Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO III

Marroquín en el poder legítimo.  ¿Qué pensaba Marroquín de Sanclemente? El 3 de noviembre.    Discurso de posesión de Sanclemente.  Sanclemente sí gobierna: ejemplos necesarísimos.  Preocupaciones por la unión conservadora.

 

Marroquín en el poder legítimo

         Don José Manuel Marroquín toma posesión. Nos detendremos en discurso ante el Congreso 30 . Comienza por declarar que está «alumbrado por la fe cristiana...». Agrega que quiere «poner a Dios pública y solemnemente por testigo de mis intenciones...». Advierte que encuentra al país «en plena paz y marchando regularmente». Dice sin esguinces que «los males que amenazan a Colombia, y que ya la afligen, no son de mucho menor cuenta que los consiguientes de una invasión extranjera... la crisis es nuestro estado normal... la pobreza toca a todas las puertas... nuestros disturbios políticos han hecho que se confunda o se anule la noción de no patria...  yo desearía que mi administración fuera tiempo de tregua... La penuria del tesoro público. Ella es, en verdad, una de las principales causas de malestar y del desasosiego».

         Dice con mucho énfasis, coincidiendo en ello con Rafael Uribe Uribe 31 que «por desgracia ellos, los compatriotas, hay no pocos que abriendo falsas ideas acerca de la naturaleza y del verdadero destino de los fondos públicos, consideran la administración de ellos como administración de su gran establecimiento de beneficencia dotado de rentas inagotables».

       El liberalismo había reunido su convención en 1897. Su programa incluye una serie de reformas que garantizaban la paz. De resto, el partido buscaría otros caminos más beligerantes. Era materia conocida por todos. Pues bien: Marroquín no abre ni una ceja de luz para que ello no suceda. Era precipitar el país a soluciones violentas. Uribe Uribe promueve la necesidad de las reformas con una constancia realmente impresionante. No desea sino soluciones que obren dentro del cauce de la ley.  Pide, solicita, impetra con dignidad, insiste con vehemencia. Lo hace a través de los discursos parlamentarios; de contactos con personajes de la vida política; lo escribe en sus periódicos; lo predica de sitio en sitio; levanta su palabra en los lugares más extraños para despertar conciencia de la necesidad de un ámbito que no atropellara ninguna de las ventajas de quienes gobernaban. Así se le devolvía a la mitad de la población colombiana —por lo menos— sus derechos. Los más elementales y simples.

        El 4 de noviembre escribe Uribe Uribe al arzobispo de Bogotá 32 solicitando su intercesión:

«También aquí, ilustrísimo señor, muchos nobles espíritus entrevieron desde un principio los males que había de acarrear al país la tiranía y quisieron oponerse a ellos por todos los medios pacíficos y legales propios para conservar con el pueblo el sentimiento de la libertad y para prevenir la miseria y la ruina, esas malas consejeras que hoy han venido a ser tan generales y profundas en Colombia, por obra del papel moneda, del peculado y de la mala administración; y como en el desarrollo de su actividad, nada tenían que ocultar los patriotas que querían impedir ese porvenir sombrío, obraron siempre a la luz del día y manteniéndose dentro de la ley. Emplearon la palabra y la prensa, crearon comités, convocaron convenciones, fomentaron establecimientos de educación y, en suma, se esforzaron por ejercer sus derechos dentro de la limitada esfera a que los redujo el despotismo».

Pues bien: eso era lo que se requería por un partido vencido, que sabía que su destino nacional no estaba clausurado. Aun cuando se había intentado, y así se deseaba que sucediera, para lo cual se emplearon y se accedía a las más diversas y extrañas modalidades políticas. Marroquín no abre ninguna perspectiva. Sus palabras liquidan la más leve oportunidad de examen. En su discurso de posesión, declara sin que hubiera resquicios para la interpretación: «Teniendo presente que por ahora conviene no iniciar reformas ni medidas de ningún género [subrayo como comentarista] que no puedan proponerse ni ventilarse sin enconar los ánimos, he manifestado mi deseo de que el tratarlas se deje para tiempo más propicio» [vuelvo a subrayar].

