Sanclemente, Marroquín, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XVIII

Uribe Uribe detrás de la paz en Nueva York. El manifiesto de Uribe Uribe.  Razones justificativas del Manifiesto.  Segunda Edición.  El juicio de los amigos de Marroquín.   Anotaciones de Martínez Silva.  Martingala contra la paz.  Persecución Política, extorsión económica.  Algunos rasgos de Uribe Uribe.

Uribe Uribe detrás de la paz en Nueva York

Es realmente impresionante el desdén por la paz de los dos gobiernos de derecha. Ella, además, estaba unida a la suerte de Panamá, que era una motivación fácil de entender para los observadores internacionales de los intereses que se jugaban en tomo al canal. Nada importaba. La conciencia era la de arrasar al liberalismo. Si ello implicaba desniveles que pudieran conducir a la desmembración de la patria, pues se mirarían después. Pero ponerse a prever lo que eran ya signos inequívocos de lo que pudiera acontecer, a las gentes del Ejecutivo no interesaba. Estaban engolosinados con los partes de triunfo; con las dificultades que enfrentaba, para obtener armas, la revolución. Los criterios que prevalecían para manejar la guerra eran inamovibles: nada de concesiones. Pero, además, el liberalismo estaba dividido entre los amigos de la revolución y una serie de «civilistas» que, desde la capital, en términos de opinión que creaba desconcierto, arremetían contra aquellos. En estos, confiaban demasiado las fuerzas conservadoras. Ellos serían capaces de desmoronar el poderío guerrero.

Bueno; pero lo que queremos es contar otro momento de esta historia nacional tan extraña. Martínez Silva renuncia, no le aceptan. Y, después, en calidad de ministro de Relaciones Exteriores, lo mandan a buscar fórmulas de negociación para lo de Panamá, en Washington. El siempre creyó que era una manera de desterrarlo. El, que era amigo de la paz, debía de desaparecer. Así no incomodaba los planes de los de tierra arrasada, entrega incondicional de los revolucionarios, vencimiento sin concesiones. La política de represión en su imperio.

Por la misma época estaba en Nueva York Rafael Uribe Uribe. 211 Buscaba dos apoyos: uno económico y, otro, comprar armas. Esas, eran sus misiones. Pero su obsesión era alcanzar la paz. La proponía insistentemente. Entonces, resuelve escribirle al plenipotenciario una carta. Así lo hace el 23-III-1901, desde Nueva York. En ese mensaje, hay varios aspectos que es bueno resumir: el primero, que se le había enviado un mensaje a Marroquín, desde hacía un mes, explorando el entendimiento y se tuvo una respuesta negativa. El aprecia que «la guerra pudo cesar al otro día de haber llegado al poder el señor Marroquín, si teniendo en cuenta lo que había de común en las reivindicaciones del partido liberal y del conservador y la similitud de procedimientos revolucionarios empleados, por uno y otro, para suprimir el régimen nacionalista, hubiesen sido ofrecidas bases aceptables de convenio a los jefes liberales». Lo único que se les ha prometido son salvoconductos y «su remisión incondicional y protestas humillantes, se desconoció que el conjunto de los liberales forma un partido político con derecho de ser reconocido como fuerza social y a que se le otorgue la representación correspondiente».

El Gobierno, dice más adelante, ha querido reducir la revolución por el solo empleo de los medios de fuerza. Se llevan ocho meses de la nueva administración y no asoma la victoria del Gobierno. No decae la lucha. Los partes oficiales, son de triunfos, pero las acciones bélicas continúan. Desde luego, también se logran victorias revolucionarias. Estas, como es natural, no se registran. La consecuencia, es el desprecio con que tratan a Colombia en los periódicos extranjeros y le recomienda, para que lo constate, que repase las páginas de la Pall Mall Gazette. Y la otra secuela, es el desprestigio ya de Marroquín, asegurado. Este, ha dejado prevalecer la «fracción violenta». «Hay síntomas manifiestos del deseo de otro cambio».

