|2. En el valle del
Cauca
Al descender del páramo de Herveo, pronto nos hallamos en
presencia de un amplio panorama que se extiende en las direcciones
oeste y noroeste. Montañas y valles, en su mayor parte cubiertos de
espeso monte, se presentan en inmensa confusión a nuestros pies.
Tan solo a enorme distancia la alta cresta de la Cordillera
Occidental con los farallones de Citará guarnecidos de puntas,
interfiere en el fondo del paisaje. Completamente diferente se
presenta aquí el carácter de la cuenca del río Cauca en comparación
con el del sector comprendido entre Popayán y Cartago, o sea el
llamado valle del Cauca, donde llanuras de enorme anchura y de
carácter estepario acompañan al río, en tanto que aquí habría de
buscar mucho para reunir siquiera un solo kilómetro cuadrado de
terreno plano.
A más o menos una jornada abajo del páramo de Herveo tenemos la
población de Salamina, situada en una loma angosta, circundada casi
por todos lados de valles hondos. Fundada apenas en 1827, hoy
tendrá sus 5.000 habitantes. Su ubicación, muy atrayente desde el
punto de vista estético, deja mucho que desear, en cambio, en
cuanto a posibilidades de desarrollo en la vida práctica.
Incomodado por lo penoso del acceso a la población, el movimiento
del tráfico ya está empezando a eludirla, desviándose por caminos
laterales. Otro problema es el del aprovisionamiento de agua
potable, con la necesidad de traerla desde lejos. Por otra parte,
la elevación de 1.820 metros sobre el nivel del mar proporciona el
clima más agradable, fuera de la vista amplia que se goza desde las
salidas de la población es única, ya que abarca tanto la montaña
del otro lado del valle del Cauca con los pintorescos grupos de
casas de Marmato como, en el horizonte atrás, la cresta principal
de la Cordillera Occidental, a la vez que hacia el norte alcanza a
divisarse la enorme encorvadura del río Cauca, abierta hacia el
oeste, que se produce al suroeste de Abejorral, lo mismo que el
cono tan audazmente conformado del Cerro Bravo cerca de
Fredonia.
Un inconveniente capaz de afectar el disfrute de la vida es la
mala alimentación. A pesar de su sitio al lado del gran camino
real, que conecta Medellín con Manizales y la llanura superior del
río Cauca, Salamina no tiene, o por lo menos no tenía en aquel
entonces, lo que se entiende por buena posada. Al efecto logré a
duras penas encontrar albergue para dos días en una casa
particular. A pesar de toda su buena voluntad empeñada, el ama de
casa no logró proveer una alimentación más o menos al gusto, habida
cuenta que la comida antioqueña es bastante diferente de la
acostumbrada en las demás partes del país, pero, a mi modo de ver,
no precisamente en su favor. Cierto que es más nutritiva, pero a la
vez menos grata al paladar. En favor de la alimentación antioqueña
viene hablando el papel que en ella juega la leche, que, dicho sea
de paso, en Colombia no se ofrece sino en sus ciudades mayores.
Pero en lugar de saborearla en su estado puro, en Antioquia se
acostumbra cocinarla con granos de maíz. La mazamorra, como se
llama ahora, es bien diferente de la sopa de harina de maíz,
conocida bajo el mismo nombre en los Estados orientales del país.
Sin duda tiene bastante valor nutritivo, pero combinada con un
sabor insípido y un poco agrio. El maíz es el cereal predilecto de
los antioqueños, toda vez que escasean las tierras cultivables en
alturas para producir centeno y trigo. En consecuencia, el pan de
trigo, si bien se consigue en las ciudades mayores, en el campo
suele reemplazarse con la arepa, un panecito hecho de harina de
maíz, sin sal y carente de sabor. Como postre es costumbre
mordiscar una mazorca tostada. Otro plato favorito son los fríjoles
negros, alimento que no ha de faltar en ninguna comida,
reemplazando con frecuencia a la carne, tanto en la mesa de los
pobres como entre los más acomodados. Contrariando la usanza
cundinamarquesa, tanto las papas como los plátanos y la yuca son de
consumo muy inferior. La costumbre de tomar café casi no se conoce,
en tanto que el chocolate suele mezclarse con harina por
considerarlo así más saludable.
