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Sanclemente,
Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO III
(2 parte)
El 3 de noviembre
En marzo 13 de 1898, Parra en El Vigía escribe
a Francisco García Rico, quien ha conversado con el vicepresidente Marroquín. El jefe
liberal expresa sin equívocos: «...creo que hay tiempo bastante para que el señor
vicepresidente pueda hacer desaparecer todo peligro de revolución por medio de
compromisos o concesiones que tiendan a asegurar la introducción de ciertas reformas en
las actuales instituciones».
En su discurso de posesión, Sanclemente negó
toda posibilidad de reformas. Así se atizaba la guerra.
Sanclemente, en su derecho, resuelve venir a
posesionarse. Así se lo hace saber en mensaje a Caro que se publica en cartelones en las
principales esquinas de la capital. El revuelo que se produce es intensísimo. Así se
informa el 4-IX-l898:
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El Senado no se reunió.
La Cámara aprobó dos proposiciones:
«Una aprobada por unanimidad en que se declara
que si el doctor Sanclemente se posesiona ante la Corte Suprema, tal acto es ilegal y
atentatorio contra la Constitución, y la Cámara en tal caso no le reconocerá su
carácter de presidente; y otra en que se declara que no habiéndose posesionado el señor
doctor Sanclemente dentro del término fijado por el Código Político y Municipal, la
Presidencia de la República se encuentra vacante».
El «tres de noviembre», la expectativa
crecía. Las gentes se amotinaban. Cuando el coche de Palacio subió por la calle novena,
hacia la casa, donde se alojaba el presidente Sanclemente, se rodeó esta por la
muchedumbre que gritaba «muera el nacionalismo, los ladrones, y que vivan los partidos
políticos». Fueron apedreados quienes debían acompañar al mandatario. La reacción no
se concentraba contra este, sino contra el sistema.
La lucha en el legislativo era intensísima. El
Senado manifestó:
Dígase al presidente titular que el Senado de la República cree que
puede y debe tomar posesión de su cargo ante el presidente de la Corte Suprema». Pero
donde su posición es más explícita, es cuando agrega: «Dígase al vicepresidente de la
República, encargado del Poder Ejecutivo y al presidente de la Corte Suprema de Justicia,
que el Senado espera, sin sombra de ida, que ellos apoyen y confirmen por su parte esta
doctrina constitucional para salvar este momento crítico, el orden legal y asegurar la
tranquilidad y la confianza en el imperio de las instituciones».
El liberalismo en este episodio apoyó a la
Cámara. Esta venía aprobando las reformas que el partido proponía y demandaba con
ahínco y que hubieran asegurado la paz de la República. El nacionalismo, con mayoría en
el Senado, las rechazaba. Entonces, el sentimiento era de pública admiración y
políticamente de respaldo a lo que indicara la primera, a la cual se le señalaba en los
calificativos públicos como la «restauradora de la República». La colectividad pidió
a sus adictos su cooperación para las determinaciones que tomara esa institución. Estos
estuvieron presentes en la Plaza de Bolívar, en la calle real, en otros sitios
estratégicos. La Crónica dice que fallaron jefes «muy connotados», del lado
conservador, que no dieron las órdenes para que actuaran las masas reunidas. Según las
reseñas,
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Marroquín salió de Palacio para la
casa de su hijo Andrés, mientras partía hacia Yerbabuena. El presidente Sanclemente se
posesionó ante la honorable Corte Suprema, en la casa de su yerno, doctor Aparicio Perea,
calle 8 No 39D.
Hubo, por cierto, un largo debate en cuanto a
las actitudes tomadas por don Aquileo Parra. Se produjeron explicaciones y réplicas. El
sentimiento liberal era acentuadamente de rechazo al nacionalismo. Este encarnaba la
fuerza de la resistencia a la necesidad de reformas que se habían señalado desde la
convención de 1897. Además, se consolidaba la creencia de que ese espíritu de
transformación de la Cámara, era parte de la política de Marroquín. Estas noticias que
circulaban, indicaban por qué las tendencias del partido para apoyar a este. Se olvidaban
sus declaraciones al posesionarse, que negaban cualquier posibilidad de modificación del
régimen constitucional y legal vigente y la sentencia de que se mantendría el poder
electoral con la fuerza opresora que tenía. Es un matiz que, hasta ahora, no entendemos.
