INDICE





PRÓLOGO

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

VIAJES POR LOS ANDES COLOMBIANOS

I - DE LA COSTA A BOGOTÁ

CAPÍTULO I
En el Istmo de Panamá. Arribo a Colón. Viajes por el istmo, antes y hoy. Carácter del paisaje. El canal interoceánico. Panamá. Vista sobre el Océano Pacífico

CAPÍTULO II
En el litoral septentrional. Travesía del golfo del Darién. Cartagena. Arribo a Sabanilla (Salgar). Por ferrocarril a Barranquilla. La ciudad y sus habitantes. Historia e importancia de Barranquilla

CAPÍTULO III
En el río Magdalena. Champanes. Historia de la navegación fluvial. Partida. Estructura e instalación de un vapor del Magdalena. Tripulación y pasajeros. Un día a bordo. Paradas. El río Magdalena y su cauce. El caudal de agua. El cauce cambia de rumbo.

CAPÍTULO IV
Ascenso a la altiplanicie de Bogotá. Comienzo. Ruinas de un ferrocarril. La primera posada. Panorama de la Cordillera Central. Guaduas. Paisanos alemanes. Cambio de aspecto del paisaje. Villeta. Chimbe y Agualarga. Una carretera. Los Manzanos. Atravesando

II - BOGOTÁ Y LOS BOGOTANOS

CAPÍTULO I
La ciudad. Fundación y nombre. Ubicación. Elevación y vista sobre la montaña. Vista panorámica de Bogotá desde la cima; plano ajedrezado de la ciudad. Las calles. Disposición concéntrica. Las orillas de los riachuelos. Suburbios. Paseando la ciudad.

CAPÍTULO II
Los habitantes. Tipos de caballeros y su indumentaria. Las damas. Hombres y mujeres del pueblo. Tipos especiales. Los extranjeros. Número de habitantes. Clases sociales y composición etnográfica de la población. Apellidos y nombres. Nobleza y títulos.

CAPÍTULO III
Las clases elevadas. Descripción de una habitación y su instalación. Alimentación. Transcurso del día para los caballeros, las damas y los niños. Vida social. Diversiones y viajes  

CAPÍTULO IV
Las clases media e inferior. La clase media: habitación, ingresos, etc. La clase baja: habitación, instrucción y comportamiento, ingresos, situación social  

CAPÍTULO V
Clima e higiene. Temperatura y precipitaciones atmosféricas. Enfermedades que predominan. Médicos y farmacias. Higiene pública. Epidemias de viruela  

CAPÍTULO VI
Conexiones de Bogotá con el mundo. Su ubicación en la montaña. Viajeros. Movimiento de carga. Comunicaciones postales y telegráficas. Ideas sobre un traslado de la capital. Proyectos ferroviarios  

CAPÍTULO VII
Comunicaciones y comercio. Tráfico. El mercado. Variedades. Tiendas. Restaurantes y hoteles. Artesanía. Industrias. Almacenes. Comercio  

CAPÍTULO VIII
La vida intelectual, política y eclesiástica. Instrucción pública. Aislamiento intelectual de Bogotá. Retraso de la vida intelectual. Museos, etc. Arte, literatura y ciencias. Política. Vida religiosa y fiestas  

III - VIDA DE VIAJERO
Objeto y planeación de los viajes. Área recorrida. Literatura para el viajero. Información verbal. Excursiones a pie. Mula y caballo. Equipaje. Precio de los animales. ¿Tomarlos en alquiler o adquirirlos en propiedad? Guías y ayudantes.

IV - ESTAMPAS DE LA CORDILLERA DE BOGOTÁ

CAPÍTULO I
Estructura de la montaña y niveles de altura. Conformación geológica del terreno. Regiones de altura  

CAPÍTULO II
El paisaje civilizado. Tipo y belleza del paisaje. Arborescencia primitiva. Transformación del reino vegetal y animal por el hombre. Relación entre la altura y las plantas cultivables. Caña de azúcar. Café. Cacao. Añil. Tabaco. Ganadería.

CAPÍTULO III
El monte. Comparación con el bosque alemán y con la arborescencia de la tierra baja tropical. Impresión del paisaje. Dificultad de la exploración geográfica y geológica. Vientos y nieblas. Estado de los caminos. Lo que produce la selva.

CAPÍTULO IV
El páramo. Contornos y suelo de las cumbres. Condiciones atmosféricas. Vegetación. Vida de los moradores. Disposición anímica del viajero. Visita al Tablazo  

CAPÍTULO V
La altiplanicie de Bogotá. Panorama. En la remota antigüedad era una laguna. Alturas que la bordean. Las lagunas de Guatavita, de Guasca y de Suesca. Vegetación y cultivos. Desarrollo de la civilización  

CAPÍTULO VI
El Salto de Tequendama. Su fama. El camino de ida. La vista del Salto. Altura. La vegetación. Su origen  

CAPÍTULO VII
Fusagasugá y el puente natural de Pandi. Descenso a Fusagasugá. La planicie de Fusagasugá, una terraza de acarreo. El camino a Pandi. El puente natural y su origen  

CAPÍTULO VIII
El valle del río Bogotá. La laguna de Pedropalo. La vista desde Tena. La Mesa. El camino a Tocaima. De Tocaima a Peñalisa. El puente cerca de Girardot y el ferrocarril  

CAPÍTULO IX
Reino mineral y empresas industriales. El yacimiento de sal mineral de Zipaquirá. El monopolio de la sal. El carbón. La ferrería de Pacho. La ferrería de Subachoque. La curtimbre y fábrica de calzado de Agualarga. Situación del obrero alemán.  

CAPÍTULO X
Haciendas y estancias. Tierra baldía y distribución de la propiedad. Economía de las estancias. Economía de las haciendas. Construcciones rurales. El terrateniente. Relaciones laborales. Modo de vivir, instrucción y carácter de los campesinos  

CAPÍTULO XI
En una ciudad de provincia. Las localidades. Su origen, denominación y carácter. Su ubicación y planeación. Casas y calles. Particularidades históricas y climáticas. El tráfico. Condiciones sociales. Administración y política locales. El comercio. Fiestas

V - VIAJE A TRAVÉS DE LA CORDILLERA CENTRAL

CAPÍTULO I
La vertiente oriental de la Cordillera Central. Paisaje de conformación tobácea arriba de Honda. Paisaje de la Cordillera Central. Minería y pueblos. Huellas volcánicas cerca de Manzanares. La Picona. El páramo de Herveo  

CAPÍTULO II
En el valle del Cauca. Vista al valle del Cauca. Salamina. Comida antioqueña. Fuentes de aguas salinas. Un guardapuente alemán. El río Cauca. El distrito minero de Marmato y Supía. Carácter de las poblaciones de Riosucio, Quinchía y Ansermaviejo.

CAPÍTULO III
El páramo del Ruiz y Ambalema. Una vía carreteable. Un lodazal. Exhalaciones sulfurosas. Noches y excursiones en el páramo. Nieve y glaciares. Descenso por Líbano y Lérida a Ambalema. Cultivo de tabaco. Regreso a Bogotá

CAPÍTULO IV
Minas de oro y de plata. Clases de gangas y filones. Métodos de extracción y explotación. Aluviones auríferos. Extracción hidráulica  

CAPÍTULO V
Tumbas indias y antigüedades. En búsqueda de guacas. Sus diferentes formas. Significación científica

VI - UNA EXCURSIÓN A LOS LLANOS
Estaciones. El camino de Bogotá a Villavicencio. Primer vistazo a los llanos. Villavicencio. La selva de la planicie. A caballo a través de la llanura. La hacienda “Los Pavitos”. Los llaneros. Cultivos y ganadería. Perspectivas culturales de los llanos.

VII - VIAJES POR SANTANDER Y BOYACÁ

CAPÍTULO I
La laguna de Fúquene y las minas de esmeraldas de Muzo. La salina de Tausa. Paisaje cerca de Ubaté. Navegando por la laguna de Fúquene. Su profundidad y tentativas de desaguarla. Un santuario. Muzo. Esmeraldas y mariposas. La mina de cobre de Moniquirá.

CAPÍTULO II
De Vélez a Bucaramanga. Vélez. Formaciones calcáreas. Cresta de montaña y meseta a orillas del río Suárez. El valle de Sube. A través de la Mesa de Jéridas a Piedecuesta y Bucaramanga. Panorama desde el alto de Gualilo. Excursión a Montebello.

CAPÍTULO III
La tierra montañosa de Tunja y Sogamoso. Caminos de Bogotá a Tunja. El campo de la batalla de Boyacá. Carretera y ferrocarril. Tunja. La ferrería de Samacá. Paipa, Duitama, Santa Rosa, Belén. Caminos a Santander. La laguna de Tota. La sabana de Sogamoso.

CAPÍTULO IV
La Sierra Nevada del Cocuy. El valle del río Sogamoso. La Sierra Nevada. Epoca para visitarla. Primera vista. El Pan de Azúcar. Vista de toda la sierra. Un pequeño glaciar. El ala norte de la sierra. El límite de las nieves perpetuas asciende.

CAPÍTULO V
Cúcuta. Minería en La Baja y Vetas. Pamplona. La penitenciaría. El camino a Cúcuta. Entrada a la ciudad. Terremotos. Arquitectura. Almacenes. Clima. Fiebre. Importancia comercial. Comunicaciones. El ferrocarril. La colonia alemana.

CAPÍTULO VI
En el río Zulia y en el lago de Maracaibo. Realización de las bestias en San Cristóbal. Por ferrocarril a Puerto Villamizar. Navegando en vapor por el río Zulia. El lago de Maracaibo. La ciudad de Maracaibo y sus alrededores.

VIII - DESARROLLO HISTÓRICO Y SITUACIÓN ACTUAL

CAPÍTULO I
La conquista española, la época colonial y la guerra de la independencia. El comienzo de la historia de Colombia. La conquista del país por los españoles. La formación política de la colonia. Política colonial española. Composición de la población.

CAPÍTULO II
La República de Nueva Granada. Relaciones con los Estados europeos. Composición de la nación. No hay motivo para conflictos internacionales. Carácter de la historia de Colombia. Sucesos entre 1830 y 1858. Liquidación de la República.

CAPÍTULO III
Los Estados Unidos de Colombia. La constitución de Rionegro: relación entre la nación y los Estados individuales; composición del gobierno nacional. Funcionarios y jueces. Aspectos progresistas. Leyes relativas a la política eclesiástica.

CAPÍTULO IV
La situación económica y el nivel cultural de Colombia. La escasa y dispersa población. Aprovechamiento de la selva. Agricultura, minería, industria. Importación y exportación. Escasez de bienestar. Distribución de la propiedad.

CAPÍTULO V
La posición del extranjero en Colombia. Nacionalidad y profesiones de los extranjeros. Ventajas y privaciones. Sus méritos para con Colombia. Actitud de los colombianos hacia los extranjeros. Posibilidades de incrementar la inmigración alemana

Viajes por los Andres Colombianos

| Viajes por los Andes Colombianos

 

| Alfred Hettner
 
 

En los años de 1636 a 1538 los españoles llegaron desde tres direcciones diferentes a la altiplanicie de Bogotá. Allí encontraron a los chibchas, quienes, más avanzados en su cultura que las tribus de la tierra caliente y de las. vertientes de la. montaña, ya habían progresado hasta formar estados. Una vez subyugada, en contienda de dos años, esta gente poco guerrera, los invasores resolvieron fundar una ciudad en el rincón sureste de la sabana, donde existía la aldea indígena de Teusaquillo. Desde el principio se la destinó capital de la nueva conquista española, carácter que ha conservado a lo largo de todas las peripecias políticas de los años, tanto durante la Presidencia y el Virreinato de la Nueva Granada, como en la época de la República unificada de Colombia, que comprendía a la vez a Venezuela y Ecuador, y también durante la República de la Nueva Granada, la Confederación Granadina, los Estados Unidos de Colombia, para continuar con su rango en la actual República de Colombia. Por breve tiempo, concretamente durante la Confederación Granadina, la capital formaba su propio distrito federal, al estilo de Washington, pero pronto fue incorporada al Estado de Cundinamarca, continuando hasta 188b como capital de la confederación y de este último a la vez. El nombre original de la ciudad era Santa Fe, el cual apenas a fines del siglo dieciocho se convirtió en Santa Fe de Bogotá. Bogotá había sido hasta entonces al nombre de la antigua capital indígena que corresponde a la actual aldea de Funza, emplazada en el centro de la altiplanicie. En 1819 se le suprimieron las palabras Santa Fe, como para borrar así el vestigio del dominio español, usándose en adelante el mero nombre de Bogotá.

Acercándose a Bogotá a través de la sabana por el camino desde Honda y Los Manzanos, el viajero llega de una vez a disfrutar del panorama más hermoso de la ciudad, para el cual la ladera de la montaña que se levanta inmediatamente al este de ella, viene formando un fondo incomparable. Coronando esta ladera, las dos capillas,. la de Monserrate y la de Guadalupe, quedan equidistantes del centro de Bogotá tan solo a 11/z kilómetros más o menos, o a 2 kilómetros del extremo inferior de la ciudad, pero levantadas a 600 metros por encima del nivel de la sabana, superando así la altura que mide el Séhneeberg desde la ciudad de Tetachen y la alcanzada por e1 Melibocus desde el nivel de la ciudad de Zwingenberg, para llegar casi a la mareada por el Inaelberg medida desde Gotha. Y para terminar, tenemos la cresta ancha adyacente a la derecha de Guadalupe y llamada la Peña. A1 parecer de igual altura que aquel, en realidad le gana todavía en 300 metros, para subir a los 3.528 metros sobre el nivel del mar; queda así de mayor altura, contada desde el nivel de Bogotá, que aquellas de Brocken medidas desde Harzburg e Ilsenburg.