Hace una síntesis Uribe Uribe de las propuestas del general Kichner al general Botha para la pacificación total, a pesar del triunfo internacional y que rechazan los «boers». Esto le sirve de pretexto para insistir que «parece natural que en una guerra civil debieran ser más benignas todavía las condiciones de un pacto entre los combatientes».

Llama la atención sobre un hecho de gran trascendencia y que él considera que se debe acentuar: «En Colombia son los revolucionarios los que hacen avances de acomodamiento pacífico, y es el Gobierno el que los rechaza y el que acaba de proclamar la guerra a muerte».Viene luego el análisis de lo que está ocurriendo con la vida económica del país y los gravísimos peligros sobre la suerte, hacia el futuro, de Panamá. Son palabras de admonición. Pero no quiere escuchar el Ejecutivo:

«Para combatir la revolución ha completado el Gobierno doscientos millones de papel moneda circulante, según las estimaciones más moderadas, y sigue emitiendo $640.000 diarios; ha arrancado a los liberales varios millones por vía de empréstito forzoso, y para hacerse a recursos en oro sacrificó dos joyas de la familia colombiana y está por sacrificar ahora la soberanía nacional en el istmo.

«Por $200.000 consintió en declarar que el muelle de La Boca, construido por la compañía del Canal, era el equivalente de la obligación que tenía la Compañía del Ferrocarril de prolongar la línea hasta Flamenco o hasta un lugar de la bahía en que hubiese fondo permanente para buques de todo calado. El verdadero cumplimiento de esta obligación no le habría costado a la Compañía del Ferrocarril menos de doce millones de pesos, según cálculos de ingenieros competentes. Si el muelle equivalía a esa prolongación, no ha debido aceptarse ninguna suma de dinero por declararlo así; haberla exigido patentiza el conocimiento y la conciencia de que las dos cosas son equiparables. Así lo declara el mismo ingeniero constructor del mismo, y la prueba de que este no se halla en un fondo permanente como el que exige el contrato, es que los buques no han consentido a atracar a dicho muelle, sino que anclan mar afuera en el mismo paraje donde siempre lo han hecho. Cincuenta mil de los $200.000 que se consintió en recibir, en vez de los doce millones que importaba el relevo de aquella obligación, se dedicaron a pagar la indemnización por el empleo del vapor Taboga, en que, bajo bandera inglesa, fue el doctor Albán a cañonear a los liberales de Buenaventura y Tumaco. Los otros 150.000 van a invertirse, según entiendo, en la adquisición de un buque de guerra que vaya a derramar sangre liberal en Colombia, a tiempo de que por no depositar suma igual, va a dejarse que se ejecutoríe el fallo inicuo en que un simple tribunal de distrito, jurisdicción absurda a que se sometió el Gobierno de Colombia, acaba de dictar aquí condenándonos al pago de una nueva y más fuerte indemnización a los herederos de Cherry, siendo así que por el depósito de la suma se podría interponer recurso de apelación ante la Corte Federal. donde acaso se nos haría Justicia.

«Por un millón de pesos se vendió la prórroga de la concesión del canal, cuando con esperamos hasta 1904 habría venido a ser nuestra la parte ejecutada de la obra y los edificios, maquinaria, materiales y demás valores de la compañía, y cuando el progreso que a nuestros derechos traía el solo transcurso del tiempo, habría sido una esperanza descontable en los mercados del mundo».

Acentúa lo más aberrante: por un millón de pesos se vendió la prórroga le la concesión del canal.

Finalmente, Uribe Uribe vuelve a ofrecer, por enésima vez, la posibilidad de llegar a una solución de la revolución. Cede en muchas de las pretensiones del liberalismo, pues entiende que la amenaza contra Panamá, evidente en cuanto se estudia el proceso como Estados Unidos está ,, cejando las posibilidades de un canal por Nicaragua. Hubo miopía en el Gobierno que se dirigía desde Bogotá:

«Usted no es un sectario a quien ciegue el interés de partido o de facción, a usted puede hablársele de patria, en lenguaje elevado, seguro de que lo entenderá. Por eso me atrevo a conjurarle para que no precipite la negociación de que está encargado; que se abogue con los ministros extranjeros para descubrir su pensamiento y comunicarles el suyo; y que, si es preciso, vaya, en su calidad de ministro de Relaciones Exteriores, a visitar las cortes europeas y saber qué se puede esperar de ellas, antes de atarnos con lazo irremediable y por todo un inmenso porvenir a la roca de la vergüenza. Y para que directa ni indirectamente pueda jamás atribuirse a] partido liberal la más remota culpa en los sacrificios de soberanía que se está dispuesto a hacer con respecto al istmo, hago saber a usted que estoy listo a lanzar un manifiesto en favor de la paz, reduciendo todavía las exigencias propuestas en nuestra conferencia de esta ciudad. De ese modo no tendrán ustedes necesidad de comprometer la independencia nacional en cambio de dinero para la guerra; y en cuanto al necesario para la redención del papel moneda, seguro está que se hallaría en los recursos propios del país cuando ya restablecido el orden pudiésemos entrar todos a trabajar de acuerdo para libramos de la común plaga».

En la respuesta de Martínez Silva, repite que el propósito del nuevo gobierno es la pacificación, «y sobre este punto fuimos muy explícitos en las conferencias previas que tuvimos con el señor Marroquín los que llevábamos la dirección del movimiento». Pero ya vimos cómo este no entendía que ese era un deber político suyo cuando los incidentes con sus propios ministros por atreverse a hablar de la paz con don Aquileo Parra.

El jefe histórico advierte: «Desgraciadamente se nos interpuso un pésimo elemento conservador, o más bien nacionalista, que representaba todo lo más odioso del régimen anterior...» Naturalmente, se refiere a Aristides Fernández. Pero se han presentado más insucesos: las guerrillas de Cundinamarca se entendieron con los nacionalistas. Fue un grave error.

Más adelante le hace una serie de reflexiones acerca de lo que significa la paz y cómo ella debe ser parte de la actitud moral en el manejo de los asuntos políticos. Agrega con mucho énfasis: «La cuestión no es de pactos ni de compromisos escritos, sino de la fuerza inevitable de la lógica. El país no puede seguir como hasta hoy... Salve la patria, salve su partido, salve los pocos elementos de civilización que nos quedan, y tenga fe en la evolución política que habrá de cumplirse».

Uribe Uribe viaja a Washington y lleva ya escrito un borrador del mensaje que va a dirigir al liberalismo y a los colombianos. Luego, el 14-IV-1901, solicita a Martínez Silva que si es posible enviar un cable a Bogotá para soltar los presos políticos y hacer cesación de los empréstitos de guerra. «Con la respuesta afirmativa del Gobierno, el manifiesto saldrá inmediatamente». Pero no esperó que esto sucediera. El 29 de abril le avisa por carta al enviado de Colombia, que ya despachó el Manifiesto: «No he esperado a recibir cable de Colombia para comenzar la obra de pacificación». Ha dado órdenes para que suspendan hostilidades en Panamá y lo mismo está indicando a las diferentes regiones del país. Le avisó al Comité de Bogotá. Uribe se queja de que no tiene noticias del Gobierno. Martínez le dice el 11-V-1902 que «el señor Marroquín, en un telegrama que recibí la semana pasada, me dice que no existía nada vigente en materia de empréstitos de guerra y que los presos políticos serían puestos en libertad tan pronto se efectuara el desarme». Es decir, el Ejecutivo condiciona la paz a nuevas demandas.

Viene otra carta del caudillo liberal del 30-V-1901, que registra cuál ha sido la respuesta de Marroquín y que se ha conocido por los informes obtenidos. Es   elocuente la actitud del Gobierno:

«A tiempo que el manifiesto es generalmente mal acogido dentro y fuera de Colombia, a tal punto que están firmando protestas contra él, me parece acto de imbecilidad en el Gobierno negarme personería para hablarle al partido y, como usted dice, rehusarse a tratar conmigo. Si a esto se agrega el juicio burlesco que la prensa oficial ha hecho del documento, acabará usted de ver con qué inteligencia se dirige la política conservadora. Finalmente, añada usted las persecuciones de hecho, que no cesan un punto, y tendrá que el Gobierno hace de su parte todo cuanto puede para que la revolución no termine. En presencia de esta conducta, ¿qué quiere usted que yo haga sino seguir combatiendo al Gobierno con la pluma, mientras llega la ocasión de volver a la guerra que él se empeña en hacer indispensable?». 