El Autonomista
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informa sobre los sucesos y trae una resolución de la Cámara en la cual se insiste en
que el presidente debe posesionarse ante el Congreso. El Senado mantiene su posición de
que lo puede hacer ante la Corte. Pero la Cámara llega a desconocer el acto y «Resuelve:
Declarase ilegal la posesión que tome ante la Corte Suprema el señor doctor Manuel A.
Sanclemente, del puesto de presidente de la República». Se da orden de continuar
entendiéndose con Marroquín como presidente legítimo. En el escrito se lee un análisis
muy preocupante de lo ocurrido y de la falta de previsión de los partidos:
«Ahora bien: la situación que se ha presentado
no era imprevista; ella se veía venir por sus pasos contados. En esta hoja vaticinamos
con toda anticipación la mayor parte de lo que está ocurriendo y de lo que sucederá.
Por tanto, los jefes de partido tuvieron tiempo más que suficiente para prepararse a
hacer frente a las emergencias. Sin embargo, las dejaron sobrevenir y pasar sin hacer
nada. Unos y otros, los directores del liberalismo y los jefes de los históricos, han
demostrado una pasmosa incapacidad. Los históricos, que han sido gobierno en todo este
tiempo, no supieron asegurarse el concurso resuelto de un solo cuerpo del ejército ni de
un solo jefe militar. De suerte que las resoluciones de la Cámara tan audaces y valientes
como concepción, se nos aparecen hoy como ridículas, porque fueron tomadas sin tener
medios para respaldarlas y hacerlas efectivas, y porque están destinadas a quedarse
escritas. Mucho se parecen, pues, a meras roncas de matasietes.
«Por su parte, los directores del Partido
Liberal, se han exhibido como El Autonomista ha venido pintándolos: lastimosamente
ineptos. Nada tenían listo para una ocasión como esta: ni una organización, ni un
fusil. Si esperaban el auxilio de los adversarios, resulta que o no lo pactaron sobre
bases reales, o fueron engañados en la hora decisiva, o los auxiliares nada tenían que
ofrecer, o en la hora decisiva tuvieron miedo.
«Ha pasado, pues, una maravillosa oportunidad,
que nunca más volverá a presentarse». Pero no terminan allí los episodios. El
Correo Nacional,
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dice que ha desaparecido el
conflicto, pues «La Cámara de Representantes en su sesión nocturna del jueves próximo
pasado, aprobó la siguiente proposición después de haber sido sustentada por los
honorables representantes Cuervo Márquez Carlos, Rojas y Rodríguez y combatida por los
honorables representantes Uribe Uribe, Forero y Arbeláez, la cual concluye: «Considerar
legítimo el ejercicio del Gobierno por el presidente de la República, y
comunicárselo».
El comentario periodístico adviene: «Viniendo
a consideraciones de otro orden, es bueno tener en cuenta que si la cámara aprobó en sus
sesiones del miércoles y jueves de la pasada semana algunas proposiciones candentes sobre
política, ello obedeció en primer término al temor que se abrigaba de que el Gobierno
del doctor Sanclemente habría de reaccionar hacia el nefando nacionalismo, y esos temores
no se han realizado, y antes en la conducta del señor presidente electo y de sus
ministros, han demostrado cómo uno y otros quieren marchar de acuerdo con la aspiración
conservadora».
A José Vicente Concha le tocó dirigir parte de los acontecimientos, como presidente de
la Cámara. Don Aquileo Parra, como jefe del liberalismo, tuvo que dar constantes
explicaciones que le exigieron el partido, y muchos de quienes fueron actores en esos
episodios. Recordemos, entre las misivas, la que tuvo que dirigir a Jorge Moya Vásquez y
Pedro J. Berrío, el 8 de noviembre de l898
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y, otra,
puntualizando que no hubo armas.
