5. Clima e
higiene
El clima de Bogotá se ha descrito como de eterna primavera.
Cierto es que la temperatura media diaria durante todo el año gira
al rededor de los 14 a 15 grados centígrados, con fluctuaciones
insignificantes de una estación a otra, fenómeno casi idéntico al
reinante entre nosotros en junio y septiembre. Pero ya Humboldt
|
(2)
|
había
comprobado la diferencia entre estas cifras y el disfrute de la
vida real permitida por este llamado clima primaveral eterno. Así,
en las horas del mediodía, a menudo hay un calor muy elevado, con
intensidad de los rayos de sol suficiente para causarle a uno
quemaduras dolorosas en la nuca cuando está al sol. En cambio, en
días nublados o de lluvia, la temperatura baja lo suficiente para
hacer sentir frío en las piezas de habitación, provocando el deseo
del calor mitigante de una estufa o, por lo menos, de una morada
más abrigada. Si bien la niebla y la lluvia pueden tornarse en
molestas, justo es también prevenir contra las generalizaciones
acostumbradas por viajeros que, por mala suerte, casualmente
encuentran a Bogotá en tales condiciones atmosféricas, para
proceder a desacreditar su clima. Verdad es, en cambio, que semanas
y hasta meses hay para gozar de un tiempo espléndido con un cielo
casi completamente despejado. A diferencia de la temperatura media,
casi constante a través de las estaciones, las precipitaciones
demuestran su ciclo anual, si bien carente aquí de la brusquedad
tan característica en las regiones bajas del país. Por épocas de
lluvia o invierno se tienen los meses siguientes a los equinoccios,
con días en que predominan las mañanas serenas y hasta despejadas,
pero seguidas a menudo por verdaderos torrentes de lluvia o de
destructivas granizadas en las horas de la tarde. Del todo
diferentes son las condiciones atmosféricas características de los
meses de junio a septiembre. Aunque estos se califican de verano,
en concordancia con la usanza para las tierras bajas, el cielo se
presenta casi permanentemente cubierto de nubarrones bajos que
producen una fina llovizna casi ininterrumpida, los llamados
paramitos. Aunque de poco volumen de agua, es su pertinaz duración
la que contribuye a causar una impresión de mayor desagrado que las
propias estaciones de invierno. El tiempo más hermoso suele
presentarse de mediados de diciembre a mediados de marzo,
ofreciendo condiciones atmosféricas serenas, casi siempre ausentes
de sorpresas causadas por paramitos o
aguaceros.
|
|
En cuanto a las influencias medicinales del clima, lo mismo que
a las condiciones de salubridad de Bogotá, la ciencia poco ha
investigado hasta ahora, estando el profano de por sí precisado a
la cautela obvia para hablar de estas materias. Ausentes están,
gracias tanto a la elevación sobre el nivel del mar como a la
temperatura fresca, todas las enfermedades propiamente tropicales,
tales como las fiebres graves, afecciones al hígado y similares,
molestando la malaria común en general solamente a quienes la han
adquirido en tierra caliente. Tampoco la tuberculosis afecta a los
habitantes de Bogotá, abrigándose en cambio para los tísicos
llegados de afuera la esperanza de prolongar su vida o hasta de
curarse completamente. En este sentido Bogotá parece tener mucho en
común con Davós, así que especialistas ingleses han comprobado
resultados bastante satisfactorios en sus pacientes enviados acá.
Por otra parte, la enfermedad característica de Bogotá es el
reumatismo, que en el tiempo húmedo y fresco, agravado con las
puertas mal ajustadas de las habitaciones, encuentra el semillero
propicio para desarrollarse.
También el tifo es endémico, pero probablemente menos atribuible
en línea recta al clima que a la falta impresionante de aseo y a la
deficiencia de las instalaciones sanitarias de toda clase.
Aterradora es la frecuencia como se presenta la lepra, tanto aquí
como en tierra caliente.
