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EN EL FERROCARRIL DE GIRARDOT

 Girardot, marzo 11 de 1917

    Voy a anotar algunas observaciones que ha hecho en este rápido viaje sobre el. ferrocarril de Girardot, de las cuales no son pocas las que pueden aplicarse también al de la Sabana, pero muy especialmente se refieren a aquél. Algunas de esas observaciones son sobre irregularidades que deberían y podrían corregirse con un poco de energía y sin miedo a sultecitos que lleva a la prensa cualquiera que experimenta la menor contrariedad porque se le hacen cumplir los reglamentos.

    En ningún otro tren del país o del Extranjero por donde he viajado, se permite a los pasajeros llevar en los carros destinados a ellos grandes  vasijas que no puedan colocarse debajo de los asientos o en las canastillas, y mucho menos objetos extraños a aquellos que es común que lleven a la mano los pasajeros, Aquí no sucede así : pasajeros hay que llevan grandes maletas, cajas o atados muy voluminosos, canastos con frutas, tiestos con matas, mulas con pájaros, etc., y a veces un abundante equipaje completo. Y todo eso lo acomodan sobre los asientos o en los pasillos, sin que los conductores hagan la menor observación, por muy grave que sea la incomodidad que se cause. Hasta hace poco se hacía una excepción odiosa con los pasajeros de tercera, a quienes no se permitía llevar ni un diminuto atado con una muda de ropa o algunas escasas provisiones para un almuerzo.

     A pesar de ser estos ferrocarriles los más frecuentados por extranjeros y gentes de valía que vienen a la capital de la República, y por muchas señoras que viajan en los carros, aun en los de primera, se permite fumar a todo el mundo; y también llama la atención el que los conductores, freneros, etc., no vayan uniformados, ,o siquiera divisados de cualquier modo.

     El ferrocarril de Girardot viene parándose cada momento, de Zipacon para acá, como si fuera un tranvía, al frente de toda casa de propiedad de persona rica o de influencias de Bogotá, con grave perjuicio para los viajaros y considerable aumento del gasto, eso para recibir o dejar pasajeros, encomiendas o cartas, y por complacencias indebidas con aquellos individuos o porque con ellos se contrajo el compromiso de proceder en esa forma cuando convinieron, mediante indemnización pecuniaria, en permitir que se aumentara muchísimo el valor de sus tierras con el paso del ferrocarril por ellas.

     Los conductores casi nunca cumplen la disposición reglamentaria de avisar a los pasajeros de cada carro el nombre de la estación a que va a llegar el tren, y por eso son frecuentes equivocaciones perjudiciales en personas que hacen el viaje por primera vez.  Al pasar el túnel nunca se cierran las ventanas de los carros, de  manera que con frecuencia se llenan éstos de humo, que causa graves  molestias a señoras y niños.

      En este ferrocarril de Girardot, cuya tarifa de fletes no es baja,  comparada con las de otros, pero sí mucho si se tienen en cuenta las incomodidades y el costo de los antiguos viajes por tierra, se aforan muy  acertadamente las monturas como equipajes, y no como en los del Norte  y del Pacífico, donde sólo se cobra diez centavos por cada montura,  sean cuales fueren su peso y la distancia que recorran, y aunque en el  mismo saco que las contenga vayan otros muchos objetos extraños. Si con esto se favoreciera a la gente pobre, pase ; pero montura no cargan  sino personas acomodadas.

      Y ya que de aforos hablo, es bueno hacer la observación de que en  el ferrocarril de Girardot no se aforan los objetos de muy poco peso y  gran volumen, como ollas de barro (hasta de tamaño heroico), canastas  de paja, mesas, estantes, etc., ubicándolos, sino por su peso ; y como sobre esos objetos no pueden colocarse otros porque los destruirían, sucede que un vagón lleno de ellos paga menos de la centésima parte de  lo que produciría lleno con carga ordinaria.

      El tren en que yo venía traía des carros para cada una de las tres clases de pasajeros, y éstos eran tan escasos, a pesar de que ya se suprimieron el tren del domingo y el de recreo, que podrían haberse acomodado holgadamente en un carro los de cada categoría. Lo propio sucedía con el tren que subía, y con el cual nos cruzamos en La Esperanza. 

     Ya está terminado el hotel de Cachipay (debiera ser Chaquipay, que es el nombre quichua). Este lugar de veraneo, de temperatura suave y muy buen clima, podría ser un gran recurso para las familiar no ricas de Bogotá que tienen que salir al campo, porque para allí no se necesitan vestidos especiales, como en lugares más cálidos-que es lo más costoso en esas salidas;-pero me informaron que empiezan a echarlos perder aquellas familias amigas de hacer ostentación y que para salir en diciembre, aun a Serrezuela, se creen obligadas a estrenar cada día vestidos de verano, como en tierras cálidas, y a promover parrandas muy costosas.

     Aquí se signe en algo la práctica, tan común en otras empresas, de hacer uso de herramienta de trabajo ya bastante gastada, en el camino, con el pretexto de hacer economías, como si no fuera mucho más económico reponerla o afilaría con frecuencia, puesto que eso representa un valor mucho menor que el que se pierde en desgaste de fuerzas del obrero y en falta, de rendimiento de su trabajo.

