En fin, de un Viaje de Recreo de las interesantes
reminiscencias dedon José María Cordobés Moaré, copiamos algunos
pasajes que pintancon viveza cómo era a mediados del siglo, y
siguió siendo hasta hace cuatro años, el camino de Barbacoas:
Con el objeto de no gastar nuestras fuerzas resolvimos
ceñirnos a todos los usos y costumbres de los peones cargueros:
éstos iban sin otro vestido que la camisa, y calzados con pedazos
de cuero sin curtir, cosido al pie con tiras del mismo cuero, con
el pelo para adentro, que los defendía de las mordeduras de las
culebras y de las espinas de la palma cuchi rabo de manera que tan
extraño zapato era sumamente resbaladizo y tomaba el aspecto de la
gelatina, por la constante inmersión en el agua o en los lodazales,
que era el tipo de aquella ruta descubierta por los conquistadores,
sin que hasta entonces se hubiera hecho el más mínimo esfuerzo por
mejorarla. Si algo sólido pisábamos, eran las osamentas de las
culebras: constantemente encontrábamos cruces llenas de musgo a la
orilla de la vereda, como signo inequívoco de piadoso amparo a los
reatos de algún infeliz, víctima de mortífero veneno, o
derrumbamiento de aludes, etc., etc.
Como defensa contra las culebras y apoyo en tan fragoso
camino, llevábamos largos bordones; para precavernos de la lluvia
torrencial nos cubríamos con grandes hojas de bihao, las que nos
daban el aspecto de loros gigantescos, dada la circunstancia de que
usábamos sombrero renfundado con hule rojo..... Desde que nos
internamos en la montaña basta que llegamos a las inmediaciones de
Barbacoas, apenas vimos el cielo por breves instantes, pues la
espesura del bosque era tal que sólo teníamos por horizonte el
follaje de los tupidísimos árboles que, cual océano de vegetación,
cubren esas solitarias y silenciosas comarcas en una extensión de
cerca de 200 leguas de Norte a Sur, en la zona cubierta de
impenetrables montañas que miden más de 50 leguas de espesura,
desde las heladas cimas de la cordillera Occidental hasta las
orillas del Pacífico. De pronto llegamos a un recodo donde sentimos
que aumentaba el estrépito, al mismo tiempo que se nos ofuscó la
vista con la repentina interrupción de la maleza que nos sombreaba:
el peón que cargaba, a Schloss puso en balanza el largo bordón que
llevaba, y con sin igual denuedo se avanzó sobre el árbol caído que
servía de puente, apoyado a los bordes del abismo.
El instinto de conservación nos contuvo para no seguir
detrás de aquel osado equilibrista, sin poder darnos cuenta de lo
que pasaba en nuestro sobrecogido espíritu: el pasmo, el horror y
la sorpresa nos embargaban las facultades intelectuales de tal
manera que nos quedamos como clavados en sitio, contemplando con
estúpida mirada el peligrosísimo cuanto fantástico pasaje del
inocente Schloss, quien, por la posición que ocupaba sobre la silla
en que iba sentado, contemplaba tranquilo las copas de los árboles
y las nubes del cielo, sin maliciar ni remotamente que en esos
momentos jugaba la vida a merced de un tronco podrido, que era la
vía obligada para pasar el torrentoso río Coaiquer cargado por un
indio imbécil, calzado con una especie de zapato de cuero
gelatinoso y sumamente resbaladizo, el cual no se tomó el trabajo
de advertir al que llevaba encima el espantoso equilibrio en que Se
hacía tomar parte, sin previo consentimiento. Un paso falso del
indio, un ligero movimiento de Schloss, quien en esos supremos
instantes parecía una pitonisa en elevado trípode; un viento fuerte
que hubiera soplado en esos momentos, o cualquiera otro de los
mismos accidentes que podría Sobrevenir, habría sido mas que
suficiente para que nuestro amigo y su bagaje descendiera a plomo
a una profundidad de 50 metros, sobre las espumosas y enfurecidas
hondas cristalinas del imponente río, que bajaba estrechándose
contra grandes pedrejones sembrados con profusión en su lecho, de
donde no habríamos podido ni aun siquiera sacar sus cadáveres para
darles decorosa sepultura.
" En cuanto Schloss, lo veíamos mustio y poseído de terror
póstumo o retrospectivo, si así puede decirse, al contemplar por
donde lo avían pasado.