La burla periodística sintetiza el acontecimiento así, en palabras de El Autonomista:
«El éxito de la jornada ha quedado todo para el nacionalismo. Cuando los chistosos
históricos costearon hace pocos días un cartel fúnebre, invitando al entierro de aquel
bando, es él quien hoy los entierra, y con ellos al Partido Liberal, a la reforma y a la
esperanza. Mientras tanto, la paz reina en Varsovia».
El discurso de posesión de Sanclemente
El discurso de Sanclemente el día de su posesión, abría pocas perspectivas al grupo de
reformas que solicitaba el liberalismo. Este había planteado el cambio de artículos
constitucionales, que hacían imposible, desde 1886, el goce de las libertades, la
posibilidad de un sufragio fluente, la responsabilidad presidencial y el derecho de
mantener opinión libre en el país. El presidente admitía que estos cambios eran una
aspiración nacional. Así lo expresa:
«Fórmula del anhelo de la sociedad colombiana, son las reformas que se han iniciado en
las Cámaras, y que el excelentísimo señor vicepresidente de la República, con acierto
aplaudido por todos los partidos, recomendó al Congreso en mensaje especial. La
realización de ellas contribuirá eficazmente a la tranquilidad pública y encauzará las
corrientes de la opinión de manera de dar más prestigio a la ley y mayor respeto a la
autoridad. Más reconociendo, como reconozco, la imperiosa necesidad de dar satisfacción
a las exigencias de los partidos en este punto, me atrevo a pensar que en tratándose de
reformas que afectan la Constitución vigente, convendría esperar tiempo más sereno para
hacer el estudio de lo que la experiencia y la práctica honrada de las instituciones
sugieran como indispensable al bien público. Procediendo de este modo no nos
apartaríamos del ejemplo que nos da Inglaterra, cuya Constitución data desde los tiempos
de Juan Sin tierra, y del que nos ofrecen los Estados Unidos de América manteniendo
instituciones armónicas con su estado social, y apenas reformadas cuando tras largo y
concienzudo examen se ha patentizado su necesidad, sin que por esto esas dos naciones
hayan dejado de ser gobernadas sabiamente y de distinguirse por sus portentosos adelantos.
«Reformas impremeditadas o fruto del ciego espíritu de partido, dan ocasión a dolorosas
convulsiones políticas y a que las naciones sean víctimas de reacciones extremas que el
patriotismo deplora como fecundo origen de desastres en todo orden
40
».
Lo mismo que
Marroquín, su discurso lo inicia diciendo: «Poniendo a Dios por testigo de que cumpliré
fielmente la Constitución y las leyes de Colombia, me encargo del Poder Ejecutivo».
Ambos se apoyan en el Todopoderoso y hacen aparecer a este como enemigo de las reformas.
La paz nacional se veía más conturbada cada
día.
Sanclemente sí gobierna:
ejemplos
necesarísimos
Uno de los argumentos para justificar el golpe
de Estado contra Sanclemente, para poner a gobernar, nuevamente, a Marroquín, era la
falta de actividad gubernamental del presidente. Lo presentan como un inepto. Quienes
ejercían el poder eran los ministros; no había ninguna actividad ni injerencia suyas;
además vivía tan «lejos» de la capital que no se enteraba de los negocios oficiales.
Era un gobierno que oscilaba entre las diferentes tendencias de sus agentes ministeriales.
