Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XXIII

Silencio público sobre canal.  Otra vez, el epistolario de Martínez Silva.  En la correspondencia, la angustia nacional.  La decisión de Estados Unidos.  El canal y los panameños.  Un consejo,  una fórmula, una salida.  Que lo reemplacen.  Nuevos memorandos.  Martínez Silva prevee cómo será maltratado .   Descuidos gubernamentales.  Vaguedades.  Se precipitó la ida de Panamá.   Los atributos de Carlos A. Mendoza.

 

Silencio público sobre el canal

Acerca del negocio más importante de la nación, no se podía discutir en público. El control que impuso Marroquín era ominoso y absurdo. En materia fundamental, que no rozaba con el orden público de la guerra, era inexplicable esa conducta gubernamental. Uno se queda pasmado, leyendo la circular del ministro Paúl.


Señor gobernador, jefe civil y militar

del departamento de Cundinamarca.

L.C.

En virtud de instrucciones que he recibido de su excelencia el vicepresidente encargado del Poder Ejecutivo, tengo el honor de dirigirme a usted pidiéndole se digne disponer que se ponga en conocimiento de los directores de periódicos del departamento que se da libertad para manifestar opiniones sobre los diversos puntos relacionados con el canal interoceánico de Panamá.

Soy de usted muy atento servidor,

Felipe F. Paúl

 

Otra vez, el epistolario de Martínez Silva

Regresamos al recuento de lo que allí se lee. El 7-III-1901 a A.J. Uribe le manifiesta que los esfuerzos se han encaminado a que no se vote la ley ordenando construir por Nicaragua. Al no responder afirmativamente Inglaterra, vuelve a tener vigencia el Tratado Clayton-Bulwer, que consagra la neutralidad. No queda con probabilidades sino la ruta de Panamá. La opinión norteamericana —de acuerdo con los informes encuentra esta más barata, más corta, con menos curvas y esclusas— y se va consolidando este criterio. Concluye con esta aspiración: si «pudiera encontrarse una combinación que armonizara los intereses de Colombia con las aspiraciones del pueblo de los Estados Unidos sin chocar tampoco con el espíritu del Tratado Clayton-Bulwer, el canal se abrirá muy en breve, y esa pudiera ser la salvación fiscal y económica de Colombia».

Vuelve a aparecer Carlos Albán, perturbando:

«Por el recorte que incluyo del New York Herald se impondrá vuestra señoría del telegrama dirigido por el señor general Albán a aquel periódico, y en el cual declara que yo no estoy autorizado para hacer concesiones especiales, y que para el Gobierno de Colombia es indiferente que se abra el canal de Nicaragua. No tengo para qué calificar esta conducta, tan contraria a la cortesía, a los principios del derecho de gentes y a los del derecho público colombiano; y en mi derecho estaría para pedir la inmediata remoción de tal empleado. No lo hago así, sin embargo, porque conozco las dificultades internas del Gobierno; pero sí espero que, por lo menos, se enviará una severa amonestación al funcionario intruso. Sobre esto dirigí un cable a vuestra señoría».

«Al señor M. Huttin, presidente y director general de la Compañía Nueva del Canal de Panamá, quien se encuentra en Washington, le escribí que celebro su prudencia en relación con las proposiciones que le ha formulado el Gobierno de Estados Unidos para obtener la compra de la concesión para construir el canal en Panamá. Que está bien que haya obrado así y le recuerdo que, sin tener autorización del Gobierno de Colombia, no puede tomar iniciativas, porque, además, hay que obedecer las voces de los artículos 21 y 22 de la Ley de Autorizaciones que se aprobó. Le cuento que se ha planteado la política del Gobierno colombiano al de Estados Unidos y que él debe de obrar por intermedio de la legación de Colombia».

Responde Huttin diciendo que de cada paso ha informado a la legación y que lo seguirá haciendo y que desea conocer cuál es la interpretación colombiana de los artículos mencionados.

