Al cabo de siete meses y medio de haber llegado a Bogotá, el
señor Harriss-Gastrell emprendió viaje de regreso a Europa, evento
que para mí produjo el efecto de disolverse mi contrato,
facilitándome la posibilidad de entregarme en adelante del todo a
mis estudios particulares. Obvio es que la preocupación de
encontrar la manera más a propósito para ello me había mantenido
embargado desde tiempo atrás. Entre otras, había pasado por mi
mente la idea de dirigirme a algún puerto del océano Pacífico, sea
en viaje directo o por Quito, para seguir el litoral a todo lo
largo, con interrupciones ocasionales para emprender excursiones
hacia el interior y luego coger por la costa atlántica hacia el
norte para aprovechar una oportunidad conveniente de embarcarme en
viaje de regreso a mi tierra. Sin embargo, esta posibilidad de
obtener un cuadro sinóptico de la mayor parte del continente habría
conllevado para mí la desventaja de perder de antemano toda
oportunidad de dedicarme a mis propias exploraciones científicas,
obligándome a la vez a reducir en forma desproporcionada el
trayecto, debido a lo costoso de los viajes marítimos,
especialmente en las rutas de la costa pacífica. En consecuencia
resolví abandonar todo el proyecto, para cambiarlo por el propósito
de viajar por Colombia a medida que mi salud y el estado de mis
finanzas me lo permitieran. Sin lugar a duda, Colombia ofrece para
el viajero deseoso oportunidades de hacer descubrimientos, si bien
sin la magnitud de aquellos logrados en el Africa durante los
últimos decenios, pero propicios no obstante para llenar las partes
todavía en blanco de nuestros mapas y, quizás, conducentes a
corregirlos en sus dibujos inspirados en exceso de fantasía. Pero,
con todo eso, los viajes de exploración propiamente dichos en este
caso no estaban dentro de mi programa. Hace poco, Crevaux había
navegado por el río Guayabero, levantando sus planos y cambiando su
nombre por río Lesseps, quedando la misma tarea de levantamiento
todavía por realizar en cuanto a los ríos Vaupes, Caquetá y
Putumayo. Completar los conocimientos, hasta ahora muy escasos, de
los Estados de Magdalena y Bolívar en el litoral atlántico sería
otra obra digna de acometer. Pero los viajes por tales regiones,
despobladas del todo o habitadas apenas por algunas tribus de
indios salvajes, fuera de una constitución física bien resistente,
requieren la bolsa bien provista para atender los gastos obvios de
una escolta por lo general numerosa. Desde luego tales viajes,
aparte del levantamiento topográfico, se podrían aprovechar para
formar colecciones, tanto zoológicas como etnológicas, con sus
apuntes pertinentes, pero todo sin menoscabo de las ventajas que
los viajes por terrenos abiertos y poblados ofrecen para
investigar desde el ángulo científico-geográfico la correlación
que existe entre la estructura de la montaña y la configuración de
la superficie, lo mismo que el clima, hidrografía, flora y fauna y,
por último, el carácter y la cultura de los habitantes.
El área del país excede a la que solemos imaginarnos, fácilmente
inducidos por la escala tan reducida del mapa, siendo tan solo la
superficie de aquella parte ocupada por las cordilleras de una
extensión apenas inferior al área de todo el imperio alemán. Pero
cuánto tiempo requeriría, por ejemplo, el llegar a conocer esta, de
no haber ferrocarriles para vencer las distancias o de encontrarse
cubierto todo el país por montañas de carácter alpino. Para acertar
en un cálculo aproximado, sería menester apropiar el tiempo
suficiente para las demoras considerables implicadas por la
realización de recolecciones y de observaciones, al igual que por
pequeñas excursiones y trechos para caminar por acá y allá, todo
inherente a la exploración científica. Saltando así a la vista la
necesidad de mantener limitado el posible radio de acción, se
entiende que mis viajes proyectados para el año siguiente hubieran
de concentrarse a una región no mayor a aquella ocupada por la
Alemania central enmarcada por las ciudades de Colonia, Dresde y
Nuremberg, o, tomando por escala los Alpes, el área comprendida
entre el Monte Blanco, Munich y Verona.
Consciente de lo deficiente de los conocimientos adquiridos
antes de mi partida de Alemania, en materia de geografía e historia
colombianas, obvio era para mí aprovechar toda oportunidad para
complementarlos en Bogotá. Con tal objeto había adquirido algunos
libros en propiedad, recurriendo a amigos y conocidos para
facilitarme otros y aceptando el amable ofrecimiento de la
Biblioteca Nacional en el mismo sentido. Pero, con todo, gran parte
de la literatura existente me había quedado inaccesible en aquel
entonces.
Falta muy sensible hace un “Baedeker”
|
(1)
|
u otra guía similar del
viajero para anticiparle a este las orientaciones sobre tipos y
costumbres del país, modos de viajar, posadas y alimentación por
encontrar, lo mismo que indicaciones aproximadas del tiempo
requerido y de los medios financieros demandados para atender los
gastos, ya que semejante manual todavía no existe ni de Colombia ni
de Suramérica. De recurso no desdeñable para el viajero son los
mapas y las descripciones geógrafo-estadísticas publicadas por
Ponce de León y Felipe Pérez con base en los manuscritos elaborados
por Codazzi, pero con el lamentable olvido de no mencionar esta
referencia. Agustín Codazzi, italiano, de profesión ingeniero y con
patente de oficial, cumplido con esmero su contrato con el gobierno
de Venezuela para explorar aquel país con resumen de los resultados
en forma de un mapa y los textos pertinentes, fue llamado por el
gobierno colombiano con el mismo encargo. En tal virtud viajó por
el país durante los años de 1849 a 1858, levantando croquis de una
gran parte a pesar de las frecuentes interrupciones sufridas por
otros trabajos, al igual que por las conmociones civiles. Murió el
13 de diciembre de 1858 cerca de Valledupar, víctima de un ataque
de fiebre, cuando estaba ocupado en sus investigaciones de los
estados litorales. Codazzi merece nuestra admiración más expresiva
por el progreso enorme logrado a través de su trabajo en la
descripción bastante acertada de las condiciones geográficas del
país, al menos de sus regiones habitadas. Al calificar su obra tal
como ahora existe, no hemos de olvidar la insuficiencia de los
promotores para acometer su publicación. Con su escala de 1:810.000
los mapas no exceden mucho al de la página doble demostrativa de
Alemania suroeste y Suiza o de la página de Sajonia y Turingia, tal
como aparecen en el atlas portátil de Stieler (Stielerscher
Hand-atlas). La descripción limitada a lo estrictamente sistemático
nada dice sobre la manera de viajar y mucho menos constituye una
verdadera guía del viajero. Cierto es que Codazzi había elaborado
una relación prolija de las vías de comunicación existentes en
todas las zonas por él cubiertas, trabajo orientado ante todo hacia
fines militares y publicado al menos en la parte referente a las
provincias nororientales. Pero temiendo su aprovechamiento por
parte de los revolucionarios, el gobierno más tarde mandó destruir
la edición parcial existente, descartando a la vez la impresión
relativa a las demás provincias. Desde luego fue esta una actitud
emanada de miras estrechas y mezquinas que necesariamente privaba
de tan valioso material también a la propia tropa del ejército.
Pero, favorecido por la suerte de encontrar parte de aquellos
apuntes en la biblioteca oficial de Bogotá, pude extractar lo que
me pareció provechoso.
Durante el primero de sus viajes, que lo llevó a través de los
estados de Boyacá y Santander, Codazzi fue acompañado por uno de
los personajes más ilustres del país en aquella época, Manuel
Ancízar, autor de una descripción amena de la aventura. Por lo
demás son pocas las relaciones emanadas de pluma colombiana sobre
viajes efectuados dentro del país, concebidas estas en forma de
artículos folletinescos de periódico con un torrente de
sentimientos poéticos, pero sin contribuir en nada a la descripción
plástica de las regiones ni de sus
particularidades.
|
|
También los libros de viaje tocantes a Colombia originarios de
fuentes europeas, son relativamente deficientes, limitándose la
obra clásica de Humboldt a Venezuela, para dejar sin describir su
viaje a través de Colombia. Tanto durante la guerra de la
independencia como después de ella eran numerosos los viajeros y,
en parte aventureros, los extranjeros que llegaron al país, pero
los libros producidos por varios de ellos sobre sus impresiones, ya
en aquel entonces en partes insignificantes, en su mayoría han
caído hoy en desuso. Más tarde, los viajeros, en número ya más
reducido, empezaron a dar preferencia casi exclusiva al uso de las
vías principales, concretando desde luego sus escritos a ellas.
Entre estos, uno de los más detallados es el libro de Isaac Holten,
botánico norteamericano que había viajado por la Nueva Granada
durante los años de 1852 a 1854, libro muy profuso en interesantes
detalles, pero escaso en conclusiones de carácter general. De las
descripciones de más reciente publicación probablemente la más
completa es la de Edouard André (véase “Le tour du
monde”), tomo XXXIV, etc., con reproducción extractada en
(“Globus” 1877, etc.), recomendable a la vez por sus
numerosas ilustraciones, aunque en parte caricaturadas. Pero
también el texto trae muchas cosas de interés, si bien el estilo,
legítimamente francés, a veces va sacrificando la verdad a una
observación picante, limitándose además a rendir meros conceptos en
lugar de demostrar el origen de ellos mediante la descripción de
las investigaciones precedentes.
