3. Las clases
altas
Las familias acomodadas de Bogotá, tal vez agrupables a la
usanza inglesa como la sociedad bogotana, residen en la parte
céntrica de Bogotá, bien sea en casas de dos pisos o en las mejores
y más espaciosas entre las casas de un solo
piso.
Para enterarnos mejor, entremos en una de esas casas con el
objeto de observar a sus habitantes en el desempeño de su vida. Son
muy contados los casos en que se encuentra el portón cerrado y
provisto con timbre. El caballero, es decir el hombre vestido de
negro y calzado, acostumbra entrar sin más ni más, tratando de
encontrar a alguien en la sala o llamando en voz alta al servicio.
El peón, carente de tal libertad, se anuncia golpeando en el
portón. “¿Quién es?” suena la pregunta desde adentro,
encontrando invariablemente su contestación con un
“¡yo!”. Desde luego, el interrogador ahora tampoco sabe
quién se oculta tras la respuesta, pero habiendo guardado la forma,
sin salir de su paradero contesta con un ‘‘siga” o
“adelante”. Al principio, siguiendo la costumbre europea,
nosotros golpeamos en el portón, manera aquí tan solo obligatoria
para los peones. Pero ya conociendo la conducta de los caballeros,
también entramos sin más ceremonias.
Por el llamado zaguán, un pasadizo embaldozado, entramos al
patio, un espacio abierto, bien sea simplemente enladrillado o
pavimentado, o convertido en un pequeño jardín, según el gusto de
los habitantes. Las piezas, dispuestas alrededor de este patio, van
recibiendo luz y aire en la mayoría de los casos apenas a través de
una sola puerta, ni siquiera con vidriera, que da sobre una especie
de claustro que enmarca el patio y que tiene cubiertas sus paredes
con las más curiosas pinturas, que representan paisajes
idealizados, lagos, montañas cubiertas de nieve, volcanes y casas
campestres italianas. Ventanas no se encuentran sino en las piezas
que dan hacia la calle y en la que delimita el patio hacia atrás,
generalmente destinada a comedor. Al lado de este, un pasadizo
conduce al patio trasero, alrededor del cual encontramos colocadas
la cocina y sus dependencias, lo mismo que tal vez unos dormitorios
adicionales. Más atrás todavía hay un solar, o sea un espacio libre
sin cubrir ni pavimentar, recinto para las gallinas, y en
poblaciones más pequeñas, también para marranos, indispensables
éstos al parecer para todo menaje. Con frecuencia allí se encuentra
también un pequeño cobertizo para los caballos, animales estos de
lujo mucho más generalizado aquí que entre nosotros, pero también
indispensables para muchos como medio de transporte. Contadas casas
de mayor extensión tienen otro patio más, intercalado entre el
delantero y el trasero. En las casas de dos pisos, las habitaciones
de categoría están dispuestas en el segundo, sirviendo el bajo en
cambio por una parte de sótano y depósitos y por la otra de
habitaciones para la gente de menores disponibilidades, o para
tiendas y talleres.
Este estilo arquitectónico, originario de Andalucía y Granada,
ha cogido fama, habiéndose extendido por toda la América española.
Cierta puede ser su ventaja estructural en cuanto permite la
separación de la vida hogareña de la callejera. Pero ¿no se habría
adquirido esta ventaja a expensas de serios inconvenientes? Para
mencionar algunos: la escasez de aire y luz es sobremanera
sensible; la humedad del aire y las temperaturas bajas reinantes en
Bogotá durante largos meses ciertamente no se compaginan con la
necesidad de mantener la puerta abierta para tener visibilidad
adentro, ni con las miradas curiosas, fáciles para todos los que
entren a la casa o salgan de ella; todo acontecimiento, lo mismo
que todo ruido estorba la tranquilidad y el aislamiento del
habitante, sin posibilidad para este de prevenirse. A mí, por lo
tanto, este estilo de construcción me parece más bien reñido con la
atracción hacia una buena vida hogareña, susceptible, al contrario,
de alejar al hombre de su casa o de considerarla apenas como medio
de sustentarse, ya que la afición a la intimidad del hogar de por
sí no está muy generalizada todavía.
