Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XIX

Todos   -hombres y países- apuntan al canal .  Marcel Proust y Panamá.  Lo que creía y soñaba.  Misión a Esguerra.  Esguerra y su viaje: posición del liberalismo.  Quién era Esguerra.  Noticia sobre Carlos Arturo Torres.

 

Todos —hombres y países— apuntan al canal

    Consideran los expertos en las materias que se han ido descubriendo en relación con los indígenas —tema no totalmente explorado—. que ellos tuvieron conciencia de cómo eran de indispensables las comunicaciones acuáticas. Las noticias llegaron a España y estas no podían provenir sino de las informaciones y aseveraciones de los primitivos habitantes. Fernando III le pidió al oidor de Lima, don Juan de Solórzano Pereira. que localizara más datos. Siguiendo el libro de Luis Martínez Delgado, 213 quien, a la vez. utiliza el texto de Alvaro Rebolledo, 214 podemos adelantar varias noticias más. Carlos III revivió el tema cuando tuvo noticias de unos cañones de bronce que se encontraron en el Castillo de San Juan de Ulúa, en Veracruz. Según las investigaciones, se habían transportado por los ríos Chimpala y Coazocoalcos. El virrey de México, se interesó en el proyecto de construir un canal por el Istmo de Tehuantepec. Este último, también habló de la vía por Nicaragua.

    Lo de Panamá inquietó permanentemente. Hay muchos intentos fallidos de llegar a integrar compañías, de organizar grupos económicos, de conseguir concesiones, de tomarse a Panamá por la fuerza. Son las especulaciones rabiosas de quienes veían claro el destino que depararía la unión de los dos océanos. Mencionemos algunas de esa-, pretensiones. El escocés William Paterson, en 1695, fundó el Banco de Inglaterra. Algunos años antes, había vivido en el Caribe. Mantenía obsesión por la comunicación de los dos océanos. Entonces funda la Compañía del Darién. Los ingleses poco le ayudaron. Entonces viaja a Edimburgo, Aberdeen, Glasgow y Dundee y logra que sean generosos en la suscripción de acciones. Emprende viaje a Jamaica y espera recibir más refuerzos económicos. No los logra. No llegó a Panamá. Humbolt 215 desempeñó un papel primordial, pues despertó afán e interés en Europa. El eminente botánico Enrique Pérez Arbeláez, doctor Phil, preparó con motivo del centenario de la muerte de Alejandro de Humboldt una obra, que tuvo el entusiasmo del gerente de ECOPETROL, doctor Marco Aurelio Arango, quien inclusive tradujo las cartas que aparecen en el libro. Este, se integra con extractos de las obras del naturalista. El considera que Colón, en su cuarto viaje, por información de los indígenas, tuvo conocimiento de las posibilidades de la comunicación acuática por Panamá. Naturalmente que Colón, quien se «tropezó» con este continente, pues él se dirigía hacia otras latitudes, le da diferentes nombres a los sitios geográficos y a los nos. Pero coinciden. El sabio alemán hace observaciones pertinentes sobre la materia:

    «Tuve ocasión de notar, en la Historia de la geografía del nuevo continente, que mucho antes de su muerte y diez años antes de la expedición de Balboa, conocía Colón la existencia del mar del Sur, y sabía además su proximidad a las costas orientales de Veragua. Lleváronle a tal descubrimiento, no combinaciones hipotéticas sobre la configuración del Asia Oriental, sino testimonios precisos, recogidos de labios de los indígenas en el cuarto viaje que hizo desde el 11 de mayo de 1502 al 7 de noviembre de 1504. Este cuarto viaje condujo al almirante desde la costa de Honduras, al puesto de Mosquitos y hasta la extremidad occidental del istmo de Panamá. Según los informes de los naturales, comentados por Colón en su 'Lettera rarísima' del 7 de julio de 1503, el otro mar (el del Sur) se volvía, no lejos del río de Belén, hacia las desembocaduras del Ganges, de suerte que las tierras de la Aurea (Quersoneso de Oro de Tolomeo) estaban en igual relación de posición con las costas orientales de Veragua, que Tortosa, en la desembocadura del Ebro, con Fuenterrabía en Vizcaya, o que Venecia con Pisa. Aunque Balboa, ya el 25 de septiembre, divisó el mar del Sur desde las alturas de la Sierra de Quarequa. sólo algún tiempo más tarde, Alonso Martín de don Benito, habiendo hallado un camino desde el monte Quarequa al golfo de San Miguel, navegó en canoa por el mar del Sur.

