INDICE





PRÓLOGO

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

VIAJES POR LOS ANDES COLOMBIANOS

I - DE LA COSTA A BOGOTÁ

CAPÍTULO I
En el Istmo de Panamá. Arribo a Colón. Viajes por el istmo, antes y hoy. Carácter del paisaje. El canal interoceánico. Panamá. Vista sobre el Océano Pacífico

CAPÍTULO II
En el litoral septentrional. Travesía del golfo del Darién. Cartagena. Arribo a Sabanilla (Salgar). Por ferrocarril a Barranquilla. La ciudad y sus habitantes. Historia e importancia de Barranquilla

CAPÍTULO III
En el río Magdalena. Champanes. Historia de la navegación fluvial. Partida. Estructura e instalación de un vapor del Magdalena. Tripulación y pasajeros. Un día a bordo. Paradas. El río Magdalena y su cauce. El caudal de agua. El cauce cambia de rumbo.

CAPÍTULO IV
Ascenso a la altiplanicie de Bogotá. Comienzo. Ruinas de un ferrocarril. La primera posada. Panorama de la Cordillera Central. Guaduas. Paisanos alemanes. Cambio de aspecto del paisaje. Villeta. Chimbe y Agualarga. Una carretera. Los Manzanos. Atravesando

II - BOGOTÁ Y LOS BOGOTANOS

CAPÍTULO I
La ciudad. Fundación y nombre. Ubicación. Elevación y vista sobre la montaña. Vista panorámica de Bogotá desde la cima; plano ajedrezado de la ciudad. Las calles. Disposición concéntrica. Las orillas de los riachuelos. Suburbios. Paseando la ciudad.

CAPÍTULO II
Los habitantes. Tipos de caballeros y su indumentaria. Las damas. Hombres y mujeres del pueblo. Tipos especiales. Los extranjeros. Número de habitantes. Clases sociales y composición etnográfica de la población. Apellidos y nombres. Nobleza y títulos.

CAPÍTULO III
Las clases elevadas. Descripción de una habitación y su instalación. Alimentación. Transcurso del día para los caballeros, las damas y los niños. Vida social. Diversiones y viajes  

CAPÍTULO IV
Las clases media e inferior. La clase media: habitación, ingresos, etc. La clase baja: habitación, instrucción y comportamiento, ingresos, situación social  

CAPÍTULO V
Clima e higiene. Temperatura y precipitaciones atmosféricas. Enfermedades que predominan. Médicos y farmacias. Higiene pública. Epidemias de viruela  

CAPÍTULO VI
Conexiones de Bogotá con el mundo. Su ubicación en la montaña. Viajeros. Movimiento de carga. Comunicaciones postales y telegráficas. Ideas sobre un traslado de la capital. Proyectos ferroviarios  

CAPÍTULO VII
Comunicaciones y comercio. Tráfico. El mercado. Variedades. Tiendas. Restaurantes y hoteles. Artesanía. Industrias. Almacenes. Comercio  

CAPÍTULO VIII
La vida intelectual, política y eclesiástica. Instrucción pública. Aislamiento intelectual de Bogotá. Retraso de la vida intelectual. Museos, etc. Arte, literatura y ciencias. Política. Vida religiosa y fiestas  

III - VIDA DE VIAJERO
Objeto y planeación de los viajes. Área recorrida. Literatura para el viajero. Información verbal. Excursiones a pie. Mula y caballo. Equipaje. Precio de los animales. ¿Tomarlos en alquiler o adquirirlos en propiedad? Guías y ayudantes.

IV - ESTAMPAS DE LA CORDILLERA DE BOGOTÁ

CAPÍTULO I
Estructura de la montaña y niveles de altura. Conformación geológica del terreno. Regiones de altura  

CAPÍTULO II
El paisaje civilizado. Tipo y belleza del paisaje. Arborescencia primitiva. Transformación del reino vegetal y animal por el hombre. Relación entre la altura y las plantas cultivables. Caña de azúcar. Café. Cacao. Añil. Tabaco. Ganadería.

CAPÍTULO III
El monte. Comparación con el bosque alemán y con la arborescencia de la tierra baja tropical. Impresión del paisaje. Dificultad de la exploración geográfica y geológica. Vientos y nieblas. Estado de los caminos. Lo que produce la selva.

CAPÍTULO IV
El páramo. Contornos y suelo de las cumbres. Condiciones atmosféricas. Vegetación. Vida de los moradores. Disposición anímica del viajero. Visita al Tablazo  

CAPÍTULO V
La altiplanicie de Bogotá. Panorama. En la remota antigüedad era una laguna. Alturas que la bordean. Las lagunas de Guatavita, de Guasca y de Suesca. Vegetación y cultivos. Desarrollo de la civilización  

CAPÍTULO VI
El Salto de Tequendama. Su fama. El camino de ida. La vista del Salto. Altura. La vegetación. Su origen  

CAPÍTULO VII
Fusagasugá y el puente natural de Pandi. Descenso a Fusagasugá. La planicie de Fusagasugá, una terraza de acarreo. El camino a Pandi. El puente natural y su origen  

CAPÍTULO VIII
El valle del río Bogotá. La laguna de Pedropalo. La vista desde Tena. La Mesa. El camino a Tocaima. De Tocaima a Peñalisa. El puente cerca de Girardot y el ferrocarril  

CAPÍTULO IX
Reino mineral y empresas industriales. El yacimiento de sal mineral de Zipaquirá. El monopolio de la sal. El carbón. La ferrería de Pacho. La ferrería de Subachoque. La curtimbre y fábrica de calzado de Agualarga. Situación del obrero alemán.  

CAPÍTULO X
Haciendas y estancias. Tierra baldía y distribución de la propiedad. Economía de las estancias. Economía de las haciendas. Construcciones rurales. El terrateniente. Relaciones laborales. Modo de vivir, instrucción y carácter de los campesinos  

CAPÍTULO XI
En una ciudad de provincia. Las localidades. Su origen, denominación y carácter. Su ubicación y planeación. Casas y calles. Particularidades históricas y climáticas. El tráfico. Condiciones sociales. Administración y política locales. El comercio. Fiestas

V - VIAJE A TRAVÉS DE LA CORDILLERA CENTRAL

CAPÍTULO I
La vertiente oriental de la Cordillera Central. Paisaje de conformación tobácea arriba de Honda. Paisaje de la Cordillera Central. Minería y pueblos. Huellas volcánicas cerca de Manzanares. La Picona. El páramo de Herveo  

CAPÍTULO II
En el valle del Cauca. Vista al valle del Cauca. Salamina. Comida antioqueña. Fuentes de aguas salinas. Un guardapuente alemán. El río Cauca. El distrito minero de Marmato y Supía. Carácter de las poblaciones de Riosucio, Quinchía y Ansermaviejo.

CAPÍTULO III
El páramo del Ruiz y Ambalema. Una vía carreteable. Un lodazal. Exhalaciones sulfurosas. Noches y excursiones en el páramo. Nieve y glaciares. Descenso por Líbano y Lérida a Ambalema. Cultivo de tabaco. Regreso a Bogotá

CAPÍTULO IV
Minas de oro y de plata. Clases de gangas y filones. Métodos de extracción y explotación. Aluviones auríferos. Extracción hidráulica  

CAPÍTULO V
Tumbas indias y antigüedades. En búsqueda de guacas. Sus diferentes formas. Significación científica

VI - UNA EXCURSIÓN A LOS LLANOS
Estaciones. El camino de Bogotá a Villavicencio. Primer vistazo a los llanos. Villavicencio. La selva de la planicie. A caballo a través de la llanura. La hacienda “Los Pavitos”. Los llaneros. Cultivos y ganadería. Perspectivas culturales de los llanos.

VII - VIAJES POR SANTANDER Y BOYACÁ

CAPÍTULO I
La laguna de Fúquene y las minas de esmeraldas de Muzo. La salina de Tausa. Paisaje cerca de Ubaté. Navegando por la laguna de Fúquene. Su profundidad y tentativas de desaguarla. Un santuario. Muzo. Esmeraldas y mariposas. La mina de cobre de Moniquirá.

CAPÍTULO II
De Vélez a Bucaramanga. Vélez. Formaciones calcáreas. Cresta de montaña y meseta a orillas del río Suárez. El valle de Sube. A través de la Mesa de Jéridas a Piedecuesta y Bucaramanga. Panorama desde el alto de Gualilo. Excursión a Montebello.

CAPÍTULO III
La tierra montañosa de Tunja y Sogamoso. Caminos de Bogotá a Tunja. El campo de la batalla de Boyacá. Carretera y ferrocarril. Tunja. La ferrería de Samacá. Paipa, Duitama, Santa Rosa, Belén. Caminos a Santander. La laguna de Tota. La sabana de Sogamoso.

CAPÍTULO IV
La Sierra Nevada del Cocuy. El valle del río Sogamoso. La Sierra Nevada. Epoca para visitarla. Primera vista. El Pan de Azúcar. Vista de toda la sierra. Un pequeño glaciar. El ala norte de la sierra. El límite de las nieves perpetuas asciende.

CAPÍTULO V
Cúcuta. Minería en La Baja y Vetas. Pamplona. La penitenciaría. El camino a Cúcuta. Entrada a la ciudad. Terremotos. Arquitectura. Almacenes. Clima. Fiebre. Importancia comercial. Comunicaciones. El ferrocarril. La colonia alemana.

CAPÍTULO VI
En el río Zulia y en el lago de Maracaibo. Realización de las bestias en San Cristóbal. Por ferrocarril a Puerto Villamizar. Navegando en vapor por el río Zulia. El lago de Maracaibo. La ciudad de Maracaibo y sus alrededores.

VIII - DESARROLLO HISTÓRICO Y SITUACIÓN ACTUAL

CAPÍTULO I
La conquista española, la época colonial y la guerra de la independencia. El comienzo de la historia de Colombia. La conquista del país por los españoles. La formación política de la colonia. Política colonial española. Composición de la población.

CAPÍTULO II
La República de Nueva Granada. Relaciones con los Estados europeos. Composición de la nación. No hay motivo para conflictos internacionales. Carácter de la historia de Colombia. Sucesos entre 1830 y 1858. Liquidación de la República.

