|3. El monte
El monte tropical no se parece ni a las florestas ni a los
pinares característicos de nuestra tierra, teniendo por otra parte
mucho en común con la selva que llegamos a conocer por los lados
del río Magdalena. Tanto aquí como por allá existe una gran
variedad, así de géneros como de especies, que viene formando el
conjunto, habiendo en ambos casos árboles de frondas vivaces que
apenas se ramifican a bastante altura en forma umbelada. Tanto aquí
como allá hay árboles de menor estatura que crecen bajo las
especies altas, sustituidas en esos casos las palmeras por el
gracioso polipodio, y finalmente a nivel de ambas alturas
encontramos las plantas trepadoras subiendo a lo alto de los
troncos o pasándose de un árbol a otro, lo mismo que cantidades de
epifitos y parásitas cubriendo los árboles y haciendo entrever por
el ramaje sus flores, a veces de extraordinaria belleza.
Con frecuencia me ha tocado cabalgar a través del monte,
abandonándome, al principio, de lleno a su belleza, asombrosa y
cautivadora a la vez, como es la abundante vegetación, los
innumerables epifitos y raíces aéreas, el impenetrable monte bajo,
los graciosos polipodios y helechos y el derroche de regias flores.
No obstante, confieso que cuanto más me entregué a semejante
esplendor fascinante, tanto más echo de menos los bosques de mi
tierra allá en el norte lejano, con su serenidad tranquila y su
sencillez, que encantan no solamente al atravesarlos a pie, sino
también invitan a recostarse en el tapete de hojas secas de su
suelo para descansar a su sombra y entregarse a meditar o a soñar.
Cierto es para mí que el carácter contemplativo y meditativo
inherente a nuestro pueblo no encontraría apego en los trópicos.
Si bien las múltiples especies de plantas y animales reunidas
sobre un espacio mínimo podrán convertir la selva en un edén para
los botánicos y los zoólogos, contraria ha de ser la opinión del
geógrafo, lo mismo que la del geólogo, ya que ellos extrañan la
vista de conjunto sobre la región o siquiera de una parte no
demasiado reducida del camino, condición indispensable para sus
esbozos cartográficos. La tierra vegetal, de varios metros de
espesor, apenas permite reconocer la clase de las rocas, pero jamás
su estratificación.
Durante la mayor parte del día el viento suele soplar del valle
hacia arriba, manteniendo así envueltas las regiones superiores del
monte en una capa gruesa de niebla que a su vez convierte en
fenómeno raro el que el sol se asome aun en las horas del mediodía.
Tan solo hacia la puesta del sol, o a veces después del ocaso, un
viento contrario en dirección del monte abajo se encarga de
espantar la niebla. Así que la satisfacción producida por un
horizonte claro se reduce a las horas de antes de las 8 o 9 de la
mañana y al tiempo de ponerse el sol, permitiendo, entonces sí,
contemplar desde puntos adecuados de la cordillera de Bogotá los
nevados de la Cordillera Central.
En condiciones notoriamente defectuosas se encuentran los
caminos que pasan por la selva, casi impedidos como están los rayos
del sol de penetrar las densas copas de los árboles y así secar el
suelo movedizo en vía de descomposición. Las bestias se hunden
hasta las rodillas en el lodo, interrumpido este de vez en cuando
por altos escalones de roca. Por otra parte, vías carentes de uso
regular pronto vuelven a ser invadidas por la profusa vegetación,
que no tarda en obstruirlas por completo. Penetrar la selva aparte
del camino no es posible sin machete en mano, herramienta y arma
indispensable, especialmente para cortar las plantas trepadoras. A
menudo el excursionista habrá de abandonar el piso para servirse de
troncos caídos en su lugar como “puente aéreo”, y esto a
veces a considerable altura encima del suelo, de tal manera que no
es tan raro el caso que el avance de un kilómetro llegue a demandar
varias horas. Desde luego para quien así se exponga es necesidad
ineludible la de cargar sobre las espaldas su provisión
alimenticia, a la vez que la de estar dispuesto a improvisar su
posada en plena selva, con el tigrillo como posible vecino, no del
todo agradable que digamos, y las voraces hormigas en acecho para
atacar sus comestibles. Y como si no fuera suficiente todavía,
vienen los mosquitos a molestarlo, o provoca un movimiento
instintivo la actitud hostil de una culebra venenosa que intenta
clavarle sus dientes mortíferos, o su organismo extenuado por los
esfuerzos y privaciones cae preso de la fiebre. El entrar a la
selva en persecución de sus tesoros, o de lo que fuere, viene
demandándole al explorador inexorables esfuerzos e incontables
sacrificios.
