|6. Conexiones de Bogotá con el
mundo
A Bogotá la distingue su ubicación peculiar, pues está situada
en el centro del país, a gran altura en la cordillera y aislada de
la costa por extensiones enormes de selva virgen, escasamente
pobladas. Así, por ejemplo, está a más de 700 kilómetros de
distancia del puerto marítimo de Sabanilla, o sea aproximadamente
igual a la de Frankfurt a Budapest o la de Viena a Hamburgo. En
condiciones acuáticas favorables gastamos siete días navegando en
el río Magdalena, pero no es excepcional el caso de requerir tal
viaje varias semanas. Luego era preciso trasmontar dos serranías
bastante altas a lomo de mula, en viaje de dos o tres días, para
terminar recorriendo en coche la última parte con relativa rapidez.
Cierto es que al puerto de Buenaventura, en la costa Pacífica, lo
separan de la capital apenas 330 kilómetros, o sea menos de la
mitad, pero la necesidad de salvar en este trayecto tanto la
Cordillera Central como la Occidental, tornaría esta alternativa
incomparablemente más fatigosa. Lo mismo que los sitios de la
costa, también los demás lugares importantes del interior imponen
viajes largos y penosos como único medio de alcanzarlos. Así, tanto
el viaje de Bogotá a Bucaramanga como a Neiva requieren semana y
media, a Cúcuta o a Medellín unas dos semanas, y a Popayán sus tres
a cuatro semanas.
Agregando a la consideración de las meras distancias lo penoso
que son los viajes en Colombia, fácil quedará imaginarse que el
tráfico entre la capital colombiana y el mundo no sea muy intenso
que digamos. Para reabastecerse de mercancías, los comerciantes de
las poblaciones menores acostumbran trasladarse a Bogotá una sola o
a lo sumo dos veces al año. Fuera de ellos, en general son
solamente los políticos y las personas interesadas en concretar tal
o cual negocio oficial, las que emprenden semejante viaje. Por la
misma razón, la llegada de un viajero europeo se considera como un
suceso excepcional.
También el aprovisionamiento de Bogotá con mercancías
procedentes tanto del exterior como de otras regiones del país, se
dificulta por su ubicación aislada lo mismo que por lo deficiente
de las vías de comunicación. Al efecto, el transporte de una carga
de diez arrobas, o sea 125 kilos, a lomo de mula cuesta el
equivalente de 30 a 40 pfennigs por kilómetro, mientras que en
Alemania su despacho por expreso en ferrocarril demandaría de 6 a 8
pfennigs por kilómetro. Así que el traslado de una mercancía de
Honda a Bogotá recarga el costo de esta a razón de 20 a 30 pfennigs
el kilo. A falta de hacerlo a lomo de mula, la reexpedición de
unidades voluminosas o frágiles forzosamente queda relegada a la
fuerza humana. De tal modo, el transporte de un piano común y
corriente de Honda a Bogotá llega a costar 550 marcos, y el de uno
de cola unos 1.300 marcos. Unidades voluminosas de maquinaria no
desmontable a menudo se oponen del todo a ser movilizadas por este
camino, quedando retenidas en Honda como única
alternativa.
Un tanto mejor están las cosas en el ramo de las comunicaciones.
Considerando las condiciones existentes, es justo calificar el
servicio de correos como satisfactorio. El transporte del correo de
la costa a Bogotá está contratado con una de las empresas de
vapores del río Magdalena, con base en una salida cada seis días
río arriba desde Barranquilla. Pero el cumplimiento de este
itinerario con frecuencia se ve obstaculizado por un caudal
insuficiente del río, demorándose entonces el correo, hasta por
semanas, en su camino. Esto a pesar de reexpedirse las valijas por
lancha, cada vez que el vapor sufre su varada. Una vez llegado a
Honda, el correo pasa a manos del caravanero mular contratista, con
la obligación para este de entregarlo en Bogotá a las 35 horas
después de su arribo a Honda. En este trayecto están previstos
varios cambios de bestias lo mismo que de arrieros, para así
asegurar la continuidad del viaje, aun durante las horas de la
noche. Alcanzada la población de Los Manzanos, las valijas son
transferidas a un ómnibus de tracción caballar, para recorrer en
este el último trayecto de su viaje, atravesando la sabana hasta
llegar a Bogotá, cumpliendo así el evento ya avisado por teléfono
en la víspera del día fijado.