El Congreso americano dicta la ley de 3 de marzo de 1899 por la cual se crea una comisión encargada «de asegurarse del costo de la adquisición de todos los derechos, privilegios y franquicias retenidos o poseídos por la nueva compañía del canal. Waiker, presidente de la comisión, pregunta a Huttin que se necesita «saber qué parte del control podrían obtener (los Estados Unidos) en el Canal de Panamá, y en qué condiciones».

El 29-III-1901 hay otra carta para A. J. Uribe, quien era subsecretario de Relaciones Exteriores, encargado del despacho, en la cual se le informa que el embajador inglés manifestó al secretario de Estado que su país «no abandona la posición que le da el Tratado Clayton-Bulwer». Se cree que Inglaterra, Francia y Alemania «van ahora a ponerse de acuerdo para adelantar y terminar, lo más pronto posible, el Canal de Panamá... Todo esto, son especulaciones y el Gobierno de Colombia debe ser muy cauteloso.»

Martínez Silva se dirige directamente a Marroquín el 21-IV-1901, y le recalca que «la cuestión del canal es mucho más embrollada de lo que allá pueden ustedes figurarse, porque hay en juego diversidad de factores, y en conflicto muy valiosos intereses políticos, comerciales e internacionales». Luego, le pregunta si debe continuar sus labores. Le manifiesta que «si usted necesita proveer en propiedad la Cartera de Relaciones Exteriores, en cualquier momento puede tener mi renuncia como presentada».

A Manuel Dávila Flórez, en Cartagena, le comenta, que invocando la doctrina Monroe y levantando la «amenaza» de Nicaragua, «los americanos han logrado estorbar la obra de Panamá y la seguirán estorbando indefinidamente hasta hacer fracasar a la actual compañía francesa... Mientras tanto, nosotros estamos impotentes para obrar ligados por la concesión a la compañía francesa, estúpidamente prorrogada por seis años más, por la miserable suma de un millón de pesos».

En carta a Rafael Reyes a París —22-V-1901— le dice que si llega a Washington, lo celebrará, pues necesita su concurso en lo del canal: «De ello no tienen en Bogotá la menor idea, y si me pongo a aguardar instrucciones, o no vendrán o si vienen será una buena paparrucha».

El 9-V-1901 le dice a A. J. Uribe quien maneja el Ministerio de Relaciones: «Por todos los lados veo peligros muy serios: si nos ponemos en pugna con los intereses americanos, nos atropellan y lo perdemos todo; si nos fiamos de los europeos, les vamos quizás a abrir la puerta para futuras conquistas en Sur América. Alemania no oculta sus designios a este respecto, y sus intereses comerciales la llevan a establecer colonias en nuestro continente. Por todo eso, aseguro a usted que la responsabilidad me aterra y que preferiría destripar terrones a estar en este puesto».

En mensaje a Marroquín —20-V-1901— le anota el mal ambiente que tenía en el Congreso, en el Gobierno, en la esfera de los industriales, en los fabricantes de ferrocarriles, en los periódicos y en la opinión, la vía por Panamá: «la labor no ha sido estéril, y puedo decir a usted con toda seguridad que el cambio efectuado... es extraordinario, casi increíble...».

«Lo que veo ahora por la carta de usted es que la opinión pública en Colombia rechaza toda idea de inteligencia con el Gobierno de los Estados Unidos en el sentido de que sea él quien abra el Canal de Panamá; y siendo esto así, no comprendo qué más pueda yo hacer aquí. Si lo que se quiere es que sea la compañía del canal quien lleve a cabo la obra, las cosas debieran dejarse como estaban, notificando claramente al Gobierno americano que nada tenemos que hacer con él en este asunto. Veremos entonces si la compañía consigue los recursos necesarios y si puede contrarrestar una decisión del Congreso en favor de Nicaragua.