CAPÍTULO III
Los Estados Unidos de Colombia. La constitución de Rionegro: relación entre la nación y los Estados individuales; composición del gobierno nacional. Funcionarios y jueces. Aspectos progresistas. Leyes relativas a la política eclesiástica.

CAPÍTULO IV
La situación económica y el nivel cultural de Colombia. La escasa y dispersa población. Aprovechamiento de la selva. Agricultura, minería, industria. Importación y exportación. Escasez de bienestar. Distribución de la propiedad.

CAPÍTULO V
La posición del extranjero en Colombia. Nacionalidad y profesiones de los extranjeros. Ventajas y privaciones. Sus méritos para con Colombia. Actitud de los colombianos hacia los extranjeros. Posibilidades de incrementar la inmigración alemana

Al cabo de siete meses y medio de haber llegado a Bogotá, el señor Harriss-Gastrell emprendió viaje de regreso a Europa, evento que para mí produjo el efecto de disolverse mi contrato, facilitándome la posibilidad de entregarme en adelante del todo a mis estudios particulares. Obvio es que la preocupación de encontrar la manera más a propósito para ello me había mantenido embargado desde tiempo atrás. Entre otras, había pasado por mi mente la idea de dirigirme a algún puerto del océano Pacífico, sea en viaje directo o por Quito, para seguir el litoral a todo lo largo, con interrupciones ocasionales para emprender excursiones hacia el interior y luego coger por la costa atlántica hacia el norte para aprovechar una oportunidad conveniente de embarcarme en viaje de regreso a mi tierra. Sin embargo, esta posibilidad de obtener un cuadro sinóptico de la mayor parte del continente habría conllevado para mí la desventaja de perder de antemano toda oportunidad de dedicarme a mis propias exploraciones científicas, obligándome a la vez a reducir en forma desproporcionada el trayecto, debido a lo costoso de los viajes marítimos, especialmente en las rutas de la costa pacífica. En consecuencia resolví abandonar todo el proyecto, para cambiarlo por el propósito de viajar por Colombia a medida que mi salud y el estado de mis finanzas me lo permitieran. Sin lugar a duda, Colombia ofrece para el viajero deseoso oportunidades de hacer descubrimientos, si bien sin la magnitud de aquellos logrados en el Africa durante los últimos decenios, pero propicios no obstante para llenar las partes todavía en blanco de nuestros mapas y, quizás, conducentes a corregirlos en sus dibujos inspirados en exceso de fantasía. Pero, con todo eso, los viajes de exploración propiamente dichos en este caso no estaban dentro de mi programa. Hace poco, Crevaux había navegado por el río Guayabero, levantando sus planos y cambiando su nombre por río Lesseps, quedando la misma tarea de levantamiento todavía por realizar en cuanto a los ríos Vaupes, Caquetá y Putumayo. Completar los conocimientos, hasta ahora muy escasos, de los Estados de Magdalena y Bolívar en el litoral atlántico sería otra obra digna de acometer. Pero los viajes por tales regiones, despobladas del todo o habitadas apenas por algunas tribus de indios salvajes, fuera de una constitución física bien resistente, requieren la bolsa bien provista para atender los gastos obvios de una escolta por lo general numerosa. Desde luego tales viajes, aparte del levantamiento topográfico, se podrían aprovechar para formar colecciones, tanto zoológicas como etnológicas, con sus apuntes pertinentes, pero todo sin menoscabo de las ventajas que los viajes por terrenos abiertos y poblados ofrecen para investi­gar desde el ángulo científico-geográfico la correlación que existe entre la estructura de la montaña y la configuración de la superficie, lo mismo que el clima, hidrografía, flora y fauna y, por último, el carácter y la cultura de los habitantes. 

El área del país excede a la que solemos imaginarnos, fácilmente inducidos por la escala tan reducida del mapa, siendo tan solo la superficie de aquella parte ocupada por las cordilleras de una extensión apenas inferior al área de todo el imperio alemán. Pero cuánto tiempo requeriría, por ejemplo, el llegar a conocer esta, de no haber ferrocarriles para vencer las distancias o de encontrarse cubierto todo el país por montañas de carácter alpino. Para acertar en un cálculo aproximado, sería menester apropiar el tiempo suficiente para las demoras considerables implicadas por la realización de recolecciones y de observaciones, al igual que por pequeñas excursiones y trechos para caminar por acá y allá, todo inherente a la exploración científica. Saltando así a la vista la necesidad de mantener limitado el posible radio de acción, se entiende que mis viajes proyectados para el año siguiente hubieran de concentrarse a una región no mayor a aquella ocupada por la Alemania central enmarcada por las ciudades de Colonia, Dresde y Nuremberg, o, tomando por escala los Alpes, el área comprendida entre el Monte Blanco, Munich y Verona.

Consciente de lo deficiente de los conocimientos adquiridos antes de mi partida de Alemania, en materia de geografía e historia colombianas, obvio era para mí aprovechar toda oportunidad para complementarlos en Bogotá. Con tal objeto había adquirido algunos libros en propiedad, recurriendo a amigos y conocidos para facilitarme otros y aceptando el amable ofrecimiento de la Biblioteca Nacional en el mismo sentido. Pero, con todo, gran parte de la literatura existente me había quedado inaccesible en aquel entonces. 

Falta muy sensible hace un “Baedeker” | (1)   | u otra guía similar del viajero para anticiparle a este las orientaciones sobre tipos y costumbres del país, modos de viajar, posadas y alimentación por encontrar, lo mismo que indicaciones aproximadas del tiempo requerido y de los medios financieros demandados para atender los gastos, ya que semejante manual todavía no existe ni de Colombia ni de Suramérica. De recurso no desdeñable para el viajero son los mapas y las descripciones geógrafo-estadísticas publicadas por Ponce de León y Felipe Pérez con base en los manuscritos elaborados por Codazzi, pero con el lamentable olvido de no mencionar esta referencia. Agustín Codazzi, italiano, de profesión ingeniero y con patente de oficial, cumplido con esmero su contrato con el gobierno de Venezuela para explorar aquel país con resumen de los resultados en forma de un mapa y los textos pertinentes, fue llamado por el gobierno colombiano con el mismo encargo. En tal virtud viajó por el país durante los años de 1849 a 1858, levantando croquis de una gran parte a pesar de las frecuentes interrupciones sufridas por otros trabajos, al igual que por las conmociones civiles. Murió el 13 de diciembre de 1858 cerca de Valledupar, víctima de un ataque de fiebre, cuando estaba ocupado en sus investigaciones de los estados litorales. Codazzi merece nuestra admiración más expresiva por el progreso enorme logrado a través de su trabajo en la descripción bastante acertada de las condiciones geográficas del país, al menos de sus regiones habitadas. Al calificar su obra tal como ahora existe, no hemos de olvidar la insuficiencia de los promotores para acometer su publicación. Con su escala de 1:810.000 los mapas no exceden mucho al de la página doble demostrativa de Alemania suroeste y Suiza o de la página de Sajonia y Turingia, tal como aparecen en el atlas portátil de Stieler (Stielerscher Hand-atlas). La descripción limitada a lo estrictamente sistemático nada dice sobre la manera de viajar y mucho menos constituye una verdadera guía del viajero. Cierto es que Codazzi había elaborado una relación prolija de las vías de comunicación existentes en todas las zonas por él cubiertas, trabajo orientado ante todo hacia fines militares y publicado al menos en la parte referente a las provincias nororientales. Pero temiendo su aprovechamiento por parte de los revolucionarios, el gobierno más tarde mandó destruir la edición parcial existente, descartando a la vez la impresión relativa a las demás provincias. Desde luego fue esta una actitud emanada de miras estrechas y mezquinas que necesariamente privaba de tan valioso material también a la propia tropa del ejército. Pero, favorecido por la suerte de encontrar parte de aquellos apuntes en la biblioteca oficial de Bogotá, pude extractar lo que me pareció provechoso. 

Durante el primero de sus viajes, que lo llevó a través de los estados de Boyacá y Santander, Codazzi fue acompañado por uno de los personajes más ilustres del país en aquella época, Manuel Ancízar, autor de una descripción amena de la aventura. Por lo demás son pocas las relaciones emanadas de pluma colombiana sobre viajes efectuados dentro del país, concebidas estas en forma de artículos folletinescos de periódico con un torrente de sentimientos poéticos, pero sin contribuir en nada a la descripción plástica de las regiones ni de sus particularidades. |  |

También los libros de viaje tocantes a Colombia originarios de fuentes europeas, son relativamente deficientes, limitándose la obra clásica de Humboldt a Venezuela, para dejar sin describir su viaje a través de Colombia. Tanto durante la guerra de la independencia como después de ella eran numerosos los viajeros y, en parte aventureros, los extranjeros que llegaron al país, pero los libros producidos por varios de ellos sobre sus impresiones, ya en aquel entonces en partes insignificantes, en su mayoría han caído hoy en desuso. Más tarde, los viajeros, en número ya más reducido, empezaron a dar preferencia casi exclusiva al uso de las vías principales, concretando desde luego sus escritos a ellas. Entre estos, uno de los más detallados es el libro de Isaac Holten, botánico norteamericano que había viajado por la Nueva Granada durante los años de 1852 a 1854, libro muy profuso en interesantes detalles, pero escaso en conclusiones de carácter general. De las descripciones de más reciente publicación probablemente la más completa es la de Edouard André (véase “Le tour du monde”), tomo XXXIV, etc., con reproducción extractada en (“Globus” 1877, etc.), recomendable a la vez por sus numerosas ilustraciones, aunque en parte caricaturadas. Pero también el texto trae muchas cosas de interés, si bien el estilo, legítimamente francés, a veces va sacrificando la verdad a una observación picante, limitándose además a rendir meros conceptos en lugar de demostrar el origen de ellos mediante la descripción de las investigaciones precedentes. 

