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     La del Carmen, que es un oasis en este desierto, de elegantes aspecto  y puesta lateral, situada una cuadra al Norte de la plaza, tiene  A un lado una plaza y al otro el convento de la orden, que es edificio bajo y antiguo y no muy grande, donde se alojan veintitrés carmelitas. Al frente y de la propiedad de la misma comunidad, hay un edificio de Dos pisos  regularmente grande, donde viven tres religiosos carmelitas descalzos y con ellos está como postulante el conocido y notable transformistas a chileno Fridolli, a quien reconocí al verlo. La iglesia tiene una sola nave, dedicada a Nuestra Señora de Chiquinquirá, y una capilla casi tan amplia como el cuerpo principal de la de Nuestra Señora del Carmen, a cuyo frente está la puerta lateral. Se comprende que esta capilla fue primitivamente la iglesia de la orden, y que más tarde construyeron el otro cuerpo de la iglesia. Los altares son modernos y sencillos,  y hay pocos cuadros y estatuas. Todo allí es aseado e inspira devoción.

     También al Norte, y un poco más retirada, está la iglesia de San Agustín con su convento al lado, que ocupan el frente oriental de la plaza. El frontis, infeliz, y el interior de la iglesia, corto y ancho, sin embovedar. El altar, moderno, y toda su ornamentación apenas hacen juego con lo demás. En el convento, que no es grande pero sí muy antiguo,  de un solo piso y de techos bajísimos, está establecida hace unos veinticinco años una comunidad de ocho terciarías que sostienen colegio de niñas, una de las religiosas me mostró en la iglesia una pila chica, de piedra diciéndome que en ella fue bautizado Ricaurte. A pesar de haber nacido allí cerca, parece más natural que hubiera sido bautizado  en la parroquial.

     En la plaza, que hoy se llama de Ricaurte, hay algo a modo de jardín cercado con verja por un solo lado y por los otros tres con alambre de púas, en el centro está el busto de mármol del celebrado héroe en no feo pedestal.

    Otro de los casi únicos edificios que quedan en esta plaza son los restos de la casa en que nació Ricaurte, que es baja, muy antigua, compuesta de dos piezas chicas y con cocina adyacente. Allí no hay mobiliario ni más señales de vida que escasas y pobres muestras de objetos de talabartería, sin herramienta ni materia prima. Si el Gobierno no dicta alguna providencia, antes de diez años no quedará de esta histórica  casa más que el lote con los cimientos y la flamante lápida que mandó poner en el muro.

     A media cuadra hacia el oriente de la plaza principal se halla una casa muy vieja de gran balcón, con infeliz interior, que tiene portada de palacio, con un bello escudo perfectamente conservado, en el cual se ven dos leones rampantes, dos castillos y una granada. Aquí se la llama la Casa de la Fábrica, dizque porque en ella hubo en tiempos remotos una de aguardiente, en propiedad del Municipio y hay en ella una escuela pública. ¿Sería casa de algún rico de la colonia u oficinas públicas de su Gobierno ? No encontré quien me diera dato sobre esto, y nada se dice el escudo, porque no entiendo de heráldica. Bien puede ser él concedido a Leiva cuando se le erigió en villa.

    La casa baja, de un solo piso, en que murió el célebre precursor Nariño, a una cuadra al sur de la plaza, no conserva de lo antiguo más que el portón, el amplio zaguán empedrado, y recostada a un lado de éste la puerta de lo que fue trasporton, la cual se reemplazó con una moderna. Las antiguas ventanas, que debieran ser de hierro, como era costumbre general en las principales casas, se cambiaron por balconcitos embebidos. De aquellas sólidas y a veces artísticas ventanas no he encontrado en las poblaciones visitadas ni siquiera la muestra; probablemente  tas destruyeron para utilizar el material en herraduras y clavos.

     Arriba, hacia el Oriente, a algunas cuadras de distancia, se alcanzan a ver todavía los restos de las minas de lo que fue convento de San  Juan de Dios, y tal vez iglesia. Por allí no hay ya ni una sola habitación, pero sí señales de que hubo muchas; y están bien demarcadas las calles y las manzanas. En otras calles se encuentran casas ruinosas, su habitar, y que pronto irán al suelo por el abandono; las habitadas tienen  por lo general grandes solares provenientes de lo que fue el asiento de otras.

     Lo que fue casa en que se reunió el primer Congreso de la Patria, en octubre de 1812, está, o, casi mejor dicho, estaba en el ángulo nordeste de la plaza. De ella no queda más que un salón alto, de buenas dimensiones, donde celebraron sus sesiones once Diputados que concurrieron a la inauguración del Congreso, la cual fue en la iglesia parroquial el 4 del mes dicho. El acta de inauguración dice que desde los balcones de la casa se dio al pueblo noticia de las elecciones de dignatarios; y de esos balcones no quedan ya ni las señales, fuera del hueco de lo que fue el diminuto balcón esquinero, embebido, con su columnita  de piedra de una pieza. Del resto del edificio se ven apenas los cimientos en lo que hoy es un gran solar  en frente a dos calles. No hay siquiera restes que indiquen por dónde fueron la puerta de entrada y la escalera para subir al salón de sesiones. De cualquier modo ascendí a él y encontré que está abandonado, su piso roto hasta el extremo de que me molestó el humo que salía de las tenduchas del piso bajo, en las cuales cocinan para los concurrentes a la feria. ¡A qué terribles y desconsoladoras reflexiones se presta esto!

