Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor

 

CAPITULO XV

Lucha religiosa contra el liberalismo.  Quíen es el presbítero Baltazar Vélez.   Ezequiel Moreno y su contundente báculo.  Concordato, Constitución, educación.  La dolorosa situación educativa.  Nace la Universidad Externado de Colombia.  Una generación eminente.  Estampa de Pinzón Warleston.

 

Lucha religiosa contra el liberalismo

    El proceso religioso era muy radical contra el liberalismo. En capítulos anteriores resumimos algunos artículos que tienen el acento de la lucha que se libraba contra el partido en el país. No había ninguna consideración para nuestros copartidarios. Al contrario, se acentuaba la beligerancia clerical contra su presencia en la vida nacional.

     Era realmente impresionante el ímpetu con el cual se combatía. Se quería establecer un deslinde tan profundo que impidiera que los liberales pudieran tener cercanías a la Iglesia. Para que se entienda el fenómeno en su dramático alcance, hagamos referencia a algunos escritos que desean detener el frenesí de la persecución.

     Carlos Martínez Silva, en su revista El Repertorio Colombiano publica un estudio «Puente sobre el abismo».186 Es una reflexión en la cual, apoyándose en la unidad que se produjo cuando la dictadura de Meló, solicita que ella se intente como medio natural de expresión del pensamiento y de la actitud de conservadores y liberales. Considera que el país necesita una política de reconciliación, en la cual las barreras sectarias se borren. Y que la lucha clerical contra un grupo, desaparezca. Se demanda serena presencia frente al destino nacional. Que no haya primacía de odios, rechazos, inquinas, durezas contra unos, afán de retaliación y estímulo de pasiones. Aun cuando se levanten en nombre de afanes sagrados. La vocación debe ser de concordancia. Naturalmente, con erudición puntualiza cómo han evolucionado los partidos y sus doctrinas en Europa. Aspira a que ello se refleje en Colombia. Lo considera un deber de patriotismo y de afán de claridad sobre el destino nacional. Lo otro, el sectarismo político o religioso, y más grave aún si estos dos se amalgaman para combatir, hace daño profundo a la paz nacional. Desde luego, hay sectores que conspiran contra ese entendimiento. Que desean que subsistan, aberrantemente, las creencias de exclusión:

     «Para medir la importancia de este paso, que dicta el patriotismo y aconseja la prudencia, basta fijarse en los gritos de ira destemplada, que en el fondo no son sino arranques de interés alarmado, con que los periódicos incondicionales reciben cualquier signo o manifestación favorable siquiera a una tregua, ya que no a una paz sólidamente asentada entre nuestros bandos beligerantes.     

«Los miembros del estrecho círculo gobernante no quieren, por ningún motivo, que la circunferencia se agrande. Cuando tienda a facilitar inteligencias, a destruir prevenciones, a apagar odios, es para ellos mortal; y se comprende por qué».  

El padre Baltasar Vélez V., le escribe a Martínez Silva, dos cartas —una, el 26-V-1897, y, otra, en agosto del mismo ano— en las cuales lo felicita por sus planteamientos.  

Quién es el presbítero Baltasar Vélez

El mismo hace una presentación, en la primera carta:

«Le diré primero quién soy, o qué soy, para que vea en qué puedo ayudarle.  

«Soy sacerdote católico, republicano, sin apodo político alguno. Acostumbro vivir como si en el mundo no hubiese más que Dios y mi conciencia. Soy de raza gallinácea, y por eso nadie puede llevarme del cabestro. No pocos desaguisados me cuesta la independencia de mi carácter, demasiado acentuada, tal vez: pero a este respecto pienso morir impenitente, porque no la cambiaría por todos los honores del mundo. Nunca he sido, ni pienso serlo, materia plástica de nadie.  

«Fui conservador ultra hasta el día de mi ordenación sacerdotal. Mas al recibir esta, prometí ser de ese día en adelante 'sacerdote de todos y para todos, para ganarlos a todos', según el precepto del apóstol, y no ver en los hombres ni conservadores ni liberales, ni católicos ni herejes, sino 'una sola cosa en Cristo', porque Dios, como dice el mismo apóstol, 'no hace acepción de personas'».  