Ni para los médicos ni para los farmacéuticos se requiere
aprobación estatal alguna para ejercer. En años anteriores por lo
general había uno o varios médicos europeos dedicados a su
profesión. Parece que el éxito de ellos en parte guardaba
proporción con su habilidad de representarse a sí mismos y de
infundir respeto a los colombianos. También durante mi primera
estadía en Bogotá, estaba ejerciendo todavía un paisano alemán, el
doctor Walz, a quien quedo obligado por el tratamiento cuidadoso de
un ataque tenaz de fiebre que sufría. Pero al cabo de unos meses se
despidió de Bogotá, dejando el campo de actividades solo a médicos
colombianos. Debo confesar que mi suerte de ganar confianza en
estos se ha mantenido limitada, no obstante el estudio al que
muchos de ellos han dedicado algunos años en París o Londres, e
inclusive habiendo aprobado en parte sus exámenes. Pero su
preparación, con todo, es superficial, distinguiéndose apenas unos
pocos por el afán de continuar sus trabajos científicos una vez
regresados al país. Para la mayoría hasta un examen detenido del
paciente les queda trabajoso en demasía. Uno de los facultativos
más afamados de Bogotá, al auscultar a un enfermo, se puso al oído
el terminal del estetoscopio destinado al pecho del paciente. Casi
todo médico tiene su propia farmacia, para prescribir de
preferencia medicamentos en existencia y salir aventajado, además,
con la cuantía recetada de ellos. Sorprende en Bogotá el número de
farmacias, pero en su mayoría se hallan mal surtidas y con
frecuencia de productos pasados de tiempo y
dañados.
En bien de la higiene pública es poco lo que se hace. Medidas de
parte de la policía sanitaria casi no se conocen, explicándose así
el amontonamiento de basura en las calles, especialmente en los
barrios periféricos, lo mismo que la acumulación de inmundicias en
el lecho de los riachuelos durante las épocas carentes de lluvias.
Sin duda estos fenómenos ya observados durante nuestras correrías
por la ciudad, vienen constituyendo poderosos focos de gérmenes
infecciosos. Muchas habitaciones existentes en los bajos de casas
de dos pisos constan de una sola pieza con frente a la calle, pero
sin acceso al patio para sus moradores; así quedan estos obligados
a servirse de la vía pública para hacer sus necesidades naturales.
También en muchas habitaciones de mayor categoría la instalación
del retrete deja mucho que desear. Hospitales públicos sí los hay,
pero su estado es muy lamentable, lo mismo que el del manicomio
dirigido por monjas francesas, a cuya orden el Estado ha confiado
sus bienes pagando con mucha demora y en cuantía insuficiente los
medios para el sostenimiento de la institución. Para agravar la
situación hasta la gente más acomodada suele enviar sus parientes
allá, pero sin aportar nada a los gastos. Así que tanto las monjas
como los enfermos durante meses no prueban alimento distinto de la
papa.
Muy significativa entre las circunstancias bogotanas es la
frecuencia de la epidemia variolosa. Combatirla mediante la vacuna
preventiva obligatoria sería difícil, pues su implantación legal
tropezaría con los principios de libertad reinantes en Colombia, en
tanto que a su realización efectiva se opondría el continuo ir y
venir de la gente, sin posibilidad para la deficiente policía
sanitaria de abarcarla para el caso. Tan solo ya en presencia de la
epidemia y ante el pavor de las clases dominantes suelen aplicarse
medidas enérgicas, hasta el extremo de apostar tropas a la salida
de las iglesias, para someter a cada visitante del culto a su
vacunación forzosa. Entre tanto la viruela se ha extendido
considerablemente. Muchas casas y ranchos, sobre todo de los
suburbios, han izado la bandera amarilla en señal de albergar una
persona infectada, a la vez que numerosas zorras la ostentan para
identificar un transporte de enfermos al hospital o de muertos al
cementerio. El hospital especial destinado a los infelices, la Casa
de los Alisos, situado en las afueras de la ciudad, ya pronto agota
su cupo máximo. En 1882, por colecta pública se reunieron los
medios para construir barracas y adquirir camas y accesorios. Una
vez declarada por dictamen facultativo la cesación de la epidemia,
se ofrecieron estas camas, lo mismo que la madera de las barracas,
al manicomio. Ante el rechazo de parte de las monjas, las cosas
pararon, a precios reducidos, en manos de integrantes más pobres de
la población, con el efecto obvio de surgir otra epidemia.