4. Las clases
media e inferior del pueblo
La clase media ostenta la mezcla de los rasgos característicos
del indio con los del español en sus matices más variados. De ahí
proviene la aún mayor dificultad de recogerla en un solo marco
descriptivo, haciéndose más provechoso su estudio en las ciudades
más pequeñas de provincia que en Bogotá, donde le hace falta el
contacto característico con la vida de campo. En el pueblo, en
cambio, se ha ido formando una modalidad urbana especial de
artesanos, de empleados de comercio, de dueños de tienda y de
empleados subalternos. En parte estos han llegado hasta prescindir
de ruana y sombrero de paja, para imitar la indumentaria de estilo
europeo de las capas superiores, así que para ellos a veces la
calificación colectiva de "gente de ruana", a decir verdad, ya no
vale. Sus habitaciones, por cierto ya construidas de adobes,
blanqueadas y cubiertas de tejas de barro, abarcan de dos a diez
piezas habitables y vienen ocupando la zona que acto seguido
circunda el propio centro de Bogotá, tal como ya hemos visto por el
plan de urbanización de la capital. Por lo general tales
habitaciones son compartidas por muchas personas, ya que no
solamente los padres con sus por regla numerosos hijos forman el
hogar, sino tanto hermanos y primos de los primeros suelen vivir
con ellos, lo mismo que aun matrimonios de los propios hijos con su
descendencia a menudo siguen haciéndolo, reduciéndose
considerablemente en esta forma la gran amplitud que en modo de
residir admirábamos al principio. Supongo que el moblaje de tales
viviendas será bastante escaso, pero confieso no haber tenido
oportunidad suficiente para formarme una idea fundamentada al
efecto. Asimismo me propongo dejar de examinar más de cerca las
comidas, previendo las mejores ocasiones de observar las costumbres
que, sin duda, me brindará el contacto más frecuente con esta clase
de gente durante mis viajes por el país.
La remuneración del trabajo, expresada en moneda, equivale más o
menos a la pagada a las respectivas categorías en Alemania, pero
considerando el costo mucho más elevado de habitación, vestimenta y
necesidades más refinadas de la vida, el trabajador bogotano ha de
contentarse con un modo de vivir más estrecho. La peor parte les
toca a los empleados públicos de inferior categoría, que suelen
recibir su salario de poca cuantía con meses de atraso, quedando
así precisados a empeñarlo a un costo exorbitante. Pero no obstante
es de extrañar el número muy crecido de individuos que aspiran a
que un cambio de gobierno los favorezca con uno de tales puestos,
para vivir mientras tanto de dinero prestado o de negocitos
ocasionales, según el caso. Su preferencia por la vida urbana y su
aversión al trabajo duro son los móviles inherentes a esta actitud,
que tanto contrasta, por ejemplo, a la determinación de luchar, por
arrebatarle a la selva los medios requeridos para elevar el nivel
de vida, tanto de la propia como el de sus descendientes. La
educación de estos individuos raras veces sobrepasa la adquisición
de las nociones más elementales, siendo sus maneras de portarse
apenas una caricatura de la de las capas
superiores.
La gente de la clase baja vive en ranchos de reducidas
dimensiones construidos de barro y con techo pajizo, en los
suburbios y a orillas de los ríos, o a veces habita en los bajos de
las casas altas, en cuanto estos no sean ocupados por tiendas o
talleres. Son muchas las personas así apretadas en un espacio
limitado, ya que fuera de los hijos a menudo viven con los padres
algunos parientes de estos, de ambos sexos. Semejantes condiciones
de vivienda, claro está, no favorecen precisamente ni la salud ni
la moral de los habitantes. Pero cuidémonos de subrayar demasiado
este aspecto, para no provocar en algún colombiano el deseo de
establecer la comparación con las circunstancias sociales todavía
existentes en los Montes Metálicos (Erzgebirge) y en muchas urbes
alemanas, pues ella apenas resultaría en favor de estas. Las
instalaciones de las habitaciones descritas son más que
deficientes. En la alimentación, la papa, el maíz y también la
cebada constituyen los productos preponderantes, principalmente en
forma de sopas espesas. El consumo de carne excede el acostumbrado
entre las clases pobres de Alemania; el pan blanco y el chocolate
casi nunca faltan en la mesa de la gente pobre en extremo. La
cerveza se reemplaza por la chicha
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, una bebida preparada por fermentación de
harina de maíz con miel de caña de azúcar. Resulta un poco más
costosa que la cerveza común y corriente en la Alemania Central,
pues el litro vale medio real, pero también contiene probablemente
más sustancias nutritivas. Tal como para el bávaro la cerveza, la
chicha constituye para el bogotano real, la verdadera esencia de la
vida. Su capacidad para consumirla es increíble y, teniéndola a su
alcance, pocas aspiraciones abriga en cuanto a otros medios de
nutrición.
Así, los mendigos y los mozos de cuerda, que forman la hez de la
población, acostumbran gastar hasta el último centavo de sus
entradas en chicha y aguardiente anisado. La mayoría de las veces
su vestuario está tan desharrapado y tan asquerosamente sucio como
ellos mismos; en vano buscaríamos paralelo con los vagabundos, aun
los peores, de nuestra tierra. Su posada la suelen establecer en el
marco del portón de una casa cualquiera, protegidos por el clima un
tanto benigno contra los males e incomodidades adicionales del frío
y sin temor de ser despertados y entregados a la policía por el
sereno. Ni el habitante de la casa, al tropezar contra ellos a su
regreso tardío, logra estorbar mayormente su sueño
profundo.
