En lugar del camino usual, que atraviesa el páramo de Aguacatal
para pasar por Honda, escogí para mi viaje de regreso de Manizales
a Bogotá la ruta que más al sur pasa por las inmediaciones del
nevado del Ruiz, más interesante, sin duda, para mí, pero que a la
vez demanda mayores esfuerzos, tanto por el estado lamentable en
que en partes se halla como por la necesidad que encierra de
pernoctar, una vez por lo menos, al aire libre en el frío del
páramo. Circundada por caminos de herradura, y sin ninguna
importancia imaginable para la intercomunicación, una carretera en
buen estado, pero con la sensación de estar construida por donde no
era, me sirvió de arranque. Con vena humorística F. von Schenck nos
cuenta sobre el origen del fenómeno
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: Un manizaleño,
muy listo, había importado un coche. A falta de otro uso distinto
para el vehículo, mandó construir aquella vía, a un costo bastante
elevado, para así procurarse el placer de pasear en coche. Ya al
cabo de una milla, llegamos al otro extremo del trecho, para a la
vez dejar el camino que conduce al páramo del Aguacatal y, a otra
milla de distancia, alcanzar el caserío de Frailes o Montaño,
situado a 2.500 metros sobre el nivel del mar, como último
establecimiento humano de este lado de la cumbre, a pesar de quedar
todavía a 100 metros por debajo de la elevación de Bogotá. El
paisaje abierto atravesado hasta ahora había ayudado a mantener el
camino en un estado bastante transitable, bien diferente del que
empieza ahora al entrar a la zona de arborescencia, que está en un
estado tan lamentable que la bestia a cada paso se hunde a más de
la rodilla. Pero ¡qué tal se encontraría en época de lluvia, si hoy
todavía nuestro guía se atreve a calificarlo de primera, como lo
sigue haciendo, tal vez para consolarnos! Por fortuna, el lodazal
no continúa sino por un par de horas, al paso que el camino por el
Quindío, que pasa más al sur y siempre a cubierto del monte, sin
llegar a subir al propio páramo, va ofreciendo similares
condiciones por varias jornadas enteras. En los tiempos de Humboldt
era únicamente pasable o bien a pie o a espaldas de peón,
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y aún hoy, si bien
convertido en camino de herradura, sigue impasable para mulas
durante la mayor parte del año. En semejantes condiciones el único
animal apropiado sigue siendo el buey. Así que, recordando el
accidente sufrido en la Picona, como medida de previsión había
alquilado uno para el cruce del Ruiz, que me servía de bestia de
carga. Al cabo de seis horas llegamos a las azufradas de Termales,
a los 3.500 metros de altura y con una temperatura de 64°C. en la
fuente. Unos ranchos en estado más que miserable y con capacidad
apenas suficiente para dar cabida a un hombre, servían para alojar
a los bañistas. De aquí para arriba el monte pierde exuberancia,
para ir transformándose poco a poco en la conocida vegetación del
páramo bajo, consistente de arbustos y matorrales. A los 4.055
metros alcanzamos la divisoria hidrográfica, que a la vez viene a
constituir aquí la frontera entre los Estados del Cauca y del
Tolima.
Bajando, encontramos a la media hora la cueva de Gualí, prevista
para pernoctar. Un poco desilusionado quedé al comprobar que la
llamada cueva no es nada más que una peña colgante, difícilmente
adecuada para ofrecer protección satisfactoria aun contra aguaceros
o torbellinos de nieve. Una vez descargadas las bestias y amarradas
con lazos largos a fin de permitirles la cogida de suficiente
forraje, pero impidiendo a la vez su escapada, mis acompañantes se
dedicaron a reunir hojas de frailejón y leña, para prender la
candela destinada tanto a preparar nuestra comida como a servirnos
de calefacción, por lo menos durante el comienzo de la noche.
Cumplidos tales menesteres, la oscuridad se había presentado,
ahuyentando la niebla predominante durante el día y permitiendo
divisar los oscuros contornos del gigantesco nevado en dirección
sur de nuestro acantonamiento. No tardamos en preparar nuestros
alojamientos, para dormir a medida que el frío lo
permitía.
