Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO VI

Tumban a Sanclemente.  Golpe de Estado sin pueblo.  La actitud del liberalismo.   Juicio sobre Marroquín.

 

Tumban a Sanclemente

            Establecido el Gobierno de Sanclemente, se comenzó una política que tendía a crear varias imágenes sobre su administración y en cuanto a su propia vida. Se alegaba que su edad hacía imposible que pudiera pensar ordenadamente sobre los problemas del país; como no vivía en la capital, los asuntos de la patria andaban abandonados; los ministros despachaban en forma omnímoda, sin control, lo que favorecía una desorganización total del proceso de la vida administrativa; la manera de autenticar los documentos oficiales era utilizando un sello de caucho. De suerte que Colombia tenía que prevenir sus desgracias colectivas, evitando tanto desorden, desgreño y abandono de los deberes oficiales. La prédica era constante. No había un solo interregno que diera espacio a la acción de gobierno de Sanclemente.

           El liberalismo, en vista de que no se atendían sus demandas, había decretado la guerra en octubre de 1899. Los enemigos de Sanclemente prometían hacer la paz. Nunca fue cierto este propósito, pero ayudaba para organizar el golpe.

           Ya hemos visto que esta manera de calificar y despertar recelo contra esa administración, obedecía a otros intereses. No era exacta la lista de males que se señalaban a la vida nacional. Al contrario, Sanclemente vigilaba cada acto. Estaba atento a cada suceso. Esa es la realidad. Nosotros hemos reseñado aquí múltiples acciones, desde las más complicadas en el mundo del gobierno, hasta las más simples, que él controlaba.

           Pero, a la vez, se manejaban los hilos de la política mañosamente. Un día, se hacían demostraciones de adhesión y al día siguiente, se producían reuniones que propiciaban un clima de conspiración. La felonía era una manera de actuar. La conducta tenía doblez moral.

           Escriben un memorial Carlos Martínez Silva, José Vicente Concha y Miguel Abadía Méndez 94 dirigido al presidente Sanclemente. Reconocen que de acuerdo con la ley, él puede residir y despachar en cualquier lugar de Cundinamarca. Pero, insisten, en que esta medida debe ser eminentemente temporal. Que si la estancia se prolonga «equivale a trasladar de hecho la capital de la República de un lugar a otro». Citan artículos de la Constitución para darle un contenido de solemnidad jurídica y hacen una afirmación capital: que no puede ejercer el poder con la «indispensable colaboración de los ministros... y que no puede suceder por la distancia... lo que claramente vicia de inconstitucionalidad los actos de unos y otros». La afirmación conduce a una simple advertencia: no hay gobierno. Así se va creando una atmósfera de incertidumbre, perplejidades y suspicacias. Pero, además, se origina un singular juego de dudas entre los países extranjeros y los inversionistas, quienes tienen negocios con el Gobierno y la dubitación se vuelve actitud en los mismos burócratas. Cae el manto de la irresponsabilidad, cubriendo el más simple acto administrativo.

           No se detienen en los juicios ni en las sutilezas: como el régimen es presidencial «es indispensable que el presidente dirija por sí mismo, aunque con la cooperación de los respectivos ministros, todo el movimiento administrativo...».

            Asoma un argumento marrullero: que el presidente «tiene deberes sagrados relacionados con la política general del país...» y que ello no puede suceder, porque no tienen los ciudadanos acceso a su sitio de trabajo. Es bien curioso y especioso el argumento, que lo vuelven más exigente al sostener que estos no tienen manera de expresar sus discrepancias. Y que los ministros se convierten en jefes absolutos en sus respectivos departamentos.

           Continúa la carta acentuando defectos pata despertar inquietud ciudadana: que la responsabilidad que extraña la administración, exige constantes cambios de ideas entre el presidente y los ministros para que «haya unidad de pensamiento», lo que se hace imposible «cuando todos no tienen una residencia común».

           La arremetida no debe tener acento nacional simplemente. La alarma  hay que extenderla. Lo logran así al aseverar que el Poder Ejecutivo no reside  habitualmente en la capital. Entonces que ello es preocupante, pues perdemos seriedad y decoro «ante los pueblos civilizados».