Sus tesis

     El padre Vélez establece sus creencias acerca del interés de crear unas concordancias nacionales:

«La religión de que somos ministros es una religión de paz, de caridad y de justicia. Si no somos pacíficos, no somos hombres de buena voluntad. Si no amamos, somos demonios. Si no somos justos, no somos hombres de bien.     

«Entre los liberales tenemos muchísimos amigos, y muchos enemigos entre los conservadores. Separados los unos de los otros por intereses políticos, aun más que por las ideas religiosas, sus pasiones son unas mismas, y sus virtudes y sus vicios son iguales y comunes; son hombres todos. ¿Por qué hacer acepción de personas?     

«Es más hidalgo darle la mano al caído que arrojarlo con el pie; estar del lado del oprimido, que sonreír con el opresor; ser amigo del que sufre, que sentamos a la mesa del que causa sus sufrimientos. ¿Tenemos que vengar algunos agravios? Pues sea nuestra mayor venganza el más noble y generoso perdón. Noblesse oblige».     

El termina manifestando que ha buscado expresar con claridad —además lo hace con erudición, agregamos— «una intransigencia contra los intransigentes».  

Ezequiel Moreno y su contundente báculo

     La reacción del obispo Ezequiel Moreno, de Pasto, no se deja esperar. Aparece, como siempre, vehemente. Escribe, entonces, varias pastorales. La primera, lleva el título de «O con Jesucristo o contra Jesucristo o catolicismo o liberalismo» y en la cual advierte que su «fin es borrar de vuestro entendimiento y de vuestro corazón la mala impresión que os haya podido causar la carta dirigida por el señor presbítero Baltasar Vélez». Más adelante agrega: «No tienen, pues, las cartas del señor presbítero Vélez ni el mérito de la novedad, y sólo merecen desprecio profundo por parte de los buenos católicos». Al final de la primera pastoral, agrega unas palabras de acuerdo con su espíritu de 'cruzado'.   

«Advertencia. Cuando en alguna parte de esta obrita hemos empleado frases como la siguiente: 'Liberales que profesan el liberalismo condenado por la Iglesia', no es porque admitamos dos liberalismos, uno condenado y otro no, uno malo y otro bueno. Nos hemos expresado así, para acomodarnos al modo de hablar del autor de la carta, y rebatir mejor sus errores. Sólo admitimos un liberalismo, malo, pésimo y condenado por nuestra Santa Madre la Iglesia».  

En la segunda circular, el título es tajante: «O catolicismo o liberalismo: no es posible la conciliación».     

En la sexta circular, informa y transcribe lo que ha resuelto la «Santa Romana Universal Inquisición». La obra del padre Vélez ha sido reprobada. Y desde luego, también han sido condenados los liberales de Colombia.  

Concordato, Constitución y educación

     La Regeneración acentuaba la política de la unión política de la derecha con la Iglesia. Las tesis que se expandían, buscaban armonizar la política con el clero. Y tener una misma conducta política. Se va cumpliendo la integración del independentismo liberal, que luchaba contra el radicalismo, con los conservadores. Es cuando se predica, entre otros por Rafael Núñez, desde 1880, que la educación debería ser organizada y dirigida por el clero. Las tesis que se escuchaban eran muy elocuentes: la Iglesia es de origen divino. El Estado es creación de los humanos. Entonces, este deviene lleno de defectos. Por lo tanto, la instrucción debe estar en manos de los particulares. El Estado debe olvidarse de dar enseñanza gratuita, pues debe llenar, exclusivamente, los vacíos que dejan aquéllos. En esa atmósfera pública se firmó el Concordato y se expidió la Constitución de 1886. En uno y en la otra se consagró que la orientación pedagógica en los diferentes niveles quedaría bajo la dirección de las autoridades eclesiásticas, las que deberían seguir ejerciendo el control de ella y escoger los textos de conformidad con los mandatos de la religión y de su moral. Es ya el imperio total de la Regeneración conservadora de Núñez y de Caro. Los sacerdotes podían denunciar a maestros y profesores y su poder se ampliaba sobre los docentes. A la vez, culturalmente se propiciaba, por el Gobierno, un regreso a las formas subyugadoras del hispanismo. Igualmente, se dictaron leyes, como la 61 de 1888, que le daba facultades al Gobierno para el encarcelamiento, el confinamiento y la expulsión de los Jefes políticos. En cuanto a la enseñanza, la vigilancia se consagraba como deber primordial de la burocracia y debía ejercerse con rigor en las asociaciones científicas, lo que alargaba la censura también sobre las universidades, con licencia para suspenderlas. Núñez y Caro, así, liquidaron la autonomía universitaria. Además, la Universidad Nacional fue despedazada, entregando cada facultad a la orientación de un ministerio diferente. Se buscaba que no hubiera cultura integral.     