Difícil será encontrar medio más elocuente que estas cifras para explicarnos la diferencia tan enorme entre los climas colombiano y alemán. Al levantarnos apenas 100 metros sobre la sabana de Bogotá, ya habríamos alcanzado la altura que, en la Suiza septentrional, está. demarcando el comienzo de las regiones permanentemente cubiertas de nieve. Tanto Monserrate como Guadalupe le ganan considerablemente en altura a1 Glárniach. La Peña se levanta casi hasta la del Tödi, excediendo la de la Dreiherrensgitze. Pero, no obstante, tendríamos que levantarnos 1.000 metros más para llegar aquí al borde de la nieve perpetua.

Estos montes no forman una muralla continua, hallándose, en cambio, separados por hondos abismos. Justamente en frente tenemos el boquerón del río San Francisco; encajonado cómo un cañón estrecho hasta encontrar el nivel de la sabana. A manera de nidos de águila las dos capillas parecen coronar sus flancos, recordándole al viajero los castillos de los caballeros bandidos de otros tiempos, antes que templos para venerar a Dios. Distanciadas tan solo kilómetro y medio entre sí las capillas, se requiere, sin embargo, una caminata de dos a tres horas para llegar de la una a la .otra. Más al sur, la Peña se precipita al boquerón del río Fucha, mientras que más al norte tenemos el río Arzobispo corroyendo la montaña.

La vertiente de esta es todo menos que uniforme. Por ambos lados del boquerón de San Francisco el sector inferior con su declive suave y su color rojizo, llamativo ya a distancia, ea continuado por otro superior formado por una muralla que, también. ya desde lejos, se reconoce por el predominio de sus gruesos bancos de piedra arenisca. La subida por el sector inferior queda en parte uniforme, habiendo, sin embargo, trechos interrumpidos por una cadena de estribaciones con pequeños riscos y picachos afilados, que, de intenso color rojizo, causan una impresión de raro contraste, por ejemplo detrás de la capilla de Belén. Mientras que la parte inferior de Bogotá está ubicada todavía en la sabana, el propio centro ya se halla suavemente inclinado, dominando así, visto desde la planicie, el suburbio inferior. A la izquierda de las estribaciones de Belén, abajo del pico de la Peña, encontramos la capilla del mismo nombre a una altura superior todavía en 250 metros de la sabana. Un poco más a la izquierda, pero a una elevación menor en .100 metros, está el espacioso templo de Egipto, pintado de blanco. Ambas iglesias, circundadas en forma escalonada por numerosos ranchos con sus áreas verdes intercaladas, tienen un efecto bastante pictórico.

Muy a menudo una capa espesa de niebla envuelve la montaña desde el nivel de estas capillas y loa suburbios hacia arriba. Pero con la misma frecuencia se muestra sin disfraz en todo su esplendor, presentándole la atmósfera matices de color tan fuerte e intenso que uno no se cansa de contemplar el espectáculo. El pintor paisajista encontrará aquí motivos de extraordinaria belleza, todavía sin aprovechar. Durante los últimos meses del año de 188~ observamos en dirección al boquerón un cometa que con su magnitud y sublimidad imponentes aumentaba el esplendor del firmamento, que en esta cima con su aire enrarecido y transparente ya de por sí refleja una pureza y un brillo antes casi nunca vistos. De la capital misma desde luego no ea posible desde aquí tener una vista de conjunto. Para lograrla, vale el esfuerzo subir por la ladera oriental de la montaña, ojalá hasta llegar a una de las capillas de Monserrate o Guadalupe. Lo que causa una impresión un tanto molesta, especialmente desde Guadalupe, es el plan ajedrezado de la urbanización, que desde el sitio obliga a seguir con la vista a todo su largo el conjunto de las calles descendentes desde la vertiente hacia el oeste. Así, casi treinta de ellas transcurren en esta dirección, mientras que otras, en número un tanto menor, son cruzadas por aquellas en ángulo recto, pasando, paralelamente a la ladera, de sur a norte. El mayor descompás en el aspecto urbano lo forman lo dos riachuelos que con sus cauces serpenteados atraviesan la ciudad, interrumpiendo agradablemente la homogeneidad del cuadro con las manchas verdes de sus orillas. Son estos el río San Francisco, que sale del boquerón entre Monserrate y Guadalupe, y el río San Agustín que nace al pie de la Peña. Vías hay que sin interrupción continúan por medio de puentes su curso encima de estas corrientes de agua. Otras se suspenden, para seguir; tan solo parcialmente y con frecuencia un poco fuera de su trazado, en la orilla opuesta, pero no obstante conservando su dirección, con pocas variaciones debidas al desacierto del geómetra. Una excepción hacen las anchas carreteras, que no se adaptan del todo al plano de la ciudad, terminando en cambio en la periferia de su centro. Las plazas no hacen estorbo alguno, pues no son cosa distinta de cuadras encerradas entre dos parea de vías, libres de construcciones para favorecer así la variación.

Bogotá, por lo tanto, sigue en su estructura el mismo plano sencillo que Guaduas u otra aldea colombiana cualquiera. Tan acostumbrado está el colombiano a este diseño metódico, que toda alternativa le parecería desordenada, mereciendo, por lo tanto, su desprecio. Indudablemente el estilo tan variado y confuso de las ciudades nuestras tiene su origen en el crecimiento paulatino de ellas. Pues ya loa barrios más recientes de nuestras grandes urbes, lo mismo que las nuevas ciudades fundadas desde el siglo pasado, tienen, por lo general una fisonomía más sencilla. Pero, hasta donde yo sepa, tan solo Mannheim tiene esta estructura de cuadras tan horrorosa. Ciertamente no ea testimonio favorable a la capacidad inventiva de los americanos del norte y del sur su tendencia a aferrarse casi siempre al mismo modelo de construcción, cuyas ventajas, por ejemplo para el tránsito, son además muy dudosas. ¿Por qué no proponerse, en cambio, crear y seguir creando algo nuevo, para adaptarlo a las condiciones locales?

Hasta la nomenclatura de las vías y de las casas ha venido amoldándose al plan metódico de urbanización, habiéndose reemplazado hace algunos años los antiguos nombres específicos de las calles por su numeración, conforme el método en uso en la mayoría de las ciudades norteamericanas. Así las vías paralelas a la ladera de montaña, las llamadas carreras, desde aquella situada en medio de ellas se numeran hacia el este y hacia el oeste, procediéndose de la misma manera con las vías inclinadas hacia el oeste, llamadas calles, que se numeran desde la de en medio tanto hacia el norte como hacia el sur. Los antiguos nombres de las vías, cuidadosamente borrados de las casas en las boca-calles, fueron reemplazados por los solos números, pero a falta de saber leer, gran parte de los habitantes sigue usando loa nombres antiguos o recurren al remedio de la descripción. E1 proveer las casas mismas con sus números individuales correspondientes hasta el momento no se ha considerado necesario.

Parece que el trazado rectangular y lineal de la red vial con su sistema de denominación constituye el único parecido entre las ciudades norte y suramericanas o, por lo menos, colombianas. En cuanto a la anchura de las vías y otros detalles, desgraciadamente no se ha seguido el modelo del norte. Cierto que la estructura baja de las construcciones del país no requiere calles tan anchas. Así, las vías no sobrepasan la anchura de las Callejas en una ciudad medioeval. Los andenes, de lajas de piedra arenisca, que corren de lado y lado de la calzada, apenas tienen el ancho suficiente para dos personas. Ante la costumbre arraigada de los bogotanos de las clases media y baja de nunca ceder la vía, continuamente gozamos del imaginable placer de bajar a la calzada, la cuál, en la mayoría de las calles se halla en un estado espantoso y con fuerte declive hacia el centro de la vía, para dar cabida a los llamados caños, o sea surcos abiertos, que hacen las veces de nuestras cloacas. A ellos se echan todas las inmundicias, acumulándose allí hasta cuando los torrentes del próximo aguacero se las llevan. Verdad es que con frecuencia las cantidades de agua que caen sobrepasan la capacidad de los caños en las calles despeñadizas. Entonces invaden la vía en todo su ancho, adquiriendo las fuerzas torrenciales de un riachuelo de montaña e impidiendo su cruce, a veces por horas, excepto para gentes del pueblo, que lo pasan a vado, con sus pantalones recogidos. Una noche, cuando después del aguacero las masas de agua ya habían decrecido un tanto, pude presenciar el espectáculo típico de cómo buscarse el mejor paso con la ayuda de cerillas. Cierto es que Bogotá tiene alumbrado de gas ya hace algunos años, sacando el carbón de calidad requerido como materia prima de unos yacimientos existentes en inmediaciones detrás de su periferia. Pero con frecuencia se interrumpe este servicio de alumbrado, habiendo además tanta distancia entre los postes de luz que en medio reina la oscuridad completa. En los últimos años había cogido fuerza la idea de introducir el alumbrado eléctrico. Pero sufrió la misma suerte de tantas otras acogidas con verdadero celo, quedándose sin realizar. Inclusive la alcaldía municipal había llegado a celebrar un contrato por medio del cual los empresarios se obligaban a proveer la ciudad con luz eléctrica al cabo de un año. Pero vencido el plazo sin haberse cumplido el compromiso, la administración, lejos de responsabilizar a los contratistas, ingenuamente procedió a firmar nuevo contrato con otros, que, a lo mejor, también habrá dejado de cumplirse.

Las calles de los barrios periféricos carecen todavía de tubería de gas. Para suplir el servicio, lámparas de petróleo cuelgan de lazos a través de las vías, tal como en una que otra aldea campestre alemana es de usanza o solfa hacerse todavía hace unos diez años. 0, más fácil aún, se les confía a la luna y a las estrellas el papel de combatir la oscuridad nocturna. Tampoco hay rastro de pavimentación en aquellos sectores, ni siquiera de cascajos como recurso pasajero. En consecuencia, en épocas de lluvia las vías pronto se convierten en lodazales, cuyos componentes es difícil distinguir entre minerales y de origen animal.

Las casas del centro por lo general son de dos pisos, es decir el bajo y un piso más. Construidas de adobes, son blanqueadas o pintadas de colorea claros. Los techos inclinados y cubiertos de tejas de barro cocido por lo general sobresalen varios pies de la Pared frontal, quedando apoyados por puntales oblicuos. Tanto estos como las cornisas de madera y los balcones acostumbrados en casi todo piso alto, al igual que loa enrejados de madera presentes en todas las ventanas según la costumbre española, con frecuencia resaltan por sus obras artísticas de talla, dándoles a las casas una fisonomía simpática.

A medida que vamos alejándonos del centro de la urbe, más pobres aparecen los barrios que encontramos. Todavía observamos casas, si bien de un solo piso, pero blanqueadas y cubierta con tejas de barro. Poco a poco, empero, aparecen otras de estructura más reducida y de aspecto más humilde. A1 fin, tornando la vista por dondequiera, topamos con un cinturón de pequeños ranchos con muros levantados de tierra pisada y cubiertos de Paja, tales como en Europa suelen encontrarse todavía en Polonia y en la península de los Balknes.

Sin embargo, una excepción hay de esta disposición concéntrica: Sucede que a orillas de loa ríos San Francisco y San Agustín estos ranchos tan humildes vienen avanzando hasta el centro de la capital. Ambos ríos, hay que decirlo, forman las alcantarillas mayores que reciben tanto las cantidades de inmundicias traídas por los caños que en ellos desembocan como también aquellas que directamente van botándose. A consecuencia de los aguaceros, sus lechos van llenándose de un líquido de color café tinto, bajando estrepitosamente y arrastrando tanto loa excrementos acumulados como también partes de la orilla misma. En cambio, las hileras delgadas en que se convierten los ríos en verano, dejan expuestas estas heces al aire, desde luego produciéndose las evaporaciones más abominables. Si bien a veces se observa a los presos provistos con horcas de palo largo, ocupados en reunir estas basuras para empujarlas a la corriente, a la manera como proceden los balseros nuestros con los troncos en la montaña; nada más hace el hombre aquí en favor del aseo de estos ríos.

