|2. El paisaje
civilizado
Poco corresponde a nuestra imagen de lo tropical el paisaje que
atravesamos en nuestro viaje de Honda a Bogotá y que se repite por
todas partes en los alrededores de la altiplanicie. En tanto que la
región baja se nos presentaba cubierta por monte ralo y poco
crecido, podíamos observar zonas de bosque real y verdadero de
mayor extensión al lado del camino ya a la altura de Agualarga,
aunque la mayor parte de la región al alcance de nuestra vista está
libre de todo monte, exhibiendo apenas árboles solitarios, tales
como naranjos, mangos, totumos, ceibas (bombax ceiba) y otros que
dan sombra a los ranchos dispersos en el paisaje y rodeados por
pequeñas siembras de maíz, plátanos, caña de azúcar, café y otros
cultivos, al igual que unos potreros de extensión un poco mayor,
donde pastan reses, caballos y mulas. Pero entre tales cultivos y
potreros hay trechos mayores intercalados, apenas cubiertos de
rastrojo bajo y feo, a su vez agradablemente interrumpidos aquí y
allá por el verde fresco de imponentes agrupaciones de guadua
(bambú americano), o sin otro distintivo que la roca esquistosa,
pelada, excepto unos pocos tallos de gramínea y herbácea que de
ella brotan.
Cierto que en aquel paisaje civilizado hay motivos que encantan
los ojos, así sean unas flores bonitas, árboles imponentes y bien
crecidos, pájaros resplandecientes de colores, mariposas
multicolores, flotando de flor en flor en busca de miel, lo mismo
que vistosas luciérnagas que graciosamente iluminan el camino de
noche, aparentando a veces la escena de un pueblo lejano.
Pero con todo, tan solo a mayor distancia, donde ya se
desvanecen los detalles para dar relieve a los bellos contornos y
vivos colores, es cuando se produce la agradable impresión general
del paisaje, siendo un azul intenso el matiz que prevalece en la
tierra templada, como reflejo del firmamento. Mucho se parece al
paisaje italiano, aunque tal vez le gana todavía en la grandiosidad
de sus formaciones.
Al contemplar una vertiente desde lejos, notamos con frecuencia
que el monte en su parte inferior desaparece abruptamente desde una
línea bien marcada, quedando del todo envuelto en nubes, a la vez
que la zona cubierta de rastrojo que le sigue hacia abajo se
presenta en pleno sol. Al principio me inclinaba a tomar este
contraste por un fenómeno de la naturaleza, basado tal vez en una
de sus leyes meteorológicas, que, confinando las nubes a las
regiones superiores, permitía que estas se cubrieran de monte
abundante, obligándole a la zona seca de abajo a contentarse con
una mera capa de rastrojo. Pero a medida que extendí mis viajes a
regiones menos habitadas o del todo despobladas tuve la sorpresa de
notar que allí el monte cubría toda la vertiente, con nubes también
más bajas y menos marcado el borde inferior de estas. Abandonando
mi tesis anterior, hube de convencerme de que el contraste nada
tiene que ver con el pretendido fenómeno de la naturaleza,
obedeciendo en cambio exclusivamente a la obra humana de que al
tumbar el bosque primario se habían provocado ciertas
modificaciones de la atmósfera. En analogía con la primitiva
Alemania como país cubierto de monte, al principio las vertientes
de la cordillera de Bogotá estaban en su mayor parte ocupadas por
abundante selva primaria. Pero en tanto que donde nosotros todo
pedazo de terreno desmontado inmediatamente se toma en uso por la
población apiñada, de una manera u otra, aquí suelen abandonarse
campos y potreros apenas el suelo empieza a cansarse, hasta talando
el monte para sacar provecho de la madera, pero sin preocuparse por
el uso ulterior de la tierra. Del suelo así abandonado pronto viene
a brotar toda clase de rastrojo inútil que no tardará en sufrir la
misma suerte de los árboles removidos, a no ser que las corrientes
de agua se encarguen de llevarse la desprotegida tierra laborable,
destapando la capa inferior de esquistos que por más resistente que
sea, no es apta para alimentar una vegetación digna de este
nombre.
