Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XXIII
(2 parte)

El canal y los panameños

En el estudio de Martínez Silva hay un capítulo sobre la actitud, mentalidad y posición de los panameños. El insiste en la necesidad de atender sus sentimientos. Lo contrario, llevaría a desniveles desfavorables para Colombia, como finalmente sucedió por mal manejo de estos aspectos del canal y otra acumulación de desdenes para la región. Fue fatal el comportamiento y la política colombiana frente a Panamá. Se hicieron las advertencias a tiempo. Leamos los razonamientos capitales:

«Al estudiarse esta cuestión, el Gobierno de Bogotá debe tener muy en cuenta los intereses especiales de los habitantes de Panamá. Para ellos el canal es asunto de vida o muerte, porque subsistiendo Panamá casi exclusivamente del comercio de tránsito, si el canal se abriera por otra vía, la crisis sería inmediata, y casi segura la ruina total del comercio y aun de los propietarios urbanos, abandonándose consecuencialmente todas las propiedades rústicas en la zona inmediata a la ciudad. Hasta el ferrocarril perdería gran parte de su actual importancia, si no toda, puesto que el tránsito de mercancías se haría de preferencia, por razones de economía, por la vía acuática. La emigración de las casas de comercio y de todos los que hoy viven de las industrias relacionadas con el acarreo, sería inevitable; y, como consecuencia de tamaño desastre, vendría la anulación completa de las rentas nacionales y departamentales en el istmo, cuya administración y Gobierno serían un gravamen permanente y muy pesado para el tesoro de la República. Personas extrañas al departamento de Panamá y que en él no tienen vínculo de propiedades, de negocios o de familia, pueden opinar lo contrario; pero estoy seguro de que no habrá un solo habitante de Panamá que no considere como desgracia suprema, peor mil veces que un terremoto, la pérdida de toda esperanza de que el canal se abra por aquella vía. Posible es que en el interior de Colombia se mire esto con relativa indiferencia; pero sería el último grado de la crueldad y de la imprevisión sacrificar los intereses de todo un departamento a ideas preconstituidas o a meras fantasías. Intereses tan sagrados y valiosos, que representan el porvenir de un pueblo entero, no pueden ser materia de juego político. ¿Qué podría hacer entonces Colombia en beneficio del istmo, ni con qué derecho podría oponerse a que esta sección del país proveyera a sus más premiosas necesidades llegando acaso hasta buscar la anexión a los Estados Unidos?

«Por estas breves consideraciones creo que el Gobierno de Bogotá debería, antes de adoptar una línea de conducta definitiva, explorar sobre esta cuestión el parecer de todas las personas de representación en Panamá, no dando sino muy relativa importancia a los informes de las autoridades departamentales, sobre todo si los empleados públicos no son naturales o vecinos de Panamá».

  Un consejo, una fórmula, una salida

Martínez Silva en ese memorándum repite que deben buscarse fórmulas para remediar el embrollo en el cual se encontraba Colombia. Ya había formulado esa observación otras veces. Ahora la repite. «La nueva prórroga ha sido y será un obstáculo sumamente grave para entrar hoy en cualquier negociación provechosa para la República.

«Todavía quedaría hoy un remedio, y sería que el próximo Congreso de Colombia, como creo que tiene derecho a hacerlo, improbara el decreto legislativo que concedió la última prórroga a la Compañía Nueva del Canal de Panamá, devolviéndole la suma de ella recibida con los intereses correspondientes; pero para eso sería preciso que antes nos hubiésemos entendido con el Gobierno de los Estados Unidos a fin de tener un respaldo eficaz.

«Punto es este que debe estudiarse con calma y resolverse con energía. Colombia no debe defraudar a la compañía del canal de Panamá en ninguno de sus legítimos derechos; pero tampoco puede consentir en ser víctima de antiguos criminales manejos, ni de especulaciones nuevas adelantadas todas en detrimento suyo».

