4. El
páramo
A la misma elevación constitutiva en los Alpes del límite de la
región de nieve perpetua, en los Andes tropicales la arborescencia
apenas empieza a achaparrarse, reemplazándose a la vez con gruesas
capas de musgo y creando así un aspecto melancólico. Poco a poco
variedades de arbustos van invadiendo el monte hasta llegar, a la
altura de unos 3.000 metros, a eliminar los árboles por completo.
Hemos entrado a la región de los páramos, aquellas soledades de la
montaña que siguen subiendo hasta los 4.600 metros, para alcanzar
los límites de la nieve eterna.
Son raras las veces en que el páramo termine en cumbres angostas
y filosas, y menos frecuentes aún las elevaciones en forma de
peñascos altos y solitarios que tanto admiramos en los Alpes. Más
acertamos al comparar el páramo con la cumbre ancha de las Montañas
Gigantes (Riesengebirge) o Montes de Silesia, tan solo de vez en
cuando sobrepasada por cúpulas redondeadas y más bien bajas. Al
contrario de los frecuentes precipicios del páramo hacia la tierra
media, el piso de sus alturas en general se presenta suavemente
ondulado, con pequeños valles longitudinales hundidos entre las
lomas, a no ser que las aguas pasen lentamente por las anchas
planicies, ahogando la vegetación, que así se convierte en suelo
negro húmedo, para transformarse en partes en verdadera
turbera.
De brillar el sol, sus rayos, apenas filtrados por el aire
enrarecido, son muy poderosos. Pero son raras las veces que el sol
llegue al páramo a mostrar su cara, existiendo por lo general una
densa capa de niebla de por medio, con su notorio efecto aislante y
su tendencia de bajar en forma de llovizna, ligera pero duradera.
Ocasiones hay también en que caen granizadas, a veces de pedriscos
de bastante calibre, con el efecto de bajar la temperatura hasta
apenas unos grados encima del punto de congelación y de soplar un
fuerte viento helado.
En la parte inferior del páramo predominan arbustos que, con sus
hojas de verde perpetuo y parecidas al cuero, pertenecen a las
lauráceas y mirtáceas. Van disminuyendo poco a poco a medida que
progresamos en la subida, para ser sucedidos, no por praderas de
hermosas yerbas, sino por una gramínea seca y dura que crece en
forma de copos y está intercalada por matas solitarias de flores de
algún tamaño y tallos bajos, casi siempre leñosos. Pero las plantas
características del páramo son el cardón y, más todavía, el
frailejón, el primero una bromeliácea, a primera vista parecida al
agave, en tanto que el segundo (espeletia frailejon) pertenece a
las compositifloras. Del cardón con sus hojas en forma de espada,
duras y bordeadas de espinas, ordenadas como una tupida roseta
alrededor de su centro, a veces brota un tronco floreado de varios
pies de altura. El frailejón, de hojas lanudas y resinosas, con
arreglo también en forma de roseta, produce flores grandes de color
amarillo ordenadas en grupos sobre tallos largos. Una vez muerta la
hoja, su estípula se vuelve leñosa, contribuyendo así a formar un
tronco sucesivamente más alto, que con el tiempo alcanza varios
metros. Obligado el viajero a pernoctar en el páramo, las hojas del
frailejón le ofrecen su colcha a propósito, a la vez que su
contenido de resma facilita el convertirlas en combustible, tanto
para preparar la comida como para protegerse contra el frío de la
noche. En las hondonadas y quebradas resguardadas de los vientos
helados, el monte, o por lo menos los matorrales de cierta altura,
suelen penetrar al propio páramo, encontrándose allí helechos y
bellos arbustos, a la vez que trepadoras mezcladas con la maleza
del chusque, parecido este al bambú, que al excursionista con
frecuencia le obstruye el camino, como para enseñarle que aun a tal
altura sobre el nivel del mar la vegetación tropical acostumbra
mantener sus caprichos.
