Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO III
(2 parte)

 

El 3 de noviembre

En marzo 13 de 1898, Parra en El Vigía escribe a Francisco García Rico, quien ha conversado con el vicepresidente Marroquín. El jefe liberal expresa sin equívocos: «...creo que hay tiempo bastante para que el señor vicepresidente pueda hacer desaparecer todo peligro de revolución por medio de compromisos o concesiones que tiendan a asegurar la introducción de ciertas reformas en las actuales instituciones».

En su discurso de posesión, Sanclemente negó toda posibilidad de reformas. Así se atizaba la guerra.

Sanclemente, en su derecho, resuelve venir a posesionarse. Así se lo hace saber en mensaje a Caro que se publica en cartelones en las principales esquinas de la capital. El revuelo que se produce es intensísimo. Así se informa el 4-IX-l898: 35 El Senado no se reunió. La Cámara aprobó dos proposiciones:

«Una aprobada por unanimidad en que se declara que si el doctor Sanclemente se posesiona ante la Corte Suprema, tal acto es ilegal y atentatorio contra la Constitución, y la Cámara en tal caso no le reconocerá su carácter de presidente; y otra en que se declara que no habiéndose posesionado el señor doctor Sanclemente dentro del término fijado por el Código Político y Municipal, la Presidencia de la República se encuentra vacante».

El «tres de noviembre», la expectativa crecía. Las gentes se amotinaban. Cuando el coche de Palacio subió por la calle novena, hacia la casa, donde se alojaba el presidente Sanclemente, se rodeó esta por la muchedumbre que gritaba «muera el nacionalismo, los ladrones, y que vivan los partidos políticos». Fueron apedreados quienes debían acompañar al mandatario. La reacción no se concentraba contra este, sino contra el sistema.

La lucha en el legislativo era intensísima. El Senado manifestó: Dígase al presidente titular que el Senado de la República cree que puede y debe tomar posesión de su cargo ante el presidente de la Corte Suprema». Pero donde su posición es más explícita, es cuando agrega: «Dígase al vicepresidente de la República, encargado del Poder Ejecutivo y al presidente de la Corte Suprema de Justicia, que el Senado espera, sin sombra de ida, que ellos apoyen y confirmen por su parte esta doctrina constitucional para salvar este momento crítico, el orden legal y asegurar la tranquilidad y la confianza en el imperio de las instituciones».

El liberalismo en este episodio apoyó a la Cámara. Esta venía aprobando las reformas que el partido proponía y demandaba con ahínco y que hubieran asegurado la paz de la República. El nacionalismo, con mayoría en el Senado, las rechazaba. Entonces, el sentimiento era de pública admiración y políticamente de respaldo a lo que indicara la primera, a la cual se le señalaba en los calificativos públicos como la «restauradora de la República». La colectividad pidió a sus adictos su cooperación para las determinaciones que tomara esa institución. Estos estuvieron presentes en la Plaza de Bolívar, en la calle real, en otros sitios estratégicos. La Crónica dice que fallaron jefes «muy connotados», del lado conservador, que no dieron las órdenes para que actuaran las masas reunidas. Según las reseñas, 36 Marroquín salió de Palacio para la casa de su hijo Andrés, mientras partía hacia Yerbabuena. El presidente Sanclemente se posesionó ante la honorable Corte Suprema, en la casa de su yerno, doctor Aparicio Perea, calle 8 No 39D.

Hubo, por cierto, un largo debate en cuanto a las actitudes tomadas por don Aquileo Parra. Se produjeron explicaciones y réplicas. El sentimiento liberal era acentuadamente de rechazo al nacionalismo. Este encarnaba la fuerza de la resistencia a la necesidad de reformas que se habían señalado desde la convención de 1897. Además, se consolidaba la creencia de que ese espíritu de transformación de la Cámara, era parte de la política de Marroquín. Estas noticias que circulaban, indicaban por qué las tendencias del partido para apoyar a este. Se olvidaban sus declaraciones al posesionarse, que negaban cualquier posibilidad de modificación del régimen constitucional y legal vigente y la sentencia de que se mantendría el poder electoral con la fuerza opresora que tenía. Es un matiz que, hasta ahora, no entendemos.

