Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO IV
(2 parte)

 

En ocho capítulos del libro de Rafael Uribe Uribe67que llevan por título ‘Elecciones regenerativas’, se expone el gravísimo problema del desconocimiento de la votación liberal. Esta, sólo garantizaba un representante —un senador era imposible a través de las artimañas legales que se tenían tejidas— como suma de la votación general de la República. El liberalismo reclamaba la creación de un poder electoral independiente. Que no sufriera interferencias; que obrara con autonomía dentro de la reglamentación legal. Que para evitar más reacciones públicas en las corporaciones electorales, tanto municipales como las departamentales o las nacionales, figurasen miembros de los diferentes partidos. En cuanto a la disciplina pública y cívica de la votación, son aconsejables los controles recíprocos. Esto cimienta una buena política de justicia, de libertad, de verdad en cuanto al voto de la opinión pública. Tiene una consecuencia primordial: así se garantiza la paz. Porque la injusticia electoral conduce, irremediablemente, a una agitación permanente. Explica Uribe, en forma minuciosa, cada uno de los trucos para que no pudiera asistir a las urnas el liberalismo. Se desconocía su votación mediante corralejas y otras conjuras. Este es apenas uno de dos temas. Lo hemos acentuado por haber sido materia explosiva que impulsó a la guerra. Los aspectos son múltiples. Tienen relación desde reformas constitucionales, defensa de la opinión, hasta el instante crucial de depositar el voto. Joaquín Tamayo68 dice que «el rechazo del proyecto de ley Concha sobre reforma electoral en el Congreso de 1898 causó en las filas liberales hondo desagrado. La negativa del Senado nacionalista fue una de las causas de la revolución, que preparada en los meses siguientes en el departamento de Santander, estalló por fin, prendiendo en el corazón de los colombianos la llama de su pasión».

          El partido lo dirigía don Aquileo Parra. Uribe Uribe, quien estaba en el extranjero, regresa por Barranquilla donde pronuncia un discurso que advierte cuál es la situación del partido, según lo recuerda Rafael Serrano Camargo,69 cuando dijo: «Nuestra disciplina bajo la opresión regenerante, se parece mucho a la obediencia de las cuadrillas de esclavos bajo el látigo del capataz. Así, pues, nuestro proceder no se explica por dictados del espíritu: es egoísmo materialista; nuestra paciencia no es la cristiana, es abyección; nuestra inercia no es voluntaria, es pereza; nuestra resignación no es virtud, es miedo». Pero a crear un clima más áspero, contribuía la Iglesia con el arzobispo Herrera Restrepo a la cabeza: «Al fin y al cabo el señor arzobispo era un político militante en las filas de la Regeneración, e incapaz de separar a la política de la. labor pastoral...» El vicario apostólico de Casanare, publicó una pastoral condenatoria y «luego un libro de más de 600 páginas, achacando al liberalismo toda suerte de crímenes y pecados». El sacerdote Rafael María Carrasquilla, rector del Colegio Mayor del Rosario, publicó su libro Ensayo sobre la política liberal, en el cual explicaba que «el liberalismo quería valerse de la política para lograr el triunfo de una idea filosófica anticatólica». Eran ingredientes que contribuían a atizar la hoguera.

          Max Grillo en su libro Ensayo sobre la política liberal manifiesta que en él pretende contar las impresiones de quien se preocupa «por el infortunio de los hombres». Es decir, por las gentes de su partido. Revela «las injusticias de los amos... el tormento de las multitudes, la tristeza resignada de los esclavos, pueblos asediados por la miseria y la tiranía... la angustia de las turbas acosadas por un principio desconocido, superior y despótico».70 Esas apreciaciones recrean la atmósfera que vivía el país y el liberalismo.