De una manera más pronunciada todavía viene aplicando aquellas características cierto conde Gavriac, cuyo libro, carente de toda importancia, tiene mala fama en Colombia, llegando al extremo de calificar de perdonable la aversión de sus habitantes contra los viajeros europeos. Por mi parte, el mayor goce y provecho por todo concepto lo he sacado de la lectura de “Cuatro caminos a través de América”, libro de M. v. Thielmann, editado por Duncker & Humboldt, Leipzig, en 1879. Aunque basado en las observaciones ligeras de un viaje rápido y, en consecuencia, concebido y escrito para captar su tema apenas a grandes rasgos, describe tipos y costumbres en forma plástica y con bastante acierto, si bien a veces con exceso de acerbidad. Las descripciones viajeras de Schenk sobre Antioquia, publicadas en Petermanns Mitteilungen de 1883, tan abundantes en tópicos útiles y acompañadas de mapas profusos en detalles, infortunadamente me llegaron apenas en vísperas de terminar mis viajes. 

En consecuencia, para preparar estos estaba prácticamente restringido a informaciones verbales de consecución un tanto difícil, ya que ni los extranjeros ni los colombianos mismos poseen conocimientos del país en suficiente escala, a tal extremo que de las regiones remotas apenas tienen una vaga imagen. Así que para enterarme de las vías que comunican con el sur del Estado del Cauca, me tocaba aprovechar la presencia de un joven estudiante oriundo de Popayán, capital de aquel Estado. Pero lo mismo de mal vamos en cuanto a datos y consejos de orden general, ya que los colombianos, a falta de aprecio desapasionado por su país y su nivel de cultura, suelen pintarlo todo o bien de color rosa o de negros colores, esto último en la creencia de favorecerse ellos mismos personalmente con su crítica denigrante. Otra falla tienen los paisanos alemanes residentes como fuente de información, ya que, acostumbrados al uso exclusivo de las vías principales, carecen de la facultad de ponerse en el lugar del viajero científico con sus deseos y necesidades bien diferentes. De ahí que todo extranjero ha de pagar caro un aprendizaje para allegar la experiencias conducentes a convertirlo en viajero experto. 

Encontrando en uno o dos almacenes todo el equipo requerido, el turista nuestro no necesita preocuparse del tiempo que demandan sus preparativos. Empacados los implementos en su morral, aborda el tren para, una vez llegado a su meta, empezar a internarse en la montaña de su elección, caminando contento y lleno de alegría. Cierto es que al viajero en Colombia no le espera la tarea de organizar largas caravanas al estilo de aquellas necesitadas en el Africa, pero, en cambio, aquí todo detalle de los preparativos requiere tiempo y suele tropezar con estorbos inesperados en grado tal que el anhelado momento de montar la bestia se demora más de la cuenta. |  |

Pues viajar por las regiones montañosas de Colombia, a falta de otros medios de transporte, significa andar a caballo o, de preferencia, a lomo de mula, pues los ríos, aquí todavía torrentes raudos, se tornan en navegables apenas a su entrada en las llanuras lejanas, bien sea del río Magdalena o de los llanos orientales, en tanto que los ferrocarriles muchas veces apenas existen en proyectos sin realizar, exceptuando unos pocos trayectos de menor extensión, limitándose las carreteras, a su vez, a aquellas que cruzan las altiplanicies de la cordillera oriental y has que se encuentran cerca de Cúcuta y en el valle de Medellín. Por lo demás, el camino de herradura prácticamente constituye el único medio de comunicación en las regiones montañosas colombianas. 

A pie acostumbra moverse solamente la gente que forma la clase baja, o sean los peones y los arrendatarios de pocos recursos, constituyendo la cabalgadura el primer objeto de lujo que se regala el colombiano, para seguir luego con el galápago y las guarniciones. Presumir tal actitud inspirada en mera pereza era un error que cometí al llegar al país, para corregirlo bien pronto, al experimentar en carne propia lo poco aconsejable que sería tratar de recorrer las regiones a pie, de acuerdo con nuestra costumbre. Ya unas cuantas caminatas en pequeña escala me hicieron desistir de mi propósito, para más bien acoger el ejemplo de los hijos acomodados del país, adquiriendo una buena cabalgadura, capaz de transportar a su jinete en menos tiempo y con más comodidad, tanto en lo plano como en terreno montañoso. Realmente los sinsabores que esperan al viajero pedestre no son de poca monta, empezando por las incontables pendientes y las lamentables condiciones de los caminos, lo mismo que las numerosas quebradas que en su cruce obligan cada vez al baño de los pies con el calzado puesto. Agregando a esto el calor sofocante de los trópicos y la fuerza de los rayos del sol en su caída vertical, tenemos el cuadro más o menos completo de los factores que permiten juzgar la magnitud de los esfuerzos requeridos y los peligros implicados para la salud, especialmente del viajero extranjero no adaptado. En cambio, la mula, capaz en general de pisar en donde el hombre alcanza a sentar el pie, lo lleva con ventaja, quedándole vedadas solamente las regiones de las nieves y las selváticas con su denso monte bajo, sus trepadoras y sus troncos caídos. Así que forzosamente habrán de andar a pie los explotadores de los árboles de quina, de caucho y de maderas especiales. También los esperanzados en descubrir una mina de oro o de plata en el monte, al igual que los empeñados en escalar tal o cual cumbre tentativa a través de la zona boscosa y otros que, penetrando la selva inexplorada, buscan trazar una vía, completar los conocimientos geográficos o ascender un nevado, todos ellos habrán de confiar en su resistencia de caminadores como único medio de locomoción. Esto no obsta para cruzar montado las zonas colonizadas o a lo menos para tener siempre la cabalgadura a mano, para así atender la norma número uno del viajero tropical, o sea la de preferir toda comodidad posible a cualquier esfuerzo innecesario. 

La mula constituye la cabalgadura más apropiada para viajar en Colombia, aunque el caballo también goza de favorecedores en número mayor del que se presume, aventajando a la mula en rapidez y fogosidad y, al menos cuando sean muy buenos ejemplares, también en paso muy suave. Siendo el animal más a propósito para pasear y para viajar en lo plano, en cambio raras veces tiene aptitudes de montañista como las ostenta la mula con su paso seguro y sensato cuidado. Además, los caballos de la sabana suelen sufrir harto por el clima desacostumbrado de tierra caliente, en tanto que sus congéneres crecidos allí requieren mucho tiempo para aclimatarse en la altiplanicie. Aun careciendo del paso fino de los sabaneros, los mejores caballos para viajar son los que provienen de la tierra media o templada. A la mula le ganan en recorrido en lo plano, provocando esta no obstante un cansancio mucho más intenso en su jinete y precisándolo a aplicar las espuelas a ratos. Pero, por otra parte, aun en los peores trayectos del camino, el viajero puede confiar tranquilamente en su paso seguro, mientras se cuide de no azuzarla en exceso, permitiéndole en cambio buscar ella misma su pisada. Al paso que no afectan su salud ni los cambios de clima ni las variaciones en la alimentación, su capacidad de soportar esfuerzos y privaciones excede en mucho a la del caballo. Este, en cambio, es la cabalgadura por excelencia de las altiplanicies, donde al habitante carente de mula también le sirve para viajar, aun a sitios más remotos. Pero en las regiones montañosas la mula tiene su bien ganada preferencia, así por ejemplo en el Estado de Santander como también en Antioquia, donde hay hermosos caballos briosos, pero destinados al lujo de paseos únicamente. Hasta en las llanuras de tierra caliente la mula ha llegado a reemplazar en gran escala al caballo, por ejemplo en los llanos orientales, gracias a su mayor resistencia al calor y a las subsecuentes plagas animales, quedando sin igual además como bestia de carga, en todas partes, inclusive en las regiones altas, y en cualesquiera circunstancias. 

En su mayoría los colombianos suelen llevar entre las alforjas todo su equipaje, ya que, por lo general, este se reduce a una botella de coñac, el cepillo de dientes y el peine, omitiéndose la pastilla de jabón como cosa innecesaria. A la parte trasera del galápago se acostumbra sujetar una manta gruesa de lana para pernoctar en el páramo o una hamaca para acomodarse de noche en tierra caliente. Tan solo la gente más acaudalada acostumbra andar con pretensiones mayores, existiendo determinada clase de jóvenes ricachos conocedores de las maneras de viajar europeas o estadinenses y acostumbrados a equiparar la comodidad exagerada a la más alta felicidad de la vida, que gastan sumas ingentes en equipo y aprovisionamiento, si es que por fuerza se animan a viajar por su patria. Obvio es que el europeo se distancia de semejantes excesos, insistiendo empero, excepción hecha de los tenderos italianos, en un mínimo de aseo y comodidad superior al aceptado por el promedio colombiano, no pudiendo prescindir, por lo tanto, de la mula de carga. Para él se sobreentiende la necesidad de llevar algunas provisiones de boca aptas para completar las comidas, a veces demasiado pobres, que encuentra en el camino, así que también querrá tener a la mano su ropa para cambiar, lo mismo que unas toallas y ropa de cama, y hasta tal vez un catre de tijera. Para atender sus fines científicos, en dado caso, requiere útiles de escribir, lo mismo que unos libros e instrumentos, siendo necesario, por último, pero no de menor importancia desde luego, cargar una buena suma en monedas de plata, en reemplazo del oro, casi desaparecido del país, y en lugar de billetes, que poca aceptación encuentran. Para empacar el equipo así escogido y reunido, más prácticas que los conocidos baúles europeos y de ahí más recomendables al efecto son las llamadas petacas, muy en uso en diferentes regiones del país. Constan de dos tapas rectangulares de bordes altos, encasquetable la una, de tamaño apenas un poco mayor, sobre la superficie abierta de la otra, para abarcar así el contenido, ajustando las dos en mayor o menor grado según el volumen de este. Hechas de piel de buey sin curtir, reforzada con varillas livianas, son impermeables y, gracias a su relativa elasticidad, fácilmente cargables en la mula. También hay sacos de viaje elaborados, bien sea del mismo material o de cuero curtido y sujetables al galápago común de tal manera que aun con el trote del animal aseguran su posición. 