Los sitios donde ellos abandonan el perímetro de la urbe constituyen la mesa de los gallinazos, que aquí acometen el oficio de policías de sanidad, al igual que en los países orientales. Con todo esto, las orillas de las corrientes forman la parte más pintoresca de la ciudad, entendido que en las urbes tal calificación suele darse no a las hileras de casas modernas, sino a sitios intercalados entre la obra humana, que se han reservado a la naturaleza o devuelto a ella por amenazar ruina aquella, o a las construcciones antiguas que por su estilo nos parecen más vinculadas todavía a la naturaleza. También aquí lo pintoresco está en el entrelazamiento armónico de la naturaleza con la obra humana, por ejemplo las matas que cubren las orillas, los sauces altos abrigándolas con su sombra y los ranchos y puentes escondidos entre todo aquello. '

Así encontramos pintorescos los suburbios regados alrededor de la Peña y de Egipto con su disposición escalonada y sus verdores esparcidos. Esto no impide hallarlos llenos de mugre y miseria al recorrerlos. En una ciudad alemana o inglesa probablemente la mayoría de la gente acomodada construiría aquí sus casa-quintas, para gozar tanto del aire libre como del panorama de la sabana. Pero al bogotano esto no le agrada. Lo que le interesa es quedarse lo más cerca posible de sus negocios y de los chismes de la ciudad. Tan solo la villa de Chapinero, situada a pocos kilómetros al norte, recientemente viene ejerciendo cierta atracción, pero en particular sobre 1 clase media, en razón de la vivienda más barata. El hecho ha despertado el entusiasmo de unos empresarios norteamericanos que, al tiempo de mi partida, estaban activamente empeñados en construir un tranvía de tracción animal, teniendo ya acabada la infraestructura en gran parte y en camino desde loa Estados Unidos tanto loa rieles como los vagones. Probable es que la guerra civil habrá interrumpido la obra, pero sin lugar a duda los enérgicos yanquis la terminarán, a no ser que lo hubieran logrado ya. Si resultara rentable o no, es lo que falta saber.

El verdadero centro de Bogotá, lo mismo que el de otras ciudades, lo forma su plaza, espaciosa y cuadrada, en el caso denominada plaza de Bolívar, para distinguirla de otras que tiene. Demarcar la plaza es lo primero que se hace al fundar una población nueva. La iglesia y la alcaldía siempre se hallan ubicadas en su marco. Además la plaza constituye el lugar de acontecimientos para el mercado semanal, en el cual suele concentrarse todo el comercio y el tráfico.

En Bogotá las iglesias erigidas en el curso de los tiempos son numerosas, habiendo conservado la principal de ellas, o sea la catedral, su emplazamiento típico. Pero de su construcción primitiva, originaria del siglo dieciséis, poco ha quedado. En su estructura actual fue levantada entre los años de 1807 y 1828, con suspenso intermedio de la obra durante la guerra de la independencia. Es todo un ejemplo de aquel estilo español- jesuítico feo, impreso a la mayoría de las iglesias construidas en la época de la América Española. En cambio, la pequeña Capilla del Sagrario encanta al espectador por su estilo gracioso y hermoso. Las autoridades civiles, por lo menos en parte, también han conservado su domicilio en el marco de la plaza. Todo su lado occidental está ocupado por la casa consistorial de tres pisos y de estilo extraordinariamente feo. En sus pisos superiores se encuentran la administración municipal y un hotel; su piso bajo, a lo largo de los portales, está ocupado por almacenes. En el lado sur de la plaza se está levantando el edificio para parlamento y gobierno, ya empezado por el presidente Mosquera en los años cuarenta y todavía sin concluir. Con arreglo al ejemplo norteamericano, se le ha otorgado el nombre pomposo de capitolio, y en su parte ya construida han encontrado albergue provisional el congreso y los ministerios. Esencialmente para concluir la obra se habían contratado loa servicios de un arquitecto italiano, con la alta asignación de $ 6.000. Para aprovechar al máximo la presencia de este experto costoso, por lo menos de vez en cuando se le concedían de diez a veinte obreros. Una vez terminada la obra, ciertamente redundará en dar el mayor realce al prestigio de la capital. Esbozada al estilo griego casi puro, es ejecutada en hermosa piedra arenisca blanca, parecida al "quader" de Sajonia y extraída a inmediaciones de la periferia urbana, que, en su efecto arquitectónico, excede con mucho al ladrillo. En el patio del capitolio se colocó en 1884 una estatua de Mosquera, modelada y fundida por Miller de Munich. En frente de ella se levanta en el centro de la plaza el monumento a Simón Bolívar, el libertador de Colombia. Está circundado por cuadros de prados y florea, habiéndose trasladado el mercado a otra parte al impulso del desarrollo de la capital. A1 costado sur detrás del capitolio encontramos el observatorio astronómico, construido a principios del siglo, pero poco aprovechado, pasado el cual llegamos en pocos minutos al antiguo convento de San Agustín, convertido ahora en cuartel para la tropa nacional. Pasando luego al occidente de la plaza, por el hospital con la facultad de medicina, y por el mercado cubierto, y cruzando el puente por el río San Francisco, y la carretera que conduce a Soacha, llegamos a la espaciosa plaza cuadrada de Los Mártires. En su centro se levanta un obelisco de piedra arenisca circundado por las cuatro estatuas representativas de la libertad, la justicia, la paz y la gloria. Este monumento, desgraciadamente de realización inferior, consagra la conmemoración de los patriotas ejecutados en el sitio por los españoles en 1816. En el rincón sur-este de la plaza tenemos el antiguo convento de San Carlos, que hoy día alberga al Colegio de San Bartolomé con la Universidad, la Escuela Militar, la Biblioteca y el Museo. En frente, hacia el este, observamos el modesto palacio del presidente de la república y, en el lado opuesto de la vía, el aún más sencillo teatro. Cogiendo ahora hacia el nordeste, pronto alcanzamos la Casa de la Moneda y luego el Palacio Arzobispal. Hacia el norte, al fin, conducen las dos mejores vías que tiene la capital: la Calle Real y la Calle Florián, sector que cuenta con los mejores almacenes y las habitaciones más elegantes de la ciudad. Aquí, lo mismo que en dos calles más, encontramos ya tapados los caños y la calzada pareja y bien pavimentada. En la Calle Florián tenemos a Santo Domingo, el más espacioso y más hermoso de los antiguos conventos, cuyo patio amplio está cubierto de bellos jardines y circundado por numerosas oficinas gubernamentales, con empleados que suelen soñar sentados delante de un periódico, la mayor parte del día. A1 extremo de la Calle Real cruzamos el río San Francisco por un pequeño puente de piedra, para llegar a la Plaza Santander. Ya unos meses antes de llegar yo a Bogotá, se había empezado a ampliar el puente, para de golpe suspender la obra y no volver .~ reasumirla sino al cabo de dos años. Entretanto las piedras se encontraban. dispersa, las barandas brillaban por su ausencia, en fin, el puente se encontraba en un estado que exigía suma precaución para cruzarlo, especialmente en la oscuridad. La pequeña plaza se había trocado hacía poco en un hermoso parque con estatua del general Francisco de Paula Santander, héroe de la guerra de la independencia y luego el primer presidente constitucionalmente elegido. Según malas lenguas, la estatua en realidad representaba a un general italiano, pero que era rechazada por la familia por defectuosa, para luego ser vendida a Colombia y figurar aquí como de Santander. La plaza está enmarcada por las más bellas casas particulares, con el antiguo convento de San Francisco en su esquina suroeste, sede ahora del gobierno del Estado de Cundinamarca y de los tribunales de justicia. De la Plaza de Santander hacia el norte sigue el Camellón, vía ancha y sin pavimentar, a cuya derecha tenemos el palacio del virrey, de otros tiempos, una insignificante construcción decaída, y a la izquierda el Hospicio, casa de niños expósitos y huérfanos. Se nos llama la atención, al efecto, sobre una pequeña apertura en su muro, también disponible de noche, a través de la cual madres sin compasión pueden deshacerse de sus criaturas indagadas. Caminando un cuarto de hora por el Camellón, llegamos a la plaza de San Diego, también embellecida hace poco mediante jardines y un pequeño templo, que forma contraste marcado ahora con las humildes inmediaciones. El antiguo convento de San Diego sirve ahora de manicomio, cuyos infelices ocupantes viven en espantosa miseria. A unos minutos de distancia se halla la penitenciaría, la cual lleva el extraño nombre de panóptieo, haciendo alusión a sus dimensiones dominantes en comparación con los pequeños ranchos humildes que la rodean. A otros pocos minutos al oeste de San Diego está el cementerio con sus numerosas sepulturas barrocas.

 

2. Los habitantes

 

La misma mezcla de rasgos europeos y extraños reflejada en la conformación de Bogotá la encontramos también en su población. La ruana, lo mismo que el sombrero alto de paja, accesorios tan indispensables tanto para viajar como para uno en la vida campestre, son prendas mal vistas para uso urbano por la alta sociedad. Así que apenas algunos caballeros ya de edad siguen vistiendo el antiguo manto español, habiendo adoptado la mayoría el estilo europeo de vestir. El bogotano elegante raras veces usa vestidos de color claro, sombreros flexibles de felpa o cómodos sombreros livianos de paja, andando ufano, por lo general, en vestido negro con sombrero alto. El joven elegante recién regresado de París con un amplio surtido de vestidos de Última moda, con botines de charol, con su monóculo puesto y sus maneras afeminadas, se parece del todo a los "dandies" de las metrópolis nuestras.

El bogotano distinguido suele ufanarse de su descendencia castellana o por lo menos española. Por mezclada que esté, salvo raras excepciones, alcanza a hacer resaltar el tipo español, en su curiosa combinación de rasgos indogermanos y semitas. Estaturas altas y fisonomías perfiladas son frecuentes.

También la gente de la clase media se sentiría sensiblemente ofendida al no tenérsela por blanca, a pesar de correr por sus venas por lo menos tanta sangre india como europea. Por lo general son de estatura más baja y de facciones menos finas que sus conciudadanos de jerarquía más elevada. Tratar de igualar a estos en su modo de vestir es la debilidad de los empleados de comercio y de los funcionarios públicos de menor categoría, que también portan vestido negro y sombrero alto, aun con frecuencia bastante deteriorados. Los artesanos visten ruana y sombrero de paja, lo mismo en la ciudad que en el campo. Indumentaria y aspecto por lo general permiten distinguir a primera vista a los hombres de las clases alta y media. Más difícil es esto en cuanto a las mujeres a causa de la mantilla negra, de tan extraña impresión para nosotros, que todas ellas acostumbran ponerse alrededor de la cabeza para salir a la calle, haciéndola pender hacia abajo por los hombros. Para ir a misa, esta mantilla ha seguido manteniendo su condición de prenda obligatoria. Su ingenuo reemplazo por el sombrero puesto, de parte de unas europeas católicas, causó alguna vez el enojo del sacerdote, con su demora subsiguiente en leer la misa mientras las provocadoras involuntarias se quitaban el sombrero ofensivo. Las mujeres bogotanas se someten a la prohibición del sombrero hasta con agrado, encontrando en la mantilla el mejor recurso para esconder su tocado incompleto y su cabellera despeinada, sin impedir a la vez que su cara pintada y sus inquietos ojos negros se muestren lo suficiente. Para hacer visitas o ir de compras el sombrero a veces reemplaza a la mantilla, pero sin variar el color negro de esta. Tan solo los domingos y en reuniones sociales las damas se presentan en extravagantes vestidos de origen parisiense.

Naturalmente se me ha preguntado con frecuencia por la belleza de las jóvenes bogotanas. Pero de gustos no hay disputa. Algunos de nuestros paisanos han caído prisioneros de sus ojos y de otros encantos. A mí, las bogotanas del gran mundo con su cara pintada y su cabellera negra que baja hasta llegar a tapar los ojos, no me han parecido especialmente atractivas. Tan solo algunas de ellas, individualmente consideradas, me merecerían la calificación de bella o bonita. A los catorce años son muchachas casaderas, para resultar belleza pasada ya a los treinta la mayoría de las veces. Son mucho más frecuentes las estaturas esbeltas y las caras bonitas entre las muchachas del pueblo, de origen indio más o menos puro. El presumirnos poseyendo el monopolio de la perfección corpórea, no ea más que orgullo indogermánico injustificado. De los abusos de la moda, tan generalizados entre la alta sociedad, estas muchachas indias se han mantenido ajenas todavía. Polvos y cosméticos les son desconocidos. La larga cabellera negra se lleva partida sobre la frente, para caer en dos trenzas hasta la cintura. Su vestido sencillo es de estampado de algodón. Dentro de la casa suelen andar descalzas, mientras que para la calle calzan alpargatas. Por cierto, también en ellas la flor de la vida se marchita pronto. Las mujeres entradas en edad con deformes, su voz es áspera y chillona, sus movimientos ordinarios y toscos. No contentas cigarrillos, como las damas de alta sociedad, fuman tabacos a menudo metiendo la punta encendida boca adentro, en busca de mayor goce. De la cabeza dejan colgar la manta, un pañolón por lo general de color oscuro al igual que la falda y, para completar, encima de la manta se ponen un pequeño sombrero paja, a menudo sucio y roto.

Los hombres suelen perder la flor de su juventud aún antes Muchas caras bonitas se observan en los niños de las c1 pobres, mal vestidos, a menudo solamente envueltos en harapos Pero ya en sus años de mocedad empiezan a sobresalir en ellos los rasgos característicos del indio chibcha, feos a nuestro n de ver. De estatura pequeña y débil por lo general, tienen frente baja, Pómulos salientes, nariz aplanada y chata, con su raíz casi a nivel de los ojos, estos pequeños y angostos, pie color amarillo oscuro, barba muy escasa. En resumen, la cara reúne todas las características del conocido tipo mongólico. El cabello de color negro, por lo general tieso y denso, de preferencia se peina hacia adelante para cortarlo apenas encima de cejas.

