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Sanclemente,
Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO
XVII
(2 parte)
Los históricos a la cárcel
Así andábamos. Nadie
detiene el salpullido de la insensatez. Ahora viene la cárcel para los conservadores. Un
grupo de estos, escribe un memorial dirigido al vicepresidente de la República, en el
cual le dicen: «El artículo 3° de la Constitución, dice: 'No habrá pena de muerte por
delitos políticos. La ley los definirá'». Y agregan:
«Se explica y aun se
justifica en países sólidamente constituidos y en donde el sufragio libre y puro es una
realidad, el que las leyes castiguen con sumo rigor, asimilándolo al de alta traición,
el delito de rebelión y sus congéneres; pero en Colombia, donde según lo ha expuesto
recientemente muestra excelencia en documentos que llevan su firma, todos, más o menos,
han sido revolucionarios, y donde el sufragio no es camino abierto a la satisfacción de
los legítimos derechos de los partidos, es muy difícil que el sumun jus, invocado en el día para establecer el
orden, no degenere en suma injuria». Y más adelante se lee: «No es el patíbulo
político, como lo enseña nuestra propia historia, el medio más eficaz para fundar la
paz en esta sociedad, sana en el fondo, pero profundamente perturbada por múltiples
causas y por comunes errores».
Los firmantes eran Martínez Silva
quien ya había regresado de Washington, Emilio Ruiz Barrete, Francisco A.
Gutiérrez, Jorge Moya V., Jorge Roa, Luis Martínez Silva, José Joaquín Pérez,
Bernardo Escobar, Isidro Nieto, Federico Montoya, Eduardo Restrepo Sáenz y Carlos Bravo.
Ellos fueron tomados presos y conducidos a la
cárcel de Gachalá. Así se respondía al derecho de petición que consagraba la
Constitución.
José Vicente Concha, 205
que ocupaba la legación en Washington, le escribe al usurpador:
«Mucho he deplorado el incidente
de que usted me habla relativo a la pena impuesta al doctor Martínez Silva y compañeros
por haber suscrito el memorial de 25 de agosto, que he visto en La República, y en el cual no encuentro motivo que
justifique tal medida. Al manifestar a usted mi franca opinión, pienso con el mismo
criterio que tuve cuando algunos de esos mismos señores presentaron hace un año el
memorial de 28 de septiembre... No pretendo imponer mis juicios, pero creo deber de leal
amistad expresarlos, y aunque esto en ocasiones haya sido mal recibido, nunca me
arrepentiré de mi proceder.
«La doctrina sustentada por esos
señores con algunos de los cuales no me liga ningún vínculo es
perfectamente correcta y sus argumentos incontestables, porque emanan de recta
inteligencia dada a disposiciones constitucionales. Además, no hay en el escrito una sola
palabra irrespetuosa. Si por expresar opiniones contrarias a las del Gobierno hubiera de
castigarse a quienes lo hacen, sería necesario convertir en una Gachalá media
República».
Luis Martínez Delgado declara que Marroquín
«se mostró cruel, desleal y amoral políticamente».
¿Quién era Fernández?
La personalidad de Fernández es en extremo
extraña. Luis Martínez Delgado ha dejado escrita la siguiente estampa:
«El señor Aristides Fernández se
había educado en la escuela policial; era de extracción liberal y por consiguiente un
reaccionario empeñado en desmentir, en toda forma y de todos modos, su antigua fe
política para que no fuera puesta en tela de juicio su convicción por el credo
conservador. Para lograr su empeño, el señor Fernández hizo gala de un temperamento
cruel en el trato que daba a los presos políticos que estaban en el Panóptico de
Bogotá, principalmente, a donde llevó a muchos inocentes que contribuían con la
pérdida arbitraria de su libertad a cimentar la fama de canciller de hierro del neófito
conservador. Y cuando en años anteriores se había hecho cargo el señor Fernández, en
virtud de contrato, del cobro del impuesto de aseo, alumbrado y vigilancia, de Bogotá, y
más tarde del de las alcantarillas, había sido implacable con los deudores del fisco,
fueran o no pobres, o estuvieran o no en capacidad de pagar un gravamen, que por incuria
había ido acumulándose.