           Que debe tenerse en cuenta que hay asuntos gravísimos que no deben demorar su solución. Algunos de ellos deben examinarse por todos los ministros, para no obrar precipitadamente. Inclusive que, a veces, por su empinada jerarquía, demandan consultar a los particulares. Ello es imposible en las circunstancias que se vivían.

            Viene una queja formal: que algunos ministros se han separado de sus cargos hasta por un tiempo de dos meses, quedando sus oficinas en manos  de subalternos. Los memorialistas no especificaron si lo hicieron por atender intereses particulares, o encargos oficiales, o simplemente por desidia.

            El presidente Sanclemente había cometido una imprudencia política como fue el pedir permiso al Senado para retirarse del cargo por enfermedad. En nota del 30 de noviembre de 1898, le contesta esta corporación que le otorga licencia y «deplora que la mala salud de S.E. sea la causa principal de su separación del ejercicio del Poder Ejecutivo».

            En la misma fecha, renuncian los ministros y le dicen «hacemos votos por el pronto restablecimiento de la salud de V.E.» Naturalmente, la sola noticia produjo un pánico político y conmovió a la opinión pública. Así se confirmaban las sospechas que se lanzaban a girar en el mundillo de las conjeturas.

            El cinco de diciembre, Sanclemente le responde a sus ministros que no les acepta la renuncia. El, nombra ministro de Gobierno a Rafael M. Palacio, quien era hombre de su confianza.

            Pero hay otro hecho que corrió por entre los corrillos murmurantes: existía un borrador del presidente que le iba a dirigir a Marroquín en el cual le dice que él cree que no podrá estar en el Gobierno por «largo tiempo porque en mi edad, y arduas como son las tareas del gobierno, no creo que mis débiles fuerzas que irán en decadencia, me permitan permanecer por todo el período constitucional». Parece por el tono que haya sido concebida antes de su posesión y no para justificar esta solicitud al Senado. Pero, eso sí, las conjeturas corrían con la repetición de los términos y los calificativos que él mismo se otorgaba.

             Mientras tanto, el gobernador de Cundinamarca, A. Dulcey, le avisa al ministro de Gobierno que, desde julio, se vienen reuniendo «sus enemigos y los de Casabianca».

             Pero siguen corriendo las noticias. Vuelan con la velocidad de la luz. Alejandro Peña Solano 95 le escribe a Rafael M. Palacio, diciéndole que ha hecho correr la especie de que usted va a hacer que el Gobierno convoque una convención para obtener que se anule la Vicepresidencia, y hacerse designado.» Advierte que el Gobierno lo respalda «todo el tren administrativo, con variadísimas excepciones». Agrega: «En el ejército la mayor pare de los jefes de división y de cuerpo también le son adictos; pero no puede negarse que hay también en él elementos discordantes».

             En la prensa 96 aparece una información con el título «Manifestación». Relata que «el sábado en la noche se presentó a casa del señor ministro de Guerra, general Casabianca, un grupo numeroso de conservadores a felicitarlo por los nombramientos militares hechos por él últimamente... Llevó la palabra el doctor Martínez Silva, en nombre de sus compañeros, y entre otras cosas dijo que «era preciso acabar con odiosas denominaciones que pudieran indicar que había grupos distintos en la comunidad conservadora». 

             Quizás los ministros eran amigos de los históricos y las denominaciones que debían desaparecer correspondían al nacionalismo y a los independientes. No tiene otra aplicación. Es extraño que se haga una adhesión a pocos días del golpe de Estado. Pero tiene una explicación: Casabianca era integrante de la conspiración y los militares que se designaron eran de su séquito. Se  estaba organizando así  la tramoya usurpadora.

             Manuel Casabianca, ministro de guerra de Sanclemente, envía a este 97 una carta que se edita en hoja volante. El texto y el tono, son extraños. Cuando él recibió la manifestación de aplauso, estaba ya mezclado en el proceso del golpe de Estado. Se detiene en la división conservadora y asevera que ha debido de intentar detenerla: «en tales circunstancias estalló en el mes de octubre del año pasado la revolución liberal que venía a derribar las instituciones conservadoras de 1886». Hace alusión a algo extraño como es la atracción de muchos militares «que hasta entonces habían permanecido alejados, acto que mereció de V.E., efusiva aprobación». Recalca que era necesario un ajuste del gabinete  para no continuar en la brecha partidista: «Supuse que lo acaecido ayer sería una mera y aislada sedición militar, y acudí a dominarla con entereza y energía; pero hallé  que masa numerosa y respetable de ciudadanos conservadores, apoyada por todo el Ejército de la capital, exigía el cambio completo del personal del gobierno y proclamaba al vicepresidente de la República...