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Para conjurar el frío, la primera medida por la mañana fue
preparar nuevamente la candela con el objeto de gozar pronto de un
chocolate caliente. Luego me encaminé, acompañado por el guía, para
regresar a la divisoria hidrográfica en el empeño de subir desde
allí al admirable cráter situado al pie del Ruiz en sus faldas
occidentales. Al cabo de una hora, contada desde el paso, llegamos
a Lagunetas, ubicación de un número de lagunas menores,
frecuentadas por bandadas de patos. El piso era en gran parte como
acolchonado y sembrado de plantas bajas con hojas tiesas ordenadas
a manera de rosetas y armadas de espinas, de aspecto extraño.
Admito que tales condiciones, agravadas por la atmósfera
enrarecida, me dificultaron bastante el caminar, obligándome cada
tantos minutos a unos instantes de descanso. Como contratiempo
adicional volvió a presentarse la niebla, primero en nubes
aisladas, para pronto densificarse hasta el punto de hacernos
perder de vista el cráter, a pesar de la ya corta distancia a que
estábamos. Así las cosas, me parecía inútil persistir en realizar
nuestro propósito, ya que el goce del panorama que me había
inspirado tenía muy poca probabilidad de brindársenos, en tanto que
el estudio más a fondo de los fenómenos plutónicos estaba fuera de
mis planes, habida cuenta de los del doctor Reiss, quien al efecto
había escalado también este cráter en 1868, cuando en su intento de
subir al nevado mismo se había visto forzado a desistir de su
empeño a medio camino, para así apenas escapar de una muerte
segura. Al efecto, los meses de diciembre a febrero, favorecidos
por la ausencia de niebla, son los destinados para el ascenso, y en
cuanto al equipo, es aconsejable incluir la carpa, que permitirá
pernoctar a inmediaciones del pie del nevado, para iniciar la
subida misma a primera hora de la
mañana.
Regresamos pues a nuestro campamento para disfrutar del pequeño
almuerzo, preparado entretanto por mi ayudante, para luego
continuar viaje hacia la cueva del Toro, escogida por terminal de
la jornada. El camino, en dirección sudeste, pasa en su mayor parte
por un terreno de suelo negro húmedo, yendo en subidas y bajadas
alternas, para así permitir el cruce de las entalladuras cortadas
por los riachuelos que, descendiendo del nevado, después se unen
para formar el río Gualí, el mismo que habíamos cruzado cerca de
Mariquita y que luego desemboca en el Magdalena en las cercanías de
Honda. A poco tiempo pasamos por la cueva de Nieto, al lado derecho
de nuestra ruta, que tiene fama de reunir las mejores condiciones
para pernoctar en el páramo; ojalá la cueva del Toro, que
alcanzamos a corta distancia, y donde pasamos una noche de sumo
desagrado, nos hubiera resultado con las condiciones de aquella.
Como consta de la mera pared de una roca, deja libre acceso al
viento, suficientemente frío para convertirnos en unos seres medio
congelados durante la noche, y privados además de toda posibilidad
de prender la candela que nos hubiera permitido preparar siquiera
algún alimento caliente para el desayuno. Con todo, al empezar a
subir por los arenales, amplia extensión de arena volcánica, no
habíamos ganado tiempo, pero sí dejado de aprovechar la mejor
oportunidad de descanso nocturno que nos hubiera ofrecido la cueva
de Nieto. La fatiga causada tanto en los humanos como en nuestros
animales por el ascenso sobre la arena suelta en combinación con el
aire enrarecido, se vio, no obstante, ampliamente recompensada con
la vista realmente excepcional sobre el ventisquero que se nos
ofrecía en dirección sur. Por momentos las nubes dejaron libres a
nuestros ojos también las inmensas masas de nieve, coronadas por
los dos picos del Ruiz, vista que yo había anhelado tanto, para
luego volver a correr su telón y hasta envolvernos a nosotros
mismos, haciéndonos pensar así en el
regreso.
Después de un frugal desayuno tomado en nuestro campamento,
emprendí otra pequeña excursión, esta vez hacia el pie de un
pequeño helero bastante escarpado, cuyas bien formadas morrenas
laterales descienden todavía un kilómetro aproximadamente, o sea 50
metros medidos en línea vertical, de uno y otro lado de su pie.