No obstante, la esperanza como medio de atracción parece no
conocer límites. Así que, desdeñándolo todo, muchos aventureros se
exponen; algunos con el ánimo de descubrir una veta de oro, otros
para perseguir con cerbatana a los pobres pájaros, cuyo plumaje
reluciente parará como apetecido adorno en manos de damas europeas,
y algunos, en general de origen alemán, en busca de orquídeas y
otras plantas bellamente floridas. En las zonas bajas se explotan
maderas de diferentes variedades y se recolectan la tagua y la
savia del gomero. A mayores alturas, entre los 2.000 y 2.800
metros, se explota la corteza de quina, que también en variedades
se encuentra entre el duodécimo grado de latitud sur y las costas
del mar Caribe, constituyendo uno de los más valiosos productos
naturales de Suramérica.
Conocida primero en Europa en la segunda mitad del siglo XVII,
la corteza de quina, resistiendo mucha oposición, ha mantenido
hasta hoy su puesto entre los más importantes medicamentos, siendo
todavía el único remedio eficaz para combatir la malaria. La
corteza antifebril, como también se llama, constituía uno de los
productos más remunerativos en el comercio de los países
suramericanos de su origen. A comienzos la explotación de la
corteza solía realizarse en forma bastante rudimentaria, ya sea
descortezándose el árbol en pie, o en caso de tumbarse,
aprovechando solamente la corteza expuesta en la posición, sin
tomarse la molestia de voltear el tronco. Con el primero de tales
métodos, infaliblemente se condenaba el árbol a su destrucción por
los insectos, mientras que al cortar el tronco apenas arriba de su
salida del suelo, este acostumbra retoñar para así dar vida a su
sucesor. A consecuencia de la explotación exhaustiva la riqueza
forzosamente se disminuía, obligando a los recolectores a penetrar
a mayor profundidad en la selva, con el considerable aumento
subsecuente de los costos de explotación, ya que de un hombre
sometido a una marcha a menudo de tres semanas difícilmente se
puede esperar que traiga más de tres arrobas, o sea 37½ kilos como
carga. Pero con todo eso, la peor de las explotaciones exhaustivas
todavía falta por relatar. Consistía en descortezar también las
raíces, aunque contienen menos quina, con el efecto de desarraigar
el árbol del todo. Enfrentados al peligro de la extirpación total
del valioso regalo de la naturaleza, primero el gobierno holandés y
luego el británico procedieron a ensayar plantaciones del árbol en
sus colonias indo-orientales e indo-occidentales respectivamente,
experimentos que a pesar de repetidos fracasos iniciales tuvieron
resultados sorprendentes
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(1).
No solamente por medio de cruzamientos hábiles habían logrado
sacar un árbol de corteza más rica en quina —pasaba del diez
por ciento— que aquel de su tierra nativa, sino ubicando las
plantaciones a menor distancia de la costa habían reducido
considerablemente el costo del transporte del producto. Semejantes
logros naturalmente redundaban pronto en inundar el mercado europeo
de la corteza en competencia notoriamente favorable con el producto
suramericano y especialmente el colombiano, desalojándolos casi por
completo. Existencias apreciables habían quedado sin vender en
Londres, con un lento aumento provocado por gente que todavía
insistía en desconocer la verdadera causa de la declinación
vertical de los precios, tomándola en cambio por un fenómeno
pasajero inherente a la especulación. Difundido así el ejemplo de
los holandeses y de los británicos, era lógico esperar que también
en las tierras originarias de la corteza se procediera a
cultivarla. Así que en la hacienda “Colombia”, por
ejemplo, situada al este de Purificación, empezaron a surgir
siembras de vástagos jóvenes, siendo paisanos nuestros los
iniciadores de plantaciones experimentales sistemáticas. Al efecto
fundaron la hacienda “Alexandria” a una hora de distancia
al sur de Los Manzanos, a la salida superior de un valle con
inclinación hacia el sur y a una elevación aproximada de 2.600
metros sobre el nivel del mar. Siguiendo la amable invitación del
señor Paul Heckel tomé la mencionada hacienda como punto de destino
para mi primera excursión por varios días desde Bogotá. En visitas
posteriores tuve la satisfacción de comprobar notables progresos en
el crecimiento robusto de los arbolitos jóvenes, lo que abrigaba
toda esperanza al buen éxito. Si bien es de esperar que en un
tiempo no muy lejano las regiones del país castigadas por la fiebre
podrán contar con el suministro a precio más accesible del
medicamento comprobado como el más eficaz, dudosa me sigue
pareciendo su condición de competir con el producto indooriental en
el mercado mundial, ante el estado desfavorable de la situación
colombiana en cuanto a vías de comunicación y mano de obra.
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(1)
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Véase Cl. Markham, Peruvian bark. Introduction of Chichona
Cultivation into British India. London 1880. (Regresar
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