La Regeneración firmó un Concordato sobre el cual pesaron y continúan operando muchas prevenciones. Las orientaciones generales están expresadas en las siguientes palabras: 186     

«Sentada como base 6° de la nueva Constitución, cuya aplicación fue inmediata, que la instrucción pública se organizaría y dirigiría en consonancia con el sentimiento religioso católico del país, ese derrotero luego se traduciría en el canon constitucional No 41 y sería desarrollado así en el concordato de 1887: 'En las universidades y en los colegios, en las escuelas y en los demás centros de enseñanza, la educación e instrucción pública se organizará y dirigirá en conformidad con los dogmas y la moral de la religión católica. La enseñanza religiosa será obligatoria en tales centros, y se observarán en ellos las prácticas piadosas de la religión católica. Por consiguiente, en dichos centros de enseñanza, los respectivos diocesanos, ya por sí, ya por medio de delegados especiales, ejercerán el derecho, en lo que se refiere a la religión y la moral, de inspección y revisión de textos. El arzobispo de Bogotá designará los libros que han de servir de textos para la religión y la moral en las universidades, y con el fin de asegurar la uniformidad de la enseñanza en las materias indicadas, este prelado, de acuerdo con los otros ordinarios diocesanos, elegirá los textos para los demás planteles de enseñanza oficial. El Gobierno impedirá que en el desempeño de asignaturas literarias, científicas y, en general, en todos los ramos de instrucción, se propaguen ideas contrarias al dogma católico y al respeto y veneración debidos a la Iglesia. En caso de que la enseñanza de la religión y la moral, a pesar de las órdenes y prevenciones del Gobierno, no sea conforme a la doctrina católica, el respectivo ordinario diocesano podrá retirar a los profesores y maestros la facultad de enseñar tales materias'».     

«Recuérdese que en 1864 Pío IX en su famoso Syllabus había condenado con anatema, entre otros, a 'los que dicen que la Iglesia no tiene potestad para definir dogmáticamente la religión católica como la única verdadera y a los que proclaman el error de la enseñanza laica, o que la Iglesia esté alejada de los colegios o que no le corresponde por derecho propio e innato la enseñanza religiosa' y que ya en este siglo, el general Rafael Uribe Uribe hubo de escribir un libro en vía de demostración de que el liberalismo colombiano no es pecado».     

Esto se convierte en los artículos 12 y 13 del Concordato que establecen:

«Artículo 12. En las universidades y colegios, en las escuelas y demás centros de enseñanza, la educación e instrucción pública se organizará y dirigirá de conformidad con los dogmas y la moral de la religión católica. La enseñanza religiosa será obligatoria en tales centros, y se observarán en ellos las prácticas piadosas de la religión católica.

«Artículo 13. Por consiguiente, en dichos centros de enseñanza los respectivos ordinarios diocesanos, ya por sí, ya por medio de delegados especiales, ejercerán el derecho, en lo que se refiere a la religión y la moral, de inspección y revisión de textos. El arzobispo de Bogotá designará los libros que han de servir de textos para la religión y la moral en las universidades; y con el fin de asegurar la uniformidad de la enseñanza en las materias indicadas, este prelado, de acuerdo con los otros ordinarios diocesanos, eligirá los textos para los demás planteles de enseñanza oficial. El Gobierno impedirá que el desempeño de asignaturas literarias, científicas, y, en general, en todos los ramos de instrucción, se propaguen ideas contrarias al dogma católico y al respeto y veneración debidos a la Iglesia».     