«Muchos saben que entonces el señor
Fernández, sin fórmula de juicio de ninguna clase, reducía a prisión a los deudores
morosos de buena fe, y hubo casos en que hasta señoras distinguidas pagaron su pobreza y
su dignidad con ultrajes injustificables».
Luis Eduardo Nieto Caballero, 206 escritor de raras maestrías en idioma, y de singularísima capacidad
histórica, nos dejó testimonios sobre parte de nuestros acontecimientos. Diseña con
contraluces, un retrato de Fernández:
«La figura de Fernández es un
tremendo enigma. Hombre austero, de hogar, suave en su trato, que pudo hacerse millonario
y murió en la miseria; con una compañera angelical que embellecía su vida: con niños
inocentes, cuyos juegos eran una perpetua invitación a la alegría, a la ternura;
afortunado en su carrera pública, como que había subido de modestas oficinas a las de
mayor importancia en el país en un período breve, sin disponer de recursos intelectuales
que justificaran la rapidez del ascenso; todo en él se juntaba para inclinarlo a la
bondad, para hacerlo feliz, generoso, expansivo. Y sin embargo, por uno de esos misterios
que acaso sólo expliquen ignoradas lesiones cerebrales, Fernández fue la tempestad. Por
nuestra historia pasa como un azote de fuego. Se dijera que llevaba escorpiones en la
diestra y que había encontrado y cabalgaba el caballo de Atila».
Para completar esta visión de
personaje de tan dura y peculiar conducta, debemos implementarla con la que de él se hace
en el libro acerca del obispo Ezequiel. Ahí se lee:
«El general Aristides Fernández
fue un personaje tenebroso, cuya responsabilidad en las persecuciones de que fue víctima
el doctor Sanclemente valdría la pena estudiar. Cómo pudo erigirse en consejero de
Marroquín, es otro de los misterios que sugiere la consideración de la indescifrable
personalidad del señor de Yerbabuena. Director de la Policía Nacional primero, luego
jefe civil y militar de Cundinamarca, y, por último, ministro de Guerra, en un cuadro de
Joaquín Tamayo así parece recreado, al lado de los Marroquines: 'Cerca del semblante
noble y envejecido de don Manuel Marroquín, apareció la fisonomía expresiva y expansiva
de su hijo don Lorenzo, paladín de los conservadores más exaltados, caballero que a su
refinamiento y lujo unía modales de exquisita cortesanía, y el deseo vehemente de
aniquilar a sus adversarios políticos, que personales no los tenía. A su lado el general
Aristides Fernández, macizo de cuerpo, nariz ancha de aletas móviles, ojos de continuo
escrutadores, bigotes a lo kaiser, el labio inferior caído, índice de amargura y
desdén, con palabras medidas excitaba la imaginación del señor fastuoso, que en el
Puente del Común poseía castillo español, rosales, una fuente y escudo de armas; en su
mansión bogotana cuadros de Vásquez, el Quijote en edición rara una mesa, un tintero de
cuerno, una pluma de ganso y un guante de hierro'»207
La dramática crueldad
Cada día eran más elocuentes las disensiones
en el Gobierno acerca de la paz. Llegó un momento en el cual el dilema político se
sintetizaba en esta frase: «La paz con Martínez Silva o la guerra con Aristides
Fernández».
En 1900 se declaró la guerra a
muerte en el Gobierno del usurpador. Los liberales tenían obligación de sufragar. El
decreto 582, del I-XII-1899, establece nuevas contribuciones de guerra entre los
simpatizadores, autores, cómplices y auxiliares. Se continuaba la exacción económica.
Mientras tanto, Fernández avanzaba en su política represiva.
