Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO II

Sigue la búsqueda de un candidato conservador.  Brevísimas sobre Miguel Samper.   Fonción Soto y su actividad liberal.  Motivos de disidencia.

 

Sigue la búsqueda de un candidato conservador

       Es fuerte y desesperante el avance de negociaciones —positiva-negativamente— para la elección de candidatos de presidente y vicepresidente para el período  1898-1904. Aquella debía realizarse en 1897. La primera combinación que circuló fue la del antioqueño Marceliano Vélez, que era la unión de nacionalistas e históricos.  Fracasó esta iniciativa. Don Miguel Antonio Caro no le perdonaba sus críticas y que en 1891 hubiera aceptado que los liberales votaran por él. Tamayo anota otra de las desviaciones de este: era «arisco para aceptar compromisos con gente provinciana, que para él, bogotano hasta la médula, los políticos de pueblo siempre conservaban huella de los prejuicios campesinos».

 Marceliano propuso el nombre de Joaquín F. Vélez, siempre que el vicepresidente fuese uno de los siguientes conservadores: Pedro Antonio Molina, Aurelio Mutis, Adolfo Harker o Dionisio Mango.

   La aceptación y la repulsión, jugaban aceleradamente sus cartas. Era impresionante la manipulación de las circunstancias. Caro aspiraba a permanecer. Se habló de su retiro del Gobierno, para no inhabilitarse. Jugaba insistentemente el pasado electoral. «En 1891, en la elección presidencial, una parte del conservatismo adoptó la llave Vélez-Ortiz y, la otra, el nacionalismo, la de Núñez-Caro.  Este, trató desdeñosamente a los históricos». Cuando fue postulado Caro en 1897 para el período 1898-1904, estos reaccionaron en su contra, «pues contribuyeron a la repulsa con que se recibió dicha candidatura; y como comprendió que ella no era viable, la retiró».

  Pero Caro y sus amigos no dejaban vencer sus opciones. Al contrario, las estimulaban con mil subterfugios. Uno de ellos fue proclamar que la revolución liberal se cumpliría en el mes de julio. Era tan evidente el uso de este pretexto, que don Aquileo Parra, jefe del liberalismo, escribe a Rafael Uribe Uribe, el 7-VII-1898: «El Gobierno ha tomado especial empeño en divulgar que la revolución liberal estallará en julio próximo. Se presume que el objeto de esa noticia es imponer la elección de Caro como designado con el pretexto de que Marroquín no es hombre aparente para afrontar una guerra... La división entre nacionalistas e históricos parece realmente profunda, pero ellos se unirán para combatirnos, salvo quizás el caso de la continuación del señor Caro en el poder, por cuanto ella implicaría el predominio de los independientes». 18

  El Consejo Consultivo del Liberalismo, en uno de sus manifiestos, expresa que en «caso de guerra en esas circunstancias no era la burla electoral de los partidos militantes... en caso de guerra era la continuación del señor Caro en el Gobierno... o si el Congreso elige designado al señor Caro... La Regeneración había extremado su sistema hasta declarar criminales a nuestras ideas y criminales nuestras opiniones». 19

  Naturalmente en la no aceptación de Marceliano Vélez tuvo especial alcance su declaración al arribar a Bogotá. El hablaba sin cálculos: 20 «Ningún candidato es para nosotros aceptable si no viene con programa definido conservador y republicano... La única candidatura aceptable para nosotros es la que venga resuelta a restablecer las ideas conservadoras y las prácticas honradas de nuestro partido. La política no debe ser para nosotros un negocio, sino un alto y elevado deber de patriotismo».

  Para su posibilidad de candidatura presidencial en esos días, fue fatal que hubiera hablado de conservatismo, de programa republicano y que condenara los negocios. Lo uno, incomodaba doctrinariamente a Caro y, lo otro, parecía insinuar respeto para el liberalismo, y, a muchos de la Regeneración, no complacía que se hablase de moralidad en el manejo de los dineros oficiales. Eran demasiadas «ligerezas», según el juicio nacionalista. Sus palabras, que reflejaban su conducta, lo condenaban ante esta fracción que tenía el dominio del Gobierno.

