6. El Salto de
Tequendama
Todo el país tiene sus peculiaridades especiales y sus bellezas,
que permanentemente suelen destacárseles a los exploradores
extranjeros y a los turistas. Así, al viajero visitante de Alemania
en la edad media, para estudiar la naturaleza, probablemente se le
habrían señalado como los puntos más interesantes tanto los
glaciares de los Alpes como el salto del Rhin cerca de Schaffhausen
y las cuevas de las montañas secundarias. El gran milagro de la
naturaleza colombiana lo constituye el Salto del Tequendama,
formado por el río Funza a poca distancia de su salida de la sabana
de Bogotá. Del Tequendama el colombiano suele ufanarse tanto como
lo hace el norteamericano del Niágara, tomándose por ofensa
personal el atrevimiento de comparar el Tequendama con otros
saltos, al paso que se acostumbra registrar con esmero toda voz que
lo califique de superior a aquel. No obstante hay en Bogotá muchos
representantes de las clases superiores que, habiendo pasado toda
su vida en Bogotá, nunca han visto el Tequendama, a pesar de
tenerlo al alcance, en viaje de fácil realización, en medio día de
ida y otro tanto de regreso. Resalta pues que aquella alabanza no
está inspirada por la admiración hacia la naturaleza, sino por la
vanidad y ansia de gloria nacionales. Así que en las visitas
siempre con mayor número de participantes que se realizan al Salto,
a este apenas suele dedicarse un fugaz vistazo, produciendo cada
visita, no obstante, por lo menos una glorificación
poética.
Preferible es la salida de Bogotá en las horas de la tarde para
pernoctar o bien en Soacha o en Puerta Grande y así estar en la
meta a las horas matinales del día siguiente. Tan solo así habrá
posibilidad de gozar sin estorbos de vista tan admirable, en tanto
que cerca de las nueve horas una densa niebla suele empezar a
levantarse para envolver el objeto de nuestro encanto. El camino a
Soacha va a través de la sabana, en esta parte caracterizada por su
esterilidad y tristeza. Es en Soacha donde hemos de resolver si
deseamos acercarnos al Salto por la derecha o por la izquierda. En
el primer caso nos quedaremos para pernoctar y seguir a la mañana
siguiente nuestro viaje por Canoas, cruzando allí el río Funza por
un puente. De lo contrario, seguiremos luego de Soacha a Puerta
Grande, hacienda con hospedaje, situada a tres cuartos de hora de
distancia, al sur de Soacha. En mis tres visitas realizadas al
Salto, me he asomado una vez por la derecha y dos veces por la
izquierda; basado en esta experiencia, puedo afirmar que el primero
de tales caminos de acceso para mí merece la preferencia en cuanto
a la mayor belleza de su paisaje, en tanto que por el segundo me
siento más preparado para orientar al
lector.
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El recodo de Soacha termina hacia el sur en una especie de cabo
estrecho que a unos seis kilómetros de distancia de la población
del mismo nombre abarca las haciendas de Puerta Grande y
Tequendama. Sin motivo explicable a raíz de la formación del
recodo, el río Funza sorpresivamente abandona su curso de dirección
norte-sur para volver hacia el oeste y, abriéndose brecha a través
de la cadena de montaña baja que la bordea, abandona la sabana.