  «Teniendo en cuenta que la incorporación de una parte considerable de las costas occidentales del nuevo continente a los Estados Unidos de la América del Norte, y que las riquezas de la Nueva-California, llamada después California Superior (Upper California), hacen sentir, con mayor fuerza que nunca, la necesidad de poner en comunicación los estados atlánticos con la región occidental, a través del istmo de Panamá, creo deber notar, una vez más, que el camino más corto, el que Alonso Martín de don Benito se hizo indicar por los indígenas para llegar a las playas del mar del Sur, pertenece a la parte oriental del istmo y conducía al golfo de San Miguel. Sabemos que Colón buscaba un estrecho de tierra firme y en los documentos oficiales que poseemos de los años 1505,1507 y sobre todo del 1514, se hace mención de la abertura y del paso que pueden llevar inmediatamente al país de las especias. Preocupado, desde principios de este siglo, de los medios de establecer una comunicación entre ambos mares, he aconsejado siempre con la mayor insistencia, así en mis libros como en los diversos informes que me han pedido, para honra mía, las repúblicas españolas de la América, la exploración hipsométrica del istmo en toda su longitud, pero en especial cerca del golfo del Darién, en el sitio en que se enlaza con la tierra firme por la antigua provincia de Biruquete, y sobre las playas del mar del Sur, entre el Atrato y la bahía de Cupica, en el lugar en que la cadena de montañas que atraviesa el istmo se desvanece casi por completo».

Pérez Arbeláez hace referencia a las diferentes posibilidades de canales, especialmente algunos relacionados con territorio del Chocó.

   «Humbolt fue un perpetuo preocupado por las comunicaciones acuáticas intercontinentales, por canales así naturales como artificiales. Su viaje venezolano tuvo como término la verificación del brazo Casiquiare, lazo del Amazonas con el Orinoco. Conocedor de las uniones que fácilmente podrían abrirse entre el Araguaía y el Paraná, soñó que la llanura continental al este de los Andes se vería algún día comunicada por canales desde Angostura a Buenos Aires y que un tráfico de barcos cargados de los frutos diversos de la tierra, contribuiría a la unidad grandiosa de todo un continente libre.

  «Humboldt recogió informaciones sobre posibles canales interoceánicos cuando pasó por Cartago, de donde agreste camino, por las hoyas del Garrapatas y del Sipí conducía a las ricas zonas auríferas y platiníferas del Condoto, de Tadó e Istmina. Ninguna empresa americana le parecí más importante que la de unir los dos océanos, para evitar el forzado de las naves por el estrecho de Magallanes. Sin haber visitado ni el istmo ni los ríos atratenses y pacíficos, escribió con entusiasmo sobre el canal, buscó quienes patrocinaran la empresa de una micronivelación de las depresiones para escoger el trayecto más canalizable, infundió sus preocupaciones en el ánimo del Libertador Simón Bolívar, planeó la independencia de Juntlandia en sus Voyages equinoxiales, y como no pudo formarse idea cabal de la Cordillera del Baudó, escogió como la mejor vía la unión entre los golfos del Darién y Jurado. Hoy, una bahía de la costa chocoana del Pacífico, lleva el nombre de Humboldt sin que jamás el gran explorador echara en ella sus anclas. Hoy es otro el planteamiento, no en lo natural, sino en lo económico.

«Más detenidamente trata Humboldt sobre la comunicación interoceánica en sus Voyages aux régions equinoxiales du nouveau continent, libro nono, continuación al capítulo XVI con lujo de doctrina. Pero para la presente compilación este pasaje resulta demasiado largo».

Lo del canal, es un sueño que viene de muy atrás. El maestro Germán Arciniegas nos informa que siguiendo un libro de Roberto M. Tisnez Jiménez CMF. 216 hallamos que el precursor Pedro Fermín de Vargas ya soñaba con su construcción. El fue economista, científico, investigador, funcionario, hombre de múltiples acciones administrativas. Pero, básicamente, un hombre de revolución. Su vida está tejida de aventuras de amor, de persecuciones por el goce  de la ternura, de nuevos desvelos por la libertad. El concibió, también, la unión de los océanos.