  El Republicano 21    juzgaba que «el turbión regenerador lo abrazó todo: tradiciones, instituciones, virtudes y hasta esperanzas».

  Surge una alternativa: Rafael Reyes. Desde el exterior envía muchos mensajes. Pero ninguno produce el milagro de despertar cohesiones políticas. Al contrario, mientras más habla, así mismo se diluye la posibilidad de su presencia en el tiquete presidencial. El juicio que prevalece es el que recogió la prensa: 22 «Reyes habla y se refiere a la causa y habla generalidades. Pero no se refiere a los temas de la actualidad». Así fue hundiéndose en el torbellino de los juegos pre-electorales. Mientras tanto, los históricos arrecian sus calificativos contra Caro. Este entendió que sus posibilidades desaparecían. Se hundían definitivamente.

  Rodríguez Piñeres cuenta la parte final: «Surgió, pues, el nombre de Pedro Antonio Molina, que había sido ministro de Guerra de Quintero Calderón en su gobierno de los cinco días, con la aprobación de Caro, quien escribió a la sazón: ‘el señor Molina, nombrado para la Guerra, satisface plenamente’. En este turbión electoral de 1897, su apelativo logró ser aglutinante de las fracciones en disputa. Pero el duende de la marrullería política, desbarató estas expectativas: 23

  «El nombre de Molina fue acogido por Caro y, si no por la totalidad, sí por la mayor parte de los concurrentes. Dado este paso, procedía buscar el candidato para la vicepresidencia, y se indicó y resolvió razonablemente que debería consultarse el punto con Molina, quien residía en Buga, y con ello terminó la junta. Uno de los concurrentes a ella, que ya tenía entre ceja y ceja algo que cedía en su favor, y que era harto travieso, Lorenzo Marroquín, se dirigió a pasos largos a la oficina telegráfica y envió a Molina un despacho en estos o semejantes términos: «Junta nacionalista reunida en palacio acaba acordar su candidatura para Presidencia de la República y espera indicación suya en cuanto a candidato para Vicepresidencia. Junta vería con agrado que este fuera el general Olegario Rivera».

   Este candidato desató reacciones en Caro, que siempre eran tajantes. Movió la posibilidad de Molina. Apareció el apellido de Marroquín. Fue un golpe artero de Lorenzo.

   «El nacionalismo afirmó sus posiciones: los conservadores fueron eliminados y los liberales quedaron vencidos. El directorio conservador, viéndose perdido y acogiendo el consejo de Reyes, dispuso que para evitar la elección del señor Caro, de la cual se decía que se buscaba mediante la combinación de Sanclemente y Caro, los electores del partido votaran por Sanclemente y Marroquín. El acuerdo en que de tal modo se disfrazaba la derrota, datado a 19 de enero de 1898, lleva las firmas de Juan N. Valderrama, Manuel José Uribe, Jorge Holguín, Enrique Restrepo García, Carlos Cuervo Márquez, Carlos Calderón y Juan C. Arbeláez».

   El liberalismo escogió dos candidatos de la mayor respetabilidad: Miguel Samper y Foción Soto. Se tenía conciencia del incierto derrotero de esa aventura electoral. Ese era el término que merecía, pues las fuerzas coaligadas del gobierno, el sistema electoral que regía, la manera como se conducían los escrutinios y el desprecio infinito por nuestra presencia en la vida colombiana, alejaba al partido de cualquier resquicio de oportunidad de intervención pública.

  Brevísimas sobre Miguel Samper

   El liberalismo en la Convención de 1897 dio la orden de que no se hicieran combinaciones políticas. Que se sufragara y se buscara que el partido no perdiese su vocación de combate electoral. Las leyes de la Regeneración no permitían que se expresara la voluntad política de la oposición, pero era necesario mantener en vigilia la actitud de los copartidarios. Que inclusive al ser rechazadas sus votaciones, se despertarìa el sentimiento místico que depara la persecución y el desconocimiento del derecho a expresarse que tiene un partido. Así se dio orden de votar por Miguel Samper para la Presidencia y Foción Soto para vicepresidente.