Hasta ahora inerte, el río, comparable en volumen al Elster cerca
de Leipzig, se vuelve bramador, alternándose dos veces los
trayectos de cataratas con otros de corrientes más tranquilas. A
distancia de unos cinco kilómetros de la sabana observamos terrazas
a lado y lado del río, indicativas de un nivel más elevado del
lecho fluvial en tiempos antiguos, nivel que los torrentes del
mismo río se han encargado de bajar. Adelante de la hacienda Cincha
situada sobre la terraza izquierda, encontramos una mina de carbón
en explotación. Rugidos sordos nos anuncian la cercanía del Salto,
y, persiguiéndolo con los ojos, de pronto vemos desaparecer el río
en un despeñadero estrecho. Ya no tardamos en pararnos sobre la
roca que le sirve de trampolín, observando las concavidades
impresionantes que las aguas a su paso ininterrumpido han ido
tallando en ella. Y ahora nuestra vista está abarcando el primer
escalón, de unos diez metros de profundidad, de la precipitación de
las masas de agua, al tiempo que de su caída mayor aparece apenas
la espuma de su tercio superior, quedando oculto lo demás. Solo en
la parte de más abajo volvemos a divisar el río escapando con
bramido al fondo del precipicio, cuyas paredes rocosas casi
verticales tan solo acá y allá dejan piso para un árbol. Están
compuestas por bancas horizontales de arenisca alternada con
esquisto arcilloso (no de piedra calcárea como erróneamente dice
Humboldt), bancas que a los pocos metros del Salto se encuentran
con carbón de piedra, combinándose así las ventajas más prosaicas
con la poesía del paisaje. La escasa distancia entre los bordes
superiores del precipicio se mantiene por varios kilómetros
todavía, lo mismo que su altura observada a la cabeza del Salto,
para luego empezar a alejarse e ir en declive. En el borde
izquierdo del precipicio se está construyendo una línea férrea
destinada a conectar a Bogotá con Girardot, a orillas del río
Magdalena. Muchas vistas hermosas de las masas de agua en su caída
al precipicio se nos ofrecen al pasear a lo largo del ferrocarril
en obra, entre ellas una frontal de todo el Salto desde la
distancia de unos dos kilómetros. Esta sobre todo debió de ofrecer
antes un cuadro extraordinario del paisaje, con el majestuoso Salto
enmarcado por un monte de soberbia belleza, ya que el aspecto
triste de la parte seca de la altiplanicie que atravesamos se
reemplaza por la vista que bordea la sabana. De lamentar es que sin
necesidad para tanto, un lado del bosque que la enmarcaba ha caído
víctima de la construcción ferroviaria, habiéndose perdido así en
gran parte el encanto del cuadro, tanto con la destrucción de su
simetría como con el aspecto feo de tanto tronco mutilado que ha
quedado en pie. La vista más impresionante del Tequendama se
ofrecerá ahora desde su lado derecho, a medio kilómetro más o menos
hacia abajo, ya que desde allí es desde donde se pone de relieve el
Salto en todo su esplendor. Fácil sería construir un puente de
madera pocos minutos arriba del salto, para poder cruzar el río en
un trayecto de aguas tranquilas, para comodidad de los amigos de la
naturaleza, hoy obligados a gastar dos horas largas para volver a
cruzar el puente de Canoas en el empeño de asomarse al Salto por su
lado opuesto. Pero a falta de una asociación colombiana de amigos
de la naturaleza, esta idea por ahora quedará sobre el papel. Con
el uso del solo puente de Canoas ni siquiera sería posible admirar
el Tequendama de un lado por la mañana y del otro por la tarde, ya
que desde las 9 a. m. los vientos que suben del valle empiezan a
correr la cortina de densa niebla.
Para determinar la altura del Salto numerosas mediciones se han
ensayado, hasta el extremo de considerarse en Bogotá tarea
ineludible para el viajero científico la de hallar esa medida. No
es cosa fácil, pues, convencer a los colombianos de que la
diferencia de unos cuantos metros carece de importancia, habiendo,
por otro lado, maneras de aplicar el tiempo requerido para la
medición en forma mucho más provechosa. Por mucho tiempo la
estimación de la altura se ha excedido bastante de la realidad, la
cual es de 146 metros de acuerdo con las mediciones más fidedignas,
vale decir dos metros más que la catedral de
Estrasburgo.
Pretender comparar el Tequendama con los saltos del Rhin o el
Niágara sería insensato, ya que en estos no es la altura sino la
inmensa masa de agua en su caída lo que admiramos. Por cierto, el
salto de agua pulverizada baja de mayor altura, pero. a la vez en
un hilo más delgado, de suerte que la impresión causada es bastante
inferior. Entre los saltos conocidos, son únicamente los Yosemite
los que combinan una altura todavía mayor con igual volumen de
agua. Pero la categoría extraordinaria que ocupa el Tequendama
—u ocupaba hasta cuando la barbarie consiguió destruir aquel
rasgo ventajoso— se basa en el panorama sobremanera encantador
de su paisaje, con la exuberante vegetación
tropical.
