Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO I
(2 Parte)


Juicios conservadores sobre el nacionalismo

    Al repasar la prensa de esa época, y al leer algunos estudios históricos que se desvelan por señalar cómo eran los acontecimientos políticos, vamos entendiendo la multiplicidad de intereses que se movían entre las diferentes fracciones del conservatismo. Existía un ingrediente que, además, contribuía a enrarecer más el ambiente: el querer confundir la doctrina católica con los intereses de un partido. Esta mezcolanza la toleraban algunos clérigos. El liberalismo estaba arrinconado, con mermas en sus derechos y con desconocimiento de sus posibilidades públicas. A Manuel María Sanclemente, es bueno consignar, siguiendo las líneas de un periódico tan combativo como El Criterio, de Panamá, que a este se le juzgaba como «muy respetado y respetable». Es bueno hacer ese deslinde.

     En la Biblioteca Luis Ángel Arango se encuentran abundantes y disímiles materiales. En la sección ‘Hojas y periódicos sueltos’, se localizan primicias inquietantes. En una carta del 18 de enero de 1900, se lee que «habló el jefe de la causa conservadora. Sus palabras marcan como con hierro candente al nacionalismo explotador».

    Otro respetable ciudadano se refiere a Marceliano Vélez y rememora que este aconseja a sus amigos por medio de su elevado ejemplo, «que no se apoye a los que ayer robaron el tesoro público y las libertades...»

    En una carta que firman Pedro Justo Berrío, Camilo Botero Guerra y varios más, saludan a Marceliano Vélez y lo felicitan «por la patriótica y honrada determinación, que, con entereza, habéis tomado en presencia de los grandes asuntos públicos que actualmente se cumplen en Colombia».

           Aquel contesta con fecha 23 de enero de 1900, diciendo que «el nacionalismo cuya fisonomía característica es el absolutismo, la inmoralidad y el perjurio, el personalismo autoritario, un sistema inmoral y escandaloso de explotación del tesoro público, el peculado erigido en arte de gobierno, la negación del imperio de la ley y la degradación y abatimiento de los caracteres por la corrupción. ¿Por qué llevar su límpida bandera (la del conservatismo) a mancharla en las impuras aguas del nacionalismo?».

           Carlos Martínez Silva, en correspondencia con los generales Marceliano Vélez y José A. Pinto —B.L.A.A. el 11 de noviembre de 1899—, se niega a firmar una carta, acentuando su creencia: «Mi oposición ha sido enteramente impersonal, dirigida al sistema de gobierno que nos viene rigiendo desde la época del señor Caro... en un país como el nuestro, donde no hay libertad de sufragio para hacer triunfar por ese medio una causa política...»

           Cuando se solicita el concurso de Marceliano Vélez para la guerra, él pronuncia una conferencia en la cual afirma que «no puede —el partido conservador— convertirse en instrumento estúpido para ayudar a consolidar un orden de cosas que no acepta, y que crece en mal para la patria... no iré a luchar por lo que considero una calamidad para el país».

           En el mismo mes de octubre de 1899, escribe al gobernador de Antioquia: «La política del Gobierno, persistentemente exclusivista del elemento conservador, se confirma con el decreto del 6 de los corrientes que revoca el nombramiento de consejeros electorales, hecho el año pasado en miembros honorables del partido conservador; el rechazo dado al pensamiento de conciliación iniciado por la Junta de Delegados; las remociones que después de esa patriótica conducta se han hecho en distinguidos jefes del ejército, empleados civiles, revelan la resolución del Gobierno de prescindir en absoluto del concurso de los conservadores».

           Principia a predominar cierta tendencia en favor de Rafael Reyes. Es el nacionalismo reyista: «El general Reyes no es una idea, no representa principios. Apenas es un hombre más o menos afortunado en nuestras luchas civiles... su grupo es un círculo microscópico y sin doctrina.

          Esta serie de luchas, contradicciones, marcados odios y afirmaciones ásperas y, otras, sutilmente sugeridas, van marcando las hondas divergencias que existían en el conservatismo.

 

Convención liberal de 1897

            Los hechos se van entretejiendo. En 1897 se convoca una convención liberal. Sería de gran trascendencia: ella determinaría las condiciones para la paz o la guerra. Existía un gran interés nacional. Se estaba terminando el período del gobierno de Caro. Este, con su gesto imperial en el manejo de su grupo, notaba que sus sugerencias tenían menos aceptación. Se caminaba hacia momentos de incertidumbre. Los históricos crecían en su acción y su presencia intelectual era beligerante. 8

    No se toleraba ningún desvío del imperativo de mantener a raya al liberalismo. No podían dejarse que se empinaran las complacencias. Se menciona que a Guillermo Uribe, cuñado de don Carlos Holguín, este colaboró para que fuera desaforado de su curul en el Senado por haber pedido tres cosas que aparecen normales en un régimen democrático: libertad de imprenta, que se viviera en un régimen constitucional normal y que se derogara la «ley de los caballos.

