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Sanclemente,
Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO VIII
Circular de Martínez
Silva explicando el golpe. Un mensaje de Marroquín. Discursos
cautelosos. El presidente señala a Marroquín comoperjuro. Soy el presidente
y ejerzo. Sanclemente arremete con dignidad. La protesta de Suaréz. Le
habla, otra vez, a la nación. Las insignias presidenciales.
Circular
de Martínez Silva ex
plicando el golpe
Carlos Martínez Silva tuvo mucha significación
en esa etapa histórica. Aguerrido luchador contra la Regeneración en sus diferentes
modalidades. Combatió a sus jefes más epigonales y los mareó con su repudio intelectual
y político. Comandó a los «históricos» o conservadores. Escritor de prosa de
claridades y de resplandores culturales. Su Repertorio
Histórico recoge
parte del material
que refleja más agudamente lo que acontecía. Sus juicios morales son de una precisión
en los enunciados éticos, que someten a su mala condición a quieres se refieren. Viene
de una estirpe de luchadores que presidía su padre abogado. Periodista de varias
dimensiones para mirar la realidad colombiana. Tuvo obsesiones y, una de ellas, devolverle
a su partido el carácter que tenía tradicionalmente. Que no se llamase nacionalista, ni
se manejara por los independientes, ni tampoco convertido en partido confesional. Luchador
contra lo que entrañaba, representaba y
quería
mantener en vigencia don Miguel Antonio Caro. No tuvo ninguna merma para decir con
energía espiritual y humana, los defectos que circulan la vida intima del nacionalismo.
Consideraba que no tenía por qué estar emparentado con los vicios, negocios, negociados,
enriquecimientos ilícitos de esa etapa. Luchó con franco ademán contra los defectos de
la constitución de 1836. Tuvo sido alto entre los luchadores de su tiempo. Ocupó
ministerios: y cumplió funciones diplomáticas. Armó y constituyó su trinchera, el
periódico y la revista política. Esta, con ese carácter, ha desaparecido. En cambio,
él editó una colección donde se encuentran registrados muchos de los sucesos y de los
personajes que cruzaron su tiempo. Su riqueza verbal le permitía emplear el idioma con
marcada precisión, con abundancia de calificativos. Era un ser de carácter Sus cartas a
sus jefes, a sus amigos. resplandecen en verdades. Se puede estar lejos de sus juicios,
pero su entereza crítica les da una entidad y una dimensión que no pueden desconocerse.
Dirigió muchos movimientos: buscó identidad con disímiles condiciones, siempre que
tuvieran identificaciones con sus propósitos políticos en servicio de Colombia. El
sentido de la racionalidad, lo tenía resplandeciente con firmeza.
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Carlos
Martínez Silva
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Pues bien:
siguiendo su constante política, luchó porque regresan don José Manuel Marroquín a la
Presidencia. Lo hizo, como siempre que actuaba, sin vacilaciones. Se jugó en el
empeño con ardentía. Se le ve maquinando, dirigiendo, atando acuerdos y tejiendo
combinaciones. Era tenaz en sus afanes. Un santandereano, diríamos mejor, un
«sangileño», que no desperdicia ocasión para hallar soluciones concordes con su
visión del mundo político. Actué con actividad y sagacidad para imponer el golpe de
Estado contra Sanclemente. En ello, no tuvo vacilaciones. Marroquín lo nombró ministro
de Relaciones Exteriores. En agosto 6 de 1900,
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dirige
una circular al cuerpo diplomático colombiano en el extranjero, explicando las razones
del golpe de Estado. Intentaremos una síntesis de sus tesis primordiales. El comienza por
decir que aprovecha para «... hacer... una exposición detallada» de lo que ha
acontecido.
