GUATAVITA
Guatavita, febrero 6 de 1917
Entré a Sopó a recibir una bestia de silla. Es población
chica, en tal decadencia, que hay casas abandonadas, cuyo precio de
venta o arrendamiento es desconsoladoramente bajo.
De Sopó a Guatavita hice el viaje en dos horas por un
camino de fuerte pendiente y muy desierto, no del todo descuidado,
por el cual se sube al espinazo de un alto contrafuerte de la
Cordillera Oriental y se desciende al valle de Guatavita y Guasca.
La esterilidad de ese contrafuerte, que tiene el aspecto de los
cerros que dominan a Bogotá, hace contraste con la feracidad de los
valles de Guatavita y Sopó.
Hacía unos catorce años que no venía a esta población, y he
encontrado que en este tiempo ha progresado bastante. Las calles
son rectas, regularmente anchas, muy aseadas en la piso y en el
frente de todos los edificios; el camellón de entrada, que es ancho
y bonito, está embellecido con árboles, lo mismo que la amplia
plaza, donde alrededor de cada árbol han construido asientos
elegantes más propios para climas cálidos que para el intenso frío
de aquí. Las casas son de teja casi en su totalidad, muchas de
ellas de dos pisos, y hay una de tres en el marco de la plaza.
Cuenta con dos hoteles muy pasables, pero en ellos casi no se ven
pasajeros ni comensales. La iglesia parroquial, sin reloj público,
tiene un frontis viejo y feo, que hace contraste con las fachadas
de otros edificios. Supongo que se reedificará cuando se termine la
reconstrucción del templo que ha empezado en su interior
en condiciones que cuando se concluya hará honor aun a una capital
de Departamento.
Se nota en las tiendas y en las calles poco movimiento
comercial, pues ésta es población netamente agrícola; y debido a
eso, pues la agricultura en tierra fría no demanda mucha labor, se
ve bastante gente desocupada o perdiendo tiempo en el billar. La
gente del pueblo revela que hay bienestar, pues no se ve una sola
persona andrajosa, ni un solo mendigo.
Cuando la Conquista, Guatavita era un poblado rico y de
consideración, asentado en los cerros que quedan detrás dé la
actual población y su nombre en el idioma de los indios significaba
en las alturas Dependía el cacique del Zaque de Tunja, o al menos
era su aliado, pero poco antes de la Conquista pasó a hacer parte
de los dominios del Zipa.
El primer Encomendero de Guatavita fue el conquistador
Hernando Vanegas. En 1571 establecieron aquí un convento los
dominicanos, y en lo eclesiástico fue manejado el poblado desde
algún tiempo después por los franciscanos, como doctrina, hasta
1768, que se elevó a la categoría de parroquia.
Hernán Pérez de Quesada intentó desaguar la laguna de
Guatavita, que queda sobre los cerros, a poca distancia de la
población, para extraer las riquezas en oro que se decía que
arrojaban en ella los indios en sus fiestas religiosas como tributo
a sus divinidades, y los cronistas aseguran que se sacaron de allí
como $ 4,000. En 1573 concedió el Rey Felipe II privilegio a
Antonio Sepúlveda para extraer de la laguna el oro, plata, perlas y
piedras preciosas y otras cualesquiera cosas, aunque fueran de poca
estimación que en ella se hallaran, mediante el pago del valor de
la mitad de lo que se encontrara. Según documentos oficiales se
abrió un desagüe parcial entonces y se sacaron objetos por valor
de $ 12,000. El 16 de junio de 1826 se formó por escritura, publica
una compañía de diez y seis personas, encabezadas por el General
Santander y promovida por don Antonio Castillo, para desaguar la
laguna, y nada se hizo de provecho. Con posterioridad se han
formado nuevas compañías, que han gastado considerables sumas y
avanzado mucho el desagüe, pero con poco éxito pecuniario.
Guatavita tenia en 1870, según el censo de este año, 5,614
habitantes (El censo de 1918 le da 7,009 habitantes.).