Carlos Albán y el canal

En El Porvenir de Cartagena —30-III-1901—, con el seudónimo de «Némesis», apareció un artículo elogiando a Albán. A este parece que se le creía, en el gobierno de Marroquín, más que al representante en Washington. ¿Hasta dónde sus opiniones fueron determinantes para el gran daño nacional? Es la pregunta que nos debe inquietar históricamente. En el periódico se lee:

«Pero el gobernador de este departamento, el genio iluminado por la virtud, hombre extraordinariamente erudito, estudioso y que se preocupa por el bienestar del país hasta el punto de hacer de él el supremo ideal de su existencia, comprendió que el proceder del doctor Martínez Silva tenía sus inconvenientes. Además, el general Albán, con esa minuciosidad que lleva en todos sus actos, había estudiado los libros de la compañía francesa, había visto que ella tenía todavía capital suficiente para trabajar unos años más y comprendía que, vencido como está el obstáculo de Culebra, la terminación es ya obra de carpintería, como decimos en Bogotá, cosa fácil de hacer aun para Colombia sola... En fin, el gobernador, de Panamá, que había pasado sus días metido en los zanjones del canal, estudiando todo, observando atentamente, tomando informes minuciosos, se persuadió de que el doctor Martínez Silva se equivocaba en creer que sólo los yanquis podrían terminar el canal...».

Es como una maldición que pesaba contra Colombia: se acumula error sobre error. Los juicios son aberrantes y comprometedores del porvenir nacional.

 Que lo reemplacen

En carta al ministro de Relaciones —26-VI-1901— Martínez Silva le pide que lea el memorándum en el Consejo de Ministros: «si las ideas allí consignadas no tienen apoyo en los miembros del gobierno, creo prudente que desde ahora vayan pensando en la persona que haya de reemplazarme».

  Nuevos memorándums

Es muy esclarecedor leer las modificaciones que propone el representante colombiano a unas propuestas de Walker y del senador Pasco, quienes hacen parte de la comisión nombrada por el presidente de Estados Unidos para estudiar los diversos aspectos de los canales de Nicaragua y Panamá. Hay que advertir que ya la nación del Norte pide que Colombia ceda a perpetuidad lo que demanda. Y aquí, en Bogotá, ¡sordos e indiferentes!

Otro memorándum de Martínez Silva señala qué puntos se deben incluir en caso de que se llegue a acuerdos. A Rafael Reyes, en París, le escribe el 8-VII-1901:

«En el asunto del canal nada hay que hacer en estos momentos, que son de mera expectativa, aguardando el informe definitivo de la comisión del canal ístmico. El trabajo más importante debe hacerse en Bogotá, donde las ideas están en condición perfectamente embrionaria. El párrafo que usted me transcribe del señor Marroquín, y el que a mi vez le incluyo, de una hoja publicada en Bogotá por don Manuel Antonio Angel y don Guillermo Uribe, indican claramente que allí no tienen ni la más remota idea de lo que es y de lo que significa el canal.

«Por esta razón, he preparado una especie de memorándum que comprende todos los puntos generales de la cuestión tal como yo la comprendo. Lo he remitido a Bogotá, y envío a usted una copia para que lo estudie y me dé su opinión. Puede enseñárselo también a don José Marcelino Hurtado, al doctor Antonio José Cadavid, a Rufino Cuervo, y algunos otros compatriotas de confianza que tengan interés en el asunto».

A la vez, lo inquieta la opinión de los panameños. Esta, la considera esencial. No vigilar este aspecto es gravísimo en el proceso que se está viviendo, y frente a los peligros que implica una decisión de Estados Unidos de realizarlo por allí. A don Joaquín E Vélez —9-VII-1901— le insiste en el tema que necesita una vigilante consideración:

«Según entiendo por varias cartas que he recibido, en Panamá consideran de vida o muerte para ese departamento el que se asegure a todo trance la construcción del canal por la vía de Panamá. Allá comprenden, y creo que con razón, que si el Gobierno de los Estados Unidos se resuelve al fin a abrir el canal de Nicaragua, no habrá esperanza alguna de que se concluya la obra de Panamá y la ruina de esa ciudad y de su comercio sería inevitable. El problema es realmente muy serio, y yo espero que él sea estudiado en Bogotá con mucha calma y con muy poco sentimentalismo, para saber hasta dónde es posible ceder a las pretensiones de los Estados Unidos. Yo agradecería a usted que se pusiera sobre este punto en comunicación con los hombres de negocios de mayor representación en Panamá, y me comunicara sus impresiones».