Sanclemente, por enfermedad, va a vivir a Anapoima «donde encontró alivio a la dolencia,
aunque no la apetecida curación». Por esto pidió licencia al Senado para separarse del
cargo. Se iba, pero se Lo impidió «un círculo político. empeñado de tiempo atrás en
explotar el poder político». Vivió en Anapoima, Tena y Villeta.
«Dislocado el gobierno, rota a unidad administrativa y política... los ministros...
careciendo de la fuerza directiva que comunica la presencia del presidente... obraban con
independencia y sin responsabilidad efectiva. Esto era ya la anarquía y el más
perturbador desconcierto en la administración publica».
«A
la sombra..., creció y se desarrolló un sistema de corrupción y de abusos... La sola
ausencia del presidente de la capital, bastaba para producir la desorganización y
estimular el fraude y el abuso».
«En un régimen presidencial como el que impera en Colombia, la presencia del jefe
del Estado en la capital, centro obligado de todos los negocios públicos, es
indispensable; y jamás se había visto entre nosotros, ni creo que en país alguno regido
por instituciones republicanas, el hecho que el conductor supremo residiese de un modo
permanente lejos de la ciudad capital, separado de sus ministros, del cuerpo diplomático,
de los jefes de los servicios administrativos, de la comandancia del ejército, de los
empleados subalternos, de los amigos, de los adversarios, de todo lo que,
en una palabra, implica concurso, colaboración
luz, queja y correctivo».
Se dice que se iba a eliminar la Vicepresidencia
y a elevar al poder supremo al ministro del Interior, «ministro que manejaba la
maquinación».
Acepta que la ley permite ejercer el poder en
cualquier lugar de Cundinamarca, pero remarca que debe ser algo muy transitorio. Pone como
ejemplo que Miguel Antonio Caro, cuando quiso prolongar su estancia en Sopó, hizo llamar
al general Guillermo Quintero Calderón para reemplazarlo.
Aquí podríamos anotar, nosotros, que las
razones fueron otras: no inhabilitarse Caro para una posible elección. Es otro tema y ya
hicimos referencia a él.
«La conocida debilidad mental del señor
Sanclemente hubiera autorizado un procedimiento judicial para declarar la interdicción e
incapacidad de manejar sus negocios privados..
«Firma con facsímile... La Presidencia de la
República había venido a degenerar en un instrumento manual, portátil y absolutamente
Inseguro. El cuerpo diplomático gozaba de dificultades para adelantar aquí sus
gestiones».
«Tal era la situación en que se encontraba el
Gobierno cuando estalló la revolución que actualmente aflige a la República... Esta
debilidad y esta anarquía han sido, sin duda,
causa
de la prolongación de la guerra y de las innúmeras calamidades que han caído sobre la
República..., en el país hay una queja honda pidiendo un cambio fundamental en el
personal del Gobierno para dar término a la guerra y salvar la patria de irreparable
catástrofe>.
Defiende a Casabianca, el ministro de Guerra de
Sanclemente, por su participación en el golpe, traicionándolo. Manifiesta más adelante
que Marroquín «se resistió al principio a encargarse del Gobierno...».
«
Puede, por lo mismo, asegurarse que los ciudadanos todos, sin distinción de colores
políticos, apoyaron o aceptaron de buen grado el cambio que me refiero».
«No
hubo, pues, en el 31 de julio nada que pueda compararse a un golpe de cuartel... no fue
tampoco un golpe de Estado...»
«La
Presidencia de la República estaba de hecho vacante. Y anota que el presidente
Sanclemente está en Villeta... tratado con todas las consideraciones y miramientos a que
lo hacen acreedor el alto puesto que ocupaba, la edad y sus anteriores servicios a la
República».
Un
mensaje de Marroquín
Quienes conocieron a Marroquín, lo señalan
como un cordialísimo hombre de la sabana: conversador, amigo de la tertulia, sin agudas
aristas. Al contrario, lo suyo y lo de los demás, se diluía entre sonreídas palabras,
adjetivos que consolidaban los chascarrillos. El chocolate santafereño presidía sus
pláticas amigables.