" Resolvimos pasar aquel abismo a horcajadas sobre la viga,
atados debajo de los brazos con cuerdas que llevaban los indios a
vanguardia y retaguardia para impedir nuestra caída. Apoyamos las
manos sobre el tronco e imprimíamos al cuerpo un movimiento hacia
delante; con los pies colgados en el vació, el corazón saltándonos
con fuerza y zumbándonos la cabeza como si la tuviéramos repleta
de abejones
"Schloss nos contemplaba con expresiones de pavor,
lástima o burla, conforme íbamos aproximándonos a el, los indios se
reían del terror que nos dominaba, y los pajes se preparaban
espantados para imitarnos al llegar a la orilla opuesta tuvieron
que desprendernos del madero, porque la impresión nerviosa nos
tenia encalambrados."
No hay la menor exageración en estas pintaras: trayectos
había en que los canalones tenían hasta diez metros de altura, y
en otros la anchara no excedía de cincuenta centímetros; de manera
que dos individuos que marchaban en dirección opuesta no podían
pasar con facilidad, cuando se encontraban el conductor del correo
o un viajero en silla con peones cargados con mercancías o víveres
en los puntos mas estrechos, los peones tenían que paucharse
"acostarse en el suelo bocabajo para que los otros pasaran sobre
ellos porque tales eran las leyes de policía que regían en aquellos
medrosos socavones.
Si el encuentro era entre cargueros y viajeros y sobre
todo, si eran naturales de Distintos pueblos con frecuencia sucedía
que ninguno de ellos quisiera Someterse a la humillación, y havia
riñas, sangre y aun muertes, porque es costumbre que entre los
Cargueros viajar a Barbacoas en crecidas caravanas.
Los caminantes saltaban por sobre los cadáveres de sus
semejantes que habían sido victimas de las mordura ambucaunas
(víboras equis y verrugosas) de los aludes o de las fiebres
malignas y fulminantes que se desarrollan cuando se deja de llover
4 o 5 días; observaban que el muerto era un cumbal un colimba o un
guachucal y seguían su marcha a paso trochado , murmurando una
oración por el alma del desgraciado que rindió así su jornada; los
conocidos les daban sepultura.
Eran aterradores los encuentros con grandes ofidios que
arrastraban Las corrientes o que se desprendían del tupido toldo
de lianas que en larguísimos trechos formaban oscura noche: había
que escoger entre atacar al enemigo con el largo bordón de qua todo
viajero va provisto, o retroceder hasta que otro más arrojado
allanara el paso.
No eran las culebras los únicos enemigos temibles:
caudalosos ríos e impetuosos torrentes que forman bellísimos
tequendamas atajan el paso a cada momento. En aquel clima ardiente
y húmedo dura la madera un año a lo sumo, cuando no la ha roto
antes de pudrirse un insecto llamado pasador, y entonces los
abismos se quedaban sin puentes. En los lugares llanos, el socavón
iba a nivel, y el caminante marchaba en las grandes lluvias por
profundas acequias, con el agua a la rodilla o a la rotura. Donde
el terreno era desnivelado, se arrastraba por un buzón impelido
por la corriente o luchaba con pies y manos contra el torrente que
lo a ajaba, y azotado por cascadas que se desprendían de la alturas
y de los flancos.
No era menor embarazo las espinar de la palma llamada
chuchirrabo (que creemos es la conocida con el nombre de palma
estera en los bosques del Magdalena), que caían de los bordes de
las barrancas y formaban extensos tapizados. Contra esa espina no
hay más defensa que los zapatos o calcetines de cuero crudo de
res, que todavía usan los cargueros, y que son verdaderos patines
para quien no está acostumbrado a usarlos.
De milla en milla había lo que llaman un descansadero,
donde el peón soltaba la carga para tomar el acó (harina de cebada
tobada, preparada con panela). Este es alimento muy fuerte, que no
toma comúnmente con agua, y constituye el único avío que usan los
cargueros; en las tierras cálidas se excelente refrigerante.
Cada tres leguas había un tambo o pascana (fin dé jornada o
posada). Algunos de éstos eran de propiedad particular, y si
estaban habitados por una familia, se encontraban algunas
comodidades, como agua, leña, guarapo y trastos de cocina. Otros
no eran sino ranchos que hacía construir y conservaba el
Gobierno.
En aquellos nunca faltan la marimba los cununos, cuyas
notas, de melancolía inexplotable, son acompañadas por cantos no
menos tristes. En esos desiertos bosques Seculares, no hollados
por la planta humana, donde llueve a toda hora y donde hasta hace
poco no se oía un ave, ni se encontraba un cuadrúpedo, habitados
sólo por reptiles e insectos. la música importada desde el fondo
del África por la raza de los esclavos, acompañada por los cantos
de los desheredados americanos y por el ruido incesante de las
lluvias, produce muchísima melancolía ; es como un lamento de
resignación lanzado por seres misteriosos.