Sobre este personaje y esta
época colombiana, hay tendida una sombra, como sobre muchas de las etapas de la vida
nacional. Se repiten frecuentemente los juicios que han venido prevaleciendo. Apenas
principiamos a asomarnos a los archivos, que no habían sido consultados. Pues de ellos
sale otra imagen. Sanclemente estaba atento a los más mínimos detalles. Se le
consultaban inclusive minucias de la vida administrativa. Se mantenía al corriente de los
problemas más esenciales e indicaba el manejo de lo accesorio, es lo que van dejando
asomar los documentos que tan cabalmente tiene organizados el Archivo General de la
Nación. Este hecho, seguramente ayudará a rectificar muchos prejuicios, leyendas,
consejas, afirmaciones esquiniadas, juicios equívocos que se presentan como verdades;
análisis incompletos.
Repasemos algunos pocos negocios de los que manejó su Gobierno. Ellos nos
indicarán cómo era su conducta y si intervenía decididamente o no en los negocios
públicos. Comencemos por algo de trascendencia especialísima para la nación como son
sus límites. Carlos Cuervo Márquez le envía un mensaje,
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en el cual adjunta para su estudio el convenio sobre ejecución del laudo de límites
entre las repúblicas de Venezuela y Colombia. El texto hace explícito que no se toman
resoluciones sin el visto bueno del presidente Sanclemente: «Aun cuando el Consejo de
Gobierno encuentra aceptable dicho arreglo y lo considera como un triunfo sobre las
pretensiones que de parte de Venezuela habían venido sosteniéndose en la materia,
determinó de abstenerse por ahora de emitir formalmente el concepto que acerca del mismo
pacto le corresponde dar de acuerdo con el inciso 10 del artículo 120 de la
Constitución, y someterlo previamente [subrayo] a la ilustrada consideración de
V.E.»
«Conformándome, pues, con la determinación del Consejo de Ministros, tengo el honor de
remitir a V.E., con la presente, original del pacto en referencia.
«Una vez que V.E. lo haya estudiado y devuelto, se hará considerar de nuevo por el
Consejo de Ministros y luego por el Consejo de Estado, y será enviado de nuevo [subrayo]
a V.E., con el ejemplar de la ratificación, si fuere del caso de la aprobación
definitiva».
Los asuntos de administración política le son consultados en matices. Inclusive
participan en los diálogos con él varios ministros, si estos tienen observaciones
pertinentes en torno al análisis que demanda la situación. Cuando hay conflictos en las
gobernaciones de Antioquia y Panamá, le piden audiencia tres ministros: Jorge Holguín,
de Guerra, Cuervo Márquez, de Relaciones Exteriores y Carlos Calderón, del Tesoro. En el
caso de Panamá, Reyes y Caro recomiendan a Tomás Herrera. Pero, además, hay que
analizar las anotaciones del señor Caro quien le manifiesta
42
en
cuanto a la «deplorable situación política del departamento de Panamá...
el
obispo de aquella Diócesis no sólo fue opuesto a la candidatura de usted le
dice sino que recomendó, por una especial alocución, que se votara por los
candidatos liberales. Las recomendaciones privadas que le ha dirigido el Santo Padre han
sido ineficaces...»
Recibe, pues, informaciones múltiples y en
detalle. No se toman providencias a la ligera. Se examinan las diferentes apreciaciones.
Pero Sanclemente no deja que prevalezcan equívocos en cuanto a su conducta. Tiene claros
sus derroteros. En febrero 10
de 1900, escribe el presidente
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a Ricardo Gutiérrez respondiendo una comunicación de este en la
cual le adviene sobre el alcance de una misión que vienen a cumplir ante él. Contesta en
términos de espontánea y firme claridad: «...si esa misión fuese lo que usted me
indica, mi respuesta será la que corresponde a un magistrado que conoce su posición».
Veamos otro aspecto: el manejo de los asuntos
del Ministerio del Tesoro. El titular era Alejandro Gutiérrez. Le manifiesta
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este al gobernante que el ministro anterior pidió
autorización para hacer dos emisiones de 6 y 2 millones. Las considera insuficientes y
explica las razones para esta apreciación. Entonces, propone: «En vista de tan estrecha
situación yo no veo otro camino que el de cerrar enérgicamente la puerta a todo contrato
que demande alguna erogación y que no sea absolutamente necesario y establecer una
prudente economía en el servicio público... En este camino obraré en un todo de acuerdo
con usted».