El correo con destino a las demás regiones del país acostumbra
despacharse una vez por semana, facilitando su recorrido
exclusivamente terrestre el cumplimiento más o menos satisfactorio
de los itinerarios previstos. También la rapidez desarrollada por
el cartero con sus bestias es del todo aceptable, gastando este por
lo general menos tiempo para el mismo trayecto que la mayoría de
los viajeros. Aun así, una carta requiere mucho tiempo para llegar
a manos de su destinatario, por no hablar de la demora para el
remitente en recibir contestación.
La oficina de correos, instalada en el antiguo convento de Santo
Domingo, suele avisar la llegada de un correo izando al efecto
determinada bandera en una esquina del edificio. ¡Cuántas veces me
ha tocado esperar con impaciencia la aparición de tal bandera
anunciándome el arribo de cartas de Alemania!. Su izada es la señal
para quienes esperan la llegada de correspondencia proveniente de
la costa, de dirigirse a la oficina de correos, donde pronto se dan
cita casi todos los extranjeros para reclamar la suya, ya que el
oficio del cartero repartidor no se conoce todavía, como, dicho sea
de paso, tampoco hay buzones para introducir el correo por
despachar.
Desde hace algunos años Colombia es miembro de la Unión Postal
Universal, estando pues sometida a las tarifas máximas establecidas
por esta organización. Pero en consideración a la deficiencia tanto
de sus vías de comunicación como de los medios de transporte, los
portes cobrados parecen módicos en extremo. Así, por ejemplo, las
cartas con destino al exterior valen el equivalente de 40 pfennigs,
las de Alemania para Colombia solo 20 pfennigs, las cartas dentro
del país el equivalente de 20 pfennigs, mientras que las tarjetas
postales, tanto dentro del país como al exterior, cursan por 8
pfennigs.
El servicio de paquetes postales queda todavía por establecer.
La manera ordenada reinante en el despacho de los correos sobrepasa
mis esperanzas, lo mismo que es digna de mencionarse la rareza de
extraviarse envíos, exceptuando aquí las revistas ilustradas, que
con frecuencia encuentran otros
interesados.
Se cuenta con servicio telegráfico hasta el punto de estar
Bogotá comunicada por esta vía con la mayoría de las poblaciones
mayores del interior del país, con base en la tarifa barata del
equivalente de 8 pfennigs la palabra, excluyendo las indicaciones
de dirección y remitente, que no se cobran. Al nordeste hay línea
establecida hasta la frontera con Venezuela, que luego continúa
hasta Caracas. Por el norte hay comunicación vía Bucaramanga y
Ocaña hasta Puerto Nacional a orillas del río Magdalena, en tanto
que la línea a Barranquilla y Cartagena está todavía por colocar.
La comunicación con Buenaventura está conectada en ese puerto con
el cable de la costa occidental de Suramérica y, por lo tanto,
también con el servicio cablegráfico transatlántico. Por cierto, el
servicio telegráfico adolece todavía de defectos, empezando por las
líneas mismas, que constan de un solo alambre, sostenido por postes
colocados a distancia excesiva y atravesando directamente la copa
de los árboles encontrados en su camino. Desde luego, los daños e
interrupciones del servicio causados por estas deficiencias son muy
frecuentes, obstruyendo lo escasamente poblado de las regiones
atravesadas su pronto descubrimiento y reparación. En épocas de
excitación política, no escasas aquí, el gobierno se reserva el uso
exclusivo del servicio telegráfico, especialmente para impedir la
divulgación rápida de noticias enojosas. Para resumir, por lo
general el servicio suele hallarse interrumpido, por una u otra
razón, en el momento menos esperado por el usuario momentáneo.
Significativo es al efecto que para la orientación de este un
tablero grande colocado en la entrada le indica cuáles son por el
momento las líneas servibles y cuáles las dañadas. Pero aun el
hecho de aceptarse un mensaje para su transmisión no excluye la
posibilidad de demora por días enteros en llegar al lugar de su
destino. Así, por ejemplo, telegramas introducidos en Puerto
Nacional con destino a Bogotá han venido tardándose para llegar tan
solo después de haber arribado en persona su propio remitente. La
conexión cablegráfica con Europa encierra otro posible tropiezo
más, pues ni el pago del mensaje en Bogotá a la tarifa convenida ni
el despacho de este a Buenaventura aseguran la retransmisión a su
destino mientras el telegrafista oficial de este puerto carezca de
dinero suficiente para cancelar el valor a la empresa cablegráfica,
ya que esta sin pago simultáneo no acepta ningún encargo. Así que
los usuarios dependientes de un servicio seguro a Europa o Estados
Unidos, se encuentran ante la alternativa de mantener un
corresponsal propio en el puerto para obviar el obstáculo. Caso
idéntico se presenta en Puerto Nacional, terminal por ahora de la
línea telegráfica de Bogotá para mensajes a la Costa Atlántica.