Las argumentaciones para justificar el golpe,
iban desapareciendo. ahogadas en sangre y en intransigencias. El mundo, a veces, lo
dominan los bárbaros. En Colombia, han tenido audiencia. En el libro sobre el obispo
Ezequiel, encontramos estas palabras esclarecedoras de lo que acontecía con signos
dramáticos de crueldad contra el liberalismo:
«Mientras tanto, la situación con los
liberales revolucionarios se complicó. El decreto 582 del 1° de diciembre de 1899, que
hacía efectiva una contribución de guerra entre simpatizadores, autores, cómplices y
auxiliares de la rebelión no fue medida pacificadora ni mucho menos. La fracción más
extrema del conservatismo se iba imponiendo al vicepresidente Marroquín, quien el 25 de
agosto de 1900 desechaba toda posibilidad de acuerdo con el liberalismo. 'Parece
confesaba que mis buenas intenciones han envalentonado a varias partidas
armadas...'».
«No era, pues, conciliadora la actitud de
Marroquín, ni mucho menos el hecho de que el Panóptico de Bogotá se fuera llenando de
'simpatiza-dores' de la revolución, que no querían pagar los impuestos decretados. El
general Fernández estaba en la gloria, y, como comentaba algún diplomático, de él se
había apoderado 'la manía de los coleccionistas de estampillas. Cada preso era un sello
de correos, un pergamino raro de biblioteca; antes de deshacerse del hallazgo era
preferible que pereciera en el Panóptico'».
En el libro en torno de Fray Ezequiel Moreno de
la virgen del Rosario, el obispo de Pasto, sectario en su condena del liberalismo, se lee
algo que nos advierte cómo era la dureza del Gobierno:
«La accesión del general Aristides Fernández
a la gobernación de Cundinamarca fue como un catalizador que provocó un alinderamiento
definitivo entre quienes se habían comprometido en el golpe del 31 de julio. De jefe de
la policía nacional en el Gobierno nacionalista saltaba, por voluntad del vicepresidente
de la República señor Marroquín, a la gobernación cundinamarquesa como 'un reto formal
a la opinión pública'. Carlos Martínez Silva, quien había sido alma y cerebro del
movimiento, presentó inmediatamente renuncia del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Situación parecida se crearía con los otros ministros, ante la imposibilidad de llevar
adelante un entendimiento con los liberales, que era la justificación, o una de las
justificaciones, que se invocaba para explicar el golpe. El dilema para Marroquín era:
'La paz con Martínez Silva o la guerra con Aristides Fernández'. Se produjo entonces, el
14 de septiembre de 1900, la renuncia del general Fernández: «Ya tendrá V.E.
escribe a Marroquín conocimiento de que he presentado al ministro de Gobierno
mi renuncia irrevocable... Yo tengo la más arraigada convicción de que la línea de
conducta que debe seguirse en esta situación no es otra que la que V.E. sabe que he
procurado seguir... Y como no se me oculta que algunos miembros del Gobierno están en
abierta pugna con mis ideas y mis procederes en los puestos que ocupo, me ha parecido que
no sería decoroso continuar en el desempeño de tales puestos...».
«Naturalmente que Marroquín no aceptó dicha
renuncia. Es posible que el carácter vacilante de Marroquín lo hiciera buscar en la
indiscutible fortaleza de Fernández un apoyo, que le servía no sólo para sobreponerse a
las dificultades de un momento político complicadísimo de suyo, sino también a las
acerbas y patentes críticas que se le hacían desde todos los sectores, no sólo desde el
nacionalismo humillado y perseguido, sino también desde la fracción histórica, cuya
cabeza, Martínez Silva, comenzaba a disentir. y con mucha franqueza, de los procederes
usados por el Gobierno.
«Consecuencia inmediata de este hecho fue el
retiro de Martínez Silva del ministerio, provocado directamente por el vicepresidente al
nombrarlo ministro de Colombia en Washington...».
Nieto Caballero 208 relata
cómo fueron los sucesos y de qué manera se fueron presentando las deserciones de los
históricos. Lo que es evidente, es que triunfó la barbarie elemental:
«La luna de miel de ese Gobierno fue muy corta.