Una vez convencido de la necesidad de cabalgadura y de una bestia de carga, el viajero ha de resolver si prefiere comprarlas o tomarlas en alquiler. Los precios suelen fluctuar de acuerdo con las condiciones momentáneas, tanto temporales como regionales. Así que una buena mula de carga viene costando entre 60 y 120 pesos, o sea 200 a 400 marcos, en tanto que el animal sano y robusto para montar demanda sus 80 a 100 pesos, equivalentes de 250 a 300 marcos. Pero ejemplares finos, fuertes y fogosos con buen modo de andar, en menos de doscientos pesos, o sea 640 marcos, no se consiguen. Los caballos, en general, son de precio un poco inferior, sobre todo los que no son de paso, valiendo los animales de paso disponibles desde 80 pesos en adelante y demandando ejemplares de lujo fácilmente precios de 200, 300 y hasta 1.000 pesos | | (2) .

Habiendo pocos colombianos de las clases alta y media que fuera de su profesión no sean agricultores a la vez, así sea para no pasar toda su vida en las oficinas y bufetes de la ciudad, la mayoría de ellos tiene su cabalgadura propia, más todavía cuando toda excursión aun la de menor distancia, acostumbra hacerse montado. Por otro lado, en la mayor parte de los pueblos, tal en los situados en el camino de Honda a Bogotá, se consiguen animales en alquiler, pero encontrándose por lo general en mal estado de fuerza y nutrición, suelen convertir el viaje en martirio para el jinete, quien además se expone a la repetición, cada par de días, de la molestia de dilatadas negociaciones sobre el alquiler para, a fin de cuentas, salir pagando un precio excesivo en su afán por no prolongar la demora. Pero, con todo, a menudo aun la prisa resulta en vano, por cuanto los animales alquilados no le llegan a la salida del sol, sino apenas hacia el mediodía. Desde luego, también el cambio de peón, lejos está de conllevar siempre ventajas, porque su servicio suele terminar apenas haya cogido el hilo en cuanto a los quehaceres que tiene que cumplir, subsistiendo, por otra parte, la suciedad y la pereza comunes a todos, así como también la cuasi ausencia de toda inteligencia. Así las cosas, la adquisición de animales propios se impone prácticamente, siquiera como medida de tapar la fuente de tanta queja permanente en boca de numerosos viajeros sobre los inconvenientes descritos. Por último, tiene sus ventajas la mayor estabilidad en el servicio del peón propiamente escogido y contratado por la duración del viaje. Y, a fin de cuentas, resulta menos gravoso el transporte así organizado, aunque el producto de la venta de los animales al final de la expedición quede un tanto por debajo de su costo.

Reduciendo a números lo relatado, puedo agregar que los cuatro animales sucesivamente adquiridos para el efecto, o sea tres mulas y un caballo, me valieron 350 pesos en total, para resultar el producto de su venta posterior en un poco menos de las dos terceras partes de tal inversión. Cierto es que salvo muy contadas excepciones he venido contentándome con una sola mula de carga, usándola también inclusive para el transporte de las colecciones de muestras científicas reunidas en el camino, hasta tanto que se ofrecían oportunidades o bien para adelantar estas colecciones a la posada determinada para concluir la jornada o, en caso dado, para despacharlas directamente a mi tierra. Sin rodeos confieso que mis ansias de extender las posibilidades de viajar llegaban hasta el punto de subordinarles aun los gastos de transporte de muestras, prefiriendo mantener limitado el volumen de ellas. Pero tan solo con una bestia de carga y otra para montar, la previsión aconseja disponer para viajes prolongados de por lo menos un animal de reserva, tanto para cambios a fin de evitar excesos de cansancio como para tener reemplazo a la mano en casos de lesión o accidente. El caballo lo había escogido para sustraerme a las molestias provocadas por el paso sumamente duro ostentado por mi mula de silla en la travesía de trayectos planos, pero advertido por el sinnúmero de dificultades experimentadas con el animal, probablemente preferiría para otro viaje sustituir los dos, la mula regular y el caballo, por una sola mula de silla de mayores cualidades.

Por su seguridad personal el viajero en Colombia ha de preocuparse solamente en tiempos de revolución, pues a diferencia de las condiciones que prevalecen tanto en la madre patria como en Méjico, el bandolerismo en Colombia no ha ganado terreno, excepto contados asaltos relatados desde el Estado del Cauca como ocurridos aun en tiempo de paz. Por lo tanto no necesitaba de escolta, pudiendo limitarme a un solo muchacho para hacer las veces de arriero lo mismo que de sirviente. Encontrar el candidato adecuado no es nada fácil en Bogotá, toda vez que su capacidad de resistir las fatigas del viaje ha de ir combinada con la de manejar los animales, esperándose además que tenga noción de aseo y que sea honrado, servicial y simpático. Para mi último viaje la suerte me ayudó a encontrar en la persona de Adolfo Duarte a un muchacho de tales características, motivo para mí de guardar de él buenos recuerdos.

Fijado el día de mi partida, mandé recoger las mulas de un potrero vecino donde estaban para descansar y recuperar las fuerzas gastadas en su viaje anterior, para hacerles pasar la noche víspera en el establo al lado de mi caballo, siempre guardado allí a mi disposición. Las petacas preparadas, con el peso cuidadosamente compensado entre sí, se cargan a lomo de la bestia. Para empezar, a esta se le mete una manta o estera, el llamado sudadero, para luego colocarle la enjalma, un artefacto hecho de yute y bien empajado, encima del cual ahora llegan a parar las dos petacas. De lado a lado y bien balanceadas se las amarra con lazos atados alrededor del cuerpo del animal. También la cabalgadura está ensillada y embridada. Con el objeto de adaptarla a las condiciones particulares del uso, la silla de montar colombiana destinada al viaje es de construcción específica, terminando en elevación paulatina, tanto en la parte delantera como en la trasera, para así asegurarle postura más firme al jinete tanto en las subidas como en las bajadas del camino. Además va forrada en cuero para la misma finalidad, en tanto que una perilla de arzón de tamaño adecuado provee el punto de amarre en casos de enlazar caballos o reses. Regiones hay donde la baticola acostumbra completarse con correas delantera y trasera del arnés, tendiendo a evitar que la silla resbale en subidas y bajadas de marcado declive o que la baticola se rompa. Siendo las cabalgaduras colombianas demasiado boquiduras para montarlas a bridón, es costumbre apoyarse sobre un bocado notable tanto de tamaño como de peso, suficiente para obligar aun a los animales ordinarios a adoptar un modo suave de andar, desde luego con la necesidad de quitarlo para abrevarlos. Más abajo de la brida está ajustado el cabestro, elaborado de tiras torcidas de piel de buey, cuyo terminal acostumbra anudarse a la silla. Las bridas, hechas del mismo material, suelen terminar en una prolongación que hace las veces de látigo. Al igual que de soporte, los estribos de cobre sirven para proteger los pies contra el roce molesto con las malezas y piedras a los bordes del camino, pero con las desventajas de su considerable peso y el calor que desarrollan.

Ocupado en consideraciones sobre la alternativa de adquirir en propiedad o bien una de aquellas sillas colombianas o un galápago estilo europeo, quedé sorprendido con el regalo que me hizo el señor Gastrell de su galápago inglés con los arreos como accesorio, borrando así de una sola vez el objeto de mis preocupaciones. A pesar de todas las prevenciones recibidas sobre lo inútil del regalo precioso para la realización de mis proyectos, me cabe declarar, con base en experiencias adquiridas en viajes por caminos de la peor clase y de meses de duración, que me ha prestado servicios satisfactorios, con desventajas insignificantes. Un suplemento práctico de los estribos quizás podría constituir una especie de zapato de caucho insertable en ellos para prevenir contra el efecto de la humedad de la lluvia. 

También mi vestimenta personal representaba un acomodo apenas parcial al traje de viajero colombiano. Muy prácticos y mejores aún que los casquetes de usanza en la India, me parecen los sombreros jipijapa, que, provistos con su envoltura de lienzo o de tela encauchada respectivamente, ofrecen excelente abrigo tanto contra el calor como contra la lluvia y el frío. La ruana, en cambio, estorba el libre movimiento de los brazos y los zamarros dificultan el caminar, inconvenientes que para el científico viajero, los condenan por inservibles. Polainas bien ajustadas, que mandé hacer del mismo material de los zamarros, resultaron para mis fines de eficaz protección contra los efectos tanto del mal tiempo como de los caminos defectuosos. 