El manifiesto de Uribe Uribe

Declara que va hablar en vista de que así lo desean muchos de sus amigos. Cuenta en qué misión andaba: «Saben todos que si me retiré de la lucha fue para salir en busca de los elementos por cuya absoluta carencia terminó la campaña de Bolívar, y con el propósito firme de volver a la guerra en cuanto los adquiriera». Advierte que lograrlos no será posible y no quiso hablar antes de que informaran los otros comisionados en diferentes países. Recomienda la paz porque no advierte ninguna posibilidad de victoria: «El objetivo de la apelación a las armas no es la guerra por sí misma sino el triunfo. No se trata de ejecutar hazañas sino de vencer». En Colombia, como se desenvuelve el conflicto, no ganará el Gobierno ni la revolución.

Pero hay algo de más empinada alcurnia, que es el destino de Colombia. El está preocupado por lo que se avecina contra Colombia:

«La prensa de los Estados Unidos ha publicado que se piensa en ceder a este país el dominio territorial sobre la faja del istmo de Panamá por donde se construye el canal, y como debemos suponer que ese sacrificio de soberanía se hace en cambio de compensaciones de dinero destinado principalmente a debelar la revolución y exterminar al partido liberal, este debe dar una muestra suprema de amor a la patria, renunciando sus esperanzas en esta hora sombría, a trueque de que ni directa ni indirectamente pueda atribuirse culpa o suministrado ocasión o pretexto para mutilaciones a la nacionalidad».

En cuanto a los grupos conservadores a ninguno puede preferir el liberalismo: «en la paz como en la guerra se han mostrado igualmente sectarios, perseguidores y crueles, con raras excepciones de casos y personas».

En cuanto al Gobierno de Marroquín puntualiza: «Apoderados del mando hace nueve meses, no dieron un solo paso conducente a terminar por transacción la guerra...».

Dice que tiene convicción de que seguirán los atropellos de las más disímiles autoridades; que los liberales que salgan de las cárceles, a ellas volverán; el Poder Judicial se prestará a servir de instrumento de venganzas políticas y particulares; contra los liberales se impondrá un «terror blanco»; los proscriptos seguirán lejos de su patria; los capitales tendrán que emigrar buscando seguridad; sé que las expoliaciones y empréstitos acelerarán la miseria de muchos; nuevos impuestos y nuevas emisiones, agravarán el hambre del pueblo; la corrupción y el contratismo seguirán floreciendo como en los peores días de la Regeneración; seguramente no habrá amnistías ni salvoconductos, y si se pactan, serán violados; como no habrá derechos civiles y políticos procurados por el sufragio.

Insiste en que hay que poner fin a la guerra, pues no existe la posibilidad de vencer. Pero «sin renunciar por un momento al derecho de sacudir la servidumbre». Advierte que «por desgracia, no son meses sino años los que pueden transcurrir antes de que podamos ponemos en capacidad de demandar otra vez por la fuerza el derecho que por las buenas no se nos ha querido ni se nos querrá reconocer». De suerte que no descarta que, más tarde, haya necesidad de regresar a los vivac. «Los conservadores no quisieron reconocer nuestros derechos antes del 95, porque no creyeron al liberalismo capaz de hacer la guerra; no cedieron después, porque lo consideraron incapaz de repetirla con más acuerdo y brío, pero hoy saben que la tercera acometida a que estamos resueltos, será irresistible».

Uribe Uribe declara que al lograr la paz, el partido no participará en la vida política, mientras no se cambie la ley de elecciones regenerativas como tampoco exigirá empleos de ninguna naturaleza. Al llegar a este término, el liberalismo debe evitar hacer discriminaciones de responsabilidades antes de la guerra o procedentes de ella. «Miremos adelante, no hacia atrás. En vez de censuramos recíprocamente, consolémonos los unos a los otros en la aflicción de nuestra común desgracia... Lejos de tener el partido liberal nada de qué avergonzarse, tiene mucho de qué enorgullecerse... El liberalismo ha sido heroico... Tomemos una tregua».