Pero no sólo recibe consultas, Sanclemente da
órdenes. En mensaje
45
al ministro del Tesoro le
manifiesta que fue buen arreglo el que logró con el Banco de Colombia y el de Bogotá. Le
ordena «conseguir de ellos... la suma necesaria en oro para pagar las deudas de
Cerruti... sin que por causa de esta negociación pueda sufrir trastorno el comercio y
alterarse las letras». Allí está la preocupación del estadista: examina los arreglos,
busca dinero para cancelar un pleito que ha traído muchos contratiempos al país y que
fue un manejo irregular de otros gobiernos en el caso Cerruti y vigila, señalando su
importancia, que no se vayan a alterar las relaciones comerciales, perjudicando el proceso
normal de la vida económica. No son palabras de un presidente ausente.
Jorge Holguín,
46
le
consulta si hace o no una rectificación a El Autonomista para advertir que el
Gobierno no cree en revoluciones. Pero no sólo pide esta autorización, sino que remite
el texto de lo que diría. No se le escapa al presidente ni el control de las reacciones
de sus subalternos.
Pero siempre fue así. En carta
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a Jorge Holguín y Carlos Cuervo, les dice: «No es extraño
que El Heraldo haya publicado hoy un furibundo artículo contra ustedes y Calderón
y contra el gobierno, porque ese periódico es de especulación y mientras más acre sea,
tendrá mayor número de compradores entre los que sólo gustan de leer escritos
agresivos. Siento decirles que no me parece bien que publiquen la carta que dirigí al
primero de ustedes, porque si por lo que en ella dije, me insultaran de nuevo, me vería,
acaso, en la necesidad de salir a la palestra con personas que nada respetan, y eso sería
impropio en el jefe de la nación». Así deja una orientación explícita del
comportamiento frente a la prensa. Lo escribe en su estilo claro, con nítida caligrafía,
sin titubeos en la redacción ni en la letra. No puede ser un gobernante que no ejerce el
poder cuando anda atento a tanta nimiedad en relación con la opinión y que goza de
noción clara de cuál es su dignidad como presidente. No duda en indicar qué se debe
evitar, qué se puede publicar, qué consecuencias tendrá cada palabra.
El 26 de julio de 1899, el ministro de Hacienda
le pregunta cuál podría ser el interés que sería posible pactar para un empréstito.
Parece materia de poca monta. Pero alcanza varias irradiaciones: la cuantía y necesidad
del empréstito; su consentimiento; los réditos que puede pagar la nación. No hay
detalle oculto para su vigilancia de hombre de gobierno.
En julio 11 del mismo año, Sanclemente da orden
a los ministros que se reúnan dos veces por semana para el examen de los problemas
públicos, buscando mantener una permanente información interrelacionada, que le dé
unidad al gobierno y a sus soluciones. Insistimos en que quien gobierna así el destino de
la administración, y señala los deberes de quienes lo acompañan, no puede estar en el
limbo político y de decisiones. En cada oportunidad, Sanclemente participa en los actos
de gobierno.
Al negociar los empréstitos, vigila lo que se debe hacer con cada uno
de ellos. Pero, además, indica la proporción en moneda fuerte y lo que se debe pactar en
billetes nacionales, con apreciaciones de las incidencias en el futuro de la economía
nacional.
Hay una misiva del presidente
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en la cual no hay detalle que se le escape: «Quedo enterado
del convenio relativo al empréstito de dos millones de pesos ($2.000.000) celebrado con
los bancos de Antioquia, por conducto del señor Tobón, convenio aún pendiente en el
despacho de V.S. por desacuerdo en la comisión que el intermediario exige. Arreglado este
punto, el contrato me será remitido con el dictamen del Consejo de Ministros para
estudiarlo y resolver lo conveniente [subrayado mío]. Veré también el
decreto sobre aduanas que ofrece enviarme, y por lo que hace a los relativos a nuevas
economías que pueda permitirnos el estado de sitio, le repito procure redactarlos lo más
pronto posible, pues deseo poner término a ese estado para rebajar el Ejército, que
será lo que nos dé un alivio inmediato».