 Martínez Silva prevee cómo será maltratado

A don Rufino Gutiérrez —30-VIII-1901, le comenta:

«Sé que El Colombiano de Bogotá ha emprendido la tarea de insultarme de la manera más atroz. Esto es fácil, puesto que yo no puedo entrar desde aquí en polémicas, que serían, por lo demás incompatibles con mi posición oficial y sumamente inconvenientes en las actuales circunstancias. Pero lo que sí me da mucho en qué pensar es que, no habiendo libertad de prensa, esas cosas se publiquen con autorización, por lo menos tácita, del Gobierno. Esto me da la medida de lo que yo tengo que esperar de mis actuales copartidarios y de lo que sé me aguarda cuando regrese a Bogotá.

«Por esta razón, y contando con que en el día menos pensado se me retire bruscamente de la legación, estoy dando mis pasos para buscarme algún acomodo fuera de Colombia.»

En mensaje a su fraternal Luis —30-IX-1901—, le hace revelaciones de lo que presiente: «Tanto por esta razón como porque mi posición en Bogotá sería muy trabajosa al regresar yo ahora, he pensado seriamente en buscar algún acomodo, ya sea en este país, ya en algún otro de América, al menos mientras las cosas se despejen por allá. A este efecto he escrito a Lima para ver si consigo alguna colocación en el periodismo o en el profesorado, aprovechando la favorable oportunidad de haber sido mi nombre objeto de especiales manifestaciones de simpatía con motivo de la cuestión suscitada aquí sobre arbitramento».

Así son —siempre— las dictaduras con los intelectuales que no se someten. Que no ponen su cultura bajo la subyugación.

Descuidos gubernamentales

A Tomás Arias de Panamá le escribe el 11 -IX-1901 que «de Bogotá no he recibido todavía instrucciones precisas sobre el asunto, y supongo que las preocupaciones de la guerra han tomado toda la atención del Gobierno».

En otra carta al mismo corresponsal del 25-IX-1901, le explica que «de Bogotá no he recibido todavía instrucciones, ni sé qué juicio hayan formado del asunto después de leído mi memorándum...». Que tenía fecha 25 de junio y se está en septiembre.

En misiva a Luis, su hermano, 30-IX-1901: «Qué resuelva ahora el Gobierno de Colombia, no lo sé. Me inclino a creer que no resolverá nada, porque la única solución requerirá un gobierno fuerte, muy consolidado, muy consciente de sus responsabilidades, y una opinión pública bien formada y dirigida; y nada de esto existe hoy en Colombia».

Arturo de Brigard era cónsul en Nueva York a quien por oficio del 4-XII-1901 le consulta que «la muy delicada situación creada para el canal de Panamá por el informe de la comisión ístmica» lo hizo regresar de la conferencia de México: «Lo más difícil de mi posición es que no tengo instrucciones del Gobierno de Bogotá, que pedí con mucha anticipación, exponiendo con toda claridad el estado de este negocio. De todos modos estoy resuelto a asumir cualquiera responsabilidad, porque el caso es urgente...».

A Rafael Reyes, quien asiste a la conferencia de México, le escribe a esta ciudad, en la misma fecha anterior, y le repite el abandono del Gobierno en materia tan significativa para el porvenir nacional:

«A todas estas, estoy aún sin instrucciones precisas del Gobierno de Bogotá, donde sabían con mucha anticipación que a la reunión del Congreso se decidiría este asunto del canal que tanto nos interesa. Yo podría abstenerme ahora de obrar, escudado en el silencio del Gobierno; pero me parece más patriótico asumir toda la responsabilidad y hacer lo posible para poner el negocio en buen pie. Después será lo que Dios quiera».

