El 4
de noviembre escribe Uribe Uribe al arzobispo de Bogotá
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solicitando su intercesión:
«También
aquí, ilustrísimo señor, muchos nobles espíritus entrevieron desde un principio los
males que había de acarrear al país la tiranía y quisieron oponerse a ellos por todos
los medios pacíficos y legales propios para conservar con el pueblo el sentimiento de la
libertad y para prevenir la miseria y la ruina, esas malas consejeras que hoy han venido a
ser tan generales y profundas en Colombia, por obra del papel moneda, del peculado y de la
mala administración; y como en el desarrollo de su actividad, nada tenían que ocultar
los patriotas que querían impedir ese
porvenir sombrío, obraron siempre a la luz del día y manteniéndose dentro de la ley.
Emplearon la palabra y la prensa, crearon comités, convocaron convenciones, fomentaron
establecimientos de educación y, en suma, se esforzaron por ejercer sus derechos dentro
de la limitada esfera a que los redujo el despotismo».
Pues bien: eso era lo que se requería por un
partido vencido, que sabía que su destino nacional no estaba clausurado. Aun cuando se
había intentado, y así se deseaba que sucediera, para lo cual se emplearon y se accedía
a las más diversas y extrañas modalidades políticas. Marroquín no abre ninguna
perspectiva. Sus palabras liquidan la más leve oportunidad de examen. En su discurso de
posesión, declara sin que hubiera resquicios para la interpretación: «Teniendo presente
que por ahora conviene no iniciar reformas ni medidas de ningún género [subrayo
como comentarista] que no puedan proponerse ni ventilarse sin enconar los ánimos, he
manifestado mi deseo de que el tratarlas se deje para tiempo más propicio» [vuelvo
a subrayar].
Así se inicia una nueva administración
Don
Aquileo Parra, como jefe único del liberalismo, con fecha 22 de septiembre, señala
cuáles son las reformas más necesarias para «restablecer, en lo que del Congreso
dependa, la República de Colombia». La situación del partido era agobiante: sentía que
no tenía patria. La Cámara, en la cual actuaba Uribe Uribe, y gozaba del concurso de
José Vicente Concha, que tenía mayoría de históricos, avanzaba en los cambios. Se
frenaban estos con la imposición en el Senado de los nacionalistas. Las palabras del jefe
liberal son de excepcional claridad:
«Por
el conocimiento que tengo de los deseos y aspiraciones del partido cuya dirección se me
confió por la convención liberal de 1897, puedo asegurar que quedará satisfecho y
tranquilo si el Congreso deroga la ley de facultades extraordinarias; emancipa del influjo
del presidente el Poder Judicial; encarga a este exclusivamente las cuestiones que
susciten por la Ley de Prensa; establece un sistema de fiscalización independiente y
libre para el examen de las cuentas de los ordenadores y pagadores del Tesoro; introduce
economías en los gastos públicos con la mira especial de promover la gradual extinción del
papel-moneda, cerrando la vía a nuevas emisiones; garantiza la inmunidad de la
correspondencia confiada a los correos y telégrafos; devuelve a la industria su libertad;
permite la libre estipulación de monedas en los contratos privados; y, por último, y
como punto esencialísimo, reforma la Ley de Elecciones vigente, así para darle
independencia al Poder Electoral como para asegurar la pureza y efectividad del sufragio
de todos los ciudadanos que tengan derecho a ejercerlo».
¿Qué pensaba Marroquín de Sanclemente?
Hemos avanzado sin preguntamos qué pensaba
Marroquín de Sanclemente. Sus juicios ayudan a conformar el cuadro moral en el cual se
debatía el vicepresidente. Hay testimonios muy elocuentes de sus reacciones. Es bueno
dejarlos aquí para que se juzgue cómo fue la mutación de actitud. Y cómo es de
elocuente la traición.
En
el libro El 31 de julio33
encontramos varias
declaraciones de respeto, admiración, encomio, reconocimiento de calidades, expresas
constancias de adhesión, de inclinación por el sentimiento de autoridad que dimanaba de
la trayectoria y de la personalidad de Sanclemente. El 4-X-1897, Marroquín le expresa que
para aceptar la candidatura necesita que esté en su compañía: «Para resolverme tengo
que tomar en cuenta mi ineptitud y lo duro del sacrificio que habría de hacer de mi
reposo y de todos mis gustos. Me animaría el que mi nombre hubiera de ir unido con el de
un patricio como usted, el más respetable de los que, en épocas muy señaladas, han
prestado insignes servicios a nuestra causa y al país». El 14-XII-97, le
manifiesta que han ganado las elecciones: «Para mí esto no es sino motivo de confusión,
pues cada día me hallo menos digno del honor que se me ha dispensado al asociar mi nombre
al de usted. Hasta ahora había yo esperado confiadamente en que usted, una vez elegido
presidente, vendría a posesionarse y a encargarse del mando. Esto satisfaría una
necesidad del país y a mí me libraría de una carga desproporcionada a mis fuerzas... No
se me oculta que a usted ha de costarle sacrificio penoso el dejar su casa; pero sé que
usted se encuentra sano y vigoroso y que su patriotismo ha de darle el aliento necesario
para consumar aquel sacrificio». Le cuenta que se rumora que Caro, «haciéndose elegir
designado», sería quien gobernaría.