Pero, además, se explica aún más el alcance y el contenido de las previsiones que hace el Concordato, en estas palabras de la Constitución.     

«Artículo 41. C.N. La educación pública será organizada y dirigida en concordancia con la religión católica... La instrucción primaria costeada con fondos públicos será gratuita y no obligatoria».  

La dolorosa situación educativa

      Era bien aflictiva la situación de la educación para los estudiantes liberales. No tenían, simplemente, derecho a estudiar. Así era por su condición de «herejes» o por venir de familias de esa filiación. Al maestro Germán Arciniegas, cuando cumplió noventa años, le hicieron muchos homenajes. Naturalmente, se publicó en Lecturas Dominicales 187 un repórtale de recuerdos. Uno se estremece leyendo el relato de que transcribimos:     

«Nadie ha olvidado a su primera infancia. Por ejemplo, aquellos retiros espirituales donde las hermanas de la caridad, su primera confesión y la sorpresa del cura cuando supo que estudiaba en el colegio de la Universidad Republicana. Al día siguiente no me dejaron entrar a la iglesia para hacer mi primera comunión. Las monjitas me devolvieron para la casa. La Universidad Republicana, fundada por los radicales, estaba excomulgada por la curia. Para mí fue un golpe tremendo advertir que algo dicho bajo el secreto de la confesión, como si fuese un pecado, se lo había contado el cura a todo el mundo».     

En el Ministerio de Instrucción Pública había un aviso en la puerta, cuando ese despacho autorizaba las matrículas, en el cual se advertía que no había cupo para los «herejes». Quedaban notificados los aspirantes...

Nace la Universidad Externado

     Nicolás Pinzón Warleston se empeña en crear una universidad para dar educación a quienes eran rechazados. Anuncia en uno de los periódicos que abrirá sus puertas el 1° de febrero de 1886. Héctor López López 188 escribe que «en 1886 el doctor Nicolás Pinzón W. y un grupo de profesores radicales fundaron el Extemado de Colombia, para convertirse en la primera universidad laica que nació contra la Regeneración».     

¿Cuáles fueron las causas para tomar esta iniciativa? Creemos que ya hay algunas muy claras. En el estudio del maestro Ricardo Hinestrosa Daza, 189 aparecen muy explícitas las razones:

«Caído el liberalismo, se presenta a la juventud estudiosa la mayor de las adversidades: se le desconocen sus estudios ya hechos, se le quieren imponer agachamientos serviles, se le persigue, se le cierran con disimulo o sin él las puertas de la universidad. El profesorado liberal queda proscrito de las aulas.

«Pinzón reúne a los profesores universitarios destituidos y en bien y amparo del estudiantado repudiado por el nuevo régimen, rompiendo las tinieblas medievales en que caía la República, enciende el faro del idealismo liberal. Así y entonces se fundó el Externado, lámpara votiva del pensamiento».     

La orientación era la de cumplir una tarea académica que obedeciera a un riguroso criterio científico y, a la vez, con aplicaciones prácticas sobre la realidad nacional. Lo que busca es «una institución de educación integral, que fuera 'centro de ideas, artes y oficios, con criterio humanístico, científico, tecnológico, universal, libre, democrático, moderno, de alta calidad académica'».  

Fernando Hinestrosa, 190 en una bella oración sobre los claustros, señala el hondo significado de su fundación:  

«Los abuelos, los bisabuelos de cuántos de ustedes, mi propio padre, en las postrimerías del siglo diez y nueve y el umbral del veinte, reflexionaban sobre su realidad actual y su devenir inmediato. Su zozobra atormentadora era elemental: cómo sobrevivir y cómo hacerlo con libertad y dignidad. La confiscación, el destierro, la pena de muerte por el delito de oposición al régimen, no fueron fantasías, ni calumnias o exageraciones. Su juventud se consumió en medio de esa angustia; protagonistas, y no simples espectadores, en dos guerras civiles, derrotados y sin oportunidades de trabajo, mientras rumiaban la derrota en Enciso, lloraban a sus parientes caídos en la Guerra Larga, o padecían tristeza y vejaciones en las mazmorras de la Renegeración, leían, estudiaban, refugiados en la literatura, la filosofía, la ciencia, las artes. Así, se expandió el romanticismo, y se introdujo el modernismo en sus distintas manifestaciones, a la vez que se consolidó un sentimiento de rebeldía interior, en medio de la frustración generacional y, con la desmembración del territorio patrio y la quiebra económica del país, el pesar de la humillación nacional».     