Al describírsenos los representantes de la clase baja indios puros, a lo sumo, como indios mezclados con blancos, por cierto no hemos de pensar en los héroes de cabeza adorna plumas que recordamos de nuestros cuentos juveniles sobre los indios de América del Norte como listos a descabellar en el acto a cualquier humano que cruzara en su camino. Los de aquí son bonachones inofensivos, de idiomas y costumbres dejados atrás y capaces de dirigirse al viajero en lengua española. Acostumbran arrodillarse humildemente ante el crucifijo. Han cambiado el adorno de plumas por el sombrero de paja. Llevan coloreada encima de la camisa y pantalón común y corriente, tal vez manufacturados en Alemania. Si no van descalzos, usan alpargatas, y, sobre todo, exhiben las perfectas huellas de la falta de aseo.

En toda calle bogotana nuestra vida suele tropezar con tipos llamativos pertenecientes a la clase inferior. Ahí tenemos los aguadores y aguadoras, llevando a las espaldas el agua desde las pilas públicas a las habitaciones, en enormes receptáculos de barro. Hay pobres diablos harapientos, simplemente llamados peones, parecidos a nuestros antiguos mozos de cuerda, esperando cualquier encargo. Otros ya pasan con cajones pesados al hombro, trasteando muebles en parihuela. Numerosos mendigos están sentados en el andén a lo largo de los muros de las iglesias, exhibiendo toda clase de úlceras y otras lesiones, hasta las más repugnantes, con el propósito de acentuar así su dependencia de la limosna implorada y tratando de esta manera de convertir en medio para lograr otro fin distinto, las deplorables consecuencias producidas por su estado de abandono completo. Allí observamos una cuadrilla de penitenciarios ocupados en barrer la calle o. dedicados a otros oficios similares. Para custodiarlos están circundados por un número casi igual de soldados, por lo general indios de Boyacá, muy jovencitos, de unos 14 a 15 años, y apenas capaces de cargar su fusil. Su uniforme es una imitación del que usan los franceses, pero encontrándose a menudo en estado deshilachado. Para cubrir la cabeza se suministran quepis, pero a falta de protección suficiente contra el sol, se prefiere el sombrero de paja, con el quepis puesto encima. Su manera de marchar y su porte dejan mucho que desear. En un todo, entre la presentación de los soldados y la de sus custodiados apenas hay diferencia, prevaleciendo además un trato amigable entre unos y otros. Los oficiales, que provienen generalmente de la clase media, apenas se señalan por la impresión de inteligentes y distinguidos. Andan a menudo vestidos de civiles, portando como distintivos profesionales solamente su gorra y, de servicio, su espada.

Con esta descripción hemos generalizado los grupos de gente que más llaman nuestra atención en las calles bogotanas. El lector conocedor de Buenos Aires o Valparaíso tal vez echará de menos toda referencia a los extranjeros. En realidad, su número es insignificante. Así pues, de alemanes, mujeres y niños comprendidos, no hay más de 40 a 60 almas, comerciantes en su mayoría, profesores y artesanos los demás. La colonia inglesa, menos numerosa aún, está mas dispersa. En cambio, los residentes franceses e italianos son un poco mayores en número, aquellos de profesión modistos, peluqueros, ebanista y otros por el estilo y estos de preferencia latoneros y zapateros. Cada extranjero de posición es conocido de vista en todo Bogotá. Cada recién llegado se considera un fenómeno, siendo mirado con una boca abierta como tal, hasta transformarse en personaje de relieve, dentro del repertorio callejero bogotano.

Difícil es formarse una idea sobre la cuantía de la población metropolitana. Los censos realizados en determinadas épocas extrañan por los resultados tan extremamente diferentes entre sí como de lo vivo a lo pintado. A eso de 1800 se informa de 20 a 30 mil habitantes; los censos nacionales posteriores dan resultados: en 1843 los 40.086, en 1851 29.649 y en 1870 40.083 moradores. En cambio, los informes del gobierno de Cundinamarca, denuncian para loa años de 1881-1883 de golpe un total de 90.000 habitantes. Tal aumento al doble, producido en el curso de solo diez años, sería algo nunca oído, ni en el desarrollo de los centros industriales y las urbes nuestras, ni en las de loa Estados Unidos. Además, semejante crecimiento habría de reflejarse en el plano de la ciudad, el cual, sin embargo, denuncia una expansión apenas digna de mencionarse. Así, probablemente estamos en presencia de errores cometidos en uno de los censos comprendidos o, tal vez, en ambos. Para motivar nuestra dudas en cuanto al censo nacional, el más antiguo de loe dos, se podría evocar el re celo, muy común entre toda gente carente de instrucción, de someterse al censo. Pero también cabe la posibilidad de que el gobierno del Estado de Cundinamarca hubiera exagerado el número de habitantes capitalinos, sea sucumbiendo a una vanidad infantil o persiguiendo fines políticos, por ejemplo, el de aumentar así el número de sus delegados al congreso. A efecto de esto último, cabe recordar que, hace un par de años, el gobierno nacional, para resolver una situación por el estilo, se vio precisado a anular el censo del Estado de Bolívar.

Por lo tanto, para formar nuestro juicio en cuanto al número de habitantes de la capital, no nos quedará más remedio que el de guiarnos por la extensión de su superficie y las características inherentes a su uso. A1 efecto tenemos que la longitud en dirección norte-sur. medida desde San Diego hasta las Cruces, es de unos tres kilómetros. Relacionándola con el ancho de dos kilómetros, comprobado en su punto máximo, llegamos a una extensión de superficie de unos 4 a 5 kilómetros cuadrados. En nuestra búsqueda de más puntos de apoyo para nuestro cómputo, recordamos que las grandes urbes alemanas están dando albergue para 20 a 30 mil habitantes por kilómetro cuadrado, desde luego teniendo en cuenta los cuatro a cinco pisos cubiertos por el mismo techo de la mayoría de las edificaciones, incluyendo el piso bajo y el subterráneo habitado.

En cambio, Bogotá tiene apenas medio kilómetro cuadrado ocupado por casas de dos pisos, siendo las demás de uno solo y, a excepción de los ranchos en los suburbios, de construcción bien esparcida. No obstante, nuestro cálculo pecaría por incompleto si dejáramos sin considerar el hecho favorable al mayor resultado de que el total de personas que ocupan una habitación de igual número de piezas, es mayor aquí que entre nosotros. Armonizando todos estos factores, creo no equivocarme mucho al estimar que Bogotá tendrá aproximadamente la mitad de habitantes por unidad de superficie que la urbe alemana, o sea un total de b0 a 60 mil almas.

Ahora recordamos las tres grandes capas sociales que nuestro vistazo nos ha enseñado como componente de la población bogotana, tales como las encontramos en la calle, por cierto sin observar líneas divisorias muy mareadas entre sí. Notable nos parece que estas capas sociales también correspondan a tres grupos etnológicos diferentes, pero dominando la raza blanca en la alta sociedad y la sangre india en las esferas bajas, quedando formada la clase media por una mezcla, más o menos. por partes iguales entre las dos. Esta composición de las clases por razas hoy no tiene base legal alguna, atribuyéndose su origen a una herencia conservada desde la época colonial, cuyas huellas no se hallan del todo borradas, si bien se encuentran indios de sangre pura en la clase alta lo mismo que castellanos de pura cepa en la hez del pueblo. Los descendientes de raza blanca se ufanan de su linaje español, especialmente en su trato con europeos. En cambio, al pueblo común se le ha ido perdiendo casi por completo toda conciencia racista. Como indio generalmente se califica, de manera despreciativa, al campesino pobre, mientras, pronunciado por boca de este, el mismo apelativo circunscribe x los indios bravos aquellos todavía no tocados por la civilización que, hablando su lengua propia, alguien viviendo en las planicies calurosas cubiertas de selva lo mismo que en algunos rincones montañosos.

Así las cosas, quedará naturalmente harto difícil obtener datos fidedignos sobre la composición etnológica de la población bogotana. Sería tarea digna de una comisión integrada por expertos imparciales, por ejemplo de médicos. Pero a falta de tal estudio, considero más confiable loa resultados de mis propias observaciones, corroborados por las de amigos, que las conjetura inspiradas por la vanidad nacional de escritores colombianos, acogidas también en libros publicados por ingenuos alemanes. A diferencia del 50% que estas indican, considero que tan solo el 15% puede calificarse de gente de raza blanca, probablemente tampoco del todo libre de mezcla con sangre india, pero quedando esta en proporción insignificante para el caso. De negros y zambos no hay sino entre el 1 y el 2 por ciento, componiéndose el remanente de cholos, o sea una mezcla entre indios y blancos, y de indios puros o casi puros, por partes iguales más o menos.

Los apellidos son de origen español y, a veces, vasco. Los de origen indio, muy frecuentes para denominar lugares, no parecen existir como apellidos humanos.

De gran interés sería que un experto en costumbres españolas se pusiera a investigar estos nombres por su lado estadístico, para ordenarlos por sus provincias de origen, a fin de poder valorar así la influencia que sobre el desarrollo de las colonias españolas han tenido los nuevos colonos de acuerdo con su procedencia. Una fusión peculiar de nombres, apta para desorientar al extranjero desentendido, tiene lugar con el casamiento. La mujer conserva su apellido de soltera son después de contraer matrimonio, añadiéndole por medio de la preposición "de" el apellido del esposo. Así, Manuela Uribe de González es una señora apellidada Uribe; casada con un señor González. Por el contrario, el hijo de ellos agrega a su apellido paterno el de su madre, sea completo o mediante la mera sigla, por ejemplo: Eusebio González Uribe (o González U.). Así hermanos y hermanas quedan fácilmente distinguibles de parientes más lejanos, o de meros tocayos o tocayas, a no ser que ambos padres de unos y otros tuvieran los mismos apellidos. Esta usanza no refleja de inmediato la existencia del vínculo matrimonial, tal como lo hace la adopción del apellido del esposo por parte de su cónyuge en otras partes.

Los nombres por lo general son derivados de los santos del calendario o de personajes notables griegos o romanos. A1 efecto, no deja de parecernos curioso oír llamarse a los tipos más comunes Don Milcíades, Don Aristides, Don César, etc. Pues el nombre, en vez del apellido, se usa en el contacto común con otra gente, son de relaciones superficiales, y aun para dirigírseles en la tercera persona, anteponiéndose en este caso el "Don", excepto en trato de confianza, o de referirse a los peones de la clase baja. Con menos frecuencia se usa el calificativo de "Doña" quedando este reemplazado por "mi señora", "mi señorita" o del todo suprimido, para llamarse por su nombre tanto a señoras casadas como a señoritas. Esta costumbre desde luego, suele asombrarnos, en cierto modo, a los habitantes de los países septentrionales, .especialmente en vista de los nombres peculiares propios de muchas colombianas. ¿Qué diría, por ejemplo, una señora alemana al ser llamada de parte de un joven cualquiera, como Rosario (Rosenkranz), Constitución (Verfasaung), Concepción (Empfängnis), Mercedes (Gnade) o con otro nombre por el estilo?

La nobleza, abolida como casta con la independencia, hoy tampoco sigue existiendo en la vida nacional, lo mismo que loa títulos no son objeto de tanto abuso como entre nosotros, excepción hecha de aquellos de general y doctor, que se oyen con frecuencia. Pues doctor no ea solamente el médico, sino también abogado y político cualquiera lo es, a la vez que es general quien en una de las revoluciones logró poner en pie unos cien hombres. Así que un colombiano radical, con sirve triunfante, alguna vez me expuso que, de llegar a Colombia, el Emperador Guillermo no sería más que Don Guillermo, a lo que yo, en burla, le respondí que, a mi modo de ver, por lo menos le correspondería el título de general. Tampoco al presidente se le trata sino de señor general o señor doctor, según el caso, corrspondiéndole el calificativo de E1 Ciudadano Presidente tan solo en relación con sus funciones oficiales.

En cuanto a la calificación de profesiones o del trabajo muy poco se observa en Bogotá, siendo la mayoría de los comerciantes a la vez hacendados, al igual que muchos abogados y médicos. Para vigilar las labores más importantes, sea las cosechas, o la inspección de la ganadería y del efectivo de caballos, van a sus haciendas una o dos veces al año. El hombre más acaudalado, con propiedades de varias millas cuadradas de extensión y con sus relaciones comerciales directas con casas europeas, no considera indigno el atender personalmente la clientela en el mostrador de su almacén abierto que mantiene en la ciudad. Ni los asuntos gubernamentales ni el cargo de juez, requieren preparación o carrera especial alguna. Lo mismo que en loa Estados Unidos de América y en otras repúblicas, tanto el presidente como los ministros y demás funcionarios para asumir su cargo con frecuencia abandonan su mostrador, su consultorio médico o el plantel, para regresar a tales actividades una vez cumplido su periodo. Pero igual que en aquellos países, también aquí entre la gente más acomodada y mejor preparada es notoria la aversión a los cargos públicos, a los cuales, en cambio, de preferencia se sien.

ten impulsados determinados abogados y políticos profesionales, que podríamos clarificar como el proletariado de esa capa superior. Es gente sin propiedad raíz ni de otros bienes que, en lugar de dedicarse a cualquier otro oficio, se mete en política, esperando que alguna revolución le gane supremacía a su partido, con un buen cargo público como recompensa personal y buscando mientras tanto su sustento en la acumulación de deudas o entregándose al juego.