Altamente acondicionado el carácter de este paisaje por el
hombre, es interesante compararlo con el mantenido en su estado
natural primitivo, ajeno a tal intervención. Es obvio que también
tropecemos con la influencia del hombre al observar las especies de
plantas que se cultivan en los campos, lo mismo que las clases de
animales que pastan en los potreros. Los indios antiguos no
conocían los animales domésticos, limitando sus reducidos cultivos
alrededor del rancho al maíz, la <la mija quinoa>
(chenopodium quinoa), la yuca, la arracacha, la papa, la batata, el
cacao y el tabaco, adaptada su selección a las condiciones de
altura y temperatura del ambiente. Fueron los europeos quienes
pronto trajeron especies de los numerosos animales y plantas
criados por el hombre para su provecho en el mundo antiguo.
Intimamente ligados al paisaje, como componentes sobrentendidos
suyos, están hoy el plátano y la caña de azúcar con su color verde
claro, lo mismo que el cafeto con sus hojas verde oscuras parecidas
a las del mirto, sus maravillosas flores blancas y sus cerezas
rojas. Al efecto, el plátano logró diseminarse de tal manera que
expertos botánicos durante mucho tiempo lo tomaban como originario
de América. El que con las especies cultivables también la mala
hierba y plantas de poca importancia hubieran encontrado su camino,
no es de extrañar. Así que encontré nuestro digital (digitalis
purpurea) en camino de regreso a su estado silvestre, en
cantidades, no solamente en los alrededores de Bogotá, sino también
en el páramo.
En tanto que casi todo vegetal encontrará a determinado nivel de
altura sus condiciones favorables, no hay, empero, ninguno capaz de
adaptarse en todas las vertientes comprendidas entre las llanuras
de la tierra caliente y las cimas cubiertas de nieves eternas. Tal
vez es el maíz el que más se acerca a tal cualidad, pero aun así va
perdiendo su fuerza germinativa al exponérsele tanto al calor
máximo como al extremo frío. Las plantas útiles menos aptas para
trocar su ambiente de pura tierra caliente por un nivel más alto
para su cultivo son el cacao, el índigo, el tabaco y el arroz, así
como el plátano hartón, una especie con frutos de mayor tamaño. En
cambio, en la subida hasta la tierra templada se dan las demás
clases de plátano, la caña de azúcar, la piña, la yuca y la mata de
algodón, para encontrarse allí con el cafeto, el naranjo y la
arracacha, pero todos estos vegetales ya no tienen sus condiciones
ambientales propicias al pasar de los 2.000 metros sobre el nivel
del mar, o sea al entrar a la tierra fría, con clima ya apto para
el cultivo del trigo y la cebada, las legumbres y las frutas de
nuestra patria y casi también para sembrar papa. Pero en vista de
las facilidades ofrecidas para tales cultivos por las altiplanicies
cercanas, son relativamente pocas las partes que hasta ahora para
el hombre han merecido la pena de desmontarse con el mismo
objeto.
En su mayoría los cultivos, y especialmente los de plantas
alimenticias, están radicados alrededor de los ranchos, en siembras
de poca extensión, cultivándose en mayor escala tan solo unas pocas
especies que solemos nombrar de coloniales, con destino ya sea para
la exportación o para el uso doméstico.
Areas de extensión enorme se dedican a los cañaverales, cuyo
ocupante, la caña de azúcar (saccharum officinarum L.), aquí
simplemente llamada caña, no depende del ciclo general del
calendario, madurando durante todo el año, y dando para un solo
corte anual en las regiones elevadas, a cambio de dos en tierra
caliente. De no cortarse a tiempo, la mata suele secarse pronto,
pero con cortes oportunos puede ofrecer cosechas durante decenios.