     De orden del Presidente de la Real Audiencia y Gobernador General del Nuevo Reino de Granada, doctor Venero de Leiva, quien la impartió hallándose en Tunja, se fundó la población de Leiva el 12 de junio de 1572, por el Capitán Hernán Suárez. de Villalobos, Teniente de Gobernador, Corregidor y Justicia Mayor de las ciudades de Tunja y Vélez, acompañado de Regidores y de otras autoridades de Tunja, y se le puso el nombre de Nuestra Señora de Santa María de Leiva. El lugar escogido para la fundación fue el valle conocido entonces con el nombre de Zaquenzipa.

     El Presidente aprobó y confirmó la fundación de la Villa desde Bogotá, el 31 de julio siguiente. Como entonces se hizo distribución de solares, huertas y tierras en el valle de Zaquenzipa, Moniquirá, Sáchica y Suta, y contra esto elevaron reclamaciones algunos vecinos de Tunja y de la nueva población, para corregir las irregularidades en que se hubiera incurrido y dejar satisfechos a todos, el Contador de Su Majestad y nuevo Corregidor, Justicia Mayor y Juez de Residencia de las ciudades de Tunja, Vélez, Pamplona y Río de Oro, Juan de Otálora, se trasladó a Leiva, por comisión del Presidente de la Audiencia, y declaró el 14 de diciembre de 1572, en nombre del Rey y del Presidente, bien fundada la Villa en el lugar en que se fundó y de ningún valor los repartimientos de solares, huertas y tierras, y procedió a hacer nuevas adjudicaciones. El 19 del mismo mes señalo una grande extensión de tierra, para ejidos del nuevo poblado. El Presidente Venero de Leiva aprobó y confirmó el 29 de diciembre siguiente todo lo hecho por el Contador Otálora. Este funcionario ordenó el 29 de enero de 1573 que se reuniera el Cabildo en Concejo abierto con los vecinos y que dispusieran los término en que cada uno de ellos debía ayudar a la mayor brevedad a la edificación de la iglesia.

     Según el acta respectiva, la Villa de Leiva fue fondada el 12 de junio da 1.572 con el nombre de Nuestra Señora Santa María de Leiva por el Presidente de la Real Audiencia don Andrés Venero, de Leiva y por el Gobernador, el Alcalde Ordinario y no Regidor de Tunja, con asistencia del Escribano final de la misma ciudad; en seguida se distribuyeron los solares para edificar y se adjudicaron terrenos para ejidos. El 21 de diciembre del mismo año se colocó solemnemente en la plaza la picota para que allí "fueron ejecutados y castigados los delitos y pecados públicos." Venero de Leiva vino de Bogotá el 12 de febrero de 1564, y aquí mandó abrir caminos e hizo traer los primeros pollinos para que los indios no tuvieran que cargar.

     El historiador Quijano Otero dice que Leiva fue fundado en 1572 por Juan de Otálora, y algún otro historiador, que la fundación fue en la  fecha que dejo anotada, por Francisco Jiménez de Villalobos.

     El Arzobispo don Bernardillo de Almanea enfermó en Tunja cuando andaba en visita pastoral, se le trajo a Leiva para ver si se reponía, y murió aquí el 27 de septiembre de 1633.

     Al Presidente de la Real Audiencia don Juan Fernández de Córdoba y Coalla, posesionado en 1645, debieron las monjas del Carmen  de Leiva la reedificación de un convento, que hacía años se había levantado y ya estaba arruinado.

     El Presidente de la misma Audiencia, don Diego de Egües y Beanmont, Marqués de Santiago, estuvo confinado aquí muchos años por el  Visitador Real. Su sucesor, don Diego de Villalba, también estuvo confinado en Leiva en 1671.

     A principios de 1812 Leiva se declaró separado de Tunja para apoyar a los centralistas de Cundinamarca. A causa de esas disensiones  entre federalistas y centralistas el Gobierno de aquellos, radicado en Tunja, convino, en agosto de aquel año, que el Congreso se reuniera en  Leiva, y aquí se instaló el 4 de octubre siguiente, El Congreso se traslado a Tunja en noviembre, y después de la toma de Bogotá por las fuerzas federalistas, a la capital.

     El 24 de abril de 181.6 fue fusilado aquí el patriota don Joaquín Umaña, por las fuerzas de Calzada; el 26 de octubre siguiente Juan B.  Gómez, y ahorcado Manuel José Sánchez, y al día siguiente fusilado Joaquín Viana.

    El General Rafael Urdaneta, por Decreto de 13 de enero de 1831 convocó a los Diputados de los Departamentos que habían reconocido en Gobierno para que se reunieran en Convención en Leiva el 15 de junio de ese año, pero la reunión no se efectuó.

    EI Ilustrísimo señor don Domingo Riaño, Obispo que fue de Antioquia, estuvo de Cura de Leiva.

    La Villa tenía 3,045 habitantes en 1870; Chíquisa, 1,615: Sutamarchán, 3,915; Sora, 2,013, y Sáchica, 1,154.

    En abril de 1816 fue fusilado aquí el doctor Joaquín Umaña.

    Tan desierto consideran a Leiva los visitantes, que algunos, al parecer de la clase de artesanos venidos de Chiquinquirá, estuvieron esta tarde recorriendo la población, tocando tiples y bandolas, cantando descompasadamente y dando gritos de vivas a Nariño a Ricaurte. Entraban a las tiendas de la plaza a tomar licor y cantar; y los principales pueblo parece que los miraban con admiración y agrado y grado como si se tratara de una escena del tiempo de regocijos populares.

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