«Pedro Fermín era la pasión ilustrada. Soñaba con un posible canal que la República construiría enlazando el Pacífico y el Atlántico y colocando una república nueva al frente de ese camino de agua por donde veía ya transitar las naves que, pasando por América, unirían a Europa con el Asia. No era extraña a sus sueños ninguna audacia en una América que, donde primero encontró una resonancia nacida del amor, fue en Bárbara Forero. Pedro Fermín, estudioso, conocedor de su tierra, visionario de América, había visto surgir, de trece pequeños estados del Norte, una federación que empezaba a ser el asombro de las naciones. ¿Por qué no provocar lo mismo en este Nuevo Reino, colocado por la naturaleza en el lugar preciso donde las dos Américas se enlazaban por una angosta faja de tierra y los dos grandes mares estaban tan cerca el uno del otro, que bastaba abrir una zanja para que las naves de todo el mundo circularan en lo que sería la ruta del comercio mundial?»

Francisco de Miranda, en escrito de 1797, publicado en París, habla expresamente de las rutas de Panamá y Nicaragua.

En 1825, el ministro colombiano en Inglaterra, informa acerca del interés de crear una compañía para adelantar los trabajos por cuenta de la República.

El secretario de Estados Unidos, en las instrucciones que dio a los representantes para el Congreso Anfictiónico, menciona la «navegación entre el Atlántico y el Pacífico» y afirma que «si esta obra se llegase a ejecutar, el beneficio de ella no deberá ser apropiado exclusivamente para una sola nación...».

   Goethe, en sus conversaciones con Eckerman, y comentando las proposiciones de Humboldt, se expresaba con admiración y con conocimiento. Era natural. Silvio Villegas, 217 en una de sus luminosas páginas, recuerda cómo eran de amplios los intereses de Goethe. Entre ellos, estuvo atento al proceso del Canal de Panamá: «Apasionadamente se interesó por todos los grandes temas de su tiempo: el Canal de Suez y el de Panamá, la economía americana, la Revolución Francesa, la aventura del corso, el régimen colonial de Inglaterra, la prosperidad de la agricultura y de las industrias. Su gestión en Weimar es un modelo de previsión y de sabiduría constructivas. Con idéntica maestría organizaba el ejército, multiplicaba las finanzas y propagaba las letras. No le hizo falta sino el ambiente de la gran urbe para que su nombre quedara escrito entre los mayores estadistas de todos los tiempos».

Bolívar estableció relaciones con Maxweil Hyslop en Jamaica. Le ayudó en las aulagas que acosaban a aquél. Le escribió en varias oportunidades, siempre demandando ayudas. En una de las cartas —y aquí seguimos el libro citado del maestro Arciniegas— 218 le dice sin dubitaciones:

«La costa firme se salvaría con seis u ocho mil fusiles, las municiones correspondientes y quinientos mil duros para pagar los primeros meses de la campaña. Con estos socorros se pone a cubierto el resto de la América del Sur y al mismo tiempo se puede entregar al Imperio Británico las provincias de Panamá y Nicaragua, para que forme de esos países el centro del comercio del universo por medio de la apertura de canales, que, rompiendo los diques de uno y otro mar, acerquen las distancias más remotas y hagan permanente el imperio de la Inglaterra sobre el comercio».

Hay que destacar que se habla en esta carta del canal. Mr. Hyslop no olvidó esa perspectiva. Lo primero que hizo fue nacionalizarse colombiano. Como no había olvidado las advertencias de Bolívar, propuso formar una compañía con sede en Londres, para que así Inglaterra tuviera la clave del comercio internacional, con la base de que Nicaragua y Panamá serían colonias británicas, según los auspicios de Bolívar. Era una operación habilísima en el manejo de un empréstito en el cual suscribiría vales la nación. En Bogotá se produjo un interés en que ese proyecto fuera manejado por colombianos, con capital autóctono, con el patronato de Bolívar y de Santander, quienes deberían tener relaciones con esa compañía. Que no debían mezclarse en ese negocio, aun cuando el interés nacionalista era manifiesto. Desde luego, no podemos olvidar que Miranda había hablado con los ingleses de esta posibilidad de comercio. A pesar de que él entendía que, desde el punto de los intereses de libertad, andarían por caminos distintos.

Con estas referencias, sólo deseamos llamar la atención cómo lo del canal era tema de permanente agitación. Nunca se despreció esa posibilidad y los países, lentamente, fueron observando y calificando su altísimo interés. Ya veremos las reacciones en Estados Unidos por el tratado que firmó el presidente Salgar. Era un verdadero combate imperialista.

Holanda con participación del rey, organiza una sociedad para intentar realizarlo por Nicaragua.

En 1835, Colombia concedió un privilegio a Carlos de Thierry. Finalmente, se estableció que era un aventurero. Pasó a Salomón y Cía. y se trató de vincular al rey Luis Felipe. Así nació el desvelo de Francia por este proyecto.