El mensaje
117
al país del golpista Marroquín, hace las siguientes declaraciones claves: que es
ajeno «a toda ambición de mando». Que acepta porque se lo impone «la opinión
pública... que de tiempo atrás vieren clamando por el restablecimiento de un
gobierno justiciero, probo Y enérgico, para que por medios rápidos procure la
terminación de la pavorosa guerra que hoy desangra y postra a la República».
Que el presidente está aislado del Gobierno por
la presencia de las guerrillas y «para dirigir los negocios por sí mismo». «La
opinión venía clamando... por el restablecimiento de la normalidad legal». Sostiene que
le han pedido muchas personas, de diversas clases, con clamor permanente, sin un solo
minuto de descanso en la solicitud y que por ese alud de manifestaciones públicas, de
gentes - no hubo una sola que lo hiciera, anotamos -, cede y pide la «protección del
altísimo para mi patria, y para mí las luces, el acierto y el valor que he menester».
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José
Manuel Marroquín
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«Una guerra sangrienta nos divide, yo querría
hacerla cesar mediante la promesa que hago solemnemente de respetar y hacer que se
respeten los derechos civiles y políticos de todos».
Pero hace tina advertencia tajante: «Si tal
promesa y tales consideraciones no fueron poderosas a desarmar a aquellos de mis
conciudadanos que se han alzado en armas contra un gobierno que ya no existe, me veré en
la penosísima necesidad de continuar la guerra y de
hacerla con la energía que está obligado a mostrar todo el
que se halle en un
puesto como el que yo ocupo y
en defensa de
los principios salvadores que encarna la actual Constitución».
Quiere que se le califique después
como «gobernante justo, imparcial y desinteresado».
La paz y su búsqueda es el argumento para haber
desconocido la legitimidad. Es todo lo que dice Marroquín para justificar el golpe.
Discursos
cautelosos
El 5 de agosto
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que
cumplía años Marroquín, se reunieron unas personas para hacerle una manifestación.
Habló, para ofrecerla, don Emiliano Isaza, quien sostuvo que era discípulo de Pedro
Justo Berrío. Que era indispensable «meditar detenidamente sobre la equidad y
conveniencia de cada medida, y una vez tomada una resolución ejecutarse con firmeza
incontrastable... no pedimos represalias, aunque pudiera haberlas muy fundadas... es
tiempo de que cese la malhadada costumbre, introducida en los últimos años, de hablar y
proceder los gobernantes como jefes de partido: la autoridad suprema debe estar por encima
de toda bandera».
«El 31 de julio - asevera Isaza - de
1900 marcará época en los anales de nuestra agitada historia. No hubo ese día un golpe
de cuartel, ni una sedición militar, ni un tiro de fusil, ni un ultraje a nadie, ni un
soborno que empañe el buen nombre del ejército». Y formula una defensa de Manuel
Casabianca, que parece ser una constante de los amigos de Marroquín. Y agrega que «ni el
movimiento del 31 de julio se repetirá, porque fue una consecuencia necesaria de
circunstancias especialísimas, hijas legítimas de un régimen oprobioso que pasó»
Y dice algo extrañísimo: «Don Manuel
Antonio Sanclemente, venerable anciano de cuyo buen nombre han abusado con escándalo un
círculo corrompido, y don Rafael M. Palacio, funesto ex ministro de Gobierno, aceptaron
ayer la autoridad suprema con que el pueblo os invistió».
«El 1º de agosto de 1900 comenzó la
verdadera responsabilidad histórica del partido conservador en el gobierno: lo anterior
fue un interregno de vergüenza que no le pertenece».
Marroquín contestó cauteloso,
lejano, y deja la impresión de que no tenía programa. El discurso es de gran
pobreza verbal y conceptual. Afirma que se tomó el poder para «evitar males
trascendentales que juzgué ineludibles... confiando que el auxilio divino, la pureza y
rectitud de mis intenciones...» lo sacarán adelante. Reclama que haya «completa unidad
de pensamiento y de acción».
