TUNJA
Tunja, febrero 13 de 1917
Llegué a Tunja a las seis y media y me alojé en la Pensión
Boyacense, hotel bastante bueno, de buen servicio de comida y
camas, pero con un reservado, en seco naturalmente porque aquí no
tienen agua las casas, de lo más antiguo, incómodo y aun peligroso
que he visto. El hotel está instalado en una grande y antigua casa
alta, en la esquina, a una cuadra de la plaza principal, y tiene un
amplio corredor alto, como los de las calles de climas cálidos, con
diez bellísimas columnas de piedra muy bien labradas, de una sola
pieza, lo cual revela que ésta fue habitación de algún potentado de
la época colonial.
Tunja me ha cansado una impresión semejante a la que recibí
la primera vez que fui a Popayán; pero Tunja tiene una área más
extensa, algo de mayor movimiento comercial y mayor número de casas
grandes y de aspecto antiguo, mientras que Popayán tiene más Nobles
aires de ciudad.
Hay en este Departamento muchos billetes de cincuenta y
cien pesos papel moneda, de los de vieja emisión que con mucha
dificultad circulan en las pequeñas transacciones, lo cual causa
gravísimo perjuicio a los tenedores de ese papel; y si no se dictan
providencias para facilitar su cambio, al cabo se desacreditarán
también entre el pueblo los de nueva emisión, sobre los cuales
prefieren ya las monedas de plata y de níquel, a pesar de las
constantes noticias de falsificaciones descubiertas que publica la
prensa.
En parte alguna de la población he visto u oído nada que se
relacione con preparativos para celebrar el centenario de la
batalla Boyacá, que ya se aproxima. Parece que esto se debe a que
el Gobierno no ha suministrado al Departamento los fondos que con
tal objeto apropió el Congreso, y por eso se le hacen cargos que
tal vez no carecen de justicia. Para erigir un monumento digno del
hecho que se conmemorará y a es angustioso el tiempo; de manera que
cuando llegue la hora nos limitaremos a músicas, y, sobre todo, a
discursos y comisionados que Comprarán las Cámaras, el Ejecutivo,
las Asambleas, los Gobernadores, las Academias, etc., bien
remunerados y costeados con fondos públicos, quizá con la misma
partida apropiada por el Congreso.
Hace como dos años porque en la Academia de Historia, y no
se me atendió, y más tarde indiqué, con el mismo resultados, a
Disputados al Congreso, que se hiciera expedir una ley por la cual
s disponga que se trajo un monumento para conmemorar la batalla
decisiva de la independencia, construido con una piedra de cada uno
de los lugares de la actual Colombia en que hubo combates durante
esa guerra. Las piedras, de un peso aproximado de una arroba,
deberían ser de determinada forma apropiarán para la edificación,
escogidas por las autoridades del Municipio respectivo en que se
dio la batalla, transportadas por los correos-lo cual no es muy
costoso,-labradas en una solo de sus curas en el lugar escogido
para el monumento, y con sólo la inscripción en esa cara, del lugar
y la fecha del combate, esto es algo por el estilo del arco de
triunfo en la, Plaza da la Estrella de París, nuevo en la América
Latina, y un texto vivo, imperecedera enseñanza, de la historia
patria en su época más gloriosa. Ya para esto también es tarde.
La ciudad de Tunja tiene alumbrado eléctrico. La calle de
entrada por el Sur y otras pocas son llanas, y las demás muy
quebradas; dos cuadras de las que parten de la plaza hacia
Occidente están asfaltadas. Las demás son macadamizadas u
empedradas.
Su materia de provisión de agua sólo Guateque puede
compararse con Tunja en escasees. Unas sedientas piláis públicas
que hay no alcanzan a llenar las necesidades de la población, la
cual tiene que acudir a un manantial que dista como una milla, a
traerla en burros o a espaldas. Mucho había oído ponderar el
Panóptico de Tunja como el mejor de la República. En todo, menos en
su segundad, pues aquí son más altas las tapias que lo cercan, me
pareció inferior al de Bogotá; pero hay que reconocer y aplaudir el
esfuerzo que hace su actual Director por levantarlo al nivel de la
fama que tiene, y estoy seguro de que conseguiría esto si se le
facilitaran los recursos necesarios. Las celdas son estrechas y muy
incómodas, los pasadizos oscuros, y, lo que es más extraño,
se carece de agua corriente, la cual tienen que traer los presos en
barriles desde La Fuente, como a una milla de distancia; y, por
supuesto los excusados en seco. En tiempo de la Colonia, en l602,
cuando este edificación era la iglesia y el convento de agustinos,
había agua en él y en la plaza frontera, que hoy es Parque Próspero
Pinzón con buena verja, en una, pila para servicio dé los vecinos.