Pues para la reexpedición de un telegrama desde este puerto a
Barranquilla, por ejemplo, se requiere la presencia de un propio
destinado a llevarlo al efecto a una de las empresas de transporte
fluvial, ya que la administración de los telégrafos no para mientes
en llenar este vacío. Pocas serán las ciudades que, presumiendo
tener civilización europea, cuentan con una ubicación tan
desfavorable y comunicaciones tan deficientes como Bogotá. Los
Estados europeos tienen orientado el sitio de su ciudad capital
hacia el centro geométrico del país, salvo excepciones forzosas
impuestas por la estructura de sus costas, las zonas montañosas y
otras, pudiendo aprovecharse así el fenómeno de lo más o menos
parejo de la actividad de la vida de la nación en todo el rededor
de su capital. Bien diferente está la cosa en las colonias
europeas, con procedencia, tanto de la población como de la
cultura, de Europa. Allí la costa con frente en la proyección hacia
Europa solía prevalecer en la escogencia del lugar destinado a
erigir la capital, tratándose, en lo posible, de ubicarla en medio
de su extensión. Pasando revista ahora solamente a Suramérica,
también encontramos Demerara, Paramaribo, Cayena, Río de Janeiro,
Montevideo y Buenos Aires ubicadas directamente a orillas del mar,
en tanto que Lima a muy poca distancia y Caracas lo mismo que
Santiago a un par de horas de sus puertos marítimos respectivos.
Descartando Paraguay y Bolivia como países desprovistos de contacto
alguno con el mar, nos quedan tan solo las capitales del Ecuador y
de Colombia como situadas muy país adentro y a considerable altura
en la montaña.
Esta posición, derivada de las circunstancias encontradas en la
época de la conquista, aun hoy día conserva sus innegables
ventajas, acopladas estas, sin embargo, a numerosos inconvenientes
de mucho peso. Cabe acordarnos de Rusia. Había encontrado en Moscú
su punto céntrico natural. Pero ante la imperiosa tendencia a abrir
sus puertas al desenvolvimiento occidental, a principios del siglo
XVIII, cambió de criterio, reemplazando su capital por otra ciudad
ubicada más a propósito, San Petersburgo. Cabría preguntarse si un
soberano de la visión de Pedro el Grande, con la ciudad de Bogotá
existente, mandaría fundar otra capital nueva más cerca de la
costa. Parece que también los colombianos mismos han venido
pensando en la conveniencia a trasladar su ciudad capital. Así, a
fines del siglo pasado los virreyes con frecuencia residían en
Cartagena, mientras que durante las guerras de la independencia los
políticos solían considerar para el efecto a Ocaña y otras
localidades. Pero para escoger acertadamente en Colombia el sitio a
prueba de toda desventaja para su capital, parece que existen
impedimentos casi imposibles de superar. En primer lugar es un
hecho que todas las regiones de tierra baja orográficamente aptas
tienen un clima malsano, estando por lo tanto pobremente pobladas.
En cambio, los puntos adecuados de las partes montañosas carecen de
la accesibilidad requerida para una ciudad capital que venga a
propósito. Posiblemente uno que otro sitio tendrá sus condiciones
favorables en comparación con el de Bogotá, pero por bien que se
pesen, no alcanzan a inclinar la balanza en favor del traslado. Por
lo tanto, la solución para el país estribaría en crearle mejores
posibilidades de comunicación en todo sentido a su
capital.
Así por ejemplo, la construcción de una vía férrea o de una
carretera al río Magdalena ha venido excitando los ánimos de los
bogotanos desde hace años. Pero la tendencia muy arraigada a
sacrificar la terminación de un solo proyecto entre manos a la
tentación de repetidamente dedicarse en forma somera a algo nuevo,
hasta ahora ha impedido toda realización. Allá por el año de 1850
se pensaba construir una carretera a Honda, con base en un trazado
completo ya elaborado por el coronel Codazzi. La obra, ya empezada,
de pronto cayó víctima de disturbios políticos. Más tarde se
persiguió el proyecto de correr una línea férrea hacia el norte
para tocar a Vélez o Bucaramanga y luego bajar al río Magdalena.