El presidente señala a Marroquín como perjuro
Sanclemente,
119
el 3 de agosto lanza un manifiesto a la nación. En él
enjuicia la conducta de Marroquín. Lo que afirma, lo expresa con energía», sin
vacilaciones. Concita para que la opinión se reúna y proteste, para castigar a quienes
han pecado en materia grave ante la República. El presidente sentencia: «En la noche del
31 del mes próximo pasado, el vicepresidente de la República, señor Marroquín, apoyado
por unos pocos individuos del ejército, se declaró en ejercicio del Poder Ejecutivo,
desempeñado por mí... dando a conocer que profesa el inmoral principio de que la fuerza
prima al derecho. No contento con eso, dispuso que se me redujera a prisión, como si
fuera un insigne criminal, y así se ha hecho».
Pregunta con ironía: «Quién ha hecho
juez al señor Marroquín para cambiar por la fuerza el Gobierno cuando a él se le ocurre
que no esta bien servido y tenga la vanidad de creer que él lo servirá mejor?».
Rememorando que él juró defender la
Constitución y las leyes y cumplir los deberes que le incumben, el 7 de agosto de 1898,
Marroquín ha cometido el grave delito de perjurio. Por eso Sanclemente no comprende cómo
puede invocar a Dios para el acto que está cometiendo. Y deja sentada su posición:
«Protesto ante vosotros del golpe de Estado verificado en la noche del 31 de julio del
mes pasado y de la prisión en que se me ha mantenido. Si vuestros antepasados no
consintieron en ser gobernados dictatorialmente por el gran Bolívar, libertador de cinco
naciones, ¿consentiréis vosotros en serlo por el señor Marroquín y por los que lo
apoyan en acto tan arbitrario? Veréis con indiferencia y lo verá también el ejército,
que tantas pruebas de lealtad ha dado, que se continúe ultrajando al legítimo gobernante
de la nación? »
Y concluye tajantemente: «Haced, pues, lo que el honor nacional demanda, sin creer que mi
protesta tenga por objeto el que se derrame una sola gota de sangre por mi causa».
Soy
el presidente y ejerzo
El presidente Sanclemente, el 1º de agosto de
l9OO,
120
pasa un mensaje a los jefes civiles y
militares:
«Tengo conocimiento de que en Bogotá se ha establecido un gobierno de facto, presidido
por S.E. el vicepresidente de la República.
«Ignoro los motivos que han determinado tan irregular procedimiento; pero debo suponer
que este se basa en la creencia infundada de que el presidente ha dejado de ejercer sus
funciones.
«Pongo, por tanto, en conocimiento
de V.S. que no he dejado de ejercer un sólo instante las funciones que la Constitución y
las leyes atribuyen al Jefe Ejecutivo Nacional, funciones que actualmente ejerzo y
continuaré ejerciendo en cumplimiento de indeclinables deberes»,
Como se lee, no hay dudas en
Sanclemente. No existió un sólo momento de vacilación. Tenía corteza de cuál era su
destino histórico.
Sanclemente
arremete con dignidad
Sanclemente fue esencialmente un
jurista. De allí nacía su fuerza y su prestigio. Como hombre acostumbrado al manejo de
las leyes, tenía, heredado de estas, la exactitud en el lenguaje; la nobleza en los
adjetivos que calificaban; la precisión en la palabra que escogía para reproducir su
pensamiento. Recordemos que Stendhal advertía que para escribir, con nobleza idiomática
y con altura espiritual su Rojo y
negro, apelaba
a la lectura previa del Código Civil. De ese manantial venía el presidente. Pero,
además, tenía su estilo la versatilidad de quien ha manejado muchas y densas situaciones
políticas. Una de las primeras páginas que escribe es la que se conoce con el nombre de
Pretorianismo para refutar la circular del doctor Martínez Silva. Este, al
leerla, ha debido tener muchas dudas de su diagnóstico de médico aficionado de que
Sanclemente adolecía de debilidad de sus facultades mentales. Porque reluce el ímpetu,
la dignidad que se vuelve agresiva cuando se le desconoce, a pulcritud mental y política
cuando se las estropean. No hay una frase que indique vacilación mental en la prosa de
Sanclemente.