«Este es el punto preciso que debe resolver el Gobierno que usted preside, y resolverlo pronto, antes de que se reúna el Congreso de los Estados Unidos y de que la Comisión rinda su informe».

Lo mismo le dice a A. J. Uribe quien acababa de ser nombrado ministro de Relaciones en su reemplazo.

El señor N. J. Casas, el 3 de julio, manifiesta que «La Compañía Nueva del Canal de Panamá no podrá conseguir un sólo céntimo de lo que aquí se designa bajo el nombre de Petit Epargue, y que es el nervio y el sostén de las empresas que requieren grandes capitales».

 

En la correspondencia: la angustia nacional

Esta copiosísima correspondencia, nos lleva a tener claridad sobre el descuido inexplicable de como la dictadura de Marroquín manejó el asunto del canal, que, como lo advertían todos los que lo estudiaban, conduciría a la pérdida del territorio. No es posible imaginarse tanto desprecio por materia tan trascendental. Es como la desaparición de interés por la vigilancia de lo más sagrado, en ese momento, de la patria. Que tenía un resplandor de tragedia por donde se le mirase.

Además, a Martínez Silva —por ser amigo de la paz, por su intervención ante don Aquileo Parra, como jefe del liberalismo, por haber intentado un arreglo con Uribe Uribe, por su constante razonar sobre cómo se manejaría la situación colombiana al terminar la guerra— se le envió a Washington. Los amigos de la retaliación y la política de «sangre y fuego» contra el liberalismo, consideraron que su alejamiento era un triunfo. Quedaban libres para su política de «tierra arrasada». Por ello sus conflictos con Albán, las complacencias del Gobierno para éste, irrespetando al Min-relaciones y representante en Washington, haciendo circular noticias para que perdiera aquél audiencia ante el Gobierno y el Congreso americanos.

En misiva a Luis, su hermano, 11-VI-1901, le expresa: «Yo sabía lo que había dejado atrás y lo que tenía por delante, y conozco la clase de hombres que están hoy encargados de la dirección de la cosa pública en Colombia». Esta declaración, es un reconocimiento del error que cometió al haber propiciado y dirigido el golpe de Estado del 31 de julio.

Su desilusión crece y se agiganta frente a la magnitud de lo que manejaba solo, sin apoyos, sin instrucciones, sin conocimientos y sus interlocutores de Bogotá fuera de la realidad. El lo expresa sin ambages:

«En esta materia del canal yo no he contraído ningún compromiso y he dicho a la comisión ístmica que he pedido instrucciones precisas a mi Gobierno. Así es la verdad, y no haré nada mientras no reciba esas instrucciones. Por supuesto que ellas no vendrán en los términos categóricos que las circunstancias demandan, por la sencilla razón que allá ni se conoce bien la naturaleza del problema, ni hay un hombre que tenga autoridad bastante para resolverlo. Puede ser que la demora traiga soluciones inesperadas; pero lo más probable es que las incertidumbres y las vacilaciones nos hagan perder las mejores oportunidades. Entonces la quejas vendrán de otro lado y los primeros que levantarán el grito hasta el cielo serán los panameños, al ver que se les escapa la última esperanza. Todo esto sin contar con el empuje incontenible de este país, que hará lo que le convenga, sin pararse en escrúpulos. Allá están pensando en que la cosa se resolverá muy fácilmente, consiguiendo la compañía francesa los recursos indispensables en Europa para abrir el canal, y dejando a los Estados Unidos con un palmo de narices. Mucho se me parece esta política a la de España respecto a Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos: de aquel lado, bravatas, pujos de honra y de dignidad; de este, perfecta unidad de miras y de propósitos durante ochenta años, hasta que llegó el instante marcado en el cuadrante de los tiempos».