De una manera más pronunciada todavía viene aplicando aquellas
características cierto conde Gavriac, cuyo libro, carente de toda
importancia, tiene mala fama en Colombia, llegando al extremo de
calificar de perdonable la aversión de sus habitantes contra los
viajeros europeos. Por mi parte, el mayor goce y provecho por todo
concepto lo he sacado de la lectura de “Cuatro caminos a
través de América”, libro de M. v. Thielmann, editado por
Duncker & Humboldt, Leipzig, en 1879. Aunque basado en las
observaciones ligeras de un viaje rápido y, en consecuencia,
concebido y escrito para captar su tema apenas a grandes rasgos,
describe tipos y costumbres en forma plástica y con bastante
acierto, si bien a veces con exceso de acerbidad. Las descripciones
viajeras de Schenk sobre Antioquia, publicadas en Petermanns
Mitteilungen de 1883, tan abundantes en tópicos útiles y
acompañadas de mapas profusos en detalles, infortunadamente me
llegaron apenas en vísperas de terminar mis viajes.
En consecuencia, para preparar estos estaba prácticamente
restringido a informaciones verbales de consecución un tanto
difícil, ya que ni los extranjeros ni los colombianos mismos poseen
conocimientos del país en suficiente escala, a tal extremo que de
las regiones remotas apenas tienen una vaga imagen. Así que para
enterarme de las vías que comunican con el sur del Estado del
Cauca, me tocaba aprovechar la presencia de un joven estudiante
oriundo de Popayán, capital de aquel Estado. Pero lo mismo de mal
vamos en cuanto a datos y consejos de orden general, ya que los
colombianos, a falta de aprecio desapasionado por su país y su
nivel de cultura, suelen pintarlo todo o bien de color rosa o de
negros colores, esto último en la creencia de favorecerse ellos
mismos personalmente con su crítica denigrante. Otra falla tienen
los paisanos alemanes residentes como fuente de información, ya
que, acostumbrados al uso exclusivo de las vías principales,
carecen de la facultad de ponerse en el lugar del viajero
científico con sus deseos y necesidades bien diferentes. De ahí que
todo extranjero ha de pagar caro un aprendizaje para allegar la
experiencias conducentes a convertirlo en viajero experto.
Encontrando en uno o dos almacenes todo el equipo requerido, el
turista nuestro no necesita preocuparse del tiempo que demandan sus
preparativos. Empacados los implementos en su morral, aborda el
tren para, una vez llegado a su meta, empezar a internarse en la
montaña de su elección, caminando contento y lleno de alegría.
Cierto es que al viajero en Colombia no le espera la tarea de
organizar largas caravanas al estilo de aquellas necesitadas en el
Africa, pero, en cambio, aquí todo detalle de los preparativos
requiere tiempo y suele tropezar con estorbos inesperados en grado
tal que el anhelado momento de montar la bestia se demora más de la
cuenta.
|
|
Pues viajar por las regiones montañosas de Colombia, a falta de
otros medios de transporte, significa andar a caballo o, de
preferencia, a lomo de mula, pues los ríos, aquí todavía torrentes
raudos, se tornan en navegables apenas a su entrada en las llanuras
lejanas, bien sea del río Magdalena o de los llanos orientales, en
tanto que los ferrocarriles muchas veces apenas existen en
proyectos sin realizar, exceptuando unos pocos trayectos de menor
extensión, limitándose las carreteras, a su vez, a aquellas que
cruzan las altiplanicies de la cordillera oriental y has que se
encuentran cerca de Cúcuta y en el valle de Medellín. Por lo demás,
el camino de herradura prácticamente constituye el único medio de
comunicación en las regiones montañosas colombianas.
A pie acostumbra moverse solamente la gente que forma la clase
baja, o sean los peones y los arrendatarios de pocos recursos,
constituyendo la cabalgadura el primer objeto de lujo que se regala
el colombiano, para seguir luego con el galápago y las
guarniciones. Presumir tal actitud inspirada en mera pereza era un
error que cometí al llegar al país, para corregirlo bien pronto, al
experimentar en carne propia lo poco aconsejable que sería tratar
de recorrer las regiones a pie, de acuerdo con nuestra costumbre.
Ya unas cuantas caminatas en pequeña escala me hicieron desistir de
mi propósito, para más bien acoger el ejemplo de los hijos
acomodados del país, adquiriendo una buena cabalgadura, capaz de
transportar a su jinete en menos tiempo y con más comodidad, tanto
en lo plano como en terreno montañoso. Realmente los sinsabores que
esperan al viajero pedestre no son de poca monta, empezando por las
incontables pendientes y las lamentables condiciones de los
caminos, lo mismo que las numerosas quebradas que en su cruce
obligan cada vez al baño de los pies con el calzado puesto.
Agregando a esto el calor sofocante de los trópicos y la fuerza de
los rayos del sol en su caída vertical, tenemos el cuadro más o
menos completo de los factores que permiten juzgar la magnitud de
los esfuerzos requeridos y los peligros implicados para la salud,
especialmente del viajero extranjero no adaptado. En cambio, la
mula, capaz en general de pisar en donde el hombre alcanza a sentar
el pie, lo lleva con ventaja, quedándole vedadas solamente las
regiones de las nieves y las selváticas con su denso monte bajo,
sus trepadoras y sus troncos caídos. Así que forzosamente habrán de
andar a pie los explotadores de los árboles de quina, de caucho y
de maderas especiales. También los esperanzados en descubrir una
mina de oro o de plata en el monte, al igual que los empeñados en
escalar tal o cual cumbre tentativa a través de la zona boscosa y
otros que, penetrando la selva inexplorada, buscan trazar una vía,
completar los conocimientos geográficos o ascender un nevado, todos
ellos habrán de confiar en su resistencia de caminadores como único
medio de locomoción. Esto no obsta para cruzar montado las zonas
colonizadas o a lo menos para tener siempre la cabalgadura a mano,
para así atender la norma número uno del viajero tropical, o sea la
de preferir toda comodidad posible a cualquier esfuerzo
innecesario.
La mula constituye la cabalgadura más apropiada para viajar en
Colombia, aunque el caballo también goza de favorecedores en número
mayor del que se presume, aventajando a la mula en rapidez y
fogosidad y, al menos cuando sean muy buenos ejemplares, también en
paso muy suave. Siendo el animal más a propósito para pasear y para
viajar en lo plano, en cambio raras veces tiene aptitudes de
montañista como las ostenta la mula con su paso seguro y sensato
cuidado. Además, los caballos de la sabana suelen sufrir harto por
el clima desacostumbrado de tierra caliente, en tanto que sus
congéneres crecidos allí requieren mucho tiempo para aclimatarse en
la altiplanicie. Aun careciendo del paso fino de los sabaneros, los
mejores caballos para viajar son los que provienen de la tierra
media o templada. A la mula le ganan en recorrido en lo plano,
provocando esta no obstante un cansancio mucho más intenso en su
jinete y precisándolo a aplicar las espuelas a ratos. Pero, por
otra parte, aun en los peores trayectos del camino, el viajero
puede confiar tranquilamente en su paso seguro, mientras se cuide
de no azuzarla en exceso, permitiéndole en cambio buscar ella misma
su pisada. Al paso que no afectan su salud ni los cambios de clima
ni las variaciones en la alimentación, su capacidad de soportar
esfuerzos y privaciones excede en mucho a la del caballo. Este, en
cambio, es la cabalgadura por excelencia de las altiplanicies,
donde al habitante carente de mula también le sirve para viajar,
aun a sitios más remotos. Pero en las regiones montañosas la mula
tiene su bien ganada preferencia, así por ejemplo en el Estado de
Santander como también en Antioquia, donde hay hermosos caballos
briosos, pero destinados al lujo de paseos únicamente. Hasta en las
llanuras de tierra caliente la mula ha llegado a reemplazar en gran
escala al caballo, por ejemplo en los llanos orientales, gracias a
su mayor resistencia al calor y a las subsecuentes plagas animales,
quedando sin igual además como bestia de carga, en todas partes,
inclusive en las regiones altas, y en cualesquiera
circunstancias.