El 6-XII-1901 se comunica con el ministro de Relaciones de Colombia y le informa que del informe de la comisión ístmica se conoce un avance que publica el New York Journal, que parece inclinarse por Nicaragua. M. Huttin, el de la Compañía Nueva del Canal, no ha hecho una petición formal de una cantidad determinada. El aspira a un avalúo. La comisión para recomendar esta vía, se apoya en que hay dificultades con Colombia:

«Con este motivo yo he preparado una nota para el secretario de Estado, en la cual restablezco la verdad de los hechos, por el conocimiento directo que tengo de las negociaciones, y pido que dicha nota sea transmitida también al Congreso, junto con el informe de la comisión. En conferencia verbal que tuve ayer con el secretario de Estado me ofreció que así lo haría.

«Este paso va encaminado a parar el golpe preparado por los partidarios del canal de Nicaragua, que son aquí muchos y que representan valiosísimas influencias. El plan ha sido aprovechar la primera impresión del informe de la comisión del canal ístmico sobre el Congreso, antes de que dicho informe fuera conocido del público, y hacer pasar precipitadamente en la Cámara de Representantes, por lo menos, la ley que adopta la vía de Nicaragua. Espero que mi nota atajará, por lo menos, la precipitación y abrirá el campo a un debate público en el que los hechos sean debidamente apreciados. Esto constituirá mi labor actual, que habrá de ser muy ardua; y si se consiguiera en definitiva que el Congreso expidiera una ley, no adoptando determinada vía sino dejando el asunto en manos del presidente de la República, se ganaría mucho terreno, porque creo que el señor Roosevelt no se dejará dominar por círculos interesados en determinado sentido».

«A todas estas estoy yo aquí aún sin instrucciones que pedí al Gobierno de Bogotá, con mucha anticipación, rogando que se me enviaran para la época de la apertura del Congreso. Por consiguiente, mi terreno es falso y no puedo ofrecer ni prometer nada en firme.

«Acompaño a la presente nota el texto del nuevo tratado Hay-Pauncefote, que abroga el Clayton-Bulwer y que deja en libertad a los Estados Unidos para construir y dirigir por su propia cuenta cualquier canal ístmico. Si vuestra señoría tiene a bien traer a la vista mis despachos anteriores, encontrará que este resultado lo tenía yo anunciado con mucha anticipación, contra la opinión de los que creían que Inglaterra sería un estorbo insuperable para los Estados Unidos en su proyecto de abrir y explotar por su cuenta un canal ístmico.

«Igualmente se han confirmado mis pronósticos de que la compañía del canal de Panamá no conseguiría en Francia ni en Europa los fondos necesarios para concluir la obra a que está comprometida, y que no habría gobiernos europeos que se concertaran en este mismo sentido. Los términos del problema están, pues, hoy perfectamente simplificados y se reducen a lo siguiente: el Gobierno de los Estados Unidos puede y quiere, porque lo necesita, construir un canal interoceánico gobernado por ellos, y teniendo dos vías a escoger, está en capacidad de imponer, hasta cierto punto, sus condiciones. Por consiguiente, si el Gobierno de Colombia estima que es de grande importancia para el presente y el porvenir de la República el que el canal se abra por la ruta de Panamá, debe estar pronto a hacer racionales concesiones, en la seguridad de que una vez abierto el canal de Nicaragua habrá que perder toda esperanza de otra vía marítima por Panamá».

Luego advierte cómo Inglaterra accedió a cambiar el tratado Hay-Pauncefote y la compañía no consiguió financiación en Francia. Si el Gobierno tiene interés en el canal «debe estar pronto a hacer racionales concesiones».

Repite su petición, que siempre no ha sido escuchada: «Ruego, una vez más al Gobierno, por conducto de vuestra señoría, que dé a este asunto toda la importancia que tiene y que me comunique por cable sus últimas y definitivas instrucciones».