Para llegar allí, me tocó pasar por el llamado Derrumbe, una
aglomeración irregular de materia volcánica, cuya formación se
atribuye a una erupción ocurrida en el año de 1845. Cerca del
camino principal existen más lagunas originadas en las depresiones
de aquella sierra peculiar. Desde el lado opuesto del Derrumbe el
camino continúa, para alcanzar en el alto del Boquerón su máxima
altura, o sea 4.250 metros, punto este afamado por la vista
panorámica especialmente bella que, con buen tiempo, ofrece sobre
el pico cubierto de nieve del Tolima. Luego el camino sigue en
pronunciado descenso, aprovechando las grietas abiertas por las
lluvias en el negro suelo pantanoso. Más adelante encontramos el
terreno cubierto por una arborescencia achaparrada, que poco a poco
iba cediendo el lugar a su vez al propio monte alto. Más o menos al
borde superior de este monte, y ya pasado el río Lagunilla,
resolvimos pasar la noche en el tambo del Rosario. Formado por el
mero techo y carente de paredes laterales, ubicado a 3.300 metros
de altura, este tambo no obstante parecía ofrecernos un ambiente
templado, comparado con el reinante durante las heladas noches en
el alto páramo.
A la mañana siguiente se despidió nuestro guía para regresar con
su buey a Manizales, en tanto que nosotros continuamos bajando en
dirección oriental. Como sorpresa agradable encontramos el camino
en un estado extraordinariamente bueno, ancho y sin mayores
pendientes, así que en buena parte pudimos pasarlo a trote. Otro
deleite para mi era la cantidad de moras tan deliciosas como nunca
las había encontrado antes en mis viajes por Colombia, para no
dejar de mencionar el derroche de bellas flores que, de ordinario
brotando de trepaderas y parásitas, adornaban árboles y arbustos.
Pasada una hora, alcanzamos la primera morada humana, Sabana Larga,
a 3.186 metros de altura, excediendo en 650 metros la más alta
encontrada al otro lado de la sierra. Al cabo de otra hora llegamos
a Murillo, pueblo apenas en estado de fundación y, por lo tanto,
todavía de aspecto pobre. Y con tres horas más de buen cabalgar a
través de un paisaje cubierto de espeso monte, pero por lo demás
sin características especiales, excepción hecha de unos dispersos
ranchos al lado del camino, estamos en el pueblo de Líbano, de
reciente fundación antioqueña y tal como Fresno, también situado en
una hondonada. Muy a nuestro pesar termina aquí el bien trazado
camino, para más abajo continuar en forma de las acostumbradas vías
colombianas con su eterno subir y bajar. También el paisaje va
cambiando a medida que la roca volcánica, característica en el
trayecto recorrido desde la cresta para acá, está a punto de ceder
a una zona de esquistos cristalinos y granito gnéisico, que tiene
forma de una marcada loma con rumbo de sur a norte, a la cual
ascenderemos desde la orilla opuesta de la quebrada Honda, o sea
desde los 1.100 metros de altura. Desaparece poco a poco la espesa
selva exuberante, en tanto que van en aumento las huellas dejadas
por el trabajo y la destrucción originarias del hombre, como
también la vegetación necesariamente va adaptándose al clima
progresivamente más cálido y más seco en el sentido de que pierde
en abundancia y vigor. Una vez más nos hallamos en frente del valle
del río Magdalena, con las cadenas de la Cordillera Oriental, medio
envueltas en los vahos de la atmósfera. Rápidamente desciende
nuestro camino, para alcanzar el piedemonte cerca del pueblo,
pequeño y miserable, de Coloya, a orillas del río de idéntica
denominación. Luego llegamos, en ascenso de unos veinte metros, a
la población de Lérida, situada sobre la meseta
tobácea.
Cabalgando por esta durante tres horas, llegué al día siguiente
a Ambalema, donde se me brindó hospitalaria acogida en casa de los
señores Frühling y Göschen. Un ataque de fiebre benigna que sufrí
desde el momento de mi llegada probablemente tuvo su origen en los
frecuentes y bruscos cambios de temperatura que me había tocado
aguantar en el transcurso de la última
semana.