El Autonomista 37 informa sobre los sucesos y trae una resolución de la Cámara en la cual se insiste en que el presidente debe posesionarse ante el Congreso. El Senado mantiene su posición de que lo puede hacer ante la Corte. Pero la Cámara llega a desconocer el acto y «Resuelve: Declarase ilegal la posesión que tome ante la Corte Suprema el señor doctor Manuel A. Sanclemente, del puesto de presidente de la República». Se da orden de continuar entendiéndose con Marroquín como presidente legítimo. En el escrito se lee un análisis muy preocupante de lo ocurrido y de la falta de previsión de los partidos:

«Ahora bien: la situación que se ha presentado no era imprevista; ella se veía venir por sus pasos contados. En esta hoja vaticinamos con toda anticipación la mayor parte de lo que está ocurriendo y de lo que sucederá. Por tanto, los jefes de partido tuvieron tiempo más que suficiente para prepararse a hacer frente a las emergencias. Sin embargo, las dejaron sobrevenir y pasar sin hacer nada. Unos y otros, los directores del liberalismo y los jefes de los históricos, han demostrado una pasmosa incapacidad. Los históricos, que han sido gobierno en todo este tiempo, no supieron asegurarse el concurso resuelto de un solo cuerpo del ejército ni de un solo jefe militar. De suerte que las resoluciones de la Cámara tan audaces y valientes como concepción, se nos aparecen hoy como ridículas, porque fueron tomadas sin tener medios para respaldarlas y hacerlas efectivas, y porque están destinadas a quedarse escritas. Mucho se parecen, pues, a meras roncas de matasietes.

«Por su parte, los directores del Partido Liberal, se han exhibido como El Autonomista ha venido pintándolos: lastimosamente ineptos. Nada tenían listo para una ocasión como esta: ni una organización, ni un fusil. Si esperaban el auxilio de los adversarios, resulta que o no lo pactaron sobre bases reales, o fueron engañados en la hora decisiva, o los auxiliares nada tenían que ofrecer, o en la hora decisiva tuvieron miedo.

«Ha pasado, pues, una maravillosa oportunidad, que nunca más volverá a presentarse». Pero no terminan allí los episodios. El Correo Nacional, 38 dice que ha desaparecido el conflicto, pues «La Cámara de Representantes en su sesión nocturna del jueves próximo pasado, aprobó la siguiente proposición después de haber sido sustentada por los honorables representantes Cuervo Márquez Carlos, Rojas y Rodríguez y combatida por los honorables representantes Uribe Uribe, Forero y Arbeláez, la cual concluye: «Considerar legítimo el ejercicio del Gobierno por el presidente de la República, y comunicárselo».

El comentario periodístico adviene: «Viniendo a consideraciones de otro orden, es bueno tener en cuenta que si la cámara aprobó en sus sesiones del miércoles y jueves de la pasada semana algunas proposiciones candentes sobre política, ello obedeció en primer término al temor que se abrigaba de que el Gobierno del doctor Sanclemente habría de reaccionar hacia el nefando nacionalismo, y esos temores no se han realizado, y antes en la conducta del señor presidente electo y de sus ministros, han demostrado cómo uno y otros quieren marchar de acuerdo con la aspiración conservadora».

          A José Vicente Concha le tocó dirigir parte de los acontecimientos, como presidente de la Cámara. Don Aquileo Parra, como jefe del liberalismo, tuvo que dar constantes explicaciones que le exigieron el partido, y muchos de quienes fueron actores en esos episodios. Recordemos, entre las misivas, la que tuvo que dirigir a Jorge Moya Vásquez y Pedro J. Berrío, el 8 de noviembre de l898 39 y, otra, puntualizando que no hubo armas.

          La burla periodística sintetiza el acontecimiento así, en palabras de El Autonomista: «El éxito de la jornada ha quedado todo para el nacionalismo. Cuando los chistosos históricos costearon hace pocos días un cartel fúnebre, invitando al entierro de aquel bando, es él quien hoy los entierra, y con ellos al Partido Liberal, a la reforma y a la esperanza. Mientras tanto, la paz reina en Varsovia».