Eduardo Santa71 en su obra Rafael Uribe Uribe, une varios episodios  históricos que van dando la impresión de cómo fueron los estímulos conservadores para la guerra. Cita una conversación del ministro de Guerra, José Santos, nacionalista, con Lucas Caballero, que relató en la obra que este publicó, Memorias de la guerra de los Mil Días. Uribe Uribe al recibir las noticias que este le transmitió de aquel, manifiesta que no hay que averiguar ya si fuese cierto o no su ofrecimiento. Parecen los dos diálogos que se transcriben que hubiese un entendimiento, que no se supo de qué naturaleza sería. Fernando Galvis Salazar en su biografía Uribe Uribe72 señala que «se rumora en aquel entonces que entre el general José Santos, ministro de Guerra, y Uribe Uribe, ha habido conversaciones secretas acerca del posible apoyo de algunos batallones del Gobierno al movimiento revolucionario». El ‘Documento de los 21’, fechado el 17 de agosto de 1899, firmado por los jefes más destacados de los históricos, «acuerda: 1. Declarar que el Gobierno actual, por su política y tendencias, no corresponde a los ideales, prácticas y aspiraciones del partido conservador», y que, en consecuencia, los conservadores no están en la obligación moral de apoyarlo y compartir con él la responsabilidad de sus actos. El general Marceliano Vélez declaró que «para salvarse de este oprobioso régimen, no veía más camino que una inteligencia franca con los elementos sanos del liberalismo». El mismo había presentado un acuerdo a la Convención conservadora que autorizaba un entendimiento con este partido.

Estas coincidencias debieron estimular a los revolucionarios. Estos probablemente calcularon que tendrían la ayuda de una parte del conservatismo. O, al menos, no estarían beligerantes. Fue una gran equivocación de nuestra comunidad.

El liberalismo, desde el 20 de julio de 1898, cuando Caro73 leyó su último mensaje al Congreso, estaba notificado de cómo entendía el Gobierno, y el máximo y más autoritario dirigente, la propuesta de reformas:

«Alegan los órganos doctrinarios de la revolución que el Gobierno es responsable de este estado de cosas porque no sigue sus corrientes, porque no apoya las reformas constitucionales y legales que la revolución demanda. Y ciertamente, si estas reformas respondiesen a alguna necesidad social reconocida por algún interés distinto del interés revolucionario y demoledor, si no fuesen exigencias de la revolución misma, si, apoyándolas, quedasen acalladas las quejas, aplacado el espíritu maligno, si fuesen por parte del Gobierno medios de pacificación y no actos de criminal complicidad, verdaderas reformas y no brechas que ahondándole más y más dejarían justamente acusado al Gobierno, o mejor dicho el personal que le sirve, de terco, de reacio, de obcecado.

«Sabe Dios que no es así. Se ha realizado progresivamente sin estrépito ni conmoción, al tenor de las circunstancias, reformas que no comprometen las partes vitales de la República, y alguna vez se ha ido más lejos de lo prudente y de lo justo, por complacer a los descontentos, y nada ha satisfecho, y nada en el mismo camino satisfará a la revolución mientras no llegue al fin».

Ya hemos establecido cuál era la situación fiscal de la República. En cuanto a la realidad de los salarios, eran alarmantes las consecuencias del papel moneda. El escritor panameño Jorge Conte Porras74 en su libro Guerra de los Mil Días, reproduce un capítulo del libro de Gerardo Molina, Las ideas liberales en Colombia, en el cual este establece la angustiosa situación del país: «El discurso pronunciado en la Cámara por Uribe Uribe en 1896 da idea de la caída brutal de los salarios reales, deterioro que iba a adquirir cadencias aterradoras a medida que la crisis se acercaba a la explosión final: ‘Conozco prácticamente las condiciones de trabajo de Antioquia, Cauca, Cundinamarca y parte de Santander, y puedo condensar los efectos del papel-moneda en esta fórmula: los salarios se han elevado al doble (de ningún modo al 175 por 100), pero su capacidad adquisitiva se ha disminuido en una tercera parte. Esto puede demostrarse estableciendo dos series paralelas: 1ª) la de los jornales de 1886, con el precio de los principales artículos de consumo y 2ª) la de esos jornales y esos precios en el tiempo presente.