En el Gobierno del presidente Taylor, había dos compañías que se disputaban la posibilidad de construir. El senador Clayton fue nombrado secretario de Estado. Una sociedad era inglesa; la otra americana. La tensión entre los dos países crecía. Clayton dijo que afrontaría un conflicto armado. Se firmó el tratado Clayton-Bulwer.

En 1851 el gobierno concedió dos privilegios: uno, a Manuel Cárdenas y Florentino González para comunicar el río Atrato con el Pacífico. El otro, se otorgaba a Ricardo de la Parra y Benjamín Blagge, para el mismo fin, pero uniendo los ríos Atrato y San Juan. Seguían las concesiones: en 1852 a José Gooding y Ricardo Vanegas. A los diez años se le concedió a Henry Duestbury, que no aprobó el Congreso. Se firmó un tratado con Estados Unidos, que tampoco se aprobó. Sancionó el del 26 de enero de 1870 con Stheohen A. Halburt, quien representaba al presidente Grant de la América del Norte.

En 1867, el Congreso aprobó la Ley 33. En París se organizó un sindicato que orientaba el austríaco Etienne Turr. El negocio no se perfeccionó. Sirvió de antecedente para el que se firmó con Lucien Napoleón Bonaparte Wyse, que se aprobó por ley 28 de 1873.

Bonaparte viajó a París, contando con la ayuda del vizconde Femando de Lesseps, quien ideó el Canal del Suez, y así nació la Compagnie Universelle du Canal Interoceánique de Panamá. Tuvo un gran fracaso. Cedió sus derechos a la Nueva Compañía del Canal. Y como lo dice Martínez Delgado, esta tuvo «nuevos fracasos y situaciones difíciles que no impidieron la obtención de prórrogas para la obra del canal que facilitaron al final la desmembración del territorio nacional».

Lesseps gozaba de inmenso prestigio por su hazaña de Suez. Comprometió a los inversionistas franceses. En un congreso de científicos y técnicos, impuso su criterio ante sus ciento treinta y seis integrantes. Consideró que se construiría en ocho años con una inversión de US$ 131.000.000. A los seis años, se habían gastado más de US$262.000.000. Consiguió que el Gobierno francés le autorizara bonos, como cupones de lotería, por US$120.000.000. Las deudas ascendían a US$370.000.000. Los contratistas habían logrado utilidades por US$15.000.000. En París, en comisiones indebidas, sobornos y pagos a los periódicos se comprometieron US$60.000.000. La prensa no debería permitir que el pueblo francés — ahorrativo y previsivo— se enterara de la situación. Martínez Delgado cita al historiador inglés, quien escribió: «No hay quizás en todo el mundo un lugar donde se haya concentrado tanta estafa y villanía, tantas enfermedades pestilenciales, tanto estercolero de abominación moral y física, como en la escena de esta famosa empresa del ingeniería del siglo XIX».

Siguiendo el relato histórico, hallamos que Lesseps y el constructor de la Torre Eiffel se encontraron comprometidos, lo mismo que el banquero barón Jacques de Reinach, y Comelio Herz, quien traficaba con sus influencias. El presidente de la Cámara francesa, M. Floquet, había recibido 300.000 francos para sus elecciones; M. de Fraucinet, antiguo ministro, recibió más de 200.000 para que su periódico apoyara las especulaciones. Muchos miembros del gabinete, del Parlamento, sufrieron condenas. Al antiguo ministro de obras, señor Baihaut se le condenó a cinco años de prisión y a pagar una multa de 750.000 francos. Lesseps debería pasar en la cárcel cinco años.

Mientras este escándalo se sucedía, aquí se le prorrogaban los privilegios a la compañía por diez años que vencían en 1894. Colombia recibió un millón de pesos. La nueva compañía no cumplió y pidió otra prórroga hasta 1910. Parecíamos ante un saínete internacional. No importaba que así fuese.

Marcel Proust y Panamá

En 1952 se publicó la primera edición de una obra de Marcel Proust, titulada Jean Santeuil, 219  en Editions Gallimard, de París, con traducción de Consuelo Berges. Se dijo por algunos lectores, que no se justificaba poner en circulación ese escrito. Alegaban que su autor no se había preocupado literariamente de este. André Maurois escribió el prólogo y en ese texto señala que no es tan perfecta como A la recherche du temps perdu. Su autor decía que «escribo al galope, tengo tanto que decir...» Nunca fue revisada por su autor. Las repeticiones de palabras, las negligencias de estilo, son evidentes... ¿Qué es, pues, exactamente Jean Santeuil? «Puedo llamar a este libro una novela», se pregunta Proust. Se responde: «Quizás es menos y mucho más: la esencia misma de mi vida, sin poner en ella nada ajeno, en esas horas de sufrimiento en que transcurre. Este libro no fue nunca hecho, fue cosechado».