Otro defecto de las casas bogotanas estriba en el material
empleado en su construcción. El papel de los ladrillos cocidos lo
hacen casi siempre los adobes, una especie de ladrillos secados
solamente al aire, con el efecto de que, en el clima del ambiente,
en el momento de usarse nunca están realmente secos. Su humedad
inherente, aumentada por la que siguen absorbiendo, luego evapora,
dejando la atmósfera enmohecida, especialmente característica de
los pisos bajos, de reducida ventilación. Además, los muros así
construidos son de poca resistencia, no aguantando cuadros de mayor
tamaño ni otros objetos de peso, colgando de ellos. Pisos de madera
no hay sino en los altos, siendo de adobe los de la planta baja
cubiertos estos de amplias esteras de paja, por lo general más o
menos estropeadas. Estando clavadas por su borde y, de ahí, raras
veces removidas, van acumulando toda clase de polvo y mugre,
formándose así escondrijos para pulgas y otros
bichos.
Los precios de tales habitaciones, orientados por su ubicación,
especialmente por su mayor o menor distancia del centro de la
ciudad por lo general son sensiblemente altos, pagándose por
arriendo de una casa alta de $ 120 a $ 200, por una baja de diez a
doce piezas habitables, pero pequeñas, unos $ 60 a $ 120 y por un
pequeño almacén en la Calle Real unos $ 80 mensuales, o sea precios
superiores a los acostumbrados en la mayoría de las ciudades
alemanas. Las causas están a la vista, siendo una, la pronunciada
afluencia de la población hacia el centro de la ciudad, y otra, de
más peso todavía, el alto costo de los materiales de construcción y
otros componentes, así por ejemplo de la madera, por el inmenso y
difícil trayecto de su transporte, del hierro y del vidrio plano
por la necesidad de importarlos, sea de Europa o de los Estados
Unidos, y, finalmente, de la mano de obra, la cual, debido a su
reducido rendimiento, se compara desfavorablemente con el costo de
la nuestra. Más aún se hacen notar los precios altos al adquirir el
mobiliario de la habitación. He aquí algunos en vía de ejemplo: una
mesa ordinaria sin pintar vale $ 8, una mesita taponada de $ 10 a $
12, un armario pequeño taponado $ 25, un armazón de cama muy
ordinario $ 25, una docena de las sillas sencillas aquí en uso,
forradas en cuero común, $ 18, una docena de sillas de Viena $ 120.
Platos blancos comunes de porcelana salen costando $ 5 la docena,
vasos ordinarios $ 4, un tubo de lámpara $ 0.60, un globo de
lámpara $ 2.50.
Así no es de extrañar que, a nuestro modo de ver, el moblaje de
las habitaciones colombianas a menudo deje tanto que desear,
especialmente en los dormitorios. Pues el lujo de enseres
domésticos elegantes no está al alcance de muchas familias, y aun
donde encontramos muebles acolchonados, posiblemente importados de
Europa, lo mismo que muchos espejos y figurillas, con frecuencia
las reproducciones ordinarias de pinturas al óleo que cuelgan de
las paredes revelan el gusto poco desarrollado del dueño. En
situación más favorable se halla el bogotano en relación con su
alimentación que, por lo general, está disponible al mismo nivel de
precios que en las urbes alemanas. El bogotano suele levantarse
poco después de las seis de la mañana. Luego de arreglarse
rápidamente, toma su desayuno, por lo general una taza de
chocolate. Entre las diez y las diez y media sigue el almuerzo, más
sustancial que el anterior, y después, entre las tres y las cuatro
y media de la tarde, la comida, muy parecida al almuerzo. Entre las
siete y las ocho de la noche se sirve un refresco de dulces, o sea
de frutas conservadas en almíbar, con chocolate, u hoy a veces, con
té. Las dos comidas principales suelen ser muy abundantes, siendo
cortos en variedades de platos, a pesar de la gran selección de
frutas y legumbres disponibles. Su preparación se aparta con
frecuencia de nuestros conceptos
gastronómicos.
Las horas disponibles entre desayuno y almuerzo, lo mismo que
aquellas entre este y la comida, los señores las dedican a sus
negocios, yendo a la oficina o a la calle. Su trabajo raras veces
es muy persistente y tenaz. El apuro febril, tan de usanza en los
Estados Unidos, no se conoce aquí. Todo se hace de manera
acompasada, habiendo siempre tiempo para una charla. Lentamente se
pasea por la calle, se encuentra con un amigo, intercambiando una
profusión de fórmulas de saludo. “¿Ya supiste de esto y
aquello?”. Y pronto la conversación va girando alrededor de
los negocios, de la política o de los chismes locales. Llega otro
amigo y otro más, para continuar todos charlando por horas, parados
en medio del andén, cerrándoles así despreocupadamente el paso a
los transeúntes. O se entra al almacén de algún amigo, ni pensando
en hacer una compra o en cerrar un negocio, sino simplemente para
pasarse una horita charlando. A la oportunidad no puede faltarle un
buen trago de brandy, siendo excepcional así que un hombre llegue a
la comida sin haberse tomado antes entre tres y cuatro copas.