A Reyes le informa —12-XII-1901— que se ha firmado por Estados Unidos un protocolo por el cual Nicaragua «cede una faja de terreno de seis millas a uno y otro lado de la línea del canal proyectado».

El 13-XII vuelve a pedir instrucciones al Ministerio.

El 23-XII escribe una larga carta al Ministerio con detalladas y serias informaciones. Pero, además, con juicios y apreciaciones pertinentes. Exclama casi con acento patético:

«A pesar de mis reiteradas instancias por medio de despachos y de kalogramas, seis meses van ya transcurridos y ni una sola palabra he recibido aún de ese Ministerio que indique que se ha dado atención alguna al asunto que constituye aquí casi exclusivamente mi misión».

Le escribe a Marroquín:

«Este silencio o esta indiferencia es verdaderamente inexplicable, porque acaso no hay asunto de mayor importancia hoy para Colombia que el de saber si se abre o no el canal por la ruta de Panamá. Tiempo ha habido de sobra para estudiar este negocio por todas sus fases, y era sabido también que no lo había indefinido para llegar a una conclusión.

«La única instrucción precisa que yo tengo es la que me comunicó por cable desde hace varios meses el predecesor de vuestra señoría, doctor Antonio José Uribe, reducida a decirme que no contrajera ningún compromiso sin aguardar las instrucciones que me serían oportunamente enviadas. El señor Uribe salió del Ministerio mucho después y las instrucciones anunciadas no llegaron.

«A veces me inclino a pensar que el Gobierno de vuestra señoría no tiene en mí la debida confianza para adelantar una negociación cualquiera; y si este fuere el caso, me atrevo a rogar a vuestra señoría que me envíe mis letras de retiro, pues no deseo ni debo ser causa de dificultades o de tropiezos en una materia que tan directamente afecta los intereses de la República y su porvenir político y económico.

«SÍ se tratara de un negocio menos delicado, yo no vacilaría, en vista de la urgencia de las circunstancias, en firmar un convenio ad referéndum', pero en el presente caso dudo mucho que el Gobierno de los Estados Unidos viniera en ello, por la sencilla razón de que un convenio así, sin base sólida, podría tomarse como un simple recurso de distracción para entorpecer la acción del Congreso, actualmente reunido. Por otra parte, no querría yo exponerme a las graves consecuencias de que el arreglo concluido por mí aquí fuese luego improbado por el Gobierno de Bogotá.

«En esta desagradable posición he resuelto abstenerme de contraer ningún compromiso por falta de instrucciones; y si ello fuere causa de que se malogre o pierda cualquiera oportunidad para asegurar la apertura del canal por la vía de Panamá, declino desde ahora toda responsabilidad».

A Ignacio Gutiérrez —31-XII— le dice a Berlín: «Lo malo en este asunto es que en Colombia no saben lo que quieren, ni lo que han de dar, ni lo que han de recibir, como dice el padre Astete, y cualquiera resolución que yo tome es muy aventurada».

El Gobierno colombiano comisionó a Reyes para que fuera a Washington para tratar esta negociación. Martínez Silva considera que se quiere prescindir de sus oficios. Cree que hay «un misterio» que no acierta a resolver. Y que su posición es «falsa y desairada».

Además, Carlos Albán continúa creando dificultades. Pero en Bogotá se le da crédito a éste y no se le llama al orden:

«El señor Manuel Calderón me remitió una carta y un oficio del general Albán sobre el asunto del níquel de que usted me habla, pidiéndome que yo certificara que había recibido dicho señor una comisión del gobernador. A mí también me ha parecido muy irregular que el general resuelva asuntos como este, que son de la exclusiva competencia del Gobierno Nacional; pero, así como él se dirige a gobiernos extranjeros, y da órdenes a esta legación, y pide que la escuadra de los Estados Unidos se ponga a sus órdenes, y ordena que el Gobierno de los Estados Unidos destierre de su territorio a Antonio José Restrepo, como propagador de noticias falsas y agente revolucionario, y que se capture por un buque americano el que se sublevó en días pasados en Panamá, así también tendrá facultades para acuñar moneda de níquel. Yo me limité en el certificado pedido a decir que el señor Calderón, según los documentos presentados por él, estaba autorizado por el gobernador de Panamá, general Carlos Albán, para hacer acuñar cierta cantidad de monedas de níquel. Lo demás será asunto del señor gobernador».

