DE LEIVA A CHIQUINQUIRA
Chiquinquirá, febrero 18 de 1917
Oí a las seis misa, escasísimamente concurrida, en la
parroquial, y salí de Ley Leiva las siete, trayendo el equipaje en
una burrita. Me acompañó hasta su hacienda, media hora más acá, don
Simón Solórzano, desviándonos un poco del camino para mostrarme las
columnas de piedra que algunos creen que dejaron abandonadas los
indios en Monquirá (no hay que confundirlo con Moniquirá), y que
literatos amigos de convertir en romances los hechos más notables
de la historia, dicen que estaban destinadas a la construcción de
algún templo o palacio de los Zaques. Son bastantes y grandes, a
medio labrar unas, y otras en bruto, al natural, y no son pocas las
que tienen una muesca en uno de los extremos como para amarrarlas
con cuerdas y poder arrastrarlas, lo cual no podría hacerse sino
con muchas yuntas de bueyes o centenares de brazos humanos. Si se
considera que los indios de este valle y sus vecinos no tenían
caseríos, ni adoratorios, ni régulos en Tunja y Sogamoso, y que
estos dos lugares están a mucha distancia de Leiva y separados por
altas cordilleras por donde no había caminos, se comprende que
aquello no es más que una invención. Además, nuestros indios no
tenían edificios de piedra, y cerca de Tunja y Sogamoso, a poca
distancia, en las laderas de las colinas, abundan las canteras de
piedra de labor y bloques de todas formas. Inmediatamente formé el
concepto de que aquellas piedras fueron preparadas por gentes ricas
de la Colonia para templos o casas particulares, en las cuales eran
muy empleadas.
A muy corta distancia de la prominencia del terreno donde
yacen las columnas, y casi ocultas entre árboles de muelle y
dividivi (éste tan abundante casi como en La Goajira), tropecé con
unas minas que me dejaron embelesado, y de las cuales no me había
hablado el guía, ni recuerdo haber visto nada escrito. Son las de
una iglesia, no chica, y de una casa. De aquélla se conservan los
muros de todo su cuerpo a la primitiva altura, sin techos, puertas
ni ventanas, y la portada y torre, que son muy graciosas, pues el
lugar que debieron ocupar dos campanas bajas, que conservan aún los
palos en que estuvieron suspendidas, está separado por una bonita y
delgada columna de piedra bien labrada, y más alta, entre dos
columnitas todavía más delgadas, del lugar que ocupó otra campana.
El atrio, que es empedrado con guijarros, se conserva bien, pero se
nota que en otro tiempo tuvo columnas que lo limitaban. Lo que fue
casa conserva un gran balcón, muy deteriorado, una parte del techo
y una maciza columna de una sola pieza, que debió sostener el
claustro alto del patio interior. No hay puertas ni ventanas, y por
lo que debió ser un salón bajo entré a caballo, haciendo levantar
los ganados que allí descansaban. Los muros de estos edificios y de
lo que fue el patio se conservan perfectamente, a nivel y plomada,
sin que se les note una irregularidad en la rectitud de son líneas,
y están fabricados con lajas muy chicas, al natural, que un tienen
la menor señal de haber sido labradas, rectangulares, en forma de
adobes más o menos chicos, puestas unas sobre otras para formar el
muro sin haberse empleado para nada argamasa. De los muros que
cercaban el solar, que eran más bajos, de la misma clase de
construcción, se ve que han tomado algunas piedras para fabricar
paredes que sostienen miserables de paja de ranchos vecinos, para
no tomarse el trabajo de hacer bahareques.
Quizá los dueños de la hacienda en que están estas ruinas
pensaron en traer allí aquellos bloques de piedra para labrar
columnas para esta casa y su capilla, y a pesar de la poca
distancia y del declive del terreno, desistieron de su propósitos
cuando encontraron el yacimiento de las lajas, de más económico y
fácil manejo para hacer la edificación, no he hallado quién me
informe sobre si la hacienda de Monquirá fue de una comunidad
religiosa o de algún rico español que dispusieran de muchos indios
para emprender semejantes., obras, Después de la ornamentación de
la capilla de Nuestra Señora, del Rosario, de Tunja, esto es lo
que más mes ha llamado la atención en esta correría.