La costumbre de aprender un oficio para ejecutarlo de por vida, tampoco entre las gentes de las capas sociales inferiores tiene mucho arraigo. En cambio, se vive conforme las oportunidades se presentan, trabajando ora de arriero o de mensajero en loa caminos, ora de recolector de corteza de quina en la selva, ora de albañil en una obra o de empacador o transportador de mercancías en un almacén. Asimismo suelen colocarse de sirvientes en casas de habitación o andar completamente ociosos.

 

3. Las clases altas

 

Las familias acomodadas de Bogotá, tal vez agrupables a la usanza inglesa como la sociedad bogotana, residen en la parte céntrica de Bogotá, bien sea en casas de dos pisos o en las mejores y más espaciosas entre las casas de un solo piso.

Para enterarnos mejor, entremos en una de esas casas con el objeto de observar a sus habitantes en el desempeño de su vida. Son muy contados los casos en que se encuentra el portón cerrado y provisto con timbre. E1 caballero, ea decir el hombre vestido de negro y calzado, acostumbra entrar sin más ni más, tratando de encontrar a alguien en la sala o llamando en voz alta al servicio. E1 peón, carente de tal libertad, se anuncia golpeando en el portón. "¿Quién es?" suena la pregunta desde adentro, encontrando invariablemente su contestación con un "!yo!". Desde luego, el interrogador ahora tampoco sabe quién se oculta tras la repuesta, pero habiendo guardado la forma, sin salir de su paradero contesta con un "siga" o "adelante". A1 principio, siguiendo la costumbre europea, nosotros golpeamos en el portón, manera aquí tan solo obligatoria para loa peones. Pero ya conociendo la conducta de los caballeros, también entramos sin más ceremonias.

Por el llamado zaguán, un pasadizo embaldosado, entramos al patio, un espacio abierto, bien sea simplemente enladrillado 0 pavimentado, o convertido en un pequeño jardín, según el gusto de los habitantes. Las piezas, dispuestas alrededor de este patio, van recibiendo luz y aire en la mayoría de los casos apenas a través de una sola puerta, ni siquiera con vidriera, que da sobre una especie de claustro que enmarca el patio y que tiene cubiertas sus paredes con las más curiosas pinturas, que representan paisajes idealizados, lagos, montañas cubiertas de nieve, volcanes y casas campestres italianas. Ventanas no se encuentran sino en las piezas que dan hacia la calle y en la que delimita el patio hacia atrás, generalmente destinada a comedor. Al lado de este, un pasadizo conduce al patio trasero, alrededor del cual encontramos colocadas la cocina y sus dependencias, lo mismo que tal vez unos dormitorios adicionales. Más atrás todavía hay un solar, o sea un espacio libre sin cubrir ni pavimentar, recinto para las gallinas, y en poblaciones más pequeñas, también para marranos, indispensables éstos al parecer para todo menaje. Con frecuencia allí se encuentra también un pequeño cobertizo para los caballos, animales estos de lujo mucho más generalizado aquí que entre nosotros, pero también indispensables para muchos como medio de transporte. Contadas casas de mayor extensión tienen otro patio más, intercalado entre el delantero y el trasero. En las casas de dos pisos, las habitaciones de categoría están dispuestas en el segundo, sirviendo el bajo en cambio por una parte de sótano y depósitos y por la otra de habitaciones para la gente de menoría disponibilidades, o para tiendas y talleres.

Este estilo arquitectónico, originario de Andalucía y Granada, ha cogido fama, habiéndose extendido por toda la América española. Cierta puede ser su ventaja estructural en cuanto permite la separación de la vida hogareña de la callejera. Pero ¿no se habría adquirido esta ventaja a expensas de serios inconvenientes? Para mencionar algunos: la escasez de aire y luz es sobremanera sensible; la humedad del aire y las temperaturas bajas reinantes en Bogotá durante largos meses ciertamente no se compaginan con la necesidad de mantener la puerta abierta para tener visibilidad adentro, ni con las miradas curiosas, fáciles para todos los que entren a la casa o salgan de ella; todo acontecimiento, lo mismo que todo ruido estorba la tranquilidad y el aislamiento del habitante, sin posibilidad para este de prevenirse. A mí, por lo tanto, este estilo de construcción me parece más bien reñido con la atracción hacia una buena vida hogareña, susceptible, al contrario, de alejar al hombre de su casa o de considerarla apenas como medio de sustentarse, ya que la afición a la intimidad del hogar de por sí no está muy generalizada todavía.

Otro defecto de las casas bogotanas estriba en el material empleado en su construcción. El papel de los ladrillos cocidos lo hacen casi siempre los adobes, una especie de ladrillos secados solamente al aire, con el efecto de que, en el clima del ambiente, en el momento de usarse nunca están realmente secos. Su humedad inherente, aumentada por la que siguen absorbiendo, luego evapora, dejando la atmósfera enmohecida, especialmente característica de los pisos bajos, de reducida ventilación. Además, los muros así construidos son de poca resistencia, no aguantando cuadros de mayor tamaño ni otros objetos de peso, colgando de ellos. Pisos de madera no hay sino en los altos, siendo de adobe los de la planta baja cubiertos estos de amplias esteras de paja, por lo general más o menos estropeadas. Estando clavadas por su borde y, de ahí, raras veces removidas, van acumulando toda clase de polvo y mugre, formándose así escondrijos para pulgas y otros bichos.

Los precios de tales habitaciones, orientados por su ubicación, especialmente por su mayor o menor distancia del centro de la ciudad por lo general son sensiblemente altos, pagándose por arriendo de una casa alta de $ 120 a $ 200, por una baja de diez a doce piezas habitables, pero pequeñas, unos $ 60 a $ 120 y por un pequeño almacén en la Calle Real unos $ 80 mensuales, o sea precios superiores a los acostumbrados en la mayoría de las ciudades alemanas. Las causas están a la vista, siendo una, la pronunciada afluencia de 1 población hacia el centro de la ciudad, y otra, de más peso todavía, el alto costo de los materiales de construcción y otros componentes, así por ejemplo de la madera, por el inmenso y difícil trayecto de su transporte, del hierro y del vidrio plano por la necesidad de importarlos, sea de Europa o de los Estados Unidos, y, finalmente, de la mano de obra, la cual, debido a su reducido rendimiento, se compara desfavorablemente con el costo de la nuestra. Más aún se hacen notar los precios altos al adquirir el mobiliario de la habitación. He aquí algunos en vía de ejemplo: una mesa ordinaria sin pintar vale $ 8, una mesita taponada de $ 10 a $ 12, un armario pequeño taponado $ 25, un armazón de cama muy ordinario $ 26, una docena de las sillas sencillas aquí en uso, forradas en cuero común, $ 18, una docena de sillas de Viena $ 120. Platos blancos comunes de porcelana salen costando $ 5 la docena, vasos ordinarios $ 4, un tubo de lámpara $ 0.60, un globo de lámpara $ 2.50.

Así no es de extrañar que, a nuestro modo de ver, el moblaje de las habitaciones colombianas a menudo deje tanto que desear, especialmente en los dormitorios. Pues el lujo de enseres domésticos elegantes no está al alcance de muchas familias, y aun donde encontramos muebles acolchados, posiblemente importados de Europa, lo mismo que muchos espejos y figurillas, con frecuencia las reproducciones ordinarias de pinturas al óleo que cuelgan de las paredes revelan el gusto poco desarrollado del dueño. En situación más favorable se halla el bogotano en relación con su alimentación que, por lo general, está disponible al mismo nivel de precios que eh las urbes alemanas. E1 bogotano suele levantarse poco después de las seis de la mañana. Luego de arreglarse rápidamente, toma su desayuno, por lo general una taza de chocolate. Entre las diez y las diez y media sigue el almuerzo, más sustancial que el anterior, y después, entre las tres y las cuatro y media de la tarde, la comida, muy parecida al almuerzo. Entre las siete y las ocho de la noche se sirve un refresco de dulces, o sea de frutas conservadas en almíbar, con chocolate, u hoy a veces, con té. Las dos comidas principales suelen ser muy abundantes, siendo cortos en variedades de platos, a pesar de la gran selección de frutas y legumbres disponibles. Su preparación se aparta con frecuencia de nuestros conceptos gastronómicos.

Las horas disponibles entre desayuno y almuerzo, lo mismo que aquellas entre este y la comida, los señores las dedican a sus negocios. yendo a la oficina o a la calle. Su trabajo raras veces es muy persistente y tenaz. El apuro febril, tan de usanza en los Estados Unidos, no se conoce aquí. Todo se hace de manera acompasada, habiendo siempre tiempo para una charla. Lentamente se pasea por la calle, se encuentra con un amigo, intercambiando una profusión de fórmulas de saludo. "¿Ya supiste de esto y aquello?". Y pronto la conversación va girando alrededor de los negocios, de la política o de los chismes locales. Llega otro amigo y otro más, para continuar todos charlando por horas, parados en medio del andén, cerrándoles así despreocupadamente el paso a los transeúntes. 0 se entra al almacén de algún amigo, ni pensando en hacer una compra o en cerrar un negocio, sino simplemente para pasarse una horita charlando. A la oportunidad no puede faltarle un buen trago de brandy, siendo excepcional así que un hombre llegue a la comida sin haberse tomado antes entre tres y cuatro copas. Relativamente raras son las veces que estas visitas redundan en alguna compra. Quienes van entrando con este propósito, por lo general son atendidos por el empleado, a no ser que se trate de un comerciante de provincia, con cierre de algún negocio de magnitud en perspectiva. Por lo demás, el trabajo diario se reduce a escribir unas pocas cartas aumentando estas un poco en número tan solo cada seis días, con motivo del cierre del correo con destino a Europa. Después de la comida, se pasa una hora más en el almacén, atendido mientras tanto por un empleado. A las seis se cierra. Entre las cinco y las siete de la tarde, tanto el altozano -terraza amplia delante de la catedral- como el camellón de San Diego, se hallan repletos de paseantes, hombres en su gran mayoría. Solamente por excepción se observa a un marido acompañado por su esposa.

Para las señoras el día comienza con la asistencia a misa. Esta salida a misa ofrece la mejor oportunidad a los jóvenes para entablar contacto con la señorita de su corazón. Los domingos ellos vienen formando verdadera calle, por la cual las representantes del bello sexo han de pasar. Aun durante la misma celebración del servicio parece que los galanteos suelen aventajar a la devoción, por lo menos a juzgar por algunas novelas colombianas. Durante todo el resto del día las damas distinguidas casi nunca se ven por la calle, así como a las jóvenes solteras, según la antigua tradición española, les queda del todo vedada la salida a solas, dando al efecto los jóvenes elegantes, por su parte, motivo suficiente para perpetuar esta prohibición, por cuanto a menudo obstaculizan el paso por el andén para molestar a las damas transeúntes con insolentes miradas. Por cierto que la joven bogotana no siempre les suele reprochar estas, encontrando a veces su 'placer en retornarlas a su modo: Privada así de frecuentes salidas, acostumbra pasar gran parte del día sentada en la ventana, para de este modo buscar la oportunidad de continuar cultivando el lenguaje de los ojos. En ninguna otra parte el uso de ventanear tiene tanta práctica como aquí. Pronto la expresión visual es acentuada con el discreto intercambio de diminutos mensajes escritos, prolongándose este trato durante meses, así que, de oídas, en muchos casos los novios no se habrán visto en ocasiones diferentes antes de contraer promesa de matrimonio.

Muy difícil queda desde luego para el viajero tratar de formarse un concepto sobre la vida hogareña y conyugal acostumbrada en otro país. E1 bogotano suele brindarle a su esposa una exquisita delicadeza, empezando por tratarla como su señora (patrona). Con todo, a mi parecer, matrimonios realmente felices y equilibrados no son tan frecuentes, así como los galanteos urdidos por mujeres casadas tampoco son muy excepcionales. Pero aun así, no quiero menospreciar la opinión contraria de un comerciante europeo, basada en 25 años de vivir en Bogotá, quien a la mujer la tiene en alto aprecio tanto como buena ama de casa como madre excelente. A mi modo de ver, la mujer va pasando gran parte del día entregada a la dulce ociosidad, pero ¿será que mi impresión de mero viajero me engaña?

Para los niños los días transcurren con bastante ocio, ya que el colegio no lea demanda sino pocas horas, y siendo contados loa casos en que fuera de ellas se encuentre un muchacho o una niña siquiera leyendo un libro. Pero ¿de dónde esperamos que les venga la afición por la lectura, a falta casi total de ejemplo y estímulo de parte de loa padres? Tampoco los juegos alcanzan a divertir a los niños de la clase alta, a diferencia de los indiecitos que encuentran placer en simplemente jugar a las piedritas y otras cosas. Aquellos parecen demasiado indolentes para gozar de pasatiempos juguetones. En cambio, ya desde temprano empiezan a vagar por las calles, malgastando su tiempo con galanteos. Habiendo salido apenas de la niñez las niñas con 14 y los jóvenes con 16 años, a lo mejor ya van pensando en contraer matrimonio, abandonándose a toda clase de fiestas sociales.

la vida social bogotana tiene mucho en común con la nuestra o, más todavía, con la de los pueblos romanos de Europa. Sobre todo en contraste con la vida en tierra caliente, resulta en forma hasta repugnante observar a los bogotanos sometiéndose a toda clase de cumplidos exigidos por la etiqueta europea, solamente por considerar esta como parte predominante de la civilización. Tal como en Inglaterra, tampoco aquí es permitido al forastero ir a ver en su habitación particular al caballero, sea para entregarle su carta de introducción o buscar contacto por otro motivo cualquiera. Ea la oficina o negocio de este donde habrá de ir, para tan solo después de haber recibido a su vez la contravisita en domingo por la mañana, ir por su parte a ofrecer sus respetos a la señora. Con este cumplimiento ea recomendable esperar hasta el domingo siguiente, ya que entre semana la dueña de la casa tardaría mucho en recibirlo.