Más adelante el gran escritor André Maurois afirma:

«La quinta parte, otra revelación, está estrechamente relacionada con la vida política de la época: escándalo de Panamá y affaire Dreyfus. Asistimos a la caída de un gran ministro, Charles Mario, y Proust es demasiado poeta, demasiado equitativo también, para no ver lo que hay de patético y de cobarde en esta ejecución, por sus propios amigos, de un hombre culpable sin duda, pero como lo son los desdichados humanos, con un gran fondo de inocencia. Este episodio podría contener la materia de una novela balzaciana o proustiana, que sería de un interés 'capitalísimo', pero que nunca iba a desarrollarse. Más adelante las sesiones del tribunal de apelación en la revisión del proceso Dreyfus, las entradas del coronel Picquart, del general De Boisdeffre, son vistas por una mirada fresca que anota lo real a manera de pintor impresionista, con pequeños toques auténticos, con una notable honradez, pues, a pesar de sus vivas pasiones dreyfusistas, se atreve a dibujar un Picquard decepcionante y un Boisdeffre impresionante. Todo esto no será utilizado, o lo será poco, en La recherche. Proust, con razón, presentará aquí el affaire no ya poniendo en escena a los protagonistas históricos, sino presentando la imagen de los hechos reflejada en las mentes de Saint-Loup, de Bloch, de los Guermantes».

En esa quinta parte aparece un personaje: Carlos Marie, «el más viejo compañero de Santeuil», diputado, antes ministro y «el más influyente hombre político del mundo parlamentario». Frecuentaba la casa de aquél y siempre llegaba con noticias políticas que estaban sacudiendo a la opinión porque, en ocasiones, eran secretos de Estado. «Marie era muy campechano, muy sencillo, muy natural, servicial, generoso».

Tenía una parte de su vida unida a males artes:

«Le gustaban los goces del trabajo, del poder, del lujo, y también ciertos goces más sencillos, como los que encontraba en el afecto de los Santeuil, en la sencillez de su vida, en el fervor de su estimación y de su acogida. Hasta mucho más tarde no se supo que también le había gustado casi cotidianamente meterse en asuntos sospechosos y ganar dinero a costa de lo que fuera. Hasta entonces no había extrañado que tratara a dos o tres banqueros no de los más honorables, pues un ex ministro de Finanzas que puede volver a serlo cualquier día necesita estar en relación con esa clase de hombres. Varios que han desaparecido ya —uno se suicidó, otro vive en América, otro consiguió evitar todo conflicto con la justicia, pero no encuentra a su paso muchas cabezas que se descubran ni muchas manos que se le tiendan— inspiraron a Marie una amistad que, por extraño que pueda parecer, tuvo para él sus momentos de dulzura y de cordialidad. El trato de esas personas no sólo le era útil para ciertos actos financieros en los que no podía intervenir directamente. Eran las únicas con las que podía hablar de toda la parte de su vida que estaba obligado a ocultar al público, a sus colegas, a sus amigos, incluso a su mujer».