Razones justificativas del manifiesto

El jefe escribe unas notas en las cuales puntualiza la situación del partido.

1° No tiene dinero y está debiendo a proveedores. Además, están presos los capitalistas liberales, arruinados por los empréstitos, las expropiaciones y la paralización de las industrias.

2° No es posible andar solicitando más ayuda a los amigos externos. Estos consideran al partido el más poderoso de la nación colombiana, y debe conseguir sus propios medios de abastecimiento. Nos han sido negadas o aplazadas las futuras ayudas.

3° Se adoleció de un plan general que se hubiera puesto a operar en las diferentes regiones. El levantamiento que no obedecía rigurosamente a un interés general, llevó a tener ventajas al Gobierno para ir aplastando movimientos importantes, pero que obraban con independencia.

4° Formula un análisis de cada uno de los grupos revolucionarios y señala las dificultades en que se mueven y las pocas posibilidades de recuperación inmediata.

5° Hay una nota general de cansancio y agotamiento. En Bogotá, se ha firmado por veinte liberales notables una excitación a la paz y no ha sido escuchada. Es grave que se presente división de las opiniones.

6° Algunos piensan que se puede prolongar indefinidamente la guerra Y que, además, las dificultades fiscales del Gobierno crecerán; las disensiones entre partidarios y enemigos de este, se ahondarán. Declara que él pensaba lo mismo: «He modificado, pues, mi opinión, y estoy convencido de que la sola prolongación de la guerra no perjudica sino al partido y al país: al uno, porque su desangre sin esperanzas equivale a un suicidio, y, al otro. porque lo precipita en un abismo de ruina, anarquía y desmoralización.

7° La división entre nacionalistas, velistas y fernandistas, es evidente. «Por lo pronto, ya hemos ganado algo con que no sean los históricos netos los que en realidad han quedado sobre el pavés, pues estos, apoyados resueltamente por la Iglesia y a favor de apariencias de probidad y buena administración, habrían fundado un régimen sólido y durable, muy difícil de derrocar, aunque más sistemáticamente perseguidor del liberalismo que otro alguno». Habrá muchos conservadores, quienes «nos ayuden a llevar la carga de la servidumbre... La dictadura absoluta no puede continuar indefinidamente».

Pide que no haya recriminaciones entre los liberales. Que estos, necesitan garantizar su unidad. Agrega con varonil entereza: «Y para que no se crea que el consejo es interesado, admito desde luego una excepción: la de mi propio nombre. Porque tengo la conciencia tranquila sobre todos mis actos, no necesito la misericordia del silencio: venga el juicio, vengan las acusaciones cuando quieran, y sea cual fuere la sentencia, me someteré sin defenderme».

Segunda adición

En mayo de 1901, Uribe Uribe escribió una «segunda adición». En ella repite que está convencido de que el manifiesto era lo único lógico para proponer. La guerra iba a su extinción y, llegando a un consenso de paz, los conservadores nunca podrán decir que nos vencieron: «les replicaríamos que fue voluntariamente como le pusimos término a la guerra para que la patria no fuese vencida y humillada».

Este criterio, es el que debemos relievar y tiene relación con Panamá, como él ya mismo lo expresó.

«En realidad la guerra no cesa: lo que hacemos es trasladarla a otro terreno más favorable, y eso es en estrategia una buena operación. Tengo una confianza robusta en el porvenir inmediato de la causa, y estoy casi alegre porque me parece que nuestra salvación se aproxima... Siempre hay que dejar un margen para la esperanza». «Al lanzar el manifiesto ejecuté un acto de valor civil».

Luego, el quince del mismo mes, escribe las razones complementarias en las cuales establece que el manifiesto ha tenido diversas recepciones entre sus copartidarios.

