El tráfico más activo se presencia en los días de mercado.
Habiéndose construido un mercado cubierto especial en una plaza
secundaria, ya no sigue siendo la principal de Bogotá el lugar de
este acontecimiento, apartándose así la capital de la costumbre
mantenida. en la mayoría de las demás poblaciones. El movimiento de
mercado viene concentrándose en Bogotá prácticamente los jueves y
viernes de cada semana, días en que la gente de fuera llega hasta
de lejos para vender sus productos del campo. Los jueves se dedican
de preferencia a la conclusión de negocios al por mayor, en tanto
que los viernes las amas de casa suelen surtirse de lo necesario
para la semana.
Bien vale la pena gastar una hora para ir paseando por el
mercado, pues difícilmente se encontraría oportunidad igual para
apreciar la población y el fruto de sus esfuerzos. Aparte de los
sabaneros, allí observamos gente de los pueblos situados al este de
Bogotá, por ejemplo de Choachí, Fómeque y otros. Asimismo llegan de
Fusagasugá y otras poblaciones de la tierra templada. Hasta
calentanos vimos, que desde luego no podrán sentirse confortables
aquí en vista de su vestimenta inadecuada para este clima. Hombres
y mujeres, acuclillados juntos, vienen ofreciendo sus mercancías al
público que acude en masa. Cerrar un negocio suele implicar un
prolongado regatear previo por el precio. Pero raras veces se
presentan casos de pelea con necesidad de ajuste por la fuerza. Al
contrario, la charla en la mayoría de los puestos revela un
ambiente de animada alegría. Pero con todo lo interesante que tiene
la visita al mercado bogotano, son las inmundicias presentes a cada
paso las que privan al observador de encontrarla agradable, así
como la monótonamente oscura vestimenta de los sabaneros tampoco le
proporciona al ojo un cuadro colorido que pudiera contribuir a
aliviar las incomodidades sufridas por todo lo desagradable que
percibe el olfato.
La diversidad de las frutas ofrecidas en el mercado de Bogotá
apenas es igualada por contados mercados del mundo. Al lado de las
frutas y legumbres propiamente tropicales traídas de la tierra
templada y la caliente, tales como plátano, yuca, piña, naranja,
chirimoya (anona cherimolia), aguacate (persea gratissima), café,
cacao y otras, se exhiben las cultivadas aquí en la sabana y sus
alrededores, por ejemplo la manzana y el durazno, aunque ambos, por
falta de cuido de los árboles, son de calidad apenas mediana, así
como papas, garbanzos, habichuelas, coliflor, zanahorias, cebollas
y otras conocidas de la flora alimenticia. Pollos y pavos,
ofrecidos en cantidades, por lo general son muy flacos, requiriendo
algunas semanas de engorde casero a base de maíz y desechos de la
cocina antes de servir para la mesa. Los pequeños patos silvestres
son cazados en las lagunas de la altiplanicie, fuente que
suministra también el capitán (eremophilus mutissii), pescado único
y particular que forma el alimento principal en los días de
vigilia. Otras piezas de caza se buscan en vano. La carne de mayor
consumo es la de res, pero de una calidad que no siempre merece
nuestra aprobación. A veces se sirve asado de cordero en la comida
bogotana, en tanto que la carne de marrano en general se relega a
la alimentación de las capas inferiores, quedando el sacrificio del
ternero del todo vedado. La sal, condimento indispensable para la
mayoría de los alimentos, proviene de las salinas de Zipaquirá,
siendo ofrecida en terrones grandes sin refinar. El azúcar se
encuentra tanto en forma refinada, si bien no muy blanca, o cruda,
la llamada panela, lo mismo que de melaza o miel, estado de uso
preferencial para preparar la chicha. El tabaco se trae de Ambalema
y de Girón, ya en forma de cigarros elaborados en la mayoría de los
casos. Entre los trabajos manuales exhibidos son aquellos
confeccionados de «carludovica palmata» los que llaman nuestra
atención, sea en forma de sombreros, de mayor o menor altura de su
copa y de mejor o menor calidad de la fibra empleada, o sean los
alpargates, los primeros el medio más en uso para cubrir la cabeza,
los últimos para calzarse la gente del pueblo. Ruanas ordinarias y
pantalones de dril vienen de las montañas de Boyacá y de la región
del Socorro, ambos territorios donde la antigua manufactura india
se ha mantenido, si bien ahora los artesanos con frecuencia se ven
engañados con tejidos europeos, de muestras y tejeduras
tradicionales imitadas al efecto, pero de una resistencia muy
inferior. De las regiones norteñas también proceden los jarrones y
otros recipientes de barro, lo mismo que los hechos de una
porcelana ordinaria. Originarias de tierra caliente, en cambio, son
las totumas y calabazas, vasijas vegetales de múltiple uso ya
descritas anteriormente, que en la plaza en parte aparecen
barnizadas de rojo. De casi todos esos artículos también se
confeccionan miniaturas, muy solicitadas como juguetes para los
niños y también con gusto adquiridas por los europeos para
llevárselas como recuerdo.