    Contra Caro lucharon, permanentemente: Jaime Córdoba, Juan C. Arbeláez, Marceliano Vélez, Pedro Nel, Tulio y Mariano Ospina Vásquez, Abraham Moreno, Eduardo Posada, Francisco de P. Muñoz, Pío Claudio Gutiérrez, Jorge Roa, José Joaquín Pérez. Más tarde se apresuraron a engrosar la política de combate al «carismo» Carlos Martínez Silva, Moya Vásquez, Quintero Calderón, Concha, Abadía, Próspero Pinzón, Harker y muchos más.

    El liberalismo se hallaba situado en una verdadera encrucijada. No gozaba de ninguna garantía elemental en el manejo de sus derechos,9 pero se luchaba por lograr una presencia política. Oscilaban los comentarios entre conciliar con uno u otro grupo de los adversarios. No se consentían ecos a sus enunciados, por simples que fuesen.

            Se cita a la Convención que se reúne en una casa que facilitó el doctor Uldarico Rozo, en el sector de San Victorino. Eduardo Rodríguez Piñeres, en su obra, trae la enumeración de quienes participaron: Sergio Camargo, Fidel Cano, Rafael Rocha Castilla, Teodoro Valenzuela, Pablo Arosemena, Diego Mendoza, Juan E. Manrique, Jorge Enrique Delgado, Erasmo Rieux, Julio A. Vengoechea, Sixto Durán, Avelino Gómez, José  María Núñez U., Ramón Neira, Carlos J. Delgado, Tomás Villamil, José Camacho Carrizosa, Oswaldo Scarpetta, Alejandro Santander, Pedro A. Lara, Eloy Pareja, Carlos A. Mendoza, Manuel Z. de la Espriella, Manuel Cotes, Luis E. Villar, Guillermo Vila y Juan Francisco Gómez P. A las dos últimas sesiones asistió Carlos Arturo Torres en reemplazo de Villamil que había enfermado. Fueron presidente, vicepresidente, secretario y subsecretario, respectivamente, Camargo, Cano, Carlos A. Mendoza y Domingo Esguerra.

          A esta reunión se le otorga la mayor proyección en los días en que se realiza. Las circunstancias tan complejas le dan más resonancia a las posibilidades de sus declaraciones. Están pendientes de ella los diversos sectores de la opinión pública. «Hace mucho tiempo que media nación, enmudecida por la adversidad, purificada por la persecución, no ha hecho una manifestación colectiva de su voluntad ni de sus anhelos... El pensamiento de todo un partido ha permanecido oculto», declara la prensa. 10

           Caro no permanece inactivo. Cita para una entrevista a uno de los jefes más destacados del liberalismo, general Sergio Camargo. Aquel no quiere perder su primacía, ni la de su sector. Con su vocación política indeclinable, busca soluciones que aseguren aquélla. No concibe la existencia sino con pleno dominio sobre el destino de la República. Por ello le propuso a Camargo que se eligiese un presidente nacionalista y un vicepresidente liberal,  y que este no despertara incomodidades entre sus amigos. Caro intentaba cualquier combinación con tal de evitar un manejo político por sus adversarios: él «no podía soportar a los históricos, cuidaba de no llamarse conservador, sino nacionalista.» Allí está señalado su carácter y su peculiar condición. Las alternativas de ceder eran improbables. Se habló de que el posible candidato a la Presidencia podría ser Antonio Roldán. También se barajaba la posibilidad de que Caro se retirara del poder, para intentar su reelección. Desde luego, no fue tema que él planteara. Obedecía esta perspectiva a las conjeturas.

             La Convención analizó la materia con disímiles interpretaciones. A los partidarios de la fórmula, se les tildaba de entreguistas, seres débiles, personas subyugadas. Los otros, proclamaban el deslinde total y terminaban alegando que sólo la guerra permitiría una solución arrogante y justa. Los integrantes se dividieron entre «evolucionistas» y «no evolucionistas.» Muchos se preguntaban si lo que se proponía era una combinación política seria o era sólo una maniobra.