Relativamente raras son las veces que estas visitas redundan en
alguna compra. Quienes van entrando con este propósito, por lo
general son atendidos por el empleado, a no ser que se trate de un
comerciante de provincia, con cierre de algún negocio de magnitud
en perspectiva. Por lo demás, el trabajo diario se reduce a
escribir unas pocas cartas aumentando estas un poco en número tan
solo cada seis días, con motivo del cierre del correo con destino a
Europa. Después de la comida, se pasa una hora más en el almacén,
atendido mientras tanto por un empleado. A las seis se cierra.
Entre las cinco y las siete de la tarde, tanto el altozano
—terraza amplia delante de la catedral— como el camellón
de San Diego, se hallan repletos de paseantes, hombres en su gran
mayoría. Solamente por excepción se observa a un marido acompañado
por su esposa.
Para las señoras el día comienza con la asistencia a misa. Esta
salida a misa ofrece la mejor oportunidad a los jóvenes para
entablar contacto con la señorita de su corazón. Los domingos ellos
vienen formando verdadera calle, por la cual las representantes del
bello sexo han de pasar. Aun durante la misma celebración del
servicio parece que los galanteos suelen aventajar a la devoción,
por lo menos a juzgar por algunas novelas colombianas. Durante todo
el resto del día las damas distinguidas casi nunca se ven por la
calle, así como a las jóvenes solteras, según la antigua tradición
española, les queda del todo vedada la salida a solas, dando al
efecto los jóvenes elegantes, por su parte, motivo suficiente para
perpetuar esta prohibición, por cuanto a menudo obstaculizan el
paso por el andén para molestar a las damas transeúntes con
insolentes miradas. Por cierto que la joven bogotana no siempre les
suele reprochar estas, encontrando a veces su placer en retornarlas
a su modo. Privada así de frecuentes salidas, acostumbra pasar gran
parte del día sentada en la ventana, para de este modo buscar la
oportunidad de continuar cultivando el lenguaje de los ojos. En
ninguna otra parte el uso de ventanear tiene tanta práctica como
aquí. Pronto la expresión visual es acentuada con el discreto
intercambio de diminutos mensajes escritos, prolongándose este
trato durante meses, así que, de oídas, en muchos casos los novios
no se habrán visto en ocasiones diferentes antes de contraer
promesa de matrimonio.
Muy difícil queda desde luego para el viajero tratar de formarse
un concepto sobre la vida hogareña y conyugal acostumbrada en otro
país. El bogotano suele brindarle a su esposa una exquisita
delicadeza, empezando por tratarla como su señora (patrona). Con
todo, a mi parecer, matrimonios realmente felices y equilibrados no
son tan frecuentes, así como los galanteos urdidos por mujeres
casadas tampoco son muy excepcionales. Pero aun así, no quiero
menospreciar la opinión contraria de un comerciante europeo, basada
en 25 años de vivir en Bogotá, quien a la mujer la tiene en alto
aprecio tanto como buena ama de casa como madre excelente. A mi
modo de ver, la mujer va pasando gran parte del día entregada a la
dulce ociosidad, pero ¿será que mi impresión de mero viajero me
engaña?
Para los niños los días transcurren con bastante ocio, ya que el
colegio no les demanda sino pocas horas, y siendo contados los
casos en que fuera de ellas se encuentre un muchacho o una niña
siquiera leyendo un libro. Pero ¿de dónde esperamos que les venga
la afición por la lectura, a falta casi total de ejemplo y estímulo
de parte de los padres? Tampoco los juegos alcanzan a divertir a
los niños de la clase alta, a diferencia de los indiecitos que
encuentran placer en simplemente jugar a las piedritas y otras
cosas. Aquellos parecen demasiado indolentes para gozar de
pasatiempos juguetones. En cambio, ya desde temprano empiezan a
vagar por las calles, malgastando su tiempo con galanteos. Habiendo
salido apenas de la niñez las niñas con 14 y los jóvenes con 16
años, a lo mejor ya van pensando en contraer matrimonio,
abandonándose a toda clase de fiestas
sociales.
