio, al tiempo de mi estadía, o sea a los
casi cinco años después de los eventos, ni para hacerles justicia a
las familias de los finados Hedrich y Goelkel, ni para indemnizar
los daños materiales causados, demora cuyas razones ignoro.
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(2)
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Entretanto la mejora del precio del café ha
vuelto a reanimar el comercio de Bucaramanga.(Regresar a 2)
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