Lista al fin mi pequeña caravana, salimos de las hileras de casas de Bogotá para entrar al paisaje de la sabana. Para las primeras horas, que se gastan en general para atravesar la altiplanicie, fácilmente habríamos podido tomar un coche, si no fuera por los inconvenientes de quedar limitados en nuestras observaciones, y de aumentar innecesariamente el uso de nuestros fondos de viaje, sin contar nuestra preocupación de que la pasada sobre ruedas por las hondonadas llenas de fango, que cubren la vía, posiblemente nos traería mayores molestias que tomándolas montados. Pero, como para sacarnos de estas divagaciones, la carretera de golpe terminó, para dejarnos a ojos vistas sobre el camino de herradura como único medio de seguir adelante, por semanas y por meses venideros. Pero ¡qué clase de caminos son estos! Admitido sea que el camino de Honda a la sabana de Bogotá no es el mejor del país que digamos. Pero de su error de calificarlo por otra parte como el peor de todos no tardarán en convencerse aquellos ingenuos extranjeros apenas lleguen a viajar por algún tiempo en Colombia. Ahí tenemos por ejemplo el interminable de arriba abajo, aun en trayectos fáciles para evitarlos. ¿Qué otra explicación diferente de aquella de acaso procurarle al viajero el panorama más bello posible, para llevar la vía precisamente encima del pico más elevado, si al lado nos toca observar la cumbre a varios centenares de metros más abajo? ¡Qué decir de un camino que en su curso por la pendiente de un valle respeta toda quebrada para bajar hacia ella y luego volver a subir por la estribación siguiente, en lugar de aprovechar el recodo del valle lateral! Angulos de elevación entre los 25 y 30 grados no constituyen ninguna excepción y hacer zigzag para vencer pendientes pronunciadas a menudo es el único remedio que les queda a las mulas para pasarlas. De tornarse resbaloso un tal camino de superficie arcillosa a consecuencia de un aguacero, el jinete se ve obligado a desmontar, para así ayudar al animal a alcanzar la altura, en tanto que en la bajada la sensata mula suele apoyar sus patas delanteras contra el piso, para deslizarse por la pendiente resbalosa a manera del alpinista enfrentado a un campo cubierto de nieve. Los aguaceros fuertes y duraderos vuelven fangoso el piso, para hacer hundirse las bestias a más de la rodilla, estado del camino que en trayectos cubiertos de monte se mantiene prácticamente durante todo el año. Los bueyes, acostumbrados a pisar las huellas de sus precursores, van creando así huecos llenos de lodo, separados por una especie de pequeños tabiques formados por el mismo piso a través del camino. El caballo, siempre tratando de pisar estos tabiques, infatigablemente se resbala, en tanto que la mula, aparentemente dotada de más sentido para el caso, mete las patas dentro de los huecos, pero de ser estos muy hondos, también provocan el tropezón de la bestia, hasta el punto de que animales de talla menor, al perder el apoyo de las patas, a veces quedan colgados, balanceando sobre su barriga en el “tabique” como único soporte. De poco provecho resultan por lo general las mejoras ensayadas mediante empedrada o colocación de palos rollizos en las partes más afectadas del camino, ya que debido a la ejecución defectuosa de tales obras y a falta de mantenimiento posterior, dentro de poco todo se vuelve peor que antes. Hay veces que escalones de piedra de más de medio metro de elevación atraviesan la vía, obligando al animal a dar el brinco para vencerlos, bien sea hacia arriba o para abajo, según el caso. Claro está que en estas situaciones el jinete apretará al máximo las piernas, para llegar, por último, a agarrarse de las crines del animal en defensa de su postura. Andando de Vélez al Carare, me tocó pasar por semejantes escalones alternados con lodazales de igual profundidad. Harto cuidado requiere el paso a lo largo de aquellas quebradas estrechas, para evitar un roce desagradable de las piernas con las paredes laterales, sobre todo al encontraras con una caravana de bestias de carga, animales que ninguna atención prestan a evitar choques, en su afán por asegurar ante todo el paso menos arriesgado para sus patas.

Unicamente los caminos transitados tienen puentes para pasar todas las quebradas y los ríos. Al efecto ya los virreyes españoles mandaron construir imponentes puentes de piedra para cruzar los ríos de la sabana con sus orillas harto pantanosas. En época más reciente, se tendieron sólidos puentes de hierro, cruzando varios de los ríos más importantes, entre ellos uno sobre el río Magdalena cerca de Girardot. Para el paso de ríos de menor anchura a menudo se encuentran puentes de madera abrigados con techo o construidos de bambú americano. Unido este material, de por sí elástico, por medio de bejucos en lugar de clavos y ganchos, a los primeros pasos y por esa causa el puente entra en movimiento tambaleante de tal manera que la mula, temblando de miedo y solo al recibir espolazos, resuelve seguir, a menos que se la lleve de cabestro. A menudo el uso de tales puentes queda restringido a peatones, al igual que los puentes de cuerdas, todavía en uso en ciertas regiones como en la época precolombina, que apenas permiten la llevada de mercancías, pero sin prestarse para el transporte de animales. Funcionan por medio de una soga fuerte, hoy a menudo sustituida por un cable de acero, amarrada a cierta altura en árboles de orilla a orilla, deslizándose por la cual se tira un cesto con personas y objetos adentro. Los pobres indios, en cambio, acostumbran cruzar sin tal auxiliar, suspendiéndose de la soga para hacer el viaje, agarrados de manos y piernas en ella. El cruce de ríos de mayor caudal y con menos peligro de tropezar con piedras se realiza en canoa, llevando desde a bordo de cabestro y a nado los animales previamente desensillados. Aun así, expertos aseguran que el esfuerzo exigido a la bestia equivale al demandado por todo un día de viaje. No obstante, casos hay en que el hombre, logrando pasar el río crecido, sea por puente de cuerdas o por lancha, habrá de dejar atrás sus animales, lo que de hecho significa interrupción total del tráfico de mercancías y en gran parte también de el de personas, situación carente de todo recurso momentáneo. Arroyos de menor caudal suelen dominarse a vado, arremangando tanto hombres como mujeres sus vestidos para no mojarlos. Por suerte, a veces encuentran quien los lleve en ancas de su cabalgadura. Pero aun la travesía a caballo viene encerrando sus peligros, debido al aumento increíblemente brusco y voluminoso del caudal que amenaza hasta en los riachuelos más insignificantes y normalmente casi sin agua. Crecidos en cuestión de horas o durante la noche a consecuencia de un aguacero caído más arriba, se convierten en raudos torrentes imposibles de cruzar. Las corrientes de la montaña de cauce mayor son muy impetuosas, aun en épocas de bajo caudal, ostentando rocas de tamaño imponente y cantidades de piedras rollizas en su lecho. Alzando las piernas al máximo y agarrándose solamente con los muslos apretados al animal, el jinete se esfuerza por guiarlo contra la corriente, procurando por lo demás dejarlo en libertad para buscar su camino, pero listo a todo momento para ayudarle por medio de las riendas. Dura es la lucha de la cabalgadura contra el embravecido elemento. A menudo va pisando las piedras invisibles acumuladas en el fondo de la corriente, para sufrir el tropezón subsecuente. ¡Ay del jinete cuyo animal tenga la mala suerte de perder el equilibrio, y pobre el jinete que llegue a marearse con el efecto de estorbar el paso de suanimal en semejantes circunstancias! A menudo tanto el hombre como su bestia son llevados por la recia corriente, para encontrarse luego los cadáveres de ambos en un sitio muy río abajo. Elemental medida de precaución es por lo tanto la de informarse con los conocedores de la vecindad acerca del estado del paso, para abstenerse de maniobras temerarias. En los llanos orientales existen pueblos enteros completamente aislados a consecuencia de tales condiciones hasta por medio año o más. Siendo demasiado raudos los ríos para pasarlos en canoa y demasiado anchos para tenderles puentes de aquellos comunes de madera, los puentes de construcción en hierro quedarán como única solución. Pero es imposible calcular el tiempo que pasará antes de terminar semejante obra en toda su magnitud. 

Muchos trayectos hay que están bordeados por casas o ranchos en número suficiente para encontrar por lo menos uno cada par de minutos, y que pasan por pueblos, a su vez, de tres a cuatro horas de distancia, siendo varios de ellos los que solemos pasar en una jornada. En cambio, también es posible viajar horas y horas cruzando montes, lo mismo que fríos páramos y otras soledades, sin encontrar ni rastro de colonización humana. Largos son a menudo los intervalos en que se encuentran solitarios jinetes o viajeros a pie. Pero no faltan las ocasiones en que de golpe el camino está poblado de transeúntes, muy a semejanza de nuestros caminos vecinales. Mucho depende del día de la semana que toca pasar por cierto camino, ya que la magnitud del movimiento concuerda en su mayor parte con el día de mercado que rige para la población más cercana. Desde tempranas horas de aquel día o también en la víspera los campesinos suelen dejar sus ranchos, bien cargados sus caballos o mulas y hasta sus propias espaldas para dirigirse al pueblo con el propósito de vender en el mercado tanto los productos derivados de su tierra como sus aves y marranos, y adquirir, por otra parte, las cosas que precisan. Después, o sea por la tarde o apenas al día siguiente, todo el gentío se mueve en sentido contrarío para regresar a sus viviendas. Riéndose a boca llena o charlando, a veces tocando su tiple o bandola, van adelante por su camino, respondiendo humildemente las preguntas del distinguido caballero y siempre listos a servirle. De vez en cuando nos encontramos con caravanas mayores de mulas, conducidas e incitadas por algunos arrieros bajo constantes gritos y exclamaciones. Determinar el contenido de su cargamento por lo general no es difícil para el espectador. De esas redes van brotando gruesos trozos de sal de roca sin refinar. Aquellos zurrones están repletos de miel de caña. Aquí vemos sacos de café y de corteza de quina. Aquella bestia está cargada de fardos de tela de origen europeo, mientras las cajas a lomo de otros animales contienen artículos manufacturados de diversa índole. Ahora encontramos una caravana de bestias escoltada por todo un destacamento de soldados, construida por el correo de valores declarados que viaja mensualmente por todo trayecto. Aquel es un grupo de caballeros o una familia bogotana en viaje a la hacienda o al veraneo. Al caballero le sigue la señora y a ella las señoritas con la cara cubierta con un velo a fin de proteger la tez contra el polvo y los rayos del sol. Luego vienen los niños en brazos de un peón, la cocinera y otros sirvientes, para terminar la caravana con varias bestias cargadas de los útiles requeridos para pernoctar. “!Dios mío! ¡Qué mal camino! ¡Qué calor tan sofocante! ¡Qué posada, tan terrible!”. Así las exclamaciones que llegan a nuestro oído. Pero de alegría lo mismo que de admiración por la belleza del paisaje, ni palabra. Medio dormidos siguen su viaje, encontrando belleza tan solo en aquel camino que permite su paso rápido, exactamente al estilo de los agricultores de nuestra tierra. 

