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DE TUQUERRES A TUMACO

                            

  Tumaco, diciembre 25 de 1893

    El día 15 salí de Túquerres con el General Rafael Reyes, escoltados por muchos amigos que querían acompañarnos un rato. La mañana era bellísima; en Chananro y Tutachá nos recreamos con la vista de los nevados de Cumbal, Chiles y Cayambe y de los volcanes apagados de Galeras y Azufral, que en erupciones prehistóricas formaron fertilísimas mesetas.

    El General Reyes venía encantado con el panorama; no cesaba de hacer elogios de la laboriosidad de los habitantes de aquellas tierras, y a cada paso me dirigía alguna palabra de aplauso por el camino que traíamos. Yo me envanecía por estos cumplimientos, como si fuera yo y no el contratista don Ignacio Muñoz y el ingeniero don Julián Uribe Uribe, quienes los merecieran.

    Y bien que los merecen ellos, porque en las seis leguas que median entre Túquerres y Chambú no hay un metro en que la vía no sea superior en todo sentido al camino que el General Canal hizo de Bogotá al Puente del Común, para mejorar el contrato del ferrocarril del Norte. De Chambú para abajo, en el descenso de la cordillera, hay una curva bellísima en el camino, labrada primero en arenas volcánicas, donde se ven taludes de 20 y más metros, y después en la roca o en conglomerados donde sólo se ha podido trabajar con pólvora. En aquéllas la naturaleza no ha sido aprisionada todavía por la ciencia, y un viento impetuoso, un fuerte aguacero, se burlan del mejor ingeniero, porque las arenas se derrumban en formidables aludes que obstruyen desagües y atajan el paso. Entonces las aguas lluvias, que han perdido su cauce, abren brecha por la mesa del camino, labrando profundos canalones o haciendo precipicios y cataratas por los flancos. La grande habilidad del ingeniero y su constancia se han puesto a prueba en el páramo: lo que los elementos destruyen en un día, él lo rehace en quince, y en esta lucha dé la naturaleza con la energía, el joven antioqueño va triunfando.

    Los torrentes estaban crecidos de una manera temible, y como aún no hemos llegado con los trabajos a la parte baja, y ésas corrientes carecen de puentes, tuvimos que vadearlas, exponiéndonos no poco.

     Al cuarto día llegamos a Barbacoas, donde mi compañero se alojó en casa que le tenían preparada sus amigos, y yo en la del Prefecto don Julio Castrillón y del doctor Antonio María Pérez, joven tolimense que trabaja actualmente en el puerto como dentista. Desde el balcón de esa casa, edificada sobre el Telembí, se goza en las mañanas de una vista muy interesante: allí mismo es el puerto o atracadero más concurrido, porque la calle principal de la ciudad va a  morir, en forma de gradería, en el fondo del río.

      En la mañana del 19 era extraordinaria la animación, porque en la noche habían llegado algunas ibaburas 1 de Tumaco y del Bajo Patía cargadas con sal, plátanos, cocos, arroz, cacao y quillos o pilches (totumas); y detrás de ellas, muchas pequeñas embarcaciones del Alto Patía y Bajo Telembí, que iban a vender  plátanos y pasto y a comprar de lo que los bongos subían. Conté más de ochenta embarcaciones.

      Como Barbacoas es sólo un puerto para el comercio de tránsito, y no produce más que oro, tiene que alimentarse con los frutos de la cordillera y del Patía; aquellos se expenden en un esquilmaderó llamado la Alcabala, donde los corderos de tierra fría dejan la lana y a veces parte de la piel, y el resto, sobre las mismas canoas en que llegan, sin pagar derecho alguno al Municipio.

     El mercado de estos frutos, de las cinco a las siete de la mañana, ofrece escenas variadísimas: los revendedores, las sirvientas de las casas,-todas negras, hombres y mujeres de familias pobres, y bastantes negociantes del interiorase congregan allí. Para acercarse a las imbaburas se suben sobre las canoas que están amarradas en el puerto, y con frecuencia sucede que algunas de éstas se van a pique por el mucho recargo de gente, por malicia de algún mozo que quiere recrearse con escenas cómicas, o por una negra de malas entrañas; pero nunca hay desgracias, porque allí tiene poco fondo el río y todo mundo sabe nadar. Un accidente de estos produce gran algazara entre los concurrentes.

     Los guisas o serranos, como llaman en Barbacoas en tono despreciativo a los habitantes del interior, se ven en la playa, alejados del bullicio, con el sombrero en la mano para que se les seque la cabeza, pues acaban de bañarse. Miran ese cómico mercado con sonrisa entre desdeñosa y de admiración, pero no se atreven a acercarse sino unos  pocos, que están familiarizados con el trato insolente que les dan los negros.

     El bullicio me atraía, y bajé a buscar aguacates de Tumaco o pescados y cangrejos del río o marinos; pero nada: los aguacates de la isla son muy solicitados por los vapores que tocan en el puerto, para llevarlos a Guayaquil y a las cosías del Perú, donde los pagan hasta a cuatro sucres o soles; y el pescado, aunque abundante, demandaría trabajo para cogerlo o conservarlo, y menos esfuerzo cuesta mover una batea llena de arenas de las calles de la ciudad o hacer una transacción con los jíbaros (otro nombre que dan los comerciantes a los serranos.)

     Por la noche no es el mismo el aspecto del puerto, porque así como las mañanas son generalmente despejadas y bonitas, las noches son oscuras y lluviosas. En las canoas que han hecho el viaje desde Tumaco, duermen los bogas bajo los graciosos ranchos que las cobijas, y sobre ellas preparan los alimentos. Las pálidas luces del hogar o de los embiles 2  dan a las embarcaciones aspecto fantástico en las sombras dé la noche; los tripulantes no cantan ; las mansas aguas del río no dejan oír murmullos ni en las grandes crecientes; el alumbrado público de la ciudad (pues Barbacoas lo tiene hace como diez y seis años) refleja sobre las desparramadas aguas esqueletos de cabañas o sombras de pequeñas embarcaciones que semejan mostruos inmóviles.