En su mayoría los colombianos suelen llevar entre las alforjas
todo su equipaje, ya que, por lo general, este se reduce a una
botella de coñac, el cepillo de dientes y el peine, omitiéndose la
pastilla de jabón como cosa innecesaria. A la parte trasera del
galápago se acostumbra sujetar una manta gruesa de lana para
pernoctar en el páramo o una hamaca para acomodarse de noche en
tierra caliente. Tan solo la gente más acaudalada acostumbra andar
con pretensiones mayores, existiendo determinada clase de jóvenes
ricachos conocedores de las maneras de viajar europeas o
estadinenses y acostumbrados a equiparar la comodidad exagerada a
la más alta felicidad de la vida, que gastan sumas ingentes en
equipo y aprovisionamiento, si es que por fuerza se animan a viajar
por su patria. Obvio es que el europeo se distancia de semejantes
excesos, insistiendo empero, excepción hecha de los tenderos
italianos, en un mínimo de aseo y comodidad superior al aceptado
por el promedio colombiano, no pudiendo prescindir, por lo tanto,
de la mula de carga. Para él se sobreentiende la necesidad de
llevar algunas provisiones de boca aptas para completar las
comidas, a veces demasiado pobres, que encuentra en el camino, así
que también querrá tener a la mano su ropa para cambiar, lo mismo
que unas toallas y ropa de cama, y hasta tal vez un catre de
tijera. Para atender sus fines científicos, en dado caso, requiere
útiles de escribir, lo mismo que unos libros e instrumentos, siendo
necesario, por último, pero no de menor importancia desde luego,
cargar una buena suma en monedas de plata, en reemplazo del oro,
casi desaparecido del país, y en lugar de billetes, que poca
aceptación encuentran. Para empacar el equipo así escogido y
reunido, más prácticas que los conocidos baúles europeos y de ahí
más recomendables al efecto son las llamadas petacas, muy en uso en
diferentes regiones del país. Constan de dos tapas rectangulares de
bordes altos, encasquetable la una, de tamaño apenas un poco mayor,
sobre la superficie abierta de la otra, para abarcar así el
contenido, ajustando las dos en mayor o menor grado según el
volumen de este. Hechas de piel de buey sin curtir, reforzada con
varillas livianas, son impermeables y, gracias a su relativa
elasticidad, fácilmente cargables en la mula. También hay sacos de
viaje elaborados, bien sea del mismo material o de cuero curtido y
sujetables al galápago común de tal manera que aun con el trote del
animal aseguran su posición.
Una vez convencido de la necesidad de cabalgadura y de una
bestia de carga, el viajero ha de resolver si prefiere comprarlas o
tomarlas en alquiler. Los precios suelen fluctuar de acuerdo con
las condiciones momentáneas, tanto temporales como regionales. Así
que una buena mula de carga viene costando entre 60 y 120 pesos, o
sea 200 a 400 marcos, en tanto que el animal sano y robusto para
montar demanda sus 80 a 100 pesos, equivalentes de 250 a 300
marcos. Pero ejemplares finos, fuertes y fogosos con buen modo de
andar, en menos de doscientos pesos, o sea 640 marcos, no se
consiguen. Los caballos, en general, son de precio un poco
inferior, sobre todo los que no son de paso, valiendo los animales
de paso disponibles desde 80 pesos en adelante y demandando
ejemplares de lujo fácilmente precios de 200, 300 y hasta 1.000
pesos
|
|
(2)
.
Habiendo pocos colombianos de las clases alta y media que fuera
de su profesión no sean agricultores a la vez, así sea para no
pasar toda su vida en las oficinas y bufetes de la ciudad, la
mayoría de ellos tiene su cabalgadura propia, más todavía cuando
toda excursión aun la de menor distancia, acostumbra hacerse
montado. Por otro lado, en la mayor parte de los pueblos, tal en
los situados en el camino de Honda a Bogotá, se consiguen animales
en alquiler, pero encontrándose por lo general en mal estado de
fuerza y nutrición, suelen convertir el viaje en martirio para el
jinete, quien además se expone a la repetición, cada par de días,
de la molestia de dilatadas negociaciones sobre el alquiler para, a
fin de cuentas, salir pagando un precio excesivo en su afán por no
prolongar la demora. Pero, con todo, a menudo aun la prisa resulta
en vano, por cuanto los animales alquilados no le llegan a la
salida del sol, sino apenas hacia el mediodía. Desde luego, también
el cambio de peón, lejos está de conllevar siempre ventajas, porque
su servicio suele terminar apenas haya cogido el hilo en cuanto a
los quehaceres que tiene que cumplir, subsistiendo, por otra parte,
la suciedad y la pereza comunes a todos, así como también la cuasi
ausencia de toda inteligencia. Así las cosas, la adquisición de
animales propios se impone prácticamente, siquiera como medida de
tapar la fuente de tanta queja permanente en boca de numerosos
viajeros sobre los inconvenientes descritos. Por último, tiene sus
ventajas la mayor estabilidad en el servicio del peón propiamente
escogido y contratado por la duración del viaje. Y, a fin de
cuentas, resulta menos gravoso el transporte así organizado, aunque
el producto de la venta de los animales al final de la expedición
quede un tanto por debajo de su costo.
Reduciendo a números lo relatado, puedo agregar que los cuatro
animales sucesivamente adquiridos para el efecto, o sea tres mulas
y un caballo, me valieron 350 pesos en total, para resultar el
producto de su venta posterior en un poco menos de las dos terceras
partes de tal inversión. Cierto es que salvo muy contadas
excepciones he venido contentándome con una sola mula de carga,
usándola también inclusive para el transporte de las colecciones de
muestras científicas reunidas en el camino, hasta tanto que se
ofrecían oportunidades o bien para adelantar estas colecciones a la
posada determinada para concluir la jornada o, en caso dado, para
despacharlas directamente a mi tierra. Sin rodeos confieso que mis
ansias de extender las posibilidades de viajar llegaban hasta el
punto de subordinarles aun los gastos de transporte de muestras,
prefiriendo mantener limitado el volumen de ellas. Pero tan solo
con una bestia de carga y otra para montar, la previsión aconseja
disponer para viajes prolongados de por lo menos un animal de
reserva, tanto para cambios a fin de evitar excesos de cansancio
como para tener reemplazo a la mano en casos de lesión o accidente.
El caballo lo había escogido para sustraerme a las molestias
provocadas por el paso sumamente duro ostentado por mi mula de
silla en la travesía de trayectos planos, pero advertido por el
sinnúmero de dificultades experimentadas con el animal,
probablemente preferiría para otro viaje sustituir los dos, la mula
regular y el caballo, por una sola mula de silla de mayores
cualidades.
Por su seguridad personal el viajero en Colombia ha de
preocuparse solamente en tiempos de revolución, pues a diferencia
de las condiciones que prevalecen tanto en la madre patria como en
Méjico, el bandolerismo en Colombia no ha ganado terreno, excepto
contados asaltos relatados desde el Estado del Cauca como ocurridos
aun en tiempo de paz. Por lo tanto no necesitaba de escolta,
pudiendo limitarme a un solo muchacho para hacer las veces de
arriero lo mismo que de sirviente. Encontrar el candidato adecuado
no es nada fácil en Bogotá, toda vez que su capacidad de resistir
las fatigas del viaje ha de ir combinada con la de manejar los
animales, esperándose además que tenga noción de aseo y que sea
honrado, servicial y simpático. Para mi último viaje la suerte me
ayudó a encontrar en la persona de Adolfo Duarte a un muchacho de
tales características, motivo para mí de guardar de él buenos
recuerdos.
Fijado el día de mi partida, mandé recoger las mulas de un
potrero vecino donde estaban para descansar y recuperar las fuerzas
gastadas en su viaje anterior, para hacerles pasar la noche víspera
en el establo al lado de mi caballo, siempre guardado allí a mi
disposición. Las petacas preparadas, con el peso cuidadosamente
compensado entre sí, se cargan a lomo de la bestia. Para empezar, a
esta se le mete una manta o estera, el llamado sudadero, para luego
colocarle la enjalma, un artefacto hecho de yute y bien empajado,
encima del cual ahora llegan a parar las dos petacas. De lado a
lado y bien balanceadas se las amarra con lazos atados alrededor
del cuerpo del animal. También la cabalgadura está ensillada y
embridada. Con el objeto de adaptarla a las condiciones
particulares del uso, la silla de montar colombiana destinada al
viaje es de construcción específica, terminando en elevación
paulatina, tanto en la parte delantera como en la trasera, para así
asegurarle postura más firme al jinete tanto en las subidas como en
las bajadas del camino. Además va forrada en cuero para la misma
finalidad, en tanto que una perilla de arzón de tamaño adecuado
provee el punto de amarre en casos de enlazar caballos o reses.
Regiones hay donde la baticola acostumbra completarse con correas
delantera y trasera del arnés, tendiendo a evitar que la silla
resbale en subidas y bajadas de marcado declive o que la baticola
se rompa. Siendo las cabalgaduras colombianas demasiado boquiduras
para montarlas a bridón, es costumbre apoyarse sobre un bocado
notable tanto de tamaño como de peso, suficiente para obligar aun a
los animales ordinarios a adoptar un modo suave de andar, desde
luego con la necesidad de quitarlo para abrevarlos. Más abajo de la
brida está ajustado el cabestro, elaborado de tiras torcidas de
piel de buey, cuyo terminal acostumbra anudarse a la silla. Las
bridas, hechas del mismo material, suelen terminar en una
prolongación que hace las veces de látigo. Al igual que de soporte,
los estribos de cobre sirven para proteger los pies contra el roce
molesto con las malezas y piedras a los bordes del camino, pero con
las desventajas de su considerable peso y el calor que desarrollan.