En tanto nos mantengamos sobre el camino real o el camino de distrito, no hay peligro de extraviarnos, pues por poco que se hace para mantenerlos, tanto su anchura como el número de trillas casi siempre los hacen contrastar lo suficiente con las vías laterales que conducen apenas a ranchos un tanto retirados. Es precisamente la exuberancia y el estado intransitable de la vegetación tropical lo que hace resaltar tanto más los caminos de uso algo frecuente, así que el peligro de perder los rastros de la vía prácticamente no existe sino en el páramo y la estepa de los llanos. Las contadas veces que yo me extravié casi todas ocurrieron por haberme confiado a un guía que pretendía conocer el terreno, recurso a que acudí a falta de otros, cuando ni el mapa de Codazzi, con su escala de 1:810.000, que siempre portaba, ni los escasos conocimientos de mi ayudante ofrecían otra solución. Las informaciones naturalmente solicitadas a ratos, tanto en los ranchos como a los transeúntes, no pasan de referirse a la dirección del camino y a determinadas casas o tiendas existentes a su lado. Sobre cosas esenciales para el conocimiento del viajero no es posible obtener indicación alguna, ni de parte de caballeros que recorren el trayecto a lo menos dos veces por semana. Es peor aún cuando informan pero incorrectamente, ya que el colombiano ilustrado se cuida de admitir su ignorancia en materia cualquiera. Sucede así que en muchas regiones los caminos de la peor categoría se describen como buenos, calificándose en otras de absolutamente intransitables las vías que se presentan luego como del todo aceptables. Pero el colmo de la inexactitud lo he venido experimentando en las informaciones sobre el tiempo requerido para recorrer determinada distancia, dato que tampoco del mapa se puede deducir, ya que para la unidad de kilómetro que en lo plano tal vez demandaría seis minutos, se necesita un cuarto de hora en buen camino de montaña, en tanto que media a tres cuartos de hora en pasajes difíciles. La mayoría de la gente, especialmente la que reclama poseer ilustración, suele indicar las distancias en leguas y cuadras, medidas que de por sí netamente geométricas, en la montaña han llegado a formar cosa intermedia indicativa tanto de distancia como de tiempo | (3) . Carente de reloj y poco preparada para apreciar la hora por la altura del sol, la gente suele equivocarse bastante en sus indicaciones dependientes de la hora. Como regla general el interesado hará bien en aceptar con reserva las contestaciones que reciba en cuanto a horas por gastar, especialmente de los llamados caballeros, quienes, gustando de ufanarse de su rapidez en viajar, y montados sobre cabalgaduras descansadas, obviamente le ganan en alcanzar el pueblo más cercano al viajero en ruta ya hace semanas y dedicado a sus observaciones científicas. Con frecuencia el número de horas se afirma como “humo de paja” o tal vez más preciso todavía, circunscribiéndolo con frases como esta: Saliendo de A. al amanecer, usted llegará a B. a la hora del desayuno. Preguntado en el camino un pobre indio por la distancia hasta el pueblo venidero, contestará probablemente con un “pues todavía está lejos”, lo que probablemente en la realidad se traduce a la necesidad de cabalgar de 2 a 3 horas más. Pero aun la respuesta “ya está cerquita” o aquella dada en doble diminutivo y en tono canturriado y arrastrado “es cerquitica” o “aquí nomasito” no se puede tomar en serio tanto como para esperar encontrar la buscada posada a la vuelta de la esquina, siendo más probable, en cambio, encontrarla a media hora de distancia o más, para seguir sufriendo entretanto y bajo el efecto del espejismo de aquella información doblemente, el ardor del sol, junto con el hambre y la sed. 

Hoteles, propiamente dichos, no los hay sino en las ciudades de mayor categoría, accesibles por las vías principales. Pero sería un error imaginarios al estilo de nuestros grandes hoteles europeos o con comodidades a la altura siquiera de las ofrecidas por una hostería alemana de tercer orden. Muy contadas son las veces en que el viajero puede obtener su pieza individual, por pequeña que sea, ya que en su mayoría los hoteles no disponen sino de una o dos salas de alojamiento de a cuatro camas y con uno o dos asientos como único moblaje adicional. El lavabo, de haberlo, se encuentra en la antesala, junto con peine y cepillo de dientes para uso común. La suciedad que predomina tanto en los patios como en ciertas localidades de tales hoteles es indescriptible, especialmente en los de tierra alta. 

Para sustituir las hospederías, ausentes en la mayoría de los pueblos, por lo general una o dos familias se ofrecen para albergar y alimentar a los pocos caballeros transeúntes, a expensas módicas. Al viajero malogrado en su esfuerzo de alcanzar el pueblo más cercano a menudo no le queda más remedio que el de alojarse en una de las tiendas levantadas al borde de la vía con destino a dar posada a los arrieros. Numerosas son tales tiendas en los caminos más frecuentados, donde los transeúntes encuentran guarapo, chicha y aguardiente, sus bebidas nacionales predilectas, para apagar la sed, pudiendo a la vez aprovisionarse de pan, espermas, fósforos, alpargatas, jabón y otros menesteres y deleitarse con una sopa. Con suficiente espacio y buen potrero disponibles, tales tiendas en dado caso llegan a convertirse en posadas, pero con una estera o piel de buey tendida en un fragmento del piso como único lugar de alojamiento para el huésped. 

Casi desconocida es la manera importuna con que los criados de nuestras hosterías alemanas a menudo acostumbran insistirle al viajero a quedarse. Por el contrario, no es raro el caso que el dueño de la casa con franqueza le recomienda mejor oportunidad de alojarse a media hora más adelante. Exceptuada como natural la actitud acostumbrada por las posadas situadas al lado de las vías más frecuentadas, el hospedar a un viajero acomodado, menos que una oportunidad de sacar provecho suele tenerse como ocasión de servirle, hecho que también se refleja en la cuenta, cuyo monto apenas en casos contados viene pecando por alto. Así que, aun en el hotel, se impone la costumbre de pedir el favor de un alojamiento. 

En el curso del viaje por caminos a través de regiones poco pobladas puede presentarse la necesidad de buscar hospedaje en una hacienda, y aun en el rancho de un pobre indio. En semejantes situaciones, y también en casos de haberme acercado con carta de recomendación a viviendas de colombianos ilustrados y acaudalados, siempre he encontrado la más amable y atenta acogida, si bien esta no se iguala a la amplia hospitalidad encontrada y referida por visitantes de otros países suramericanos. De palabra el colombiano, sin dejarse rogar ni tener motivo para hacerlo, suele ofrecer a su huésped toda clase de buenos oficios, inclusive poniéndole a la orden su casa, su caballo y hasta su familia. Pero el extranjero ha de guardarse de aceptar tales ofrecimientos de buena fe. Basándome en mis propias experiencias admito haber encontrado más hospitalaria y sincera la gente de las clases bajas, de sangre principalmente india. Innumerables veces me ha tocado pernoctar en sus ranchos, desde luego compensándole a la dueña sus gastos y molestias, pero sin casi nunca haber sufrido desacuerdo en cuanto al monto. Viajeros hay que pretenden haber conseguido alojamiento y alimentación tan solo a base de amenazas; pero a mi parecer la culpa será de ellos mismos, pues humano es rechazar un servicio indebido, tanto más al ser solicitado en forma equivocada. A menudo el humilde indio empieza por declinar la solicitud, convencido de lo inadecuado de su rancho mezquino como para albergar a un extraño, a quien considera semidios, lo mismo que de la miserable alimentación que sería capaz de ofrecerle. Pero fácilmente llega a convertirse en el más atento y más amable de los posaderos al anticiparle su huésped la certeza de contentarse con todo y de completar sus necesidades con mantas y provisiones de su propiedad. Y preguntada la mujer en el momento de su salida por el valor del servicio prestado, acostumbra o bien mencionar un importe módico o pedirle a su huésped en forma un tanto desconcertada el favor de fijarlo por su parte, rogándole a la vez excusar lo deficiente de la atención. Tan solo en regiones montañosas apartadas, y, por lo tanto, casi nunca visitadas por gente extraña, la negativa a la solicitud de posada, por más comedidamente que fuere presentada, suele mantenerse en pie. Pero aun en tales circunstancias confieso siempre haber encontrado gente de buen corazón, dispuesta a evitarme la necesidad de pernoctar al aire libre, si bien a veces a costa del inconveniente menor de prolongar mi jornada aún en la oscuridad. Tan solo a falta de toda morada humana, por ejemplo en la selva o en las estepas de los llanos o ante la imposibilidad de pasar en una sola jornada la ancha cumbre de una cordillera entrometida entre las regiones pobladas, el viajero a veces se ve enfrentado a la necesidad inevitable de pasar la noche, sea en alguna cueva o a la intemperie. 

Llegado a la posada, el viajero dedicará su preocupación principal no a su bienestar personal sino al cuido de sus bestias, a tal extremo que a veces este principio encierra la necesidad de hacer concesiones al alojamiento propio en bien de la disponibilidad simultánea de un buen potrero con pasto suficiente para alimentar los animales y restaurar sus fuerzas con mira a la jornada venidera. Contadas son las regiones donde se acostumbra mantener las bestias de noche en el establo suministrándoseles su forraje allí mismo. Preferible es dejarlos en un potrero cercado, con libertad de revolcarse a gusto, facilitándoles así la manera más efectiva para su descanso, pero, luego, con la precaución anticipada de asegurarse su amo en todo caso de todos los requisitos, tales como distancia de la posada, estado de las cercas, suficiencia de pasto y otros. Y aun antes de soltar los animales, el viajero preocupado por su buen estado y bienestar, les brindará como ración adicional un tanto de cebada y alfalfa, o de caña de azúcar y pasto guinea, todo según la región, o, a falta de esos bocados, un poco de maíz en grano y salvado, aprovechando el rato mientras que así se deleitan para inspeccionar su lado físico, así sea las orejas por garrapatas arraigadas y el lomo por eventuales heridas causadas por presión y fricción, sea de la silla o de la carga. 