 

El discurso de posesión de Sanclemente

         El discurso de Sanclemente el día de su posesión, abría pocas perspectivas al grupo de reformas que solicitaba el liberalismo. Este había planteado el cambio de artículos constitucionales, que hacían imposible, desde 1886, el goce de las libertades, la posibilidad de un sufragio fluente, la responsabilidad presidencial y el derecho de mantener opinión libre en el país. El presidente admitía que estos cambios eran una aspiración nacional. Así lo expresa:

         «Fórmula del anhelo de la sociedad colombiana, son las reformas que se han iniciado en las Cámaras, y que el excelentísimo señor vicepresidente de la República, con acierto aplaudido por todos los partidos, recomendó al Congreso en mensaje especial. La realización de ellas contribuirá eficazmente a la tranquilidad pública y encauzará las corrientes de la opinión de manera de dar más prestigio a la ley y mayor respeto a la autoridad. Más reconociendo, como reconozco, la imperiosa necesidad de dar satisfacción a las exigencias de los partidos en este punto, me atrevo a pensar que en tratándose de reformas que afectan la Constitución vigente, convendría esperar tiempo más sereno para hacer el estudio de lo que la experiencia y la práctica honrada de las instituciones sugieran como indispensable al bien público. Procediendo de este modo no nos apartaríamos del ejemplo que nos da Inglaterra, cuya Constitución data desde los tiempos de Juan Sin tierra, y del que nos ofrecen los Estados Unidos de América manteniendo instituciones armónicas con su estado social, y apenas reformadas cuando tras largo y concienzudo examen se ha patentizado su necesidad, sin que por esto esas dos naciones hayan dejado de ser gobernadas sabiamente y de distinguirse por sus portentosos adelantos. «Reformas impremeditadas o fruto del ciego espíritu de partido, dan ocasión a dolorosas convulsiones políticas y a que las naciones sean víctimas de reacciones extremas que el patriotismo deplora como fecundo origen de desastres en todo orden 40 ».”

      Lo mismo que Marroquín, su discurso lo inicia diciendo: «Poniendo a Dios por testigo de que cumpliré fielmente la Constitución y las leyes de Colombia, me encargo del Poder Ejecutivo». Ambos se apoyan en el Todopoderoso y hacen aparecer a este como enemigo de las reformas.

La paz nacional se veía más conturbada cada día.

 

Sanclemente sí gobierna: ejemplos necesarísimos

Uno de los argumentos para justificar el golpe de Estado contra Sanclemente, para poner a gobernar, nuevamente, a Marroquín, era la falta de actividad gubernamental del presidente. Lo presentan como un inepto. Quienes ejercían el poder eran los ministros; no había ninguna actividad ni injerencia suyas; además vivía tan «lejos» de la capital que no se enteraba de los negocios oficiales. Era un gobierno que oscilaba entre las diferentes tendencias de sus agentes ministeriales.

Sobre este personaje y esta época colombiana, hay tendida una sombra, como sobre muchas de las etapas de la vida nacional. Se repiten frecuentemente los juicios que han venido prevaleciendo. Apenas principiamos a asomarnos a los archivos, que no habían sido consultados. Pues de ellos sale otra imagen. Sanclemente estaba atento a los más mínimos detalles. Se le consultaban inclusive minucias de la vida administrativa. Se mantenía al corriente de los problemas más esenciales e indicaba el manejo de lo accesorio, es lo que van dejando asomar los documentos que tan cabalmente tiene organizados el Archivo General de la Nación. Este hecho, seguramente ayudará a rectificar muchos prejuicios, leyendas, consejas, afirmaciones esquiniadas, juicios equívocos que se presentan como verdades; análisis incompletos.

        Repasemos algunos pocos negocios de los que manejó su Gobierno.  Ellos nos indicarán cómo era su conducta y si intervenía decididamente o no en los negocios públicos. Comencemos por algo de trascendencia especialísima para la nación como son sus límites. Carlos Cuervo Márquez le envía un mensaje, 41 en el cual adjunta para su estudio el convenio sobre ejecución del laudo de límites entre las repúblicas de Venezuela y Colombia. El texto hace explícito que no se toman resoluciones sin el visto bueno del presidente Sanclemente: «Aun cuando el Consejo de Gobierno encuentra aceptable dicho arreglo y lo considera como un triunfo sobre las pretensiones que de parte de Venezuela habían venido sosteniéndose en la materia, determinó de abstenerse por ahora de emitir formalmente el concepto que acerca del mismo pacto le corresponde dar de acuerdo con el inciso 10 del artículo 120 de la Constitución, y someterlo previamente [subrayo] a la ilustrada consideración de V.E.»

           «Conformándome, pues, con la determinación del Consejo de Ministros, tengo el honor de remitir a V.E., con la presente, original del pacto en referencia.

           «Una vez que V.E. lo haya estudiado y devuelto, se hará considerar de nuevo por el Consejo de Ministros y luego por el Consejo de Estado, y será enviado de nuevo [subrayo] a V.E., con el ejemplar de la ratificación, si fuere del caso de la aprobación definitiva».