 

Así se inicia una nueva administración

         Don Aquileo Parra, como jefe único del liberalismo, con fecha 22 de septiembre, señala cuáles son las reformas más necesarias para «restablecer, en lo que del Congreso dependa, la República de Colombia». La situación del partido era agobiante: sentía que no tenía patria. La Cámara, en la cual actuaba Uribe Uribe, y gozaba del concurso de José Vicente Concha, que tenía mayoría de históricos, avanzaba en los cambios. Se frenaban estos con la imposición en el Senado de los nacionalistas. Las palabras del jefe liberal son de excepcional claridad:

«Por el conocimiento que tengo de los deseos y aspiraciones del partido cuya dirección se me confió por la convención liberal de 1897, puedo asegurar que quedará satisfecho y tranquilo si el Congreso deroga la ley de facultades extraordinarias; emancipa del influjo del presidente el Poder Judicial; encarga a este exclusivamente las cuestiones que susciten por la Ley de Prensa; establece un sistema de fiscalización independiente y libre para el examen de las cuentas de los ordenadores y pagadores del Tesoro; introduce economías en los gastos públicos con la mira especial de promover la gradual extinción del papel-moneda, cerrando la vía a nuevas emisiones; garantiza la inmunidad de la correspondencia confiada a los correos y telégrafos; devuelve a la industria su libertad; permite la libre estipulación de monedas en los contratos privados; y, por último, y como punto esencialísimo, reforma la Ley de Elecciones vigente, así para darle independencia al Poder Electoral como para asegurar la pureza y efectividad del sufragio de todos los ciudadanos que tengan derecho a ejercerlo».

¿Qué pensaba Marroquín de Sanclemente?

Hemos avanzado sin preguntamos qué pensaba Marroquín de Sanclemente. Sus juicios ayudan a conformar el cuadro moral en el cual se debatía el vicepresidente. Hay testimonios muy elocuentes de sus reacciones. Es bueno dejarlos aquí para que se juzgue cómo fue la mutación de actitud. Y cómo es de elocuente la traición.

En el libro El 31 de julio33 encontramos varias declaraciones de respeto, admiración, encomio, reconocimiento de calidades, expresas constancias de adhesión, de inclinación por el sentimiento de autoridad que dimanaba de la trayectoria y de la personalidad de Sanclemente. El 4-X-1897, Marroquín le expresa que para aceptar la candidatura necesita que esté en su compañía: «Para resolverme tengo que tomar en cuenta mi ineptitud y lo duro del sacrificio que habría de hacer de mi reposo y de todos mis gustos. Me animaría el que mi nombre hubiera de ir unido con el de un patricio como usted, el más respetable de los que, en épocas muy señaladas, han prestado insignes servicios a nuestra causa y al país».  El 14-XII-97, le manifiesta que han ganado las elecciones: «Para mí esto no es sino motivo de confusión, pues cada día me hallo menos digno del honor que se me ha dispensado al asociar mi nombre al de usted. Hasta ahora había yo esperado confiadamente en que usted, una vez elegido presidente, vendría a posesionarse y a encargarse del mando. Esto satisfaría una necesidad del país y a mí me libraría de una carga desproporcionada a mis fuerzas... No se me oculta que a usted ha de costarle sacrificio penoso el dejar su casa; pero sé que usted se encuentra sano y vigoroso y que su patriotismo ha de darle el aliento necesario para consumar aquel sacrificio». Le cuenta que se rumora que Caro, «haciéndose elegir designado», sería quien gobernaría.

Sanclemente le contesta a Marroquín el 8-1-98: «No faltan, sin embargo, personas apasionadas que afirmen como usted me dice, que nuestras candidaturas no han sido más que un recurso dirigido a conseguir que el señor Caro, haciéndose elegir designado o vicepresidente, siga gobernando la República, como si usted y yo fuéramos capaces de tal farsa y como si el señor Caro, digno como es, pudiera consentir en que se recurriera a semejante medio». Le agrega que su salud es mala y que Marroquín debe gobernar. Que se confíe a Dios.

El 24-IX-98, le cuenta el vicepresidente que ha renunciado, pero que ha retirado el mensaje, «por aguardar a V. E. si V. E. puede venir». Le agrega que «Nada sería tan conveniente bajo todos los aspectos como el que V. E. viniese a posesionarse; Dios permita que pueda hacerlo».