Ocupado en consideraciones sobre la alternativa de adquirir en
propiedad o bien una de aquellas sillas colombianas o un galápago
estilo europeo, quedé sorprendido con el regalo que me hizo el
señor Gastrell de su galápago inglés con los arreos como accesorio,
borrando así de una sola vez el objeto de mis preocupaciones. A
pesar de todas las prevenciones recibidas sobre lo inútil del
regalo precioso para la realización de mis proyectos, me cabe
declarar, con base en experiencias adquiridas en viajes por caminos
de la peor clase y de meses de duración, que me ha prestado
servicios satisfactorios, con desventajas insignificantes. Un
suplemento práctico de los estribos quizás podría constituir una
especie de zapato de caucho insertable en ellos para prevenir
contra el efecto de la humedad de la lluvia.
También mi vestimenta personal representaba un acomodo apenas
parcial al traje de viajero colombiano. Muy prácticos y mejores aún
que los casquetes de usanza en la India, me parecen los sombreros
jipijapa, que, provistos con su envoltura de lienzo o de tela
encauchada respectivamente, ofrecen excelente abrigo tanto contra
el calor como contra la lluvia y el frío. La ruana, en cambio,
estorba el libre movimiento de los brazos y los zamarros dificultan
el caminar, inconvenientes que para el científico viajero, los
condenan por inservibles. Polainas bien ajustadas, que mandé hacer
del mismo material de los zamarros, resultaron para mis fines de
eficaz protección contra los efectos tanto del mal tiempo como de
los caminos defectuosos.
Lista al fin mi pequeña caravana, salimos de las hileras de
casas de Bogotá para entrar al paisaje de la sabana. Para las
primeras horas, que se gastan en general para atravesar la
altiplanicie, fácilmente habríamos podido tomar un coche, si no
fuera por los inconvenientes de quedar limitados en nuestras
observaciones, y de aumentar innecesariamente el uso de nuestros
fondos de viaje, sin contar nuestra preocupación de que la pasada
sobre ruedas por las hondonadas llenas de fango, que cubren la vía,
posiblemente nos traería mayores molestias que tomándolas montados.
Pero, como para sacarnos de estas divagaciones, la carretera de
golpe terminó, para dejarnos a ojos vistas sobre el camino de
herradura como único medio de seguir adelante, por semanas y por
meses venideros. Pero ¡qué clase de caminos son estos! Admitido sea
que el camino de Honda a la sabana de Bogotá no es el mejor del
país que digamos. Pero de su error de calificarlo por otra parte
como el peor de todos no tardarán en convencerse aquellos ingenuos
extranjeros apenas lleguen a viajar por algún tiempo en Colombia.
Ahí tenemos por ejemplo el interminable de arriba abajo, aun en
trayectos fáciles para evitarlos. ¿Qué otra explicación diferente
de aquella de acaso procurarle al viajero el panorama más bello
posible, para llevar la vía precisamente encima del pico más
elevado, si al lado nos toca observar la cumbre a varios centenares
de metros más abajo? ¡Qué decir de un camino que en su curso por la
pendiente de un valle respeta toda quebrada para bajar hacia ella y
luego volver a subir por la estribación siguiente, en lugar de
aprovechar el recodo del valle lateral! Angulos de elevación entre
los 25 y 30 grados no constituyen ninguna excepción y hacer zigzag
para vencer pendientes pronunciadas a menudo es el único remedio
que les queda a las mulas para pasarlas. De tornarse resbaloso un
tal camino de superficie arcillosa a consecuencia de un aguacero,
el jinete se ve obligado a desmontar, para así ayudar al animal a
alcanzar la altura, en tanto que en la bajada la sensata mula suele
apoyar sus patas delanteras contra el piso, para deslizarse por la
pendiente resbalosa a manera del alpinista enfrentado a un campo
cubierto de nieve. Los aguaceros fuertes y duraderos vuelven
fangoso el piso, para hacer hundirse las bestias a más de la
rodilla, estado del camino que en trayectos cubiertos de monte se
mantiene prácticamente durante todo el año. Los bueyes,
acostumbrados a pisar las huellas de sus precursores, van creando
así huecos llenos de lodo, separados por una especie de pequeños
tabiques formados por el mismo piso a través del camino. El
caballo, siempre tratando de pisar estos tabiques, infatigablemente
se resbala, en tanto que la mula, aparentemente dotada de más
sentido para el caso, mete las patas dentro de los huecos, pero de
ser estos muy hondos, también provocan el tropezón de la bestia,
hasta el punto de que animales de talla menor, al perder el apoyo
de las patas, a veces quedan colgados, balanceando sobre su barriga
en el “tabique” como único soporte. De poco provecho
resultan por lo general las mejoras ensayadas mediante empedrada o
colocación de palos rollizos en las partes más afectadas del
camino, ya que debido a la ejecución defectuosa de tales obras y a
falta de mantenimiento posterior, dentro de poco todo se vuelve
peor que antes. Hay veces que escalones de piedra de más de medio
metro de elevación atraviesan la vía, obligando al animal a dar el
brinco para vencerlos, bien sea hacia arriba o para abajo, según el
caso. Claro está que en estas situaciones el jinete apretará al
máximo las piernas, para llegar, por último, a agarrarse de las
crines del animal en defensa de su postura. Andando de Vélez al
Carare, me tocó pasar por semejantes escalones alternados con
lodazales de igual profundidad. Harto cuidado requiere el paso a lo
largo de aquellas quebradas estrechas, para evitar un roce
desagradable de las piernas con las paredes laterales, sobre todo
al encontraras con una caravana de bestias de carga, animales que
ninguna atención prestan a evitar choques, en su afán por asegurar
ante todo el paso menos arriesgado para sus patas.
Unicamente los caminos transitados tienen puentes para pasar
todas las quebradas y los ríos. Al efecto ya los virreyes españoles
mandaron construir imponentes puentes de piedra para cruzar los
ríos de la sabana con sus orillas harto pantanosas. En época más
reciente, se tendieron sólidos puentes de hierro, cruzando varios
de los ríos más importantes, entre ellos uno sobre el río Magdalena
cerca de Girardot. Para el paso de ríos de menor anchura a menudo
se encuentran puentes de madera abrigados con techo o construidos
de bambú americano. Unido este material, de por sí elástico, por
medio de bejucos en lugar de clavos y ganchos, a los primeros pasos
y por esa causa el puente entra en movimiento tambaleante de tal
manera que la mula, temblando de miedo y solo al recibir espolazos,
resuelve seguir, a menos que se la lleve de cabestro. A menudo el
uso de tales puentes queda restringido a peatones, al igual que los
puentes de cuerdas, todavía en uso en ciertas regiones como en la
época precolombina, que apenas permiten la llevada de mercancías,
pero sin prestarse para el transporte de animales. Funcionan por
medio de una soga fuerte, hoy a menudo sustituida por un cable de
acero, amarrada a cierta altura en árboles de orilla a orilla,
deslizándose por la cual se tira un cesto con personas y objetos
adentro. Los pobres indios, en cambio, acostumbran cruzar sin tal
auxiliar, suspendiéndose de la soga para hacer el viaje, agarrados
de manos y piernas en ella. El cruce de ríos de mayor caudal y con
menos peligro de tropezar con piedras se realiza en canoa, llevando
desde a bordo de cabestro y a nado los animales previamente
desensillados. Aun así, expertos aseguran que el esfuerzo exigido a
la bestia equivale al demandado por todo un día de viaje. No
obstante, casos hay en que el hombre, logrando pasar el río
crecido, sea por puente de cuerdas o por lancha, habrá de dejar
atrás sus animales, lo que de hecho significa interrupción total
del tráfico de mercancías y en gran parte también de el de
personas, situación carente de todo recurso momentáneo. Arroyos de
menor caudal suelen dominarse a vado, arremangando tanto hombres
como mujeres sus vestidos para no mojarlos. Por suerte, a veces
encuentran quien los lleve en ancas de su cabalgadura. Pero aun la
travesía a caballo viene encerrando sus peligros, debido al aumento
increíblemente brusco y voluminoso del caudal que amenaza hasta en
los riachuelos más insignificantes y normalmente casi sin agua.
Crecidos en cuestión de horas o durante la noche a consecuencia de
un aguacero caído más arriba, se convierten en raudos torrentes
imposibles de cruzar. Las corrientes de la montaña de cauce mayor
son muy impetuosas, aun en épocas de bajo caudal, ostentando rocas
de tamaño imponente y cantidades de piedras rollizas en su lecho.
Alzando las piernas al máximo y agarrándose solamente con los
muslos apretados al animal, el jinete se esfuerza por guiarlo
contra la corriente, procurando por lo demás dejarlo en libertad
para buscar su camino, pero listo a todo momento para ayudarle por
medio de las riendas. Dura es la lucha de la cabalgadura contra el
embravecido elemento. A menudo va pisando las piedras invisibles
acumuladas en el fondo de la corriente, para sufrir el tropezón
subsecuente. ¡Ay del jinete cuyo animal tenga la mala suerte de
perder el equilibrio, y pobre el jinete que llegue a marearse con
el efecto de estorbar el paso de suanimal en semejantes
circunstancias! A menudo tanto el hombre como su bestia son
llevados por la recia corriente, para encontrarse luego los
cadáveres de ambos en un sitio muy río abajo. Elemental medida de
precaución es por lo tanto la de informarse con los conocedores de
la vecindad acerca del estado del paso, para abstenerse de
maniobras temerarias. En los llanos orientales existen pueblos
enteros completamente aislados a consecuencia de tales condiciones
hasta por medio año o más. Siendo demasiado raudos los ríos para
pasarlos en canoa y demasiado anchos para tenderles puentes de
aquellos comunes de madera, los puentes de construcción en hierro
quedarán como única solución. Pero es imposible calcular el tiempo
que pasará antes de terminar semejante obra en toda su
magnitud.