‘Los salarios de peones comunes eran en 1886 de 25 a 40 centavos diarios, alimentación inclusive; albañiles, 60 a 80 centavos; carpinteros, 50 centavos a $1; herreros, $1, a 1.80. Entonces se mantenía un peón con diez a quince máximum; la libra de carne valía de 10 a 20 centavos; la panela 2  y medio a 4 centavos; el maíz, de 60 a 80 centavos el almud; el arroz 10 a 15 centavos libra. Mientras que hoy un peón común gana de 50 a 80 centavos diarios, alimentación inclusive; un albañil de $1 a $2; un herrero o un carpintero de $1 a $240; pero, en cambio, la alimentación no cuesta menos de 30 a 60 centavos, y el almud de maíz, de 80 centavos a $1 .50. Los alquileres han subido por lo menos en un 100 por 100, excepto el de la casas pequeñas; los materiales de construcción se han doblado y aún cuadruplicado de precio, y en cuanto a las telas de consumo popular, cuando el  precio no se ha triplicado, es cuando la calidad ha descendido a la mitad de lo que antes era, de lo cual podría presentar numerosos ejemplos.

       «En lo que se refiere a la masa campesina la situación era igualmente insostenible. El régimen de tenencia de la tierra conservaba sus desigualdades ancestrales, y con el aumento de los capitales disponibles la concentración de ella se acentuaba. La situación debía ser pavorosa cuando en acto académico un jurista de las calidades de don Diego Mendoza Pérez podía exclamar en 1896: ‘La República no es hoy, políticamente hablando, sino una nueva forma de encomienda para los pobres.’

       «El reclutamiento, por otra parte, hacía estragos en el mundo rural. El cuadro virgiliano se rompía cada vez que gentes uniformadas se presentaban a enganchar mocetones que recibirían un fusil para ir a defender las instituciones’. Poco antes de la guerra, se calculaba en 4.000 el número de labriegos retirados de sus labores para ir a los cuarteles.

«Así el problema social se exacerbaba hasta ulcerar las carnes de la población trabajadora. El País de Cali, periódico de orientación moderada, comentaba en julio de 1899 que mientras el cambio subía al 500, los artículos de primera necesidad escaseaban, no se pagaban los sueldos, los jornales permanecían estacionarios y los hogares de los pobres sufrían el asedio de las necesidades. El Semanario culpaba al Gobierno de esa situación por aplicar al sostenimiento de un ejército numeroso las contribuciones que gravaban fuertemente las industrias y porque ‘el inmenso número de cónsules, ministros y comisionados en el exterior ha consumido y consume todo el oro que el país puede conseguir con sus productos’».

Patricia Pizzurno Gelós, en su libro Antecedentes, hechos y consecuencias de la guerra de los Mil Días en el istmo de Panamá76, hace referencia a algunos de los hechos que hemos mencionado, y a otros que tienen concomitancia con lo que acontecía en Panamá. Al describir cómo se inicia allí, puntualiza:

«Ya antes del estallido de la guerra en Colombia era evidente el malestar que existía en  Panamá. En efecto, en septiembre de 1899 el cónsul francés, A. De Boutane, le comunicaba a su gobierno que los empleados de los tribunales civiles y criminales y el tribunal superior se habían declarado en huelga porque hacía 19 meses que no cobraban su sueldo, y expresaba ‘parece que las arcas del gobierno colombiano se hallan vacías, y lo que nunca se había producido (...) las tropas de Panamá no han recibido su paga en 4 meses (...) ya se produjo un levantamiento  en el cuartel de esta ciudad; fue controlado gracias al abono de ciertas cantidades a cuenta, facilitada por la administración de las finanzas del departamento’.  En consecuencia, cabe destacar que las condiciones en el Istmo eran óptimas para el estallido de la contienda, máxime si confiamos en las palabras del cónsul Mallet de que el 80% de la población masculina de este departamento es liberal. Aunque el cónsul francés suponía que Panamá no se uniría a la rebelión ‘ ya que en estas ocasiones  el gobierno de Bogotá tiene la costumbre de solicitar la ayuda a los yanquis ’».

El historiador Antonio Pérez Aguirre77 señalaba otras de las diferentes, y riquísimas fuentes de razones que tuvo el liberalismo para ir a la guerra. En la Cámara de Representantes Juan B. Valencia, sostenía: «Si se preguntara uno a uno a todos los miembros convencidos y honrados del partido conservador, en qué época preferiría vivir, si en la transcurrida desde 1861 a 1878, por ejemplo, o en la de 1885 hasta el presente, contestarían acordes y con la mano en corazón, que querrían volver a la primera. Y en esto no hay exageración, señor presidente, porque yo he oído a centenares de labios conservadores esta increíble, pero espontánea manifestación».