Cierto es que algunos cultivos, tales como las papas, las
arvejas, la cebada y aun el trigo, suelen invadir hasta las zonas
bajas del páramo, pero únicamente en sus partes secas y
guarnecidas, y aun allí a costa de un rendimiento más pobre que en
las regiones de menor elevación sobre el nivel del mar. Por otra
parte, la papa del páramo es de una calidad notablemente superior
la de la sabana, hecho que también lo refleja su precio en el
mercado capitalino. En los valles del páramo se ven reses, caballos
y mulas pastando, que se distinguen, por su pelo crecido y velludo,
de sus congéneres de la tierra caliente, de pelo corto y terso. En
cambio, las regiones más altas se ven pobladas por grandes manadas
de ovejas, animales menos exigentes en cuanto al forraje, lo mismo
que de cabras, que prefieren mantenerse en los terrenos
rocosos.
El hombre parece rehuir semejantes soledades hasta donde le sea
posible, así que al cruzar el páramo el viajero puede pasar horas
enteras sin encontrar ni señas de pueblo humano, para dar al fin
con una miserable choza levantada de arcilla y cubierta con junco o
con hojas de frailejón y habitada por uno de los más pobres
campesinos o arrendatarios. La vida de estos en el páramo no es
fácil, por cierto. Ya antes de prender la mujer la candela para
preparar un alimento caliente, el hombre, enfrentándose al frío
matinal, suele empezar su faena, la cual en general no termina
antes del oscurecer, apenas interrumpida por un corto descanso para
el desayuno. Ahora le toca preparar sus barbechos, luego ha de
dedicar tiempo, a veces son horas, a la búsqueda de una oveja o una
res extraviada o a la persecución del tigrillo y del zorro, en
acecho para robarle sus terneros y corderitos y no olvidar el largo
camino a la ciudad, indispensable de recorrer para llevar al
mercado sus frutos y animales. Caída la noche, la familia
acostumbra agruparse en la llamada cocina alrededor de la candela
alimentada por leña, que a la vez sirve para preparar en una olla
grande la comida compuesta de mazamorra, una sopa de maíz y papas.
Careciendo de chimenea, el interior de la choza viene a llenarse
pronto de un humo picante, que a los moradores poco parece
molestar. Estos al rato empiezan a tender la piel de buey como
lecho mezquino para echarse a dormir, envueltos en sus bayetones,
que son ruanas especialmente grandes y gruesas. Sin tardar están en
el sueño de los justos, al parecer inmunes contra el frío intenso y
el soplido del viento, que en todas partes entran por los huecos y
las grietas de la choza deficientemente construida, para impedirle
al extranjero conciliar el sueño todavía por mucho
tiempo.
Es aquí en el páramo donde se encuentra verdadera pobreza.
Familias enteras hay que viven sobre un terreno carente de todo
valor, dedicadas a la recolección de leña menuda y su venta en la
ciudad, como única fuente de su medio de sustento. Niños apenas
cubiertos de harapos y con vientres monstruosamente hinchados por
el consumo de papas como alimento casi exclusivo, suelen pedirle la
limosnita al viajero.
Este trata de cruzar el páramo lo más pronto, deteniéndose en la
cumbre apenas el rato requerido para depositar en el altar
improvisado una piedrita o un trocito de leña en acción de gracias
por haberle salido bien el viaje. Al colombiano la gravedad y la
soledad características del paisaje no le inspiran sino
aborrecimiento, acompañado por su temor al frío. Por cierto, éste,
acentuado por los vientos helados y las lluvias, fácilmente puede
resultar nocivo a la salud del organismo acostumbrado al calor
tropical e insuficientemente protegido. Existe esta palabra para
señalar el hecho de morir por congelación en el páramo;
“emparamarse”. El extranjero de procedencia norteña no
suele encontrar en el páramo muchos de los encantos recordados
desde las montañas de su tierra, notando apenas algo por el estilo
al traer a la memoria una de esas excursiones otoñales
caracterizadas por las borrascas típicas de la estación. Ya
acostumbrado al clima tropical, a él también le impresiona el frío,
al extremo de hacerlo dudar de su termómetro cuando observa con
sorpresa que este le señala una temperatura todavía encima del
punto de congelación. Con un máximo esfuerzo su cabalgadura lucha
contra el viento huracanado. Tan solo a ratos los rayos del sol
logran penetrar la niebla, que se empeña en limitar la visibilidad
apenas a las inmediaciones con su escasa y aburrida vegetación.
Todo aquello no deja de imprimir un sello de depresión y tristeza
al viajero, sobre todo al que anda solo, efecto que, empero, vuelve
a perderse apenas en la bajada deje las nubes atrás para abarcar
con su vista las casas y plantaciones de regiones más cálidas,
brillando al sol, panorama que de inmediato le devuelve el ánimo
sereno y contento.