Para puntualizar exactamente qué se proponía esta creación universitaria, es bueno que apelemos a varias citas. El profesor Antonio Rocha 191  dijo con puntual enfoque: «El equipo director y profesoral del Extemado del 86 estaba, pues, constituido para luchar por su credo político. Por eso y para eso nació como una lógica reacción ante los métodos de la Regeneración instaurada por el presidente Núnez con el respaldo del partido conservador. Eran los gólgotas del 49, los doctrinarios del 63, los radicales del 67 al 78, la melancolía de la batalla de La Humareda del 85, y el presentimiento del destierro en 1893 del ex presidente don Santiago Pérez, que había compartido por varios años con el doctor Pinzón la dirección del Externado».     

Ricardo Sánchez, tan sagaz en sus observaciones de escritor, manifiesta que: «A partir de 1863, es decir, del régimen federal creado por la calumniada Constitución de Rionegro, se concentró la atención básicamente en la educación primaria. La revolución educativa llegó a su clímax con la expedición del Decreto Orgánico de 1870, en la administración de Eustorgio Salgar, cuya meta se orienta a establecer escuelas primarias, públicas, gratuitas y obligatorias. Es conocido el papel que desempeñó en este campo la misión pedagógica alemana, en una época en que las ideas de Pestalozzi, Froebel y Herbart se imponían en Europa y los Estados Unidos y llegaban hasta nosotros en un esfuerzo de modernización.      

«El proyecto nacional del liberalismo buscaba la transformación de las condiciones económicas, sociales y políticas dejadas por la Colonia y el tránsito hacia un sistema acorde con el régimen republicano. Esto se reflejaba, en primer término, en la concepción de la enseñanza y en la preocupación por conseguir el acceso a ella para el mayor número, es decir, democratizarla, al mismo tiempo que desligarla de la sujeción confesional. De allí que se propugnara por una educación laica, punto que desató más que ninguno otro las enconadas reacciones que llevaron finalmente la Reforma al fracaso. Nadie podría creer hoy que se desató una guerra religiosa, la de 1876, al grito de ‘¡abajo las escuelas!', a fin de frustrar los avances logrados por el Gobierno, con la cooperación de educadores liberales y conservadores, es bueno decirlo, que compartían el espíritu reformador.     

Entre estos habría que citar en primera línea a Dámaso Zapata, Manuel María Mallarino, Santiago Pérez, Venancio Manrique, Enrique Cortés y Eustasio Santamaría. Pero frente a ellos había jerarcas de la Iglesia, como el obispo de Popayán, que paladinamente declaraban: 'No importa que el país se convierta en ruinas y escombros, con tal que se levante sobre ellos triunfante la bandera de la religión'».     

Leamos las referencias históricas que formula John Lynch: 192 «A partir de 1870, las relaciones entre la Iglesia y el Estado entraron en otro periodo de crisis, cuando el Gobierno emprendió la reforma de la educación, que ya debería haberse efectuado mucho antes. En el decreto de educación primaria (1° de noviembre de 1870) se preveía que esta sería gratuita y obligatoria en toda Colombia; el Estado no impartiría instrucción religiosa, pero de ella podían encargarse sacerdotes dentro de las escuelas. Algunos miembros de la jerarquía —en especial el arzobispo de Bogotá, Vicente Arbeláez, que era hombre moderado—, estaban dispuestos a aceptar las escuelas seculares y, de hecho, a trabajar por la reconciliación general con el Estado. Pero los católicos conservadores rechazaron las soluciones intermedias. En Cauca, cuyo 'fanatismo neocatólico' fue denunciado por los liberales, la oposición clerical se mostró intransigente. En Pasto, los católicos acudieron a defender la religión contra el ateísmo y el liberalismo. Monseñor Carlos Bermúdez, obispo de Popayán, citó el Syllabus errorum e insistió en que la Iglesia católica controlara las escuelas, prohibió que los padres mandaran a sus hijos a las escuelas elementales del Estado y amenazó con la excomunión a quienes no obedecieran. En el otro bando, los liberales, fanáticos también, se aprestaron a librar batalla y aportaron su grano de arena a la histeria política. Atrapados entre conservadores y liberales, los eclesiásticos moderados no pudieron imponer una solución intermedia porque la razón retrocedió ante la reacción. Así fue como la oposición a la reforma educativa contribuyó a una revolución conservadora-católica en 1876 y a la guerra civil de 1876-1877.     