El transporte de la caña cortada del campo al trapiche acostumbra
verificarse por medio de bueyes. El trapiche antiguo está equipado
con cilindros horizontales de madera que giran a fuerza de caballos
o de bueyes, a diferencia de algunas plantas modernas ya
existentes, con máquinas de hierro instaladas y movidas por
aprovechamiento hidráulico o a vapor. Unicamente la parte inferior
de la caña contiene zumo suficiente para la molienda, mientras que
la parte de arriba con las hojas sirve de forraje. El residuo seco
que sale del trapiche, o sea el bagazo, constituye el apreciado
combustible para hervir el zumo exprimido y así convertido en
espesa melaza, o miel como se le llama, producto en que termina el
proceso de elaboración en muchos trapiches, que se vierte en los
zurrones, una especie de costales de cuero, para despacharse al
mercado o a las tiendas. Pero de continuarse el proceso de hervir
la miel, y con la ayuda de moldes, esta se transforma en el azúcar
en rama de color entre amarillo y carmelita, o sea la panela,
alimento predilecto para arrieros, colectores de corteza de quina y
demás gente viajera. El azúcar refinado, producido apenas en
pequeña escala, acostumbra carecer del color níveo tan apreciado
entre nosotros. De importancia incomparablemente mayor son, por
otra parte, las bebidas elaboradas con la miel, tales como la
chicha, el guarapo, el anisado y, en menor escala, el ron.
Observando las cantidades de panela, dulces, guarapo, chicha y
anisado consumidas por habitante, pronto dejamos de extrañar el
hecho de que las áreas cultivadas con cañaverales en Colombia van
en la misma relación con el número de habitantes como las usadas
para la producción de centeno en Alemania, pero con la
particularidad de gastarse los productos de la caña exclusivamente
dentro del país. Obviamente las áreas sembradas de caña podrían
aumentarse considerablemente todavía en caso de que la exportación
de azúcar fuera factible. Pero al paso que vamos, las condiciones
para competir Colombia con éxito, tanto en los Estados Unidos como
en Europa, con los productores de las Indias Occidentales, lo mismo
que con el azúcar de remolacha alemán, todavía demorarán mucho en
alcanzarse, debido al estado lamentable en que se hallan las vías
de comunicación en el país, a la vez que a la carencia tanto de la
técnica como de la maquinaria requeridas para producir un azúcar
refinada de primera clase.
Los cafetales sin duda tienen desarrollo y producción favorables
en las regiones relativamente bajas, pero la calidad de su grano
dista mucho de igualar a la proveniente de mayores alturas, hecho
que últimamente ha empezado a inducir a los productores a abandonar
sus plantaciones productoras de grano inferior. Las cosechas
superiores se obtienen en las regiones de Sasaima y Tena y otras de
condiciones similares, en alturas de 1.000 a 1.700 metros sobre el
nivel del mar. Parece ser la irradiación solar excesiva la que hace
sufrir al café, motivo por el cual se trata de protegerlo en muchas
partes, primero con la siembra de matas de plátano de crecimiento
rápido entre los cafetos, para luego cambiarlos de preferencia por
árboles mimosas, cuyas copas dejan una sombra benigna. El
caficultor cauteloso no deja pasar sus cafetos de una altura de 1 a
1½ metros, facilitando así la faena de la cosecha y consiguiendo a
la vez un crecimiento a lo ancho más compacto. A los tres años de
sembrado, el cafeto comienza a producir, para compensar con buenas
cosechas durante muchos años sucesivos el cuido esmerado que se le
brinde. Mientras su florescencia cae en los meses de noviembre y
diciembre, los de abril y mayo son de sazón y recolección. Cogidas
las cerezas de café, estas pasan por una descerezadora para
quitarles su pulpa y luego por un proceso que abarca el despulpe,
el lavado y el secado en pergamino. Terminado este último, el grano
se escoge para luego empacarlo con destino a su exportación. Cierto
es que también la explotación del café va sufriendo por las
deficientes vías de comunicación, permitiendo, sin embargo y a
pesar de las cotizaciones un tanto desfavorables en el mercado
mundial, su cultivo provechoso en regiones de la cordillera no
demasiado apartadas. El consumo dentro del país es menor del que
podría esperarse, limitándose los usuarios a la gente acomodada de
las ciudades y, cosa extraña, al pueblo de las zonas lejanas, que,
en efecto, lo usa en infusión un tanto diluida y sin leche ni
azúcar, a diferencia de la gran masa de la población que prefiere
el chocolate como bebida diaria.