Le pide a los censores que es «indispensable que mis críticos presenten los títulos de una autoridad moral que tiene que ser mayor que la mía para que el público y yo los admitamos como jueces». Como reclama que se indique dónde están los elementos para poder continuar la guerra. Hace, a la vez, una serie de anotaciones de cómo han reaccionado los gobiernos de Nicaragua, Venezuela y Ecuador y cómo, lo que estos exigían, no podía cumplirse. Además, las diversas comisiones que actuaron por fuera no lograron reunir lo que se ambicionaba. Se tejían casi leyendas sobre lo que el mismo Uribe Uribe lograría y esto lo llevaba a una situación de mantener ilusionados a muchos combatientes y jefes que confiaban en él. No era justo que estuvieran sometidos a una suerte que Uribe no podía enderezar. Por ello hizo la declaración que ahora se analiza. El tenía conciencia de que el tiempo, que era su único aliado, le daría la razón.

El juicio de los amigos de Marroquín

En el libro de Carlos Martínez Silva, Por qué caen los partidos, hay comentarios esclarecedores sobre esta nueva propuesta de paz. No queremos agregar una sola nota de comentario. Su lectura estremece por la insensatez del jefe de la usurpación:

«Las cartas cruzadas entre el general Uribe Uribe y el doctor Martínez Silva y el manifiesto de paz lanzado por el primero, en que reconocía la imposibilidad de continuar la lucha por falta de dinero, de elementos y aun del apoyo por parte de los gobiernos de las repúblicas vecinas, son una prueba evidente que desde abril de 1901 pudo darse un paso trascendental para terminar la revolución. Sin embargo, ni este esfuerzo, ni el anterior, llevado a cabo con el doctor Aquileo Parra, merecieron la aprobación del vicepresidente de la República. Un grupo de conservadores, consecuentes con el fin primordial del movimiento del 31 de julio, deseaba el restablecimiento de la paz colocando al frente de los destinos del país un Gobierno respetuoso de los derechos de todos los colombianos, que llevase a la práctica las ideas conservadoras olvidadas en los últimos años; otro, el que formaba la parte más intolerante del partido, tenía como táctica la exasperación de los liberales para obligarlos a continuar la guerra buscando relativas seguridades en los campos de batalla. Si la guerra se prolongó y llegó a adquirir caracteres de un salvajismo nunca visto entre nosotros, si después del cambio de gobierno se perdieron muchas vidas y muchas riquezas, fue contra la opinión de quienes elevaron al poder al señor Marroquín en la esperanza de que él llegaría a ser un mandatario ‘temeroso de Dios y de la historia’».

«El señor Marroquín adujo como principales razones para no estudiar las propuestas de paz del general Uribe la de que este no era atendido por los liberales, quienes ningún caso hacían de él, y la insinceridad de sus palabras».

Anotaciones de Martínez Silva

Las anotaciones esenciales de Martínez Silva en torno a este proceso, son de elocuentísima claridad, en carta al doctor Antonio José Uribe, de Washington, 30-V-1901. No agregaremos un adjetivo más.

«Otra cosa que me llama la atención es esta: mientras se temía que Uribe Uribe pudiera volver a la guerra con armas y elementos, el gran empeño era ponerle aquí la mano, porque se decía que mientras él estuviera libre la guerra no se terminaría en Colombia; y hoy que él ha declarado que no puede ni quiere continuar en la lucha armada, los periódicos semioficiales en Colombia proclaman en todos los tonos que aquella sumisión no vale nada, puesto que el jefe revolucionario no tenía ni tiene prestigio entre sus amigos políticos. No me explico esta contradicción, ni me explico tampoco el empeño en desautorizar la palabra de Uribe Uribe entre sus compañeros de armas. Esta política será todo lo que se quiera, menos hábil. Los insultos de la prensa en la costa contra Uribe Uribe son tanto más curiosos y originales en su tono despectivo, cuando hasta la semana pasada, después de conocerse en Cartagena su manifiesto, le escribía el gobernador a don Emiliano Isaza que abrieran mucho el ojo, porque Uribe Uribe era muy vivo y nos estaba engañando. No hay jactanciosos iguales a los cobardes después de que el peligro ha pasado».

El mismo jefe político, escritor y ministro de Relaciones Exteriores de Marroquín, escribió unas 'Notas', que aparecen en el libro suyo, citado. Tampoco lo que transcribimos debe tener comentarios.