Comenta
121
la circular de Martínez Silva con la cual este, en su condición de ministro de
Relaciones, informa a los funcionarios de la Cancillería en el exterior «de las diversas
causas inventadas por él para engañar a dichos ministros y hacerlos servir de
instrumento de difamación ante los gobiernos cerca de los cuales están acreditados».
Dice que ello no está bien porque se requiere de un «alto funcionario publico veracidad
en todo; es cosa indigna e inadmisible, porque a nadie le es permitido, y menos a un
ministro de Relaciones Exteriores, emplear medios ilícitos para justificar un hecho,
ilícito también a todas luces». Este habla de «mis carceleros» que no me dejaban
conocer de los negocios del Gobierno. Lo de Martínez Silva es «fárrago de falsedades,
derivadas del hecho de haber estado ejerciendo yo el Poder Ejecutivo fuera de la capital
de la República».
Dice él que «yo quería, retirarme a mi
hacienda del Cauca, pues el Senado me dio permiso. Pero que a ello se opuso un
círculo político. Varias veces, cuando fui ministro de Caro, y luego senador, me
enfermé en Bogotá». Recuerda que ejerció el cargo en Anapoima porque a ello lo
autorizaba la ley y que no hizo uso de la facultad que le entregó el Congreso y que como
«allí recuperé pronto mi salud, me abstuve de hacer uso por mi propia voluntad y no por
influencias de nadie. Es falsedad también la afirmación de que a causa de mi residencia
en Anapoima se dislocó el Gobierno». No es cierto que «los ministros residentes en
Bogotá carecieran de la fuerza directiva del presidente... ellos me comunicaban cuanto
hacían y proyectaban para que yo resolviera lo que juzgara conveniente en cada
asunto, como acontecía». Menciona que ellos se reunían con frecuencia Hay
documentos de Sanclemente dando estas órdenes para discutir los negocios del Estado
y armonizar los matices de cada materia, dándole cuenta a él de cada una de las
determinaciones, en detalle. Para confrontar estas aseveraciones, bastaría con leer la
correspondencia que se cruzaban entre el presidente y sus ministros. En páginas
anteriores tuvimos ocasión de establecerlo así.
Lo inquietan otras
referencias. «como aquello, muy ofensivo en verdad, de que en virtud del desconcierto
referido, se desarrollé un sistema corrupción y de abusos en casi todos los ramos del
servicio público». Manifiesta Sanclemente que ello no puede quedar en simple
afirmación. Que se debe elevar la queja, y Martínez Silva tiene la obligación, ante la
cámara para que acuse ante el Senado.
Luego vienen
observaciones muy pertinentes de Sanclemente: «Según este, mi sola ausencia de la
capital me impedía vigilar de cerca y de un modo directo los diversos departamentos
administrativos, oír los informes de los buenos ciudadanos y las quejas de los vulnerados
en sus derechos: si todo eso lo hice por los medios Indicados, desde el lugar de mi
residencia, distante pocas leguas de la capital. ¿a qué se reduce el cargo? ¿De dónde
ha sacado el señor doctor Martínez Silva que los habitantes de la capital han de ser los
únicos que deben gozar de los privilegios a que alude? Si el presidente lo es de toda la
República. ¿por qué cada uno de los departamentos en que ella está dividida no le
exige que se multiplique para que de cerca y de un modo directo los vigile y
oiga los informes de los buenos ciudadanos y las
quejas de los vulnerables en sus derechos? Yo sé, por haberlo visto, que la residencia
del presidente en Bogotá lejos de ser útil para el buen servicio político, es
inconveniente, porque él es asediado día y noche por numerosos aspirantes a destinos y
por todos los que desean tener de él algún favor, quitándole así el tiempo que debía
emplear en beneficio de la comunidad, cosa que no acontece en grande escala en otro lugar
cualquiera, en el cual puede ejercer sus funciones sin influencias extrañas y de un modo
más tranquilo.