Tan solo en. ocasiones especiales se ofrece un banquete o un almuerzo, no dejando estos entonces nada que desear. Casi desconocidas son aquí las invitaciones para un almuerzo sencillo, tan tradicionales sobre todo en Inglaterra. La forma de más aceptación para reuniones en sociedad la constituyen sin duda las veladas bailables, orientadas hacia el mayor número posible de asistentes como primer requisito para el éxito de la fiesta. Dicho de paso sea, que para estas ocasiones nuestras danzas giratorias, entre ellas sobre todo el vals, han totalmente eliminado las antiguas danzas españolas. Con frecuencia familias amigas se visitan en horas nocturnas al rededor de un bailecito improvisado. A veces varias familias se ponen de acuerdo, pasando una seña discreta a aquella que se pretende coger desprevenida con la visita.

A1 mestizo le son propias ciertas amabilidades y facilidades en sus modales en el trato, menos expeditas en nosotros, loa germanos, que somos un tanto pesados. Tal como en todos loa descendientes de loa españoles, la cortesía ea la principal norma de su conducta. Tan así ea, que pasando como poco culto el defender idea opuesta en una conversación, se llega al extremo de poner uno a la disposición de otro su casa, su caballo, en fin, todos sus haberes. Basta que el otro encuentre digno de su elogio cualquier objeto, para que este fuera declarado de su propiedad. Contrario al inglés, con su actitud reservada, aquí las personas aun de trato somero se saludan con un estrecho abrazo y golpeándose el hombro. A muchos viajeros alemanes lea ha impresionado tanta cortesía elocuente y tanta afabilidad aparentada. Yo, en cambio, confieso que semejante elegancia de forma contribuyó a hacerme resaltar más la endeblez de los mestizos, hasta el extremo de haber anhelado a menudo un poco más de franqueza y de sinceridad. Pues raras veces la cortesía de palabra anda pareja con la del corazón. Así, ni remotamente el mestizo se sentiría obligado a la lealtad hacia quien hubiera sido objeto de su afecto. A1 contrario, quedaría sorprendido en sumo grado de que el otro tomara en serio sus tantas veces repetidos ofrecimientos y promesas. Libros prestados suelen devolverse tan solo después de haberse reclamado varias veces. Invitaciones dejan de contestarse del todo o se responden apenas a última hora. Cuentas a menudo no se pagan, yendo la falta de puntualidad al extremo de que un prominente colombiano llegó tarde a una audiencia concedida por el Sumo Pontífice.

Esparcimientos distintos de las fiestas sociales hay pocos en Bogotá. Muy de vez en cuando viene un conjunto de actores españoles de teatro o de cantantes italianos, para ofrecer sus comedias u operetas. Conciertos, presentados aquí por aficionados exclusivamente, se dan raras veces.' Tampoco los restaurantes juegan un papel digno de mencionaras en la vida bogotana, siendo del todo desconocida la costumbre de reunirse en amena tertulia para echar copas. En su lugar, los jóvenes se entregan a las llamadas parrandas, comparables a las visitas a tabernas (Bierreisen) en uso en muchas ciudades universitarias alemanas, distinguiéndose de estas, sin embargo, por su vivacidad todavía más turbulenta. Apenas un cuarto de hora se demoran ante el mostrador de la tienda, correspondiendo este más o menos al bar norteamericano, pero faltándole mucho para alcanzar la elegancia de su arreglo y su variedad de bebidas. Uno de los participantes paga una tanda de brandy, el trago favorito, o también de cerveza. Luego, a veces después de interponer una serenata, pasan a la tienda siguiente, pagando otro la tanda, y así por el estilo. Los cachacos ricos suelen aumentar su deleite todavía con una pequeña cena, a menudo con asistencia de acompañantes femeninas. Aquí no puedo pasar por alto la costumbre de la mayoría de los colombianos jóvenes, de apartarse con frecuencia de la senda de la virtud, siendo las relaciones con la favorita muy generalizadas. Muchos de los caballeros de mayor edad se hallan entregados a los juegos, entre ellos el tresillo como el predilecto, muy parecido al "hombre", y, como este, no tan inocente al hacer juego fuerte, como es de costumbre, con el resultado no tan excepcional de cambiar de manos el equivalente de 8.000 marcos en una noche.

Los domingos entre las tres y las cuatro de la tarde la banda militar acostumbra ofrecer un concierto gratis, de ejecución bastante buena, en la plaza de Santander, que entonces se constituye en el lugar de cita de todo el mundo elegante. Paseos de mayor extensión o excursiones, raras veces se emprenden, así que la gran mayoría de los bogotanos y las bogotanas nunca han buscado la oportunidad de echar un vistazo a su ciudad y a la sabana desde lo alto de las capillas de Monserrate y Guadalupe. A lo mejor suelen salir en bus al cercano Chapinero de vez en cuando para gozar de un «picnica en el restaurante del lugar. Para muchos hombres la gallera es una atracción tal que allí pasan toda la tarde. Es la arena para riña de gallos, situada en una casa suburbana. A nosotros nos extraña la constancia y hasta la pasión que caracteriza a los visitantes siguiendo la lucha encarnizada de los pobres animales, así que a mí me causaba tanta repugnancia el espectáculo que pronto lo abandoné. Corridas de toros ahora se dan con poca frecuencia en Bogotá, no ofreciendo ellas tampoco los rasgos sangrientos en extremo inherentes a los de la madre patria o del Perú. Además, parece que la propia corrida ha venido cediendo gran parte de su interés para el público en favor de la ocasión para exhibir este su vestimenta.

La fiesta de Pentecostés pasa indiferente en la vida bogotana a diferencia de la costumbre nuestra de aprovecharla para pasar al aire libre y admirar el despertar de la naturaleza. Aquí, loa meses de mayor belleza natural, por lo tanto preferidos para viajar, son diciembre y enero, es decir, cuando el sol llega a su menor altura. Pero el interés de moverse de lugar a lugar para absorber siempre nuevas impresiones es algo extraño a los colombianos. La naturaleza no les inspira mayor entusiasmo, imponiéndoles viajes, en cambio, molestias y sacrificios en medida tal, que el aspecto de gozo se les va trocando en la sensación de un mal necesario. Así las cosas, los viajes a la colombiana se asemejan más bien a lo que para nosotros son temporadas de playa, sustituyéndose los aquí desconocidos cambios de temperatura estacionales por los de lugar. Para tal fin los veraneantes van por algunas semanas a un sitio, lo más cercano posible, pero ya de clima más caliente, para gozar loa días haciendo paseos a caballo en común, en combinación con baños en el río y dedicar las noches a la charla, al baile o al juego.

Por lo visto, guardadas proporciones y posibilidades, todo tiene cierto parecido con la vida en un balneario europeo, exceptuando el número de los veraneantes, mucho más reducido aquí, lo mismo que el hecho de que, a falta del casino (Kurhaus), la vida social va realizándose en las casas particulares.

De gran importancia en la vida de los bogotanos acaudalados es un viaje a Europa o a los Estados Unidos. No es la madre patria la que en Europa se visita de preferencia, así como tampoco Inglaterra atrae mayormente a los visitantes y Alemania menos todavía. En cambio, París es el sueño de todos los criollos. Allá se envía al joven para completar sus estudios, lo mismo que allá van el hacendado y el comerciante con fortunas acumuladas, para gozar de la vida. A1 igual que la visita a la capital para un habitante de pueblo, una estadía en París será para el bogotano el mejor y más duradero recuerdo para saborear después del retorno a la vida monótona de su ciudad natal.

 

4. Las clases media e inferior del pueblo

 

La clase media ostenta la mezcla de los rasgos característicos del indio con los del español en sus matices más variados. De ahí proviene la aún mayor dificultad de recogerla en un solo marco descriptivo, haciéndose más provechoso su estudio en las ciudades más pequeñas de provincia que en Bogotá, donde le hace falta el contacto característico con la vida de campo. En el pueblo, en cambio, se ha ido formando una modalidad urbana especial de artesanos, de empleados de comercio, de dueños .de tienda y de empleados subalternos. En parte estos han llegado hasta prescindir de ruana y sombrero de paja, para imitar la indumentaria de estilo europeo de las capas superiores, así que para ellos a veces la calificación colectiva de "gente de ruana", a decir verdad, ya no vale. Sus habitaciones, por cierto ya construidas de adobes, blanqueadas y cubiertas de tejas de barro, abarcan de dos a diez piezas habitables y vienen ocupando la zona que acto seguido circunda el propio centro de Bogotá, tal como ya hemos visto por el plan de urbanización de la capital. Por lo general tales habitaciones son compartidas por muchas personas, ya que no solamente los padres con sus por regla numerosos hijos forman el hogar, sino tanto hermanos y primos de los primeros suelen vivir con ellos, lo mismo que aun matrimonios de los propios hijos con su descendencia a menudo siguen haciéndolo, reduciéndose considerablemente en esta forma la gran amplitud que en modo de residir admirábamos al principio. Supongo que el moblaje de tales viviendas será bastante escaso, pero confieso no haber tenido oportunidad suficiente para formarme una idea fundamentada al efecto. Asimismo me propongo dejar de examinar más de cerca las comidas, previendo las mejores ocasiones de observar las costumbres que, sin duda, me brindará el contacto más frecuente con esta clase de gente durante mis viajes por el país.

La remuneración del trabajo, expresada en moneda, equivale más o menos a la pagada a las respectivas categorías en Alemania, pero considerando el costo mucho más elevado de habitación, vestimenta y necesidades más refinadas de la vida, el trabajador bogotano ha de contentarse con un modo de vivir más estrecho. La peor parte les toca a loa empleados públicos de inferior categoría, que suelen recibir su salario de poca cuantía con meses de atraso, quedando así precisados a empeñarlo a un costo exorbitante. Pero no obstante es de extrañar el número muy crecido de individuos que aspiran a que un cambio de gobierno los favorezca con uno de tales puestos, para vivir mientras tanto de dinero prestado o de negocios ocasionales, según el caso. Su preferencia por la vida urbana y su aversión al trabajo duro son los móviles inherentes a esta actitud, que tanto contrasta, por ejemplo, a la determinación de luchar, por arrebatarle a la selva los medios requeridos para elevar el nivel de vida, tanto de la propia como el de sus descendientes. La educación de estos individuos raras veces sobrepasa la adquisición de las nociones más elementales, siendo sus maneras de portarse apenas una caricatura de la de las capas superiores.

La gente de la clase baja vive en ranchos de reducidas dimensiones construidos de barro y con techo pajizo, en loa suburbios y a orillas de los ríos, o a veces habita en los bajos de las casas altas, en cuanto estos no sean ocupados por tiendas o talleres. Son muchas las personas así apretadas en un espacio limitado, ya que fuera de los hijos a menudo viven con los padres algunos parientes de estos, de ambos sexos. Semejantes condiciones de vivienda, claro está, no favorecen precisamente ni la salud ni la moral de los habitantes. Pero cuidémonos de subrayar demasiado este aspecto, para no provocar en algún colombiano el deseo de establecer la comparación con las circunstancias sociales todavía existentes en los Montes Metálicos (Erzgebirge) y en muchas urbes alemanas, pues ella apenas resultaría en favor de estas. Las instalaciones de las habitaciones descritas son más que deficientes. En la alimentación, 1a papa, el maíz y también la cebada constituyen loa productos preponderantes, principalmente en forma de sopas espesas. El consumo de carne excede el acostumbrado entre las clases pobres de Alemania; el pan blanco y el chocolate casi nunca faltan en la mesa de la gente pobre en extremo. La cerveza se reemplaza por la chicha (1), una bebida preparada por fermentación de harina de maíz con miel de caña de azúcar. Resulta un poco más costosa que la cerveza común y corriente en la Alemania Central, pues el litro vale medio real, pero también contiene probablemente más sustancias nutritiva. Tal como para el bávaro la cerveza, la chicha constituye para el bogotano real, la verdadera esencia de la vida. Su capacidad para consumiría es increíble y, teniéndola a su alcance, pocas aspiraciones abriga en cuanto a otros medios de nutrición.

Así, los mendigos y loe mozos de cuerda, que forman la hez de la población, acostumbran gastar hasta el último centavo de sus entradas en chicha y aguardiente anisado. La mayoría de las veces su vestuario está tan desarrapado y tan asquerosamente sucia como ellos mismos; en vano buscaríamos paralelo con los vagabundos, son los peores, de nuestra tierra. Su posada la suelen establecer en el marco del portón de una casa cualquiera, protegidos por el clima un tanto benigno contra los males e incomodidades adicionales del frío y sin temor de ser despertados y entregados a la policía por el sereno. Ni el habitante de la casa, al tropezar contra ellos a su regreso tardío, logra estorbar mayormente su sueño profundo.