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Terminada mi permanencia de dos días en Salamina, continué el
viaje en dirección oeste. Al igual que todos los caminos que salen
de la población, también el nuestro empezó con una fuerte bajada,
en este caso al valle del río Chambery, para volver por su otro
lado a subir a casi la misma altura y, siguiendo en general el
curso del río Pozo, bajar gradualmente al río Cauca. Durante toda
la jornada encontramos apenas unos cuantos ranchos solitarios.
Tampoco la salina de Pozo es cosa que merezca el calificativo de
empresa. Al efecto, es un simple techo de paja, debajo del cual
media docena de peones vienen dedicándose a evaporar el agua salina
de los dos manantiales que surgen de una roca conformada en
serpentina. Las regiones occidentales, a diferencia de la
Cordillera Oriental, carecen de yacimientos de sal mineral,
disponiendo en su lugar de fuentes de agua salina, por medio de
cuya evaporación se elabora la sal, en un proceso primitivo. Su
contenido de yodo, si bien le da un sabor y olor desagradables, por
otra parte le confiere según Boussingault, el efecto saludable de
combatir en sus consumidores la presentación del coto, tan
frecuente en la Cordillera Oriental, como afeador y debilitante de
las fuerzas de la voluntad e inteligencia en sus víctimas.
Con el Alto Bonito hemos escalado la última sierra de la montaña
que nos separaba del río Cauca. Cubierta de espesa selva, la falda
desciende en forma empinada hacia el río, pero, debido al clima
malsano, no ha venido ejerciendo ninguna atracción sobre el hombre
para establecerse allí. Pasando en descenso rápido al río, nuestro
camino le sigue por varios kilómetros en dirección norte, hasta
llegar al puente de Cana, en el cual un ciudadano alemán de
apellido Henker, oriundo de Freiberg, con 77 años de edad ejerce el
oficio de vigilante. Llegado al país como minero ya hace 59 años,
Herr Henker había venido acumulando cierta fortuna, para luego
volver a perderla totalmente en especulaciones mineras, y otras.
Ahora lo encontramos al servicio de los dueños de algunas minas
vecinales como vigilante del puente que ellos en común habían
construido sobre el Cauca. Sabido es que en gente iletrada la larga
permanencia en un país extraño suele llevar al olvido de su idioma
nativo, sin que la lengua de la patria adoptiva llegue a tanto como
a ocupar su lugar, así que, en el caso presente, el español hablado
viene mezclándose con palabras alemanas, al paso que al hablarse en
alemán, la mezcla es con palabras del idioma español. Fácilmente se
explica que a Herr Henker al comienzo de nuestra charla le
resultara difícil encontrar las palabras alemanas correspondientes,
con la consecuencia de empezar y volver a empezar hablándome en
español, hasta cuando, provocado por mi reacción risueña, cayó en
la cuenta. Pero desde el principio de nuestro encuentro me había
saludado con tanta afectuosidad como para demostrar su sincera
alegría. No importa cuán largo sea el tiempo de su ausencia y
cuánto el alcance de la pérdida de contacto con su tierra, si es un
buen hombre, la mera entrevista con un paisano despierta los más
variados recuerdos de la juventud, la alegría por el regalo de la
oportunidad de escuchar y hablar la lengua nativa, y la felicidad
de encontrar un eco de su amor a la patria, y a todo lo que ella
sigue significándole, y todo eso acompañado por la preocupación
constante de no perder ni palabra de lo que el bienvenido visitante
inesperado por su parte le pudiera contar. No hay duda de que a él,
todavía desconocido hace una hora y con ánimo de volver a
desaparecer al cabo de un rato, el paisano le significará una
infinidad más que todos sus contactos de todos los días
juntos!