«Cuando el general Uribe Uribe lanzó desde Nueva York su manifiesto de paz, confío en que el Gobierno del señor Marroquín diera a tal documento la importancia que era de esperarse para asegurar ese factor en beneficio de la paz. Ocurrió todo lo contrario. El Poder Ejecutivo rechazó de plano el manifiesto de Uribe Uribe, y la prensa ministerial, única que existía en aquella época, tomó a empeño, con tal motivo, insultar al caudillo liberal y al doctor Martínez Silva. En estas condiciones, como se comprende, no hubo por parte de Uribe Uribe compromiso alguno con el Gobierno, pues este se negó a tratar lo relativo a la paz. Al regresar a los campamentos después de lo sucedido, no puede decirse que quebrantara su palabra de militar y de hombre de honor.

«En abril de 1902, más de cien liberales, entre los cuales se hallaban las firmas de Diego Mendoza, Rafael Rocha Castilla, Manuel José Angarita. Juan E. Manrique, los Samper Brush, Eduardo Rodríguez Piñeres, etc., dirigieron al vicepresidente un elevado memorial en favor de la paz, documento que dice en sus párrafos sobresalientes:

<El ilustrísimo señor arzobispo de Bogotá ha proclamado en documento solemne, publicado recientemente, la necesidad de terminar la guerra en que nuestro país se halla comprometido en la actualidad. Quiere también el ilustre jefe de la Iglesia que se provea a la manera de asegurar la paz del porvenir removiendo las causas que han sumido a esta nación en la presente noche de barbarie y de muerte. Es deber nuestro, como colombianos y como miembros del partido liberal, acoger y apoyar aquel elevado propósito y contribuir a que se le dé práctica solución. Con este fin, nos permitimos solicitar respetuosamente del Gobierno que se nos haga saber si por su parte estaría dispuesto a concurrir a la formación de una junta compuesta de los elementos políticos que debaten intereses en este país, para que ella estudiara con serenidad las causas de nuestras guerras civiles y propusiera algún medio práctico y eficaz de extinguirlas en el presente y para lo venidero...».

«El vicepresidente contestó negativamente esta solicitud, y como razones principales adujo las de que 'algunos jefes revolucionarios se han mostrado dispuestos a buscar arreglos con el Gobierno, pero manifestando que exigirían concesiones que este no podía hacer sin conculcar la Constitución y las leyes, y sin someterse a condiciones contrarias al honor y al decoro'.

«El Gobierno no podría fiarse de promesas que le hiciesen los enemigos que quisieran entrar en arreglos, porque las que unos hicieran podrían no ser cumplidas por otros, y porque la experiencia lo tiene advertido de que se debe desconfiar de ellos; algunos jefes de guerrillas se han presentado rindiendo las armas y prometiendo seguir conducta pacifica, y luego se les ha visto de nuevo encabezando fuerzas revolucionarias. El señor Uribe Uribe expidió en país extranjero un manifiesto de paz, y en pos del pliego que lo contenía se vino a concertar con un gobierno extranjero un plan encaminado a seguir la guerra y a comprometer nuestra soberanía.

«Todas las proposiciones para terminar la guerra que se hicieron al Gobierno, inclusive la primera del señor Parra, a raíz del movimiento del 31 de julio, fueron rechazadas por parte del Gobierno del señor Marroquín, y no puede decirse que los liberales pidieran beneficios no concedidos por la Constitución, pues la Carta Fundamental reconoce el sufragio libre y deroga la pena de muerte para los delitos políticos. El ejemplo puesto por el señor Marroquín de la conducta del general Uribe Uribe no puede estar más fuera de razón, pues está en contradicción con los hechos cumplidos, como puede apreciarse en la correspondencia que este tuvo con el doctor Martínez Silva en relación con el manifiesto de paz».

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211. Lo relativo a estos episodios y mensajes, se puede leer en Historia de la guerra: Documentos militares y políticos relativos a las campañas del general Rafael Uribe Uribe; obra citada; y Carlos Martínez Silva: Por qué caen los partidos; obra citada.

 

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