(1) Originalmente la chicha se componía de maíz machacado y agua; hoy día apenas se ha conservado en algunas regiones apartadas, habiendo entrado par lo general la miel de caña como integrante esencial. Mucho se ha dicho en contra de la aseveración de Gerstseker de que el maíz es masticado previamente por mujeres viejas; pero parece que esta usanza en determinadas regiones se mantiene todavía.

En suma, notamos en el pueblo de la ciudad ciertos rasgos de depravación, que generalmente hablando no existen en la población campesina. En este sentido Bogotá viene ejerciendo una influencia idéntica a la exteriorizada por las urbes europeas. Es especialmente la juventud masculina la que afluye aquí de todas partes, movida por la esperanza, fundada o no, de encontrar trabajo mejor remunerado y mayor disfrute de la vida en comparación con las posibilidades ofrecidas por las localidades pequeñas o por los ranchos solitarios. Arrancados del ambiente acostumbrado de vida patriarcal, expuestos a las seducciones que trae la urbe, enfrentados con el ejemplo, a menudo poco favorable, que les da la juventud instruida, los recién llegados quedan sometidos a una transformación no del todo enderezada hacia su bien. Por cierto, hacen suyos determinados modales, ausentes en los obreros nuestros, dando por ejemplo "mil gracias" por una cosa o un favor recibido y no retirándose nunca sin pedir previamente el permiso de hacerlo. Andan, entre otras extravagancias, con un jipijapa de ala ancha puesto, pero no se bañan sino una sola vez al mes, escupen cada rato y sus nociones escolares a lo mejor los capacitan para leer y escribir un poco y quizá usar las cuatro operaciones. Son muy mentirosos y entregados al rateo en pequeño en toda oportunidad, pero impedidos por su cobardía para cometer robos mayores y otros delitos graves. Pueden mostrarse desde serviles en extremo hasta impertinentes, según les convenga. Muestras típicas de estos últimos atributos las dan los mozos de cuerda al contestar con su gritería de desacuerdo con el pago en cuantía acostumbrada de pequeños mandados, para exigir el doble o hasta el triple, especialmente a los extranjeros, Solamente ante la resistencia de estos resuelven desistir, para irse a gastar lo recibido en la chichería más cercana. También con su ayudante personal uno tiene problemas por el estilo, gastando este sus dos a tres horas para cumplir un encargo en el cercano centro de la ciudad, tratando de sustraer unos reales del dinero llevado cuantas veces pueda y disculpándose con los cuentos más intrincados. De no aceptársele estos, y de recriminársele en cambio su falta, probable es que vuelva las espaldas para marcharse, redundando en su provecho el poco peso de sus haberes, que constan de un solo atado. A falta de encontrar otra oportunidad de colocarse en el mismo oficio, confía en su suerte favorecido con un trabajo de albañil o de arriero, o, en últimas, de vivir más estrechamente por lo pronto. Por poética que se pueda considerar esta inclinación hacia la independencia de una residencia fija, del trabajo estable, de I profesión escogida y de toda disciplina severa, ciertamente no contribuye al progreso social.

La ventaja de cierta sujeción es bien notable en el género femenino. Las sirvientas, con sus limitaciones para salir de la casa, son más serviciales y más amantes del orden que muchas muchachas alemanas, especialmente cuando están bajo el régimen de una buena ama de casa. A falta de vigilancia, empero, suelen a menudo perder los estribos, para quedar dominadas por las malas influencias tan en asecho en la vida urbana.

El peón bogotano común y corriente devenga de seis a máximo ocho reales por día (equivalente a 2.40 a 3.20 marcos alemanes respectivamente). De soltero necesita de dos a tres reales para su alimentación. Su vestimenta tampoco acostumbra recibirla regalada. Así, por una ruana necesita desembolsar por lo menos 30 reales, por los pantalones unos 20 a 40 reales. Casado a temprana edad, como es la regla, además de sostener a su propia familia, sigue apoyando a su madre y a sus hermanos, como expresión agradecida del amor paternal, rasgo muy arraigado especialmente entre la gente de la clase baja. Lo que, con todo, llegue a sobrarle, lo suele enterrar o esconder de otra manera como recurso para casos de enfermedad u otra emergencia, o para emplearlo en negocitos, siempre soñados, pero con resultados raras veces remunerativos.

A primera vista la vestimenta ordinaria y a menudo haraposa, lo mismo que las habitaciones deficientes, dan la impresión de que la suerte del peón bogotano fuera todavía mucho más lamentable que la del obrero alemán. Pero al convencernos que el primero en general no conoce el martirio del hambre, y que el clima siempre suave lo exime de los sufrimientos del frío, nos volvemos pensativos y dispuestos a revisar tal impresión. El peón bogotano está satisfecho con su ruana y sin anhelos de mejorar su alojamiento. Así que muchas veces es mera falta de aspiraciones lo que teníamos por pobreza extrema, originándose a su vez tal ausencia de necesidades en el bajo nivel cultural. Todo peón de la capital, de intentarlo, podría elevar su nivel de vestimenta y de habitación. Dudosa quedaría su capacidad de someterse a los requisitos indispensables, es decir, un trabajo constante unido a la determinación de ahorrar, para así hacerse a los medios y escalar una posición social más elevada. Es la vida urbana la que atrae al campesino, pero para procurar un sustento seguro para sus hijos necesariamente tendrá que regresar al campo.

 

5. Clima e higiene

 

El clima de Bogotá se ha descrito como de eterna primavera. Cierto ea que la temperatura media diaria durante todo el año gira al rededor de los 14 a 15 grados centígrados,' con fluctuaciones insignificantes de una estación a otra, fenómeno casi idéntico al reinante entre nosotros en junio y septiembre. Pero ya Humboldt (1) había comprobado la diferencia entre estas cifras y el disfrute de la vida real permitida por este llamado clima primaveral eterno. Así, en las horas del mediodía, a menudo hay un calor muy elevado, con intensidad de los rayos de sol suficiente para causarle a uno quemaduras dolorosas en la nuca cuando está al sol. En cambio, en días nublados o de lluvia, la temperatura baja lo suficiente para hacer sentir frío en las piezas de habitación, provocando el deseo del calor mitigante de una estufa o, por lo menos, de una morada más abrigada. Si bien la niebla y la Lluvia pueden tornarse en molestas, justo ea también prevenir contra las generalizaciones acostumbradas por viajeros que, por mala suerte, casualmente encuentran a Bogotá en tales condiciones atmosféricas, para proceder a desacreditar su clima. Verdad ea, en cambio, que semanas y hasta meses hay para gozar de un tiempo espléndido con un cielo casi completamente despejado. A diferencia de la temperatura media, casi constante a través de las estaciones, las precipitaciones demuestran su ciclo anual, si bien carente aquí de la brusquedad tan característica en las regiones bajas del país. Por épocas de lluvia o invierno se tienen los meses siguientes a los equinoccios, con días en que predominan las mañanas serenas y hasta despejadas, pero seguidas a menudo por verdaderos torrentes de lluvia o de destructivas granizadas en las horas de la tarde. Del todo diferentes son las condiciones atmosféricas características de los meses de junio a septiembre. Aunque estos se califican de verano, en concordancia con la usanza para las tierras bajas, el cielo se presenta casi permanentemente cubierto de nubarrones bajos que producen una fina llovizna casi ininterrumpida, los llamados paramitos. Aunque de poco volumen de agua, es su pertinaz duración la que contribuye a causar una impresión de mayor desagrado que las propias estaciones de invierno. El tiempo más hermoso suele presentarse de mediados de diciembre a mediados de marzo, ofreciendo condiciones atmosféricas serenas, casi siempre ausentes de sorpresas causadas por paramitos o aguaceros.

En cuanto a las influencias medicinales del clima, lo mismo que a las condiciones de salubridad de Bogotá, la ciencia poco ha investigado hasta ahora, estando el profano de por sí precisado a la cautela obvia para hablar de estas materias. Ausentes están, gracias tanto a la elevación sobre el nivel del mar como a la temperatura fresca, todas las enfermedades propiamente tropicales, tales como las fiebres graves, afecciones al hígado y similares, molestando la malaria común en general solamente a quienes la han adquirido en tierra caliente. Tampoco la tuberculosis afecta a los habitantes de Bogotá, abrigándose en cambio para los tísicos llegados de afuera la esperanza de prolongar su vida o hasta de curarse completamente. En este sentido Bogotá parece tener mucho en común con Davós, así que especialistas ingleses han comprobado resultados bastante satisfactorios en sus pacientes enviados acá. Por otra parte, la enfermedad característica de Bogotá es el reumatismo, que en el tiempo húmedo y fresco, agravado con las puertas mal ajustadas de las habitaciones, encuentra el semillero propicio para desarrollarse.

También el tifo es endémico, pero probablemente menos atribuible en línea recta al clima que a la falta impresionante de aseo y a la deficiencia de las instalaciones sanitarias de toda clase. Aterradora es la frecuencia como se presenta la lepra tanto aquí como en tierra caliente.

Ni para los médicos ni para los farmacéuticos se requiere aprobación estatal alguna para ejercer. En años anteriores por lo general había uno o varios médicos europeos dedicados a su profesión. Parece que el éxito de ellos en parte guardaba proporción con su habilidad de representarse a sí mismos y de infundir respeto a los colombianos. También durante mi primera estadía en Bogotá, estaba ejerciendo todavía un paisano alemán, el doctor Walz, a quien quedo obligado por el tratamiento cuidadoso de un ataque tenaz de fiebre que sufría. Pero al cabo de unos meses se despidió de Bogotá, dejando el campo de actividades solo a médicos colombianos. Debo confesar que mi suerte de ganar confianza en estos se ha mantenido limitada, no obstante el estudio al que muchos de ellos han dedicado algunos años en París o Londres, e inclusive habiendo aprobado en parte sus exámenes. Pero su preparación, con todo, es superficial, distinguiéndose apenas unos pocos por el afán de continuar sus trabajos científicos una vez regresados al país. Para la mayoría hasta un examen detenido del paciente les queda trabajoso en demasía. Uno de los facultativos más afamados de Bogotá, al auscultar a un enfermo, se puso al oído el terminal del estetoscopio destinado al pecho del paciente. Casi todo médico tiene su propia farmacia, para prescribir de preferencia medicamentos en existencia y salir aventajado, además, con la cuantía recetada de ellos. Sorprende en Bogotá el número de farmacias, pero en su mayoría se hallan mal surtidas y con frecuencia de productos pasados de tiempo y dañados.

En bien de la higiene pública es poco lo que se hace. Medidas de parte de la policía sanitaria casi no se conocen, explicándose así el amontonamiento de basura en las calles, especialmente en los barrios periféricos, lo mismo que la acumulación de inmundicias en el lecho de los riachuelos durante las épocas carentes de lluvias. Sin duda estos fenómenos ya observados durante nuestras correrías por la ciudad, vienen constituyendo poderosos focos de gérmenes infecciosos. Muchas habitaciones existentes en los bajos de casas de dos pisos pero sin acceso al patio para sus moradores; así quedan estos obligados á servirse de la vía pública para hacer sus necesidades naturales. También en muchas habitaciones de mayor categoría la instalación del retrete deja mucho que desear. Hospitales públicos sí los hay, pero su estado es muy lamentable, lo mismo que el del manicomio dirigido por monjas francesas, a cuya orden el Estado ha confiado sus bienes pagando con mucha demora y en cuantía insuficiente los medios para el sostenimiento de la institución. Para agravar la situación hasta la gente más acomodada suele enviar sus parientes allá, pero sin aportar nada a loa gastos. Así que tanto las monjas como los enfermos durante meses no prueban alimento distinto de la papa.

Muy significativa entre las circunstancias bogotanas es la frecuencia de la epidemia variolosa. Combatirla mediante la vacuna preventiva obligatoria sería difícil, pues su implantación legal tropezaría con los principios de libertad reinantes en Colombia, en tanto que a su realización efectiva se opondría el continuo ir y venir de la gente, sin posibilidad para la deficiente policía sanitaria de abarcarla para el caso. Tan solo ya en presencia de la epidemia y ante el pavor de las clases dominantes suelen aplicarse medidas enérgicas, hasta el extremo de apostar tropas a la salida de las iglesias, para someter a cada visitante del culto a su vacunación forzosa. Entre tanto la viruela se ha extendido considerablemente. Muchas casas y ranchos, sobre todo de los suburbios, han izado la bandera amarilla en señal de albergar una persona infectada, a la vez que numerosas zorras la ostentan para identificar un transporte de enfermos al hospital o de muertos al cementerio. E1 hospital especial destinado a los infelices, la Casa de los Alisos, situado en las afueras de la ciudad, ya pronto agota su cupo máximo. En 1882, por colecta pública se reunieron los medios para construir barracas y adquirir camas y accesorios. Una vez declarada por dictamen facultativo la cesación de la epidemia, se ofrecieron estas camas, lo mismo que la madera de las barracas, al manicomio. Ante el rechazo de parte de las monjas, las cosas pararon, a precios reducidos, en manos de integrantes más pobres de la población, con el efecto obvio de surgir otra epidemia.