«La revolución empezó en el Cauca y adquirió visos de cruzada religiosa, además de lucha política. Los conservadores explotaban la religión con fines políticos y todo el mundo lo sabía. Según se decía, un coronel conservador apresado por el enemigo manifestó que si los conservadores no hubiesen utilizado el pretexto de la religión, no hubieran tenido en armas ni la mitad de la gente. Las actitudes de esta clase resultaban doblemente provocativas para los adversarios de la Iglesia, y después de la guerra el Congreso liberal decidió poner fin de una vez para siempre a las injerencias clericales en política, para lo cual promulgó leyes que completaran la secularización de Colombia e impidiesen que el clero se opusiera a las leyes federales y estatales; cuatro prelados fueron exiliados durante diez años porque, según se dijo, fomentaban la revolución».     

«Un nuevo ciclo de conflictos provocó la revolución conservadora de 1885, y en 1886 se promulgó una Constitución centralista y autoritaria que, junto con el nuevo concordato con el Vaticano, colocaba a la Iglesia católica en una posición de primacía y privilegio. Al mismo tiempo que garantizaba a la Iglesia 'su propia independencia', el nuevo orden autorizaba una serie de medidas concretas que favorecían a la Iglesia durante muchos años, en especial el control y el cumplimiento de la educación religiosa en las universidades, colegios y escuelas, el reconocimiento de la ceremonia nupcial católica como válida ante la ley para los católicos, así como el reconocimiento de que la Santa Sede tenía derecho a presentar posibles ocupantes de las sedes vacantes, aunque dando preferencia a los deseos del presidente de Colombia. Y el presidente Rafael Núñez, en otro tiempo destacado proponente de la desamortización y convertido ahora en conservador pro-clerical, devolvió a la Iglesia todas las propiedades que no le hubiesen enajenado todavía y accedió a pagarle una subvención anual por el importe de las que ya se hubiesen vendido. Los católicos conservadores —es decir, la mayoría de los católicos colombianos— se convencieron de que su éxito había justificado la intervención política y la acción militar. Monseñor Ezequiel Moreno, obispo de Pasto, dijo en una carta pastoral de 1900, que los sacerdotes podían y debían intervenir en política y dar su apoyo a un partido político esencialmente católico contra uno liberal. Y a pesar de que el Papa prohibió que los clérigos participaran en guerras civiles (12 de julio de 1900), el obispo Moreno insistió en que el clero podía exhortar a los católicos a empuñar las armas en una guerra justa, tal como la que entonces se estaba librando contra los revolucionarios liberales y masónicos. El mismo obispo, al hacer testamento, dejó instrucciones para que durante su entierro se desplegara una voluminosa pancarta con las palabras 'El liberalismo es pecado'».

 

Una generación eminente

     Nicolás Pinzón Warleston estuvo acompañado de los más eminentes hombres de pensamiento de la época. Con él, dictaban clases: Santiago Pérez, José Ignacio Escobar, Froilán Largacha, Teodoro Valenzuela, Juan Manuel Rudas, Francisco Montaña, Felipe Zapata, Aníbal Galindo, Salvador Camacho Roldan y Francisco de P. Borda, para citar algunos pocos nombres. Profesan su cátedra sin remuneración. Sabían que su tarea era eminentemente pedagógica y, a la vez, un esfuerzo de constancia y de fe en las ideas de libertad y de democracia. Es defender y explicar unos principios que no pueden desaparecer en la tiranía de la Regeneración. Esta asedió las aulas varias veces.     