             Corresponde a otros —lo dice el ministro de Guerra del presidente depuesto— y no a mí juzgar este acontecimiento».

             Es un texto de traidor.

             Sanclemente relata, además, cómo fue la felonía de Casabianca: «A preparar lo ocurrido en la noche del 31 de julio, ayudó eficazmente el general Casabianca, porque, según la voz publica, le hablan ofrecido a él la dictadura. Yo, a instancias del señor Palacios, ministro de Gobierno, nombré a dicho general ministro de Guerra juzgándolo leal, honrado y digno, por lo mismo, de mi confianza, pero me equivoqué, porque apenas se encargó de la Cartera, hizo valer que en tiempo de guerra no había más gobernante que el ministro del ramo, y puso en práctica su pensamiento, obrando por sí solo y sin dar previamente al Gobierno cuenta de sus actos, ni de los nombramientos de altos funcionarios, como los de los generales Vásquez y Mariano Tovar, mis gratuitos adversarios, para jefes del Ejército cercano a la capital, y fue hasta Soacha y Sibaté a ponerse de acuerdo con ellos sobre las operaciones que debían practicar para llevar a cabo la traición premeditada; pero aconteció que el ofrecimiento de la dictadura no le fue cumplida, sino que fue investido de ella al señor Marroquín y el general Casabianca quedó con un palmo de narices y sin un soldado, ni un policial siquiera, que diera testimonio de que él tuviera algún prestigio en el Ejército y se impusiera hacer algo en favor del Gobierno que lo honró con su confianza. Ha caído, pues, para no volverse a levantar jamás».

               Hay un informe del general Eliseo Arbeláez acerca de una misión que cumplió ante Sanclemente. La fecha en la cual se entrevisto con este no aparece. Se publica el 20-VIII-1900. 98 Arbeláez parece ser hombre de confianza de Casabianca y ha sido designado Jefe de Estado Mayor de la Columna de Reserva. Lo cogió el golpe en Villeta. Cuenta que llevó un memorial del grupo de «pacifistas» liberales que pedían «regulación de la guerra». Relata: «Fui a Villeta, en donde hablé con el doctor Sanclemente sobre el objeto de mi misión, después de poner en manos el memorial mencionado. Desde el principio lo noté mal dispuesto... En efecto, en otra entrevista que tuve con el doctor Sanclemente,  me manifestó que era necesario aplicar a los revolucionarios el Código Penal, y que las revoluciones no se dan tan frecuentes en Colombia si no fuera por la impunidad y garantías que se han concedido por los gobiernos a los rebeldes».

               Hay una pregunta: ¿Cuándo Arbeláez ha sido nombrado por Casabianca? ¿Lo mandan por eficaz o lo retiran estratégicamente?

              Agrega Arbeláez más adelante: «Pedí a Palacio coadyuvara para facilitar con la parte sana del liberalismo un arreglo decoroso con el gobierno —como lo deseaba también el general Casabianca— que diera por resultado la pronta terminación de la guerra».

               Primer intento de paz que fracasa.

 

Golpe de Estado sin pueblo 

           Este fue un golpe de Estado sin pueblo. Se fraguó por el grupo político de los históricos, con dirección intelectual de un varón eminente como Carlos Martínez Silva. A su lado, estaban hombres de la mayor significación en la vida política del conservatismo. Muchos de ellos llegaron a las altas consagraciones democráticas. No es un episodio nacional en el cual lo único que haya interesado sea la figura de Sanclemente. No. Es algo que viene de más lejos. Culminó en esta Presidencia. Pero es la gran lucha contra la Regeneración. Esta adolecía de multitud de vicios —contratos, peculados, manejo irracional de los dineros oficiales—, por una parte. Una situación fiscal que golpeaba a la burocracia y extendía sus males a proveedores y gentes que vivían de extender servicios a la administración. Con un manejo inadecuado de la moneda, que golpeaba a la totalidad de la población. Se desconocían los derechos electorales, sin permitir una sola equidad al liberalismo. Una Constitución que dejaba sueltos ciertos principios naturales de la libertad de imprenta y de vigilancia y responsabilidad de los funcionarios. Que constreñía regiones completas a la mala suerte de ser desatendidas desde la Presidencia como el caso de Panamá. El hecho de tener una justicia itinerante, que impedía, desde luego, que aquella, como principio de derecho, se manifestara. Esta enumeración es un enunciado muy sucinto e incompleto.