 

6. Conexiones de Bogotá con el mundo

 

A Bogotá la distingue su ubicación peculiar, pues está situada en el centro del país, a gran altura en la cordillera y aislada de la costa por extensiones enormes de selva virgen, escasamente pobladas. Así, por ejemplo, está a más de 700 kilómetros de distancia del puerto marítimo de Sabanilla, o sea aproximadamente igual a la de Frankfurt a Budapest o la de Viena a Hamburgo. En condiciones acuáticas favorables gastamos siete días navegando en el río Magdalena, pero no es excepcional el caso de requerir tal viaje varias semanas. Luego era preciso trasmontar dos serranías bastante altas a lomo de mula, en viaje de dos o tres días, para terminar recorriendo en coche la última parte con relativa rapidez. Cierto es que al puerto de Buenaventura, en la costa Pacífica, lo separan de la capital apenas 330 kilómetros, o sea menos de la mitad, pero la necesidad de salvar en este trayecto tanto la Cordillera Central como la Occidental, tornaría esta alternativa incomparablemente más fatigosa. Lo mismo que los sitios de la costa, también los demás lugares importantes del interior imponen viajes largos y penosos como único medio de alcanzarlos. Así, tanto el viaje de Bogotá a Bucaramanga como a Neiva requieren semana y media, a Cúcuta o a Medellín unas dos semanas, y a Popayán sus tres a cuatro semanas.

Agregando a la consideración de las meras distancias lo penoso que son los viajes en Colombia, fácil quedará imaginarse que el tráfico entre la capital colombiana y el mundo no sea muy intenso que digamos. Para reabastecerse de mercancías, los comerciantes de las poblaciones menores acostumbran trasladarse a Bogotá una sola o a lo sumo dos veces al año. Fuera de ellos, en general son solamente los políticos y las personas interesadas en concretar tal o cual negocio oficial, las que emprenden semejante viaje. Por la misma razón, la llegada de un viajero europeo se considera como un suceso excepcional.

También el aprovisionamiento de Bogotá con mercancías procedentes tanto del exterior como de otras regiones del país, se dificulta por su ubicación aislada lo mismo que por lo deficiente de las vías de comunicación. A1 efecto, el transporte de una carga de diez arrobas, o sea 126 kilos, a lomo de mula cuesta el equivalente de 30 a 40 pfennigs por kilómetro, mientras que en Alemania su despacho por expreso en ferrocarril demandaría de 6 a 8 pfennigs por kilómetro. Así que el traslado de una mercancía de Honda a Bogotá recarga el costo de esta a razón de 20 a 30 pfennigs el kilo. A falta de hacerlo a lomo de mula, la reexpedición de unidades voluminosa o frágiles forzosamente queda relegada a la fuerza humana. De tal modo, el transporte de un piano común y corriente de Honda a Bogotá llega a costar 660 marcos, y el de uno de cola unos 1.300 marcos. Unidades voluminosas da maquinaria no desmontable a menudo se oponen del todo a ser movilizadas por este camino, quedando retenidas en Honda como única alternativa.

Un tanto mejor están las cosas en el ramo de las comunicaciones. Considerando las condiciones existentes, es justo calificar el servicio de correos como satisfactorio. El transporte del correo de la costa a Bogotá está contratado con una de las empresas de vapores del río Magdalena, con base en una salida cada seis días río arriba desde Barranquilla. Pero el cumplimiento de este itinerario con frecuencia se ve obstaculizado por un caudal insuficiente del río, demorándose entonces el correo, hasta por semanas, en su camino. Esto a pesar de reexpedirse las valijas por lancha, cada vez que el vapor sufre su varada. Una vez llegado a Honda, el correo pasa a manos del caravanero mular contratista, con la obligación para este de entregarlo en Bogotá a las 35 horas después de su arribo a Honda. En este trayecto están previstos varios cambios de bestias lo mismo que de arrieros, para así asegurar la continuidad del viaje, aun durante las horas de la noche. Alcanzada la población de Los Manzanos, las valijas con transferidas a un ómnibus de tracción caballar, para recorrer en este el último trayecto de su viaje, atravesando la sabana hasta llegar a Bogotá, cumpliendo así el evento ya avisado por teléfono en la víspera del día fijado.

El correo con destino a las demás regiones del país acostumbra despacharse una vez por semana, facilitando su recorrido exclusivamente terrestre el cumplimiento más o menos satisfactorio de los itinerarios previstos. También la rapidez desarrollada por el cartero con sus bestias es del todo aceptable, gastando este por lo general menos tiempo para el mismo trayecto que la mayoría de los viajeros. Aun así, una carta requiere mucho tiempo para llegar a manos de su destinatario, por no hablar de la demora para el remitente en recibir contestación.

La oficina de correos, instalada en el antiguo convento de Santo Domingo, suele avisar la llegada de un correo izando al efecto determinada bandera en una esquina del edificio. ¡Cuántas veces me ha tocado esperar con impaciencia la aparición de tal bandera anunciándome el arribo de cartas de Alemania! Su izada es la señal para quienes esperan la llegada de correspondencia proveniente de la costa, de dirigirse a la oficina de correos, donde pronto se dan cita casi todos los extranjeros para reclamar la suya, ya que el oficio del cartero repartidor no se conoce todavía, como, dicho sea de paso, tampoco hay buzones para introducir el correo por despachar.

Desde hace algunos años Colombia ea miembro de la Unión Postal Universal, estando pues sometida a las tarifas máximas establecidas por esta organización. Pero en consideración a la deficiencia tanto de sus vías de comunicación como de los medios de transporte, los portes cobrados parecen módicos en extremo. Así, por ejemplo, las cartas con destino al exterior valen el equivalente de 40 pfennigs, las de Alemania para Colombia solo 20 pfennigs, las cartas dentro del país el equivalente de 20 pfennigs, mientras que las tarjetas postales, tanto dentro del país como al exterior. cursan por 8 pfennigs.

E1 servicio de paquetes postales queda todavía por establecer. La manera ordenada reinante en el despacho de los correos sobrepasa mis esperanzas, lo mismo que es digna de mencionarse la rareza de extraviarse envíos, exceptuando aquí las revistas ilustradas, que con frecuencia encuentran otros interesados.

Se cuenta con servicio telegráfico hasta el punto de estar Bogotá comunicada por esta vía con la mayoría de las poblaciones mayores del interior del país, con base en la tarifa barata del equivalente de 8 pfennigs la palabra, excluyendo las indicaciones de dirección y remitente, que no se cobran. A1 nordeste hay línea establecida hasta la frontera con Venezuela, que luego continúa hasta Caracas. Por el norte hay comunicación vía Bucaramanga y Ocaña hasta Puerto Nacional a orillas del río Magdalena, en tanto que la línea a Barranquilla y Cartagena está todavía por colocar. La comunicación con Buenaventura está conectada en ese puerto con el cable de la costa occidental de Suramérica y, por lo tanto, también con el servicio cablegráfico transatlántico. Por cierto, el servicio telegráfico adolece todavía de defectos, empezando por las líneas mismas, que constan de un solo alambre, sostenido por postes colocados a distancia excesiva y atravesando directamente la copa de los árboles encontrados en su camino. Desde luego, los daños e interrupciones del servicio causados por estas deficiencias son muy frecuentes, obstruyendo lo escasamente poblado de las regiones atravesadas su pronto descubrimiento y reparación. En épocas de excitación política, no escasas aquí, el gobierno se reserva el uso exclusivo del servicio telegráfico, especialmente para impedir la divulgación rápida de noticias enojosas. Para resumir, por lo general el servicio suele hallarse interrumpido, por una u otra razón, en el momento menos esperado por el usuario momentáneo. Significativo es al efecto que para la orientación de este un tablero grande colocado en la entrada le indica cuáles son por el momento las líneas servibles y cuáles las dañadas. Pero aun el hecho de aceptarse un mensaje para su transmisión no excluye la posibilidad de demora por días enteros en Llegar al lugar de su destino. Así, por ejemplo, telegramas introducidos en Puerto Nacional con destino a Bogotá han venido tardándose para llegar tan solo después de haber arribado en persona su propio remitente. La conexión cablegráfica con Europa encierra otro posible tropiezo más, pues ni el pago del mensaje en Bogotá a la tarifa convenida ni el despacho de este a Buenaventura aseguran la retransmisión a su desatino mientras el telegrafista oficial de este puerto carezca de dinero suficiente para cancelar el valor a la empresa cablegráfica, ya que esta sin pago simultáneo no acepta ningún encargo. Así que los usuarios dependientes de un servicio seguro a Europa o Estados Unidos, se encuentran ante la alternativa de mantener un corresponsal propio en el puerto para obviar el obstáculo. Caso idéntico se presenta en Puerto Nacional, terminal por ahora de la línea telegráfica de Bogotá para mensajes a la Costa Atlántica. Pues para la reexpedición de un telegrama desde este puerto a Barranquilla, por ejemplo, se requiere la presencia de un propio destinado a llevarlo al efecto a una de las empresas de transporte fluvial, ya que la administración de los telégrafos no para mientes en llenar este vacío. Pocas serán las ciudades que, presumiendo tener civilización europea, cuentan con una ubicación tan desfavorable y comunicaciones tan deficientes como Bogotá. Los Estados europeos tienen orientado el sitio de su ciudad capital hacia el centro geométrico del país, salvo excepciones forzosas impuestas por la estructura de sus cortas, las zonas montañosas y otras, pudiendo aprovecharse así el fenómeno de lo más o menos parejo de la actividad de la vida de la nación en todo el rededor de su capital. Bien diferente está la cosa en las colonias europeas, con procedencia, tanto de la población como de la cultura, de Europa. Allí la costa con frente en la proyección hacia Europa solía prevalecer en la escogencia del lugar destinado a erigir la capital, tratándose, en lo posible, de ubicarla en medio de su extensión. Pasando revista ahora solamente a Suramérica, también encontramos Demerara, Paramaribo, Cayena, Rio de Janeiro, Montevideo ,y Buenos Aires ubicadas directamente a orillas del mar, en tanto que Lima a muy poca distancia y Caracas lo mismo que Santiago a un par de horas de sus puertos marítimos respectivos. Descartando Paraguay y Bolivia como países desprovistos de contacto alguno con el mar, nos quedan tan solo las capitales del Ecuador y de Colombia como situadas muy país adentro y a considerable altura en la montaña.

Esta posición, derivada de las circunstancias encontradas en la época de la conquista, aun hoy día conserva sus innegables ventajas, acopladas estas, sin embargo, a numerosos inconvenientes de mucho peso. Cabe acordarnos de Rusia. Había encontrado en Moscú su punto céntrico natural. Pero ante la imperiosa tendencia a abrir sus puertas al desenvolvimiento occidental, a principios del siglo XVIII, cambió de criterio, reemplazando su capital por otra ciudad ubicada más a propósito, San Petersburgo. Cabría preguntarse si un soberano de la visión de Pedro el Grande, con la ciudad de Bogotá existente, mandaría fundar otra capital nueva más cerca de la costa. Parece que también loa colombianos mimos han venido pensando en la conveniencia a trasladar su ciudad capital. Así, a fines del siglo pasado los virreyes con frecuencia residían en Cartagena, mientras que durante las guerras de la independencia los políticos solían considerar para el efecto a Ocaña y otras localidades. Pero para escoger acertadamente en Colombia el sitio a prueba de toda desventaja para su capital, parece que existen impedimentos casi imposibles de superar. En primer lugar es un hecho que todas las regiones de tierra baja ortográficamente aptas tienen un clima malsano, estando por lo tanto pobremente pobladas. En cambio, los puntos adecuados de las partes montañosas carecen de la accesibilidad requerida para una ciudad capital que venga a propósito. Posiblemente uno que otro sitio tendrá sus condiciones favorables en comparación con el de Bogotá, pero por bien que se pesen, no alcanzan a inclinar la balanza en favor del traslado. Por lo tanto, la solución para el país estribaría en crearle mejores posibilidades de comunicación en todo sentido a su capital.

Así por ejemplo, la construcción de una vía férrea o de una carretera al río Magdalena ha venido excitando los ánimos de los bogotanos desde hace años. Pero la tendencia muy arraigada a sacrificar la terminación de un solo proyecto entre manos a la tentación de repetidamente dedicarse en forma somera a algo nuevo, hasta ahora ha impedido toda realización. Allá por el año de 1850 se pensaba construir una carretera a Honda, con base en un trazado completo ya elaborado por el coronel Codazzi. La obra, ya empezada, de pronto cayó víctima de disturbios políticos. Más tarde se persiguió el proyecto de correr una línea férrea hacia el norte para tocar a Vélez o Bucaramanga y luego bajar al río Magdalena. Sin duda este ferrocarril tendría la ventaja de acortar considerablemente la distancia entre Bogotá y el mar, aludiendo todas las dificultades inherentes a la navegación fluvial y proporcionando fuentes de recursos al atravesar regiones que con sus yacimientos abundantes de carbón mineral, hierro y sal, lo mismo que con sus productos vegetales figuran entre las más valiosas del país. De reconocimiento del trayecto se pasó al trazado definitivo de la línea con una inversión de $ 200.000, pero con el único resultado de llegar a la conclusión condenatoria del proyecto como excesivamente costoso. Ya antes se había proyectado otra vía férrea, la de Bogotá a Honda, buscando aprovechar para ello la obra abandonada de la carretera ya referida, pero sin tener el cuidado de investigar previamente la aptitud de esta para un ferrocarril. Al cabo de algunos años estaban colocados 5