Lorenzo Marroquín, ducho en política y en negocios, le manifiesta el 24-IX-98 a Sanclemente que debe venir a posesionarse. «Estas consideraciones y otras de diferente carácter me inducen a suplicarle emprenda su marcha a Bogotá a la brevedad posible. Mi padre enfermo, abatido y fatigado se lo ha suplicado, y yo me uno a él añadiendo que el servicio prestado a mi padre y a la nación sería inmenso. Las dificultades son graves, pero no insuperables».

A Manuel María Sanclemente, pariente del presidente, Lorenzo le dice (24-IX-98) que «un esfuerzo supremo es indispensable; si es humanamente posible traer a Bogotá al doctor Sanclemente debe intentarlo y emprender marcha inmediatamente... Mi padre y yo hemos telegrafiado en tal sentido al doctor Sanclemente».

En el libro El presidente Manuel Antonio Sanclemente, del joven escritor Andrés Varela Falaschi 34 , sitúa su figura en el plano del luchador político:

«Don Manuel Antonio Sanclemente fue ante todo un hombre de Estado. Este hecho impone situar su vida en el aparato estatal. Al fin y al cabo sus actividades las desplegó en su largo peregrinar político en este campo. Se trata de una existencia dedicada al servicio de Colombia.

«Entregó sus energías vitales al Estado. Las distribuyó en cada uno de los elementos que lo componen: el territorio, la sociedad y la ley. Son ellos el marco donde se realizan las pinceladas de la época en que vivió el presidente don Manuel Antonio Sanclemente».

Se podría anotar que, en esos momentos, en el corto ejercicio del poder, el desprestigio de Marroquín era arrollador. Uno de sus subterfugios fue proponer las reformas al Congreso —sabiendo que serían negadas— pero así despertaba adhesiones en el liberalismo, obrando este con ingenuidad.

Pero otro de los futuros traidores, Manuel Casabianca, el 26-IX-98, le manifiesta a Sanclemente desde Ibagué: «Hace poco regresé de Bogotá dejando en aquella capital una situación políticamente grave. Cumplo encargo amigos de comunicárselo así y decirle que su venida es de suma urgencia para salvar al país de la anarquía y la alarma de inmediata ruina».

Pedro Antonio Molina, ministro de Hacienda de Marroquín, le declara el 24-IX-98: «Insisto en creer que ha llegado la hora de que usted intente el último esfuerzo en servicio de la causa conservadora próxima a perecer...

Aún más: quieren facilitarle los medios para que Sanclemente tome posesión. Lorenzo Marroquín le dice que ha presentado un proyecto de ley para que lo pueda hacer ante dos testigos. Su padre, el vicepresidente, el 5-X-98, le informa: «Ha pasado en la Cámara de Representantes el primer debate, y no dudo que pasará el segundo y tercero, un proyecto de ley para que V.E. pueda tomar posesión de la Presidencia ante el Tribunal de Buga». Sanclemente contesta sin vacilaciones el 6-X-98: «Inútil me parece la expedición de una ley que me permita tomar posesión de la Presidencia ante el Tribunal del Cauca por haber resuelto tomarla ante el Congreso. Movióme a esto la renuncia que de la Vicepresidencia presentó V. E. al Senado y el haberme exigido en su anterior telegrama que fuera a encargarme de la Presidencia por juzgarlo necesario para su tranquilidad. En el mismo sentido y aún con mayor exigencia recibí otro telegrama de su digno hijo don Lorenzo y estimulado así e instado por muchos otros amigos nuestros, a quienes la renuncia de V.E. alarmó con razón, formé la resolución dicha, de que le di aviso, y he preparado mi viaje, en vísperas del cual me encuentro. Pronto tendré, pues, el honor de presentarle mis respetos y el placer de estrechar su mano».

 

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30. La Concordia, No 5, 25-VIII-1898.(Regresar)

31. Rafael Uribe Uribe: La Regeneración conservadora..., obra citada.(Regresar)

32. Ibídem. (Regresar)

33. José Ignacio Sanclemente Villalón: El 31 de julio: la otra historia de un cambio.de gobierno. Academia de Historia «Leonardo Tascón». Buga (Colombia), 1990. (Regresar)

34. Andrés Várela Falashi: «El presidente Manuel Antonio Sanclemente». (Inédito) (Regresar)

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