La división del partido de gobierno, la aclaraba un bogotano, con la chispa que recorre el ambiente de la ciudad: los nacionalistas, son conservadores con destino, y los históricos son conservadores sin empleo. Pero el hecho es que la dureza en las posiciones, favoreció el que se «sacaran a la luz gravísimos errores». La tónica era dictatorial en el Gobierno de Caro: El Día, de José Vicente Concha, fue suspendido, a su director se le impusieron quince días de arresto por haber «tenido la osadía de criticar el monopolio del poder ejercido por Caro». La Crónica de José Camacho Carrizosa fue clausurada por criticar el monopolio de los fósforos.

Cuenta más adelante Pérez Aguirre que en periódicos conservadores, como El Correo Nacional y El Heraldo, se encontraban a diario conceptos del tenor siguiente: «Hemos vivido bajo un régimen en que la opinión pública no se tiene en cuenta para nada y en que la voluntad de los ciudadanos no juega ningún papel: toda iniciativa desaparece ante la omnipotencia del Gobierno».

La lucha de la prensa de ambos partidos, se oponía a los fraudes al tesoro y a los monopolios. La reacción contra Caro y su Regeneración, era extraordinariamente dinámica.

El combate de los históricos se manifestaba en este cartel, que en letras negrísimas, se puso en las esquinas de la capital: «El nacionalismo ha muerto. No dejó deudos, sino deudas».

El pueblo repetía esta copla:

«Justicia demanda Caro

 Para el bando nacional;

que este la merece, es claro,

que le apliquen sin reparo

todo el Código Penal».

Es bueno ir aclarando que la guerra no se produjo por imprudencias de Sanclemente. Max Grillo78 sostiene que «la rebelión de 1899 incubose durante el gobierno de Caro, pero vino a estallar en ese año».

Desde luego, la negativa a las reformas aceleró el proceso. La Crónica79 en su editorial ‘La política’, declara que «el señor Marroquín, candidato de tirios y troyanos, ha manifestado privadamente a varias personas que él no prohijará ninguna de las reformas que anhela el país.» Coincidía con lo que dijo en el discurso de posesión. En el Gobierno de Sanclemente, se solicitó por el liberalismo que se prorrogaran las sesiones para alcanzar a aprobar la ley electoral. No lo hizo. Uribe Uribe declaró que «la gota de tinta del doctor Sanclemente, con que se ha negado la prórroga, va a convertirse en un océano de sangre».

        Malcolm Deas80 sostiene que «yo creo que Caro fue más excluyente por temperamento que Núñez». Más adelante enfatiza: «Con la guerra viene el final de la presencia de los nacionalistas del grupo original independiente, que fue el protagonista de la Regeneración. Desaparece formalmente con el golpe de Estado de julio de 1900».

        Rafael Serrano Camargo81 reproduce el juicio que Caro le merecía a su copartidario Carlos Martínez Silva: «es una ley de la civilización cuando el hombre público de que se trata ha ejercido el poder supremo conforme a las leyes de la civilización. Pero cuando el supuesto personaje usó del poder no para bien del pueblo sino para su ruina y descrédito; cuando hirió y lastimó todas las fibras más hondas y delicadas del sentimiento público; cuando hizo del odio su único consejero; cuando decretó prisiones, destierros y ejecuciones arbitrarias y crueles; cuando fomentó y pagó la degradación de los caracteres; cuando derrochó los caudales del erario, comprometiendo el porvenir del país sin dejar una obra siquiera que hiciera grato su nombre; cuando dio fuerza y aliento a los explotadores para que se enriquecieran con los sudores del pueblo; cuando comprometió la dignidad de la patria ante las naciones extranjeras; cuando rebajó los puestos públicos, confiándolos a hombres ineptos y corrompidos; cuando persiguió sistemáticamente y como delito nefando la expresión del pensamiento honrado y libre; cuando fue desleal con sus juramentos y sus amigos; cuando el gobernante que tales cosas hizo, abusando de la fuerza, vuelve a la vida privada, no tiene derecho a invocar como escudo protector las leyes de la civilización, y mucho menos el respeto de aquellos a quienes él no supo respetar en el poder».