  Joaquín Tamayo 11 juzga esta propuesta, refiriéndose a Caro, con estas palabras: «Intransigente como era, personificó su intransigencia política en los paladines del conservatismo histórico, porque él y ellos estuvieron de continuo separados por el abismo de su mutuo desafecto. Impulsado por reconocido resentimiento contra don Marceliano Vélez, movilizó su influencia —todavía poderosa en el 97— hacia un posible acuerdo con el liberalismo; no por simpatía hacia los hombres del Olimpo o a sus directos sucesores, sino para impedir a todo trance el advenimiento en el gobierno de un conservador adverso a sus ideas de mando.

   Se rechazó la propuesta de Caro. Se eligió presidente a don Aquileo Parra, quien gozaba de extraordinario prestigio y se inclinaba más a las soluciones políticas que a las acciones bélicas. Las órdenes se aprobaron unánimemente en el sentido de entenderse con las fracciones nacionalista y conservadora, siempre que se realicen los «compromisos políticos sobre la base de concesiones mutuas y honrosas.» Era natural esta declaración, pues los síntomas que se habían vivido indicaban que se podrían presentar nuevas alternativas. Se produjo un encargo reservado, que sólo dejaron de votar tres convencionistas: hacer la guerra.

    Por recomendación de Rafael Rocha Castilla y de Pedro A. López, se ordenó recoger fondos para establecer un plantel de estudios secundarios y profesionales con el nombre de Instituto Politécnico. Así se daba fe, una vez más, en la confianza que el liberalismo otorgaba a la educación. Sólo esta liberaría intelectual y salarialmente a las gentes que adoptaran sus clases.

    En un artículo que apareció en La Crónica, 12 se hacía un resumen de las materias principales que planteó el liberalismo como indispensables para mantener y fortalecer, en el futuro, un clima amplísimo de paz. La síntesis es la siguiente: hacer reformas constitucionales que ampliaran las garantías individuales; que se suprimieran las facultades extraordinarias o discrecionales. Que se llegase a la descentralización política y al restablecimiento de la responsabilidad legal del presidente, que no existía en la Constitución de 1886. Que se gozase de libertad de imprenta. Que el poder electoral tuviera origen constitucional, con un Consejo Superior, que, a la vez, se hiciese una reglamentación del ramo electoral en el país. Que no pudieran ser elegidos presidente ni vicepresidente quienes hayan desempeñado el Poder Ejecutivo, en período anterior de la Presidencia que cubriera cuatro años. Que la instrucción pública fuera gratuita. Debía suprimirse la pena de muerte. Como, también, los impuestos de exportación. Como, igualmente, se eliminarían los tributos a la sal, la carne y los artículos extranjeros de primera demanda popular. Se abolirían los monopolios de licores y habría prohibición de aumentar el papel moneda. Declarar el respeto religioso, que era materia que sacudía a la opinión pública. Y se solicitaba, con ahínco, que se derogara la Ley 153 de 1887 en cuanto hacía prevalecer la ley sobre la Constitución, pues esta se consideraba una aberración jurídica insostenible.*

    Tamayo sintetiza 13 la situación del liberalismo: «Excluído el liberalismo de toda participación en el poder, con un sólo representante en la cámara —Uribe Uribe—, condenado a pagar los impuestos en condición parecida a los siervos de la Edad Media, sin derecho a preguntar en qué forma se distribuían, forzosamente permaneció al margen de la historia política en esos años de intranquilidad permanente. » 

 

Noticias del clero y del liberalismo                              

    No es fácil entender esos tiempos. Inexplicablemente, se han mantenido unas malas y parvas noticias sobre ellos. El propósito ha sido conservar una idolatría sobre los dos personajes centrales —Núñez y Caro, un poco siguiendo la tradición exageradísima, sin juicio crítico, y con restricciones para examinar a Bolívar— lo que produce incapacidad de valoración histórica. Así se crean mitos con aberraciones mentales, que borran la tradición de los pueblos. Ese es el resultado final.

    Caro no consentía que a su círculo político se le denominase conservatismo. El único apelativo válido era nacionalismo. En esa época, pretendió confundirlo con el término católico. Naturalmente, la avalancha contra  liberalismo se enunciaba con las más radicales palabras. No fue esa etapa de relación entre el clero y nuestro partido. Había una recriminación constante contra la conducta de este.