           Pero ambos partidos tenían otras quejas que se referían a sus organizaciones y a sus principios. El liberalismo, estaba al margen: no podía expresar sus ideas, que se consideraban subversivas. Pero, además, Núñez había resuelto eliminarlas y que la colectividad, como grupo de influencia en Colombia, desapareciera. El señaló que el nacionalismo tendría el poder político en el futuro. Comprometió a muchos liberales para que formaran el «independentismo», que condujo a que el partido perdiera su fuerza y su poder. Estos dos signos, además, se fueron doblegando más, en cuanto la dureza en la censura de la prensa no permitía que se manifestaran los diversos enfoques de la doctrina liberal. El hecho de haber obligado al exilio a los jefes más prestigiosos tanto a nivel nacional como regional, dejó sin orientación a las huestes. Los desterrados se escogieron cuidadosamente para producir un desconcierto nacional. Servían para intimidar. Para que las gentes se fueran opacando.

         Se tuvo la intención de crear un nuevo partido: el nacionalismo. En el liberalismo, Núñez reclutaba gentes que se apellidaban «independientes». En el conservatismo, Caro levantaba anatemas contra este. Inclusive, llegó un momento en el cual consideró que era mejor que el antiguo partido de derecha se confundiera con un dogma religioso y pretendió que se llamase «partido católico». De suerte que la naturaleza de las dos colectividades andaba embolatada en medio de ese juego que tenía irradiación porque se manipulaba desde el poder. Silvio Villegas, 99 escritor y combatiente conservador, manifestó con clarividencia: «El heredero de la filosofía política de Bolívar no fue don José Eusebio Caro, idealista y romántico, sino don Miguel Antonio Caro, clásico y autoritario, inteligencia ordenada como un regimiento. Su mente se había nutrido en los hontanares latinos, en la literatura patrística y en Santo Tomás de Aquino. El contribuyó de manera definitiva al renacimiento de la filosofía escolástica en América. En don Miguel Antonio Caro todas las dudas se resuelven en afirmaciones: los análisis, tan lejos como quiera llevárseles, en reconstrucciones brillantes y completas; nadie sabía defenderse tan sagazmente como él en la murada fortaleza del silogismo. Caro fue un temperamento dogmático, y según el profesor López de Mesa, un padre de la iglesia, y quizás el único que haya dado la América española».

         Fue uno de esos momentos trágicos que padecen las naciones y los partidos. Siempre hay épocas en las cuales se trata de desconocer su tradición, su lucha, el acervo doctrinario y de realizaciones en el gobierno. Núñez tenía un empecinamiento contra el radicalismo liberal y su generación de gobernantes admirables, porque no lo acolitaban en sus propósitos políticos. Se ha querido sostener que fue sólo por prejuicios de faldas que se cometieron errores y se separaron en las estrategias. Esa es una afirmación tendenciosa. Ese fue un matiz marginal. El problema residía en el desprecio que se extendía para una obra de gobierno, la del radicalismo, a cuyos integrantes se les llamó la «segunda generación de libertadores». Es el cambio de enfoque en materias económicas, sociales, y aparece un nuevo esquema de las fuerzas nacionales, que se distribuían con otra mentalidad y otros intereses. En otro capítulo nos hemos referido a ello.

         Los conservadores sentían que les copaban también su tradición. Que lo que significaban y representaban en la República, se sometía a los caprichos inteligentes del señor Caro. No querían formar una nueva causa con gentes reclutadas en el liberalismo, ni deseaban que sus virtudes políticas se sometieran a unos designios confesionales. Pero es que los liberales y los conservadores coincidían en la censura a muchas prácticas oficiales que no tenían dimensión creadora. Que no correspondía a la tradición de los viejos partidos. Que no tenían la fuerza y el ímpetu de lo que los distinguía en el pasado.

