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Sanclemente,
Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XXIV
Ojos abiertos sobre la
patria. Las herencias del golpe de Estado. Recado.
Ojos abiertos sobre la patria
Fue realmente apasionante repasar los
acontecimientos, los personajes y, con especialidad, la presencia del pueblo colombiano en
esta etapa. Me volvió a crecer mi admiración por mis compatriotas. A pesar de los
desvíos de sus gobernantes, del delirio de muchos administradores públicos, no pierden
el derrotero nacional. Se comprometen, siempre, con el destino de la patria. Por estas
páginas, pasan montoneras sociales, cumpliendo con sus deberes: luchando por su partido,
por la libertad, por la democracia. Condenando la tiranía de la Regeneración sin
abatirse, entre más persecuciones crecían contra sus ideas, sus jefes y la expresión de
sus puntos ideológicos, más fieles estaban al sacrificio. Fallaban, apenas, algunos
complacientes de la inteligencia. En cambio, el mundo colectivo colombiano se ensanchaba y
ennoblecía en sus luchas.
La historia necesita unos ojos abiertos, una
comprensión extendida sobre personajes, hechos y acontecimientos, por lejanos que estén
de nuestra sensibilidad y de nuestras apetencias intelectuales. Escribo invariablemente
con afán de entendimiento. Buscando reflejar un marco de sucesos que den dimensión
colectiva a los afanes de los héroes o de los gobernantes. Estos, me apasionan, pero sus
solas existencias no comprometen mis afanes de investigación. Tiene que existir un
trasfondo de afanes comunitarios. De líneas que conduzcan a soluciones colectivas. Que el
pueblo el
de nosotros, el raso
haya tenido que comprometerse agudamente en las controversias. Este final de siglo XIX
y principios del XX,
mantiene en vilo a los colombianos, sin exclusiones. Es otro instante en que las masas
intervienen, actúan, padecen, se desangran para volver a cantar el himno de la libertad.
Dos acontecimientos: la guerra de los Mil Días
y la pérdida de Panamá, ambos sucesos trágicos y desgarradores para el destino nacional
aglutinaron el sentimiento nacional. Lo amalgamó y lo Íntegro. Muchos críticos de la
guerra, sostienen que ella fue funesta para la patria. Comparto, en parte, ese concepto:
por la miseria que consolidó y que es más consecuencia del papel moneda y de la vida
fiscal colombiana, que de los arrasamientos
que produjeron los ejércitos, de uno y otro lado. El manejo de las acciones bélicas, del
gobierno contra los civiles liberales que no combatían, paralizaron las posibilidades de
continuar unas labores regulares en la agricultura, la ganadería o las incipientes
industrias. La vigilancia hostil, las exacciones, los impuestos de guerra discriminatorios
ayudaron a paralizar más las actividades del país, que los mismos movimientos
beligerantes. Estos tenían localizaciones muy determinadas. Y por donde pasaban, desde
luego, arrasaban. Pero la paralización del país, obedeció a los afanes imperiales de
represalia. Es otro análisis que habrá que hacer en el futuro. Sólo enuncio la materia.
Como no son explicables las actitudes de
Sanclemente y de Marroquín frente a las diversas y reiteradas propuestas de paz del
liberalismo. Ambos contestaron, invariablemente, amenazando con el Código Penal. Les
faltó grandeza y entendimiento del momento histórico. No reaccionaron ni siquiera cuando
el pensador Uribe Uribe, en análisis de profundidad, advirtió que el no aceptar las
propuestas de paz llevaría a la pérdida de Panamá. Los encegueció su furor
conservador. Fue superior a la consideración del destino de Colombia.