El llamamiento de Aristides Fernández a la gobernación de Cundinamarca, más tarde al
Ministerio de Guerra, fue la indicación más clara de que los propósitos de apaciguar,
de ofrecer garantías a los revolucionarios y reformas que convenían a los ciudadanos en
masa, habían sido arrojados a la cesta de los papeles inútiles. Ilustres corifeos del
movimiento, como don Francisco A. Gutiérrez y el doctor Luis Martínez Silva, se
separaron con ostensibles muestras de desilusión y de congoja. Al primero de estos
caballeros le había ofrecido el señor Marroquín la gobernación, entonces jefatura
civil y militar, del Tolima. 'Acepto, dijo, pero para hacer la paz, para ofrecerles
garantías iguales a todos los ciudadanos'. Y así no resultaba».
Compromiso de no nombrar a Fernández
Hay un libro del historiador Luis Martínez
Delgado, a quien apreciamos por su seriedad de investigador en la Academia Colombiana,
durante muchos años. Un día nos entregó su estudio A propósito del doctor Carlos
Martínez Silva: capítulos de historia de Colombia. 209
En él se
relata que hubo convenios con Marroquín para llegar al golpe de Estado. No se pactaron
gajes personales, como él lo advierte. Insiste en que en los años de la Regeneración,
era alarmante «la corrupción política y administrativa y el desgreño con que era
administrada la cosa pública, subsistían caracteres de altísimo valor civil que
rendían plena pleitesía al becerro de oro, a expensas del Tesoro Nacional».
En capítulos anteriores contamos los acuerdos
que se lograron en conversaciones con Luis Martínez Silva y de los cuales fue parte, como
interlocutor que recibía informaciones y aconsejaba estrategias al señor Marroquín.
Pues bien; entre los compromisos que se adquirieron, aparecía uno que es necesario
registrar en esta parte del relato histórico: «Sexto: no llamar a puesto alguno en el
nuevo gobierno al señor Aristides Fernández».
Esta solicitud tenía como fundamento que él
obstaculizaría la paz. En pie de la página 213, se establece un juego sin claridad de
Marroquín:
«En cartas para el doctor Luis Martínez Silva,
que conservamos en nuestro poder, el señor Marroquín deja ver que estaba comprometido en
la sombra a llamar a Fernández al Gobierno por considerar a la Policía Nacional como
fuerza necesaria para apoyar al nuevo Gobierno. El señor Marroquín, por lo visto, jugaba
a dos cartas para llegar al Palacio de San Carlos. En otra de las cartas mencionadas, el
señor vicepresidente dejaba constancia de que conservaba libertad absoluta para hacer
nombramientos en la nueva administración; y los conspiradores, confiando en la buena fe
del señor Marroquín, respetaron los deseos de este sin pensar que la libertad reclamada
era para favorecer al señor Fernández, contra el querer de los autores del movimiento».
Y más adelante se establece que Marroquín
tenía algunas obligaciones para mantener a Fernández.
«Las persecuciones militares del señor
Fernández lanzaron a la guerra a muchos liberales que hasta entonces no habían tomado
las armas contra el Gobierno, y la lucha cada vez se enardecía, tomando el carácter
odioso de represalias personales contra los atropellos oficiales. En tales circunstancias
era lógico estipular que el nuevo Gobierno, para desarmar a los que luchaban en cruenta
guerra contra el estado de cosas imperantes, comenzara por alejar de toda la
administración pública a quien era considerado como obstáculo invencible para el
restablecimiento de la paz.
«El señor Marroquín no quería prescindir,
por temor al cuerpo de policía, y por complacer a su yerno, el señor Marceliano Vargas,
según se supo después del señor Fernández, jefe de dicha fuerza. Y sin embargo se
comprometió a no llamar a Fernández al Gobierno.
«Es verdad que el señor Marroquín se negó
insistentemente a aceptar el veto al señor Fernández, pero en vista de que el doctor
Luis Martínez Silva, en nombre de sus compañeros, fue irreductible en la última
condición del pacto estipulado, y rompió las negociaciones, resolvió llevar hasta el
extremo el engaño. Al día siguiente al de la ruptura mandó llamar con su hijo don
Andrés al señor Martínez Silva para hacerle saber que había resuelto prescindir de los
servicios del director general de la policía, y por tanto, que podían él, Martínez
Silva y sus compañeros, continuar en la preparación del movimiento.