Martínez Silva, preocupado por la opinión de los panameños, ha pedido que vengan delegados de allá. Lo harán Facundo Mutis Duran y el señor Lewis. Solicitó esta colaboración cuando conoció la muerte de Albán. Luego le dice a Tomás Arias —3-11-1902— que «cualquier cosa que yo concluya aquí, respaldado por la opinión de Panamá, tendrá mayores probabilidades de éxito en Bogotá, donde es muy difícil que se formen idea clara de la cuestión y de los intereses que en ella están envueltos». Asoció también al señor Enrique Cortés.

En carta a su esposa, doña Elena Santamaría de Martínez —31-1-1902—, le cuenta cómo ha sido de dramática su situación por falta de instrucciones de Bogotá y la irresponsabilidad con que se ha manejado algo tan esencial para la vida colombiana:

«Creo poderte decir ya que está muy próximo mi regreso a Colombia, pues tengo como seguro que el Gobierno de Bogotá me nombrará muy pronto, si no está ya nombrado el reemplazo. Me inclino a creer, por ciertos datos que tengo, que será el general Reyes, a quien necesitan tener alejado de Colombia en estos momentos. El procedimiento de retirarme bruscamente, cuando el negocio que se me confió está llegando a una crisis definitiva, es supremamente irregular y puede traer funestas perturbaciones. Pero de esto no se cuidan en Colombia; allá no les importan sino las cuestiones del día y de política local. El asunto del canal lo han tratado con la mayor incuria, como si fuera cosa del Celeste Imperio. Han sido ciegos y sordos a todo lo que les he dicho desde aquí, y cuando abran los ojos será ya demasiado tarde. De todos modos, yo haré hasta el último momento lo que creo que se debe hacer, dejando la responsabilidad de improbarlo al Gobierno de Colombia. Después llegará el tiempo de hablar...».

A Antonio José Cadavid —6-11-1902— le cuenta: «En esta semana recibí un cable del señor Marroquín, del 24 de enero, que dice:

"Irá pliego resolución Colombia sobre canal".

«Mucho me temo que salgan a última hora con una buena paparrucha».

El 15-II, le comenta a De Brigard que ha «sabido de cierto que el doctor José Vicente Concha ha sido nombrado ministro en Washington... Pero no se lo comunica oficialmente el Gobierno.»

Concha aparece sorpresivamente para reemplazar a Martínez Silva. Aquel escribe al ministro de Relaciones —20-III-1902— diciéndole que el memorándum de Martínez Silva hay que cambiarlo porque no coincide con las instrucciones que recibió. Recalca que las circunstancias «no son precisamente las conocidas en esa capital en las regiones del Gobierno».

Anota Concha varios hechos capitales: 1° La compañía del canal no tiene fondos, ni los conseguirá; 2° los gobiernos europeos no intervendrán; 3° Estados Unidos ha declarado «un acto contrario a la amistad» la injerencia de cualquier gobierno europeo.

Lo más apreciable de esa comunicación, es que los panameños más importantes consideran que se debe tratar con Estados Unidos. Igualmente que el «germen de la separación renace». Fue lo que advirtió Uribe Uribe cuando lanzó el manifiesto de paz desde Nueva York.

El usurpador Marroquín, en su mensaje al Congreso de 1904, dice que «las apreciaciones de ambos ministros (Martínez y Concha) respecto del peligro de la separación de Panamá si la negociación se paralizaba, se entorpecía o se frustraba, han quedado corroboradas por la historia».

Antonio José Cadavid le dice el 27-II-1901: «Tomo parte muy sinceramente en el agravio que a usted le ha inferido separándolo de su puesto fuera de toda oportunidad... Las gentes que piensan juiciosamente lamentan el error del Gobierno».

 

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