Personalmente, considero que la guerra de los
Mil Días, amalgamó el país. Se produjo, como es natural, una movilización de
ejércitos, liberales y conservadores, por las diversas regiones. Por primera vez, muchos
colombianos tuvieron conciencia de cómo era su patria, sus diferentes tipos humanos; sus
costumbres y sueños colectivos. El amor precipitado y ardiente del guerrero, ató
múltiples relaciones humanas. Ya nunca se abandonaron totalmente. A veces, después de
las hazañas, regresaron. Otros y otras, mantuvieron encendida una evocación, que iba
uniendo regiones con regiones. Tengo la convicción de que la guerra, en lugar de haber
desintegrado, como lo sostienen algunos exploradores de ese hecho singular y tan heroico,
logró amalgamar la unidad nacional. Por primera vez, se ataron los destinos de comarcas,
de hombres y mujeres. Muchos de quienes regresaron de los vivacs, tenían una visión más
clara de cómo podía ser el destino nacional. Quienes dirigieron la guerra, de uno y otro
lado, volvieron a las labores del gobierno; a la vida legislativa, a la industria y al
comercio con criterios más integrales. Como tenían una visión completa de cómo era
Colombia, pudieron legislar mejor; gobernar con mayor orden; entender lo que solicitaban
en cada región. El hombre de gobierno sin conocimiento geográfico, no puede dar
soluciones racionales. La guerra le dio a los combatientes la medida de la patria,
recorriendo caminos, aprovechando ríos, viajando de la montaña a la costa y de ésta al
interior. Fue una lección práctica de cómo son las arrugas de la patria y cómo tiene
extensiones de tersa piel en los llanos y valles.
¿Cómo puede explicarse lo que principió a
gestarse en los comienzos del siglo XX
en la vida política colombiana? Dos generaciones se unen para señalar otros derroteros a
la patria. Las enseñanzas vienen de allá de ese peregrinar de gentes; de esa
movilización de masas; de ese fluir de paisanos por entre abruptos caminos de montañas;
de quienes descubrieron las grandes llanuras; de muchos que se deslumbraron con el mar. Es
un tiempo de masas. Por ello me apasionó.
Cuando la pérdida de Panamá, se halló un
pueblo con sensibilidad le integración. Este sentimiento de solidaridad, venía como
enseñanza de a guerra. No había límites en el amor a la patria. Esta, se les había
convertido a los colombianos de esa época, en mandato y en audiencia. Mandato para
entender que el destino nacional, nos debía conmover y comprometer. audiencia para
repartir voces de dolor colectivo. Es uno de los momentos en que nadie estuvo ausente del
apremio que apretaba el alma de la patria. Es otro instante de reflexión y movilización
de masas en la historia de Colombia. Sin haberse podido manifestar en acciones, pero que
fue amalgamando el sentimiento de integración. Nunca la patria, adolorida, ha estado tan
próxima a escuchar una convocatoria colectiva. De allí, de ese dolor comunitario,
salieron también líneas de acción que le fueron dando una unidad a la esperanza, en los
próximos años.
Es doloroso establecer que sólo las
desgarraduras ataron a nuestros compatriotas.
En estas páginas, he visto a un pueblo correr,
entre confusiones, desprecios y durezas, gritando el nombre de la patria, como un canto de
la sangre y del destino. Repitiendo con alegría el afán de la esperanza.
Las herencias del golpe de estado
Sobre la figura y el Gobierno de Manuel Antonio
Sanclemente se han acumulado juicios, prejuicios, desvíos y palabras que no permiten el
análisis de lo que aconteció. Con esos mismos sentimientos, comencé a investigar estas
páginas. Venía de muchas lecturas políticas e históricas. Comencé a descubrir nuevos
documentos; a explorar la prensa de la época; a leer correspondencia que apenas
principiaba a estar en manos de los investigadores. Me fui comprometiendo en una
exploración de mayor alcance. Encontré que Sanclemente, solo, preso, abandonado de todo
recurso, vigilado, torturado después del golpe del 31
de julio, asomaba con claridad intelectual al examen de lo que acontecía.
Las páginas que escribió en esa época, tienen
un vigor y claridad mentales, que no son, como lo han presentado sus enemigos, de un
anciano sin capacidad de decisión. No hay una palabra de entrega, ni de complacencias, ni
de cobardía. La estatura moral, espiritual y política de Sanclemente, aparece en la
dimensión histórica que merece relievarse. No sale así de mis palabras, sino de las
suyas, de su ejemplo, de su valor civil, de su coraje en medio de la soledad y
persecución que le ha tendido la dictadura. Nunca perdió el norte de la legitimidad del
Gobierno, ni la dignidad que debía rodear su figura, a pesar de que la aherrojaban sus
enemigos. De su actitud, nacen enseñanzas.
Pero, además, pude condenar el golpe de Estado.
Nunca he entendido a quienes justifican los desvíos contra la Constitución o contra las
leyes o la moral. Estos escritores, historiadores, políticos, comerciantes o simples
hombres de la calle, que justifican y ensalzan esos hechos, siempre me han producido
repudio y condena. Un país sin andadura democrática, me produce incomodidad ideológica
y política. En estas páginas, lo he dicho en múltiples tonos de protesta y de angustia.