El río Cauca es el mayor afluente, o mejor dicho, un gemelo del
río Magdalena, pues ambos nacen en el Páramo de las Papas, a poca
distancia el uno del otro, para recorrer más o menos paralelamente
una distancia correspondiente a siete grados de latitud y unirse
bajo los nueve y medio grados de latitud. norte, donde la
Cordillera Central se hunde por debajo de la llanura. Pero en tanto
que el río Magdalena, con las amplias llanuras que lo acompañan de
lado y lado hasta bien río arriba, interrumpe su navegabilidad
apenas una vez a consecuencia de los rápidos de Honda, el Cauca
sigue como torrente en su largo trayecto entre Cartago y Cáceres,
impidiendo así que hayan adquirido importancia para el transporte
fluvial su parte inferior que atraviesa la selva, y el trayecto, de
por sí navegable, comprendido entre Cali y Cartago en el valle del
Cauca.
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Dediquémonos ahora a conocer el Cauca en su curso por la
montaña. Va pasando por un valle rocoso tan estrecho que ni para la
construcción de un rancho quedaría campo y que apenas para vegas
muy pequeñas deja espacio por el lado interior de las curvas. El
río pasa raudo y espumante, llevando consigo rocas de considerable
tamaño y rocalla. En las rocas de la orilla, alisadas por las
aguas, observamos gigantescas “macetas” entalladas por
los remolinos en tiempos, de crecida. Una navegación por el río así
ni siquiera se puede imaginar, toda vez que hasta su cruce en
canoa, practicado hasta hace poco, era tan problemático que las
empresas mineras resolvieron construir un puente.
Allende el río Cauca entramos al Estado del Cauca, con el río
Arquia como frontera, al paso que por la orilla derecha sigue
extendiéndose el Estado de Antioquia, hasta llegar al río
Chinchiná. Por marcada pendiente sube el camino a Marmato, pasando
a una hora escasa por la aldea de Quebrada, cuya población,
compuesta de negros, está dedicada a la remunerativa ocupación de
terminar de explotar, mediante lavado, los escombros dejados por
las empresas mineras. Cerca de la mayor de ellas, perteneciente a
una compañía inglesa, está ubicada la población de Marmato, a una
altura de 1.400 metros. Al cabo de otro cuarto de hora de camino en
leve ascenso llegamos a la mina Echendía, cuyo director, Herr
Greiffenstein, oriundo de Gross-Gerau, amablemente me brindó su
hospitalidad por un par de días. En los alrededores se hallan
dispersas numerosas minas de menor escala, de propiedad, una parte,
de la compañía inglesa, y otra de varios empresarios criollos. Como
una de las regiones mineras más ricas del país, Marmato y sus
alrededores tienen para su desarrollo el único freno de no
pertenecer al Estado de Antioquia sino al del Cauca, muy decaído
como tal.
El antiguo centro de la región, la población de Supía (la vega
de Supía, a 1.220 metros), está situado a algunas horas al
suroeste de Marmato, en un valle encajonado y completamente
cerrado, sobre un terreno de aluvión aurífero. Las minas siguen
extendiéndose hacia el sur hasta Riosucio (1.780 metros) por lo
menos, pero su explotación por ahora carece de importancia. A una
milla de distancia de las minas de plata existen yacimientos de un
carbón muy parecido al que tenemos cerca de Bogotá, cuya
explotación está destinándose a la empresa amalgamadora de Marmato.
Desde luego el fenómeno de la estrecha cercanía entre el carbón y
los minerales, que en la región central de Antioquia se repite, ha
de resultar de suma importancia para el desarrollo de la
minería.
Un ciudadano británico, que era residente de la región hace unos
decenios, me había pintado a Riosucio como puro pueblo indio. Pero
gracias a la inmigración antioqueña, que pasando por la frontera de
su Estado, venía penetrando al del Cauca, desde entonces debido a
su empuje aquellos pueblos indios han despertado de su
estancamiento. Comparado con el interior de Antioquia, con su
mezcla casi completa entre blancos e indios, aquí estamos ante el
inusitado fenómeno de vernos enfrentados a un alto porcentaje de
indios puros o poco mezclados. Recordando mis observaciones hechas
en los pueblos de la Cordillera Oriental, habría esperado todo lo
contrario. La aldea de Quinchía, situada media jornada al sur de
Riosucio, todavía se halla en el estado antiguo descrito, es decir,
de casi puro pueblo indio, caracterizándose por su estructura nada
común, de una sola vía de larga extensión, con una iglesia de
aspecto pobre, construida a su final al través de la vía, para así
dejarla como callejón sin salida. No hace mucho había venido el
primer antioqueño para establecer su tienda en el pueblo y ganar
pronto, gracias a su experiencia e inteligencia sobresalientes,
marcada influencia sobre sus conciudadanos. En cambio, a
Ansermaviejo, ubicado a otra media jornada hacia el sur, los
antioqueños todavía no han penetrado. Población antigua, fundada
por los españoles en 1539 bajo el nombre de Santa Ana de los
Caballeros, fue abandonada más tarde por una parte de sus
habitantes, presentándose hoy como localidad miserable, llena de
pasto su plaza y con caballos y burros como comensales
nocturnos.
