9. Reino
mineral y empresas industriales
Cerca del extremo norte de la altiplanicie de Bogotá, a unas
seis horas de viaje desde la capital, está ubicada la ciudad de
Zipaquirá, destinada quizás a asumir el papel de centro industrial
del país. Desde el punto de vista científico es Humboldt quien en
la literatura sobre la sabana de Bogotá hizo resaltar su
importancia por medio de amplia referencia a los yacimientos de sal
de Zipaquirá, calificándolos a la vez de uno de los fenómenos más
peculiares de la geología, en vista de su ubicación a más de 2.600
metros sobre el nivel del mar. Aunque todavía hoy enfrentados a
limitaciones, nuestros conocimientos completados en el interín nos
permiten un juicio de mayor alcance que en los tiempos de Humboldt.
Así que podemos concluir que la sal de Zipaquirá, al igual que la
de otros yacimientos andinos del país, no es de formación reciente,
sino al contrario su sedimentación marítima data desde el cretáceo,
para así formar parte de toda la materia terrestre empujada hacia
arriba para integrar la montaña.
La sal mineral está encerrada tan solo en una colina que,
elevándose desde la planicie a moderada altura al oeste de la
ciudad, mide apenas unos pocos kilómetros, tanto de largo como de
ancho. Hacia el norte lo mismo que hacia el sur la colina está
bordeada por pequeños desfiladeros, mas allá de los cuales ya no se
encuentra ni rastro de sal. Así mismo el yacimiento parece
rigurosamente delimitado hacia el oeste, en tanto que la parte
básica de la colina salinera tampoco está formada de sal, sino de
arenisca esquistosa, sobre la cual yace la sal mineral con estratos
intercalados de arcilla oscura, yeso y anhídrido. Del todo ausentes
parecen los carbonatos de sosa, que un papel tan importante juegan
en Stassfurt, Alemania, en tanto que fuentes de agua salina surgen
en varias partes.
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El proceso para elaborar la sal, en uso todavía cuando Humboldt
visitó a Zipaquirá, era idéntico al empleado por los indios antes
de la conquista española, y se funda o en hervir el agua salina de
poca concentración, por consiguiente implicando un consumo
desproporcionado de leña, o en explotar al raso, a la manera, por
ejemplo, como se extrae arcilla de una barrera, con otros
inconvenientes inherentes e inevitables, a saber: la remoción
previa de considerables masas de arcilla, que luego quedaban
estorbando otras fases del proceso, la disolución parcial de la sal
expuesta, por las aguas de lluvia y los numerosos derrumbes
causados. A solicitud del Virrey, Humboldt le entregó a este una
memoria
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contentativa de propuestas para mejorar la elaboración salinera,
cuya ejecución se le encargó a un minero sajón, de apellido
Wiesner, a quien el gobierno español había enviado a las minas de
plata de Santa Ana. Ahora se pasó a la explotación subterránea,
fácilmente practicable, ya que la configuración del terreno la
favorecía por la circunstancia de eliminar el costoso proceso de
subir el material desde considerable profundidad. En una red de
socavones, superpuestos uno encima del otro y todos con bocamina
supraterrestre, el mineral se va extrayendo para luego
transportarse fuera por medio de zorras de buey. Gran parte del
material va pasándose a manos del comercio conforme sale de la
mina, a un precio que en 1883 oscilaba entre 5½ y 6 reales la
arroba de 12½ kilos, en tanto que el remanente requiere
purificación previa, proceso al cual es sometido en la fábrica
ubicada al pie de la colina.
Otras salinas, de menor capacidad y en parte en estado bastante
lamentable, se encuentran en las cercanías de Nemocón, Sesquilé y
Tausa, es decir a corta distancia de Zipaquirá. Todas ellas son de
propiedad del Estado, su administración está en manos de empleados
del gobierno, ya que la explotación de la sal mineral en Colombia
constituye un monopolio del Estado, formando su más importante
fuente de ingresos después de los derechos de aduana. Al efecto, la
utilidad neta giraba alrededor del millón de fuertes como promedio
anual en los años de 1877 a 1881, con $ 650.000 provenientes de
Zipaquirá, resultados obtenidos por medio de una producción anual
de 8.400.000 kilos en Zipaquirá y de 11.750.000 kilos en total,
como promedios en los mismos años.