  Don Miguel Samper fue abogado del colegio de San Bartolomé. Sus profesores, que eran muy conspicuos, le dieron orientaciones muy valiosas en ciencia administrativa, constitucional y economía. Abandonó los claustros y se dedicó a los negocios. Lo primero que fundó fue una tenería. Después organizó la exportación de azúcar. Más tarde dirigió una oficina para recibir y despachar mercancías. Con sus conocimientos prácticos, comenzó a escribir algunos estudios sobre las materias. En el Neogranadino lanzó su advertencia de que el gobierno no podía establecer privilegios para ciertas embarcaciones, que confundían y precipitaban equívocos en los funcionarios y así se establecían primacías injustas. Llegó luego a la Cámara de Representantes. Cuando se produjo la libertad del cultivo del tabaco, en la época del radicalismo liberal, impulsó negocios con este renglón. Volvió a escribir sobre lo que debería ser un verdadero sistema de aduanas. Para ordenar esta materia, fue consultado por Tomás Cipriano de Mosquera. Santos Gutiérrez lo llamó a la Secretaría de Hacienda y su tarea excepcional fue consolidar la deuda. A esta tarea le dedicó tiempo y talento. Se crearon, entonces, las bases para fundar el Banco de Bogotá. Con don Tomás Cuenca, en 1869, estuvo adelantando las labores pertinentes, inclusive con representantes de Estados Unidos, para abrir un canal por el Darién o el Atrato. Los socios norteamericanos exigían el control exclusivo. Esto no lo admitía Colombia, que siempre consideró que, en caso de destruirse, debería existir neutralidad, pues tenía que ser utilizado, sin discriminación, tanto por los europeos como por los países indoamericanos. Esta, fue política nacional invariable. Regresa a ser secretario de Hacienda en 1882 en el Gobierno de Francisco Javier Zaldúa. En el transcurso de su vida pública, escribió con riqueza conceptual acerca de materias constitucionales, libertades públicas. Predicaba la tolerancia política y religiosa y se preocupaba de los problemas intrincados que creaba la pobreza.

Guillermo Uribe, cuando falleció, 24 escribió que «en sus escritos se encuentra siempre la rectitud, la madurez y la cabal inteligencia del asunto. Son lecciones de tolerancia, convidan al examen tranquilo y sin prevención, e infunden esa paz del ánimo, privilegio de la verdad y de la virtud. Con los años y la experiencia, los desengaños y el espectáculo de los estragos de nuestras luchas, lejos de abatirse o de irritarse, el señor Samper adquirió más amplitud y más acierto en su juicio, y su espíritu se remontó a una región más sosegada y más pura».

En el folleto Literatura colombiana, Antonio Gómez Restrepo, crítico de varias letras, escribió diciendo que «era expositor claro, sesudo y médico, más atento, según el consejo de Bacon, al fruto que a las flores».

En la Biblioteca Luis Ángel Arango se encuentran registradas obras de don Miguel Samper y muchos artículos en la sección de misceláneas. Destacamos algunos de sus títulos: Banco Nacional, Documentos relativos al canal interoceánico, Escritos político-económicos, La miseria en Bogotá, 3 tomos, Selección de escritos. Entre sus artículos o colección de los mismos, podemos indicar varios: 1º Juicio sobre la vida del doctor Rufino Cuervo; 2º Libertad y orden; 3º Nueva faz de los tratados con Venezuela; 4º Ojeada  retrospectiva  sobre  nuestros  partidos y su labor constitucional; 5º La política en Hispanoamérica; 6º Las reformas y el cesarismo; 7º La regulación del sistema monetario. Con esta enumeración incompleta, sólo ambicionamos despertar interés por el estudio de su obra tan diversa en las materias.

 

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Miguel Samper

 

   El liberalismo pensó en la candidatura de Aquileo Parra. Este la rechazó con el argumento de que no sería ético que siendo él jefe del partido, terminara elegido como su representante a la nominación presidencial. En nueva votación se obtuvo el siguiente resultado: «Aceptada la excusa se procedió, también por votación secreta, a nueva designación, y fue favorecido por la mayoría el señor doctor Miguel Samper. Enseguida se hizo la resignación de candidato para la Vicepresidencia, y la mayoría favoreció con sus votos al señor doctor Foción Soto». El acta terminaba así:

  En consecuencia, el director del partido y el Consejo Consultivo recomiendan como candidatos del partido liberal a los expresados señores:

Miguel Samper y Foción Soto, para la Presidencia y Vicepresidencia de la República, respectivamente, en el período de 1898 a 1904.