Ahora al estómago del viajero le está llegando el turno para recordar sus aspiraciones, toda vez que el almuerzo lo habíamos tomado ya antes del mediodía, para seguir en camino hasta el momento de llegar, o sea el de ponerse el sol. Pero pasada ya la hora acostumbrada para comer, tenemos que aguardar de una a dos horas más todavía, o sea hasta cuando se nos prepare comida aparte, tiempo largo sí, pero indispensable, puesto que la estufa rara vez es del tamaño suficiente para preparar más de un plato al tiempo. A la minuta de los manjares no hay nada que objetar, especialmente en las posadas de categoría un poco más elevada. Valga un ejemplo: principiando con la sopa, sigue un plato de huevos preparados a gusto, para luego continuar con la carne, papas, arroz, plátano, yuca y arracacha y para terminar en una taza de café o chocolate. Pero lo que deja mucho que desear es la preparación de las cosas servidas, comenzando por la carne, cuya dureza a menudo la hace indigestible. Como agravante viene el hecho de hervir o freírse todos los alimentos en una manteca de cerdo repugnante. Así las cosas, resulta explicable que el día de resolver la posadera sacrificar un pollo, para nosotros obviamente pasaba a la categoría de los días de fiesta. Desde luego, las posadas, tanto de los pueblos inferiores como en las tiendas al lado de la vía, requieren que el viajero reduzca sus aspiraciones todavía en otro tanto. Allí forzosamente una mazamorra, o sea sopa hecha de harina de maíz y papas, constituiría toda la comida, a menos que el huésped como medida de previsión llevara consigo una carne enlatada y unas tablillas de chocolate. Otra posibilidad de mejorar el surtido en alimentación la ofrecen las frutas, muy abundantes y deliciosas, especialmente en las regiones más cálidas. Poco acostumbrados los nativos a comerlas, lo que se dificulta en su consecución, a no ser que el viajero resuelva cogerlas directamente del árbol en su paso a caballo. Las más sabrosas son para mí las naranjas, que se dan en abundancia en tierra templada, sien­do los mangos, lo mismo que los plátanos y las piñas, en cambio, sospechosos de favorecer la contracción de una fiebre. Ni las manzanas, ni los duraznos, ambos de inferior calidad, invitan a saborearlos. Un placer costoso resulta en Colombia el tomarse una botella de vino, quedando difícil además establecer si realmente contiene el buen jugo de la uva. Cerveza alemana casi no se consigue, y de encontrarla, su precio es de 5 reales, equivalente a dos marcos, la botella pequeña. En algunos sitios de clima fresco se ofrece la cerveza criolla, sencilla y muy carbonatada, al estilo de la “Grátzer” nuestra. Pero las bebidas colombianas ordinarias siguen siendo el guarapo y la chicha; aquel es la savia de la caña de azúcar, diluida y fermentada, y muy apreciada en las regiones templada y cálida, mientras que la otra, elaborada de los mismos ingredientes, pero con harina de maíz machacada añadida, es de consumo preferido en las zonas altas. Para el arriero colombiano ambas bebidas a menudo constituyen su alimento exclusivo, gozando de tanto más aprecio cuanto la fermentación prolongada las haya tornado vinagrosas y embriagantes. También el viajero extranjero por más repugnancia que tanto el olor desagradable como la preparación poco apetitosa le causen, habrá de vencer su aversión inicial ante las muchas veces amenazante escasez de agua potable, para llegar a apreciar más tarde sobre todo el guarapo poco fermentado como bebida que apaga la sed. 

Desgraciadamente, al viajero científico por lo general le queda vedada la participación en las charlas y bromas que los viajeros comerciales y turistas suelen sostener con los posaderos mientras estos van preparando la comida, como tampoco puede permitirse el lujo de pasear con ellos por las calles del pueblo. En cambio, al terminar su jornada, ha de dedicarse a la tarea de conservar sus observaciones hechas durante el día en forma tal que queden fácilmente explotables más tarde, sea por él mismo o, en caso dado, también por otra persona. Al efecto precisa perfeccionar sus apuntes hechos a la ligera, sea estando de pie o a lomo de su cabalgadura, lo mismo que dibujar cuidadosamente el mapa con ayuda del compás y transportador, no olvidándose tampoco de registrar sus impresiones más importantes en el diario y de dejar bien rotuladas las piedras coleccionadas, etcétera. Admito que a menudo me cuesta gran esfuerzo el sentarme al final del día a realizar semejantes tareas, pero de ejercer así la voluntad no se puede prescindir, a no ser a costa de perder por lo menos parte de los resultados del viaje. Para el efecto naturalmente es necesario llevar papel y tinta, de buenas velas ni hablar, ya que la luz insuficiente producida por las espermas ordinarias de sebo, acostumbradas en todas partes, pronto llegaría a dañar la vista. Cierto que la luz diáfana alcanzada por mis velas de parafina montadas en mis cómodos candelabros de cobre reducibles, a menudo han llenado de admiración y asombro a la gente que a manera de espectadores solía rodearme en mis trabajos. Terminada la tarea y tomada la comida con mayor o menor satisfacción, ha llegado el momento de tomar asiento, siquiera por un rato, en frente del albergue, sea para gozar del aire delicioso de la noche en charla con los demás presentes o para meramente dejar vagar la imaginación por instantes hacia la patria lejana. Por fugaz que sea, este rato es el más agradable del día. Luego a retirarse al alojamiento arreglado entretanto por la posadera o el ayudante. 

En las regiones cálidas es muy habitual dormir en catre o cuja, muebles criollos ya conocidos desde nuestro viaje por el río Magdalena y su continuación por tierra de Bogotá a Honda. En el clima más fresco de las zonas de mayor elevación, en cambio, la cama de madera hace sus veces, equipada de un colchón delgado y mantas de lana en que suelen hormiguear las pulgas. Pero obligado a pernoctar en una de las tiendas comunes y corrientes, el viajero no tiene esperanza de encontrar semejante lujo. Todo lo que la tendera puede ofrecer son unas pieles de buey o esteras de paja que, tendidas sobre el piso sucio, sirven para alojar a los peones. Unicamente el viajero previsto que trae su hamaca, o mejor todavía, su catre de tijera, escapará a la necesidad de compartir tal manera desacostumbrada y desagradable de pasar la noche, entre hombres malolientes y faltos de todo aseo y sin remedio expuesto a los ataques de manadas de molestos bichos. Y aun así, el uso salvador de la hamaca por lo general se limita a regiones bajas, ya que en aquellas de mayor altitud surgiría el problema de la protección contra el frío, motivo por el cual allí ni siquiera están provistos de los acostumbrados ganchos para colgar tan importante accesorio. Pero, con todo, y a falta de alternativa, el viajero resuelve someterse a lo inevitable, compartiendo el espacio cerrado con seis a ocho indios en el estado ya descrito, que por largo rato todavía siguen fumando su cigarro. Lejos de constituir un placer el ambiente, tampoco es capaz de estorbar el sueño, que pronto llega a dominar al fatigado huésped, ansioso de restaurar así sus fuerzas gastadas en la extenuante jornada. 

Día por día, a las seis de la mañana, el sol a su salida invita al durmiente a continuar su tarea. Habiéndose levantado ya un poco antes, mi ayudante, una vez completada su vestimenta con su ruana y jipijapa, únicas prendas que se quita para echarse a dormir la noche víspera, ya está en camino al potrero para traer las bestias, ocupación que requiere su media hora en promedio. Pero hay circunstancias adversas a este cálculo, empezando por la extensión del potrero, que suele influir sobre la cogida de los animales, lo mismo que su distancia de la posada es factor obvio, diferente en cada caso, para la traída. Ahora, imagínense mis lectores el susto mío en caso de regresar el muchacho con la noticia de no haber encontrado los cuadrúpedos en su lugar, habiendo escapado estos, favorecidos por un defecto inadvertido en la cerca, sea por descontento con el forraje o también movidos por el anhelo de regresar a su punto de partida. Rara vez, afortunadamente, es el robo la causa de la desaparición. Perseguir a los fugitivos es la consigna del momento. Muchas horas y a veces días pasan a menudo antes de volver a encontrarlos y cogerlos. Estos eventos, aunque muy infrecuentes bajo la asistencia de un arriero cuidadoso, no son del todo inevitables, ya que numerosos caminos hay que carecen de potreros cercados a su lado. Era en el páramo que separa a Belén de Onzaga donde al tropezar con el problema no se me ocurrió otra solución que la de amarrar una de mis bestias con un lazo bien largo como para así dejar forraje suficiente a su alcance, en la suposición de que las otras dos al dejarlas libres, por compañerismo innato, irían a quedarse a su lado. Pero cuál fue mi sorpresa a la mañana siguiente al verme abandonado de todos los tres animales. Uno, o sea el que estaba amarrado, lo encontramos pronto y a poca distancia, todavía arrastrando el arbusto del amarre, que había logrado arrancar. Los otros dos, seguramente sucumbiendo a un capricho de independizarse, se habían alejado bastante más, descubriéndoseles con la ayuda de varios hombres enviados y con peticiones telegráficas dirigidas en todas direcciones apenas a los cuatro días, paseando alegremente en la cumbre más alta de la región. 

Pero en general los animales están listos a la hora. Entre tanto también yo me había levantado y vestido, hasta con tiempo para adelantar una pequeña querella con la posadera, que se originó en mi empeño de conseguir prestada una jofaina. ¡Qué ideas tan extravagantes tienen estos extranjeros! Tan particulares parecen, que algún tiempo requiere el hacerse entender en cuanto al objeto deseado. Pero, en realidad, aun semejante reacción resulta concebible ante el hecho de que ni el pueblo, y de encontrarse de viaje, tampoco los colombianos instruidos, suelen apreciar la ceremonia del aseo personal. La vasija destinada con exclusividad a tal uso se considera curiosidad. En consecuencia, se me ofrece primero una totuma en uso para servir la chicha, para luego reemplazarla por un plato sopero común y corriente. Durante el proceso de bañarme a la medida posible, me veo rodeado por todos los habitantes de la posada, dedicados a observar tan raro espectáculo. Luego es preciso recordar y volver a recordar la preparación del desayuno habitual compuesto de una taza de chocolate, o, en Boyacá, de un caldo o de una aguasal, quiere decir agua caliente con grasa, sal y cebollas agregadas. Curioso parece que ese tipo singular de extranjero decline semejante plato tan sabroso, pidiendo en cambio dos huevos tibios para comérselos con su chocolate. 

Por ahí a las siete o siete y media apuramos el desayuno al fin servido. Con las maletas empacadas y cargadas, la cabalgadura ensillada, y el barómetro lo mismo que los diferentes termómetros debidamente leídos, nos despedimos de la posadera con profusa expresión de nuestra gratitud, para, con todos los buenos deseos por su parte, empezar otra jornada al estilo y así sucesivamente día tras día y semana tras semana. 