Este mensaje de una hoja y dos renglones más,
escrita en letra sin las vacilaciones que provoca la vejez en el pulso de las manos, se
refiere a varios temas: 1º) el empréstito con los bancos de Antioquia; 2º) la
dificultad del entendimiento sobre la comisión del intermediario; 3º)
la orden de
la revisión por el Consejo de Ministros, pero adviniendo que la final la hará él; 4º)
solicita nuevos decretos acerca de diversas materias: a) sobre aduanas; b) nuevas
economías para ajustes en la administración; c) para tomar revisiones sobre rebajas del
número de soldados. Sólo un presidente que vigila y tiene ordenados los temas, puede
hacer unas sugerencias tan eficaces para el movimiento de la pesada maquinaria
administrativa.
El ministro del Tesoro, Carlos Calderón, le
escribe
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para completar otro mensaje en el cual
le planteaba el tema del «arbitrio de recursos fiscales»; de reclamo de asignaciones a
la burocracia; comunicaciones de los empleados del poder judicial de varias ciudades; las
dificultades para atender el servicio militar fiscalmente y, más adelante, le hace un
resumen de las penurias y cómo «la nivelación de los presupuestos se hizo reduciendo
partidas». Las dificultades fiscales eran secuela que Sanclemente recibió de
administraciones anteriores. Ello debe quedar claro.
Inclusive, sobre la crisis recibe informaciones,
proyectos de decretos para conjurarla. No hay, pues, medida administrativa que no haya
conocido y sobre la cual no interviniera en la orientación de lo que debía ser su
solución.
Pero para que tengamos una imagen aproximada de
qué manera manejó el Gobierno diferente a la propagada por quienes querían
justificar el golpe de Estado nos hallamos en esta investigación con dos misivas
que revelan cómo atendía a los mínimos detalles. Jorge Holguín desde Zipaquirá
el 26-X-1899
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, quien está participando en
la guerra, le manifiesta la urgencia que tiene el ejército: «Esperamos mulas de carga
para seguir mañana». José Santos,
51
ministro de
Guerra, le informa en un telegrama sobre varias novedades del conflicto, y cómo se está
efectuando la movilización de las tropas y le plantea un tema primordial: «Sería
conveniente, atendida la carestía de víveres en esta ciudad, suministrar a la tropa una
ración de carne diaria. Espero respuesta de S. E., sobre el panicular...».
Qué mayor demostración se demanda de la
vigilancia rigurosa que ejercía sobre cada acontecimiento. Sólo a Francisco de Paula
Santander, cuando la guerra de independencia del Perú, se le han presentado tantas
solicitudes: soldados, dinero, vituallas, mulas, etc. Lo mismo aconteció con Sanclemente.
Si nosotros resumiéramos la correspondencia de esa época de su Gobierno, encontraríamos
que cada acontecimiento, acto de gobierno, apreciación política, situación fiscal, tuvo
en él un gobernante celoso de la precisión. Serían innumerables los ejemplos. Estos se
establecerán en otras materias que se tratan en este ensayo.
La suma de los actos, providencias,
resoluciones, decretos e intervenciones en los sucesos políticos, nos dan la dimensión
de lo que es un hombre gobernando. Estando alerta, como un vigía, atisbando el destino de
la patria.