Bogotá, noviembre 28 de 1897.

El director del partido, Aquileo Parra.

El presidente del Consejo Consultivo, Nicolás Esguerra.

El vicepresidente del Consejo Consultivo, Gil Colunje.

 

Tomás E. Abello, Santos Acosta, Salvador Camacho Roldán, Zoilo Cuéllar, Aníbal Currea, Juan Félix de León, Juan E. Manrique, Diego Mendoza, José María Núñez U., Januario Salgar, Eustasio de la Torre, Rafael Rocha Castillo, Teodoro Valenzuela, Pompilio Beltrán, José Camacho Carrizosa, José María Cortés, Adolfo Cuéllar, Sixto Durán, José Ignacio Escobar, Evaristo Escobar G., Eladio C. Gutiérrez, José Benito Gaitán, Maro A. Herrera, Clímaco Iriarte, Antonio José Iregui, Adolfo León Gómez, Francisco Marulanda, Manuel Plata Azuero, Pedro María Pinzón, Julián Páez M., Medardo Rivas, Nicolás Sáenz, Francisco de la Torre, Carlos Arturo Torres, Ambrosio Robayo L., Antonio Vargas Vega.

El secretario del Consejo Consultivo, Domingo Esguerra.

Julio H. Palacios 25 comenta acerca de estas postulaciones:

«Golpe maestro el del directorio del liberalismo y sus asesores, maestro por la escogencia de los ilustres candidatos, porque se daba sentido y orientación a un partido resuelto a moverse dentro de la Constitución y las leyes, porque por muchos aspectos el nombre de don Miguel Samper constituía una prenda de paz, de conciliación, que se daba al adversario tradicional, y prenda además valiosísima a las conciencias religiosas... sugestiva y diciente la escogencia del general Foción Soto. Con ella se daba a entender claramente que si el liberalismo era vencido por el fraude y la violencia, que si no encontraba abiertos los caminos legales para obtener la reforma de las instituciones, no descontaba la apelación a las armas, para la cual continuaba preparándose metódica y silenciosamente».

Samper contestó su proclamación diciendo:

Al señor doctor don Aquileo Parra, director del Partido Liberal y al señor presidente y demás miembros del Consejo Consultivo.

Creo que son ustedes el acreditado y digno conducto por el cual debo manifestar a nuestra comunidad política que acepto la muy alta, aunque no merecida honra, que he recibido al ser designado candidato para presidente de la República en el próximo período constitucional; honra que exalta el nombre del ciudadano a quien se designa para la Vicepresidencia, lo que significa que deben ser la honradez absoluta y la fidelidad constante a la causa republicana mis inseparables compañeros.

Por lo que a mí toca, me considero únicamente como prenda de paz política y religiosa que da el partido liberal a la nación y a la Iglesia católica, prenda que se da no ya tan sólo como promesa sino como solemne acto.

En efecto, en cuanto a la paz política creo que es bien conocida mi opinión lo que ella debe conservarse, a todo trance, hasta tocar los límites de la desesperación, que es cuando es lícito para todo pueblo volver al estado de asamblea. Respecto de la paz religiosa, es también sabido que acepto los términos en que la Constitución reconoce la libertad de los ciudadanos y establece las relaciones que deben existir en nuestro país entre la Iglesia católica y el Estado. Sólo encuentro digno de enmienda el artículo 54, pues creo que los sacerdotes no deben ser excluídos sino de aquellos cargos públicos que implican jurisdicción o mando político o militar.