Ocupado, en parte, con el estudio de las minas y, en parte, con
la visita a antiguas tumbas indias, había pasado tres semanas sobre
la orilla izquierda del Cauca. Ahora, en Ansermaviejo, era preciso
tomar una decisión sobre mis planes futuros. Desde tiempos atrás
había estado animado por el deseo de dirigirme a Cartago, de paso a
Popayán, cogiendo el camino, bien sea a través del valle pantanoso
e insalubre del río Risaralda o bien a lo largo de la árida loma de
Belalcázar, para luego seguir desde Cartago río Cauca arriba por
las amplias llanuras hasta Popayán y después de cruzar allí la
Cordillera Central, aprovechar el valle del Alto Magdalena para
regresar a Bogotá. Pero fueron dos los motivos que me hicieron
cambiar de parecer. Primero el hecho de ya haber explorado aquellas
regiones los doctores Reiss y Stübel y segundo el estado un tanto
estropeado de mi salud. Ambos me motivaron a preferir el camino
directo vía Manizales, para luego en lo posible dedicar el tiempo
así ganado a la continuación de mis investigaciones de la
Cordillera Oriental.
El camino de bajada al río Cauca a través de espeso monte era
pendiente y fangoso. Tan solo en el trayecto inferior tropecé con
establecimientos mayores en número, haciendas por lo general recién
fundadas desde Manizales, con destino a la ceba del ganado
proveniente de las llanuras cálidas del alto Magdalena y del alto
Cauca. En las inmediaciones del río sigue el monte espeso, pero
ahora con el decidido predominio de los bambúes como parte
integrante. El fondo entre los abismos profundos y calientes tiene
fama de malsano, con todas las perspectivas de no abarcar, tampoco
dentro de mucho tiempo, otros pobladores fuera de los pocos
barqueros moradores de sus ranchos allí levantados. Ellos sí son
indispensables, pues a falta de más puentes arriba de el de Cana,
la canoa resta como único medio para cruzar el río, demasiado hondo
aquí e impetuoso como para hacerlo cabalgando. Y aun así, en épocas
de creciente ni la canoa sirve, con la interrupción completa de la
comunicación entre las dos orillas por días o semanas como
consecuencia.
Desde la orilla opuesta el camino asciende al alto del Cacique,
para volver a descender por el otro lado con casi igual pérdida de
altura, a la meseta bastante ancha del río Chinchiná, el cual corre
aquí todavía en dirección paralela al Cauca, para desembocar luego
en este en un punto situado un poco más al norte. La meseta misma
es bastante pelada y arenosa, en marcado contraste con la pendiente
en su fondo, que está cubierta con un espeso monte de guaduas.
Pasados los ranchos encima del Cacique, durante las dos horas
siguientes no encontramos ni rastro de moradas humanas, para luego
atravesar regiones cada vez más habitadas. Una jornada en camino de
ascenso casi continuo nos deja en Manizales.