Preocupación por la unión
conservadora
Sanclemente, en su discurso de posesión,
invitó a la unión de los colombianos. Fue una de sus preocupaciones. Pero la que mayores
perturbaciones traía a su administración, era la contienda entre sus copartidarios. No
fue indiferente a esta beligerancia. Consideraba de la mayor crueldad que su nombre no
ayudara a aglutinar a sus congéneres políticos. Revisando sus archivos 25.000
documentos clasificados en el Archivo Nacional hallamos multitud de telegramas,
cartas, mensajes, con especialidad al ministro de Gobierno, solicitando políticas e
intervenciones para estimular la reconciliación. Con la misma inquietud se dirige a sus
otros ministros, a jefes como Caro, a los gobernadores para que eviten aparecer parciales.
Demanda que se armonicen las desavenencias. Impetra la unidad. Lo desazona que continúe
la lucha interna. No la entiende y no la comprende. Fue otra de las grandes perturbaciones
que impedían que pudiese realizar un gobierno con mayor estabilidad. Además, desde el
día de su posesión, principió la murmuración, el fastidio, el acoso gubernamental. Los
liberales lo percibían como una prolongación del nacionalismo. No lo entendían así los
liberales de Panamá, donde vivió muchos años y ejerció actividades partidarias y
gubernamentales. La Situación
52
sostenía
que «el nacionalismo está llamado a desaparecer. Desaparecerá el mismo día en que se
posesione de la Presidencia de la República el señor Manuel Antonio Sanclemente o el
señor José Manuel Marroquín, ambos conservadores netos y de antecedentes
irreprochables».
Esta misma ambivalente actitud política, en el
caso de Sanclemente, que lo calificaban de nacionalista los históricos y algunos
liberales, le restó armonía política a su administración. No era fácil, entonces,
enderezar tantas agudas belicosidades de una opinión estremecida de apremios económicos
y sociales.
_______________________
35. El Correo Nacional,
4-XI-1898.
(Regresar)
36. Ibídem, 7 y 8-XI-1898.(Regresar)
37. El Autonomista, 5-XI-1898.
(Regresar)
38. El Correo Nacional,
12-XI-1898.
(Regresar)
39. Aquileo Parra. Archivo
General de la Nación (AGN), caja 3, carpeta 7, folio 166 y
caja 3, carpeta 7, folios 167
y 168. (Regresar)
40. Carlos Sanclemente: El
presidente Sanclemente: un magistrado ejemplar. Bogotá, 1996. (Regresar)
41. Correspondencia con el
presidente Sanclemente. Tomo III, caja 6, página 3, febrero 3 de 1889.
(Regresar)
42. Carta de Miguel Antonio
Caro, de 30 de enero de 1899, Tomo II, No 519, 3 páginas, AGN.(Regresar)
43. Carta del presidente
Sanclemente, 1° de febrero de 1900 a Ricardo Gutiérrez. En AGN, Correspondencia con el
presidente Sanclemente.
(Regresar)
44. Carta de Alejandro
Gutiérrez, ministro del Tesoro, al presidente Sanclemente, de marzo 11 de 1899. AGN.
(Regresar)
45. Mensaje de Sanclemente al
ministro del Tesoro del 10 de abril de 1899. AGN.(Regresar)
46. Carta de Jorge Holguín,
24 de abril de 1899, a Sanclemente, páginas 5, tomo IV- N° 372 al 375. Correspondencia
con Sanclemente. AGN. (Regresar)
47. Carta del presidente
Sanclemente a Holguín y Carlos Cuervo Márquez. 13-V- 1899. Páginas 1. Tomo V. No 119.
AGN. (Regresar)
48. Carta del presidente al
ministro de Hacienda. 7-IX-1899. Páginas 2. Tomo VIII. No 227. AGN.(Regresar)
49. Carta del ministro del
Tesoro, 10-VIII-1899. Pág. 6. No 826/8/9/10/11. Tomo VII.
(Regresar)
50. Carta de Jorge Holguín.
26-X-1899. Página 1, No 087. Tomo IX.
(Regresar)
51. Carta de José Santos,
Minguerra, 31-X-l 899. Página 3. Números 120,121 y 122. Tomo IX.(Regresar)
52. La Situación. No 20,
5-11-1898. En el libro Periódicos panameños...; obra citada.(Regresar)
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