La vida social bogotana tiene mucho en común con la nuestra o,
más todavía, con la de los pueblos romanos de Europa. Sobre todo en
contraste con la vida en tierra caliente, resulta en forma hasta
repugnante observar a los bogotanos sometiéndose a toda clase de
cumplidos exigidos por la etiqueta europea, solamente por
considerar esta como parte predominante de la civilización. Tal
como en Inglaterra, tampoco aquí es permitido al forastero ir a ver
en su habitación particular al caballero, sea para entregarle su
carta de introducción o buscar contacto por otro motivo cualquiera.
Es la oficina o negocio de este donde habrá de ir, para tan solo
después de haber recibido a su vez la contravisita en domingo por
la mañana, ir por su parte a ofrecer sus respetos a la señora. Con
este cumplimiento es recomendable esperar hasta el domingo
siguiente, ya que entre semana la dueña de la casa tardaría mucho
en recibirlo.
Tan solo en ocasiones especiales se ofrece un banquete o un
almuerzo, no dejando estos entonces nada que desear. Casi
desconocidas son aquí las invitaciones para un almuerzo sencillo,
tan tradicionales sobre todo en Inglaterra. La forma de más
aceptación para reuniones en sociedad la constituyen sin duda las
veladas bailables, orientadas hacia el mayor número posible de
asistentes como primer requisito para el éxito de la fiesta. Dicho
de paso sea, que para estas ocasiones nuestras danzas giratorias,
entre ellas sobre todo el vals, han totalmente eliminado las
antiguas danzas españolas. Con frecuencia familias amigas se
visitan en horas nocturnas al rededor de un bailecito improvisado.
A veces varias familias se ponen de acuerdo, pasando una seña
discreta a aquella que se pretende coger desprevenida con la
visita.
Al mestizo le son propias ciertas amabilidades y facilidades en
sus modales en el trato, menos expeditas en nosotros, los germanos,
que somos un tanto pesados. Tal como en todos los descendientes de
los españoles, la cortesía es la principal norma de su conducta.
Tan así es, que pasando como poco culto el defender idea opuesta en
una conversación, se llega al extremo de poner uno a la disposición
de otro su casa, su caballo, en fin, todos sus haberes. Basta que
el otro encuentre digno de su elogio cualquier objeto, para que
este fuera declarado de su propiedad. Contrario al inglés, con su
actitud reservada, aquí las personas aun de trato somero se saludan
con un estrecho abrazo y golpeándose el hombro. A muchos viajeros
alemanes les ha impresionado tanta cortesía elocuente y tanta
afabilidad aparentada. Yo, en cambio, confieso que semejante
elegancia de forma contribuyó a hacerme resaltar más la endeblez de
los mestizos, hasta el extremo de haber anhelado a menudo un poco
más de franqueza y de sinceridad. Pues raras veces la cortesía de
palabra anda pareja con la del corazón. Así, ni remotamente el
mestizo se sentiría obligado a la lealtad hacia quien hubiera sido
objeto de su afecto. Al contrario, quedaría sorprendido en sumo
grado de que el otro tomara en serio sus tantas veces repetidos
ofrecimientos y promesas. Libros prestados suelen devolverse tan
solo después de haberse reclamado varias veces. Invitaciones dejan
de contestarse del todo o se responden apenas a última hora.
Cuentas a menudo no se pagan, yendo la falta de puntualidad al
extremo de que un prominente colombiano llegó tarde a una audiencia
concedida por el Sumo Pontífice.