Este último objeto lo satisfacen también muchos otros productos,
tanto de la naturaleza misma como del artesanado, que los
colectores o elaboradores suelen ofrecer directamente, yendo de
casa en casa, en lugar de exhibirlos en la plaza. En general
empiezan por pedir precios exorbitantes, para contentarse con la
tercera o hasta la quinta parte al cabo de un regatear más o menos
prolongado. Un lugar predestinado en este campo lo ocupan las
pieles de pájaro con sus plumajes coloridos y brillantes, entre
ellas sobre todo las del colibrí, que, disecadas, adornan las
habitaciones y también se despachan a Europa con destino a
engalanar los sombreros de nuestras damas. También mariposas con su
verdadera riqueza de colores son ofrecidas como otro renglón de las
características tropicales, con el «morpho cypris», la vistosa
especie azul de Muzo, entre las más buscadas. Asimismo se ofrecen
monos vivos o disecados, armadillos y otros. Cuadritos compuestos
de plumas de pájaro en variados colores buscan sus compradores,
aunque para mi sentido estético, en ellas la calidad de artificial
sobrepasa la de bello. De vez en cuando se encuentra un indio de
los alrededores, dotado de sentido artístico, para crear tipos del
pueblo en cera o en trapo. Otros se dedican a la talla diminuta en
madera de escenas de la vida contemporánea. De buena demanda gozan
las cáscaras artísticamente talladas de la nuez de coco, en sus
colores carmelita y negro. De esperar será que crezca el entusiasmo
de elaborar tales objetos, pues el número por ahora reducido de
artesanos dedicados a menudo dificulta su consecución. Otras obras
de arte a veces ofrecidas en Bogotá, pero de origen indígena
antiguo, son los objetos, tanto de oro como de barro, encontrados
en tumbas, aunque se ven en las regiones occidentales del país
(véase parte V, capítulo 5) con más frecuencia que
aquí.
Muy características para completar el cuadro de Bogotá son sus
tiendas y chicherías, haciendo las veces, más o menos, de nuestras
tiendas de comestibles al por mayor. En ellas el pueblo acostumbra
surtirse de sus necesidades comunes y corrientes, como huevos,
chocolate, pan, cigarros, fósforos, jabón y otros artículos. Allí
también suele tomarse una sopa caliente de maíz y papas, y sobre
todo, su chicha. Esta, guardada en barriles grandes parados sobre
el piso, se saca con totuma, vasija que también sirve para beberla.
Cuidadosamente la chichera le pasa su soplo a la totuma llena,
acompañándolo a menudo con la metida de sus dedos, para sacar una
que otra partícula ajena, casi siempre presente, sea ya desde el
mismo proceso de elaboración o por haberse introducido durante la
guardada. En vano se espera gusto alguno en la instalación de tales
tiendas o chicherías. Por en medio va un mostrador ancho, que
divide el espacio en dos; el delantero con destino al público y el
trasero para exhibirle a este sus tesoros, sea repartidos sobre la
estantería o colgando en lazos desde arriba. Hay estantes llenos de
botellas en todos los colores imaginables. Pero el sobresalto,
causado en el foráneo por suponerse a la vista de cantidades de
bebidas alcohólicas, pronto se desvanece ante el hecho de servir la
mayoría de los envases de meros figurantes, con pura agua por
contenido. Por último esta costumbre viene orientando el precio
considerable que se paga por botellas vacías de color agradable,
algo como el equivalente de 30 a 40 pfennigs la unidad, lo que,
para el consumidor de cerveza extranjera, por ejemplo, redunda en
aumentarle un tanto el goce de la bebida. Con preferencia de noche,
hombres y mujeres suelen apretujarse en estas chicherías, por
largas horas charlando o cantando, como ellos dicen, o sea
gritando, a nuestro modo de entender, delante del mostrador, o
escuchando los aires melancólicos de los llamados bambucos
arrancados por alguien de su tiple, una guitarra simple. Entre
tanto la totuma está cursando, a veces alternada por una tanda del
tradicional anisado. Así, poco a poco la ebriedad viene dominando a
todos, trocando en repugnante su comportamiento, tan inofensivo al
principio.