Con energía se refiere a otro episodio:
el doctor Luis A. Pombo miembro de la Corte, sugiere que esta pudiera atender
un juicio de interdicción «relativo a mi persona... y
nombrar médicos ad-hoc que se presentaran a
reconocerme. Yo no me sometería a semejante humillación, y despediría de mi casa, por
medio de la guardia que custodiaba mi persona, a los que vinieran a cumplir su cometido.
Si el señor doctor Martínez cree eso irregular, no así yo que sé estimarme y conozco
el respeto que se debe al puesto que ocupo».
Que la firma es en facsímil: «¿cómo asegura
esto, sabiendo como debe saber, que ningún acto del presidente tiene valor sin firma del
respectivo ministro que es el responsable?... ¿No se conoce en las afirmaciones del
señor doctor Martínez Silva la mala fe de cuanto ha escrito para ver de justificar el
crimen de que es cómplice?»
Afirma Martínez Silva algunas apreciaciones
acerca de la guerra. Sanclemente contesta: «Tal es la situación en que se encontraba el
Gobierno cuando estalló la guerra civil: La situación demandaba mi presencia en la
capital o mi retiro... asegura [que ello] creció el desconcierto... que en el gabinete
fueran continuas las disensiones y cambio de personal, por obra de cautelosos manejos y
combinaciones a mano baja... que esta debilidad y esta anarquía han sido causa de la
prolongación de la guerra y de las inmensas calamidades que han caído sobre la
República». «De orden del Gobierno y de sus agentes inmediatos, él obtuvo, después de
incesante lucha, los espléndidos triunfos de Palonegro y Cúcuta, dejando vencida la
revolución casi por entero. ¿En qué ha podido fundarse el señor doctor Martínez Silva
para decir que la debilidad del Gobierno y la anarquía producida por él, que no es
verdad que la hubiera, han sido causas de la prolongación de la guerra y de las inmensas
calamidades que han caído sobre la República? Tan cieno es que el Norte se consideró
pacificado que el comandante en jefe del Ejército se vino a la capital con gran parte de
éste poco después del golpe de cuartel del 31 de julio, improbado por él desde Lebrija.
Si el señor doctor Martínez Silva fuera verídico, ha debido decir que la prolongación
de la guerra se debe única y exclusivamente al crimen de la fecha que acabo de citar,
porque la negligencia de los autores de él y su empeño en afirmarse en el poder, han
sido la verdadera causa de la prolongación de la guerra, que sabe Dios cuándo
terminará».
En otro de sus capítulos, explica y
condena: «Cuando la inesperada revolución ocurrió me ocupaba yo en Anapoima con todos
los que componían el Ministerio, en excogitar los medios de mejorar la situación fiscal,
lamentable desde tiempo muy atrás...».
Dice Martínez Silva que «...
se ha debido ir del poder» y le contesta «en
las circunstancias anormales es cuando principalmente el presidente de la República debe
permanecer en su puesto para cumplir el deber que le impone la Constitución, de
restablecer el orden público».
No hay ninguna duda de que Sanclemente tiene el
sentido de sus deberes y de la dignidad presidencial.