«El engaño iba tomando cuerpo y la traición
que el general Fernández hacía al Gobierno del doctor Sanclemente como jefe de la
policía, cuadraba perfectamente con las maquinaciones-del vicepresidente Marroquín
quien, a su turno, engañaba a sus amigos políticos que, confiados en su palabra de
honor, le preparaban el camino al Palacio de San Carlos, movidos por férvido entusiasmo
patriótico y con absoluto desinterés personal>.
La política de represión de
Marroquín
Pero, además, Marroquín va puntualizando el
carácter de represión que tendrá su política. En carta de fecha 29 de agosto, dirigida
a los ministros del Despacho y a los jefes civiles y militares de los departamentos,
indica que hay que aplicar las sanciones. No habrá mano benevolente ni inteligencia
discursiva para explorar soluciones, entendimientos o maneras políticas de convivencia.
Los instrumentos están allí: las condenas. Queda señalado ya el camino. 210
Dice Marroquín:
Bogotá, agosto 29 de 1900.
Señores ministros del Despacho y señores
jefes civiles y militares de los departamentos.
El propósito patriótico y humanitario que tuve
en días pasados de procurar darle término a la guerra ofreciendo salvoconductos y la
efectividad de los derechos y garantías constitucionales a los revolucionarios y hablando
privadamente con algunos de sus copartidarios en esta ciudad para ver de obtener la
pacífica entrega de los liberales aun en armas, ha sido interpretada por muchos amigos de
la revolución, como signo de debilidad o de temor, y parece, al mismo tiempo, que mis
buenas intenciones han envalentonado, contra lo que era de esperarse, a varias partidas
armadas según se colige de la actividad de sus movimientos, del incendio de varias
propiedades y de algunas otras depredaciones cometidas recientemente; cosas que en parte
se deben al empeño demostrado por los adictos a la resolución de mantenerse engañados
unos a otros en orden de los sucesos que han dado preponderancia decisiva a las armas del
Gobierno.
Siento que mis indicaciones han sido mal
correspondidas y se ha pretendido desvirtuar la cristiana idea que quise implantar. He
resuelto usar con la necesaria energía y en cuanto transcurran los 15 días de que habla
el Decreto No 29 de 19 del presente, de los numerosos y eficaces medios de fuerza de que
dispongo como Jefe supremo de la nación, y aplicar a los revolucionarios y a sus
auxiliadores descarados o encubiertos, las sanciones penales que para estos casos fijan la
Constitución, las leyes y los decretos vigentes.
Suplico a S.S. S.S. tomen esta dura
determinación y dicten, cada uno en la estera de sus atribuciones, las medidas que
respondan a esta orden presidencial.
Me repito de S.S. S.S. muy atento S. S. y Afmo.
amigo,
José Manuel Marroquín
_____________
205. Martínez Silva; obra
citada.(Regresar)
206. Luis Eduardo Nieto
Caballero: Escritos escogidos: Crónica política. torno II. Biblioteca del Banco
Popular, No 116. Bogotá, 1984.(Regresar)
207. Joaquín Tamayo; obra
citada, página 133.
4.
(Regresar)
208. Luis Eduardo Nieto
Caballero: Escritos escogidos: Hombres del pasado. tomo I. Biblioteca del Banco
Popular, No 115. Bogotá, 1984.(Regresar)
209. Luis Martínez Delgado: A
propósito del doctor Carlos Martínez Silva: capítulos de historia política de
Colombia. Editorial Minerva, Bogotá, 1926. (Regresar)
210. José Manuel Marroquín:
Documento manuscrito No 17. AGN, Sección de la República, Fondo Bernardo J. Caicedo.
Correspondencia con el general Próspero Pinzón. Caja No 11, folio 209 (3 hojas).(Regresar)
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