Las clases superiores acostumbran satisfacer su gusto más
refinado, también visitando tiendas, pero de una categoría un poco
más elevada. Al efecto los bares y mostradores en Bogotá les están
llevando ventaja a las tabernas, pero los cafés, tan
característicos en las ciudades suramericanas en general, aquí no
existen sino en pequeña escala.
Harto numerosos en Bogotá son los hoteles, aunque ni el Gran
Hotel Francés ni el Viollet, con su fama de ocupar el rango
superior, van al compás de los hoteles europeos, siendo menor tal
vez la diferencia en el aspecto de la alimentación, que gracias a
la dirección y la cocina, ambas francesas, es bastante aceptable.
En cambio, las habitaciones mal amobladas y con la ausencia
aterradora de todo aseo, dejan mucho que desear. En fin, todo el
movimiento hotelero no puede menos que causarle repugnancia al
viajero foráneo, ya que el servicio aquí no está orientado hacia
una clase de huéspedes, contando estos o bien con habitación propia
o con parientes cercanos residentes y amigos en donde alojarse. Así
los concurrentes al hotel en su mayoría son hacendados medianos que
vienen a buscar salida para su azúcar, café o mulas en la plaza de
mercado, o congresistas, también en su mayoría de humilde
extracción, dedicados a trocar en coñac buena parte de sus altas
dietas, para acompañar su consumo con un alboroto tumultuoso
prolongado hasta altas horas de la noche. Lejos de sentirse
molestos por el desaseo, no se les ocurría economizar el
equivalente de uno o dos marcos diarios de lo que gastan en tragos
para dedicarlo en cambio a proveerse de una pieza cómoda y
agradable. En su lugar prefieren acomodarse por meses en el hotel,
para luego muchas veces dejar de pagar la cuenta, ya que
difícilmente habrá otros pueblos tan acostumbrados a mantener una
brecha bien marcada entre una compra y el pago de la
cuenta.
La mayoría de los extranjeros, especialmente los alemanes,
ingleses y norteamericanos, de no intentar establecer su propia
habitación, viven en la pensión de la señora Price de Bowden,
situada arriba de la plaza, pagando gustosamente el precio un poco
mayor de dos pesos diarios, por la ventaja de albergarse en una
casa decente y bien aseada. Personalmente he vivido constantemente
en la referida pensión durante toda mi estadía en
Bogotá.
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El artesano de Bogotá carece todavía de nivel suficiente, no
obstante el notable progreso logrado durante los últimos dos
decenios gracias a la influencia de artesanos europeos,
especialmente franceses e italianos, que le ha permitido aventajar
a los representantes de sus profesiones en otras regiones,
excepción hecha de los costeños. Pero lamentable es admitir que ya
han comenzado a dormirse sobre sus laureles. Así, por ejemplo, los
ebanista bogotanos pretenden suministrar muebles de baja calidad a
precios exorbitantes desde cuando altos derechos de aduana en unión
con los elevados gastos de transporte prácticamente hacen imposible
la importación de Europa. De preferencia por la hechura de
artículos no comprendidos entre los de demanda diaria suelen
exigirse precios simplemente irrazonables, a la vez que útiles de
consumo común y corriente, como vestidos y zapatos, acostumbran
confeccionarse tan tosca y deficientemente que el usuario se ve
precisado a comprarlos importados y listos.