En la misma hacienda encontré de 300 a 500 olivos, de uno
cinco años de edad, que empiezan fructificar. Provincia de
semillas de los que sembró el ilustre huésped español don José
María Gutiérrez de Alba, y parece que es la única arboleda que se
ha hecho después de que él nos abandonó, dejando algo como 5,000
matas que hoy se benefician para hacer aceite de excelente calidad.
y preparar aceitunas. Las semillas de que se sirvió el señor
Gutiérrez de Alba las recogió de unos pocos árboles que sembraron
los españoles y de los cuales vi algunos ejemplares en el
camino.
Es muy poco quebrada la vía que algún a Suta (Satamarchán),
adonde llegué a las nueve, habiendo encontrado poca gante que
fuera a misa a esta población y a Leiva. El caserío de Suta es muy
diminuto: se reduce a unas cuantas casas de particulares, la cural
y la Iglesia, que casi todas están viejas y en el marco de la
plaza. Está recostado al pico de una alta serranía que lo domina
por el Occidente, y en la cual se ven bastantes ranchos
diseminados de indios. Por allí va el camino, un poco empinado,
que se hace en una hora hasta ascender a la cima. En la parte más
alta se encuentran bastantes robles robustos, de los cuales estuvo
poblada esa montaña en todas las cercanas que he atravesado se ve
que hubo buena vegetación, pero la destruyeron para aprovecharla
como combustible y hacer sementeras, y después la acción del sol y
de las aguas lluvias arrastró a los valles la capa vegetal para
formar fértiles explanadas; las fuentes que había se secaron.
En la cuesta vi, cerca de una casa de teja, algunos
eucaliptos bastante desarrollados pregunté al dueño porqué no
sembraba más, y me contestó que porque ese árbol tiene la
propiedad de secar la tierra; y sin embargo, el único punto que
había por allí en que se viera frescura y humedad era el sombreado
por esos árboles,
Y ya que de vegetación habló, recuerdo la observación que
hice: Lo que llamamos tía Antioquia encañado y en Cundinamarca
enchuscado de los techos de las casas y de sus pisos altos, se hace
en Leiva y sus cercanías con palma abierta en la forma que en el
Cauca usan la la guadua con el mismo objeto. Esas planchas o
tablas de palma son de grandísima duración, pues en las casas más
antiguas de la Villa las encontré en perfecto estado de
conservación. No son de la misma palma que es tan abundante en el
Quindío, porque ésta es de poca duración. En estas regiones ni en
las cercanas hay un solo ejemplar de palma de clase alguna. Quizá
en tiempos remotos hubo bosques de ellas y las destruyeron por
completo, hasta las semillas, con las quemas para preparar el
terreno para sementeras.
Del espinazo de la sierra se desciende en suave declive por
entre campos más poblados y cultivados, que van mejorando hasta
llegar al extenso valle de Chiquinquirá, donde ya son sumamente
feraces, tal vez más que los de la Sabana de Bogotá, pero tienen
exceso de humedad.
Desde Suta empecé a encontrar numerosas partidas de gentes
de toda posición y condiciones que venían en peregrinación al
santuario de Nuestra Señora de Chiquinquirá, provistas de tiples y
bandolas, porque los romeros del pueblo creen que es indispensable
llevar instrumentos músicos y aun ir cantando por caminos y calles
para que sus oraciones sean oídas. Los más pobres recogen leña por
el camino y la traen a la espalda para preparar los alimentos
durante su permanencia en Chiquinquirá.
A las doce y media llegué aquí y me alojé en el hotel del
señor Forero, sorprendido de no encontrarlo ni medianamente a la
altura de lo que debiera ser en una población de tanto movimiento
como es ésta.