Tanto los colombianos como muchos viajeros extranjeros suelen
pretender que el Tequendama va abalanzándose de la tierra fría a la
caliente, tal vez creyéndose respaldados por la fama de Humboldt
cuando este en su pequeña composición sobre la sabana se refiere a
los robles presentes en la cabecera en contraste con las formas
tropicales de la vegetación encontradas al pie del Salto. Pero el
mismo Humboldt ha calificado su descripción como poco acertada,
cuando en los “Vues des Cordilléres” (Vistas de las
Cordilleras) se refería a ella posteriormente. Pues la diferencia
de solo 146 metros entre los niveles de altura no alcanza a crear
condiciones para el crecimiento de diferentes tipos de vegetación.
De no tratarse de palmas de alta montaña, las palmeras encontradas
al pie del Salto habrán aprovechado el clima favorable en el lugar
al abrigo del viento.
El origen del Tequendama parece haber provocado ya la curiosidad
de los chibchas. Humboldt, al efecto, cuenta un mito muy bonito,
encontrado en las crónicas españolas: Bochica y Huitaca, que
representaban los principios del bien, el primero, y del mal el
otro, traban lucha entre sí. Bochica, descendiente de Helios es tal
vez el sol mismo, hecho hombre. Huitaca, en cambio, dueño del
elemento húmedo, provoca las mareas, quizá como alusión a las aguas
que cubrían la altiplanicie, y se convierte en la luna. Bochica,
elemento calentador y de sequía ahuyenta las aguas, facilitándoles
salida por medio de una garganta que les abre a través de la
montaña. Lo que a Humboldt le fascina en tal mito es la creencia
básica expresada, en un poder de acción violenta y de efecto
inmediato, capaz tanto de abrir la garganta como de vaciar el lago
de tipo alpidico en un instante.
Por cierto, desde entonces nuestras percepciones geológicas han
venido sufriendo modificaciones, sobre todo en el sentido de tratar
de explicarnos todos los fenómenos geológicos de los tiempos
remotos con la acción continuada por años de las mismas fuerzas que
hoy todavía vemos activas. Aplicando el método al Salto del
Tequendama, notamos que resulta del todo inverosímil la apertura
del precipicio por fuerzas interiores de la tierra, a la vez que se
impone en forma poderosa la convicción de que el mismo río Funza, o
río Bogotá, como se llama desde su salida del Salto, poco a poco
hubiera creado ese precipicio, retrocediendo su caída más y más, a
la manera como el Niágara está moviendo también su base hacia
atrás, tal como se ha ido comprobando, y al igual que el río Elba
probablemente ha venido retrocediendo poco a poco su salto desde
Pirna hasta abrirse su brecha a través de la montaña
Quadersandstein (nombre propio, quizás no traducible) con arenisca
en dados cerca de Tetschen-Bodenbach. Volviendo al Tequendama,
tenemos en favor de lo estipulado el hecho de que los estratos de
lado y lado del precipicio son del todo iguales, tanto en sus
materias como en su formación, teniendo el precipicio mismo su
rumbo un tanto retorcido. El que el río hubiera cortado a fuerza de
sus propias aguas la sierra que bordea la sabana, con el efecto de
desaguarse el lago que la cubría, es un hecho difícil de refutar.
Ya las terrazas ubicadas arriba del Salto y encima del lecho actual
del río nos habían revelado sin lugar a duda que este hubiera
fluido a un nivel todavía más elevado en el pasado, para ir cavando
su lecho de hoy en el curso de largo tiempo. Abajo del Salto sigue
con el bramido de torrente de montaña, al comienzo en dirección
suroeste, para volverse luego al sudsudoeste y finalmente
desembocar en el río Magdalena cerca de Girardot.