No quiero que haya contagio de malas artes.
Veamos algunos de los desastres producidos por
el golpe de Estado de Marroquín. En los capítulos de este libro, están enunciados
hechos y consecuencias, pero puntualicemos algunas conclusiones:
Primera:
Martínez Silva al
justificar el golpe, sostiene que se intentó para obtener la paz. Marroquín no hizo nada
para que esto sucediera. Al contrario, al comenzar su gobierno, rechazó las gestiones de
sus ministros en tal sentido. Luego, apartó con desprecio las propuestas de paz. Le dio
aliento a los hombres que ejercían la represalia cruel en su Gobierno.
Segunda:
Las medidas para dar
indulto, agudizaron las reacciones. El liberalismo solicitaba otro tratamiento. No era un
juicio criminal lo que debía determinar la política del Gobierno.
Tercera:
El tratado de paz de
Neerlandia, permitió a miembros del gobierno para que pidieran el ajusticiamiento de los
jefes de la guerra, en lugar de predicar soluciones para aclimatar la libertad y la
terminación de los combates. No existía ese espíritu.
Cuarta:
La llamada del ejército
norteamericano cuando es vencido Carlos Albán y triunfa Benjamín Herrera en Aguadulce,
es uno de los momentos de mayores signos de tragedia en la historia colombiana. Los
resultados fueron la desmembración de la patria.
Quinta:
Herrera acepta la paz para
que no lleguen ejércitos norteamericanos y para que siempre reluzca su mandato espiritual
y político: <La patria por encima de los partidos».
Sexta:
La tiranía es una de las
causas de la pérdida de Panamá.
Séptima:
Las soluciones
propuestas por Sanclemente para evitar una dictadura, son desoídas por Marroquín.
Octava:
La manera como descuidó
la tiranía las negociaciones sobre el Canal de Panamá llevó a que ese sitio de
confluencia internacional y le neutralidad para todas las naciones, como lo predicó
Colombia desde su comienzo, pasara a ser de dominio exclusivo de Estados Unidos.
Novena:
Hay que hacer, en otra
ocasión, un estudio para llegar a entender si la oposición de Caro y sus compañeros,
contra el Tratado Herrán-Hay, fue o no una manera de expresar su repudio al golpe de
Estado. Dejo planteado el tema de reflexión.
Décima:
El manejo político que
la dictadura dio al proceso consiguiente de Panamá, es aberrante por el desdén, por la
falta de juicio político, por el desinterés por un pedazo de la patria, que nos colocaba
en sitio prominente en la vida internacional. Es inexplicable que se acumulen tantos
errores en una administración acerca del más esencial problema de la nación.
Undécima:
La
prolongación de la guerra después del golpe de Estado a
pesar de las varias propuestas de paz de Vargas Santos, Uribe Uribe, Herrera
produjo el envilecimiento del papel moneda que registró la suma de mil diez millones
circulando sin respaldo metálico, al final de la tiranía. En 1902,
lo cuenta Guillermo García Torres
273
el tipo
de cambio había llegado a 18.900
por ciento, «habiéndose registrado operaciones al 20.000
por 100».
Duodécima:
La
falta de providencia en las medidas gubernamentales, la represión política y la
crueldad, fueron signos permanentes. Expresión de los estertores de la Regeneración, que
su signo, a través de sus años, fue la tiranía. En el Gobierno de Marroquín, que
parecía haber arrancado con otros alientos, primaron los de la represión y volvió más
explícito el repudio a más de media nación.
Décima tercera:
El golpe del 31
de julio de Marroquín, agudizó los problemas. Nos puso en el camino de incrementar el
odio entre los colombianos. No tuvo un sólo signo de benignidad.
Recado
En este período que hemos mirado con afán de
claridad, sólo descubrimos confusiones, ocultamiento de los hechos y de la condición de
sus hombres. La excelsitud de los panegíricos, ha perturbado las mentes. Estas aún no se
han desatado de las inexactitudes. Inclusive en inteligencias que deberían haber buscado
signos de lucidez. Nos han encandilado con juicios históricos inexactos. Falta aún mucho
por explorar. Apenas están apareciendo los documentos sobre esa época y sus actores.
Nuestro afán ha sido el de volver sobre la patria con minucioso interés de claridad. El
historiador no es más que un hombre que alumbra caminos.
FIN
__________
273. Guillermo García
Torres: Miguel Antonio Caro. Ediciones Guadarrama. Madrid, 1956.(Regresar)
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