Contrario al cafeto, el cacao se da únicamente en las regiones
bajas, con un límite de altura de 1.000 metros más o menos.
Necesita bastante humedad, motivo por el cual los lugares
preferidos para su cultivo son los suelos de las cuencas fluviales
y las vegas. Más todavía que el cafeto, el árbol del cacao requiere
para su desarrollo de protección contra los rayos solares directos,
exigiéndole al cultivador por lo tanto sembrar árboles, en contra
de su inclinación generalizada a destruirlos. En la cordillera de
Bogotá los cacaotales no son muy frecuentes, ya que sus regiones
habitadas por regla general se encuentran en alturas que exceden el
ambiente requerido para el cultivo, y teniendo en cuenta, por otra
parte, que a distancia tolerable, o sea en el valle del alto
Magdalena, se está produciendo la almendra de primera calidad,
especialmente en las cercanías de Neiva.
Relativamente pocos son también los cultivadores de añil y de
tabaco. El primero, «indigofera» de varias especies, es una pequeña
papilionácea con hojas que contienen la buscada materia colorante.
Estas, cortadas cada dos meses, se pasan a un tanque de mayor
capacidad, para en él ser prensadas bajo afluencia de agua. De allí
la tinta así extraída fluye a otro tanque, para ser batida por
medio de una rueda grande, proceso que provoca la precipitación de
la indigotina. Esta se hierve, para luego secarla por algún tiempo
y a continuación prensarla, para formar pequeños cubos que así
entran al comercio. De las añilerías con plantaciones en mayor
escala en la actualidad no queda sino una, la de los señores
Nietos, cerca de Peñalisa (Ricaurte), a orillas del río Magdalena.
Todas las demás, que habían aparecido entre los años de 1860 y 1870
volvieron a fracasar, ya sea por lo excesivo de las inversiones
iniciales o por error cometido en su ubicación.
Los cultivos de tabaco, que encuentran mejores condiciones para
su desarrollo por el otro lado del río Magdalena, cerca de
Ambalema, no son tampoco frecuentes en la cordillera de Bogotá. Es
también en las cercanías de Peñalisa donde existe la mayor
plantación, por la cual el señor Nieto, su dueño, tuvo la
amabilidad de pasearme. Habiendo quedado las hojas colgadas por
espacio de dos semanas en construcciones especiales (caneyes)
levantadas para su secamiento inicial, empacadas en tercios, se
llevan a la fábrica para ser prensadas y sometidas a otro proceso
secador, terminado el cual quedan listas para la elaboración de
cigarros. Más de cincuenta trabajadoras estaban dedicadas en aquel
entonces a extender y alisar las hojas, a la vez que otras tantas
se ocupaban en la elaboración del producto final. El paso a la
fabricación para el consumo doméstico había sido consecuencia
directa del aumento del gravamen sobre el tabaco decretado por
Alemania, país a donde se solía exportar hasta entonces la hoja en
rama. El cigarro de primera calidad tiene hoy un precio de 20 pesos
por mil, o empacado en cajas de 25 pesos por mil. Las cajas son
manufacturadas en Hamburgo, pero de cedro colombiano. La calidad
del tabaco parece haber decaído en el curso de los últimos años, no
solamente aquí sino en todo el país. A menos que una detenida
investigación determine otra causa, el empobrecimiento del suelo ha
de tomarse por la más probable (véase parte V-a, capítulo 3°).