En lo que debió ser atrio de la iglesia se construyó un tramo para
oficina de los empleados, y la antigua torre se conserva
sobresaliente del techo.
Hay allí talleres de fundición, de herrería, de
carpintería, zapatería y talabartería, y se fabrican telas de
algodón y de cabuya. La fabricación de alfombras de este textil, de
muy buena calidad se hace en grande, y todos aun productos tienen
excelente mercado en Bogotá, donde los compra todos el señor
Holmann. Se trabajan algo el cuerno y la piedra de cantería. Me
mostraron algunas obras finas de diferentes industrias ; pero para
todo se carece de la maquinaria y herramienta necesarias.
Los sentenciados de esta prisión son 184, y 115 los
enjuiciados o detenidos que no tienen uniforme. A pesar de las
incomodidades y demás defectos del edificio y de la carencia de
elementos, la disciplina es muy regalar, y la gasto ver el orden
que allí reina. Dos empleados subalternos, pues el Director se
hallaba ausente, me aseguraron W a los presos se les entrega
inmediatamente el valor de las obras que hacen, después de deducir
el de la materia prima. Me resisto a creer que en un
establecimiento de régimen regalar se haga es así. Hay en el
Panóptico una huerta chica que no prospera por la carencia, de
agua.
Hacia el occidente de Tunja, a no muy lejana distancia,
pero si ya en despoblado y a bastante altura, se está construyendo
un gran estanque, con el objeto de que sirva de depósito de
repartición del agua que piensan llevar allí de una fuente que nace
de un nivel muy bajo, como á una milla al norte de la ciudad. Para
ello ha introducido el Departamento grandes tubos metálicos,
motores, etc., materiales extranjeros que algún conocedor calcula
en más de mil toneladas, y tiene celebrado un contrato para la
subida del agua. Mucho me temo que esta costosa empresa fracase,
como han fracasado todos los intentos, para elevar esa misma agua,
desde el proyecto de Juan López, en 1565, quien pensó valerse de
represas. Tal vez al fin se tendrá que ocurrir a traer el río
Boyacá, como también se ha proyectado en diferentes épocas. Lo
cierto es que Tunja carece casi es absoluto de agua impotable, y
que sin este indispensable elemento no puede progresar.
A un lado de aquel proyectado estanque, casi a la misma
altura y un poco hacia el Norte, están los celebrados cojines. Son
éstos dos conos truncados, muy próximos el uno al otro, de poco más
de una vara. de diámetro y de unos treinta centímetros, labrados en
una extensa laja de piedra muy dura que tiene una inclinación que
cálcalo del 12 al 15 por 100. Encima tienen esos cojines rebanadas
uniformes hacia el Occidente. La laja es de superficie bastante
llana, pero tiene largas rajaduras, y su extensión de Occidente a
Oriente puede ser de veinte metros y de unos doce de Sur a Norte;
superficie que se ve va aumentando de día en día a medida que las
aguas lluvias arrastran la delgada capa que la cubre. No hay duda
de que los cojines fueron labrados por mano de hombres pero cuándo
y con qué objeto No se sabe. Ni los conquistadores ni los
escritores de la época colonial hablaron de ellos, que yo recuerde,
ni de que los indios les hubieran manifestado la menor veneración,
por lo que se ve que les atribuyeron poca importancia. Si embargo,
escritores elegantes del siglo pasado publicaron amenos artículos
en que les atribuían origen muy anterior a la conquistar unos
decían que la laja fue rebanada en toda su extensión dejando solo
el espacio de esos conos para hacer de ellos una especie de
observatorio astronómico, como si, a pocas cuadras de distancia,
desde el espinazo de la sierra pelada que queda encima, no se
dominara un horizonte diez veces más extenso; otros, que fueron
labrados para .hacer de ellos especie de aras para los sacrificios
de sus dioses; no han faltado quienes digan que por el hecho de
sonar hueco la Saja en algunos puntos, allí debieron tener
subterráneos cuya entrada no se ha, encontrado, y con la cual tal
vez tengan relación los cojines, como si esa roca no estuviera
compuesta de lajas Superpuestas,, etc. Me inclino a creer que la
acción de las aguas y de otros agentes naturales en el transcurso
de los siglos labré la roca dejando esos diminutos conos, y que
algún vecino colonial de las grandes casas que existieron allí
cerca completó la obra dándoles la forma medianamente regular que
hoy tienen, para salir en las tardes a regular la vista, en la
contemplación de la ciudad y los campos que quedan al pie. Puedo
estar equivocado, porque carezco por completo de conocimientos
geológicos; son bien poco profundos los que tengo de la historia, y
además carezco de tiempo para hacer observaciones ; y por estas
mismas razones no debe tenerse mucha confianza en las que voy
anotando en mis cartas, escritas al correr de la pluma.
