7. Fusagasugá y
el puente natural de Pandi
Admirado suficientemente el Salto del Tequendama o turbado este
goce por la niebla y la lluvia, nos devolvemos a Puerta Grande,
para coger desde allí el camino a Sibaté, población situada a una
hora hacia el sur, en un estrecho recodo de la sabana, al que cruza
un pequeño riachuelo de curso bien retorcido. De allí vamos
subiendo a otra parte del borde de la sabana, con un ambiente frío
y lluvioso, poblada por árboles achaparrados, pero afamada por el
maravilloso panorama que ofrece con tiempo favorable. En el
descenso por el otro lado a través de exuberante monte y
acompañados por el aullido de los monos, que con la ayuda de sus
largas colas cobraban vuelo para pasar de árbol en árbol, al cabo
de varias horas llegamos a Fusagasugá, población ubicada a 1.700
metros de altura sobre el nivel del mar, muy ponderada por los
bogotanos como sitio veraniego en razón de su clima benigno y sus
baños de río, agradables, si bien un tanto frescos. Familias hay,
contadas todavía, que en su entusiasmo han llegado a construir su
quinta en los alrededores, entre ellas la quinta Coburgo, propiedad
del señor Demetrio Paredes y su esposa, oriunda de Coburgo
(Alemania), residencia distinguida por su ambiente acogedor y
elegante.
Fusagasugá está situada sobre el extremo superior de una mesa
ligeramente inclinada, cubierta de gramíneas y rastrojo bajo, que
se extiende hasta el llamado boquerón de Fusagasugá, teniendo como
bordes el río Chocho al noroeste y el río Cuja al sudeste.
Planicies similares se encuentran con alguna frecuencia en la
Cordillera Oriental, si bien de tamaño inferior. Tal como la de
aquí, a veces terminan en declive escarpado por sus lados
longitudinales hacia unos ríos que vienen a unirse en su extremo
inferior. Otras veces se hallan inclinadas con uno de sus lados
contra montañas más elevadas, encontrándose también mesetas
completamente aisladas. En común tienen todas estas planicies la
circunstancia de haber formado el fondo de valles en tiempos ya
remotos, debiendo su estructura actual de terraza a la prolongada
acción excavadora de los ríos. Pero de por sí tampoco han
participado como eslabón en la estructura de las montañas, siendo,
en cambio, obra de los mismos ríos, como se deduce de su
composición de gruesa rocalla. Son terrazas de acarreo, tales como
también en los Alpes las conocemos y cuya formación ha sido motivo
de estudios especiales precisamente en los últimos años. La
superficie de esas masas andinas a menudo está cubierta de enormes
rocas, que a veces sobrepasan el tamaño de todo un rancho. A pesar
de su parecido con los bloques erráticos del norte de Alemania, no
puede tratarse de tales, ya que faltarían los glaciares que las
hubieran podido transportar; tampoco aciertan los geognostas
colombianos en su conclusión de catalogarlas como de procedencia
volcánica. En cambio, habiendo presenciado la fuerza indescriptible
desarrollada por los torrentes tropicales crecidos y embravecidos a
consecuencia de uno de aquellos aguaceros diluviales, el observador
alcanza a comprender su capacidad de remover tamañas rocas, que,
dicho sea de paso, también se encuentran encerradas entre la
rocalla presente en los estratos más hondos bañados por los ríos,
como se puede observar en las excavaciones causadas por ellos. No
es raro el caso asimismo de hallarlas en los actuales lechos de los
ríos, hasta en forma acumulada.
Desde aquellas mesetas de ambiente sereno y carentes de árboles
suele ofrecérsele al viajero una admirable vista panorámica de las
perfiladas montañas circundantes, que en su parte inferior peladas
o apenas cubiertas de vegetación herbácea, acostumbran lucir la
paleta de los más expresivos matices propios de los países
meridionales, para a mayor altura presentarse pobladas de monte
espeso y, por lo tanto, en colores más sombríos y apagados.
Alcanzado el borde inferior de la mesa, observamos el grandioso
valle rocoso, a cuyo pie el poderoso río Sumapaz, previamente
reforzado por sus afluentes Cuja y Chocho, viene forzando su caudal
a través de la alta cadena de montaña encontrada a su paso. Por la
parte superior del despeñadero así formado, la vista pasa a la
amplia mesa de Limones, también una de las terrazas de acarreo, que
se extiende allende la montaña, para en el horizonte descubrir la
brecha cortada a través de otra cadena de menor elevación. Apenas
dejada esta, el río Sumapaz desemboca en el Magdalena.
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Por ahora nos encaminamos hacia el puente natural de Pandi o
Icononzo, conocido ya por la descripción ilustrada de Humboldt. A
diferencia de los llamados “puentes de tierra”, en el de
Pandi tenemos el medio natural para franquear uno de los más
grandiosos, profundos y estrechos abismos imaginables, al paso que
los puentes de tierra se forman por amontonamientos de grandes
rocas de arenisca y caliza cubiertas de tierra, debajo de los
cuales la corriente desaparece por un trayecto, para luego volver a
continuar su curso en la superficie. Ejemplos hay en varias
regiones del país, entre ellas en el camino de Pandi a
Cunday.
