1. La vertiente
oriental de la Cordillera Central
Inspirado por el cuadro grandioso, tantas veces admirado de
lejos, que el brillante sol de la mañana es capaz de ofrecer, de la
Cordillera Central con sus altos picos cubiertos de nieves
perpetuas, llegué a abrigar el deseo de visitarla. Para realizarlo,
emprendí viaje el 25 de junio, para a los pocos días cruzar el río
Magdalena cerca de la hacienda La Unión, situada un poco río arriba
de Honda. A lo largo de la orilla izquierda del Magdalena va
extendiéndose una cadena de colinas bajas, formada por piedra
arenisca tobácea, de un color gris verdoso, en forma de bancos
inclinados, cadena que más al norte pasa a la orilla derecha, poco
antes de llegar a la altura de Honda. Más allá de aquella cadena
encontramos el mismo paisaje caracterizado por la conformación tan
peculiar que en ocasión anterior ya habíamos contemplado río abajo
en Honda. Se trata de montañas mesetas de mayor elevación, que
descansan sobre una base más bien baja y entrecortada con apenas 20
a 30 metros de profundidad por lechos de ríos y arroyos excavados
por ellos, montañas separadas por hondonadas, de menor o mayor
anchura, tanto entre si como de las cadenas de colinas y de la
propia Cordillera Central, pero que a veces también desaparecen del
todo. Tal paisaje me hace recordar de una manera sorprendente la
montaña de mi patria chica, la Suiza Sajona, con sus despeñaderos,
rocas y mesetas. Tanto acá como allá las conformaciones existentes
han venido modelándose por el efecto de las aguas, de lo que antes
era un inmenso plano. Pero en tanto que el de Alemania está formado
por bancos de arenisca de la formación cretácea superior, su
existencia en Colombia se deriva de erupciones volcánicas sucedidas
en la época de las formaciones terciaria y cuaternaria, quiere
decir de tiempos que contaban con la montaña en general ya
existente. Al escalar las faldas de la Cordillera Central,
tropezamos con tobas y rocallas ostensiblemente distintas, por sus
estratos horizontales, de los parentales esquistos cristalinos
pertenecientes al subsuelo.
No es precisamente un placer atravesar cabalgando, especialmente
en época de sequía, semejante paisaje de tan solo 200 a 300 metros
de elevación sobre el nivel del mar y tan carente de sombra
protectora, ya que el suelo aridecido y apenas cubierto de pastos
secos y unos pocos arbustos sin hojas, va reflejando con un calor
poco menos que ardiente los rayos del sol, que le caen en dirección
casi vertical. En muchas partes se le prende candela al pasto, para
enriquecer el suelo con las cenizas, así que el humo espeso y el
olor a quemado llegan a producir una atmósfera tan sofocante en las
cercanías de las quemas que el jinete espolea su asustada
cabalgadura para escapar a galope. Unicamente en los valles y
quebradas se conserva la vegetación fresca, para saludar al viajero
junto con grupos de palmeras y platanales.
Desde lejos también las poblaciones, con las numerosas palmeras
dispersas entre ellas, producen una impresión bastante amena, la
que desafortunadamente se desvanece a medida que llegamos
acercándonos. Las casas blanqueadas y cubiertas de tejas, signo tan
relevante en Colombia del bienestar, van cediendo lugar a los
ranchos con techo de paja. Mariquita, fundada en 1550 y centro
minero por mucho tiempo, está dando hoy día una impresión
extremamente mezquina y decaída, con solo ruinas de viejas casas
españolas como testigos de tiempos pasados mejores. Mayor
significación siguen ofreciendo Honda como centro comercial al lado
de los rápidos del río Magdalena, y Ambalema, sitio principal de la
extensa área de cultivos de tabaco.