Los tambos fueron establecidos por los incas para que los
correos y ciertos viajeros privilegiados tuvieran dónde pernoctar
en sus largos caminos. Allá, entre los indica, eran buenos
edificios, llenos de comodidades y bien provistos de víveres; entre
nosotros, los conquistadores de los salvajes, los progresistas
importadores de la colonización europea, eran, y son todavía, en
la última década del siglo XIX, miserables ranchos casi
abandonados. Cuatro o más estacones de madera hincados en tierra,
sobre ellos un tendido de astillas de la palma llamada gualte, a
dos metros de altura, con una o dos divisiones, defendido de los
huracanes y las lluvias por dos o tres costados con astillas u
hojas de la misma palmera, y con techumbre formada de hojas de una
especie de platanillo llamado bihao: esos son los tambos oficiales
del camino de Barbacoas. Todo su menaje consiste en troncos de
madura, que son las almohadas; uno más largo con muescas, que
sirven de escala, para ascender a la barbacos, y cuatro delgados,
clavados en cuadro y rellenos de tierra pisada que, con las tulpas
(las tres piedras del fogón) hacen las veces de hogar.
Una velada allí es atroz: el viajero llega muerto de hambre
y calado de agua, y sí no lleva lo necesario, tiene que pasar la
noche sin alimentos, tendido entre cargueros embriagados con
guarapo, jaulas de gallinas y bultos de carne o de cueros. Aroma
exquisito son las emanaciones de cuerpos Sudorosos y ropas húmedas
en comparación de las que despiden los zapatos de los peones,
quienes tienen que quitárselos de noche, porque, al secarse, se
contraerían hasta dislocarles los pies.
Las mercancías y los víveres se transportaban siempre en
canastos de mimbre y en bultos de cuatro arrobas, largos como de
dos metros, y menos gruesos que el cuerpo del
carguero."
Es tan húmedo y flojo el piso de la costa del Pacífico en
el sur del Cauca, que la planta del hombres deja huella, por donde
crecen las aguas, que van ahondando hasta formar estrechos y
profundos canalones. En la zona de 15 metros, a cada lado, que se
desmontó para conservar bien el actual camino, no puede sembrarse
más pasto que imperial o gramalote, porque cualquiera otro de mayor
resistencia lo arrancaría de raíz una bestia al comerlo.
Para solidificar el camino se sacaba cascajo de canteras
retiradas dentro del bosque, y para llegar hasta ellas había
necesidad de extender trozos de palo, en forma de escaleras, y
evitar así que los peones se hundieran en el piso cenagoso.
En Pilcuán construyó el señor Carlos Fietcher una buena
casa sobre postes de madera, como todas las demás de aquella costa,
y para celebrar la conclusión de los trabajos de banqueos hasta
allí, reunió a los empleados. Los concurrentes empezaron a bailar a
una altura de dos metros, y tres horas después lo hacían al nivel
del suelo, porque las pilastras se habían hundido con el peso del
edificio y los concurrentes.
Creemos que estos hechos dan clara idea de la clase de
terrenos de aquella comarca, y explican porqué y cómo se hicieron
las angosturas que formaban la antigua, ruta de Barbacoas. Ahora
pasemos a la historia de la construcción de la existente, Cuya
importancia y mérito puede apreciarse bien por los antecedentes
Anotados.
Con el objeto de promoverla, expidió el Congreso de Nueva
Granada el Decreto de 28 de mayo de 1841, por el cual dispuso que
quedaran naturalizados los extranjeros que se domiciliaran por seis
años en las montañas de Barbacoas, y que los nacionales que se
establecieran en ellas quedaban libres por veinte años del pago de
la contribución, directa y de la decimal por los frutos de sus
sembrados, y del servicio militar; además se les gratificaba con
150 fanegadas de baldíos por cabeza.
La Cámara de Provincia de Pasto ya había ordenado auxilios
por Decreto de 2 de octubre de 1834, y ofrecido terrenos a; los
individuos que se establecieran en la ruta conocida; y aun dispuso,
el 6 de dicho mes, que se concediera privilegio al individuo que
abriera un camino por el Nulpe.
La misma Cámara Provincial mandó, en 5 de1 octubre de 1843,
construir, por administración o por contrato, un camino
"empedrado o de madera, hasta Chucunés, de dos y media
varas de ancho. Para el caso de emprenderse la obra por contrato,
se ofrecía privilegio por veinte años y derecho a cobrar peaje, a
razón de 10 centavos por cada arroba de los artículos de
tránsito;
Por Ley de 9 de junio de 1846 autorizó el Congreso al
Ejecutivo para contratar la mejora del camino y garantizar un
interés del 10 por 100 por el capital que se invirtiera, hasta la
suma de $ 50,000. Nada se hizo entonces, y el Congreso, tal vez
avergonzado de que figurara como de propiedad de la República
aquella vía, declaró por Decreto de 25 de mayo de 1849, que no era
camino nacional.