Llega un momento en que el juez de instrucción, en el caso del escándalo de Panamá, le cita: «El ministro acababa de pedir autorización para procesar a Marie». Este llegó al recinto de la Cámara: «Sólo uno de sus amigos se acercó a él, y, bruscamente, con esa desagradable violencia del afecto verdadero al que hace daño nuestro daño y que sabe devolvemos los golpes que le damos, le dijo: «Sube a explicarte a la tribuna». Subió. De todo el círculo tumultuoso que había ante él se elevaron los clamores. Tuvo miedo, como quien pone el pie sobre embarcación en un mar encrespado. Pero hay momentos en que el hombre, muy contra su gusto, renuncia a la vida por no parecer que tiene miedo, y Marie, fría la mano, la cabeza alta pero trémula, subió. Mas su palabra necesitaba al menos, como un acompañamiento indispensable, una armonía complementaria, las resonantes olas de la aclamación de la Cámara. En aquel silencio o en aquellos sordos murmullos, el tono de su voz no era el mismo. En vez de estar en tierra firme con oleajes favorables que venían a retumbar a sus pies, estaba en plena mar, donde no rompía ninguna ola, sino que se formaban unas monstruosas columnas, ya no majestuosas de ver, sino terroríficas de sentir. Estaban acostumbrados a buscar el valor de sus palabras en la violencia de la marejada de bravos que desencadenaban. Y mientras hablaba se la veía formarse, elevarse, combarse, dispuesta a caer de nuevo y a retumbar al fin cuando su período terminaba. Sus palabras, privadas de la aprobación que las hacía persuasivas y del acompañamiento que las hacía armoniosas, sonaban a falso y a hueco como las malas razones de un culpable o el canto agudo de una loca. Y como sus palabras no iban ya a romper en el rumor de los bravos, ya no encontraba la fuerza del reflujo que traía nuevas olas de elocuencia. Sus gestos ya no eran mesurados, sino bruscos como los movimientos de un hombre sobre un caballo desbocado, y —que así el actor humano se queda pequeño junto al papel inaudito que el destino le encomienda a veces y que sólo nuestra imaginación sabe ver en su grandeza— muy pequeño en aquella gran asamblea que ya no dominaba, era cosa de preguntarse si se trataba en realidad de su vida, si no era un pequeño actor representando el terror de Saint-Just en una sesión revolucionaria insuficientemente reconstruida, en un teatro donde los débiles murmullos de las comparsas no daban idea exacta de la furia de la convención».

Así continúa la obra de Marcel Proust. Está recogiendo lo que llegó a constituir el más inquietante proceso de la Compañía del Canal. Además, por la misma época, preocupaba a la prensa y a la opinión francesas, el caso de la monstruosa injusticia contra Dreyfus. El novelista Emilio Zola, aparecía como un capitán de la justicia, que el Estado le había negado al hombre de combate. De suerte que las aguas del Canal de Panamá, bañaban el diálogo de esas horas.

Los únicos que no querían escuchar el rumor humano y político, de lo que nos golpeaba con furia de olas, eran los hombres del gobierno de Marroquín.

Lo que creía y soñaba Panamá

¿Qué originó la solicitud de nueva prórroga con las ventajas que esta acarreaba? El relato es bien simple: los tribunales franceses nombraron un liquidador de la sociedad. Este envió comisión de ingenieros. Esta informó que todo podía concluirse en ocho años con un costo aproximado de ciento cincuenta millones de dólares. Panamá tenía las perspectivas de la comarca, consignadas al éxito de este proyecto. Lo consideraba su posibilidad de terminar con las limitaciones de su vida fiscal y que vencería las dificultades que asediaban a la comunidad. Siempre vivieron en vilo, esperando esa hora, que era la de su reivindicación. Justo Arosemena tenía dudas y las expresaba. Este, consideraba la obra indispensable, pero no creía que fuera el medio de eliminar sus dificultades. Por cierto que estos juicios le crearon un ambiente áspero. La creencia era otra. En el Gobierno colombiano no se notificaron de esos sentimientos. O si llegaron a tener noticias, los despreciaron. El hecho es que Panamá nombró una comisión que integraban al obispo José Alejandro Peral, el doctor Manuel Amador Guerrero, y los señores Ricardo Arango y Pedro J. Sosa. Ellos acompañaban al ingeniero Bonaparte Wyse. Así indicaban su interés.

Pero antes revisemos algunas otras apreciaciones sobre el intrincado problema. En el periódico La Situación, de Panamá, 221 se reproduce un artículo de Paúl Leroy-Beaulieu. Este escritor advierte que la nueva sociedad debería ser anónima. Que la anterior, de carácter civil, por esta misma condición, demandó muchos gastos. Que se necesita que la que se organice, obedezca a un riguroso criterio comercial: «Si se quiere repetir el activo, los gastos que el carácter de sociedad civil exige, lo absorben todo. La nueva sociedad debería pues, ser una sociedad comercial anónima; de esta manera, aún en caso de mal éxito en la empresa, a los accionistas se les devolvería algo». Insiste en preguntarse cuál es la situación de lo que se rumora en cuanto a otra vía por Nicaragua. Pide más plazo —dos años— para que se inicien los trabajos y propone que «el liquidador de Panamá, que todavía tiene algunos recursos, podría ofrecer a aquel país un par de millones por cada uno de los años de la prórroga provisional».