 

La actitud del liberalismo

          Para aproximarnos a entender la posición del liberalismo frente al golpe de Estado, es necesario rememorar algunos episodios. Había una tendencia marcada por Núñez de hacer desaparecer la obra del radicalismo. Que se extendiera un manto de olvido sobre su gran revolución. Esta, además, trataba de borrarse devolviendo el goce pleno a quienes aquella despojó, es decir, a la Iglesia y a los terratenientes. Ello es muy elocuente  y claro. Fácil de comprobar, además. El interés era reintegrarles el poder político y sus latifundios. Así lo hizo Payán en el Cauca. 100

         El liberalismo, desde la Convención de 1897, había advertido cuáles reformas esperaba. Nadie las defendía en el conservatismo y menos entre quienes gobernaban. Cuando la situación se volvía difícil para los presidentes, éstos recomendaban que se estudiaran. Ese es el caso de Marroquín, cuando su primer paso del Gobierno de ochenta días. Cuando se vio obligado a renunciar, para apaciguar a sus enemigos, buscó el apoyo liberal, proclamando que debían apresurarse los cambios que pedía mi colectividad. Así aglutinaba gentes detrás de sí. El desconcierto liberal era inmenso como lo hemos escrito. Le daban crédito a quienes le tendían la mano, aun cuando esta no fuera eficaz en el manejo de los problemas nacionales.

         Marroquín envió un mensaje al Congreso. Esta solicitud se unía a la acción de José Vicente Concha, que era de la estirpe enemiga de la Regeneración y ayudaba a Uribe Uribe en el Congreso para conseguir que avanzaran las nuevas leyes en la Cámara. El nacionalismo -es decir, Caro, pues con este lo identificaban los partidos— detenía el proceso de mutaciones en el Senado. La rabia, entonces, crecía.

         En otro capítulo, hemos hecho una síntesis de los «Motivos de disidencia». Señalamos las coincidencias en las críticas que formulaba el liberalismo frente a las que levantaban los históricos. Cuando Sanclemente se vino a posesionar el 3 de noviembre, hubo identidades, no totalmente aclaradas, por la posición que tomó don Aquileo Parra, jefe del liberalismo. Sobre su conducta hubo debate.

         Cuando se adelantó el proceso entre el nacionalismo de Caro y los históricos, en 1897, para el escogimiento de candidato a la Presidencia, siempre circuló la versión que Caro lo que intentaba era retener el poder. Recordemos que se hablaba de que este se retiraría para no inhabilitarse para ser elegido, nuevamente, designado. El Ejecutivo, volvería a sus manos. Porque ni Sanclemente ni Marroquín, por sus condiciones personales de edad, estarían dispuestos a administrar. Entonces, caería en manos del excelso gramático. La tesis circuló tanto que Marroquín se la planteó en carta a Sanclemente. Este dijo que «ni usted ni yo, nos prestamos para esa farsa». Pero era lo que circulaba en las consejas políticas.

         Ello conducía a que se produjera una simpatía del liberalismo con los históricos. Estos, a veces, disparaban contra el gobierno con tanta energía, y en puntos en que coincidían en las críticas rojas, que producían simpatías de lado y lado. Se ataban así en coincidencias.

         Quizás esto explique la actitud del liberalismo frente al golpe. Hay que declarar que no hubo una adhesión masiva. Lo que se lee es una inclinación  a  apoyar el nuevo «status» de gobierno, en caso de que se vea que se proyectan iniciativas esenciales en torno a las reformas que el liberalismo ha planteado. No es, pues, una entrega incondicional. Es una expectativa, frente a las conversaciones que se adelantan y que parecen inclinarse a buscar soluciones racionales. Nada de esto ocurrió. El partido no tuvo, entonces, ni obligaciones, ni compromisos, ni vocación de acolitar lo que no tenía raigambre popular ni vocación de modificar las condiciones de la vida de aherrojamiento en que desenvolvía su existencia.

         A Parra lo buscan y le proponen. En el capítulo relativo a la paz, se encuentran los detalles de un rechazo híspido de Marroquín a lo que buscaban, como solución a la guerra, sus ministros. Examinando las declaraciones de la época se advierten dos tendencias dentro de quienes cooperaban con el usurpador: una, la del presidente, hierático, lejana a esos intereses de entendimiento; singularmente áspera en un momento tan dramático de la vida nacional; otra, la de algunos de los cooperadores al golpe de Estado que invariablemente hablaron de que con este se buscaría una manera de terminar la contienda. Leyendo los textos de los principales protagonistas, hay un equívoco en las propuestas. ¿Fueron serias? ¿Serían, apenas, propósitos vagos de quienes ayudaron al mandoble, sin que existiera un propósito en los gobernantes? ¿Podría ser una forma de distraer a las gentes poniéndolas a pensar en la materia más grave del país y así avanzar consolidando las conquistas palaciegas? Es extraño el procedimiento.