Sanclemente le contesta a Marroquín el 8-1-98:
«No faltan, sin embargo, personas apasionadas que afirmen como usted me dice, que
nuestras candidaturas no han sido más que un recurso dirigido a conseguir que el señor
Caro, haciéndose elegir designado o vicepresidente, siga gobernando la República, como
si usted y yo fuéramos capaces de tal farsa y como si el señor Caro, digno como es,
pudiera consentir en que se recurriera a semejante medio». Le agrega que su salud es mala
y que Marroquín debe gobernar. Que se confíe a Dios.
El
24-IX-98, le cuenta el vicepresidente que
ha renunciado, pero que ha retirado el mensaje, «por aguardar a V. E. si V. E. puede
venir». Le agrega que «Nada sería tan conveniente bajo todos los aspectos como el que
V. E. viniese a posesionarse; Dios permita que pueda hacerlo».
Lorenzo Marroquín, ducho en política y en
negocios, le manifiesta el 24-IX-98 a Sanclemente que debe venir a posesionarse. «Estas
consideraciones y otras de diferente carácter me inducen a suplicarle emprenda su marcha
a Bogotá a la brevedad posible. Mi padre enfermo, abatido y fatigado se lo ha suplicado,
y yo me uno a él añadiendo que el servicio prestado a mi padre y a la nación sería
inmenso. Las dificultades son graves, pero no insuperables».
A Manuel María Sanclemente, pariente del
presidente, Lorenzo le dice (24-IX-98) que «un esfuerzo supremo es indispensable; si es
humanamente posible traer a Bogotá al doctor Sanclemente debe intentarlo y emprender
marcha inmediatamente... Mi padre y yo hemos telegrafiado en tal sentido al doctor
Sanclemente».
En el libro El presidente Manuel Antonio
Sanclemente, del joven escritor Andrés Varela Falaschi
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,
sitúa su figura en el plano del luchador político:
«Don Manuel Antonio Sanclemente fue ante todo
un hombre de Estado. Este hecho impone situar su vida en el aparato estatal. Al fin y al
cabo sus actividades las desplegó en su largo peregrinar político en este campo. Se
trata de una existencia dedicada al servicio de Colombia.
«Entregó
sus energías vitales al Estado. Las distribuyó en cada uno de los elementos que lo
componen: el territorio, la sociedad y la ley. Son ellos el marco donde se realizan las pinceladas de
la época en que vivió el presidente don Manuel Antonio Sanclemente».
Se podría anotar que, en esos momentos, en el
corto ejercicio del poder, el desprestigio de Marroquín era arrollador. Uno de sus
subterfugios fue proponer las reformas al Congreso sabiendo que serían
negadas pero así despertaba adhesiones en el liberalismo, obrando este con
ingenuidad.
Pero otro de los futuros traidores, Manuel
Casabianca, el 26-IX-98, le manifiesta a Sanclemente desde Ibagué: «Hace poco regresé
de Bogotá dejando en aquella capital una situación políticamente grave. Cumplo encargo
amigos de comunicárselo así y decirle que su venida es de suma urgencia para salvar al
país de la anarquía y la alarma de inmediata ruina».
Pedro Antonio Molina, ministro de Hacienda de
Marroquín, le declara el 24-IX-98: «Insisto en creer que ha llegado la hora de que usted
intente el último esfuerzo en servicio de la causa conservadora próxima a perecer...
Aún más: quieren facilitarle los medios para
que Sanclemente tome posesión. Lorenzo Marroquín le dice que ha presentado un proyecto
de ley para que lo pueda hacer ante dos testigos. Su padre, el vicepresidente, el 5-X-98,
le informa: «Ha pasado en la Cámara de Representantes el primer debate, y no dudo que
pasará el segundo y tercero, un proyecto de ley para que V.E. pueda tomar posesión de la
Presidencia ante el Tribunal de Buga». Sanclemente contesta sin vacilaciones el 6-X-98:
«Inútil me parece la expedición de una ley que me permita tomar posesión de la
Presidencia ante el Tribunal del Cauca por haber resuelto tomarla ante el Congreso.
Movióme a esto la renuncia que de la Vicepresidencia presentó V. E. al Senado y el
haberme exigido en su anterior telegrama que fuera a encargarme de la Presidencia por
juzgarlo necesario para su tranquilidad. En el mismo sentido y aún con mayor exigencia
recibí otro telegrama de su digno hijo don Lorenzo y estimulado así e instado por muchos
otros amigos nuestros, a quienes la renuncia de V.E. alarmó con razón, formé la
resolución dicha, de que le di aviso, y he preparado mi viaje, en vísperas del cual me
encuentro. Pronto tendré, pues, el honor de presentarle mis respetos y el placer de
estrechar su mano».
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