     En el tranvía de Bogotá están constantemente desbaratando los asfaltados y adoquinados de las calles para reemplazar los polines podridos por otros de madera de mala calidad, como eucaliptos, para repetir la operación a los pocos años. Uno de éstos cuesta de $ 0-40 a $ 0-45, y no dura más de tres años, mientras que uno de guayacán, que dura de doce a veinte años, sólo cuesta $ 1-40. Por este solo cálculo se ve cuánta economía hay en preferir las buenas maderas, y eso sin contar el valor de la obra de mano en los constantes cambios y en las reparaciones de la vía y el de, los perjuicios que sufre el material rodante. Algo  parecido sucede en este ferrocarril, donde en lugar de guayacán, que cuesta acá $ 1, se emplean traviesas de donde o cumula, que valen a $ 0-80.

     De guayacán hay todavía bastantes de tas que puso el señor Cisneros en la parte baja de esta vía. En ella se están construyendo varios muros de contención, muy sólidos y costosos, para defender la vía de derrumbamientos y de invasiones de los ríos Bogotá y Apulo.

     En general, en la vía y en las estaciones se están realizando mejoras de mucha trascendencia, particularmente en la de Girardot,

     El edificio de la estación, hasta hace poco tan incómodo e irregular, ha sido ensanchado de manera conveniente, y se le han hecho buenos baños y reservados para las diferentes categorías de empleados. Su almacenes, que es un gran edificio de dos pisos, con muy buena estantería, tiene en la parte baja, perfectamente clasificados y ordenados, todos los materiales y repuestos, y en la parte alta los útiles de escritorio, todo en el orden más recomendable. Pero hace falta, muchísima, para el buen orden en el servicio, y como medida de justicia, una casa de habitación para los empleados, como las tiene el ferrocarril del Pacífico en Cali Allí debe darse alojamiento a todos aquellos empleados, como conductores de trenes, maquinistas, fogoneros y freneros, que por el carácter de su oficio no pueden tener residencia fija, y a quienes en un momento dado, de día y por la noche, pueden necesitarse y deben encontrarse listo.

     Un maquinista entre Girardot y La Esperanza gana $ 60  mensuales, y entre este último punto y Facatativá, $ 80 ; un fogonero, $ 30, y un ayudante del fogonero, $ 18; un conductor de tren, $ 60. Todos ellos con obligación de trabajar cuando se les necesite, los días de fiesta y por la noche, sin aumento de la paga. Como se ve, esos delicados servicios están mal remunerados.

     Pero ninguno tanto como los de los freneros, a quienes se obliga a trabajar día y noche, a la intemperie, expuestos a las consecuencias de las fuertes transiciones de las orillas del Magdalena a los páramos de la Sabana por $ 0-53 diarios. En estas condiciones, el personal no puedo ser muy bueno.

     En el ferrocarril del Pacífico, donde las transiciones son menos violentas y de menor duración, un frenero gana en las horas del día ordinario $ 0-60, y si el trabajo es en uno festivo o por la noche, se les paga en la misma proporción, más un 50 por 100.

     En la bodega encontré machos objetos de todas clases que no han sido reclamados en ella por sus dueños o que han quedado olvidados en  los carros de los trenes. Debería publicarse en los periódicos o en carteles fijados en las puertas las listas de estos objetos, y rematarse o cederse a una obra de beneficencia, sí no son reclamados en determinado tiempo.

     Las exageraciones de la prensa sobre la paralización del servicio del ferrocarril, por el mal estado de las locomotoras y no se qué otras causas, hicieron que las negociantes en sal del Tolima, Huila, Antioquia, Caldas, etc., hicieran pedidos exageradamente considerables del  artículo, y a pesar de esta aglomeración de carga, en las bodegas no hay demorada más que la que los dueños no han podido retirar por falta de elementos de transporte al lugar de su destino.

     Quien viaje por los ferrocarriles del país puede observar que sólo el 5 o 6 por 100 de los pasajeros lleva equipaje, y como todos ellos tienen derecho a que se le transporte cierto número de kilogramos gratuitamente, y el exceso de esa cantidad hay que pagarlo al precio de la mercancías común mas alta de la tarifa resulta que casi nunca el valor de ese exceso entra en las cajas del ferrocarril, porque hay una nube de corredores de andén que andan persiguiendo a los pasajeros que tienen equipaje para ofrecerles hacerlo remesar, mediante una pequeña rebaja del valor, sirviéndose de los tiquetes de 1, 2 o 3 clases, que toman alquilados a ínfimo precio a pasajeros que no tienen equipaje. Este fraude (que por cierto no es punible, porque todo tiquete, sea de quien fuere, tiene derecho a cierto transporte libre) puede y debería corregirse suprimiendo esa franquicia y disminuyendo en la parte proporcional el valor del tiquete. Así el beneficio sería para las empresas y para todos los pasajeros en general, mientras que ahora, sólo es para unos pocos explotadores de los andenes. Así también se evitarían infinidad de fraudes que se verifican haciendo pasar como equipajes, empacados en baúles o petacas, artículos de comercio de las clases mas elevadas y en ocasiones aun de prohibido transporte.

     En fin, me complació encontrar que la estación, de la cual es Jefe don Mateo Franco, marcha con mucha regularidad.

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