Muchos trayectos hay que están bordeados por casas o ranchos en
número suficiente para encontrar por lo menos uno cada par de
minutos, y que pasan por pueblos, a su vez, de tres a cuatro horas
de distancia, siendo varios de ellos los que solemos pasar en una
jornada. En cambio, también es posible viajar horas y horas
cruzando montes, lo mismo que fríos páramos y otras soledades, sin
encontrar ni rastro de colonización humana. Largos son a menudo los
intervalos en que se encuentran solitarios jinetes o viajeros a
pie. Pero no faltan las ocasiones en que de golpe el camino está
poblado de transeúntes, muy a semejanza de nuestros caminos
vecinales. Mucho depende del día de la semana que toca pasar por
cierto camino, ya que la magnitud del movimiento concuerda en su
mayor parte con el día de mercado que rige para la población más
cercana. Desde tempranas horas de aquel día o también en la víspera
los campesinos suelen dejar sus ranchos, bien cargados sus caballos
o mulas y hasta sus propias espaldas para dirigirse al pueblo con
el propósito de vender en el mercado tanto los productos derivados
de su tierra como sus aves y marranos, y adquirir, por otra parte,
las cosas que precisan. Después, o sea por la tarde o apenas al día
siguiente, todo el gentío se mueve en sentido contrarío para
regresar a sus viviendas. Riéndose a boca llena o charlando, a
veces tocando su tiple o bandola, van adelante por su camino,
respondiendo humildemente las preguntas del distinguido caballero y
siempre listos a servirle. De vez en cuando nos encontramos con
caravanas mayores de mulas, conducidas e incitadas por algunos
arrieros bajo constantes gritos y exclamaciones. Determinar el
contenido de su cargamento por lo general no es difícil para el
espectador. De esas redes van brotando gruesos trozos de sal de
roca sin refinar. Aquellos zurrones están repletos de miel de caña.
Aquí vemos sacos de café y de corteza de quina. Aquella bestia está
cargada de fardos de tela de origen europeo, mientras las cajas a
lomo de otros animales contienen artículos manufacturados de
diversa índole. Ahora encontramos una caravana de bestias escoltada
por todo un destacamento de soldados, construida por el correo de
valores declarados que viaja mensualmente por todo trayecto. Aquel
es un grupo de caballeros o una familia bogotana en viaje a la
hacienda o al veraneo. Al caballero le sigue la señora y a ella las
señoritas con la cara cubierta con un velo a fin de proteger la tez
contra el polvo y los rayos del sol. Luego vienen los niños en
brazos de un peón, la cocinera y otros sirvientes, para terminar la
caravana con varias bestias cargadas de los útiles requeridos para
pernoctar. “!Dios mío! ¡Qué mal camino! ¡Qué calor tan
sofocante! ¡Qué posada, tan terrible!”. Así las exclamaciones
que llegan a nuestro oído. Pero de alegría lo mismo que de
admiración por la belleza del paisaje, ni palabra. Medio dormidos
siguen su viaje, encontrando belleza tan solo en aquel camino que
permite su paso rápido, exactamente al estilo de los agricultores
de nuestra tierra.
En tanto nos mantengamos sobre el camino real o el camino de
distrito, no hay peligro de extraviarnos, pues por poco que se hace
para mantenerlos, tanto su anchura como el número de trillas casi
siempre los hacen contrastar lo suficiente con las vías laterales
que conducen apenas a ranchos un tanto retirados. Es precisamente
la exuberancia y el estado intransitable de la vegetación tropical
lo que hace resaltar tanto más los caminos de uso algo frecuente,
así que el peligro de perder los rastros de la vía prácticamente no
existe sino en el páramo y la estepa de los llanos. Las contadas
veces que yo me extravié casi todas ocurrieron por haberme confiado
a un guía que pretendía conocer el terreno, recurso a que acudí a
falta de otros, cuando ni el mapa de Codazzi, con su escala de
1:810.000, que siempre portaba, ni los escasos conocimientos de mi
ayudante ofrecían otra solución. Las informaciones naturalmente
solicitadas a ratos, tanto en los ranchos como a los transeúntes,
no pasan de referirse a la dirección del camino y a determinadas
casas o tiendas existentes a su lado. Sobre cosas esenciales para
el conocimiento del viajero no es posible obtener indicación
alguna, ni de parte de caballeros que recorren el trayecto a lo
menos dos veces por semana. Es peor aún cuando informan pero
incorrectamente, ya que el colombiano ilustrado se cuida de admitir
su ignorancia en materia cualquiera. Sucede así que en muchas
regiones los caminos de la peor categoría se describen como buenos,
calificándose en otras de absolutamente intransitables las vías que
se presentan luego como del todo aceptables. Pero el colmo de la
inexactitud lo he venido experimentando en las informaciones sobre
el tiempo requerido para recorrer determinada distancia, dato que
tampoco del mapa se puede deducir, ya que para la unidad de
kilómetro que en lo plano tal vez demandaría seis minutos, se
necesita un cuarto de hora en buen camino de montaña, en tanto que
media a tres cuartos de hora en pasajes difíciles. La mayoría de la
gente, especialmente la que reclama poseer ilustración, suele
indicar las distancias en leguas y cuadras, medidas que de por sí
netamente geométricas, en la montaña han llegado a formar cosa
intermedia indicativa tanto de distancia como de tiempo
|
(3)
. Carente de reloj y poco
preparada para apreciar la hora por la altura del sol, la gente
suele equivocarse bastante en sus indicaciones dependientes de la
hora. Como regla general el interesado hará bien en aceptar con
reserva las contestaciones que reciba en cuanto a horas por gastar,
especialmente de los llamados caballeros, quienes, gustando de
ufanarse de su rapidez en viajar, y montados sobre cabalgaduras
descansadas, obviamente le ganan en alcanzar el pueblo más cercano
al viajero en ruta ya hace semanas y dedicado a sus observaciones
científicas. Con frecuencia el número de horas se afirma como
“humo de paja” o tal vez más preciso todavía,
circunscribiéndolo con frases como esta: Saliendo de A. al
amanecer, usted llegará a B. a la hora del desayuno. Preguntado en
el camino un pobre indio por la distancia hasta el pueblo venidero,
contestará probablemente con un “pues todavía está
lejos”, lo que probablemente en la realidad se traduce a la
necesidad de cabalgar de 2 a 3 horas más. Pero aun la respuesta
“ya está cerquita” o aquella dada en doble diminutivo y
en tono canturriado y arrastrado “es cerquitica” o
“aquí nomasito” no se puede tomar en serio tanto como
para esperar encontrar la buscada posada a la vuelta de la esquina,
siendo más probable, en cambio, encontrarla a media hora de
distancia o más, para seguir sufriendo entretanto y bajo el efecto
del espejismo de aquella información doblemente, el ardor del sol,
junto con el hambre y la sed.
Hoteles, propiamente dichos, no los hay sino en las ciudades de
mayor categoría, accesibles por las vías principales. Pero sería un
error imaginarios al estilo de nuestros grandes hoteles europeos o
con comodidades a la altura siquiera de las ofrecidas por una
hostería alemana de tercer orden. Muy contadas son las veces en que
el viajero puede obtener su pieza individual, por pequeña que sea,
ya que en su mayoría los hoteles no disponen sino de una o dos
salas de alojamiento de a cuatro camas y con uno o dos asientos
como único moblaje adicional. El lavabo, de haberlo, se encuentra
en la antesala, junto con peine y cepillo de dientes para uso
común. La suciedad que predomina tanto en los patios como en
ciertas localidades de tales hoteles es indescriptible,
especialmente en los de tierra alta.
Para sustituir las hospederías, ausentes en la mayoría de los
pueblos, por lo general una o dos familias se ofrecen para albergar
y alimentar a los pocos caballeros transeúntes, a expensas módicas.
Al viajero malogrado en su esfuerzo de alcanzar el pueblo más
cercano a menudo no le queda más remedio que el de alojarse en una
de las tiendas levantadas al borde de la vía con destino a dar
posada a los arrieros. Numerosas son tales tiendas en los caminos
más frecuentados, donde los transeúntes encuentran guarapo, chicha
y aguardiente, sus bebidas nacionales predilectas, para apagar la
sed, pudiendo a la vez aprovisionarse de pan, espermas, fósforos,
alpargatas, jabón y otros menesteres y deleitarse con una sopa. Con
suficiente espacio y buen potrero disponibles, tales tiendas en
dado caso llegan a convertirse en posadas, pero con una estera o
piel de buey tendida en un fragmento del piso como único lugar de
alojamiento para el huésped.