La vida del claustro ha estado sometida a las limitaciones que han querido imponer los enemigos de la libertad de cátedra. Estos, en Colombia, han tenido varios períodos de primacía. Recién fundado fue sitiado por las tropas que contra sus modestas aulas envió el presidente Carlos Holguín, apoyándose en la celebérrima «ley de los caballos», que era el instrumento para impedir el goce de la autonomía intelectual, en cualquiera de sus formas. Entre otras causas alegadas, se recuerda que se hablaba de cantos revolucionarios que entonaban los universitarios. Uno de los que más preocupaba al Gobierno, era el siguiente:

Derecho de rebelión

tiene todo ciudadano

cuando el Gobierno es tirano

cuando manda un dictador.

     A uno de sus orientadores, el ex presidente Santiago Pérez, lo desterró Miguel Antonio Caro. Se luchaba contra los valores que tenían primacía cultural y moral en sus aulas. El combate fue arduo y permanente. Mientras tanto, se iban creando, en el Externado, instituciones básicas en la vida universitaria: por primera vez llegaban los estudiantes al Consejo Directivo de la Universidad; se organizaban los consejos estudiantiles y los seminarios para investigación, lo mismo que la extensión universitaria. El ministro de Guerra, Felipe Angulo, llegó a notificarle a Pinzón Warleston que sería cerrado el Externado si no se sometían los textos a la censura. El fundador Pinzón dijo por convicción: sí señor ministro, lo cerrarán, pero por la fuerza.     

No pudieron silenciar sus enseñanzas. Se cerró por unos años cuando murió su fundador. Pero volvió a surgir para difundir y consolidar el pensamiento nacional: «El Externado, fundado por Pinzón Warleston, restaurado por Diego Mendoza Pérez y consolidado por Hinestrosa Daza». Después de este, lo reemplazó su renuevo, en los dones de la inteligencia, de la erudición y de su amor a Colombia y las ideas liberales: Fernando Hinestrosa. El, desde hace varios años, es el maestro joven de la patria.

 

Estampa de Pinzón Warleston

     El fundador fue hombre que fulguró por su brillo mental, por la reciedumbre de su carácter, por su vocación pedagógica, por su constante amor a las expresiones de la palabra. Su tránsito fue fulgurante. Murió muy joven, en el comienzo de su espléndida madurez intelectual. Nació en Santander. Allí inclusive libró batallas políticas, en las cuales su acción se hizo visible a través de la prensa. Siempre en función de patria y de defensor de la libertad.     

Brilló como escritor. Para mencionar algunos de sus compañeros de actividad literaria, necesitamos recordar a José Asunción Silva, Julio Flórez, Diego Uribe, Ismael Enrique Arciniegas, Carlos Arturo Torres. Se expresaba en poesía y prosa que ennoblecían los afanes culturales de la época. En La Nueva Lira, que recogió los mejores poemas de su tiempo, aparece su apelativo. Lo mismo en la colección de El Parnaso Colombiano y en una publicación que reunía colaboraciones de señalada calidad también se le registra: Víctor Hugo en América.  

foto16.jpg (8307 bytes)
Nicolás Pinzón  Warleston

       Siempre fue un fervoroso de la actividad intelectual. La palabra para él tenía poderes mágicos. A los 17 años, en 1876, con su compañero de aulas Diego Mendoza Pérez, lanza el periódico El Eco de Bogotá. En 1877, edita La República. En 1879, El Liberal que se caracterizó por preocuparse, en sus páginas, de la crítica literaria, de la social y de la política. En los tres frentes estaba alerta su espíritu explorando nuevas vertientes del pensamiento. En San Gil publica La Renovación y por sus páginas ardidas de verdades, es víctima de un atentado. Era la manera de callar y subyugar la opinión. En La Patria, de Adriano Páez, es colaborador.      

En los periódicos, publicaba muchas de sus traducciones, que se referían a los textos de mayor  importancia en las revistas y periódicos europeos. Así difundía los juicios más modernos y contemporáneos.     

Pero se empeñó en trabajos más intensos y extensos. Tradujo la novela Arsaes e Ismenia, de Montesquieu y Los dramas de la muerte de Paúl Féval. Expandió una síntesis de la Moral y de los Primeros principios de Spencer.     