Industria propia no existe todavía, a menos que las pequeñas
imprentas y cervecerías se cuenten como tal. A su creación podrían
inducir las existencias de carbón, en inmediaciones de la ciudad, y
de hierro, tampoco a mayor distancia. Verdad es que la manufactura
de papel, vidrio y sustancias químicas se ha ensayado ya, pero sin
éxito conocido hasta ahora. Obstáculo decisivo lo forma el estado
defectuoso y deficiente de las vías de comunicación con su efecto
restrictivo de las zonas de venta, hasta el extremo de resultar más
económico el transporte de Europa que desde Bogotá tanto para la
parte septentrional de Santander como para todas las regiones
comprendidas desde el río Magdalena hacia el occidente. Tanto así
es que el trigo de la sabana de Bogotá está llevando las de perder
en su batalla competitiva contra la harina norteamericana en las
regiones ribereñas colombianas y, por otra parte, los gastos
exorbitantes de transporte para la maquinaria requerida en Bogotá
hacen subir su costo, puesta en sitio de trabajo, de tal manera que
el producto elaborado con ella corre peligro de no encontrar
compradores. Otros componentes del riesgo industrial son la
ausencia casi total de experiencia, lo mismo que el sentido
práctico poco desarrollado de los colombianos, factores que los
hacen fácilmente correr el peligro de meterse en proyectos
desproporcionados a su medio ambiente, que tanto en Europa como en
Estados Unidos tendrán su base económica asegurada, pero que en
Colombia, con su configuración montañosa y su civilización en
estado incipiente, carecerían de ella. Hasta las diligencias de
menor alcance a menudo no son realizables sino por medio del
soborno. Pero si con todo y a pesar de todo el empresario al fin ha
logrado poner su fábrica en marcha, una revolución, ya en
desarrollo o solamente en sospecha de que pueda ocurrir, es motivo
para forzar a los trabajadores a tomar las armas, causando la
paralización de la planta, para dejar el capital invertido sin
rendimiento y la maquinaria expuesta a su destrucción por el
óxido.
Los almacenes sobresalientes están situados en la Plaza de
Bolívar, la Calle Real, la Calle Florián y vías adyacentes,
encontrándose los menores, dedicados a las necesidades de la gente
del campo, en cambio, en las cercanías de la plaza de mercado, con
preferencia de los lados exteriores del mercado cubierto. La
clasificación de almacenes por grupos homogéneos de los artículos
que venden casi no existe, habiendo unos pocos, negocios dedicados
a la distribución de determinadas especialidades, así por ejemplo
las farmacias, las librerías y papelerías, las tiendas de sombreros
de Panamá y las ferreterías. El surtido de libros prácticamente se
reduce a los textos escolares usuales y, en consonancia con la
orientación partidista del librero, tal vez un poco de literatura
religiosa o unas novelas francesas de bajo nivel. Los libros
editados en Bogotá no se consiguen en las librerías, vendiéndose,
en cambio, directamente por las imprentas de su origen, para quedar
del todo agotados al paso de algunos años. Los sombreros de Panamá
ofrecidos son elaborados dentro del país, teniendo fama los de
Suaza, pueblo del sur del Tolima. Artículo de venta continua en las
ferreterías lo constituyen los tradicionales machetes (Waldmesser).
La mayoría de los demás almacenes acostumbra ofrecer toda clase de
mercancías de frecuente demanda, implicando, por otra parte,
bastante molestia la búsqueda y consecución de determinado objeto
especial. Muchas cosas, como termómetros exactos, lupas y otros
instrumentos o no se encuentran en ninguna parte o de descubrirse
por mera suerte, tienen precios excesivamente
altos.
Excepción hecha de los sombreros de paja, casi todo lo que se
vende en los almacenes es de origen europeo o norteamericano, por
ejemplo la ropa blanca, los paños, vestidos hechos, zapatos de
cuero, los papeles para decorar habitaciones lo mismo que los de
imprenta y para oficina, artículos de metal y de vidrio, sustancias
químicas, jabones y espermas, lámparas y artículos de lujo de toda
clase. Toda esta mercancía ha sufrido el viaje largo, principiando
con el marítimo desde el exterior a la costa colombiana, luego el
fluvial de allí a Honda, para terminar por el trayecto terrestre,
si bien más corto, pero en todo caso el más difícil, de aquel
puerto fluvial a la altiplanicie. Considerando luego los altos
derechos aduaneros, lo mismo que el riesgo de los importadores,
aumentado por las infelices condiciones crediticias, sin olvidar la
inseguridad originada por las circunstancias políticas, quedará
fácil comprender que todos los bienes así traídos habrán de tener
precios mucho más elevados que los reinantes en su país de origen o
bien serán de una calidad notablemente inferior. Implicando
idénticos recargos por derechos de aduana y fletes tanto la
mercancía de alta calidad como la de mediocre, sería lógico suponer
que la importación se concentrara en aquella, ya que un cuchillo de
primera no paga recargo mayor que el inferior de su género,
afectándose aquel luego proporcionalmente en menor grado que este.
