INDICE




Prólogo
Usme
Chipaque
Une
Fosca
Cáqueza
Quetame
Fómeque
Choachí
Villavicencio
Facatativá
Madrid
Mosquera
Funza
Cota
Suba
Engativá
De Túquerres a Tumaco
Noticias de Pasto
El Sur de Colombia y el Ecuador
Importancia Militar  del Sur
Importancia Comercial del Sur
Riquezas Naturales, Agrícola y Manufacturera del Sur
Guatavita
Sesquilé
Chocontá
Guateque
Garagoa
De Guateque a Tunja
Tunja
Leiva
De Leiva a Chiquinquirá
Chiquinquirá
En el Ferrocarril de Girardot
Girardot
Honda
Ferrocarril de Puerto Wilches
Escándalos en el Rió Magdalena
Impresiones de Antioquia
Los Progresos de Medellín
Sopetrán
Liborina
Antioquia
El Ferrocarril de Amagá y la Población de Caldas
Amagá
Titiribí
Concordia
Salgar
Bolívar
Andes
Jardín
Jericó
Támesis
Valparaíso
Caramanta
Ríosucio y Supía
Anserma
Santa Bárbara
Fredonia
Copacabana y don Matías
Santa Rosa de Osos
Entreríos
Yarumal
Ituango
San Andrés
Angostura
Campamento
Anorí
Carolina
Amalfi
Remedios
Segovia
Yolombó
San Roque
Santo Domingo

    En fin, de un Viaje de Recreo de las interesantes reminiscencias dedon José María Cordobés Moaré, copiamos algunos pasajes que pintancon viveza cómo era a mediados del siglo, y siguió siendo hasta hace cuatro años, el camino de Barbacoas:

   Con el objeto de no gastar nuestras fuerzas resolvimos ceñirnos a todos los usos y costumbres de los peones cargueros: éstos iban sin otro vestido que la camisa, y calzados con pedazos de cuero sin curtir, cosido al pie con tiras del mismo cuero, con el pelo para adentro, que los defendía de las mordeduras de las culebras y de las espinas de la palma cuchi rabo de manera que tan extraño zapato era sumamente resbaladizo y tomaba el aspecto de la gelatina, por la constante inmersión en el agua o en los lodazales, que era el tipo de aquella ruta descubierta por los conquistadores, sin que hasta entonces se hubiera hecho el más mínimo esfuerzo por mejorarla. Si algo sólido pisábamos, eran las osamentas de las culebras: constantemente encontrábamos cruces llenas de musgo a la orilla de la vereda, como signo inequívoco de piadoso amparo a los reatos de algún infeliz, víctima de mortífero veneno, o derrumbamiento de aludes, etc., etc.

   Como defensa contra las culebras y apoyo en tan fragoso camino, llevábamos largos bordones; para precavernos de la lluvia torrencial nos cubríamos con grandes hojas de bihao, las que nos daban el aspecto de loros gigantescos, dada la circunstancia de que usábamos sombrero renfundado con hule rojo..... Desde que nos internamos en la montaña basta que llegamos a las inmediaciones de Barbacoas, apenas vimos el cielo por breves instantes, pues la espesura del bosque era tal que sólo teníamos por horizonte el follaje de los tupidísimos  árboles que, cual océano de vegetación, cubren esas solitarias y silenciosas comarcas en una extensión de cerca de 200 leguas de Norte a Sur, en la zona cubierta de impenetrables montañas que miden más de 50 leguas de espesura, desde las heladas cimas de la cordillera Occidental hasta las orillas del Pacífico. De pronto llegamos a un recodo donde sentimos que aumentaba el estrépito, al mismo tiempo que se nos ofuscó la vista con la repentina interrupción de la maleza que nos sombreaba: el peón que cargaba, a Schloss puso en balanza el largo bordón que llevaba, y con sin igual denuedo se avanzó sobre el árbol caído que servía de puente, apoyado a los bordes del abismo.

    El instinto de conservación nos contuvo para no seguir detrás de aquel osado equilibrista, sin poder darnos cuenta de lo que pasaba en nuestro sobrecogido espíritu: el pasmo, el horror y la sorpresa nos embargaban las facultades intelectuales de tal manera que nos quedamos como clavados en sitio, contemplando con estúpida mirada el peligrosísimo cuanto fantástico pasaje del inocente Schloss, quien, por la posición que ocupaba sobre la silla en que iba sentado, contemplaba tranquilo las copas de los árboles y las nubes del cielo, sin maliciar ni remotamente que en esos momentos jugaba la vida a merced de un tronco podrido, que era la vía obligada para pasar el torrentoso río Coaiquer cargado por un indio imbécil, calzado con una especie de zapato de cuero gelatinoso y sumamente resbaladizo, el cual no se tomó el trabajo de advertir al que llevaba encima el espantoso equilibrio en que Se hacía tomar parte, sin previo consentimiento. Un paso falso del indio, un ligero movimiento de Schloss, quien en esos supremos instantes parecía una pitonisa en elevado trípode; un viento fuerte que hubiera soplado en esos momentos, o cualquiera otro de los mismos accidentes que podría Sobrevenir, habría sido mas que suficiente para que nuestro amigo y su  bagaje descendiera a plomo a una profundidad de 50 metros, sobre las espumosas y enfurecidas hondas cristalinas del imponente río, que bajaba estrechándose contra grandes pedrejones sembrados con profusión en su lecho, de donde no habríamos podido ni aun siquiera sacar sus cadáveres para darles decorosa sepultura.