También otras plantas útiles vienen cultivándose aquí y allá en
mayor escala, tales como el arroz, el maíz, el plátano y otras más
pero, por lo menos en grado igual, si no en mayor escala que los
cultivos, el carácter del paisaje civilizado viene determinado por
la ganadería, aunque las vertientes de la tierra templada carecen
de potreros con áreas semejantes a las encontradas en las llanuras
al pie de la montaña. No obstante, el suelo del monte tallado,
sembrado de gramíneas extrañas, tales como la guinea y el pará
(panicum maximum y panicum molle) ha llegado a producir potreros de
superior calidad, que le ofrecen al ganado alimento más abundante,
para obtenerlo más gordo y pesado. A la vez que estos potreros en
la montaña media constituyen el mejor ambiente para criar mulas, no
solamente por la mayor facilidad de adaptarse la mula ahí nacida y
crecida tanto al clima caliente como al frío, sino también por
aprender el animal casi incidentalmente su arte tan indispensable
de trepar por terrenos quebrados, que tanto esfuerzo impone a sus
congéneres de la altiplanicie, a pesar de su mayor estatura y
aspecto más imponente. Los caballos oriundos de la sabana, en
cambio, tienen fama de ser los más finos y vistosos del país.
Siendo las vías de comunicación en su gran mayoría caminos de
herradura, obvio es para Colombia que los caballos, y más aún las
mulas, vienen desempeñando un papel mucho más importante en la vida
que los caballos en nuestra tierra. Así que el campesino en
pequeño, ya sea dueño o arrendatario, suele tener su cabalgadura, a
menudo una yegua, que a la vez le sirve para cría, o por lo menos
un buey a cuyo lomo carga sus cosechas para el mercado, animales
que a la vez le sirven en sus faenas agrícolas, por ejemplo en los
trapiches. El buey también es animal de tiro para mover los carros
pesados de dos ruedas por los caminos carreteables, hasta el punto
de servir aun de animal de carga cuando los caminos por su estado
en extremo defectuoso así lo requieren. Vacas lecheras casi no
existen. Siendo por lo tanto la producción de carne el único objeto
de la ganadería, las reses van pastando tranquilamente en los
potreros sin otro ánimo distinto al de conseguir su alimentación,
hasta cuando lleguen al estado de sacrificarlas. En tanto que las
ovejas se encuentran en mayor número en las regiones de mayor
altura, los cerdos y las gallinas no suelen faltar en ninguna casa
colombiana, excepción hecha de las ciudades mayores. Lo mismo que
los perros ordinarios, son animales domésticos en el verdadero
sentido de la palabra, viviendo, así sea dentro del mismo rancho o
a su lado, y alimentándose de los desperdicios de la cocina y tal
vez de un poco de maíz. A diferencia del carácter casi virgen del
paisaje que todavía observamos en la tierra baja del río Magdalena,
sobre todo arriba del arco grande que forma éste cerca de
Tamalameque, interrumpida la selva apenas por unos parches
insignificantes de tierra desmontada, en las vertientes de la
cordillera de Bogotá el hombre ha puesto pie firme ya en mayor
escala, estampándole al paisaje el signo de su presencia y de su
labor. En casi todas partes la vista tropieza con ranchos
solitarios, mientras que pueblos como ciudades aparecen a mayores
distancias. Más intenso se nota el tráfico, el contacto entre la
gente es más estrecho, en estado de mayor desarrollo se presenta el
bienestar material al igual que la cultura general. El carácter
agravante que sin duda opone la montaña al intercambio no ha podido
afectar mayormente el aprovechamiento de las ventajas que las
regiones montañosas ofrecen, por otra parte, para el desarrollo de
la vida del hombre y de su cultura. Ahí tenemos ante todo el clima
más fresco y, por lo tanto, menos enervante, que lo anima a
trabajar, empezando por la necesidad de satisfacer las mayores
exigencias de carácter inmediato, en cuanto a vestimenta y
habitación se refiere. Otra ventaja es la de que la menor
exuberancia de la vegetación silvestre hace menos estorbo a los
cultivos, por cuanto menos esfuerzos requieren ellos para evitar
que aquella vuelva a sofocarlos. Y finalmente, ventajosa resulta
también la mayor reducción del peligro que en las regiones de menor
altura amenaza tanto al hombre como a su obra, proveniente del
reino animal. No cabe duda que estos factores han contribuido
decisivamente al nivel de cultura alcanzado en estas regiones en
comparación con el de la selva en tierra baja.