Casi desconocida es la manera importuna con que los criados de
nuestras hosterías alemanas a menudo acostumbran insistirle al
viajero a quedarse. Por el contrario, no es raro el caso que el
dueño de la casa con franqueza le recomienda mejor oportunidad de
alojarse a media hora más adelante. Exceptuada como natural la
actitud acostumbrada por las posadas situadas al lado de las vías
más frecuentadas, el hospedar a un viajero acomodado, menos que una
oportunidad de sacar provecho suele tenerse como ocasión de
servirle, hecho que también se refleja en la cuenta, cuyo monto
apenas en casos contados viene pecando por alto. Así que, aun en el
hotel, se impone la costumbre de pedir el favor de un
alojamiento.
En el curso del viaje por caminos a través de regiones poco
pobladas puede presentarse la necesidad de buscar hospedaje en una
hacienda, y aun en el rancho de un pobre indio. En semejantes
situaciones, y también en casos de haberme acercado con carta de
recomendación a viviendas de colombianos ilustrados y acaudalados,
siempre he encontrado la más amable y atenta acogida, si bien esta
no se iguala a la amplia hospitalidad encontrada y referida por
visitantes de otros países suramericanos. De palabra el colombiano,
sin dejarse rogar ni tener motivo para hacerlo, suele ofrecer a su
huésped toda clase de buenos oficios, inclusive poniéndole a la
orden su casa, su caballo y hasta su familia. Pero el extranjero ha
de guardarse de aceptar tales ofrecimientos de buena fe. Basándome
en mis propias experiencias admito haber encontrado más
hospitalaria y sincera la gente de las clases bajas, de sangre
principalmente india. Innumerables veces me ha tocado pernoctar en
sus ranchos, desde luego compensándole a la dueña sus gastos y
molestias, pero sin casi nunca haber sufrido desacuerdo en cuanto
al monto. Viajeros hay que pretenden haber conseguido alojamiento y
alimentación tan solo a base de amenazas; pero a mi parecer la
culpa será de ellos mismos, pues humano es rechazar un servicio
indebido, tanto más al ser solicitado en forma equivocada. A menudo
el humilde indio empieza por declinar la solicitud, convencido de
lo inadecuado de su rancho mezquino como para albergar a un
extraño, a quien considera semidios, lo mismo que de la miserable
alimentación que sería capaz de ofrecerle. Pero fácilmente llega a
convertirse en el más atento y más amable de los posaderos al
anticiparle su huésped la certeza de contentarse con todo y de
completar sus necesidades con mantas y provisiones de su propiedad.
Y preguntada la mujer en el momento de su salida por el valor del
servicio prestado, acostumbra o bien mencionar un importe módico o
pedirle a su huésped en forma un tanto desconcertada el favor de
fijarlo por su parte, rogándole a la vez excusar lo deficiente de
la atención. Tan solo en regiones montañosas apartadas, y, por lo
tanto, casi nunca visitadas por gente extraña, la negativa a la
solicitud de posada, por más comedidamente que fuere presentada,
suele mantenerse en pie. Pero aun en tales circunstancias confieso
siempre haber encontrado gente de buen corazón, dispuesta a
evitarme la necesidad de pernoctar al aire libre, si bien a veces a
costa del inconveniente menor de prolongar mi jornada aún en la
oscuridad. Tan solo a falta de toda morada humana, por ejemplo en
la selva o en las estepas de los llanos o ante la imposibilidad de
pasar en una sola jornada la ancha cumbre de una cordillera
entrometida entre las regiones pobladas, el viajero a veces se ve
enfrentado a la necesidad inevitable de pasar la noche, sea en
alguna cueva o a la intemperie.
Llegado a la posada, el viajero dedicará su preocupación
principal no a su bienestar personal sino al cuido de sus bestias,
a tal extremo que a veces este principio encierra la necesidad de
hacer concesiones al alojamiento propio en bien de la
disponibilidad simultánea de un buen potrero con pasto suficiente
para alimentar los animales y restaurar sus fuerzas con mira a la
jornada venidera. Contadas son las regiones donde se acostumbra
mantener las bestias de noche en el establo suministrándoseles su
forraje allí mismo. Preferible es dejarlos en un potrero cercado,
con libertad de revolcarse a gusto, facilitándoles así la manera
más efectiva para su descanso, pero, luego, con la precaución
anticipada de asegurarse su amo en todo caso de todos los
requisitos, tales como distancia de la posada, estado de las
cercas, suficiencia de pasto y otros. Y aun antes de soltar los
animales, el viajero preocupado por su buen estado y bienestar, les
brindará como ración adicional un tanto de cebada y alfalfa, o de
caña de azúcar y pasto guinea, todo según la región, o, a falta de
esos bocados, un poco de maíz en grano y salvado, aprovechando el
rato mientras que así se deleitan para inspeccionar su lado físico,
así sea las orejas por garrapatas arraigadas y el lomo por
eventuales heridas causadas por presión y fricción, sea de la silla
o de la carga.
Ahora al estómago del viajero le está llegando el turno para
recordar sus aspiraciones, toda vez que el almuerzo lo habíamos
tomado ya antes del mediodía, para seguir en camino hasta el
momento de llegar, o sea el de ponerse el sol. Pero pasada ya la
hora acostumbrada para comer, tenemos que aguardar de una a dos
horas más todavía, o sea hasta cuando se nos prepare comida aparte,
tiempo largo sí, pero indispensable, puesto que la estufa rara vez
es del tamaño suficiente para preparar más de un plato al tiempo. A
la minuta de los manjares no hay nada que objetar, especialmente en
las posadas de categoría un poco más elevada. Valga un ejemplo:
principiando con la sopa, sigue un plato de huevos preparados a
gusto, para luego continuar con la carne, papas, arroz, plátano,
yuca y arracacha y para terminar en una taza de café o chocolate.
Pero lo que deja mucho que desear es la preparación de las cosas
servidas, comenzando por la carne, cuya dureza a menudo la hace
indigestible. Como agravante viene el hecho de hervir o freírse
todos los alimentos en una manteca de cerdo repugnante. Así las
cosas, resulta explicable que el día de resolver la posadera
sacrificar un pollo, para nosotros obviamente pasaba a la categoría
de los días de fiesta. Desde luego, las posadas, tanto de los
pueblos inferiores como en las tiendas al lado de la vía, requieren
que el viajero reduzca sus aspiraciones todavía en otro tanto. Allí
forzosamente una mazamorra, o sea sopa hecha de harina de maíz y
papas, constituiría toda la comida, a menos que el huésped como
medida de previsión llevara consigo una carne enlatada y unas
tablillas de chocolate. Otra posibilidad de mejorar el surtido en
alimentación la ofrecen las frutas, muy abundantes y deliciosas,
especialmente en las regiones más cálidas. Poco acostumbrados los
nativos a comerlas, lo que se dificulta en su consecución, a no ser
que el viajero resuelva cogerlas directamente del árbol en su paso
a caballo. Las más sabrosas son para mí las naranjas, que se dan en
abundancia en tierra templada, siendo los mangos, lo mismo que los
plátanos y las piñas, en cambio, sospechosos de favorecer la
contracción de una fiebre. Ni las manzanas, ni los duraznos, ambos
de inferior calidad, invitan a saborearlos. Un placer costoso
resulta en Colombia el tomarse una botella de vino, quedando
difícil además establecer si realmente contiene el buen jugo de la
uva. Cerveza alemana casi no se consigue, y de encontrarla, su
precio es de 5 reales, equivalente a dos marcos, la botella
pequeña. En algunos sitios de clima fresco se ofrece la cerveza
criolla, sencilla y muy carbonatada, al estilo de la
“Grátzer” nuestra. Pero las bebidas colombianas
ordinarias siguen siendo el guarapo y la chicha; aquel es la savia
de la caña de azúcar, diluida y fermentada, y muy apreciada en las
regiones templada y cálida, mientras que la otra, elaborada de los
mismos ingredientes, pero con harina de maíz machacada añadida, es
de consumo preferido en las zonas altas. Para el arriero colombiano
ambas bebidas a menudo constituyen su alimento exclusivo, gozando
de tanto más aprecio cuanto la fermentación prolongada las haya
tornado vinagrosas y embriagantes. También el viajero extranjero
por más repugnancia que tanto el olor desagradable como la
preparación poco apetitosa le causen, habrá de vencer su aversión
inicial ante las muchas veces amenazante escasez de agua potable,
para llegar a apreciar más tarde sobre todo el guarapo poco
fermentado como bebida que apaga la sed.