Manizales,
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(1)
situada a 2.130 metros sobre el nivel del
mar, es decir a 500 metros menos que Bogotá, es difamada en toda
Antioquia por su clima frío, fenómeno que probablemente puede
atribuirse a los vientos helados que a menudo vienen soplando desde
los nevados del Ruiz y Santa Isabel. Desde la loma que se extiende
al oeste de la ciudad se nos ofrece una encantadora vista
panorámica sobre los imponentes nevados y el páramo de Aguacatal en
el sureste y el este respectivamente, en tanto que hacia el oeste
se nos presenta el valle del Cauca seguido por la región montañosa
de Ansermaviejo y Marmato, con la sierra cerrada de la Cordillera
Occidental en el fondo. Hacia el norte observamos el camino que por
Salamina conduce a Medellín, venciendo en su curso valles profundos
uno tras otro. Volviéndonos ahora hacia el sur, admiramos el
marcado descenso de la colina de Manizales hacia el río Chinchiná,
sobre cuya orilla izquierda se divisa la aldea de Santa María, que
ya pertenece al territorio caucano. Manizales está ubicada en la
punta de una ancha mesa ondulada, que por un lado se reclina sobre
la loma de la montaña y cuyos otros tres costados terminan en
brusco declive. Si a tales condiciones estratégicas agregamos el
hecho de que de la ciudad salen los caminos hacia los pasos tanto
por el Aguacatal como por el Ruiz, fácil nos resulta comprender a
Manizales como una fortaleza natural de montaña, que con razón se
considera llave natural de la región. Por esta razón allí se halla
acuartelado permanentemente un batallón de la guardia colombiana, a
efecto de poder operar contra los Estados de Antioquia o Cauca,
segun fuere el caso.
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Todavía hacia la mitad de los años cuarenta, toda la región de
Manizales estaba ocupada por una espesa selva, así que Karl
Degenhardt, entusiasta científico minero alemán, en su empeño de
escalar el Ruiz, había de abrirse paso a través de ella para llegar
hasta el pie del nevado. Habiéndole gustado la región al antioqueño
Palacios, compañero del minero, este regresó allí en septiembre de
1848 con el objeto de fundar una localidad, que ya a los dos años
fue encontrada como meritoria para elevarla a distrito, es decir, a
comunidad política de carácter independiente. Fundaciones por el
estilo no tenían nada de excepcional en la región, si queremos
acordarnos de las siguientes: Abejorral, fundada en 1811, Aguaduas
en 1820, Salamina en 1824 y Neira apenas hace un par de años. Para
seguir, está en camino de constituirse otro número de pueblos más
al sur de los mencionados, ya en territorio del Cauca. Ya en
posesión y explotación de la mayor parte de lo que hoy es
Antioquia, los antiguos indios en su gran mayoría cayeron víctimas
de los conquistadores españoles. Los sobrevivientes se concentraron
luego en un área estrecha, demarcada más o menos por las
poblaciones de Antioquia, Santa Rosa de Osos, Medellín y Rionegro,
en tanto que las regiones marginadas volvieron a cubrirse
nuevamente de monte. Apenas hacia fines del siglo pasado el
considerable aumento de la población demandaba más espacio para
vivir. Para suplirlo, nuevas comunidades se establecieron en las
áreas boscosas del rededor, pero siempre con miras a la cercanía
del pueblo de origen, ampliándose así la periferia del territorio
poblado. Obvio es que ese proceso no se desarrollaba con
penetración de igual rapidez en las diferentes direcciones. Así
que, dadas las condiciones más favorables, el mayor progreso se
manifestaba en el costado derecho, oeste, del río Cauca, haciendo
avanzar aquella cadena de pueblos nuevos hasta llegar a las
llanuras cercanas a Cartago, ya pobladas por habitantes caucanos.
Pero a diferencia del estado de pueblo o de ciudad de provincia, en
que quedaban las fundaciones en su mayoría, Manizales se
desarrollaba rápidamente para llegar a ciudad de 12 a 15 mil
habitantes. ¡Qué contraste con Ansermaviejo! Este, fundado apenas
completada la conquista, en tanto que Manizales de origen tan
reciente; Anserma decaída hasta acercarse a la muerte, en contraste
con la vida plena y palpitante que domina a Manizales; Anserma una
ciudad de provincia sin ninguna importancia, comparada con
Manizales, ya una gran urbe en la escala colombiana.