Pero seria ingrato dejar de mencionar también el goce más
impresionante que una visita al páramo puede ocasionar en
circunstancias especiales, cuando el excursionista, favorecido por
una atmósfera serena y tranquila, alcanza a escalar uno de sus
picos, para contemplar desde la altura el panorama en su rededor. A
menudo había subido desde Bogotá a las cumbres cercanas, para hacer
girar la vista sobre la sabana. Estando de viaje, en cambio, no
podía darme el lujo de esperar las condiciones favorables para
escalar los picos, razón suficiente para no haberme desviado a
subir los más cercanos, sino con muy contadas excepciones, ya que
el sacrificio de tiempo no guardaba relación con el goce
perseguido, pero cargado de dudas en cuanto a su logro. Una de las
más exitosas excursiones de esta clase fue al Tablazo. Con la luna
llena todavía en todo su esplendor, salimos a las cinco de la
mañana de Bogotá hacia Subachoque, población situada al oeste de un
recodo de la sabana, cuando por la cima de la cordillera al este
apenas estaba asomando el primer rasgo del amanecer. Muchos
viajeros han acogido la afirmación de Humboldt de que en los
trópicos no hay crepúsculo como tal, pero semejante constancia no
es para tomarla al pie de la letra, ya que siempre irá a pasar como
media hora entre el primer momento de poder reconocerse la esfera
del reloj a la luz naciente y la salida de la bola roja-púrpura por
el horizonte. Era una mañana fresca y soberbia que invitaba a la
demora en el camino para gozar del gorjeo y del trino de los
pájaros entre las ramas, pero nuestro propósito de alcanzar la cima
del Tablazo antes de que la niebla ascendente desde el valle la
envolviera, nos obligaba a apresurarnos. Por una hora más o menos
seguimos el camino a San Francisco, pasando por el campo de batalla
de Santa Bárbara, donde Mosquera el 25 de abril de 1861 había
logrado aquella victoria decisiva que le abría los portales de
Bogotá para allí colocar los cimientos de la actual constitución
política de Colombia. Luego nos dirigimos hacia la derecha para
seguir el camino hacia Supatá, una de aquellas vías abominables que
los ingleses acostumbran calificar de escaleras para mula (mule
ladders). Llegados a la cumbre, dejamos el camino a la izquierda
para avanzar, por lo pronto todavía cabalgando, y luego a pie, a la
cima, que se levanta en varios despeñaderos rocosos, con vertientes
menos acentuadas de por medio, por encima de aquella cumbre.
Parches cubiertos de monte se encuentran en zonas guarecidas,
subiendo hasta el pie de los despeñaderos, con la acostumbrada
vegetación del páramo intercalada. Pero la propia cima ya no ofrece
posibilidades ni para el monte, ni para el matorral, quedando los
frailejones con unas hierbas y pajonales secos como únicas especies
de la vegetación. Poco a poco llegamos subiendo hasta la cima,
atravesando la extensión que suavemente asciende hacia ella y que
por el otro lado cae, como cortada, en forma de una pared de roca,
por varios centenares de metros, para permitirle al excursionista
hacer descansar la vista en dirección vertical sobre las copas de
un monte de frondosos árboles. La cima que acabamos de escalar
continúa, en dirección norte, en líneas curvadas, de tal manera que
las paredes resaltadas hacia el oeste a la vez van formando picos
de una altura sobresaliente, contribuyendo así a modelar aquella
línea peculiar en zig-zag que caracteriza el macizo hacia el este,
a menos que otras elevaciones antepuestas en aquella dirección
lleguen a impedir la vista sobre él.
Apenas pasadas las ocho de la mañana, alcanzamos la cima del
Tablazo, con sus 3.450 metros de altura, encontrando ya cubierto,
para nuestra desilusión, gran parte del anhelado panorama, por las
nieblas, cuya paulatina subida ya habíamos podido observar. No
obstante, también la vista sobre el enorme conglomerado de sierras
de montaña, medio envuelto en la capa nebulosa que se extiende
hacia el lejano río Magdalena, es de una belleza singular,
aumentada aún más por el espectáculo de observar los últimos picos
hundiéndose en la marea blanca, pero aún sobresaliendo esta por los
macizos majestuosos de los resplandecientes nevados de la
Cordillera Central.