          Naturalmente se habla de reformas. Era la inquietud planteada por el liberalismo y la que garantizaría la terminación de la guerra. Nunca se dice por el gobierno o por sus intérpretes en qué consistirían. ¿Son subterfugios para debilitar el ímpetu militar? Es una manera de acicatear a quienes en el partido no comparten este interés y, entonces, les entregan material para denigrar y desvalorizar a los combatientes. Ya hemos establecido que es un truco que se emplea cada vez que hay dificultades con la opinión por parte de quienes  usufructúan el mando. Lentamente, se hace evidente que se trata de una farsa descomunal. Que se monta el tinglado cada vez que la opinión se pone arisca en las adhesiones.

         Hay otro hecho que ayuda a que el partido tenga silencio cauteloso frente al golpe, como es la cooperación de Marceliano Vélez. Con este varón, se han tenido entendimientos, porque él garantizaba las posibilidades de comprensión de las angustias de la colectividad, En 1891 se sufragó por su nombre y se hizo esa adhesión electoral por sus tesis, porque enunciaba un manejo diferente al que primaba en esos días aberrantes de la Regeneración, para nuestra colectividad. El le daba aval a Marroquín. Esta circunstancia, abría perspectivas de posibilidades de ataduras de entendimiento, en el futuro. Son una serie de circunstancias que se van sumando para favorecer una actitud. La que venimos comentando.

         La carta de don Aquileo Parra, del 29-Vll-l900 101 para un escritor, historiador y hombre de combate del partido, doctor Laureano García Ortiz, no permite equívocos de cómo era lo que se tejía, verbalmente, para comprometer al liberalismo en el golpe. Este fue cauteloso. Las promesas de amplia generosidad que se repartían, creaban la posibilidad de una ligazón. Por los términos de lo que dice el mensaje, no existieron compromisos que obligaran o que justificaran aquél. Lo que se mencionaba eran simples posibilidades. Hay más: no se menciona ni una conversación formal; ni reuniones previas; ni que se hubieran puntualizado las reformas que se intentarían. Por ello el jefe, don Aquileo, se reserva en adquirir compromisos. Advierte que si se inicia una verdadera mutación, actuaría en consonancia con ella: «Así, pues—dice con claridad—tan luego como el patriótico proyecto empiece a tener fiel ejecución, le daré mi humilde nombre y le prestaré todo el apoyo de que sea capaz». Queda, así, en evidencia, que no participó en el golpe: no estuvo en los entretelones de esta comedia; no se vinculó a su consumación. Leamos el texto íntegro de la comunicación:

         «Acabo de recibir su apreciable carta de hoy en que me manifiesta el deseo expresado a usted por el señor don Luis Martínez Silva, de que yo consigne por escrito, en carta dirigida a usted, mi opinión acerca del golpe de Estado que los conservadores históricos de la ciudad, de acuerdo con el señor vicepresidente de la República piensan dar próximamente, golpe que consistirá en desconocer la autoridad oficial del presidente de la República, señor doctor Manuel Antonio Sanclemente, y reconocer en su reemplazo la del vicepresidente, señor doctor José Manuel Marroquín; todo ello con el patriótico objeto de dar a la política gubernativa rumbo distinto del que hoy tiene, especialmente en lo relativo a la actual guerra civil, a la que se tratará de poner término por el reconocimiento constitucional, franco y efectivo, de todos los derechos civiles y políticos de los ciudadanos liberales de la República, desconocidos durante los largos años del actual régimen, y cuyo desconocimiento explica y justifica el movimiento armado, de grandes proporciones, que hoy agita a la nación, y por la implantación de las reformas que la gran mayoría de los colombianos ha pedido con insistencia hasta ahora desatendida.