Desgraciadamente, al viajero científico por lo general le queda
vedada la participación en las charlas y bromas que los viajeros
comerciales y turistas suelen sostener con los posaderos mientras
estos van preparando la comida, como tampoco puede permitirse el
lujo de pasear con ellos por las calles del pueblo. En cambio, al
terminar su jornada, ha de dedicarse a la tarea de conservar sus
observaciones hechas durante el día en forma tal que queden
fácilmente explotables más tarde, sea por él mismo o, en caso dado,
también por otra persona. Al efecto precisa perfeccionar sus
apuntes hechos a la ligera, sea estando de pie o a lomo de su
cabalgadura, lo mismo que dibujar cuidadosamente el mapa con ayuda
del compás y transportador, no olvidándose tampoco de registrar sus
impresiones más importantes en el diario y de dejar bien rotuladas
las piedras coleccionadas, etcétera. Admito que a menudo me cuesta
gran esfuerzo el sentarme al final del día a realizar semejantes
tareas, pero de ejercer así la voluntad no se puede prescindir, a
no ser a costa de perder por lo menos parte de los resultados del
viaje. Para el efecto naturalmente es necesario llevar papel y
tinta, de buenas velas ni hablar, ya que la luz insuficiente
producida por las espermas ordinarias de sebo, acostumbradas en
todas partes, pronto llegaría a dañar la vista. Cierto que la luz
diáfana alcanzada por mis velas de parafina montadas en mis cómodos
candelabros de cobre reducibles, a menudo han llenado de admiración
y asombro a la gente que a manera de espectadores solía rodearme en
mis trabajos. Terminada la tarea y tomada la comida con mayor o
menor satisfacción, ha llegado el momento de tomar asiento,
siquiera por un rato, en frente del albergue, sea para gozar del
aire delicioso de la noche en charla con los demás presentes o para
meramente dejar vagar la imaginación por instantes hacia la patria
lejana. Por fugaz que sea, este rato es el más agradable del día.
Luego a retirarse al alojamiento arreglado entretanto por la
posadera o el ayudante.
En las regiones cálidas es muy habitual dormir en catre o cuja,
muebles criollos ya conocidos desde nuestro viaje por el río
Magdalena y su continuación por tierra de Bogotá a Honda. En el
clima más fresco de las zonas de mayor elevación, en cambio, la
cama de madera hace sus veces, equipada de un colchón delgado y
mantas de lana en que suelen hormiguear las pulgas. Pero obligado a
pernoctar en una de las tiendas comunes y corrientes, el viajero no
tiene esperanza de encontrar semejante lujo. Todo lo que la tendera
puede ofrecer son unas pieles de buey o esteras de paja que,
tendidas sobre el piso sucio, sirven para alojar a los peones.
Unicamente el viajero previsto que trae su hamaca, o mejor todavía,
su catre de tijera, escapará a la necesidad de compartir tal manera
desacostumbrada y desagradable de pasar la noche, entre hombres
malolientes y faltos de todo aseo y sin remedio expuesto a los
ataques de manadas de molestos bichos. Y aun así, el uso salvador
de la hamaca por lo general se limita a regiones bajas, ya que en
aquellas de mayor altitud surgiría el problema de la protección
contra el frío, motivo por el cual allí ni siquiera están provistos
de los acostumbrados ganchos para colgar tan importante accesorio.
Pero, con todo, y a falta de alternativa, el viajero resuelve
someterse a lo inevitable, compartiendo el espacio cerrado con seis
a ocho indios en el estado ya descrito, que por largo rato todavía
siguen fumando su cigarro. Lejos de constituir un placer el
ambiente, tampoco es capaz de estorbar el sueño, que pronto llega a
dominar al fatigado huésped, ansioso de restaurar así sus fuerzas
gastadas en la extenuante jornada.
Día por día, a las seis de la mañana, el sol a su salida invita
al durmiente a continuar su tarea. Habiéndose levantado ya un poco
antes, mi ayudante, una vez completada su vestimenta con su ruana y
jipijapa, únicas prendas que se quita para echarse a dormir la
noche víspera, ya está en camino al potrero para traer las bestias,
ocupación que requiere su media hora en promedio. Pero hay
circunstancias adversas a este cálculo, empezando por la extensión
del potrero, que suele influir sobre la cogida de los animales, lo
mismo que su distancia de la posada es factor obvio, diferente en
cada caso, para la traída. Ahora, imagínense mis lectores el susto
mío en caso de regresar el muchacho con la noticia de no haber
encontrado los cuadrúpedos en su lugar, habiendo escapado estos,
favorecidos por un defecto inadvertido en la cerca, sea por
descontento con el forraje o también movidos por el anhelo de
regresar a su punto de partida. Rara vez, afortunadamente, es el
robo la causa de la desaparición. Perseguir a los fugitivos es la
consigna del momento. Muchas horas y a veces días pasan a menudo
antes de volver a encontrarlos y cogerlos. Estos eventos, aunque
muy infrecuentes bajo la asistencia de un arriero cuidadoso, no son
del todo inevitables, ya que numerosos caminos hay que carecen de
potreros cercados a su lado. Era en el páramo que separa a Belén de
Onzaga donde al tropezar con el problema no se me ocurrió otra
solución que la de amarrar una de mis bestias con un lazo bien
largo como para así dejar forraje suficiente a su alcance, en la
suposición de que las otras dos al dejarlas libres, por
compañerismo innato, irían a quedarse a su lado. Pero cuál fue mi
sorpresa a la mañana siguiente al verme abandonado de todos los
tres animales. Uno, o sea el que estaba amarrado, lo encontramos
pronto y a poca distancia, todavía arrastrando el arbusto del
amarre, que había logrado arrancar. Los otros dos, seguramente
sucumbiendo a un capricho de independizarse, se habían alejado
bastante más, descubriéndoseles con la ayuda de varios hombres
enviados y con peticiones telegráficas dirigidas en todas
direcciones apenas a los cuatro días, paseando alegremente en la
cumbre más alta de la región.
Pero en general los animales están listos a la hora. Entre tanto
también yo me había levantado y vestido, hasta con tiempo para
adelantar una pequeña querella con la posadera, que se originó en
mi empeño de conseguir prestada una jofaina. ¡Qué ideas tan
extravagantes tienen estos extranjeros! Tan particulares parecen,
que algún tiempo requiere el hacerse entender en cuanto al objeto
deseado. Pero, en realidad, aun semejante reacción resulta
concebible ante el hecho de que ni el pueblo, y de encontrarse de
viaje, tampoco los colombianos instruidos, suelen apreciar la
ceremonia del aseo personal. La vasija destinada con exclusividad a
tal uso se considera curiosidad. En consecuencia, se me ofrece
primero una totuma en uso para servir la chicha, para luego
reemplazarla por un plato sopero común y corriente. Durante el
proceso de bañarme a la medida posible, me veo rodeado por todos
los habitantes de la posada, dedicados a observar tan raro
espectáculo. Luego es preciso recordar y volver a recordar la
preparación del desayuno habitual compuesto de una taza de
chocolate, o, en Boyacá, de un caldo o de una aguasal, quiere decir
agua caliente con grasa, sal y cebollas agregadas. Curioso parece
que ese tipo singular de extranjero decline semejante plato tan
sabroso, pidiendo en cambio dos huevos tibios para comérselos con
su chocolate.
Por ahí a las siete o siete y media apuramos el desayuno al fin
servido. Con las maletas empacadas y cargadas, la cabalgadura
ensillada, y el barómetro lo mismo que los diferentes termómetros
debidamente leídos, nos despedimos de la posadera con profusa
expresión de nuestra gratitud, para, con todos los buenos deseos
por su parte, empezar otra jornada al estilo y así sucesivamente
día tras día y semana tras semana.
Explicable es la curiosidad exteriorizada por los colombianos al
observar tanto mi persona como mi modo de obrar, siendo el viajero
extranjero todavía por sí solo una rareza en Colombia, subrayada
aún por su indumentaria tan diferente y, en mi caso particular, por
el hecho de caminar a menudo detrás de la mula, para llevar ante
los ojos cosas tan extrañas como la brújula prismática o el
aneroide de Goldschmidt, o para hacer apuntes en pleno camino o
golpear las piedras con el martillo. La misma curiosidad la
demostraron tanto los pobres indios como los caballeros, con la
diferencia de que aquellos guardaron un humilde silencio, tal vez
para después intercambiar entre sí observaciones a su modo,
mientras que éstos se distinguieron por su modo de inquirirnos,
tanto a mí como a mi ayudante, sobre mi persona y el objeto de mi
viaje. Sometido un día por dos caballeros a una indagación
especialmente inoportuna sobre mis conocimientos de los idiomas
francés e inglés y otras materias, resolví responderles en forma un
tanto reservada. En vía de explicación un joven viajero que
encontré en la posada siguiente, admitiendo haber él sido uno de
los interrogadores, me confesó que la curiosidad de los dos se
habla despertado al oír exclamar detrás de mí a unas mujeres,
“!a ver el loco!” con el deseo subsiguiente de establecer
la verdad. ¡Qué bien que el examen al menos hubiera conducido a
establecer mi estado de ánimo como normal!