Y no vayamos a suponer que Manizales contara con condiciones
previas especialmente favorables a su rápido desarrollo, pues no es
centro de una región minera, tal como Medellín, ni participa en la
exportación de quina, café, pieles, etc., como los centros
comerciales de la Cordillera Oriental. Simplemente está dedicada a
fomentar el intercambio comercial entre la región central de
Antioquia con su riqueza en yacimientos minerales y el sur del país
y el Cauca, territorios que derivan su subsistencia de la
ganadería. El ganado levantado casi sin costo alguno en las sabanas
del alto Cauca y Magdalena, se traslada para su ceba a los ricos
potreros mantenidos en las cercanías de Manizales, para luego ser
consumido en la Antioquia central. Al mismo centro de consumo llega
el cacao producido en la región de Pereira y Cartago, en reemplazo
del cultivado cerca de la ciudad de Antioquia, cuyas plantaciones
desde los años cincuenta se hallan afectadas por la llamada
“mancha”. Finalmente también los productos agrícolas
comunes y corrientes, tales como la caña de azúcar, el plátano, el
maíz y otros, encuentran sus compradores allí mismo, en intercambio
con los minerales, cuyo equivalente les sirve a las regiones
agrícolas para pagar sus importaciones de mercancías europeas.
Tanta importancia ha venido adquiriendo el comercio doméstico, que
ha permitido a las casas comerciales manizaleñas independizarse de
Medellín, para traer por su cuenta y directamente los productos
europeos y norteamericanos por la vía de Honda. También ha venido
desarrollándose Manizales como uno de los centros principales de la
actividad de los representantes viajeros de casas europeas, ya que
allí es donde suelen aprovisionarse los comerciantes de los pueblos
menores situados entre Cartago por un lado y Salamina y Marmato por
el otro.
Sin duda alguna prevalece la situación de Manizales en
inmediaciones de la frontera entre los Estados de Antioquia y
Cauca, como factor favorecedor de la importancia adquirida, ya que
el comerciante antioqueño, promotor del intercambio, por más
complaciente que sea su actitud para con el productor caucano, no
se aviene a trasladar su negocio hacia el otro lado de la frontera,
con perjuicio de sacrificar tanto la garantía legal como las
facilidades del servicio de pagos que le viene brindando su tierra.
Al sur de Manizales los nevados se oponen a todo paso a través de
la cordillera en un trayecto de unos cincuenta kilómetros de largo,
es decir hasta dar con el camino que pasa por el Quindío, uniendo a
Cartago con Ibagué. En consecuencia, toda la región comprendida
entre Cartago y Manizales forzosamente ha de abastecerse de
mercancías por intermedio de esta última. Al efecto, las
condiciones topográficas son más favorables para la comunicación
que las que prevalecen cerca de Salamina, sin hablar de otras
posibles ventajas, tan solo determinables a raíz de datos más
detallados de la región. Lo que de todos modos constituye un regalo
saludable es el clima fresco y reconfortante con su efecto
favorable tanto sobre el carácter como sobre la actividad y la
fuerza de la población. Tanto así es que estas ventajas climáticas
han sido la causa para vencer el temor a la repercusión de los
terremotos, especialmente frecuentes aquí, tal vez por la cercanía
del volcánico Ruiz, y suficientemente intensos para haber destruido
la ciudad ya varias veces, por lo menos en parte. Para subrayar
citamos a mi paisano Schenck, quien con base en sus observaciones
dice: “Tan solo por corto tiempo los frecuentes y fuertes
terremotos de los años de 1875 y 1878 han podido detener el
crecimiento de la ciudad. Bastaban algunos meses sin repetirse la
sacudida, para tranquilizar los corazones pusilánimes, y provocar
el regreso de quienes se habían puesto a salvo, junto con nuevos
inmigrantes, así que pronto se observaron en todas partes
carpinteros y albañiles poniendo manos a la obra de reconstrucción.
Convencidos de la oportunidad de hacer plata en Manizales y
resueltos a aprovecharla, los emprendedores antioqueños se
sobrepusieron a todo el miedo que el resentido Ruiz había logrado
infundir, por justificado que fuera”. También a los dos y
medio años de la observación precedente, encontré la ciudad en un
estado de esperanzado crecimiento. Como una alusión al latente
peligro inherente al suelo, me sorprendió la construcción realizada
en madera de la gran mayoría de las casas recién elevadas, con
marcado efecto favorable también sobre su aspecto exterior.
Sacudidas también ha habido en el ínterin, a veces con
consecuencias devastadoras, pero tal como antes, sin mayor efecto
retardador en el crecimiento de la ciudad.