         «Como este propósito, inspirado sin duda en el más elevado patriotismo, responde a la premiosa necesidad de procurar, por medios civilizados, la terminación de la actual guerra civil, sin que como resultado de ella quede dividida la nación en vencedores y vencidos, ni motivo alguno de queja para con los gobiernos de las naciones que en cualquier forma hayan prestado apoyo a la actual revolución colombiana; y como este sea el único medio de establecer la paz en Colombia sobre las inconmovibles bases de la equidad y la justicia, yo no puedo dejar de ver en tal propósito una halagüeña esperanza para el porvenir de nuestra patria. Así, pues, tan luego como el patriótico proyecto empiece a tener fiel ejecución, le daré mi humilde nombre y le prestaré todo el apoyo de que sea capaz.

         «Espero dejar así satisfechos los deseos del señor doctor Luis Martínez Silva, a quien debo, lo mismo que a su eminente hermano don Carlos, demostraciones de confianza política que me honran, y con quienes tengo afinidades republicanas que me es grato reconocer».

         Don Aquileo de lo que habla es de una adhesión en el futuro. Si se cumple lo que se enuncia; si llega a fraguarse lo que se anhela en el reconocimiento de los derechos, se podría pensar en concurrir después. Es un propósito condicionado. Es una tesis que necesita unos desarrollos anteriores para estudiar su solidaridad.

 

Juicio sobre Marroquín

        En los días del golpe se publicó en La Restauración 102 el siguiente juicio: «Pero, ¿Que otra cosa podrá esperarse del santurrón Marroquín, un alma a lo Rosas y a lo doctor Francia, que se deleita viendo morir de hambre en el Panóptico a presos políticos como el general Guarnizo?».

       Como se tiene tan poquísima información sobre este personaje, es indispensable entrar, en el futuro, en el escrutinio de su vida, su manera de comportarse, sus habilidades desplegadas en el último tiempo de su existencia. Ello unido a las vivezas de su hijo, que dará tantos pasos de comedia a su gobierno. Pero ese no es nuestro propósito en este escrito.

       Hay que leer la prensa de esos días en la cual el lenguaje es enardecido; el idioma flamea; queman los adjetivos que se usan. Existe un sacudimiento en la palabra por los huracanes de persecución contra los periodistas liberales. Desde luego, se condena el golpe de Estado. Hay un espíritu general de rechazo.

       En el mismo periódico 103 se advierte que se ha querido engañar al liberalismo con un sartal de promesas. «Creyendo que somos olvidadizos e infelices, cuando ni siquiera han esperado cumplir un mes de gobierno para abrirse paso a sus ideales, su modus operandi, su barbarismo medieval, su tiranía carista, sus resabios de colonia».

El 30 de septiembre de 1900 104 en esas mismas páginas, se lee: los liberales «han abierto campaña contra el despotismo, la corrupción, el oscurantismo, el peculado y la traición erigidos en únicos sistemas de gobierno, que todo eso significa el historicismo godo que desde el nefando 31 de julio último mancha el Capitolio de la República».

 

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94. Manuel Antonio Sanclemente. AGN. Correspondencia con el presidente. Tomo 25. Folios 582 a 584. Fecha: 21-VI-1900.(Regresar)

95. Ibídem.(Regresar)

96. El orden público. No 213. 31-VII-1900, página 850. (Regresar)

97. Manuel Casabianca. Carta al presidente. 1-VIII-1900. Hoja pública. Biblioteca Luis Angel Arango. «Hojas y periódicos sueltos», folio 10. Imprenta Nacional. (Regresar)

98. EliseoArbeláez. Informe. La Opinión. 20-VIII-1900, año 1, No 1, página 3. Director Gerardo Arrubla. Imprenta Nacional. (Regresar)

99. Silvio Villegas: Obra literaria. Ediciones To-Gilbert. Medellín, 1963. (Regresar)

100. Gonzalo España Arenas. El debate de la táctica. (La gran polémica interna entre los conservadores colombianos bajo el régimen de Rionegro). Editorial La Balandra. Bucaramanga, 1995. (Regresar)

101. Sanclemente Villalón; obra citada. (Regresar)

102. La Restauración. Números de los días 5 de octubre, 30 de agosto y 20 de septiembre de 1900. Biblioteca Nacional de Colombia. Sala Prensa No 7.828.(Regresar)

103. Ibídem. 30-IX-1900. (Regresar)

104. Ibídem.(Regresar)

 

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