            Los asuntos de administración política le son consultados en matices. Inclusive participan en los diálogos con él varios ministros, si estos tienen observaciones pertinentes en torno al análisis que demanda la situación. Cuando hay conflictos en las gobernaciones de Antioquia y Panamá, le piden audiencia tres ministros: Jorge Holguín, de Guerra, Cuervo Márquez, de Relaciones Exteriores y Carlos Calderón, del Tesoro. En el caso de Panamá, Reyes y Caro recomiendan a Tomás Herrera. Pero, además, hay que analizar las anotaciones del señor Caro quien le manifiesta 42 en cuanto a la «deplorable situación política del departamento de Panamá... el obispo de aquella Diócesis no sólo fue opuesto a la candidatura de usted —le dice— sino que recomendó, por una especial alocución, que se votara por los candidatos liberales. Las recomendaciones privadas que le ha dirigido el Santo Padre han sido ineficaces...»

Recibe, pues, informaciones múltiples y en detalle. No se toman providencias a la ligera. Se examinan las diferentes apreciaciones. Pero Sanclemente no deja que prevalezcan equívocos en cuanto a su conducta. Tiene claros sus derroteros. En febrero 10 de 1900, escribe el presidente 43 a Ricardo Gutiérrez respondiendo una comunicación de este en la cual le adviene sobre el alcance de una misión que vienen a cumplir ante él. Contesta en términos de espontánea y firme claridad: «...si esa misión fuese lo que usted me indica, mi respuesta será la que corresponde a un magistrado que conoce su posición».

Veamos otro aspecto: el manejo de los asuntos del Ministerio del Tesoro. El titular era Alejandro Gutiérrez. Le manifiesta 44 este al gobernante que el ministro anterior pidió autorización para hacer dos emisiones de 6 y 2 millones. Las considera insuficientes y explica las razones para esta apreciación. Entonces, propone: «En vista de tan estrecha situación yo no veo otro camino que el de cerrar enérgicamente la puerta a todo contrato que demande alguna erogación y que no sea absolutamente necesario y establecer una prudente economía en el servicio público... En este camino obraré en un todo de acuerdo con usted».

Pero no sólo recibe consultas, Sanclemente da órdenes. En mensaje 45 al ministro del Tesoro le manifiesta que fue buen arreglo el que logró con el Banco de Colombia y el de Bogotá. Le ordena «conseguir de ellos... la suma necesaria en oro para pagar las deudas de Cerruti... sin que por causa de esta negociación pueda sufrir trastorno el comercio y alterarse las letras». Allí está la preocupación del estadista: examina los arreglos, busca dinero para cancelar un pleito que ha traído muchos contratiempos al país y que fue un manejo irregular de otros gobiernos en el caso Cerruti y vigila, señalando su importancia, que no se vayan a alterar las relaciones comerciales, perjudicando el proceso normal de la vida económica. No son palabras de un presidente ausente.

Jorge Holguín, 46 le consulta si hace o no una rectificación a El Autonomista para advertir que el Gobierno no cree en revoluciones. Pero no sólo pide esta autorización, sino que remite el texto de lo que diría. No se le escapa al presidente ni el control de las reacciones de sus subalternos.

Pero siempre fue así. En carta 47 a Jorge Holguín y Carlos Cuervo, les dice: «No es extraño que El Heraldo haya publicado hoy un furibundo artículo contra ustedes y Calderón y contra el gobierno, porque ese periódico es de especulación y mientras más acre sea, tendrá mayor número de compradores entre los que sólo gustan de leer escritos agresivos. Siento decirles que no me parece bien que publiquen la carta que dirigí al primero de ustedes, porque si por lo que en ella dije, me insultaran de nuevo, me vería, acaso, en la necesidad de salir a la palestra con personas que nada respetan, y eso sería impropio en el jefe de la nación». Así deja una orientación explícita del comportamiento frente a la prensa. Lo escribe en su estilo claro, con nítida caligrafía, sin titubeos en la redacción ni en la letra. No puede ser un gobernante que no ejerce el poder cuando anda atento a tanta nimiedad en relación con la opinión y que goza de noción clara de cuál es su dignidad como presidente. No duda en indicar qué se debe evitar, qué se puede publicar, qué consecuencias tendrá cada palabra.

El 26 de julio de 1899, el ministro de Hacienda le pregunta cuál podría ser el interés que sería posible pactar para un empréstito. Parece materia de poca monta. Pero alcanza varias irradiaciones: la cuantía y necesidad del empréstito; su consentimiento; los réditos que puede pagar la nación. No hay detalle oculto para su vigilancia de hombre de gobierno.