Estas apreciaciones las confirma con sus palabras a Emilio Ruiz Barrero el 12-VI-1901:

«Tengo muy pocas esperanzas de que en el asunto del canal pueda llegarse a una solución satisfactoria, porque en Colombia no ven —y no les hago cargo por ello— lo que viene por una necesidad fatal, por el curso de acontecimientos que no está en nuestro poder modificar. Este país necesita el canal, tiene los recursos necesarios para hacerlo y ejercer control sobre él; no consentirá, por ningún motivo, en que los europeos lleven a cabo la obra; y ahora o más tarde, con o sin nuestro consentimiento y gústeles o no a las potencias europeas, el canal se abrirá por donde convenga a los Estados Unidos. SÍ entre nosotros hubiera verdaderos hombres de Estado, ya se estaría pensando en sacar provecho de lo que no tiene remedio; pero nuestro criterio es el mismo de España. En fin, cada uno es como Dios lo hizo, y a veces peor.

«Por mi parte ya he expresado muy claramente mis opiniones y he hecho lo posible por poner las cosas en estado de ser oídas y de abrir el camino a una negociación; en adelante me limitaré a cumplir las instrucciones que se me den».

A Santiago Samper —14-VI-1901—, Martínez Silva le escribe para mandarle semillas para la sabana en donde el clima sea seco; le anuncia otras de trigo; le remite revistas sobre parásitos que hacen daño y que se padecen en Colombia. Samper le responde desde Londres el 11-IV-1902: «Me había abstenido de escribir a usted mientras fuera ministro. Temía que la menor cosa que tuviera que ver conmigo contribuyera a lo que al fin sucedió. Una carta que usted me escribió, no obstante llevar el sello de la legación, llegó a mis manos, pero abierta. Por fortuna era sobre semillas. Supe que otras cartas de usted habían sido abiertas en alguna otra parte... Pueda que muy pronto tenga el gusto de verlo y de charlar con usted como en nuestros buenos tiempos. Desengaños sobre desengaños es lo que usted ha venido recibiendo. En todos lo acompaño de corazón. Un buen abrazo de su amigo».

Esta carta revela la atmósfera que se vivía en Bogotá contra Martínez Silva. Su corresponsal le señala lo que debería estar viviendo: «desengaño sobre desengaño».

La decisión de Estados Unidos

El delegado colombiano escribe un memorándum extensísimo el 25-VI-1901, que cobija diversos aspectos: la decisión de Estados Unidos, la situación de la compañía nueva francesa, otras contingencias en este negocio fundamental, las potencias y el canal, las relaciones de Inglaterra y Estados Unidos, la neutralidad del canal, los dos canales, el imperialismo americano, el canal y los panameños, los trabajos de la legación.

Es indispensable destacar algunas de sus observaciones, que el Gobierno del usurpador en Bogotá ni escuchó, ni apreció, ni atendió. El dice sin dubitaciones:

«Tercero: Sin embargo, por grande que sea la utilidad del canal ístmico como vía puramente comercial, los Estados Unidos lo necesitan ante todo como vía estratégica y militar; y por consiguiente, para asegurársela, aunque entren en cuenta los productos del canal por el tránsito de buques mercantes, no será ese único y decisivo factor para llevar a cabo la obra, como tendría que serlo para cualquiera compañía privada.

«Cuarto: Los Estados Unidos tienen los recursos necesarios para abrir el mencionado canal, cualquiera que sea la vía que en definitiva se escoja y cualquiera que sea el costo requerido o calculado.

«Quinto: La opinión pública en los Estados Unidos se ha manifestado de una manera enérgica en el sentido de que el canal se abra. por el Gobierno de los Estados Unidos y se le someta a su control directo; y aunque existan intereses particulares opuestos a la apertura de cualquier canal ístmico, aquella opinión terminará por imponerse en el Congreso y determinar una acción decisiva por parte del Gobierno.

«Creo que los precedentes puntos no necesitan demostración, y que tienen fuerza axiomática».

«El haberse concedido por el Gobierno de Colombia una prórroga de seis años más a la compañía francesa para concluir el canal, vino a complicar el problema, haciendo inseparables los intereses de Colombia y los de la compañía».

 

 

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