Esparcimientos distintos de las fiestas sociales hay pocos en
Bogotá. Muy de vez en cuando viene un conjunto de actores españoles
de teatro o de cantantes italianos, para ofrecer sus comedias u
operetas. Conciertos, presentados aquí por aficionados
exclusivamente, se dan raras veces. Tampoco los restaurantes juegan
un papel digno de mencionarse en la vida bogotana, siendo del todo
desconocida la costumbre de reunirse en amena tertulia para echar
copas. En su lugar, los jóvenes se entregan a las llamadas
parrandas, comparables a las visitas a tabernas (Bierreisen) en uso
en muchas ciudades universitarias alemanas, distinguiéndose de
estas, sin embargo, por su vivacidad todavía más turbulenta. Apenas
un cuarto de hora se demoran ante el mostrador de la tienda,
correspondiendo este más o menos al bar norteamericano, pero
faltándole mucho para alcanzar la elegancia de su arreglo y su
variedad de bebidas. Uno de los participantes paga una tanda de
brandy, el trago favorito, o también de cerveza. Luego, a veces
después de interponer una serenata, pasan a la tienda siguiente,
pagando otro la tanda, y así por el estilo. Los cachacos ricos
suelen aumentar su deleite todavía con una pequeña cena, a menudo
con asistencia de acompañantes femeninas. Aquí no puedo pasar por
alto la costumbre de la mayoría de los colombianos jóvenes, de
apartarse con frecuencia de la senda de la virtud, siendo las
relaciones con la favorita muy generalizadas. Muchos de los
caballeros de mayor edad se hallan entregados a los juegos, entre
ellos el tresillo como el predilecto, muy parecido al
“hombre”, y, como este, no tan inocente al hacer juego
fuerte, como es de costumbre, con el resultado no tan excepcional
de cambiar de manos el equivalente de 3.000 marcos en una
noche.
Los domingos entre las tres y las cuatro de la tarde la banda
militar acostumbra ofrecer un concierto gratis, de ejecución
bastante buena, en la plaza de Santander, que entonces se
constituye en el lugar de cita de todo el mundo elegante. Paseos de
mayor extensión o excursiones, raras veces se emprenden, así que la
gran mayoría de los bogotanos y las bogotanas nunca han buscado la
oportunidad de echar un vistazo a su ciudad y a la sabana desde lo
alto de las capillas de Monserrate y Guadalupe. A lo mejor suelen
salir en bus al cercano Chapinero de vez en cuando para gozar de un
«picnic» en el restaurante del lugar. Para muchos hombres la
gallera es una atracción tal que allí pasan toda la tarde. Es la
arena para riña de gallos, situada en una casa suburbana. A
nosotros nos extraña la constancia y hasta la pasión que
caracteriza a los visitantes siguiendo la lucha encarnizada de los
pobres animales, así que a mí me causaba tanta repugnancia el
espectáculo que pronto lo abandoné. Corridas de toros ahora se dan
con poca frecuencia en Bogotá, no ofreciendo ellas tampoco los
rasgos sangrientos en extremo inherentes a los de la madre patria o
del Perú. Además, parece que la propia corrida ha venido cediendo
gran parte de su interés para el público en favor de la ocasión
para exhibir este su vestimenta.
La fiesta de Pentecostés pasa indiferente en la vida bogotana a
diferencia de la costumbre nuestra de aprovecharla para pasar al
aire libre y admirar el despertar de la naturaleza. Aquí, los meses
de mayor belleza natural, por lo tanto preferidos para viajar, son
diciembre y enero, es decir, cuando el sol llega a su menor altura.
Pero el interés de moverse de lugar a lugar para absorber siempre
nuevas impresiones es algo extraño a los colombianos. La naturaleza
no les inspira mayor entusiasmo, imponiéndoles viajes, en cambio,
molestias y sacrificios en medida tal, que el aspecto de gozo se
les va trocando en la sensación de un mal necesario. Así las cosas,
los viajes a la colombiana se asemejan más bien a lo que para
nosotros son temporadas de playa, sustituyéndose los aquí
desconocidos cambios de temperatura estacionales por los de lugar.
Para tal fin los veraneantes van por algunas semanas a un sitio, lo
más cercano posible, pero ya de clima más caliente, para gozar los
días haciendo paseos a caballo en común, en combinación con
«picnics» y baños en el río y dedicar las noches a la charla, al
baile o al juego.
Por lo visto, guardadas proporciones y posibilidades, todo tiene
cierto parecido con la vida en un balneario europeo, exceptuando el
número de los veraneantes, mucho más reducido aquí, lo mismo que el
hecho de que, a falta del casino (Kurhaus), la vida social va
realizándose en las casas particulares.
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De gran importancia en la vida de los bogotanos acaudalados es
un viaje a Europa o a los Estados Unidos. No es la madre patria la
que en Europa se visita de preferencia, así como tampoco Inglaterra
atrae mayormente a los visitantes y Alemania menos todavía. En
cambio, París es el sueño de todos los criollos. Allá se envía al
joven para completar sus estudios, lo mismo que allá van el
hacendado y el comerciante con fortunas acumuladas, para gozar de
la vida. Al igual que la visita a la capital para un habitante de
pueblo, una estadía en París será para el bogotano el mejor y más
duradero recuerdo para saborear después del retorno a la vida
monótona de su ciudad natal.