En julio 11 del mismo año, Sanclemente da orden a los ministros que se reúnan dos veces por semana para el examen de los problemas públicos, buscando mantener una permanente información interrelacionada, que le dé unidad al gobierno y a sus soluciones. Insistimos en que quien gobierna así el destino de la administración, y señala los deberes de quienes lo acompañan, no puede estar en el limbo político y de decisiones. En cada oportunidad, Sanclemente participa en los actos de gobierno.

           Al negociar los empréstitos, vigila lo que se debe hacer con cada uno de ellos. Pero, además, indica la proporción en moneda fuerte y lo que se debe pactar en billetes nacionales, con apreciaciones de las incidencias en el futuro de la economía nacional.

Hay una misiva del presidente 48 en la cual no hay detalle que se le escape: «Quedo enterado del convenio relativo al empréstito de dos millones de pesos ($2.000.000) celebrado con los bancos de Antioquia, por conducto del señor Tobón, convenio aún pendiente en el despacho de V.S. por desacuerdo en la comisión que el intermediario exige. Arreglado este punto, el contrato me será remitido con el dictamen del Consejo de Ministros para estudiarlo y resolver lo conveniente [subrayado mío]. Veré también el decreto sobre aduanas que ofrece enviarme, y por lo que hace a los relativos a nuevas economías que pueda permitirnos el estado de sitio, le repito procure redactarlos lo más pronto posible, pues deseo poner término a ese estado para rebajar el Ejército, que será lo que nos dé un alivio inmediato».

Este mensaje de una hoja y dos renglones más, escrita en letra sin las vacilaciones que provoca la vejez en el pulso de las manos, se refiere a varios temas: 1º) el empréstito con los bancos de Antioquia; 2º) la dificultad del entendimiento sobre la comisión del intermediario; 3º) la orden de la revisión por el Consejo de Ministros, pero adviniendo que la final la hará él; 4º) solicita nuevos decretos acerca de diversas materias: a) sobre aduanas; b) nuevas economías para ajustes en la administración; c) para tomar revisiones sobre rebajas del número de soldados. Sólo un presidente que vigila y tiene ordenados los temas, puede hacer unas sugerencias tan eficaces para el movimiento de la pesada maquinaria administrativa.

El ministro del Tesoro, Carlos Calderón, le escribe 49 para completar otro mensaje en el cual le planteaba el tema del «arbitrio de recursos fiscales»; de reclamo de asignaciones a la burocracia; comunicaciones de los empleados del poder judicial de varias ciudades; las dificultades para atender el servicio militar fiscalmente y, más adelante, le hace un resumen de las penurias y cómo «la nivelación de los presupuestos se hizo reduciendo partidas». Las dificultades fiscales eran secuela que Sanclemente recibió de administraciones anteriores. Ello debe quedar claro.

Inclusive, sobre la crisis recibe informaciones, proyectos de decretos para conjurarla. No hay, pues, medida administrativa que no haya conocido y sobre la cual no interviniera en la orientación de lo que debía ser su solución.

Pero para que tengamos una imagen aproximada de qué manera manejó el Gobierno —diferente a la propagada por quienes querían justificar el golpe de Estado— nos hallamos en esta investigación con dos misivas que revelan cómo atendía a los mínimos detalles. Jorge Holguín —desde Zipaquirá el 26-X-1899 50 —, quien está participando en la guerra, le manifiesta la urgencia que tiene el ejército: «Esperamos mulas de carga para seguir mañana». José Santos, 51 ministro de Guerra, le informa en un telegrama sobre varias novedades del conflicto, y cómo se está efectuando la movilización de las tropas y le plantea un tema primordial: «Sería conveniente, atendida la carestía de víveres en esta ciudad, suministrar a la tropa una ración de carne diaria. Espero respuesta de S. E., sobre el panicular...».

Qué mayor demostración se demanda de la vigilancia rigurosa que ejercía sobre cada acontecimiento. Sólo a Francisco de Paula Santander, cuando la guerra de independencia del Perú, se le han presentado tantas solicitudes: soldados, dinero, vituallas, mulas, etc. Lo mismo aconteció con Sanclemente. Si nosotros resumiéramos la correspondencia de esa época de su Gobierno, encontraríamos que cada acontecimiento, acto de gobierno, apreciación política, situación fiscal, tuvo en él un gobernante celoso de la precisión. Serían innumerables los ejemplos. Estos se establecerán en otras materias que se tratan en este ensayo.