        Estas eran las fuentes de la guerra a las cuales se refería Max Grillo.

 

Primeras reacciones, leyendas, angustias  

           En el liberalismo se presentaron muchas dificultades para conseguir la unidad en el propósito de la guerra. Existían grupos de belicistas y pacifistas. El mismo don Aquileo Parra tenía posiciones dubitativas. Existían periódicos francamente hostiles a aquella. Algunos juzgaban que lo racional era esperar una evolución política, que no se veía venir. Otros, aseveraban esa pasividad como un crimen con la patria, pues ella consolidaba la suerte del régimen. Este, no cedía en el afán de no conceder una sola posibilidad de entendimiento. En cuanto a las reformas, se paralizaban. Marroquín, cuando estuvo encargado de la Presidencia, de agosto a noviembre de 1898, escribió, en el momento más álgido de su impopularidad, una solicitud al Congreso para que aquellas se produjeran. El entusiasmo nacional, fue un estallido colectivo de alegría. Hubo declaraciones que parecían apaciguar los ánimos. Se le tributó una manifestación en la cual hablaron los voceros del liberalismo. Su intervención ante el Senado nacionalista —que siempre detenía los proyectos— fue débil. Examinando esos aspectos históricos, deduzco que ese mensaje constituyó una habilísima jugada para comprometer al liberalismo en su apoyo; debilitar los grupos que proponían la guerra; reforzar su prestigio cuando se principiaba a rumorar el posible viaje de Sanclemente a Bogotá. Más que una decisión de gobierno, para mí, fue un juicioso cálculo de manejo político. Era ganar tiempo en el conturbado mundo que se vivía. Ello lleva a otra explicación: el impulso de mi partido a la Cámara de Representantes cuando se oponía a la posesión de Sanclemente. Eran jugadas de corto y largo alcance ante la opinión. El resultado era nugatorio.

Julio H. Palacio82 saleroso cronista político, nos relata cómo aconteció el cambio de actitud de Marroquín. En sus palabras, al tomar posesión, indicó que no habría reformas. Ahora, crea una atmósfera política diferente para vigorizar sus intereses. Leamos a Palacio: «Y el programa político de la nueva administración lo constituían reformas fundamentales a las instituciones, las que había proclamado en luminosos artículos publicados en El Heraldo, de Bogotá, el candidato liberal don Miguel Samper » .

       El señor Marroquín dirigió un mensaje a las Cámaras, refrendado por todos los miembros del ministerio, acogiéndolas franca y calurosamente, pues ya habían sido iniciadas en la de Representantes. Don Carlos Martínez Silva comentaba así en la revista política de El Repertorio Colombiano —octubre 18 de 1898— tan notable documento:

          «Empieza el señor vicepresidente por declarar en este notable documento que es norma de su política el dar ordenada y amplia satisfacción a anhelos de la opinión publica plenamente justificados; y en tal virtud recomienda la derogación de la ley llamada de facultades extraordinarias; expedición de una ley de elecciones que garantice la fiel expresión de la voluntad popular como resultado del voto de los ciudadanos, a fin de que todos los elementos políticos de la nación alcancen en las corporaciones públicas y en el gobierno la representación que les corresponda; la abolición de la ley que faculta al gobierno para trasladar los magistrados de un tribunal a otro, por haber ‘ocasionado el ejercicio de esta facultad perturbadoras providencias en la altísima misión que le está atribuida al poder judicial’; la expedición de una ley de prensa que asegure en esta importante materia la libertad, con la debida responsabilidad, por ser necesario que la prensa, con punto de vista de su acción moralizadora, y si se quiere, fiscalizadora de conducta de las autoridades, goce de un sistema de libertad, aunque corregido convenientemente y por medidas eficaces, cuando por medio de ella se atente contra uno de aquellos principios fundamentales de las instituciones reconocidos y aceptados como garantía de una buena organización del Estado.