    " En cuanto Schloss, lo veíamos mustio y poseído de terror póstumo o retrospectivo, si así puede decirse, al contemplar por donde lo avían pasado.

    " Resolvimos pasar aquel abismo a horcajadas sobre la viga, atados debajo de los brazos con cuerdas que llevaban los indios a vanguardia y retaguardia para impedir nuestra caída. Apoyamos las manos sobre el tronco e imprimíamos al cuerpo un movimiento hacia delante; con los pies colgados en el vació, el corazón saltándonos con fuerza  y zumbándonos la cabeza como si la tuviéramos repleta de abejones

       "Schloss nos contemplaba con expresiones de pavor, lástima o burla, conforme íbamos aproximándonos a el, los indios se reían del terror  que nos dominaba, y los pajes se preparaban espantados para imitarnos al llegar a la orilla opuesta tuvieron que desprendernos del madero, porque la impresión nerviosa nos tenia encalambrados."

     No hay la menor exageración en estas pintaras: trayectos había en  que los canalones tenían hasta diez metros de altura, y en otros la anchara no excedía de cincuenta centímetros; de manera que dos individuos que marchaban en dirección opuesta no podían pasar con facilidad, cuando se encontraban el conductor del correo o un viajero en silla con peones cargados con mercancías o víveres en los puntos mas estrechos, los peones tenían que paucharse "acostarse en el suelo bocabajo para que los otros pasaran sobre ellos porque tales eran las leyes de policía que regían en aquellos medrosos socavones.

     Si el encuentro era entre cargueros y viajeros y sobre todo, si eran naturales de Distintos pueblos con frecuencia sucedía que ninguno de ellos quisiera Someterse a la humillación, y havia riñas, sangre y aun muertes, porque es costumbre que entre los Cargueros viajar a Barbacoas en crecidas caravanas.

     Los caminantes saltaban por sobre los cadáveres de sus semejantes que habían sido victimas de las mordura ambucaunas (víboras equis y verrugosas) de los aludes o de las fiebres malignas y  fulminantes que se desarrollan cuando se deja de llover 4 o 5 días; observaban que el muerto era un cumbal un colimba o un guachucal y seguían su marcha a paso trochado , murmurando una oración por el alma del desgraciado que rindió así su jornada; los conocidos les daban sepultura.

     Eran aterradores los encuentros con grandes ofidios que arrastraban Las corrientes  o que se desprendían del tupido toldo de lianas que en larguísimos trechos formaban oscura noche: había que escoger entre atacar al enemigo con el largo bordón de qua todo viajero va provisto, o retroceder hasta que otro más arrojado allanara el paso.

     No eran las culebras los únicos enemigos temibles: caudalosos ríos e impetuosos torrentes que forman bellísimos tequendamas atajan el paso a cada momento. En aquel clima ardiente y húmedo dura la madera un año a lo sumo, cuando no la ha roto antes de pudrirse un insecto llamado pasador, y entonces los abismos se quedaban sin puentes. En los lugares llanos, el socavón iba a nivel, y el caminante marchaba en las grandes lluvias por profundas acequias, con el agua a la  rodilla o a la rotura. Donde el terreno era desnivelado, se arrastraba  por un buzón impelido por la corriente o luchaba con pies y manos  contra el torrente que lo a ajaba, y azotado por cascadas que se desprendían de la alturas y de los flancos.

     No era menor embarazo las espinar de la palma llamada chuchirrabo (que creemos es la conocida con el nombre de palma estera en los  bosques del Magdalena), que caían de los bordes de las barrancas y formaban extensos tapizados. Contra esa espina no hay más defensa  que los zapatos o calcetines de cuero crudo de res, que todavía usan  los cargueros, y que son verdaderos patines para quien no está acostumbrado a usarlos.

     De milla en milla había lo que llaman un descansadero, donde el  peón soltaba la carga para tomar el acó (harina de cebada tobada, preparada con panela). Este es alimento muy fuerte, que no toma comúnmente con agua, y constituye el único avío que usan los cargueros; en  las tierras cálidas se excelente refrigerante.

     Cada tres leguas había un tambo o pascana (fin dé jornada o posada). Algunos de éstos eran de propiedad particular, y si estaban habitados por una familia, se encontraban algunas comodidades, como agua,  leña, guarapo y trastos de cocina. Otros no eran sino ranchos que  hacía construir y conservaba el Gobierno.

     En aquellos nunca faltan la marimba  los cununos, cuyas notas, de  melancolía inexplotable, son acompañadas por cantos no menos tristes.  En esos desiertos bosques Seculares, no hollados por la planta humana,  donde llueve a toda hora y donde hasta hace poco no se oía un ave,  ni se encontraba un cuadrúpedo, habitados sólo por reptiles e insectos.  la música importada desde el fondo del África por la raza de los esclavos, acompañada por los cantos de los desheredados americanos y por  el ruido incesante de las lluvias, produce muchísima melancolía ; es como  un lamento de resignación lanzado por seres misteriosos.