   Algunos periódicos 14 reeditan publicaciones que recogen las expresiones de jerarcas de Europa contra esa fracción política. Se escogen minuciosamente para que se acumulen odiosos parentescos —aun cuando sean lejanos— con las situaciones nacionales. De los obispos europeos se toman páginas para demostrar el odio liberal contra los curas. Que, además, lo único que logran sus partidarios, es la disgregación de las fuerzas sociales. La carta de monseñor Turinaz que, desde Nancy, publica contra los radicales franceses, sirve para disparar en nuestro medio. Ello se condimenta con escritos de Mariano Ospina Rodríguez 15 como el que él tituló Liberalismo católico. Cita a Pío IX quien contribuye con esta perla: «La verdadera plaga de la Francia es el liberalismo católico». Con mucha energía sigue recalcando que es «tiempo ya de que se piense en extirpar de nosotros esa peste perniciosísima del liberalismo católico, que ha sido anatematizada más de cuarenta veces por ese gran pontífice».

   Otro escrito sobre «Los liberales» 16 se relaciona con problemas de Francia, pero se hacen las indicaciones directas a la situación colombiana. El clima para existir pacíficamente, no era el más adecuado: «A este vocablo le está sucediendo hoy lo que ha sucedido a otros en diferentes tiempos.  Su significado se altera y es probable que siguiendo el curso que hoy  lleva, llegue a ser un apodo afrentoso. En casi todas las repúblicas hispanoamericanas se han adornado con el de liberales los partidarios del poder brutal de la fuerza, los enemigos del derecho, los que no quieren religión, ni moral, ni ningún freno social. Esto es natural y la historia del género humano nos muestra que en todos tiempos los enemigos de la sociedad han procurado cubrirse con algún nombre querido y respetado».  

   En el capítulo «Las elecciones de 1897», 17 se cuenta cómo iba el ronroneo de combinaciones para esos comicios. Pero lo que interesa resaltar es el sentimiento, fuertemente pertinaz, contra el liberalismo.

   «Fracasada la combinación liberal nacionalista, quedaban por ensayar otras dos: la liberal conservadora histórica; y la nacional conservadora histórica. En la primera no se pensó, porque el fiasco de ella era ostensiblemente seguro, no pudiendo llevarse a las masas conservadoras a votar por un ciudadano de su seno y por un liberal; cuando más que la mayor parte de los conservadores miraban mal que aún candidatos de su grupo admitieran votos liberales, puesto que se había visto cómo don José Joaquín Ortiz, sintiendo próxima la muerte, llamó a su confesor para acusarse de que había consentido en que los liberales votaran por él para vicepresidente, en contra de Caro, con motivo de las elecciones de 1891».

    Había otra urgencia: acabar de eliminar la presencia de los «independientes» en la colaboración con cualquiera de las fracciones de derecha. Núñez declaró que el «partido independiente, nació gigante». Lentamente, se fueron retirando los liberales que habían acompañado la aventura política del cartagenero. En un momento Graciliano Acevedo, con chispeante gracia, contó cómo se desgajó su colaboración:

«El partido independiente perdió,

sin querer, el in

y se quedó dependiente;

cansado de verse así,

en seguida perdió el de

 y vino a quedar pendiente;

después en el mes de abril,

perdió el pen, le quedó el diente,

y hoy tiene gastado el di

y se ha convertido en ente,

su origen, principio y fin»

 

             Así avanzaba el difícil, dramático y confusísimo período político.   A los liberales nos correspondía la condenación divina.

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8. Eduardo Rodríguez Piñeres: Diez años de política liberal. Sin pie de editorial. (Regresar)

9. Rafael Uribe Uribe: La regeneración conservadora de Núñez y Caro. Antología y prólogo de Otto Morales Benitez. Antología No 4. Instituto para el Desarrollo de la De­mocracia Luis Carlos Galán. Bogotá, 1995.(Regresar)

10. La Crónica, 20-VIII-1897. (Regresar)

11. Joaquín Tamayo: La revolución de 1899. Biblioteca Banco Popular, volumen 76, Bogotá, 1975. (Regresar)

12. La Crónica, 17-IX-1897. (Regresar)

13. Joaquín Tamayo: obra citada. (Regresar)

14. El Orden Público. No 71, 8-11-1900. Director Juan A. Zuleta. (Regresar)

15. Ibídem. No 200, 16-VII-1900; página 798. (Regresar)

16. Ibídem. No 208, 25-VII-1900; página 830. (Regresar)

17. Rodríguez Piñeres; obra citada. Página 52. (Regresar)

* El texto de los catorce puntos que propuso el liberalismo en la Convención de 1897 para asegurar la paz, se pueden leer en el libro Origen, programa, y tesis del liberalismo, de Otto Morales Benitez, editado en la «Biblioteca del Liberalismo».  Partido Liberal Colombiano, Santafé de Bogotá, enero de 1998; páginas 216 a 219.(Regresar)

 

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