Ambalema tiene, o, mejor dicho, derivaba su importancia de la
elaboración del tabaco, actividad que ha venido perdiendo su
carácter promotor a consecuencia de la disminución de los cultivos,
con el descenso de la localidad a una ciudad de provincia común y
corriente. Hace ya algunos decenios que empezó a destacarse la
sobresaliente calidad del tabaco de Ambalema con el efecto de
abrirse campo para la exportación a Europa, con preferencia a
Bremen, revendiéndose desde allí, en parte bajo su nombre de
origen, pero probablemente también como legítimo habano. Tanto los
cultivos como las fábricas crecieron en número, figurando como los
más importantes los de los señores Frühling y Göschen de Londres,
quienes habían adquirido terrenos en compensación de créditos a su
favor. Así las cosas, en el decenio pasado sobrevino una baja muy
sensible en la calidad del producto, y en consecuencia los precios
pagados en Europa declinaron hasta tal punto que ya no alcanzaron a
cubrir los fletes. El cuadro de los efectos que se perfilaban era
el más sombrío. Empezando por la limitación de los cultivos a lo
requerido para el consumo interno, numerosas plantaciones se
reconvirtieron en potreros, quedando desiertas muchas salas de
trabajo en las fábricas, que antes habían ocupado a centenares de
trabajadores y trabajadoras, y desocupadas numerosas de las
impresionantes casas de hacienda levantadas por los cultivadores de
la hoja, con el producto abundante de su actividad, obtenido en
circunstancias más favorables; la vida y el bienestar en la ciudad
han sufrido un revés sin par.
En Colombia parece prevalecer una tendencia que trata de
atribuir la suerte del tabaco de Ambalema a un capricho de la moda.
Pero a mi modo de ver toda la razón le asiste a Eustacio Santamaría
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, cuando en su
réplica puntualiza que el tabaco de la Habana nunca ha sufrido la
suerte de pasar de moda, razón suficiente para buscar la causa en
el producto mismo de Ambalema y tratar de subsanarla, indagando
ante todo posibles alteraciones desfavorables ocurridas en la
calidad de la hoja. Con apoyo en esta tesis se tiende ahora a
señalar una “enfermedad del aire” como la causante, pero
no me ha sido posible llegar a saber qué es lo que ha de entenderse
por tal. Para mí no cabe duda de que es el agotamiento del suelo el
verdadero origen del fenómeno, ya que se había cometido el error de
pretender sacar abundantes cosechas una tras otra sin darle tiempo
a la tierra de descansar ni de restaurarse por medio de abonos
químicos. Hacendados ha habido que al surgir los primeros efectos
dañinos del cultivo exhaustivo, trataron de subsanarlos con la
aplicación de guano, pero con resultado negativo debido a la falta
de instrucción previa sobre el empleo correcto. Dejándolo en reposo
por varios años o usándolo entretanto como potrero, ciertamente el
suelo iría a recuperar fuerza, sobre todo con la medida
suplementaria de abonarlo adecuadamente antes de volver a
cultivarlo. En duda quedará, sin embargo, el grado de su posible
recuperación, ya que en su estupenda fertilidad primitiva parece
haber jugado papel importante la toba volcánica que en partículas
finísimas cubría la tierra. Impedido por enfermedad, no pude
dedicarme a investigar personalmente el problema ahí mismo, pero
según el testimonio de observadores idóneos, la capa de toba es
bastante delgada, con rocalla gruesa de
base.
Cruzando el río Magdalena cerca de Ambalema, volví a regresar a
la región de la Cordillera Oriental, para alcanzar la altiplanicie
de Bogotá cerca de Los Manzanos, en viaje por San Juan, Vianí
(Virginia), Guayabal y Agualarga y atravesándola a caballo por el
monótono camino conocido, y llegar así otra vez a Bogotá, mi
antiguo cuartel general, con el propósito de descansar durante unas
semanas y procurar restablecer mientras tanto mi salud bastante
afectada.