La suma de los actos, providencias, resoluciones, decretos e intervenciones en los sucesos políticos, nos dan la dimensión de lo que es un hombre gobernando. Estando alerta, como un vigía, atisbando el destino de la patria.

 

Preocupación por la unión conservadora

Sanclemente, en su discurso de posesión, invitó a la unión de los colombianos. Fue una de sus preocupaciones. Pero la que mayores perturbaciones traía a su administración, era la contienda entre sus copartidarios. No fue indiferente a esta beligerancia. Consideraba de la mayor crueldad que su nombre no ayudara a aglutinar a sus congéneres políticos. Revisando sus archivos —25.000 documentos clasificados en el Archivo Nacional— hallamos multitud de telegramas, cartas, mensajes, con especialidad al ministro de Gobierno, solicitando políticas e intervenciones para estimular la reconciliación. Con la misma inquietud se dirige a sus otros ministros, a jefes como Caro, a los gobernadores para que eviten aparecer parciales. Demanda que se armonicen las desavenencias. Impetra la unidad. Lo desazona que continúe la lucha interna. No la entiende y no la comprende. Fue otra de las grandes perturbaciones que impedían que pudiese realizar un gobierno con mayor estabilidad. Además, desde el día de su posesión, principió la murmuración, el fastidio, el acoso gubernamental. Los liberales lo percibían como una prolongación del nacionalismo. No lo entendían así los liberales de Panamá, donde vivió muchos años y ejerció actividades partidarias y gubernamentales. La Situación 52 sostenía que «el nacionalismo está llamado a desaparecer. Desaparecerá el mismo día en que se posesione de la Presidencia de la República el señor Manuel Antonio Sanclemente o el señor José Manuel Marroquín, ambos conservadores netos y de antecedentes irreprochables».

Esta misma ambivalente actitud política, en el caso de Sanclemente, que lo calificaban de nacionalista los históricos y algunos liberales, le restó armonía política a su administración. No era fácil, entonces, enderezar tantas agudas belicosidades de una opinión estremecida de apremios económicos y sociales.

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35. El Correo Nacional, 4-XI-1898. (Regresar)

36. Ibídem, 7 y 8-XI-1898.(Regresar)

37. El Autonomista, 5-XI-1898. (Regresar)

38. El Correo Nacional, 12-XI-1898. (Regresar)

39. Aquileo Parra. Archivo General de la Nación (AGN), caja 3, carpeta 7, folio 166 y caja 3, carpeta 7, folios 167 y 168. (Regresar)

40. Carlos Sanclemente: El presidente Sanclemente: un magistrado ejemplar. Bogotá, 1996. (Regresar)

41. Correspondencia con el presidente Sanclemente. Tomo III, caja 6, página 3, febrero 3 de 1889. (Regresar)

42. Carta de Miguel Antonio Caro, de 30 de enero de 1899, Tomo II, No 519, 3 pági­nas, AGN.(Regresar)

43. Carta del presidente Sanclemente, 1° de febrero de 1900 a Ricardo Gutiérrez. En AGN, Correspondencia con el presidente Sanclemente. (Regresar)

44. Carta de Alejandro Gutiérrez, ministro del Tesoro, al presidente Sanclemente, de marzo 11 de 1899. AGN. (Regresar)

45. Mensaje de Sanclemente al ministro del Tesoro del 10 de abril de 1899. AGN.(Regresar)

46. Carta de Jorge Holguín, 24 de abril de 1899, a Sanclemente, páginas 5, tomo IV- N° 372 al 375. Correspondencia con Sanclemente. AGN. (Regresar)

47. Carta del presidente Sanclemente a Holguín y Carlos Cuervo Márquez. 13-V- 1899. Páginas 1. Tomo V. No 119. AGN. (Regresar)

48. Carta del presidente al ministro de Hacienda. 7-IX-1899. Páginas 2. Tomo VIII. No 227. AGN.(Regresar)

49. Carta del ministro del Tesoro, 10-VIII-1899. Pág. 6. No 826/8/9/10/11. Tomo VII. (Regresar)

50. Carta de Jorge Holguín. 26-X-1899. Página 1, No 087. Tomo IX. (Regresar)

51. Carta de José Santos, Minguerra, 31-X-l 899. Página 3. Números 120,121 y 122. Tomo IX.(Regresar)

52. La Situación. No 20, 5-11-1898. En el libro Periódicos panameños...; obra citada.(Regresar)

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