Explicable es la curiosidad exteriorizada por los colombianos al observar tanto mi persona como mi modo de obrar, siendo el viajero extranjero todavía por sí solo una rareza en Colombia, subrayada aún por su indumentaria tan diferente y, en mi caso particular, por el hecho de caminar a menudo detrás de la mula, para llevar ante los ojos cosas tan extrañas como la brújula prismática o el aneroide de Goldschmidt, o para hacer apuntes en pleno camino o golpear las piedras con el martillo. La misma curiosidad la demostraron tanto los pobres indios como los caballeros, con la diferencia de que aquellos guardaron un humilde silencio, tal vez para después intercambiar entre sí observaciones a su modo, mientras que éstos se distinguieron por su modo de inquirirnos, tanto a mí como a mi ayudante, sobre mi persona y el objeto de mi viaje. Sometido un día por dos caballeros a una indagación especialmente inoportuna sobre mis conocimientos de los idiomas francés e inglés y otras materias, resolví responderles en forma un tanto reservada. En vía de explicación un joven viajero que encontré en la posada siguiente, admitiendo haber él sido uno de los interrogadores, me confesó que la curiosidad de los dos se habla despertado al oír exclamar detrás de mí a unas mujeres, “!a ver el loco!” con el deseo subsiguiente de establecer la verdad. ¡Qué bien que el examen al menos hubiera conducido a establecer mi estado de ánimo como normal! 

Por lo general se me tenía, hasta en regiones bien apartadas, por minero en busca de yacimientos de minerales o por ingeniero ocupado en trabajos preliminares para la construcción de una línea férrea, ideas ni siquiera tan absurdas en cabeza de los colombianos, ya que en cuanto a minas y ferrocarriles están andando con tantas fantasías imaginarias. Del todo ajeno a su capacidad de imaginación es para ellos, y no solamente para gente de las capas inferiores, el comprender que a alguien se le ocurriera visitar al país sin tener en mente fines prácticos e inmediatos. La alusión a mis estudios científicos como motivo de mis viajes apenas provocaba la sonrisa indulgente de semejante tontería, a no ser que contestaran con el infame “¿quien sabe?” para indicar la sospecha respecto a fines adicionales ocultos. Al principio todo viajero extranjero se tiene por inglés en Antioquia, por alemán en Santander, y por italiano en Boyacá, en razón de predominar en los referidos Estados los ingleses como mineros, y alemanes como comerciantes, mientras al tercero, y más pobre, no llegan sino tenderos italianos. Por mi equipaje, demasiado reducido como para ser de un comerciante viajero, pero con unas estacas de mi catre plegable descollando, un tipo de imaginación llegó hasta tomarme por equilibrista de profesión. Son episodios como este los que evidencian la poca frecuencia de sucederse las visitas de europeos inspirados en investigaciones científicas o movidos por fines turísticos, rareza que por sí misma se va trocando en causa imborrable del buen recuerdo que por años se les acostumbra guardar a tales viajeros. 

Tiempos abundantes en esfuerzos agobiadores y privaciones indecibles fueron aquellos que pasé en Colombia, pero a la vez ricos en información y enseñanza y para mí, por ende, en provecho y goce. Viajar en Colombia es, por cierto, bastante extenuante, mucho más fatigoso por ejemplo que una excursión realizada a pie por las montañas alemanas. Ventaja innegable para el viajero suramericano es la de andar montado, ventaja, empero, que con creces va compensándose al cargar en el otro platillo de la balanza tanto los caminos en su estado a menudo indescriptiblemente defectuoso y con su continua sucesión de cuesta arriba y cuesta abajo, como el ardor sofocante del sol tropical. Al paso que donde nosotros al excursionista de noche por regla general lo acoge un albergue agradable con comida bien preparada, aquí el viajero ha de contentarse con un rancho sucio de alojamiento y platos mal acondicionados y con cosas a menudo indigestibles de alimentación. Sin duda es fácil soportar esto por un par de días, pero tampoco queda duda de lo fatigante y debilitante que resulta una vida así continuada por semanas y hasta meses. Y con todo ¡cuán poco significa en comparación con las penurias y privaciones inherentes a los viajes por el Africa y el Asia Central! La mejor prueba está en que en Colombia damas hay, contadas sí, que acostumbran viajar por el país durante algunas semanas ¡y por puro placer! 

Como consecuencia natural del carácter montañoso del país unida a la permanente sucesión de valles cálidos y crestas de la montaña levantadas a regiones altas y frías, todo viaje en Colombia trae frecuentes cambios climáticos. Así que no es excepcional el caso de subir el viajero de la pura tierra caliente a una cresta elevada, donde un viento helado ha bajado la temperatura apenas cinco grados C., para volver a bajar luego a otro valle y pasar la noche en clima cálido, todo en un solo día. Pero también hay casos de pasar el día cabalgando para atravesar una llanura de tierra caliente y luego subir a dormir en una zona donde la temperatura nocturna hace congelar el agua. Para mí no hay duda de lo nocivas que son las constantes y bruscas alteraciones de temperatura para el organismo humano, sobre todo por cuanto le van causando fiebres o aumentando su susceptibilidad a contraerlas. Sabido es que todos los climas tropicales abundan en agentes transmisores de la fiebre, bastando a menudo un motivo inobservado para hacerla brotar. Colombia no queda exenta de tal peligro, tal vez excluidas las regiones montañosas de mayor altura, que parecen libres tanto de fiebres climáticas como de la tuberculosis pulmonar. En consecuencia son contadas las personas que, viajando por el país durante un tiempo más o menos largo, sin posibilidad de someterse a cuidados máximos, hayan podido esquivar sus ataques de fiebre. Por lo general estos, por fortuna, suelen limitarse a leves casos de malaria, a diferencia de las fiebres graves, endémicas en las regiones selváticas del Magdalena medio y sus afluentes, lo mismo que en el Chocó y en los llanos orientales, que hacen sucumbir a sus víctimas a veces al cabo de pocas horas, sin respetar ni extraños ni criollos ni la procedencia de estos, sea de las mismas tierras bajas o de las regiones montañosas. Fuera de las fiebres, son ante todo las enfermedades disentéricas las que cobran numerosas víctimas. Pero hablando en términos generales, me parece que en su aspecto climático Colombia abarca menos peligros para el viajero que el Africa tropical. Cierto es que su formación característica de país montañoso redunda en aumentar la frecuencia de contrastes por vencer con su efecto debilitante para la salud. Pero, por otra parte, la misma orografía sale en defensa de esta, por cuanto en un área total de muchos miles de millas cuadradas viene privando a la fiebre de sus condiciones malignas, ofreciendo aquellas zonas por la misma razón refugio recreativo al organismo ya debilitado por las fiebres contraídas en tierra baja. En resumen, puedo asegurar que las fatigas y los peligros, que pueden afectar el organismo susceptible a la obra perniciosa de los agentes patógenos, no están tan generali­zados en Colombia como en otros numerosos países, especialmente del Africa. Al efecto, los casos de encontrar la muerte por ataque de una fiera o por mordedura de una culebra venenosa o aquellos de caerse a consecuencia de los defectos de la vía o la malograda cruzada de un río, todos esos eventos son excepciones que amenazan la vida aquí, pero apenas con mayor frecuencia que los accidentes ferroviarios, los incendios de teatro y otras desgracias que ocurren en nuestra tierra. La población misma no constituye peligro para el viajero. Andando continuamente armado de revólver, afortunadamente nunca me vi en el caso de usarlo, ni por vía de amenaza. Molesta resulta a menudo la indolencia de la gente, con la pérdida de tiempo y trabajo evitable, impuestos como consecuencia; pero el enfado así provocado no llega a calar hondo, limitándose más bien a aquel calificado como “pequeño fastidio causado por el paje del propietario granjero” (lütten Hawjungensarger) por el escritor Fritz Reuter en uno de sus deliciosos relatos por boca del gran personaje, que es su “tío Braesig”. Pero tales molestias de menor cuantía pueden reducirse si el viajero se previene contra situaciones de dependencia absoluta de la gente, empezando por comprar sus bestias en lugar de tomarlas en alquiler. No es más que justo afirmar que mientras me cuidaba de exigirles esfuerzos desmesurados, los colombianos siempre se me han mostrado complacientes, especialmente los de las esferas inferiores, y esto no obstante lo dudoso que para ellos quedaba el objeto de mis viajes y lo franco de mi criterio expresado sobre la situación en Colombia bajo sus diferentes aspectos. 

Con la misma franqueza admito que los esfuerzos y las privaciones, en unión con el cansancio y la enfermedad a veces amenazaron ganar la supremacía, hasta el punto de provocarme renegar de la vida viajera, para extrañar las condiciones apacibles de mi casa en tierra lejana. El clima de la tierra baja tropical con su calor apenas disminuido durante las noches, produce en el extranjero de origen nórdico un efecto de cohibición limitativo de su agilidad mental y su fuerza emotiva, condiciones que pronto mejoran en las regiones de mayor elevación sobre el nivel del mar, con su aire enrarecido y su temperatura más baja. En las horas del mediodía el sol también aquí produce su calentamiento bastante intenso, dejando en cambio las mañanas y las tardes en un ambiente de acabada belleza y propicio para el despliegue de las capacidades mentales. Cierto es que tales condiciones también invitan a pensar en los familiares y amigos, pero libre del anhelo de regresar a donde ellos, a veces provocado por el molesto estado febril, sino, al contrario, ansiando su presencia aquí para compartir con ellos tanta belleza de la naturaleza. Indecible es la sensación emanada de la vida independiente, del contacto íntimo y permanente con la naturaleza y de la abundancia de las impresiones variadas y a diario renovadas con que los viajes prolongados por los Andes colombianos recompensan todas las adversidades pasadas. A menudo el corazón del viajero se llena de júbilo ante el encanto creado por la belleza tan esplendorosa del paisaje que, como impresión imborrable de su alma sigue acompañándolo, haciéndole olvidar todo lo penoso de sus viajes para siempre recordar con fervor las montañas de Colombia, coloreadas de azul en bellos matices.

 

(1) | Famosas ediciones alemanas de guías de viajes. (Regresar a 1)
(2) Para negociar caballos y mulas se ha mantenido la costumbre de expresar su precio en pesos sencillos, de ocho reales cada uno, o sea equivalentes a 3,20 marcos alemanes. (Regresar a 2)
(3)  El antiguo sistema granadino de medir tenía las siguientes equivalencias: 1 legua = 62½ cuadras = 5.000 metros; 1 cuadra = 100 varas = 80 metros; 1 vara = 0.8 metros. (Regresar a 3)

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