El periodista panameño en La Situación —que orientaban como editor propietario Juan Capela C. y como redactor José del C. Várela— escribe que hay que dar facilidades y que lo que más conviene a los intereses colombianos, es que la construcción la realice una compañía francesa y que para ello debemos olvidamos de lo que incomode en el pasado en cuanto a los contratos:

«El Gobierno colombiano que no debe olvidar los dictados de equidad en el manejo de la cosa pública; que no sería disculpable si desatendiera con algún pretexto lo que redunda en provecho del país; que por lo mismo que está en la cima de la administración nacional ha de echar miradas al porvenir en previsión de todo lo que sea parte al engrandecimiento de nuestro comercio, libre de extranjeras trabas políticas, el Gobierno colombiano, decimos, habrá de tropezar, después de leer en las páginas de la historia de los trabajos del canal, habrá de tropezar con la conclusión de que es una empresa francesa la que bajo todos conceptos cuadra mejor a nuestras aspiraciones.

«Luego a esta se le ha de prestar concurso decidido y facilidades prácticas antes que atormentarla con inmediatas retribuciones de dinero que no son ni pueden ser —refiriéndonos al estado presente de la compañía— adecuadas a levantarla de su abatimiento, mucho menos a dar muestra de los deseos del pueblo de Colombia porque se vuelva a la actividad de los trabajos hasta coronarlos de completa victoria».

El Deber lo redactan Carlos A. Mendoza y Joaquín Arciniegas. En el número segundo, insisten en que debe aprobarse la prórroga pues «hay conveniencia para los habitantes del istmo». Así lo expresa la Cámara de Comercio en reunión plebiscitaria que propició. Lo mismo opinan los ciudadanos reunidos en Cabildo Abierto, «a pesar de las escandalosas revelaciones del juicio que en París se sigue a los directores de la compañía». Luego se detienen en indicar las ventajas que trajo a la comunidad panameña. Es bueno observar que las consideraciones se refieren directamente a lo que colectivamente han traído los trabajos en el istmo. Es su perspectiva y además la amplían con argumentos locales: «Es necesaria la conducta que aconsejamos observe nuestra patria, porque los intereses de ella están perfectamente consultados en el Convenio Salgar-Wyse, más beneficioso para el país que los celebrados con anterioridad a esa fecha con los americanos, colocándose en aquel a todas las naciones bajo un mismo pie de igualdad. Es útil, porque los trabajos del canal trajeron desarrollo de riqueza, de industrias y de bienestar a Colombia, promovido por el capital francés, y si se reorganiza una nueva empresa que prosiga los trabajos dentro de un término prudencial, volverán a disfrutar nuestros pueblos de la abundancia y comodidades de los tiempos no muy distantes en que todas las razas se juntaron en el istmo a tomar parte en el más grandioso certamen que en los siglos han presentado la inteligencia, el trabajo y el dinero. Y es conveniente la concesión de la prórroga, porque —aparte de provechos que ningún otro ofrece y garantiza compensarlos— el pueblo colombiano en sus contratos y en sus relaciones con los extraños, tiene adoptado el precedente de ver primero lo que se obtiene manteniendo los mejores principios, que lo que gana exigiendo ansiosamente oro y más oro».

Carlos A. Mendoza —conocido escritor y orador, quien más tarde fuera presidente de su país—, escribe en La Situación, en el No 19, de 29 de enero de 1898, en la edición de Panamá, un artículo-informe para que las gentes tengan conciencia de cuál es el estado de los trabajos; señala las dificultades técnicas; los avances en las obras; las modalidades del cambio de la moneda; el número de trabajadores y la relación de sus salarios.

«Como es sabido, los trabajos del Canal de Panamá abrazan una extensión de 74 kilómetros, desde la entrada, a las inmediaciones de la ciudad de Colón, hasta las aguas profundas del mar Pacífico.

«La Compañía Nueva no ha ejecutado trabajos de excavación del kilómetro 1 al 45, pero se han completado los estudios de los afluentes del río Chagres. Los de la hoya por donde corre el río Gigante confirman la existencia de desfiladeros que permitirán derramar el excedente de las aguas del lago de Bohío hasta el mar, por la cuenca natural del Chagres. Los sondeos practicados en el desfiladero con el fin de reconocer la naturaleza del subsuelo, prueban que existe la roca debajo de una capa de arcilla de 8 metros.

«Del kilómetro 45 al 56 se hallan en plena actividad los trabajos, los cuales comprenden las secciones de Emperador y Culebra.

«Ante todo, por repetidas experiencias, se ha adquirido el convencimiento de que en la actualidad no es practicable el transporte hidráulico de los escombros de las excavaciones, dadas las condiciones del suelo de Culebra.