Pero una vez más la realidad viene demostrando que las apariencias
engañan, pues pocos países habrá, dominados como este por el
principio del “barato y malo”, consistiendo la razón
principal en el hecho de que gran parte de la población apenas está
viviendo al día, no pudiendo por lo tanto incurrir al momento en
desembolsos mayores, por mucho que la inherente economía real y
verdadera quisiera impulsarlos. Además, gran parte de los
comerciantes carecen de la seriedad suficiente como para
responderle al comprador por la calidad del artículo ofrecido,
faltándole a este por otra parte la pericia para juzgar por sí
mismo. Precios fijos no existen sino en un reducido núcleo de
almacenes, así que el colombiano al efectuar una compra puede hacer
valer su costumbre casi innata de perseguir una rebaja del precio
exigido. Pero aún así, muchos hay que luego todavía se muestran
renuentes a pagar sus cuentas, por mucho que su situación
pecuniaria se lo permitiera, hasta el punto de que casas de
comercio se han visto impulsadas a publicar los nombres de clientes
morosos, en su vitrina. Para muchos comerciantes constituye un
placer especial el tomarle el pelo al extranjero
novato.
Por lo tanto, toda transacción requiere el doble, el triple, y
hasta diez veces el tiempo que nosotros solemos concederle. Pero,
sea en pro o en contra, el factor tiempo todavía no ha llegado a
tener importancia en la vida de los
colombianos.
A falta de los recursos requeridos o, en su lugar, de crédito
suficiente en el exterior, para importar por su cuenta, los
comerciantes de las localidades menores, tanto de Cundinamarca como
de Boyacá, acostumbran completar sus surtidos en Bogotá. Por el
comercio de la capital también pasa la mayor parte de las
exportaciones, encargándose este de adquirir los bienes con tal
destino, bien sea de los productores o de los intermediarios al por
menor, para reempacarlos si fuere necesario, y asumir el riesgo del
transporte y de la venta. Actualmente la salida de Bogotá casi se
limita a café y pieles, ya que la exportación de la corteza de
quina ha debido descontinuarse, en parte por haberse extirpado la
especie en las partes de fácil acceso de la selva y además por la
competencia positiva surgida con su cultivo en las Indias
Orientales. Ni oro ni plata pueden figurar entre los bienes
exportables desde Bogotá por carecer la región de yacimientos. A
falta de fuentes fidedignas, siento no presentar datos exactos
sobre el volumen del comercio exterior de Bogotá, limitándome a
citar como recurso sustitutivo, el factor expresivo de la situación
cambiaria, o sea la cotización del dólar norteamericano, de 1882 a
1884, que fluctuaba entre el 120 y el 130 por ciento, es decir con
un agio elevado por cierto, reflejando no solamente el precio bajo
de la plata, sino también la caída de las exportaciones del país,
cuyo producto ya no alcanzaba a cubrir el valor de los bienes
traídos.
El comercio bogotano está en manos colombianas en su gran
mayoría, compartiéndose tan solo con pocas casas extranjeras, entre
ellas las firmas Koppel & Schloss, Alexander Koppel (antes
Koppel & Schrader), Heckel & Freese, Kopp y
Castello, varias francesas y otras. Los comerciantes colombianos
tienen reputación de muy diestros, entre ellos especialmente los
antioqueños. Contentándose con márgenes relativamente bajos, y
aprovechando toda ventaja, aun la más pequeña y no siempre muy
respetable que digamos, no solo se han contentado con dominar su
campo dentro del país, habiéndose establecido algunos de ellos
también en París, en Nueva York y otros centros comerciales del
exterior, para importar productos colombianos en competencia
exitosa con el comercio aborigen. Pero, con todo, la ausencia de
conocimientos técnicos está constituyendo un factor limitativo para
el comerciante bogotano. Tanto así es, que habiendo estado en auge
por largas épocas la exportación de la corteza de quina, casi
ninguno de ellos estaba preparado para verificar su análisis, así
que la mayoría se veía expuesta al riesgo continuo de comprar y
despachar empíricamente. También la organización del comercio deja
todavía mucho que desear. Apenas hace poco el empeño de Salomón y
Bendix Koppel había redundado en fundar el primer establecimiento
bancario, seguido por numerosos otros de dudosa razón de ser, en
serie continua. La bolsa se realiza en medio del movimiento
callejero. Es allí donde se aprende a cómo se negocian letras de
cambio, a qué precio el competidor está comprando el café y la
corteza de quina, cuáles son las nuevas llegadas de Europa y de
otras partes. Desde luego, una buena porción de cautela es
imprescindible para aprovechar tales informaciones en bien propio,
pues si bien en Europa las bolsas suelen tenerse por los
principales focos de noticias sin fundamento, hasta a veces
intencionalmente lanzadas, ¡cuánto más hemos de esperar al efecto
de la bolsa callejera de Bogotá!