En tanto que la población de la cordillera de Bogotá se compone
esencialmente de blancos e indios con sus mestizos, aquí en la
tierra baja caliente prevalecen los negros y sus mezclas. La mitad
más o menos está sufriendo de bocio pronunciado, a cuyo efecto
afeador externo en general parece corresponder un carácter áspero y
desagradable. Entre los blancos y los indios sobre todo sorprende
la proporción elevada de seres de aspecto pálido y débil,
consecuencia de la anemia tan generalizada en tierra caliente. Con
frecuencia también se observan enfermos de la fiebre, postrados en
su hamaca o simplemente tendidos en el piso, a veces lanzando
intensos gemidos. Además de la malaria común y corriente, de vez en
cuando suele presentarse una fiebre bastante maligna acompañada de
vómito negro con síntoma característico, enfermedad que, por lo
tanto, se denomina “vomito negro” o también, por su
similitud simplemente, “fiebre amarilla”. Investigaciones
concluyentes no se han realizado todavía, pero, en concepto de
médicos idóneos, parece altamente improbable la presencia de la
propia fiebre amarilla en regiones del país adentro, predominando
en cambio la sospecha de tratarse de graves casos de fiebre
biliosa. Pero, sea como sea, no son para tomarse a la ligera, pues
existen ejemplos de pueblos enteros que han quedado desiertos a
consecuencia de ella.
Comprensible es que el viajero se sienta aliviado al salir de la
región baja con su ambiente sofocante y desagradable, para entrar
en la propia Cordillera Central, que en dirección oeste se levanta
delante de él en marcada ascensión. Por primera vez desde nuestra
llegada a Colombia estamos pisando terreno de consistencia
cristalina, ya que toda la parte inferior de la vertiente oriental
se compone de granito, gnéisico, y, más que todo, de diferentes
clases de esquisto cristalino. Pero pocos son los lugares
demostrativos de los materiales en su estado parental y fresco,
encontrándose estos, al contrario, casi totalmente corroídos y en
camino de convertirse bajo las influencias tropicales tanto del
calor como de las lluvias y de la vegetación en una tierra grasa de
color rojo intenso, producto que corre parejas con la tierra
vegetal de color castaño oscuro en nuestro país y que corresponde
también al laterito tantas veces mencionado en tiempos recientes,
que se encuentra en el hemisferio oriental de nuestro globo
terráqueo. Esta tierra blanda va combinada con las conformaciones
levemente onduladas del terreno, imprimiéndole a este un aspecto
que casi pudiéramos calificar de carente de carácter, sobre todo en
su pronunciado contraste con las sierras de arenisca de la parte
inferior de la Cordillera Oriental. Pero cuanto echamos de menos en
la formación de la montaña, nos viene presentando, en vía de
compensación tal vez, la exuberante vegetación, de una intensidad
extraordinaria, pues en contra de lo pretendido por algunos
autores, no es cierto que aquel suelo rojo parecido al laterito de
todos modos fuera árido y enemigo de la arborescencia.
Originalmente toda aquella región estaba cubierta por una espesa
selva, y todavía hoy sigue siendo la clase de vegetación
preponderante. En parte los pobladores en su penetración han venido
guiándose por las riquezas minerales del suelo. Así que
inmediatamente después de concluir la conquista del país, empezó la
explotación del oro arrastrado por los ríos al noroeste de
Mariquita, en tanto que al cabo del siglo pasado se fundó la
población de Santa Ana, para dar comienzo al aprovechamiento de los
ricos yacimientos de mineral de plata presentes en sus cercanías.
La veta de mayor rendimiento había venido explotándose durante
largos años por una compañía inglesa, hasta cuando el gobierno
aumentó en forma exorbitante el arriendo, motivando así que los
ingleses abandonaran la explotación, después de haber inutilizado
la mina, cegando los socavones. Dignas de explotar hallaron ricas
vetas argentíferas, descubiertas por unos pobres indios en plena
selva, a unas horas distantes del sitio acabado de abandonar, en
dirección suroeste. Las minas de Frías tomadas en explotación, a
pesar de no contener sino plata, al igual que las de Santa Ana,
figuran hoy entre las más ricas del país, en tanto que la
producción de estas últimas está reducida a unas cuantas empresas
de menor categoría.
Las poblaciones situadas a mayor elevación, tales como Líbano,
Santo Domingo y Soledad, lo mismo que Fresno y Manzanares, poco o
casi nada tienen que ver con la minería, estando dedicadas, en
cambio, a las actividades tradicionales de la ganadería y de la
agricultura. Su fundación, que apenas data de los últimos decenios,
la deben a vecinos del colindante Estado de Antioquia, que, como
gente trabajadora y fácil de contentar, ha venido atravesando la
sierra y, por ende, a la vez la frontera de su Estado, para
penetrar al Tolima. A mi modo de ver, precisamente aquella
colonización, lejos de limitar sus efectos a lo meramente local,
tiene su indudable importancia general para el desarrollo económico
e intelectual del país, por cuanto sirvió para establecer al fin el
contacto entre las amplias zonas en vía de poblarse, formadas por
el valle del Cauca y la montaña de Antioquia por un lado, con el
valle del Magdalena y la Cordillera Oriental por el otro. Los
antioqueños, tan vinculados por miles de lazos a su patria chica,
siempre irán a mantener las mismas relaciones estrechas y activas
con las ciudades tolimenses de su vecindad más cercana, a cuyo
efecto las vías de comunicación a través de la Cordillera Central
habrán de seguir aumentando y mejorándose, como ya en el curso del
presente siglo han venido progresando notablemente.