        «Concluye recomendando se acoja el proyecto de ley relativo a la organización de la oficina general de cuentas, puesto que el Gobierno se propone mantener severamente el principio de la pureza en el manejo fiscal y la inexorable regla de hacer efectiva la responsabilidad de los empleados que intervienen en el ramo, para que la nación pueda saber cómo se administran sus intereses.

          «Este mensaje, como era natural, fue recibido con extraordinario regocijo en todas las clases sociales, puesto que él marca era nueva en la historia de la República, e implica la condenación, desde las más altas esferas sociales, del régimen absolutista y corruptor llevado a sus últimos extremos en la administración del señor Caro.

«Concluida la lectura del mensaje en la Cámara de Representantes, la mayoría republicana de este cuerpo se dirigió al palacio de gobierno a felicitar al señor vicepresidente y a ofrecerle su concurso y entusiástico apoyo. Muy significativo fue en esta ocasión el discurso del representante liberal doctor Uribe Uribe, quien ratificó, en nombre de su partido, la felicitación de la mayoría de la Cámara «por haber el señor vicepresidente, con su interesantísimo mensaje, establecido definitivamente la paz de la República».

«Con este mismo motivo se convocó para el domingo 2 de los corrientes, un mitin de los comerciantes, para felicitar al señor vicepresidente, y en el cual debía llevar la palabra el señor don Miguel Samper».

Las incertidumbres creadas en el liberalismo, permitían que se buscaran extrañas alianzas con este. Ya hemos mencionado las más importantes. Don Aquileo Parra83 en carta a Francisco García Rico le expresa que juzga apócrifas las actas y prospectos revolucionarios y agrega: «Que aunque no veo próximo el peligro de una revolución sí reconozco que hay combustibles para un gran incendio».

 

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67. Rafael Uribe Uribe. La Regeneración conservadora de Núñez y Caro. Compilación y prólogo de Otto Morales Benitez, Antología No 4; obra citada.(Regresar)

68. Joaquín Tamayo; obra citada.(Regresar)

69. Rafael Serrano Camargo: El general Uribe. Tercer Mundo, Bogotá, 1976. (Regresar)

70. Max Grillo: Emociones de la guerra. Los clásicos de Colombia. Editor Juan Lozano y Lozano. Segundo volumen. Tercera edición. Bogotá, 1934. (Regresar)

71. Eduardo Santa: Rafael Uribe Uribe. Biblioteca Colombiana de Cultura. Colección de Autores Nacionales. Cuarta edición. Bogotá, 1974. (Regresar)

72. Femando Galvis Salazar. Uribe Uribe. Autores antioqueños. Volumen 12. Medellín, 1962. (Regresar)

73. Miguel Antonio Caro: Mensaje al Congreso de 1898. Texto citado. (Regresar)

74. Jorge Conté Porras: Guerra de los Mil Días. Antología Panameña, tomos I y II. Biblioteca José Domingo Espinar. Panamá, 1986. (Regresar)

75. Patricia Pizzumo Gelós. Antecedentes... Ediciones Fomato. Extensión Universitaria. Universidad de Panamá. Panamá, 1990. (Regresar)

76. Antonio Pérez Aguirre: «Premilinares de la guerra de 3 años». El Tiempo, sección segunda. 8-XI-1936. (Regresar)

77. Max Grillo: «Uribe y la guerra de 1899». El Tiempo. 13-VI-1943.(Regresar)

78. La Crónica. 4-11-1898. (Regresar)

79. Varios autores del libro Aspectos polémicos de la historia colombiana del siglo XIX. Capítulo de Malcom Deas. Fondo Cultural Cafetero. Bogotá, 1983. (Regresar)

80. Rafael Serrano Camargo; obra citada. (Regresar)

81. Julio H. Palacio: La posesión de Sanclemente. El Tiempo. Segunda sección. Página 2. 13-IX-1942.(Regresar)

82. Aquileo Parra. Correspondencia. Carta a Francisco García Rico. 18-III-1898. (Regresar)

83. Aquileo Parra. Carta del 30-IX-1897. (Regresar)

 

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