El camino de Fusagasugá a Pandi, con sus permanentes subidas y
bajadas conduce a través de las quebradas excavadas por los
riachuelos en su curso monte abajo, alternadas con el cruce de los
peñascos que entre ellas permanecen intactos. El viajero aquí va
cabalgando a lo largo del borde de las regiones cultivadas,
encontrando a poca distancia, a la izquierda de su camino, el
comienzo de la espesa selva que, apenas interrumpida por el alto
macizo del Sumapaz, va extendiéndose hasta el piedemonte oriental
de la cordillera y las llanuras adyacentes. Pandi mismo es un
pueblo infeliz, habitado casi exclusivamente por indios y visitado
de vez en cuando por extraños curiosos. Sería inútil buscar allí
las más mínimas comodidades. Satisfecha nuestra atención atraída
por la enorme roca de arenisca con sus pinturas en rojo, emplazada
al sur del pueblo, el camino nos conduce en descenso moderado a una
depresión, cuyos bordes se levantan al otro lado por una ladera
similar. Cuando llegamos al fondo, cruzamos cabalgando un puente de
madera, que también el viajero distraído podría pasar
tranquilamente, a no ser por el susto provocado por el chillido de
los pájaros que emerge desde abajo. Despierta así nuestra atención,
nos damos cuenta del profundo abismo abierto debajo de nosotros,
formado por una grieta rocosa con paredes verticales, en cuyo fondo
el torrente de Sumapaz hace escuchar su bramido. Bandadas de
pájaros posan en los resaltos de la roca o vuelan entre las paredes
del precipicio. Pronto descubrimos que nuestro fundamento, el
puente de madera, está descansando sobre otro puente, natural este
y formado de roca y tierra. Bajando a este por un lado y amparados
bajo una de sus rocas péndolas, cubierta con infinidad de nombres
rasgueados, alcanzamos a divisar el fondo del precipicio a través
de un hueco que hay en el piso. Desde una pequeña terraza a pocos
metros más abajo se nos ofrece una maravillosa vista del abismo y
una demostración clara de la estructura del puente. Este se compone
de un arco doble de roca, sobre el cual descansan los pilotes del
puente de madera. Parece que el arco superior, debajo del cual
hablamos estado primero, está formado por una sola roca enorme de
arenisca, en tanto que el otro, hasta donde hemos podido comprobar,
está formado por varias unidades de la misma materia, encuñadas
tanto entre sí como contra las paredes del abismo, estas últimas
integradas por arenisca y roca esquistosa en estratos alternados
casi horizontales.
André, viajero francés, ha sometido la grieta de Pandi a una
exploración minuciosa, con una publicación de sus resultados, un
tanto presumida, en “Tour du Monde”. Su compañero suizo,
habiendo descendido por medio de largos rejos, o sea lazos torcidos
de piel de buey, hasta llegar a sumergir sus pies en el agua, logró
capturar y subir uno de aquellos pájaros, para evidenciar su
identidad con los guácharos, encontrados por Humboldt en la cueva
de Caripe, Venezuela, y descritos como «steatornis caripensis».
Medida la distancia entre el puente de madera y el nivel de agua,
resultó de 84 metros, siendo esta misma de una profundidad de 18
metros, estimada por André. Su ancho, medido a lo largo de un
trayecto de 300 metros, apenas oscila entre los 10 y los 15 metros,
con un largo del puente de madera de apenas 12.6 metros. Aquel
suizo observó con sorpresa que el arco inferior no se compone de
arenisca exclusivamente, llevando en cambio roca esquistosa en su
parte inferior, descubrimiento que, a su vez, le sirvió a André
para concluir que, al contrario de la aseveración del observador
primitivo, tal arco no se compone de varias rocas aisladas,
encuñadas en la estrecha grieta, tratándose en cambio de un
remanente de formación parental, motivo suficiente para anunciar de
manera triunfante haber encontrado al fin la solución definitiva
del problema que había quedado oculta ante el mundo desde hace
centenares de años. Es llamativo el hecho de que Humboldt, por su
parte, había emitido su criterio al revés, tomando el arco superior
por material parental, en tanto que, por formado de rocas aisladas
el otro. En realidad de verdad, ambos arcos están compuestos por
masas de roca encuñadas, pero no traídas por el río desde lejos,
sino provenientes del borde superior de la grieta. Así las cosas,
¿por qué no podrían aparecer la arenisca y la piedra esquistosa en
combinación? Por cierto que lo curioso no es tanto la posible
formación de los puentes —que encontramos repetidos, en menor
escala, en el desfiladero de Uttewald, de la Suiza Sajona—
como la causa originaria de la profunda grieta misma, con sus
paredes completamente verticales. La idea más generalizada es la de
tomarse una sacudida sísmica como su origen, creencia, sin embargo,
poco probable. Veamos por qué. Puente abajo la grieta aparece
retorcida en su curso, anchándose gradualmente, en tanto que río
arriba también se origina en un valle de alguna apertura, que
conserva sus paredes perpendiculares, pero ladeando el curso en
ángulo recto, características que no se asemejan a las del origen
supuesto. Por lo tanto cobra fuerza la teoría de que la grieta de
Pandi hubiera sido cavada por la fuerza del mismo torrente de
Sumapaz, favorecida por la posición horizontal de los estratos, así
como por el recubrimiento de los estratos de esquisto,
relativamente blandos, con los de arenisca dura, condiciones
parecidas a las que encontramos actuando en el
Tequendama.