El comercio de Manizales está, al igual que el de Medellín,
exclusivamente en manos de antioqueños, formando así un contraste
característico con el movimiento comercial de las ciudades costeñas
y de la Cordillera Oriental, lo mismo que de Cali en el valle del
Cauca, lugares que tienen como fundadores y todavía hoy como
dirigentes de numerosas casas comerciales de mayor envergadura a
extranjeros, con predominio de alemanes. En parte esta diferencia
tal vez se explica por las circunstancias específicas inherentes al
comercio de Manizales, por cuanto en él predomina el movimiento
interno entre los Estados del Cauca y Antioquía, en tanto que en lo
internacional carece de productos propios para exportar en
compensación con los bienes europeos que viene importando. Carácter
de validez aparente tiene el reparo hecho con frecuencia a la
aplicación de tal criterio también a Medellín, teniendo en cuenta
que el despacho de oro y plata extraídos puede verificarse
directamente por parte de las empresas mineras casi sin requerir la
intervención del comercio, mientras que este en la compra de quina,
café y pieles para su exportación necesariamente ha de empeñar su
actividad independiente con la implicación de todos los riesgos del
caso. Pero fuera de la escasez de otros artículos de exportación,
distintos de los metales preciosos, ya citados, es el carácter
nacional de los antioqueños mismos el que impide a los comerciantes
europeos radicarse en su territorio. Son ellos comerciantes
ultra-astutos y acostumbrados a vivir tan modestamente a la vez,
que el comerciante europeo orientado hacia mejores condiciones de
vida, no es capaz de competir con ellos.
Los antioqueños
|
(2)
indudablemente forman la raza más peculiar y
más recia de todos los colombianos. Durante mucho tiempo casi
totalmente aislados por montañas y montes, han venido
desarrollándose dentro de una independencia punto menos que
completa, para apenas hace poco haber entrado en mayores relaciones
con la demás población colombiana. En tanto que zambos y mulatos
van ocupando apenas las faldas norteñas del territorio montañoso, y
habiendo completamente desaparecido los indios puros, existe una
compenetración absoluta de la sangre blanca con la india, mezcla en
la cual tiene su origen el género humano que hoy nos impresiona por
su alta estatura y su fuerte conformación. Su fisonomía, a menudo
típicamente judía, se debe a una inmigración de judíos españoles
ocurrida en el siglo XVII. En mayor grado que en las demás regiones
del país, cada cual es dueño de sí mismo, trabajando con ahínco su
tierra, cuidando su ganado o pasando con sus bestias por los
caminos, dedicado a los negocios. La alimentación es sencilla pero
nutritiva, y a no ser que por su bonita casa de habitación, aun la
gente acomodada no aspira a ningún otro lujo. Con frecuencia las
muchachas se casan a los catorce años, en tanto que los jóvenes a
los dieciocho, y, lejos de infecundos, tan tempranos enlaces de
ordinario irán acompañados por numerosa prole. La intimidad del
hogar ha venido manteniéndose relativamente pura y patriarcal.
“Inmune a las influencias extrañas, e indiferente a lo que
pasa fuera de su montaña, el antioqueño continúa viviendo con la
ideología de sus antepasados, conservador en su carácter, sus
costumbres y su tradición”. Poco inclinado hacia la unión,
considera a Antioquia como a su patria en lugar de toda Colombia,
reaccionando con recelo a todo lo que pudiera significar
centralización o igualación. Las manías innovadoras de tendencia
liberal destinadas tanto por el gobierno central de Bogotá como por
el Estado caucano para congraciar al país, merecen su desafecto
rotundo, hasta el extremo de haber a menudo combatido abiertamente
los principios liberales a órdenes de sus jefes de partido. Si bien
es cierto que el Estado de Antioquía hoy por hoy tiene un gobierno
liberal, impuesto por presión de los Estados vecinos, no cabe duda
que la mayoría de los antioqueños pertenece al partido
conservador.
|
(1)
|
Véase la descripción de F. von
Schenck, en “Petermanns Mitteilungen” 1883, págs. 217,
etc. (Regresar a 1)
|
|
(2)
|
“Petermanns
Mitteilungen”, 1883, pág. 218. (Regresar a
2)
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