Prosiguiendo desde Mariquita, había pasado por Fresno hasta
llegar a Manzanares, población a distancia todavía de una buena
jornada del piedemonte oriental de la Cordillera. Habiendo dejado
atrás el paisaje suave y boscoso formado por el suelo de
cristalización primaria ya corroída, ahora encuentro los primeros
precursores de las formaciones volcánicas predominantes en la
composición de la cresta de la Cordillera Central. Al sur del
pueblo brota una fuente ferruginosa con temperatura de 25°C. a
orillas del río Santo Domingo, en tanto que en dirección norte, al
lado del camino que conduce a Sonsón, observamos enormes cantidades
de arena volcánica. En la misma dirección, a distancia de una milla
más o menos, se levanta el excelente cono de andesita del cerro de
Guadalupe, el cual, en recompensa del ascenso un tanto fatigoso,
nos ofrece una majestuosa vista sobre el nevado del Ruiz.
Pero por ahora esos precursores apenas aparecen aislados. Antes
de entrar a la región de las rocas de origen volcánico, nos toca
pasar todavía por la cresta de la Picona, que está compuesta de
esquistos de canto rodado, arenisca y otras rocas, todas en
posición empinada, a semejanza de la Cordillera Oriental, revelando
por lo tanto aquellos picos y crestas atrevidas y haciendo entrever
en muchas partes la pura roca, en marcado contraste con la gruesa
capa de tierra originada en el proceso de erosión y las suaves
formaciones de las rocas cristalinas. Un camino espantoso pasa
directamente encima de aquella cresta, en lugar de seguir el valle
del río Guarinó, para así pasarla en torno por su lado sur. Un
lodazal de sorprendente profundidad provocó mi caída al igual que
la de mi mula de silla, en tanto que la bestia de carga se
precipitó por una hondonada de treinta metros en su empeño de tomar
un escalón de roca en el camino, pero con tanta suerte que las
lesiones sufridas carecían de gravedad. Más adelante tropezamos con
lo que los chulos habían dejado de una robusta mula muerta en
accidente un par de días antes. Es de regla pasar la Picona a lomo
de buey, animal con fama de un paso superior todavía en seguridad
al de la mula. Extrañeza me produce observar a los arrieros
descargando y volviendo a cargar sus bestias en el sitio, en lugar
de unir sus fuerzas para remover el obstáculo del escalón.
Allende el río Guarinó, reencontrado en las cercanías de la
hacienda Victoria, comienzan a presentarse las rocas eruptivas,
tales como andesita y otras, que casi exclusivamente conforman la
cresta principal, que a la vez constituye la divisoria
hidrográfica. En general nuestro camino sigue el curso del río
Guarinó, cruzándolo varias veces. En el lado opuesto del valle se
nos presenta la población de Sucre, con unos picos altos de montaña
elevándose a su lado noroeste. En varios sitios observamos rocas de
andesita que se empinan en medio de una selva. Ranchos solitarios
aparecen a lo largo del camino, con distancia de media hora más o
menos entre uno y otro. Poco a poco vamos acercándonos al páramo de
Herveo, que, sin embargo, no es páramo en el sentido de la palabra,
ya que carece del todo de la planta característica, el frailejón,
con sus hojas lanuginosas. Sin haber ya alcanzado su límite
superior, la arborescencia se halla parcialmente achaparrada por el
viento. En medio de la cumbre podemos admirar magníficos ejemplares
de la palmera montañera (o de cera), en tanto que en las partes
abrigadas contra el viento de las alturas vecinas se levanta una
floresta de tronco alto. Es aquí donde nos encontramos en el punto
más alto de nuestro camino, situado en la divisoria hidrográfica
entre los Estados de Tolima y Antioquia.