«Volviendo a la circular, dice en ella el
señor doctor Martínez Silva que lo más grave era que teniendo yo muy debilitadas las
facultades mentales y has fuerzas físicas, vino a resultar que quien gobernaba era el
ministro de Gobierno... Las de él [las de Martínez Silva] pueden ser superiores a las
mías, pero mejor seria que no las tuviera, si sólo han de servirle para abusar de ellas
y
proceder irracional y apasionadamente. Sí es
de pública notoriedad que hasta el 31 de julio mi consagración al despacho de los
negocios de mi cargo fue absoluta y de ello pueden dar fe centenares de personas, como
dije antes; si intervenía en todos los negocios de importancia, hacía observaciones
sobre los asuntos de cada departamento cuando las juzgaba convenientes y resolvía las
consultas que los ministros sometían a mi decisión; y, si por otra parte, mi casa estaba
abierta para todos los que tenían algún asunto que tratar conmigo, a quienes recibía
con la mayor atención. ¿En qué en ha podido fundarse el señor doctor Martínez Silva
para dar por sentado que quien gobernaba era el ministro de Gobierno?... es una de tantas
invenciones del señor doctor Martínez Silva... para justificar la traición del 31 de
julio».
«La fuerza, pues, y nada más, fue la principal
autora del cambio de Gobierno, aunque el señor doctor Martínez Silva asegure lo
contrario».
Con claridad y dureza, Sanclemente señala
cuáles son las cualidades que distinguen a Martínez Silva en su circular. Y, además,
relata cómo es la prisión que le ha impuesto Marroquín: «Cuarto dejo dicho demuestra
que la circular tantas veces citada, no es más que un conjunto de patrañas, escritas
para engañar a los gobiernos extranjeros y al pueblo colombiano, considerándolos faltos
de discernimiento; y por estar convencido de que eso es así, declaro que el señor doctor
Martínez Silva, autor de ella, es un maldiciente y, lo que es peor, un calumniante.
«Para justificar el crimen del 31 de julio, no
sólo se ha valido de los medios ilícitos que dejo refutados, sino de omisiones que
confirman más y más su mala fe. Pruébalo la vaguedad con que habla, ofendiendo a muchas
personas, sin concretar cargos, y el hecho de decir en su circular que yo continúo en mi
última residencia de Villeta tratado con toda clase de consideraciones y miramientos,
callando lo que más agrava el crimen del 31 de julio, a saber, que el señor Marroquín,
para afinarse en el poder, me sometió a prisión indefinida y a rigurosa incomunicación
como si fuera yo reo de atroces delitos, y ha permitido que se me irroguen vejámenes
completamente inmerecidos».
Más adelante menciona cómo Martínez Silva el
25 de julio, en compañía de quienes ayudaron y fortalecieron el golpe de Estado,
ofrecía respaldo, en una manifestación a su persona la de Sanclemente -, y su
Gobierno. Transcribe apartes de un escrito de Martínez Silva del 13 de noviembre en que
este rechaza cualquier intento de revolución, «porque sería establecer el
pretorianismo, fomentando la deslealtad, único azote que nos falta».
Para terminar, Sanclemente sentencia que
Martínez Silva se ha convertido en «pretoriano». Este cargo lo escribe con el interés
de que no se dude de que está al servicio de las fuerzas militares.
Es una página ardida de sentido del honor y del
afán de verdad, No deja traslucir su debilidad mental ni la falta de ardentía humana el
presidente Sanclemente.
La protesta
de Suárez
Es muy conocida la protesta de don Marco Fidel
Suárez,
122
quien ocupaba el Ministerio de
Instrucción Pública. En el libro de Actas de Posesión, escribió una
página que lo enaltece. En ella sostiene que «Marroquín y amigos han usurpado la
primera magistratura». Atreviéndonos a hacer una síntesis, hallarnos las siguientes
afirmaciones: Es un golpe político. Es violación de la Constitución. Es un golpe a las
instituciones republicanas. Es un «flagrante perjurio». Es traición al jefe del Estado,
al Gobierno y al pueblo, «cuyos derechos han sido arrebatados por sorpresa, a mansalva».