Su formación obedecía a un afán de tener conocimientos que le dieran una visión amplia del universo. Porque la educación escolástica, reducía el espacio a algunos principios cercanos a la fe. Pinzón Warleston estudió jurisprudencia, como se decía en la época, que es la carrera profesional que pone al estudiante en el dominio y conocimiento de las diversas manifestaciones de la vida social y de los intrincados problemas de la función del Estado. Pero además recibió lecciones de botánica, biología, física médica. Tenía, como la generación que lo educó y lo orientó, interés por la agricultura, la industria y las comunicaciones.     

Cuando desempeñó algunos cargos diplomáticos en Madrid y Londres, la prensa la utilizó para expandir las noticias sobre nuestro proceso de formación de la nacionalidad y señaló las perspectivas económicas que hacían de nuestro medio un sitio recomendable para establecer industrias y ampliar las posibilidades de negocios. Era, pues, un hombre en el centro del interés de irradiar los dones de la patria.     

Don Santiago Pérez lo sugirió para que lo reemplazara en la cátedra de derecho constitucional en el Rosario. Materia que también expuso en el Colegio Militar. En la Universidad Nacional se le reconoció como hombre de atributos para explicar la historia de la patria.     

En 1890, cede la rectoría, en un gesto de magnánimo comprensión de los altos atributos, a don Santiago Pérez, quien la ejerce en la Universidad Externado de Colombia en los años 90, 91, 92, 93. Hasta cuando Miguel Antonio Caro lo expatrió. Este acto, confundió hasta a los conservadores y fue un dolor nacional. Un hombre de la grandeza de Pérez, merecía ser el orientador moral de Colombia. No resistían su presencia, sus análisis, sus juicios, sus veredictos sobre la realidad colombiana. Incomodaba por su grandeza.     

Nicolás Pinzón Warleston fue ejemplo de un hombre joven que toma el destino educativo de la patria como un mandato para su existencia. En tomo suyo aglutinó las mejores inteligencias de Colombia. Su obra estuvo signada por su vocación de ser cercano a los destinos intelectuales. La palabra, escrita y hablada, le sirvieron para impulsar la verdad nacional, no dejar acallar las lúcidas gentes jóvenes, no permitir que primara la tiranía sobre el pensamiento. Su obra, la Universidad Externado de Colombia, es síntesis de sus luchas, afanes y nobilísimos propósitos. Ella sigue iluminando los caminos de la libertad y de la democracia en Colombia. El se preocupó por estos principios y que una guía ética ordenara la vida de los conductores y de la comunidad. Su enseñanza perdura y se amplía cada día. Enseñó así a combatir a la tiranía. Alfonso López Michelsen193 le indicaba al país que la obra de Pinzón Warleston se inclinaba por defender fuerzas creadoras. El dijo: «Los liberales, acosados por la más cruenta etapa de la Regeneración, se proponían mantener incólume la ideología que había inspirado el quehacer nacional entre 1863 y 1885. El Externado era la antorcha del libre pensamiento, en medio de la noche de los oscurantismos».

La Universidad Externado de Colombia y Pinzón Warleston, se levantan como signos de ventura para el pensamiento libre de Colombia.

____________

185. Carlos Valderrama Andrade: Un capítulo, etc.; obra citada.(Regresar)

186. Femando Hinestrosa: Centenario del fallecimiento de Nicolás Pinzón Warleston. Universidad Externado de Colombia. Bogotá, 1996. Lectura en la Academia de His­toria de Santander (3-VIII-1984). (Regresar)

187. Lecturas Dominicales, Suplemento literario de El Tiempo. 25-11-1990. (Regresar)

188. Héctor López López: Historia de la Universidad de la Salle. Bogotá, 1991. (Regresar)

189. Varios: Centenario del fallecimiento de Nicolás Pinzón Warleston. Ediciones Universidad Externado de Colombia. Bogotá, 1996. (Regresar)

190. Femando Hinestrosa: Centenario del...; obra citada.(Regresar)

191. Antonio Rocha: Centenario del...; obra citada. (Regresar)

192. Historia de América Latina; obra citada. (Regresar)

193. Alfonso López Michelsen: Centenario del...; obra citada.(Regresar)

 

CONTINUAR                                                             

REGRESAR AL ÍNDICE