Por dondequiera que pasa uno, en el centro y en los
barrios retirados, se ven ruinas de casas grandes y chicas, en tal
numero, que calculo que Tunja no tiene hoy muchas más de la mitad
de las que había en otro tiempo. Un gran número de las existentes
son de construcción colonial, modernizado su frente y el fondo en
algunas de ellas. Las más grandes, por fuera parece que estuvieran
llenas de comodidades, pero por dentro resulta que casi sólo se
componen del frente que da a la calle, con grandes piezas, como
salones, casi incomunicadas entre sí y de un solo cuerpo; de manera
que al pasar el amplísimo zaguán, empedrado en las más antiguas,
como la que fue del fundador Gonzalo Suárez Rendón, se encuentra
uno, no en un patio claustrado, sino en un solar casi inculto. En
cambio el piso alto de este viejo palacio está sostenido por
elegante arquería sobre graciosas columnas de piedra de una sola
pieza, y en los corredores altos no escasea esa misma clase de
edificaciones.
A dos cuadras al sur de la catedral está el Seminario, en
un edificio grande y viejo de dos pisos y otro de tres, contiguo,
de moderna construcción. Ocupa con su solar casi 200 metros de
Norte a Sur, y unos 60 de ancho, y todavía al frente, calle de por
medio, tiene una buena huerta de algo como una manzana. Al lado,
hacía el Occidente, está la Escuela Normal da mujeres, que parece
fue convento de la concepción, y pasando la calle, en la misma
dirección, está en otro buen edificio la Normal de varones.
Entre las casas modernas la de mejor apariencia es el
Palacio episcopal. En una grande y antigua, que fue del caballero
Ladrón de Guevara, de la época de la Colonia, se hallan instaladas
las monjas clarisas.
Sentí no haber podido conocer el teatro, porque estaba
cerrado. Tiene buena apariencia por fuera, y me informaron que es
cómodo y de buena distribución.
En la esquina sureste de la plaza hay una casa muy parecida
en construcción y un el balconcito esquinero a la que hubo hasta
hace poco en la plazuela de Las Nieves, de Bogotá, y que allí
conocían con el nombre de Palacio de los Virreyes, sin haber sido
tal; y una cuadra más adelante, hacia el Sur, hay otra, también muy
antigua, con gracioso balconcito esquinero, embebido, que algunos
consideran una reliquia, por atribuirle estilo morisco en sus
molduras y forma.
La casa de La Torre, de la cual se habla mucho, está situada
en la esquina nordeste. Era no viejo edificio, sobre el cual se
conserva la tradiciónde que perteneció a un rico de la Colonia,
quien a causa de un homicidio que cometió, huyó abandonando sus
propiedades, las cuales fueron adjudicadas al Fisco. Allí se
construyó edificio moderno, elegante y cómodo que sirve hoy de
Palacio de la Gobernación y que haría honor a la cabecera de
cualquier Departamento. En sus bajos están las oficinas del Banco
de Boyacá, de poco movimiento.
La mayor parte de las otras casas de la plaza son grandes,
de balcón corrido, alto del suelo y de techo bajo, como las dejó la
Colonia, y hay otras modernizadas, con gabinetes.
En el centro de la plaza, que es llana y grande, hay un
parque chico, con buena verja de hierro, que encontré cerrada con
candado todas las veces que traté de entrar a él. Allí, sobre
pedestal desairado, está la estatua de Bolívar, que en otro tiempo
encerraba ese pegote de piedra que hay en forma de quiosco en el
centro del Parque del Centenario de Bogotá, de donde la desecharon
para destinarla a Tunja, tal vez por considerarla poco artística.
Poroso, y no por deferencia y como tributo al pueblo que tantos
sacrificios hizo ya quien tanto debe la independe independencia del
país, se le envió la estatua.
Dos horas antes de cerrar el correo me acerqué a la
Administración a depositar mi correspondencia, y encontré que allí
no se expenden las estampillas, sino en un almacén particular, al
cual ocurrí, y estaba cerrado. Volví a la Administración y se me
facilitaron del depósito que tienen para proveer al expendedor MIS
cartas pudieron salir con exceso o defecto de porta, porque tampoco
había en qué pesarlas. No comprendo porqué habiendo en la
Administración una oficina, en la planta baja, con acceso a la
calle, donde están las poquísimas cajistas de apartados y hay un
empleado que tiene poca ocupación en recibir y entregar la
correspondencia, se paga un tanto por ciento a un particular por
vender especies postales.
Con los telégrafos no salí mejor librado, pues a pesar de
haber ocurrido a la oficina apenas llegué, de haber sido yo Jefe de
ese ramo tres veces, de estar mi alojamiento a cuadra y media de la
oficina y de haber reclamado por la demora del telegrama que sabia
había paría mí, se me entregó éste como veinticuatro horas después
de haberle recibido.