«El sistema de cables americanos- de los cuales funcionan  7, del kilómetro 51,5 al 52,9- ha dado buenos resultados.

«Por indicación del señor Royer, ingeniero encargado en os últimos días de dirigir en el istmo los trabajos, se ha puesto en práctica con el mejor éxito, un sistema de minas, con cuyo empleo se desaloja grandes porciones de tierra y roca.

«Las lluvias paralizan los trabajos en algunos sitios, los hacen suspender en otros, o aminoran su producido en ciertos lugares; a más que traen consigo el aumento de enfermedades en los obreros.

«A pesar de tanto inconveniente, es constante el aumento del cubo de tierra y rocas extraídas. En el último trimestre de 1896, por ejemplo, se extrajeron en las secciones de Emperador y Culebra 187.000 metros cúbicos; en 1897 se excavaron 255.000 metros cúbicos en un trimestre. En la actualidad, cuando todavía llueve torrencialmente, se extraen en las citadas secciones, diariamente, 3.600 metros cúbicos, o sea 108.000 metros cúbicos mensuales, los que dan un cubo de excavaciones de 324.000 en un trimestre; cuyo rendimiento aumentará indudablemente, ya por la cesación de las lluvias, ya por el mejor uso del sistema de minas implantado, ya porque los operarios se hacen más prácticos en el conocimiento de la maquinaria, ya por el aumento de brazos destinados a romper la roca con los taladros y a remover los escombros de piedra y de tierra.

«En Culebra llama mucha la atención el túnel de 140 metros de largo por 4 metros de diámetro, hecho para facilitar las excavaciones. Los trabajos de Culebra están dirigidos por el ingeniero señor Renaudin, y las cinco dragas que funcionan allí lo hacen bajo las órdenes del colombiano Augusto Clément.

«Durante la estación lluviosa, cuando por razones del clima y de la naturaleza del suelo se dificultan los trabajos, fue de 1.500 el número de jornaleros destinados a las tareas de excavaciones en Emperador y Culebra. El resto, hasta completar más de 2.500 individuos, se empleó en los talleres de máquinas en construcción y reparación, en la apertura de vías de descarga, etc., etc.

«El personal de jornaleros al servicio de la compañía en Emperador, Culebra y La Boca, se eleva a 3.300, que ganan $1,20 diarios en plata. La antigua compañía, para excavar un cubo mucho menor, empleaba un número doble de jornaleros, pagándoles $1,50 plata por cada día de trabajo.

«La comparación es en un todo favorable a la empresa de hoy, hasta por el tipo del cambio de los francos que tienen en París, por la plata con que paga a sus obreros. En 1888, cuando suspendió sus trabajos la primitiva compañía, el cambio sobre París era de 30%; hoy es de 123% El provecho de 93% es aún mayor por la diferencia del precio del jornal pagado hogaño ($1,20) con el antaño ($1,50) de que he hecho mención; el Jornal en 1888 equivalía a $1,15 oro, el de hoy es de $0,53 centavos oro, con utilidad para la compañía de $0,62 centavos oro».

Para Panamá, pues, la obra del canal era esencial para su desenvolvimiento. El pueblo, sus gobiernos locales, sus políticos sus escritores sus agitadores populares, solicitan su realización con norte de sus esperanzas. Crecía el interés por su éxito. Estos afanes colectivos como va lo veremos, no tuvieron mucha audiencia en la dictadura de  Marroquín.

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213. Martínez Delgado: Panamá. (Regresar)

214. Alvaro Rebolledo: Reseña histérico-política de la comunicación interoceánica. Editorial Hispano-Americana. San Francisco, California, Estados Unidos, 1930. (Regresar)

215. Enrique Pérez Arbeláez: Alejandro de Humboldt en Colombia. Ediciones de la Empresa Colombiana de Petróleos. Bogotá, 1959.(Regresar)

216. Germán Arciniegas. El Tiempo. (Regresar)

217. Silvio Villegas: Obra literaria. Ediciones Togibert. Medellín, 1963. (Regresar)

218. Germán Arciniegas: Bolívar y la revolución. Editorial Planeta. Bogotá, 1984. (Regresar)

219. Marcel Proust: Jean Santeuil. 2 Tomos. Alianza Editorial. Madrid, 1971. (Regresar)

220. Carlos A. Mendoza y Vicente Stamato; obra citada. (Regresar)

221. Carlos Calderón, ministro de Hacienda, La Crónica. 29-1-1899. (Regresar)

 

            CONTINUAR                                                            

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