Por lo general se me tenía, hasta en regiones bien apartadas,
por minero en busca de yacimientos de minerales o por ingeniero
ocupado en trabajos preliminares para la construcción de una línea
férrea, ideas ni siquiera tan absurdas en cabeza de los
colombianos, ya que en cuanto a minas y ferrocarriles están andando
con tantas fantasías imaginarias. Del todo ajeno a su capacidad de
imaginación es para ellos, y no solamente para gente de las capas
inferiores, el comprender que a alguien se le ocurriera visitar al
país sin tener en mente fines prácticos e inmediatos. La alusión a
mis estudios científicos como motivo de mis viajes apenas provocaba
la sonrisa indulgente de semejante tontería, a no ser que
contestaran con el infame “¿quien sabe?” para indicar la
sospecha respecto a fines adicionales ocultos. Al principio todo
viajero extranjero se tiene por inglés en Antioquia, por alemán en
Santander, y por italiano en Boyacá, en razón de predominar en los
referidos Estados los ingleses como mineros, y alemanes como
comerciantes, mientras al tercero, y más pobre, no llegan sino
tenderos italianos. Por mi equipaje, demasiado reducido como para
ser de un comerciante viajero, pero con unas estacas de mi catre
plegable descollando, un tipo de imaginación llegó hasta tomarme
por equilibrista de profesión. Son episodios como este los que
evidencian la poca frecuencia de sucederse las visitas de europeos
inspirados en investigaciones científicas o movidos por fines
turísticos, rareza que por sí misma se va trocando en causa
imborrable del buen recuerdo que por años se les acostumbra guardar
a tales viajeros.
Tiempos abundantes en esfuerzos agobiadores y privaciones
indecibles fueron aquellos que pasé en Colombia, pero a la vez
ricos en información y enseñanza y para mí, por ende, en provecho y
goce. Viajar en Colombia es, por cierto, bastante extenuante, mucho
más fatigoso por ejemplo que una excursión realizada a pie por las
montañas alemanas. Ventaja innegable para el viajero suramericano
es la de andar montado, ventaja, empero, que con creces va
compensándose al cargar en el otro platillo de la balanza tanto los
caminos en su estado a menudo indescriptiblemente defectuoso y con
su continua sucesión de cuesta arriba y cuesta abajo, como el ardor
sofocante del sol tropical. Al paso que donde nosotros al
excursionista de noche por regla general lo acoge un albergue
agradable con comida bien preparada, aquí el viajero ha de
contentarse con un rancho sucio de alojamiento y platos mal
acondicionados y con cosas a menudo indigestibles de alimentación.
Sin duda es fácil soportar esto por un par de días, pero tampoco
queda duda de lo fatigante y debilitante que resulta una vida así
continuada por semanas y hasta meses. Y con todo ¡cuán poco
significa en comparación con las penurias y privaciones inherentes
a los viajes por el Africa y el Asia Central! La mejor prueba está
en que en Colombia damas hay, contadas sí, que acostumbran viajar
por el país durante algunas semanas ¡y por puro
placer!
Como consecuencia natural del carácter montañoso del país unida
a la permanente sucesión de valles cálidos y crestas de la montaña
levantadas a regiones altas y frías, todo viaje en Colombia trae
frecuentes cambios climáticos. Así que no es excepcional el caso de
subir el viajero de la pura tierra caliente a una cresta elevada,
donde un viento helado ha bajado la temperatura apenas cinco grados
C., para volver a bajar luego a otro valle y pasar la noche en
clima cálido, todo en un solo día. Pero también hay casos de pasar
el día cabalgando para atravesar una llanura de tierra caliente y
luego subir a dormir en una zona donde la temperatura nocturna hace
congelar el agua. Para mí no hay duda de lo nocivas que son las
constantes y bruscas alteraciones de temperatura para el organismo
humano, sobre todo por cuanto le van causando fiebres o aumentando
su susceptibilidad a contraerlas. Sabido es que todos los climas
tropicales abundan en agentes transmisores de la fiebre, bastando a
menudo un motivo inobservado para hacerla brotar. Colombia no queda
exenta de tal peligro, tal vez excluidas las regiones montañosas de
mayor altura, que parecen libres tanto de fiebres climáticas como
de la tuberculosis pulmonar. En consecuencia son contadas las
personas que, viajando por el país durante un tiempo más o menos
largo, sin posibilidad de someterse a cuidados máximos, hayan
podido esquivar sus ataques de fiebre. Por lo general estos, por
fortuna, suelen limitarse a leves casos de malaria, a diferencia de
las fiebres graves, endémicas en las regiones selváticas del
Magdalena medio y sus afluentes, lo mismo que en el Chocó y en los
llanos orientales, que hacen sucumbir a sus víctimas a veces al
cabo de pocas horas, sin respetar ni extraños ni criollos ni la
procedencia de estos, sea de las mismas tierras bajas o de las
regiones montañosas. Fuera de las fiebres, son ante todo las
enfermedades disentéricas las que cobran numerosas víctimas. Pero
hablando en términos generales, me parece que en su aspecto
climático Colombia abarca menos peligros para el viajero que el
Africa tropical. Cierto es que su formación característica de país
montañoso redunda en aumentar la frecuencia de contrastes por
vencer con su efecto debilitante para la salud. Pero, por otra
parte, la misma orografía sale en defensa de esta, por cuanto en un
área total de muchos miles de millas cuadradas viene privando a la
fiebre de sus condiciones malignas, ofreciendo aquellas zonas por
la misma razón refugio recreativo al organismo ya debilitado por
las fiebres contraídas en tierra baja. En resumen, puedo asegurar
que las fatigas y los peligros, que pueden afectar el organismo
susceptible a la obra perniciosa de los agentes patógenos, no están
tan generalizados en Colombia como en otros numerosos países,
especialmente del Africa. Al efecto, los casos de encontrar la
muerte por ataque de una fiera o por mordedura de una culebra
venenosa o aquellos de caerse a consecuencia de los defectos de la
vía o la malograda cruzada de un río, todos esos eventos son
excepciones que amenazan la vida aquí, pero apenas con mayor
frecuencia que los accidentes ferroviarios, los incendios de teatro
y otras desgracias que ocurren en nuestra tierra. La población
misma no constituye peligro para el viajero. Andando continuamente
armado de revólver, afortunadamente nunca me vi en el caso de
usarlo, ni por vía de amenaza. Molesta resulta a menudo la
indolencia de la gente, con la pérdida de tiempo y trabajo
evitable, impuestos como consecuencia; pero el enfado así provocado
no llega a calar hondo, limitándose más bien a aquel calificado
como “pequeño fastidio causado por el paje del propietario
granjero” (lütten Hawjungensarger) por el escritor Fritz
Reuter en uno de sus deliciosos relatos por boca del gran
personaje, que es su “tío Braesig”. Pero tales molestias
de menor cuantía pueden reducirse si el viajero se previene contra
situaciones de dependencia absoluta de la gente, empezando por
comprar sus bestias en lugar de tomarlas en alquiler. No es más que
justo afirmar que mientras me cuidaba de exigirles esfuerzos
desmesurados, los colombianos siempre se me han mostrado
complacientes, especialmente los de las esferas inferiores, y esto
no obstante lo dudoso que para ellos quedaba el objeto de mis
viajes y lo franco de mi criterio expresado sobre la situación en
Colombia bajo sus diferentes aspectos.
Con la misma franqueza admito que los esfuerzos y las
privaciones, en unión con el cansancio y la enfermedad a veces
amenazaron ganar la supremacía, hasta el punto de provocarme
renegar de la vida viajera, para extrañar las condiciones apacibles
de mi casa en tierra lejana. El clima de la tierra baja tropical
con su calor apenas disminuido durante las noches, produce en el
extranjero de origen nórdico un efecto de cohibición limitativo de
su agilidad mental y su fuerza emotiva, condiciones que pronto
mejoran en las regiones de mayor elevación sobre el nivel del mar,
con su aire enrarecido y su temperatura más baja. En las horas del
mediodía el sol también aquí produce su calentamiento bastante
intenso, dejando en cambio las mañanas y las tardes en un ambiente
de acabada belleza y propicio para el despliegue de las capacidades
mentales. Cierto es que tales condiciones también invitan a pensar
en los familiares y amigos, pero libre del anhelo de regresar a
donde ellos, a veces provocado por el molesto estado febril, sino,
al contrario, ansiando su presencia aquí para compartir con ellos
tanta belleza de la naturaleza. Indecible es la sensación emanada
de la vida independiente, del contacto íntimo y permanente con la
naturaleza y de la abundancia de las impresiones variadas y a
diario renovadas con que los viajes prolongados por los Andes
colombianos recompensan todas las adversidades pasadas. A menudo el
corazón del viajero se llena de júbilo ante el encanto creado por
la belleza tan esplendorosa del paisaje que, como impresión
imborrable de su alma sigue acompañándolo, haciéndole olvidar todo
lo penoso de sus viajes para siempre recordar con fervor las
montañas de Colombia, coloreadas de azul en bellos matices.
|
(1)
|
| Famosas ediciones alemanas de guías de viajes. (Regresar a 1)
|
|
(2)
|
Para negociar caballos y mulas se ha mantenido la costumbre de
expresar su precio en pesos sencillos, de ocho reales cada uno, o
sea equivalentes a 3,20 marcos alemanes. (Regresar a
2)
|
|
(3)
|
El antiguo sistema granadino de
medir tenía las siguientes equivalencias: 1 legua = 62½ cuadras =
5.000 metros; 1 cuadra = 100 varas = 80 metros; 1 vara = 0.8
metros. (Regresar a 3)
|