En suma, notamos en el pueblo de la ciudad ciertos rasgos de
depravación, que generalmente hablando no existen en la población
campesina. En este sentido Bogotá viene ejerciendo una influencia
idéntica a la exteriorizada por las urbes europeas. Es
especialmente la juventud masculina la que afluye aquí de todas
partes, movida por la esperanza, fundada o no, de encontrar trabajo
mejor remunerado y mayor disfrute de la vida en comparación con las
posibilidades ofrecidas por las localidades pequeñas o por los
ranchos solitarios. Arrancados del ambiente acostumbrado de vida
patriarcal, expuestos a las seducciones que trae la urbe,
enfrentados con el ejemplo, a menudo poco favorable, que les da la
juventud instruida, los recién llegados quedan sometidos a una
transformación no del todo enderezada hacia su bien. Por cierto,
hacen suyos determinados modales, ausentes en los obreros nuestros,
dando por ejemplo “mil gracias” por una cosa o un favor
recibido y no retirándose nunca sin pedir previamente el permiso de
hacerlo. Andan, entre otras extravagancias, con un jipijapa de ala
ancha puesto, pero no se bañan sino una sola vez al mes, escupen
cada rato y sus nociones escolares a lo mejor los capacitan para
leer y escribir un poco y quizá usar las cuatro operaciones. Son
muy mentirosos y entregados al rateo en pequeño en toda
oportunidad, pero impedidos por su cobardía para cometer robos
mayores y otros delitos graves. Pueden mostrarse desde serviles en
extremo hasta impertinentes, según les convenga. Muestras típicas
de estos últimos atributos las dan los mozos de cuerda al contestar
con su gritería de desacuerdo con el pago en cuantía acostumbrada
de pequeños mandados, para exigir el doble o hasta el triple,
especialmente a los extranjeros. Solamente ante la resistencia de
estos resuelven desistir, para irse a gastar lo recibido en la
chichería más cercana. También con su ayudante personal uno tiene
problemas por el estilo, gastando este sus dos a tres horas para
cumplir un encargo en el cercano centro de la ciudad, tratando de
sustraer unos reales del dinero llevado cuantas veces pueda y
disculpándose con los cuentos más intrincados. De no aceptársele
estos, y de recriminársele en cambio su falta, probable es que
vuelva las espaldas para marcharse, redundando en su provecho el
poco peso de sus haberes, que constan de un solo atado. A falta de
encontrar otra oportunidad de colocarse en el mismo oficio, confía
en su suerte favorecido con un trabajo de albañil o de arriero, o,
en últimas, de vivir más estrechamente por lo pronto. Por poética
que se pueda considerar esta inclinación hacia la independencia de
una residencia fija, del trabajo estable, de la profesión escogida
y de toda disciplina severa, ciertamente no contribuye al progreso
social.
La ventaja de cierta sujeción es bien notable en el género
femenino. Las sirvientas, con sus limitaciones para salir de la
casa, son más serviciales y más amantes del orden que muchas
muchachas alemanas, especialmente cuando están bajo el régimen de
una buena ama de casa. A falta de vigilancia, empero, suelen a
menudo perder los estribos, para quedar dominadas por las malas
influencias tan en asecho en la vida
urbana.
El peón bogotano común y corriente devenga de seis a máximo ocho
reales por día (equivalente a 2.40 a 3.20 marcos alemanes
respectivamente). De soltero necesita de dos a tres reales para su
alimentación. Su vestimenta tampoco acostumbra recibirla regalada.
Así, por una ruana necesita desembolsar por lo menos 30 reales, por
los pantalones unos 20 a 40 reales. Casado a temprana edad, como es
la regla, además de sostener a su propia familia, sigue apoyando a
su madre y a sus hermanos, como expresión agradecida del amor
paternal, rasgo muy arraigado especialmente entre la gente de la
clase baja. Lo que, con todo, llegue a sobrarle, lo suele enterrar
o esconder de otra manera como recurso para casos de enfermedad u
otra emergencia, o para emplearlo en negocitos, siempre soñados,
pero con resultados raras veces
remunerativos.
A primera vista la vestimenta ordinaria y a menudo haraposa, lo
mismo que las habitaciones deficientes, dan la impresión de que la
suerte del peón bogotano fuera todavía mucho más lamentable que la
del obrero alemán. Pero al convencernos que el primero en general
no conoce el martirio del hambre, y que el clima siempre suave lo
exime de los sufrimientos del frío, nos volvemos pensativos y
dispuestos a revisar tal impresión. El peón bogotano está
satisfecho con su ruana y sin anhelos de mejorar su alojamiento.
Así que muchas veces es mera falta de aspiraciones lo que teníamos
por pobreza extrema, originándose a su vez tal ausencia de
necesidades en el bajo nivel cultural. Todo peón de la capital, de
intentarlo, podría elevar su nivel de vestimenta y de habitación.
Dudosa quedaría su capacidad de someterse a los requisitos
indispensables, es decir, un trabajo constante unido a la
determinación de ahorrar, para así hacerse a los medios y escalar
una posición social más elevada. Es la vida urbana la que atrae al
campesino, pero para procurar un sustento seguro para sus hijos
necesariamente tendrá que regresar al campo.
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Originalmente la chicha se componía de maíz
machacado y agua; hoy día apenas se ha conservado en algunas
regiones apartadas, habiendo entrado por lo general la miel de caña
como integrante esencial. Mucho se ha dicho en contra de la
aseveración de Gerstäcker de que el maíz es masticado previamente
por mujeres viejas; pero parece que esta usanza en determinadas
regiones se mantiene todavía. (Regresar a
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