Prescindiendo de las deplorables circunstancias que hacen de la designación de candidatos propios del partido liberal, designación in partibus, paso a exponer las reglas a que sujetaría mi conducta, al no existir tales circunstancias, si obtuviera los sufragios de la mayoría de los electores. Tales reglas serían:

         1a Tener presente en todos mis actos el juramento de «cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia», prescrito por el artículo 16 de la Constitución;

2a Si por las instituciones se faculta al presidente para violar los derechos de los particulares, o la independencia de los demás poderes públicos, no usaría de tal facultad y dejaría que tales instituciones fueran letra muerta;

3a Como poder colegislador me esforzaría en hacer triunfar las reformas contenidas en el programa adoptado por la convención nacional del partido liberal, programa que acepto con la sola excepción de lo absoluto en la libertad, o en la irresponsabilidad, del uso de la prensa. Pero si el Congreso creyere que Colombia va adelante, en este punto, de los libres pueblos anglosajones, cumpliría con el deber de respetar la ley;

4a Reconociendo que, a pesar de las disidencias que nos dividen en partidos políticos, existe de hecho una comunidad que quiere corregir los defectos de las actuales instituciones a fin de ponerlas de acuerdo con los principios republicanos, buscaría el apoyo de toda esa comunidad, con tanta mayor razón cuanto veo que coinciden en lo esencial los programas de los partidos conservador y liberal, en cuanto lo requiere aquella corrección de defectos. Reformaría tal propósito la necesidad de ocurrir a todo el esfuerzo de la nación para establecer una obra seria y durable de reconstrucción administrativa. Así también se podría lograr que no siendo, ni habiendo sido jefe de partido el primer magistrado de la República, fuera para este fácil proceder como tal, nada más, nada menos;

5ª Por último, la honra especial a que yo aspiraría, al tocarme presidir un nuevo debate electoral, consistiría en que se obtuviera una elección libre y pura. Para ello, además de una esmerada escogencia de agentes adecuados a este objeto, emplearía inflexiblemente el arma de la remoción. Si tal elección llegara a verificarse, los vencidos continuarían gozando de todos los derechos, y el respeto a la ley por los vencedores sería ejemplo que aquellos no vacilarían en imitar. Embarcados todos los colombianos en el respeto a la ley, como en nave segura y veloz, el rumbo nos conduciría a la paz permanente, y, a su amparo, a un progreso sólido, que ya tarda demasiado para un pueblo amante del trabajo, dotado de cualidades propias para sobresalir en el campo de la industria, y digno por muchos otros títulos del puesto que le corresponde entre las nacionalidades latinoamericanas.

Me suscribo del señor director, del señor presidente y demás miembros del Consejo Consultivo, amigo muy atento y servidor.

Miguel Samper.

Bogotá, 30 de noviembre de 1897.

Rodríguez Piñeres 26 recuerda cómo fue el proceso electoral: «En Bogotá, las elecciones para electores se hicieron a la inversa de las de 1896 para representantes, con plenas garantías, con decisión y entusiasmo, vigilándose a los soldados para que no votaran varias veces, y con resultado  que sobrepujó a los cálculos más optimistas: 3.788 votos liberales, 2.385 nacionalistas y 1.162 conservadores; lo que es decir, con 241 votos de mayoría liberal sobre la suma de los dados por nacionalistas y conservadores. El júbilo fue enorme: la calle en que vivía don Miguel Samper se llenó de gente, y su casa fue invadida por multitud delirante. Pero desde el día siguiente empezaron a llegar las noticias de los resultados en el resto del país, y se vio claro que la vieja iniquidad subsistía».

Así respetaba la voluntad electoral la Regeneración. A don Miguel Samper se le siguió llamando el «gran ciudadano».

 

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18. Aquileo Parra: Caja 3, carpeta 7, folios 209-10. Correspondencia de A.P. (Regresar)

19. Ibídem, folios 816a 820. (Regresar)

20. La Crónica, 4-V-1897. (Regresar)

21. El Republicano, 30-V-1897. (Regresar)

22. La Crónica, 18-VIII-1897. (Regresar)

23. Rodríguez Piñeres; obra citada. (Regresar)

24. Guillermo Uribe: El señor don Miguel Samper. Anales de jurisprudencia. Serie IV. Tomo IV. Entregas 39-40. Bogotá, abril de 1899. (Regresar)

25. Julio H. Palacio: «La Convención Liberal de 1897». El Tiempo. Sección segunda. 10-V-1943. • Julio H. Palacio: «La candidatura de Samper». El Tiempo. Sección segunda. 17-V-1942. (Regresar)

26. Eduardo Rodríguez Piñeres; obra citada. (Regresar)

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