«Es acto de barbarie pues erige como título de la autoridad la fuerza ruta, un hecho
contrario a todo sentimiento de patriotismo, ese atentado es el baldón más ignominioso
en la historia patria, hecho incompatible con todo sentimiento de civismo y caridad,
asesta profunda herida a la moralidad pública y escandaliza la sociedad, ese acto
deshonrará al país y menoscabará el concepto de nuestra soberanía ante el extranjero,
inicia una nueva faz peor que los más infortunados golpes de Estado, es el poder
deliberante de la fuerza pública, se ha roto el programa y se ha despedazado la bandera
de un partido».
Más adelante agrega que Sanclemente es
enérgico, activo, varonil, de precedentes inmaculados, ciudadano probo, hombre de gran
carácter honrado, desinteresado y patriota.
Le
habla, otra vez, a la nación
En mensaje del presidente Sanclemente
123
a la nación, manifiesta que le hacen el cargo
de que tiene alianza con los liberales, «no pudiendo hacerme cargo alguno por mi conducta
oficial ni privada». Agrega más adelante: «Sin faltar a la modestia creo francamente
que Colombia no ha tenido un presidente más bien intencionado y benévolo, y en ese
concepto digo a mis victimarios lo que Jesús al fariseo que le dio la bofetada: «Si los
he ofendido digan en qué y si no por qué me hieren».
Las
insignias presidenciales
Señora que presenció la escena cuando llegaron
donde Sanclemente a avisarle que lo depusieron, relata que lo encontraron «con su banda
presidencial y su bastón, es decir con las insignias presidenciales, sin mas, compañía
que sus dos ancianas hijas, el ministro de Gobierno y una señorita amiga de la familia.
El viejo sereno, sonriente, me pareció hermoso. Su abandono lo hacía sublime...
Contestóles: Soy el presidente de la república, todo lo que antes de mi muerte se haga,
es ilegitimo porque la legitimidad soy yo; el señor Marroquín cargará con la tremenda
responsabilidad que este acto irreflexivo le ocasiona: lo compadezco».
El militar Dousdebés le pide un certificado. Le
contesta: «Yo le ordené que defendiera la plaza, y usted me ha entregado miserablemente,
por consiguiente es un cobarde».
___________
116. Carlos Martínez Silva: Porqué
caen los partidos. Imprenta de Juan Casas. Bogotá, 1934.(Anterior)
117. José Manuel Marroquín:
«Manifiesto: Gobernadores, jefes civiles y militares de la República, conciudadanos». Gaceta
de Santander. 26-X-1900, Año XLII, No 3.451, Página 1. Bucaramanga Imprenta
Departamental.(Anterior)
118. Emiliano Isaza y José
Manuel Marroquín: Discursos. Biblioteca Luis Angel Arango: «Hojas y periódicos
sueltos». Folio 13. Imprenta Nacional. 6-VIII-1900. Bogotá.
(Anterior)
119. Manuel Antonio
Sanclemente. El presidente de la República, a la nación. Biblioteca Luis Angel Arango.
«Hojas y periódicos sueltos». 3 de agosto de 1900. Folio 12.
(Anterior)
120. Manuel Antonio
Sanclemente: Correspondencia. Tomo XXVI, folio 795.
(Anterior)
121. Manuel Antonio
Sanclemente. «El pretorianismo». Aparece inserto en la colección de La Opinión,
sin fecha. Son cinco hojas.
(Anterior)
122. Marco Fidel Suárez.
Protesta del l-VIII-1900. Biblioteca Luis Angel Arango. Hojas y periódicos sueltos, folio
II.
(Anterior)
123. Manuel Antonio
Sanclemente: Mensaje a la nación. Biblioteca Luis Angel Arango. «Hojas y periódicos
sueltos».
(Anterior)
CONTINUAR
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