     Los tambos fueron establecidos por los incas para que los correos  y ciertos viajeros privilegiados tuvieran dónde pernoctar en sus largos  caminos. Allá, entre los indica, eran buenos edificios, llenos de comodidades y bien provistos de víveres; entre nosotros, los conquistadores de  los salvajes, los progresistas importadores de la colonización europea,  eran, y son todavía, en la última década del siglo XIX, miserables ranchos casi abandonados. Cuatro o más estacones de madera hincados en  tierra, sobre ellos un tendido de astillas de la palma llamada gualte, a  dos metros de altura, con una o dos divisiones, defendido de los huracanes y las lluvias por dos o tres costados con astillas u hojas de la  misma palmera, y con techumbre formada de hojas de una especie de  platanillo llamado bihao: esos son los tambos oficiales del camino de  Barbacoas. Todo su menaje consiste en troncos de madura, que son las almohadas; uno más largo con muescas, que sirven de escala, para ascender a la barbacos, y cuatro delgados, clavados en cuadro y rellenos  de tierra pisada que, con las tulpas (las tres piedras del fogón) hacen  las veces de hogar.

     Una velada allí es atroz: el viajero llega muerto de hambre y calado de agua, y sí no lleva lo necesario, tiene que pasar la noche sin  alimentos, tendido entre cargueros embriagados con guarapo, jaulas de  gallinas y bultos de carne o de cueros. Aroma exquisito son las emanaciones de cuerpos Sudorosos y ropas húmedas en comparación de las que despiden los zapatos de los peones, quienes tienen que quitárselos de noche, porque, al secarse, se contraerían hasta dislocarles los pies.

     Las mercancías y los víveres se transportaban siempre en canastos de mimbre y en bultos de cuatro arrobas, largos como de dos metros, y menos gruesos que el cuerpo del carguero."

     Es tan húmedo y flojo el piso de la costa del Pacífico en el sur del Cauca, que la planta del hombres deja huella, por donde crecen las aguas, que van ahondando hasta formar estrechos y profundos canalones. En la zona de 15 metros, a cada lado, que se desmontó para conservar bien el actual camino, no puede sembrarse más pasto que imperial o gramalote, porque cualquiera otro de mayor resistencia lo arrancaría de raíz  una bestia al comerlo.

     Para solidificar el camino se sacaba cascajo de canteras retiradas dentro del bosque, y para llegar hasta ellas había necesidad de extender trozos de palo, en forma de escaleras, y evitar así que los peones se hundieran en el piso cenagoso.

     En Pilcuán construyó el señor Carlos Fietcher una buena casa sobre postes de madera, como todas las demás de aquella costa, y para celebrar la conclusión de los trabajos de banqueos hasta allí, reunió a los empleados. Los concurrentes empezaron a bailar a una altura de dos metros, y tres horas después lo hacían al nivel del suelo, porque las pilastras se habían hundido con el peso del edificio y los concurrentes.

     Creemos que estos hechos dan clara idea de la clase de terrenos de aquella comarca, y explican porqué y cómo se hicieron las angosturas que formaban la antigua, ruta de Barbacoas.  Ahora pasemos a la historia de la  construcción de la existente, Cuya  importancia y mérito puede apreciarse bien por los antecedentes Anotados.

    Con el objeto de promoverla, expidió el Congreso de Nueva Granada el Decreto de 28 de mayo de 1841, por el cual dispuso que quedaran naturalizados los extranjeros que se domiciliaran por seis años en las montañas de Barbacoas, y que los nacionales que se establecieran en ellas quedaban libres por veinte años del pago de la contribución, directa y de la decimal por los frutos de sus sembrados, y del servicio militar; además se les gratificaba con 150 fanegadas de baldíos por cabeza.

    La Cámara de Provincia de Pasto ya había ordenado auxilios por Decreto de 2 de octubre de 1834, y ofrecido terrenos a; los individuos que se establecieran en la ruta conocida; y aun dispuso, el 6 de dicho mes, que se concediera privilegio al individuo que abriera un camino por el Nulpe.

    La misma Cámara Provincial mandó, en 5 de1 octubre de 1843, construir, por administración o por contrato, un camino "empedrado o de madera, hasta Chucunés, de dos y media varas de ancho. Para el caso de emprenderse la obra por contrato, se ofrecía privilegio por veinte años y derecho a cobrar peaje, a razón de 10 centavos por cada arroba de los artículos de tránsito;

     Por Ley de 9 de junio de 1846 autorizó el Congreso al Ejecutivo para contratar la mejora del camino y garantizar un interés del 10 por 100 por el capital que se invirtiera, hasta la suma de $ 50,000. Nada se hizo entonces, y el Congreso, tal vez avergonzado de que figurara como de propiedad de la República aquella vía, declaró por Decreto de 25 de mayo de 1849, que no era camino nacional.

anterior índice siguiente