Sin embargo, la sal no constituye la única riqueza mineral de
Zipaquirá; hay una mina de carbón de buen rendimiento a tres
cuartos de hora de distancia al suroeste de la ciudad, camino de
Tenjo; otros yacimientos de carbón se encuentran tanto en casi
todas las montañas que bordean la sabana, como en otras partes de
la cordillera de Bogotá, intercalados generalmente entre los
estratos de arenisca blanca cuarzosa y de arcilla, y dentro de la
arcilla esquistosa negra. Tocante a la calidad del mineral se puede
asegurar que ocupa una posición media entre el carbón de piedra y
el lignito, con aproximación mayor hacia aquel. A veces no se trata
sino de estratos insignificantes. En las cercanías de Bogotá se
conocen dos estratos de pronunciada sinuosidad, el uno de medio
metro de espesor, el otro de 11/2 metros, en tanto que los de
Zipaquirá son cinco, con espesores de 0.2 a 1 metro. Cierto es que
semejantes yacimientos no son adecuados para crearse núcleos
industriales comparables con el inglés o el renano-westfaliano o
siquiera el sajón, siendo no obstante dignos de explotarse, para
dar abasto a empresas industriales de menor escala. Ya hoy día el
carbón se está utilizando en Bogotá para la elaboración de gas, en
tanto que en Zipaquirá y otras localidades para la purificación del
mineral salino, o en Subachoque y Pacho para las
ferrerías.
Pacho se encuentra a escasa jornada de Zipaquirá en dirección
occidental. El camino sube en las inmediaciones al fondo de la
ciudad, pasando por la colina de sal, para llegar al páramo,
extenderse en su travesía y descender luego entre el monte al
pueblo de Pacho, situado a 1.800 metros sobre el nivel del mar, o
sea ya dentro de la región cultivada de la tierra templada, pero
casi al borde del monte. En cambio, la hacienda de Pacho, ubicada
sobre una extensa planicie con leve inclinación hacia el oeste,
dista todavía un cuarto de hora más. Bordeada la planicie por ambos
lados de valles fluviales, nos recuerda aquellas terrazas de
acarreo ya conocidas por la de Fusagasugá, inclusive el paisaje al
otro lado de los ríos, con sus cumbres perfiladas, peladas o apenas
cubiertas de gramíneas en la parte baja y las paredes de roca
arenisca, cubiertas de monte, más arriba. La belleza del paisaje,
realzada por el clima delicioso con temperatura casi pareja cerca
de los 20°C, unida al hospitalario hospedaje y a la buena
alimentación en casa del señor Bunch, han convertido los días de
Pacho en los más agradables de toda mi permanencia en
Colombia.
Ya en los años veinte la presencia de un mineral de hierro de
alta calidad, unida a los yacimientos de carbón y de cal, había
provocado a un inglés inmigrado, el padre del señor Bunch, a montar
una fundición de hierro, empresa que hasta hace poco era la única
existente en el país. Durante el tiempo transcurrido la producción,
mantenida en reducida escala, se ha limitado a hierro colado para
usos de herrería y a la manufactura de máquinas sencillas con
destino a la agricultura, de preferencia trapiches, cuya
construcción suele realizarse sobre pedido directo exclusivamente,
con anticipo de la mitad del precio, excluyendo toda fabricación
destinada a mantener existencia. Por boca de norteamericanos he
oído censurar este sistema, basados en el conocido principio
comercial de que la producción incrementada abarata su costo, con
el efecto de permitir precios de venta más económicos, los cuales a
su vez conducen a aumentar las ventas, para así dejar la utilidad
en su mismo nivel, o, posiblemente, mejorarla. Indudablemente tal
observación tiene su lado positivo, siendo de esperar que la
reciente competencia de Subachoque provoque mayor actividad también
en Pacho. Por otra parte sería arriesgado pretender aplicar sin
beneficio de inventario en un país como Colombia, montañoso y
todavía sin desarrollar, los principios económicos comprobados en
los países civilizados. Empezando por la sensible falta de
adecuadas vías de comunicación, nos damos cuenta de que la
facilidad de competir con la manufactura europea se restringiría a
limitadas áreas, con el efecto comprensible de frenar el incremento
de las ventas buscado para Pacho. Otro factor restrictivo sería el
escaso número de compradores solventes y capaces de garantizar el
pago puntual. Por otra parte, vender renunciando a los principios
establecidos, equivaldría a convertir en cuentas para cobrar tal
parte del volumen de las ventas, que los precios subirían en vez de
bajar.