   En cambio, del lado de la ciudad, habitada por el pueblo más filarmónico que he conocido, se oyen acordes de instrumentos de todas clases, y voces de timbre limpio y simpático. Los almacenes y las botillerías, abiertos siempre hasta las diez u once de la noche, adquieren con  la luz de mecheros de petróleo, ni reflejo de las infalibles lluvias, no se qué encanto fascinador de vista de optorama. En la pieza vecina a  mi alcoba, en la velada del 19, arrullaba una negrita una guagua (niña)  con coplas como estas:

 

Y esta niña linda
   No quiere dormi
  Poique no lian trido
 La flo dey jaidín.
 Agualongo 3 se murió
Y el diablo se lo llevó.
Abajo estará pagando
Las iglesias que quemó.
San José sacó candela 
Con un eslabón que tría :
San José chupó tabaco,
Tabaco chupó María.

 

       El 20 asistimos a misa. Tristeza me dio ver la poca gente que concurrió a los oficios divinos.

       El lunes, 21, nos embarcamos el General Reyes, el Prefecto Castrillón,  el doctor Pérez, don Luis y don Narciso Jaramillo y otros amigos en una canoa de chachajo (comino) manejada por cuatro o cinco negros descendientes de los esclavos de la familia Ángulo, íbamos a visitar las   minas de Teraimbe y Cumaime, en el Alto Telembí.

     Es éste uno de los más bellos ríos de Colombia, manso y de aguas transparentes como un lago ; su anchura, entre dos y tres cuadras en la parte navegable por vapores ; las riberas son altas y cuajadas de bosques seculares.

    De trecho en trecho se encuentra alguna cabaña construida en alto con astillas de palma y techo de vijao.

    Después de tres horas de una navegación muy divertida, durante la cual cayeron al agua algunos de los bogas, porque se les enredaban las palancas en las ramas o se les resbalaban en las barrancas a causa  del entusiasmo con que jalaban, llegamos a lo que fue la gran casa de la hacienda.

   En el puerto estaban reunidas, esperando al General Reyes, las familias de los negros de las minas.

     Tanto la casa como la capilla están hoy en ruinas ; de aquélla no  quedan más que tres piezas altas medianamente habitables, y de la capilla, ya sin puertas, sólo algunos paredones de la techumbre, que noalcanzan a defender las tumbas de miembros de la familia Ángulo, que en tiempos mejores fueron sepultados allí: las aguas lluvias han invadido el pavimento, y algunas de esas tumbas están socavadas por la corriente. Alrededor de la casa y de la capilla hay algunos pocos ranchos y sembrados. La negrada nos recibió con grandes manifestaciones de cariño y contento. De los licores que llevó el hijo de la señora que desde Barbacoas administra las minas, repartió el General Reyes un trago a cada uno de los negros. Esto es allí un gran regalo, poco  acostumbrado para las gentes pobres, a causa de que el aguardiente vale a peso la botella.

     La distribución empezó por una negra vieja, alta, acartonada, que no tenía más prenda de vestido que un pedazo de bayeta oscura envuelto en la cintura, que le caía hasta poco más abajo de la rodilla. recibir la copa hizo una pirueta no del todo desairada, y dijo :

 

¡ Oh ! ramo de bendición 
 Nacido en tan lindo día, 
Poy sey de tan linda mano,
Recibo con alegría!

 

     A poco empezaron el canto, acompañado de música de cununos sonajas y jucos en la parte baja de la casa. Acudimos allí, y encontramos a un viejo marrullero y taimado que se las daba de jefe de la Tribu, cantando con diez y siete mujeres de todas edades:

 

A darle la bienvenida 
  Venimos con alegría,   
 Como esposo reputado     
De nuestra niña Sofía.
 Esta saco de repente ;
Hay pongo sobre esta mesa :
Mí patrón D. Rafael,
No nos deje con vergüenza.
 Del año noventa y tres,
 Veinte llevamos del mes.
 Mi querido patrón Reyes,
Hoy lo venimos a ver.
 

     En seguida se adelantó, con meneos de mujer, un mocetón desteñido, romántico de aquellos desiertos, que no aceptó la copa de aguardiente porque le hacía daño para los ñerbos, y dijo con voz atiplada :

 

  Si me oyeres sospirar,
Mi bien, por ti tan de veras,
Lástima te había de dar, 
Aunque amor no me tuvieras.
Desde aquel junesto día
Que tus ojos me juartaron,
 Tres cosas se me alejaron:
Gusto, placer y alegría.
  Es tanta la pena mía,
Que te puedo asegurar,
Que a un bronce hiciera llorar
Y a la más serpiente jiera;
Y tu pecho enterneciera,
Si me oyeras sospirar.
 

   Apenas estaba acabando de escribir esta recitación, bajo la vigilancia del neurótico, que desde entonces me cobró gran cariño, cuando negrito saltó adelante y declamó:

A darle los parabienes
Venimos con alegría,
 Le recibimos alegres
A su gente en este día.
 Eres todo mi recreo,
Amoroso señorcito ;
La agua de mi desespero
Pa mis ojos tan bonito.

 

 

1  Canoas de una sola pieza realzadas con tablas, de la capacidad de los champanes del Magdalena. 

 

2  Hachones de brea y carbón de balso, que dan bastante luz y mucho humo y que despiden un aroma que ensancha los pulmones.

 

3  Notable jefe realista de los pastusos.

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