Sin duda este ferrocarril tendría la ventaja de acortar
considerablemente la distancia entre Bogotá y el mar, eludiendo
todas las dificultades inherentes a la navegación fluvial y
proporcionando fuentes de recursos al atravesar regiones que con
sus yacimientos abundantes de carbón mineral, hierro y sal, lo
mismo que con sus productos vegetales figuran entre las más
valiosas del país. De reconocimiento del trayecto se pasó al
trazado definitivo de la línea con una inversión de $ 200.000, pero
con el único resultado de llegar a la conclusión condenatoria del
proyecto como excesivamente costoso. Ya antes se había proyectado
otra vía férrea, la de Bogotá a Honda, buscando aprovechar para
ello la obra abandonada de la carretera ya referida, pero sin tener
el cuidado de investigar previamente la aptitud de esta para un
ferrocarril. Al cabo de algunos años estaban colocados 5 kilómetros
de la línea en terreno plano, pero luego quebró la empresa, ya de
antemano de dudosa fama. Mientras tanto, otro proyecto más estaba
demandando atención, el de dejar aparte los rápidos de Honda por
medio de un ferrocarril de corto recorrido, para luego transitar
por el alto Magdalena en vapores de menor tonelaje hasta Girardot y
seguir de allí por tierra, en un ascenso relativamente cómodo,
hasta la altiplanicie de Bogotá. En consecuencia al alargarse así
considerablemente el trayecto, la duración del viaje poco se
reduciría, como tampoco se economizarían gastos de transporte de
consideración, quedando subsistente, en cambio, o antes en mayor
grado, el tener que depender del nivel de agua del río. Por otra
parte, la ventaja más esencial sería aquella de facilitarse la
posibilidad de subir unidades grandes de maquinaria a la
altiplanicie. En agosto de 1884, al dejar yo el país, el trayecto
plano de Girardot a Tocaima estaba terminado, habiéndose comenzado
trabajos en su prolongación, innegablemente más complicado. A
juzgar por el tiempo aplicado hasta ahora, serán años los que se
requieran todavía, aun en el caso improbable de ausencia absoluta
de estorbos. Simultáneamente con esta obra fomentada por el
gobierno nacional, el de Cundinamarca estaba empeñado en la
construcción de una vía férrea destinada a comunicar a Bogotá con
Facatativá, atravesando la sabana. Al efecto, el terraplén ya casi
estaba echado a todo lo largo, pero volvió a derrumbarse en parte.
También los cobertizos de estación estaban terminados, sin dejar de
mencionar los tiquetes y los perforadores, ya listos para su uso.
Pero faltaban todavía tanto los rieles como las locomotoras y los
vagones. Los rieles, traídos de los Estados Unidos, a su llegada a
Honda resultaron con exceso del tamaño máximo admitido para
expedirse a Bogotá a lomo de mula. Así, explicablemente, volvió a
codiciarse la carretera de comunicación entre Honda y Bogotá, con
la determinación de adelantarla ahora hasta el punto de servir por
lo menos para transportar los materiales ferroviarios a la sabana
de Bogotá. Siempre a intervalos de algunos meses un telegrama
aparecía fijado en las bocacalles de Bogotá, dirigido por el
ingeniero encargado de la obra a su gobernador, dando cuenta de que
estaba en marcha y felicitando a su superior por los importantes
servicios prestados a la patria. Este, a su vez, solía contestar en
frases pomposas, haciendo hincapié en los ferrocarriles como medio
de cimentar la paz entre los pueblos y de fomentar la cultura. Una
o dos semanas después, la obra solía volver a suspenderse. Al fin
se había encargado la manufactura de los rieles a la recién abierta
empresa siderúrgica de Subachoque, pero es de temer que tampoco
esta escapará de su paralización por la revolución
emergente.
Seria perdonable que el lector, a falta de conocimiento del país
y de su gente, calificara este relato como inventado o, por lo
menos, exagerado. Pero el acierto del enigma se atribuye, por lo
menos en parte, a la falta total de una continuidad en la
administración pública, originada por el frecuente, o sea bienal,
cambio de presidente, seguido este, lo mismo que en los Estados
Unidos, por el cambio de todos los empleados oficiales.