En sitio menos agradable, pero mejor en cuanto a vías de
comunicación, queda La Pradera, cerca de Subachoque, donde los
señores Barriga y Arango en años recientes acabaron de montar otra
ferrería, favorecidos por una subvención oficial. La población o
ciudad de Subachoque está situada en un recodo noroccidental de la
sabana de Bogotá, La Pradera, en cambio, a 1½ horas de distancia,
en el valle amplio y levemente inclinado, a continuación del mismo
recodo. El carbón se extrae a inmediaciones de La Pradera, en tanto
que el mineral parental de hierro se beneficia a una hora de
distancia, camino de Zipaquirá, de muy buena calidad, indicada como
del 57%. En mi primera visita encontré la empresa en sus primeros
comienzos de montaje, pudiendo comprobar apreciables adelantos al
año, con miras a su pronta terminación, progreso obtenido bajo la
dirección de un norteamericano de origen alemán, apellidado Miller.
La maquinaria en vía de instalarse en su mayoría había sido fundida
en la misma empresa todavía no acabada de montar. Las actividades
momentáneas se estaban concentrando en la instalación de una
máquina para fabricar rieles de ferrocarril, cuya producción
inicial se dedicaría a la vía férrea de la sabana, según pedido ya
colocado por el gobierno del Estado de
Cundinamarca.
Además, a algunas horas de distancia al sur de Subachoque la
iniciativa empresarial está en plena acción, habiéndose terminado
en el ínterin el montaje de la curtiembre de Agualarga que, tuve
oportunidad de conocer en mi viaje inicial a Bogotá. Transcurrido
entretanto año y medio, encontré trabajando en la planta a seis
zapateros paisanos recién llegados. La idea era la de elaborar
entre trescientos y quinientos pares de zapatos y botas por día al
comienzo, o sea 100.000 a 150.000 pares al año, cuyo precio de
venta estaba calculado en dos pesos el par de botas con base tanto
en las condiciones favorables para conseguir las pieles como en la
buena fuerza hidráulica disponible. Así que se esperaba desalojar
el calzado extranjero, tanto de Bogotá como de todo el país, a la
vez que se proyectaba inducir a crecientes núcleos del pueblo al
uso de botas de cuero en reemplazo de las alpargatas. A mi modo de
ver esta última medida será de realización muy paulatina, en tanto
que, aun bajo la protección de muy elevados derechos de aduana, no
será posible vencer las prohibitivas fronteras impuestas por las
deficiencias de transporte para poder contar tanto con el occidente
del país como con regiones litorales entre las áreas de consumo. De
ahí mi temor de estar en presencia aquí de otro de tantos casos
condenados a ver un optimismo infundado estrellarse contra la
inflexible realidad, con el fracaso como única consecuencia
posible. Encargado el futuro jefe de taller alemán de comprar en
Alemania y de una vez traer la maquinaria requerida, la había
escogido para fabricar modelos de los que estaban de moda allá.
Fácil es imaginarnos el sobresalto sufrido por el hombre a su
llegada, al verse enfrentado a una moda diferente, imposible de
satisfacer con la maquinaria traída. Es un ejemplo más,
característico de la falta de perspicacia reinante entre los
empresarios indígenas, a quienes no se les había ocurrido prever la
eventualidad.
Por lo demás, los zapateros alemanes parecían bastante
desilusionados de su nuevo domicilio, casi todo el día envuelto en
niebla o lluvia, si bien saludable y libre de fiebres, pero,
también lejos de merecer el calificativo ofrecido, de clima
delicioso. Otra promesa había sido la de habitaciones agradables,
promesa considerada como cumplida por los empresarios colombianos,
empero ignorantes estos del hecho de que el obrero alemán, aun el
más modesto, acostumbra habitar su pieza superior a la de un peón
colombiano, y a veces hasta a la de un hacendado. Sin conocimiento
del español y por hablar únicamente su idioma nativo, por lo pronto
se encontraban completamente aislados. Aprovechando su falta de
conocimiento del país y de las condiciones de vida, se trataba de
engañarlos en la liquidación de su sueldo, pactado en marcos
alemanes, pagándoles únicamente 25 centavos por marco, en lugar de
unos 30, que al tipo de cambio del 20 al 25 por ciento les hubieran
correspondido. Probablemente la casa alemana encargada de celebrar
el contrato había fallado al no salvaguardar en debida forma los
intereses de los contratados. A mi modo de ver los intereses de
parte y parte hubieran quedado mejor guardados todavía
permitiéndoles a los trabajadores traer sus esposas consigo, por
medio de concesión de los correspondientes gastos de viaje, pues
fácil es pronosticar que solos no se adaptarán, buscando al
contrario toda posibilidad de abandonar sus
puestos.
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Reproducida en los Anales de la Instrucción
Pública, IV, Págs. 303, etc.(Regresar a
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